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Categoría: CAMAGÜEY: LO QUE EL CINE SE LLEVÓ

CRÓNICA DE OTRA MUERTE ANUNCIADA

jagb 22/10/2009 @ 18:45

Me han encantado todos esos comentarios recibidos a propósito del post SEPULTADOS POR LA MEMORIA. Sin embargo, ahora quisiera aprovechar uno que, por llegarme por vía privada, no publico con el nombre del remitente. Creo que él no tendría ningún inconveniente en que se diga su nombre, y actual lugar de residencia (Miami), pero es a mí al que me falta el tiempo para esperar su aprobación.

El mensaje me parece muy divertido, y al mismo tiempo, profundo. Nos habla de la posible suerte de ese sitio que todos hemos conocido como “sala cinematográfica”, y dice así:

“Aclaremos primero que la palabra CINE, mueve dos conceptos dentro de mi cabeza. El primero se refiere a la sala cinematográfica, ese lugar antes sagrado, a pesar del retozo de los noviantes. Convertido ahora en sitio donde, cada vez menos gente, va echarse a perder la dentadura con las !rositas de maíz! y envenenarse el organismo de perros calientes y hamburguesas, si tenemos en cuenta que en los mataderos muelen hasta los tarros.

Ese sitio dentro de cinco décadas no existirá. Primero, porque cualquier vaina con o sin dinero, prefiere armarse su CINE, en la sala de su casa. La tecnología de la reproducción de films se abarata tanto, que lo hace posible, incluyendo las películas. Así que el concepto de Sala Cinematográfica, tal como lo conocemos, desaparecerá. Siempre quedará alguna, que ya no será Cine Ensayo o Cinemateca, sino Museocineteca (estoy literalmente regalando el concepto, pues no le he patentado).

En cuanto al cine como industria de entretenimiento o expresión artística (el orden no hace diferencia) sufrirá un cambio brutal por la mala influencia de la tecnología. Lo más sonado será la desaparición de los actores, sustituidos por entes virtuales. Aunque algunos o sus herederos, alquilarán su cara, físico y voz, y seguirán invadiéndonos con bodrios, hasta que el Big Bang entre en reversa.

Todo eso será controlado por las productoras, rastrear la procedencia del dinero, aunque solo sea por curiosidad, va a ser muy interesante. Y ahora viene la mejor parte de mi formulación teórica, algo que he llamado La Paradoja Fílmica. La misma explosión científica que destruirá la industria, tal y como es ahora, generará ejércitos de creadores independientes, que con una camarita de 4 pesos expresarán sus inquietudes. Habrá más "directores de cine" que espectadores y entonces todo comenzará de nuevo. Si nos da tiempo......

Hablando de tiempo, si no estás de acuerdo conmigo, te espero el 21 de octubre del 2059 para discutirlo, en la "cuchilla" de Lugareño y Padre Valencia, donde mismo hace poco me recomendaste que viera “Los Imperdonables”, porque era un "oeste desmitificador". Ve armado, pues yo como Charles Bronson, toco armónica y tiro tiros.

Once upon a time in the Camagüey.

Un Abrazo.

V”.

Esta teoría me parece bien argumentada, y lo que es mejor, expuesta con una amenidad que ahora me hará correr el riesgo, con lo que a continuación diré, de parecer demasiado solemne o trágico. Aún así, intentaré salvar ese escollo.

El problema, mi querido V, es que Camagüey es un caso sui géneris en todo esto. Dicho por lo claro: EN CAMAGÜEY LAS SALAS CINEMATOGRÁFICAS YA MURIERON. Es decir, si en el resto del mundo (y hasta de la isla) están por morir, en esta villa ya no existe una sala decente donde se puede apreciar cine.

Lo curioso es que esa muerte no ha obedecido a lo que pudiéramos llamar un “darwinismo tecnológico”, sino que responde por entero a la impotencia local, incapaz de construir un consenso que permita invertir recursos razonables en lugares que pudieran reportarle bienestar espiritual a la comunidad. Por eso, mientras que en La Habana uno puede encontrar un “Fresa y chocolate” o en Holguín a “Las tres Lucías”, en Camagüey ninguna autoridad política, ningún funcionario de Cultura, del Gobierno o de la UNEAC, ninguna persona relacionada con la Oficina del Historiador, consigue llenarse de entusiasmo, y darle vida a lo que desde hace más o menos ocho años se está proyectando: el complejo “Nuevo Mundo”.

Y no es que en Camagüey se dejen de hacer cosas dentro del sector cultural. El problema real es que el cine, pese a las 16 ediciones del Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica, que ha convocado a no sé sabe cuántas personalidades del audiovisual en Cuba, no es aquí una prioridad cultural. Por eso la poca profundidad de las discusiones en torno a las inversiones que se puedan hacer al respecto.

Los ejemplos sobran, pero pongo solo uno: en su momento se planificó por parte del ICAIC una inversión de no sé cuántos millones de pesos para reparar el Casablanca, cuando desde mucho antes estaba proyectado el Complejo “Nuevo Mundo”, cuya inversión era mucho, pero mucho menor. No sé quién asesoraría a los directivos del Centro de Cine en Camagüey, pero a nadie de su Consejo de Dirección se le ocurrió proponerle al ICAIC lo del Complejo, tomando en cuenta que ese tipo de local (me refiero al Casablanca), con tantas capacidades, ya está desapareciendo en el mundo entero. Para abreviar: al final no tenemos cine “Casablanca”, la Sala “Nuevo Mundo” sigue con los peores baños del planeta, mientras que en la esquina de Estrada Palma (o Ignacio Agramonte) y Lope Recio permanece un Taller de Mantenimiento totalmente subutilizado, que desentona de una manera realmente escandalosa con un entorno que acaba de ser declarado “Patrimonio Histórico de la Humanidad”. Ojalá mañana no lo conviertan en un restaurante por divisas.

Por eso es que no creo que tengamos que esperar tanto tiempo para llegar a una conclusión que ahora mismo, en Camagüey, es una evidencia. Será difícil recuperar el entusiasmo que implicaba la socialización fílmica, pero tampoco hay que llorar por eso. Ya en lo personal, ocho años esperando una respuesta que nunca llega han sido suficientes para entender que en la provincia este asunto de la “sala cinematográfica” como sitio donde se consume cultura, le importa solo a una minoría. Y minoría al fin, no tiene voz, y mucho menos voto.

Ojalá me equivoque y mañana mismo aparezca alguien que se entusiasme con la idea. Es verdad que ya yo no estaré entre los que intente resucitar ese muerto, pero me alegraré de que, en el fondo, no todo esté perdido.

Juan Antonio García Borrero

TEATRO PRINCIPAL

jagb 22/08/2009 @ 18:23

Ahora irrumpe en mi mente el recuerdo de la primera vez que mi madre me llevó al cine. Seguro lo evoco mal, que idealizo esa escena que tal vez viví de modo diferente, pero eso es lo menos que importa: ¿acaso no es la existencia la sumatoria de nuestros recuerdos más o menos sublimados? El recuerdo del primer beso, de la primera pérdida, del primer júbilo.

Lo cierto es que “mi primera vez” en el cine lo asocio al Teatro Principal, y a una película interpretada por Kirk Douglas y Tony Curtis: “Los vikingos”. ¿Qué edad tendría entonces?, ¿Cuatro?, ¿Cinco? Ni idea. Ya sé que suena sospechoso. Lo natural sería hablar de algún animado de Disney. O hasta una película de Chaplin. Pero no: lo que persiste en mi memoria primigenia es la imagen de Kirk Douglas, con el ojo tapado, desafiante, invencible hasta después de muerto.

Y junto a la película está la retentiva del Teatro Principal, que entonces era cine. ¿Será que me invento ese parquecito donde, después de salir de la escuela (la “Enrique José Varona”), nos íbamos a jugar bolas?

En el Teatro Principal no alcancé a ver demasiadas películas. Pero lo tengo entre los cines que el viento se llevó en Camagüey.

Juan Antonio García Borrero

“AVE MARÍA” (2009), de Gustavo Pérez

jagb 04/06/2009 @ 12:46

Hace un tiempo Gustavo Pérez me invitó a ver el primer corte de su documental más reciente: “Ave María” (2009). Empecé a mirarlo con bastante recelo: Gustavo no tiene por qué saber que nací un 8 de septiembre, por lo que es de suponer que las imágenes que me puedan mostrar del santuario “El Cobre”, ya a estas alturas me dicen poco.

Sin embargo, este documental debería llamarse “El (otro) Cobre”. Se trata, hasta donde tengo entendido, del primer material que deja a un lado el éxtasis con lo que habitualmente se ve (peregrinajes y más peregrinajes), para concentrarse en lo que hay “detrás de la fachada”. Como diría Consuelito Vidal en aquel popular programa, el director parece decirnos: “¡Mira para allá!”.

Los que hemos ido al Cobre sabemos que hablamos de una isla dentro de la isla: tal vez el único sitio donde todos los cubanos (sin importar la raza, la ideología, el puesto que ocupan en sociedad, la erudición, o los recursos económicos de los que disponen) descubren que el llamado “principio de la mediocridad” no es un juego de palabras.

Allí nadie es “excepcional”, nadie ha nacido con el don de “sujeto privilegiado”: todo lo que hemos alcanzado o perdido en esta vida se debe a una extrañísima conjura de circunstancias. Las ofrendas que en cada caso se dejan (los papelitos garabateados, los pedazos de cabellos, las pelotas de béisbol, las medallas alcanzadas en algún momento que ya no volverá), al final no resulta otra cosa que un raro momento de lucidez colectiva. Todo un consenso nacional donde las vanidades y los egos peleones ocupan el lugar que se merecen, aunque sea por un rato.

Para mí un documental será interesante en la misma medida que me haga repensar la realidad: que me permita percibir eso que estaba allí, y que en mi despiste existencial jamás había visto. “Ave María” posee esa virtud. Es cierto que hay un par de personajes (sobre todo el de la señora que habla a la cámara) que desentona dentro del conjunto (es más, que sobra), y otros que hubiesen dado para hacer un documental con cada uno de ellos. Pero aún así, el saldo es valioso, destacando en especial la fotografía de Wilfredo Pérez, con un trabajo que deja a un lado el lugar común, para descubrirnos a ese Cobre secreto (o paralelo) al que hacíamos referencia.

Gustavo Pérez se confirma como uno de los documentalistas cubanos más personales de la actualidad. No sé si este material él lo incluirá en ese conjunto de películas que alguna vez agrupó bajo la etiqueta de “La extensa realidad”, y donde “Caidije” (2000) sigue ocupando, para mí, un puesto relevante. Lo cierto es que gracias a “Ave María” la próxima vez que regrese al Cobre, ya no lo veré del mismo modo.

Juan Antonio García Borrero

PD: Otras entradas en el blog sobre "AVE MARIA":

"ONEYDA GONZALEZ SOBRE AVE MARIA" (2009), de Gustavo Perez"

NICOLAS GUILLEN LANDRIAN, EN LA MIRADA DE OLGA GARCIA YERO

jagb 16/03/2009 @ 21:02

Este texto sobre Nicolasito Guillen Landrian fue leído por la Dra. Olga García Yero en la última sesión teórica del pasado Taller de la Crítica, celebrado en Camaguey. A mí me encantó, no solo por las agudas ideas que nos propone la autora en el mismo, sino porque creo que resulta hermosísimo ese gesto de hablar de Guillen Landrian “desde” el lugar que lo vio nacer, y donde hay muchas personas que ignoran, ya no solo su obra, sino hasta el hecho de que es oriundo de esta villa.

Existe aquí, por suerte, un espacio nombrado “Coffea Arabiga”, donde los jóvenes camagüeyanos, pueden hablar sobre el audiovisual: discutirlo, como seguramente hubiese demandado el realizador de “Ociel del Toa”. Pero todavía es poco. Agradezco, pues, la gentileza de la Dra. Olga García Yero, al concederme la primicia de dar a conocer a los lectores del blog, su mirada sobre este poeta de la irreverencia y la inconformidad.

Juan Antonio García Borrero

DESDE CAMAGÜEY, 2009: MÁS DE CUARENTA AÑOS DESPUÉS.
Olga García Yero.

Mirar los años sesenta desde la óptica de la cultura en la Isla es un verdadero reto para cualquier investigador de hoy. El problema es que para adentrarse en aquellos años es preciso contar con un aproximado conocimiento de causa acerca de qué representaron para la cultura pero también para la historia. No creo que pueda haber una verdad absoluta sobre aquel segmento de memoria cultural. Lo cierto es que esos años se han convertido ya en memorias. Memorias que se han fragmentado de acuerdo con el punto de vista de quienes los vivieron e incluso, de quienes los han imaginado. Eso lleva a que muchas veces no se tenga una lectura muy legible de uno de los segmentos más ricos de la historia cultural de la Isla.

Una de esas riquezas viene dada por las continuas polémicas alrededor de cómo debía ser el arte que se hacía en aquel entonces. Las preguntas eran muchas. ¿Qué era ser un artista comprometido? ¿Cómo insertarse en una realidad de cambios cada vez más profundos? ¿Qué lenguaje debía ser empleado en el arte? ¿Cómo mirar el arte que se realizaba en otras partes del mundo? ¿Cómo valorarlo? En otras partes se hacían también semejantes preguntas. Para ser más exacto, se cuestionaba una y otra vez al arte desde el punto de vista conceptual. Había una especie de expansión del pensamiento cultural que iba a diseñar toda una época. Pero eso se asumiría mucho después. Eran los estados latentes de la postmodernidad por una parte; por otra, se soñaba con la construcción de las nuevas utopías. Se intentaba teorizar sobre el hecho inmediato y construir otros paradigmas pero no era posible. Al decir de Michel de Certeau en su libro, La invención de lo cotidiano:

“Un problema particular se plantea cuando, en lugar de ser, como es habitualmente el caso, un discurso sobre otros discursos, la teoría de aventurarse sobre una región donde ya no hay discursos. Desnivelación repentina: falta el suelo del lenguaje verbal. La operación teorizante se encuentra allí en los límites del terreno donde funciona normalmente, como un coche sobre el borde del acantilado. Más allá, el mar” (1).

Al margen de otros problemas y situaciones esto era lo que pasaba en aquellos años. Era necesario dejar reposar las historias. Me gustaría decir que hubiera sido necesario dejar hacer para poder calar luego las historias. Y digo historias porque era una época de pluralidades y puntos de vistas diferentes. Cada cual daba su propia respuesta a las preguntas que antes expresé. Se advertían diferentes niveles del relato artístico y cultural. Pero nadie parecía darse cuenta y todo quedaba en una cuestión de principios. Tan difícil era todo que hoy, cuando se habla de aquellas posturas diversas, parece escucharse un…”había una vez”…y nada más.

Ese es el mundo en que aparece la obra de un hombre excepcional. Un hombre que fue capaz de captar la teluricidad del instante y tocar fondo. Eso fue Nicolás Guillén Landrián. Alguien que apenas dejó dieciocho documentales, algunos de ellos hoy perdidos, al menos en los archivos institucionales. El artista que no se sonrojó para decir que: “No tengo conflictos estéticos con ninguno de mis filmes. Todos los conflictos estéticos son resultado de los conflictos conceptuales. Yo quería ser un intérprete de la realidad”.

Y fue un intérprete de la realidad. Uno, entre los muchos otros que la interpretaron por aquellos años. Solo que él no fue un intérprete cualquiera. Por eso su mirada de la realidad se detenía en intersticios difíciles de ese mundo en fundación. Lo que ocurría era que él también estaba fraguando un lenguaje dentro de la cinematografía insular. Y ese lenguaje era deudor de lo mejor del cine cubano de las décadas anteriores pero, también lo era del cine mexicano. ¿Alguien va a negar el valor estético de los filmes de donde se unieron Figueroa y el “Indio” Fernández?, o, los tonos que alcanza la fotografía en filmes como “Casta de Roble” o “La virgen de la Caridad”, para no hablar de ese diseño art decó del personaje de Chan Li Po en “La serpiente roja”. Alguien puede negar que Guillén Landrián no viese alguna vez, “Berlín, sinfonía de una ciudad”; o aquel clásico de Dziga Vertov, “El hombre de la cámara” de 1929; “Huelga”, “El acorazado Potemkin” o “Alejandro Nevsky” de Einsentein. Tampoco yo sabría la respuesta. Pero lo que sí es evidente es que hay una orquestación de imágenes en sus obras fílmicas que hacen de este hombre un deudor de esa tradición cinematográfica y un adelantado del nuevo lenguaje del cine en Cuba.

Basta detenerse en un texto como “Retornar a Baracoa”, de 1965. Acompañado de Livio Delgado en la fotografía y con la música de Ulises Fernández y Leo Brouwer este hombre crea un mundo alucinante de imágenes, vidas, palabras y silencio. Ya antes había filmado “Ociel del Toa”, también en el mismo año; por eso “Retornar a Baracoa” se me antoja un volver sobre sus pasos. Y en ese volver descubre espacios humanos extraordinarios. Esa es una tendencia estilística en este creador. A él le interesa el hombre en su entorno público y privado. A veces lo capta en medio de sus objetos y sus miserias materiales. Y entonces se alcanzan dimensiones extraordinarias porque un gesto puede decir más que mil palabras.
Son gentes llanas, sencillas, hechos a la dureza del trabajo. Rostros duros y marcados prematuramente por la adustez del espacio en que habitan. Pero en esa tosquedad se encierra una poesía que es única porque es auténtica. Una poesía que nace de un dolor de siglos y que puede estar en cualquier parte del cuerpo; incluso en ese brazo del obrero que cuelga de la ventanilla de un camión y se mueve al vaivén del difícil camino. Es una poesía que está en los rostros estáticos que parecen mirar con asombro al cielo. Rostros que esperan y miradas que se pierden en un espacio que nunca llegamos a delimitar. Pero donde esa poesía alcanza ribetes nunca antes vistos, ni entonces ni después, en el cine cubano es en esa superposición de rostros de mujer y la Virgen Dolorosa en una la procesión del Viernes Santo en la villa primada.

Guillén Landrián, que solo quiere ser un intérprete de la realidad, deja en estas imágenes un documento que es muestra, sino de un pensamiento, sí de una visión antropológica de la sociedad cubana única en nuestro cine. Aquí no hay nada premeditado. Él es el hombre que con la cámara registrará las partes más sensibles de un mundo aparentemente monolítico. Así, crea una fragmentación de realidades que se tocan unas con otras para lograr una orquestación argumental. Eso es el niño que construye barcos para salir de Baracoa como su padre. Solo que esos barcos, como los que construye su padre, parece que nunca navegarán. Pero las imágenes vuelven a repetirse cuando, al parecer, toda narración ha terminado. La difícil cotidianidad vuelve a iniciarse, en círculos que tienden a dejar la incógnita de si se cierran sobre sí mismos o no.

La pantalla negra, la voz en off, las voces y ruidos que se mezclan, todo eso crea una atmósfera peculiar, como frases que parecen jugar con la mejor tradición del cine mudo. Así se lee: “Baracoa tiene una nueva fábrica de chocolate”, o, “El puerto y un niño” hasta ese ¡OIGA! que hace mirar al espectador más allá de la pantalla. Todo esto iba a crear un nuevo lenguaje que requería de un nuevo tipo de público.

“Desde la Habana, 1969” se realiza en 1971 y con ella, a mi juicio, logra la mayoría de edad como creador. La postmodernidad parece asomarse ya en este documental. Allí están la cita, el pastiche, la ironía, el collage, el humor junto con la mirada aguda hacia una realidad convulsa donde las historias parecen repetirse. El aparente didactismo como un recurso que lo acompaña en casi todo lo que hace. Y digo aparente, porque ese didactismo alcanza ribetes de burla a ciertas zonas de un cine que comenzaba a ser invadido por la grisura de una época.

Las imágenes son de un mundo en destrucción. La llegada a la luna de los primeros astronautas norteamericanos a las 3.05 pm. Ese mismo día y a la misma hora morían niños en Viet Nam. Pero también atropellan a manifestantes negros en Estados Unidos. Es también el mismo día y la misma hora en que una cubana quiere ser modelo pero alguien advierte en pantalla: “Estate quieta”. Mientras, los nombres y los años se suceden. Las imágenes se recomponen en discursos que parecen repetirse. El autor ha logrado una visión minimalista del contexto. Las voces, la música, los fragmentos de un filme como “Memorias del subdesarrollo” son citados una y otra vez. Las calles no son otra cosa que espacios abiertos por donde transitan hombres que no sonríen. Todo esto se vuelve como un grito ensordecedor que sale de la pantalla y se adueña de la sala. La cinta es nervio de una época. La música vuelve a tener aquí un papel esencial con las viejas melodías que se mezclan con otras sonoridades nuevas.

Y todo vuelve a comenzar, pero no igual, porque ahora las voces se superponen y se convierten en un raro collage. Se está en realidad ante el primer clip. Y una y otra vez aquella frase, “Todo el mundo tiene algo que esconder menos yo y mi mono” que recorre todo el documental. Los juegos con las letras, la formación de pequeñas sílabas que parecen diseñar un gran cuadro op art. Detrás de esa aparente fragmentación, el espectador tiene que “ordenar” sus imágenes y conformar su propio discurso.

Otras obras vendrán después como “Taller de Línea y 18” en el propio año 1971 donde el maquinismo, el minimal, las imágenes pop llegan a convertirse en recursos de expresión que conforman un especial lenguaje. Este es un texto al que mucho le va a deber Sara Gómez. Vuelve a aparecer el humor. El retrato humano toca hondo. El obrero es visto en una sutil diversidad. El juego óptico con la palabra ES TRUC TU RA conduce a la pregunta de ¿qué es? ¿Qué representa? El ruido de fondo se convierte en parte de una banda sonora muy peculiar.

Creo, como Fernando Pérez, que este hombre fue un cineasta visionario. Porque fue un renovador del lenguaje de una filmografía que tomó diversos cauces. Hubo que esperar mucho para que el propio Fernando Pérez nos pusiera frente a un cine diferente. Para que el mundo se nos volviera a mostrar con toda su fuerza poliédrica. Y es en los nuevos cineastas cubanos, cuarenta años después, donde vuelve a mirar su Isla Nicolás Guillén Landrián.

1) Michel de Certeau: La invención de lo cotidiano. México. Ediciones de la Universidad Iberoamericana, 1996, p. 71.

Olga García Yero (Sancti Spiritus, 1954). Profesora e investigadora titular de la Filial del Instituto Superior de Arte en Camaguey.

UN POST PARA LOS NIETOS DE MIS BIZNIETOS

jagb 28/09/2008 @ 15:40

Hoy, como Borges en cierta tarde ya lejana, quisiera acordarme del futuro, no del pasado. Hoy he estado sacando cuenta de los años que demorará en llegar a los nietos de mis biznietos este mensaje. Computar eso asusta bastante, porque es como tirarse al vacío desde la cima de un rascacielos, sin que nunca veamos llegar el piso. No sé si para entonces existirá Internet. Lo que sí me atrevería a jurar es que no existirá el cine (por lo menos, tal como lo hemos conocido en esta brevísima vida de cien años que tuvo la más joven de las formas de ver arte).

Por supuesto que se seguirán mirando esas películas ilustres que han descrito nuestra vapuleada existencia desde una densidad poética sencillamente insuperable. Chaplin, Bergman, Fellini, Welles, y en el caso de los cubanos, Titón, Solás, Santiago Álvarez, García-Espinosa, Pineda Barnet, Fernando Pérez, entre otros, devendrán referencias insoslayables. Al igual que Ramón Peón, Manolo Alonso, Néstor Almendros, Fausto Canel, o León Ichaso, pues al fin y al cabo, como ya dijo un sabio, “la cultura es eso que queda, después que se ha olvidado todo”.

Pero no es desde esa perspectiva que quisiera comentarles a mis descendientes esto que, ya con incurable nostalgia, llamamos cine. Conceptos como el de Jean Luc Godard (“El cine es la verdad 24 veces por segundo”), devendrán muy seductores en el contexto de la retórica, pero dicen poco, muy poco, de lo que ha significado para los cubanos “ir al cine”. Dudo que mis descendientes entiendan algunos de esos textos donde mi desmesurada pasión por la “artisticidad” de esta o aquella película, disfraza lo que en realidad es algo más mundano y sublime a la vez: el placer de estar en medio de algo que nos excita. El placer de sentirnos por un par de horas libre de una vida cotidiana que paraliza.

En el “cine”, queridos nietos de mis biznietos, los de ahora tuvimos nuestra verdadera “paidea” erótica. En muchos de nosotros el cine todavía se asocia al nombre de la primera novia. Al primer beso. Y al goce de una mano asustada que se desliza, como quien no quiere las cosas, entre las piernas de alguien que, estando a nuestro lado, el deseo nos empujó a percibirla como si fuera la verdadera estrella del filme que en esos momentos proyectaban en la pantalla.

Me consta que en Camagüey, ir todos los lunes al estreno del cine “Casablanca”, para algunos era algo así como asistir a misa los domingos. Supongo que cada uno de los espectadores que ha existido en este mundo tendrá su propia versión del asunto. Pero los de mi generación quizás todavía se sientan compañeros de aventuras de Errol Flynn en “Contra todas las banderas”, o de Tony Curtis y Kirk Douglas en “Los vikingos”, o de Toshiro Mifune en “Los siete samurais”.

Una vez mentí mencionando el título de la primera película que vi en mi vida. En realidad no recuerdo cuál fue la primera, aunque sí asocio ese acontecimiento al (hoy) teatro “Principal”, que por aquellas fechas ofrecía proyecciones en 35 milímetros. ¿Cuántos cines había entonces en la ciudad? Así, sin pensarlo demasiado, ahora mismo evoco nueve: “Casablanca”, “Alkázar”, “Encanto”, “Guerrero”, “América”, “Avellaneda”, “Social”, “Camagüey”, “Amalia Simoni”.

Hoy quedan apenas dos funcionando, pero esa devastación que nos impone el tiempo y la modernidad, no desmiente la jerarquía que esos espacios tuvieron para cada uno de nosotros. En esos cines los camagüeyanos dejamos un gran trozo de nuestras vidas. Dejamos a nuestras novias de siempre. Perdimos la virginidad. Y supimos, Heráclito mediante, que después de una buena película, ya nadie se sienta dos veces en el mismo cine.

Tal vez esa sea la causa de que, en noches de alucinaciones y desvelos, pase una y otra vez en mi cabeza un filme interminable que he titulado “Camagüey: lo que el cine se llevó”.

Juan Antonio García Borrero

CENSORES Y PRÓTESIS

jagb 28/08/2008 @ 13:21

Nunca llegué a saber por qué siempre que pensaba en “La infancia de Iván”, de Andrei Tarkovski, venía a mi mente el cine “América”, de Camagüey. Ya en este mismo blog comenté que ese fue el cine en el cual la generación de cinéfilos camagüeyanos a la que pertenezco, descubrió el encanto de las matinés infantiles. Y en esas matinés abundaban las películas soviéticas estilo “Tigres en altamar”, “Los vengadores incapturables”, o “El hombre anfibio” (el resto, es como si las hubiera olvidado). Pues bien, por increíble que parezca, la primera vez que vi “La infancia de Iván” (y por supuesto: no entendí nada) fue en ese cine para niños.

Si traigo a colación la anécdota es porque acabo de leer en una carta que, desesperado, redactara Tarkovski al presidente de Goskino en su momento, denunciando la sistemática censura a que se viera sometido en su país a lo largo de veinte años, lo siguiente:

“(La infancia de Iván) fue calificada de pacifista, a pesar de su enorme éxito. Ni siquiera la buena opinión que le tenía el difunto S. ayudó a su distribución. En Moscú, la película fue proyectada en las funciones de matiné para niños (¿se hizo deliberadamente? ¿para burlarse de la idea del filme?). Dicho de otro modo, se hizo todo lo posible para contrarrestar su éxito en Occidente, a través de una endeble distribución en territorio nacional”.

Supongo que “el difunto S” que Tarkovski menciona sea Sartre, quien, efectivamente, en el momento de su estreno protagonizó una apasionada defensa del filme ante una izquierda italiana que lo acusó de formalista y decadente. No me interesa cuestionar el criterio que se pueda tener sobre este o el resto de las películas de Tarkosvki: al final, cada cual tiene el derecho de que nos guste o no nos guste una determinada manera artística de expresar la visión ante la vida.

Lo que sí resulta intolerable es ese derecho que se adjudica una persona o grupo de personas, para determinar qué es lo que está bien o mal para el resto de los miembros de la sociedad. Como si el censor fuera un Dios, un Mesías, o el custodio providencial de los valores supremos creados por la humanidad, cuando en el fondo sabemos que la censura no es otra cosa que la incompetencia escandalosa que impide defender con argumentos aquello en lo que se dice creer. A más censura, menos convicción en lo que se pregona.

Me imagino la desesperación de Tarkovski al escribirle a su censor. Digo “me imagino” porque nadie conseguirá tener una idea exacta de lo que significa ese tipo de amputación hasta que no se experimenta en carne propia. Podemos compadecernos del manco, pero el gesto no pasará de la piedad hipócrita: nunca le podremos devolver el brazo. Cuando más, le haríamos llegar una prótesis que solo servirá para recordarnos, así pasen los siglos, que la infamia fue real.

Soy un optimista trágico. Sé que la censura, por buenos oficios que haya tenido, jamás podrá anular a un Tarkovski, un Buñuel, un Pasolini, un Oshima, un Scorsese. Pero también sé que lidiar con los censores tiene la misma desventaja que ir a una guerra mundial. Lo dijo Sartre en su apología de “La infancia de Iván”: “La guerra mata, incluso a los que sobreviven”.

Juan Antonio García Borrero

NÁUFRAGOS DEL CINE

jagb 20/07/2008 @ 14:53

Algún día me gustaría hacer mía la sinceridad de Robert Benchley, y admitir: “Tardé quince años en descubrir que no tenía talento para escribir, pero no pude dejarlo porque para entonces era demasiado famoso”.

Mas no tiene sentido auto engañarse. El cine cubano apenas se nota dentro de ese universo de cosas que a diario vapulea a los seres humanos en el planeta. Este cine solo importa con seriedad académica a ciertas minorías intelectuales. Y es divertimento (muchas veces olvidable) para otros que todavía lo asocian al teatro filmado; a la literatura fotografiada. Nada de eso lo hace mejor o peor. Lo que quiero sugerir es que para un grupo de personas será importante (para mí lo es). Solo que nunca será “famoso”.

Alguien me pregunta si tiene sentido mantener un blog sobre un fenómeno (el cine cubano) que interesa a tan poca gente (“es como perder el tiempo”, añade). Para mí sí tiene sentido. Un blog no es un “Tratado de Historia”, ni una tribuna para convencer a las masas. Así que puedo darme el lujo de hablar con esos tirios y troyanos que a diario se descuartizan dentro de mí. Un viejo dicho reza que “cuando dos elefantes luchan, la hierba es la que sufre”. La Historia que hasta ahora conocemos es la historia de los elefantes. Mi blog quiere hablar desde la hierba, que es el modo más común de experimentar la vida, aunque no la más cómoda.

En casos así, el número de lectores interesa poco. Entiendo que esto que se comenta en este blog no es lo que va a resolver los problemas de los cubanos (de hecho, los cubanos son los que menos lo leen). El cine es algo secundario. En cualquier época y país, lo primero que ha de buscarse es la comida. Y luego el techo. Y después, para relajar, se recomienda mirar el fútbol, los videos de Jennifer López, las aventuras de Batman o Harry Potter. Quisiera tener talento para escribir sobre esos temas. O sobre otros más “edificantes” que en esta época han fomentado toda una cultura de la “autoayuda”. Lo he intentado, pero paradójicamente lo que me sale es una sutil invitación al suicidio.

Menos mal que existe la blogosfera. Aquí uno puede publicar todo tipo de bloguería, y nadie se azora por eso. Una bloguería es algo así como ese mensaje que los náufragos arrojan al mar dentro de una botella, sin saber quién lo va a encontrar en un futuro. Uno de estos días voy a enviarles una bloguería a los nietos de mis biznietos, para ver si les llega al Camagüey que les tocará vivir. En esa fecha, supongo que la palabra “cine” sonará tan exótica como hoy resulta para nosotros el “electro-taquiscopio” de Anschütz. Por eso me gustaría explicarles un poco qué ha significado, al menos para mí, ver películas en esta ciudad mientras existió el cine.

No sé si mi mensaje llegará. Tampoco sé adónde iré a parar yo después que todo termine (no basta el manido “¡El cine ha muerto! ¡Viva el cine!”). Lo advertía Benavente: “los náufragos no eligen puerto”. Por lo pronto, este blog es la balsa que me mantiene a flote. Mi isla particular. Voy a rezar para que los ciclones demoren un poco con su persistente manía de joderlo todo.

Juan Antonio García Borrero

SALA VIDEO “NUEVO MUNDO”

jagb 18/07/2008 @ 11:19

Hoy recuerda el delirante decorado de algún filme de Juan Orol, con esos carteles amarillentos en la fachada que invitan a pasar de largo. De techo: un viejo cascarón colonial. La pared: ropa reciclada de la más rancia España. Ahora es la viva estampa de la decadencia, pero en su momento fue el kilómetro cero de una forma nueva de ver películas en Cuba. El nombre escogido no fue un simple nombre. Simbolizaba el advenimiento de una sensibilidad inédita ante el audiovisual: era la época en que comenzaban a popularizarse en el país las videocasseteras, y el imperio de la pantalla grande empezaba a declinar.

Dicen que al entonces presidente de la Asamblea Provincial del Gobierno en Camagüey le donaron una casetera, y este propuso a la todavía Empresa de Exhibición de Películas la creación de un espacio colectivo para su explotación. Así surgió la sala de video “Nuevo Mundo”, la primera creada en Cuba. El dato histórico puede ser importante, sobre todo para una ciudad que acaba de ser reconocida como parte del Patrimonio Histórico Mundial: habla de las diversas iniciativas culturales que en el contexto cinematográfico se han vivido en el territorio, y que aunque apenas han dejado huellas físicas, también ha contribuido a colocar el ego de Camagüey en el más exigente mapa cultural de la nación.

A pesar de su pequeñísima capacidad (apenas cuarenta y una lunetas), “Nuevo Mundo” siempre tuvo a su favor su céntrica ubicación. Es incontable el número de personas que ha pasado por allí desde su creación el 30 de octubre del año 1986. En todo este tiempo (y sobre todo en el llamado “período especial”), ninguna otra institución camagüeyana logró mantener una afluencia de público tan sistemática. Por otro lado, las sesiones del cine club “Francois Truffaut” (que todavía existe) todos los domingos, consiguió conformar una verdadera tribu de cinéfilos.

Desde hace seis o siete años hay por allí rodando una idea de convertir a “Nuevo Mundo” en un Complejo cultural. Un sitio donde sea posible apreciar cine en todos los soportes: 35 mm, 16 mm, video, DVD. Además de ver películas, la gente tendría una sala de referencia con bibliografía actualizada. Habría paredes para exponer cuadros y fotografías. Se darían charlas todas las semanas. Se podría tomar café o té mientras alguien comenta la película de Kiarostami que se acaba de ver. Público no debe faltar, porque en la ciudad se estudia la carrera de Medios Audiovisuales. Y marzo por marzo se celebraban los Talleres de la Crítica Cinematográfica.

La idea es tan buena que no se explica que en Camagüey nadie se haya entusiasmado con ella. En cambio, en Madrid un conocido me comentó con mucho arrebato que ese tipo de proyecto cultural era de los que apenas cuesta en el aspecto económico (comparado con las inversiones de los grandes cines, desde luego), y que sin embargo, la gente agradece de una manera más perdurable. Supe enseguida de qué me hablaba. En Madrid abundan los (multi)cines, pero si no vas a las salas “Princesa” o “Renoir”, estás condenado a ver lo de siempre: mucho filme norteamericano.

Tanto entusiasmo ajeno me mató. Le agradecí su apoyo moral, pero algún gesto de disgusto no pude evitar, porque de inmediato cambió de tema. Debe ser que vino a mi mente “el descubrimiento del Nuevo Mundo por los españoles”. Nada más nos faltaría que pasado mañana llegara a Camagüey otro peninsular avispado, y descubriera que este otro “Nuevo Mundo” sigue siendo un proyecto atractivo. Tiempos crueles de globalización: en casa del herrero, cuchillo made in Hong Kong…

Juan Antonio García Borrero

CINE “AMÉRICA”

jagb 16/07/2008 @ 13:55

Hablar del cine “América” me hace sentir un anciano con apenas cuarenta y tres años. Ese fue el cine de mi infancia. Y la infancia es algo que en el fondo uno describe como si concerniera a otra persona. O como si uno hubiera reencarnado, y de pronto se acordara que en la anterior vida nuestros padres nos llevaban a ciertos sitios donde todo era armonía.

Es difícil hablar del cine “América” por aquello que advertía con rudeza el viejo Marx: “Un hombre no puede volver a ser niño sin ser pueril”. También me viene a la cabeza unos formidables versos de Fina García Marruz, que pueden explicar mucho mejor que yo, el sopor que se experimenta cuando uno evoca episodios de la infancia: “Hay cosas que uno no vuelve a oír, que pertenecen sólo a las orejas del niño y a la sensación de su edad y de su tamaño”.

En mi caso, el “América” es una de esas cosas. Decir cine “América” es percibir toda la muchachada del barrio que cada domingo se aglomeraba para ver las matinés infantiles. Las colas a veces llegaban a la iglesia de Santa Ana. Eran los años en que los “muñequitos rusos” terminaron por usurpar las simpatías del Pato Donald. El cine “América” proyectó tantos dibujos animados y películas soviéticas, que en algún momento su nombre correcto debió ser cine “Moscú”.

No sé si el programador de entonces tenía preferencia por los filmes de esa nacionalidad. Sospecho que era lo único que tenía a mano. Pero lo cierto es que aquellas películas marcaron a buena parte de mi generación, aún cuando el grueso de ellas fuera intrascendente. En lo personal, todavía evoco tres filmes: “Tigres en altamar”, la saga de “Los vengadores incapturables”, y “El hombre anfibio”. Esta última la vi tantas veces que un día decidí no acordarme nunca más de qué trataba.

El último buen recuerdo que tengo del “América” no está relacionado con las películas, sino con la pintura. Resulta que en los noventa, antes de que dejase de ser cine, la artista plástica Ileana Sánchez se insertó en el sitio con un proyecto que involucraba a los niños. Fue hermoso descubrir que la inocencia no tiene edad: volví a ser cómplice de la siempre engañosa candidez. El sueño duró poco, confirmando la profecía marxista sobre la puerilidad. Cuando desperté, ya era el anciano que comenté al principio. Tan anciano como ese cine “América” que un día hizo a un lado la vana esperanza de que reviviera Colón.

Juan Antonio García Borrero

RAÚL MOLINA II

jagb 13/07/2008 @ 15:16

El post anterior que colgué a propósito del documentalista camagüeyano Raúl Molina, provocó que me llegaran varios mensajes precisando algunos detalles, o ampliando la información. Uno de los mensajes que más agradezco es el del artista plástico Gabriel Gutiérrez, quien conoció muy bien a Raúl Molina, y que además, ha tenido la gentileza de cederme fotos y recortes de prensa. Su mensaje dice así:

“Estimado amigo:

Gracias por sacar a la luz el trabajo de Raúl. Te diré que además hay algún documental que se llamó “Minas de Matahambre” que creo que el dirigió o trabajó también como asistente de dirección. Así fue también con “Tulipa”, la de Octavio Gómez, donde fue asistente de dirección.

Aquí en Camaguey, comenzó a trabajar con Pablito Martínez, el fotógrafo, en el documental “Los Fieles Difuntos”, filmada en el cementerio sobre esa celebración y donde filmaron por más de 15 días. También creo conveniente decirte que él estuvo trabajando en la TV cubana como comentarista de un espacio de cine como “24 x Segundo” (lo que no sé es si tenía el mismo nombre el programa en cuestión), pero sí recuerdo que él hacía los comentarios sobre filmes todas las semanas por el canal (ahora Cubavisión, y en una hora estelar.

También puedo asegurarte que cuando pidió la baja del ICAIC, fue a trabajar al CAN (Combinado Avícola Nacional) a limpiar mierda de pollos en unas naves fuera de la Ciudad de La Habana, a donde tenía que trasladarse en camiones diariamente. De allí después lo trasladaron para una estación de gasolina a despachar combustible a los camiones del mismo organismo. Esto que te digo no es invento, es totalmente cierto.

Aquí en su casa conocí personalmente a Pablito Milanés, que como te dije venía con Manuel Octavio Gómez de filmar “La Primera Carga al Machete”, también vino antes con Rogelio París, luego con Virgilio Piñera y Pablo Armando Fernández, después con Antón Arrufat, con Sergio Giral cuando aún no era director de cine, y con Pedro García Espinosa, el escenógrafo. En fin, por la casa pasaban muchísimos de los que después serian figuras cimeras de las letras y el cine cubano, porque de Octavio Gómez e Idalia Anreus, su mujer, solo te diré que prácticamente vivían en nuestra casa, y juntos hicimos el guión de “Un Hombre, una Mujer y una Ciudad”, que luego se filmara en Nuevitas, pero que inicialmente, él pensó hacerla en nuestra ciudad.

Raúl estudiaba Ciencias Comerciales en la Universidad de La Habana, y ya trabajaba en una oficina de Publicidad cuando participó en un concurso de crítica sobre la película española “Calle Mayor”, y casualmente ganó el premio que consistía en un viaje a Madrid para estudiar un curso de cine. Luego viajó a París donde coincidió con Agustín Cárdenas y Pancho Antigua, ambos escultores, el primero de fama internacional. Fue amigo también de Lam y de Jorge Camacho, otro pintor cubano importantísimo, y Hector Molne, también de nuestra tierra, así como muchos cineastas cubanos.

Luego viajó a Italia y después del triunfo de la Revolución regresó a Cuba y se incorporó al ICAIC. Te hago este breve recuento, porque como lo hablamos aquel día apresuradamente, quizás no recuerdes algunas cosas que a lo mejor pudieran ser de utilidad para tu investigación al respecto. De nuevo, no tengo palabras para agradecerte todo esto. Igual me dice la familia de él, que te está muy agradecida también.

Un fuerte abrazo,

Gabriel”.

También alguien me ha recordado que la investigadora Ana López, en su fundacional texto “Cuban Cinema in Exile: The "other" island”, publicado originalmente en la revista “Jump Cut” (y reproducido por primera vez en español en el libro “Cine cubano: nación, diáspora e identidad”), alude a la suerte de Raúl Molina del siguiente modo:

“In any case, although Orlando Jiménez Leal, Sabá Cabrera Infante, and Néstor Almendros (who lost his job in Bohemia after the “P.M”. affair) left in 1962-63, few of those working in ICAIC left Cuba before 1965. The bulk of departures of ICAIC personnel, in fact, occurred in the period 1965-68. Thus, these departures — although perhaps traceable in spirit to the “P.M”. affair — were more closely linked to the series of events that began in 1965 with the formation of the Central Committee of the Communist Party and the internment in forced labor camps (called UMAP: Unidades Militates de Ayuda a la Producción/ Military Units to Aid Production) of homosexuals and other "undesirables" and "deviants" (in 1965-67). Personally threatening some and morally threatening others, for many exiles this was “lo que le puso la tapa al pomo” (the last straw). (It is interesting to note, in passing, that no active ICAIC creative personnel left the island during the last massive exodus, the Mariel boatlift of 1980. However, among the "marielitos" were various former ICAIC workers, most notably Raúl Molina, a documentary director between 1961-66 who was fired from the ICAC because of "ideological conflicts" and worked in "anonymous" non-skilled jobs — farm laborer, gas station attendant — until his departure” [Nota 14])

Nota 14. See, Jorge Ulla, Lawrence Ott, and Miñuca Villaverde, “Dos Filmes del Mariel: El Exodo Cubano de 1980” (Madrid: Editorial Playor, 1986), p. 158. Molina, who wrote the preface to this publication of the scripts of Ulla's and Villaverde's films, now lives in New York and works in the Latin American Department of Associated Press.

Por su parte, el cineasta Fausto Canel me aclara que “Harold no fue agregado cultural, sino embajador de Cuba en Francia... No, Raúl y Germán no se conocieron, ya que Germán ya estaba en Barcelona en esa época, haciendo publicidad”.

Juan Antonio García Borrero