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Categoría: CAMAGÜEY: LO QUE EL CINE SE LLEVÓ

RAÚL MOLINA, documentalista.

jagb 12/07/2008 @ 14:15

Era camagüeyano, y cuentan que en 1958 viajó a España con una beca concedida para ampliar los estudios de Publicidad que antes había hecho en La Habana. En algún momento pasaría a vivir a Francia, donde tomó lecciones de cine en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC) de París (me pregunto si no habrá coincidido allá en algún momento con Germán Puig, ¿se conocerían?). El triunfo de la Revolución de 1959 lo sorprende en Francia, y dicen que por recomendación de Harold Gramatges (entonces consejero cultural cubano en aquel país), consigue ingresar al ICAIC.

En los sesenta, a Raúl Molina se le puede localizar dentro de la revista “Cine Cubano”, firmando artículos como “A propósito de Hiroshima”, “El joven rebelde”, o encabezando con su nombre esa “Declaración de cineastas cubanos” que en 1963 suscitará una amplia polémica en los medios de la época. Pero su actividad en el período que laboró dentro del ICAIC fue fundamentalmente como documentalista, a través de “La ciudad dormida” (1962), “Sigma 33” (1962), “La danza de los dioses” (1964), “La estructura” (1965), y “La fiesta” (1966).

Quiso irse del país en 1969, pero ello no fue posible hasta 1980, cuando formó parte de los que salieron por El Mariel, ese lugar donde ya había filmado en la década del sesenta, a propósito de “La estructura”. Mientras, en Cuba tendría que trabajar en lo que apareciera, ya alejado de las cámaras y el cine (alguien me menciona un trabajo en un garaje sirviendo combustible; no recuerdo bien).

Fuera de Cuba la vida tampoco resultaría fácil (¿dónde lo es?), pero escribir sobre lo que significó El Mariel en su vida, en el diario “La Prensa” de Nueva York, le reportó un premio otorgado por la “Sociedad Interamericana de Prensa” (SIP). Murió en Miami. Tenía apenas 54 años de edad.

Juan Antonio García Borrero

FILMOGRAFÍA (extraída del “Catálogo de Producciones del ICAIC”):

LA CIUDAD DORMIDA
(1962)/ 21’/ Dirección, guión, fotografía: Raúl Molina/ Productor: Néstor Pino/ Música: Natalio Galán y Aaron Copland/ Edición: Ángel López y Gloria Argüelles/ Sonido: Germinal Hernández y Ricardo Istueta/ Narración: Amaro Gómez y Raúl Molina.

Sinopsis: Transformaciones, con el triunfo revolucionario, del pueblo de Matahambre y sus minas, otrora propiedad yanqui

SIGMA 33
(1962)/ 8’/ Dirección, guión, fotografía: Raúl Molina/ Productor: Néstor Pino/ Música: Roberto Valera/ Edición: Gloria Argüelles/ Sonido: Armando Fernández.

La vida de los pescadores que trabajan en las nuevas embarcaciones Sigma 33.

LA DANZA DE LOS DIOSES
(1964)/ 15’/ Dirección: Raúl Molina/ Productor: Fernando Pi/ Fotografía: Luis García/ Edición: Caíta Villalón/ Sonido: Germinal Hernández.

Sinopsis: Bailes y cantos afrocubanos yorubas, puestos en escena por el Conjunto Folclórico Nacional.

LA ESTRUCTURA
(1965)/ 8’/ Dirección, guión: Raúl Molina/ Productor: José Gutiérrez/ Fotografía: Pablo Martínez/ Edición: Caíta Villalón/ Sonido: Ricardo Istueta.

Documental que toma como pretexto la construcción de la Termoeléctrica de Mariel para propiciar ciertos experimentos visuales.

LA FIESTA
(1966)/ 10’/ Dirección y guión: Raúl Molina/ Productor: Jesús Pascau/ Fotografía: Gustavo Maynulet/ Edición: Roberto Bravo/ Sonido: Raúl García, Eugenio Vesa.

Documental que aborda un plan experimental de salud e higiene, llevado a cabo semanalmente entre los campesinos de todo el país.

CINE GUERRERO

jagb 10/07/2008 @ 16:59

En los años ochenta, en Camagüey, un grupo de amigos que ahora anda disperso por todo el planeta se inició en el culto a las películas. Ese grupo hizo del cine “Guerrero” su Parroquia principal. Pudiera pensarse que digo esto debido a la proximidad de ese cine a la hermosa iglesia “La Merced”. Algo de esa influencia más o menos mística pudo existir: a diferencia de cualquier otra sala cinematográfica de la ciudad, en el “Guerrero” se respiraba entonces un ambiente más bien de recogimiento espiritual.

Estoy hablando de aquella época en que el cine “Guerrero” era sede de la Cinemateca de Cuba. Esta funcionaba dos veces a la semana, y podíamos ver en la pantalla grande filmes como “La fuente de la virgen”, de Bergman, “La dulce vida”, de Fellini, o “Los siete samurais”, de Kurosawa. Teníamos en Luciano Castillo un líder que al principio solía imponernos la obligación de asistir a cada proyección. Con el tiempo, esa obligación se convirtió en un agradable vicio.

El “Guerrero” no fue el primer cine camagüeyano en acoger las proyecciones de la Cinemateca. Donde primero se brindó ese “servicio” fue en “Casablanca” (primer filme exhibido: “Los cuatrocientos golpes”, de Francois Truffaut). Después esas proyecciones pasaron al cine Alkázar (cuentan que para aquellas ocasiones se grababan en la voz de un locutor comentarios introductorios), hasta que finalmente “Guerrero” terminó siendo el espacio definitivo.

Luciano Castillo logró que aquello funcionara con un dinamismo envidiable. Digo Luciano Castillo porque yo era de los que cada semana recortaba el comentario que este hacía en el periódico “Adelante” de las películas que se iban a exhibir. Entonces aún estudiaba en la Vocacional “Máximo Gómez”, y no fueron pocas las veces que me fugué de la beca. Todavía conservo esos recortes, a pesar de que el papel más amarillento no puede estar, y en sentido general despiden un olor a humedad que molesta. Pero releyendo esos comentarios sobre “El puente sobre el río Kwai”, o sobre “Gigante”, o sobre “Rebelde sin causa”, es posible regresar a aquellas fechas en que la Cinemateca camagüeyana conseguía convocar a un público heterogéneo.

Sin embargo, lo que más perdura en mi recuerdo son los ciclos conformados por películas silentes. A mi juicio, eran con estos filmes donde mejor se advertía el espíritu casi religioso que se podía respirar dentro de la sala. Entrábamos al cine, y una vez sentados, comenzábamos a aspirar enormes bocanadas de silencio. El silencio es algo que, definitivamente, los humanos no volverán a conocer. Nos hemos convertidos en depredadores de ese hermoso momento que implica saber escuchar lo que nos dice en un susurro la vida. Ya nada nos protege de esa falsa naturaleza que es el ruido ambiente: ahora todo es vocerío espurio, con el inconveniente de que lo que antes era estridente, pero natural, en la actualidad se amplifica a niveles francamente devastadores gracias a las tecnologías más sofisticadas. Hoy no hay grandes ideas que escuchar, solo ideas menores amplificadas de manera impune.

Creo que aquellos que asistieron durante los años ochenta y mitad de los noventa al cine “Guerrero”, conforman la última generación de camagüeyanos que conoció las virtudes comunicativas del silencio. No hablo del silencio que nos impone una autoridad o un contexto social, y que tanto ha deshumanizado al individuo, convirtiéndolos en meros “autómatas del deber”. Un silencio que tiene que ver más con la (auto)censura que con el aprendizaje. Hablo de esa tremenda experiencia que significa ver “La quimera de oro”, y descubrir en el personaje de Charlot toda nuestra complejidad humana, sin necesidad de una sola palabra.

Pues el cine silente llegó en el momento justo en que ya era insoportable vivir en un mundo inundado de palabras que nunca significaron nada: la vida real convertida en mala literatura, con la palabra “dolor” importando más que el dolor en sí. Pienso que fue mirando una película muda que Andre Gide soltó su famosa frase: “Todo está dicho; lo que como nadie atiende…”.

Juan Antonio García Borrero

CASABLANCA

jagb 05/07/2008 @ 14:24

En mi primer Casablanca, el personaje de Humphrey Bogart no le pide a Sam que toque otra vez “As Time Goes By” (en realidad, sabemos que esa petición no existe: que todo fue un memorable despiste de Woody Allen). Tampoco aparece Ingrid Bergman, con ese magistral derroche de cursilería que bien le pudo costar un Oscar a la secuencia más ridícula, cuando pregunta si aquello que se escucha en lontananza son los cañonazos de los alemanes o el eco de su propio corazón. Ese, el filme, fue mi segundo Casablanca.: Pero antes, en mi caso, hubo otro Casablanca que me llevó a fetichizar la película: el cine Casablanca.

Para cualquiera que haya vivido en Camagüey, Casablanca siempre fue un poco como el bar de Rick: el sitio donde todo el mundo tenía que ir aunque fuera una vez al año. Llegó a tener gente que, lunes por lunes (ese era el día que entonces se estrenaban los filmes) se fugaban puntuales de sus trabajos. Hicieron del contrabando de rumores que más tarde determinarían la suerte del estreno, casi una profesión.

Casablanca no fue el cine más grande de la ciudad, ni el más vistoso (ese adjetivo le corresponde al Alkázar), pero sí el más popular. Tenía 1200 capacidades, lo cual hoy puede parecernos monstruoso, mas no pocas fueron las oportunidades en que la fila de “moviegoers” (para seguir con terminología hollywoodense) llegaba hasta la calle Lope Recio, colapsando la paciencia de los choferes que transitaban por Estrada Palma.

No tengo la certeza de cuál pudo ser la película más taquillera que pasó por allí. Hay quien habla de las aglomeraciones provocadas por “La vida sigue igual”, con Julio Iglesias. Otros, de una cinta mexicana titulada “La niña de los hoyitos”, que de tanto exhibirse, al final ni los hoyitos se veían. Entre las que yo evoco, con cristales rotos, policías controlando el acceso al pequeño parque aledaño al cine, y todo un ritual carnavalizante de la ansiedad colectiva, está la cubana “La Bella del Alhambra”, de Enrique Pineda Barnet.

Guillermo Cabrera Infante decía que “lo malo de ser cubano es que, en cuanto uno habla en serio, suena a la letra de un bolero conocido”. Sé que corro el riesgo de que, sobre todo los más jóvenes, perciban en estas líneas una incurable proximidad a lo sensiblero. Es lógico: estoy hablando de algo que ya no existe. Que tal vez nunca existió, pues seguro hay tantos cines Casablanca, como personas han pasado por allí.

Cada espectador lo recordará a su modo. Para unos, ese lugar será asociado a la inocencia de la infancia. Otros lo evocarán como una oscura Catedral donde era posible elevarle al Deseo reprimido las más fervientes plegarias. No quiero idealizar ese sitio: solo digo que, en mi caso, Casablanca fue el principio de una larga amistad con el cine.

Juan Antonio García Borrero

CAMAGUEY: CINE, MEMORIA, Y CIUDAD (II)

jagb 04/07/2008 @ 16:22

Lo mejor que tiene un blog, a mi juicio, es que se puede hacer (apelando al término acuñado por Jean Lacouture) “historia inmediata”. Eso es lo que más me seduce de estos sitios: su dinamismo (que los pone en ventaja en cuanto a las páginas web y periódicos oficiales), su espontaneidad (que permite saltarse ciertos protocolos académicos, y corregir sobre la marcha eso que el conocimiento va buscando, y que en un doctorado resulta imperdonable), y su naturaleza rizomática (que evita la excesiva centralización de aquello que llamamos “autoridad epistemológica”). El que publica en un blog, sabe que tiene muchas más posibilidades de ser criticado que el que escribe un libro. Uno termina entendiendo lo que siempre ha sido evidente: que nadie tiene el monopolio de la verdad; que la Verdad (con mayúsculas) se construye entre todos.

Escribí un post sobre la ciudad de Camagüey y su “mala memoria” cinematográfica, que tenía toda la intención del mundo de provocar alguna reacción. De aquellos que habitan la ciudad no me ha llegado ningún comentario (ni a favor, ni en contra). Desde La Habana, en cambio, mi querido Pineda Barnet me recuerda uno de esos nombres que no deberían dejar de mencionarse en Camagüey cada vez que se hable de dramaturgia (Gloria Parrado). Desde Madrid, Lino Luis García Espinosa (muy ligado a Canaldocumental) recuerda a Armando Lazcano y su filmación del Camagüey de su época, mientras que Luciano Castillo (culpable de todo lo que ahora escribo, pues fue él quien me inició en el vicio) me da la buena noticia de que es posible que el próximo año la editorial “Ácana” imprima su libro “Apostillas para una cronología del cine en Camagüey”.

Esta última confidencia me devolvió a mis ya lejanos tiempos de estudiante en la Universidad de Camagüey (1982-1987). Sobre todo a aquella etapa en la que un grupo de muchachos, sin tener idea de lo que podía ser una “ciudad letrada”, intentamos crear nuestra propia fortaleza literaria, esta vez con el nombre de “Resonancias”. ¿Qué será de Raúl Marrero, su primer director, y con quien tanto me gustaba platicar en nuestra común Cátedra de Derecho?, ¿Y de Rodolfo Caballero Vila, segundo director? (estuve a punto de verlo en Miami, pero el encuentro se frustró); ¿O de Daniel Morales Crespo, que en aquel cuento publicado con el título “La salida”, ya anunciaba en sus primeras líneas lo que al final ha pasado: “Un día cualquiera se irá y no le verán más nunca el pelo”? .

Si saco a relucir “Resonancias”, además de la cosa pornonostálgica, es porque una muchacha muy joven (tiene casi la edad de mi hijo) me acaba de prestar un ejemplar del número 10, justo donde aparece un artículo de Luciano Castillo que ostenta el mismo título de su futuro libro. Reencontrarme con la revista fue como viajar en el tiempo. Como director de ese número ya estaba Benito Estrada Fernández, y como editor, Jorge Santos Caballero. En el Consejo Editorial, Rafael Almanza Alonso, José Antonio García Gradaille (mi otro yo –él dirá lo mismo- , es decir, la otra mitad del J. A. GARCIA del periódico “Adelante”), Joel Jover Llenderosa, Rhaimalú Llanes Pérez, Roberto Méndez Martínez, y Jorge Luis Varona López. Ese número empieza, además, con dos poemas inéditos de Virgilio Piñera, dedicados al músico camagüeyano Louis Aguirre D’Orio (Managua, Nicaragua, 1904- Camagüey, 1984), lo cual puede convertirlo de inmediato en un rotundo objeto del deseo de aquellos que persigan la obra de Piñera.

Pero quiero concentrarme en lo que ha originado que escribiera el primer post, y ahora esta suerte de secuela: la actividad cinematográfica en la ciudad, y su registro historiográfico. En aquel breve artículo preparado por Luciano Castillo, “ante la solicitud efectuada por la Especialista de Cine Cubano de la Cinemateca de Cuba”, el propio autor se encargaba de advertirnos de la dimensión del desafío con esta introducción:

“Precisar la fecha exacta en que se exhibió por primera vez el cine en Camagüey, el nombre del local, su ubicación y propietario, así como la persona que introdujo el invento y su nacionalidad, resulta casi imposible ante la carencia de fuentes documentales y lo incompleto de los fondos existentes de la prensa de la época. Determinar cuál fue el primer cine construido como tal en la localidad, la fecha de su inauguración y el nombre del propietario, además del título de la primera película, su procedencia, o los cortometrajes que integraron el primer programa exhibido en estos teatros de variedades conocidos como “Salones”, en los cuales se combinaban las películas con espectáculos musicales de todo género, también resulta algo difícil de delimitar por razones análogas.

Las páginas de los escasos ejemplares de los periódicos de entonces que sobrevivieron al decursar del tiempo, atiborradas de disímiles anuncios publicitarios, reseñas de sociedad y sensacionales reportes policiales de la crónica roja, no reflejaron los esfuerzos y tentativas cinematográficas emprendidas en nuestra provincia en los primeros años del siglo”.

Como dije en el anterior post, esa “desmemoria” llega hasta nuestros días. No es que no existan investigadores interesados en el tema. Está el esfuerzo descomunal de Luciano Castillo, que afortunadamente veremos publicado pronto. Sé que Jorge Luis Acosta lleva años recopilando información sobre la historia de los cines en la ciudad (en un número monotemático de la revista “Antenas (Segunda Época)” fue publicado un fragmento de la investigación), y lo que es una noticia todavía más alentadora, por lo menos tres jóvenes están aproximándose a este asunto como parte de sus estudios de maestría. El problema está en la carencia de un respaldo verdaderamente institucional.

Estas investigaciones verán en algún momento la luz, pero seguirán sin obtener un verdadero sentido, una utilidad, debido a la ausencia de un foro que permita conectarlas y proyectarlas a la comunidad. Con la creación de la Cátedra de Pensamiento Audiovisual “Tomás Gutiérrez Alea” ese sentido por fin habría comenzado a configurarse, pero la Cátedra ahora mismo sigue siendo un simple “closet”, como Omar González la describió con impecable precisión en algún momento.

Lo que decíamos de la urgencia de un equipo multidisciplinario se pone en evidencia con las investigaciones que hasta ahora ha realizado Luciano Castillo. Esa valiosa información que nos da en su libro, lejos de agotar el asunto, lo que hace es multiplicar los enigmas. Pongo el ejemplo de esa noticia que nos dice apareció en un periódico camagüeyano de 1910: “Se vende barato o se cambia por un caballo bueno, calesa y arreos como parte de pago, una máquina cinematográfica completamente operada por eléctrica, como también está preparada para luz de otra clase”. A partir de esta información, es preciso comenzar a investigar el contexto económico de la época, pero también el imaginario de ese período, y de esa zona donde estaba ubicado el aparato.

Lo verdaderamente interesante, por lo menos para mí, no es la anécdota curiosa de la venta o canje de un cinematógrafo por un caballo, sino lo que eso podía representar en el Camagüey de esa etapa. ¿Qué tipo de persona podía interesarse en ese tipo de aparato y por qué?, ¿el mismo que hoy compra un DVD o alquila películas en los bancos clandestinos? Esto, como dije antes, tendría que ver más con los estudios de recepción que con la historiografía pura, pero ayudaría a entender mucho más la complejidad del fenómeno, pues cine no es solo la película que vimos, sino el modo en que nos vestimos para ir a ver esa cinta, el transporte que escogimos para llegar hasta el lugar, y hasta el malhumor que provocó en nosotros descubrir que los cineastas no representaron la realidad del modo que uno espera.

Sé que esto que escribo no cambiará nada. No es que sea pesimista. Es que un post no puede mudar de aires una mentalidad que Luciano Castillo nos describe a la perfección en su artículo, cuando detecta que los periódicos del momento “no reflejaron los esfuerzos y tentativas cinematográficas emprendidas en nuestra provincia en los primeros años del siglo”. Desde entonces han pasado cien años, y el cuartico está igualito.

Juan Antonio García Borrero

CAMAGÜEY: CINE, MEMORIA Y CIUDAD.

jagb 02/07/2008 @ 13:09

En la ciudad de Camagüey, gracias a Etna Segura, desde hace más o menos un año, existe un espacio en la Asociación de Comunicadores que se nombra “Coffea Arábiga”. Funciona una vez al mes, y la idea es proyectar y debatir materiales audiovisuales, casi siempre con la presencia de sus creadores.

En enero hubo una excepción a la regla cuando fue presentado el documental cuyo nombre identifica al espacio, y un grupo numeroso de jóvenes formó parte de una tertulia donde se abordó la obra y personalidad de Nicolasito Guillén Landrián, cineasta que ha sido mejor reconocido fuera de la isla, que dentro de su ciudad natal. La idea me sedujo. No por un chauvinismo que en estos tiempos de tangible globalización corre el riesgo de parecerse cada vez más al gesto del aldeano petulante que criticaba Martí, sino porque, siguiendo el razonamiento martiano, “honrar honra”.

Muchos de los jóvenes presentes en la tertulia se deslumbraron con la todavía moderna irreverencia de “Coffea Arábiga” (1968), y confesaron su absoluto desconocimiento de la obra de Guillén Landrián. Lo más excéntrico: no sabían que era camagüeyano. Nada de eso me sorprendió, pues es ahora que la figura de este cineasta fallecido en Miami, comienza a recuperarse para la historia del cine cubano (por allí puede leerse un excelente texto de Dean Luis Reyes, y está también el documental de Manuel Zayas “Café con leche”). En realidad, lo que ha despertado en mí el deseo de escribir estas reflexiones personales, tiene que ver con algo más complejo que pudiéramos asociar a la nada sutil dialéctica que se establece entre “la Historia de la nación” y la “historia de la ciudad”, pero explorando ese vínculo en el contexto cinematográfico cubano.

Para los historiadores del cine cubano esta suerte de antítesis no resulta tan fácil de resolver. El cine, tal como lo entendemos, parece una “cuestión nacional”, la cual absorbe todo aquello que se asocie a lo provinciano. La inexistencia de una voluntad colectiva relacionada con esta expresión antes de 1959 ha sumido en la nada un sinnúmero de eventos no capitalinos que, sin embargo, existieron y conformaron un clima, un espíritu a lo largo del país (¿no será necesario fomentar entre nosotros una microquímica de la Historia, quiero decir, una arqueología de los humores que dinamizan o ralentizan la iniciativa de la gente en sus respectivos contextos?).

Quienes caminen por estos días Camagüey sabrán de inmediato de la intensa actividad de la Oficina del Historiador de la ciudad. Eso se nota lo mismo en una plaza remozada que en un viejo edificio recuperado. Sé que en cualquier momento Camagüey podría figurar en las listas de Patrimonio Mundial. Sin embargo, si ello ocurriese, su intensa actividad relacionada con el cine a lo largo del siglo que ya dejamos atrás, apenas habrá influido en ese hecho, sencillamente porque no existe en la ciudad memoria histórica alguna de lo que ha acontecido en esta zona cultural del territorio. Ni siquiera existe un sitio con fotos de las personalidades que en los tiempos más recientes lo han visitado, muchas de ellas (como los célebres intérpretes Jorge Perugorría, Mirtha Ibarra, Luis Alberto García, Enrique Molina, o el talentoso músico José María Vitier), que serían “explotados” visualmente en cualquiera de los países que acostumbran a visitar.

Debido a esa apatía, las nuevas generaciones de camagüeyanos correrán el riesgo de seguir ignorando quién fue Nicolasito Guillén Landrián. Tampoco sabrán quién fue Raúl Molina, otro de los fundadores del ICAIC (realizador de los documentales “La ciudad dormida”/ 1962, “Sigma 33”/ 1962, “La danza de los dioses”/ 1964, “La estructura”/ 1965, y “La fiesta”/ 1966), que antes de ingresar a esa institución en 1962 había tomado cursos en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC) de París. Mucho menos sabrán que esa céntrica sala de video “Nuevo Mundo” que hoy no puede lucir un aspecto más ruinoso, fue la primera institución de su tipo en el país. No la segunda ni la tercera: la primera.

Advierto que no me interesa la “Historia” como un modo de fetichizar un pasado que, a fuerza de adorarlo sin ningún interés crítico, llega a pesar más que una losa de mármol en la tumba de un difunto. La Historia ha de ser un recurso que nos ayude a lidiar con la condición humana en su integridad, y no a disfrazar la realidad con arquetipos platónicos que nada tienen que ver con el diario y siempre cambiante existir. Necesitamos la Historia como espacio de emancipación y debate, no como grillete. Esto me hace compartir la idea de que una nación que renuncia a conocer su Historia corre el riesgo de repetir buena parte de los errores de antaño. A lo que añado: una ciudad que se da el lujo de ignorar lo que ha experimentado culturalmente tiene muchas posibilidades de no percibir jamás sus potencialidades reales.

En Camagüey el cine ha sido importante a lo largo de todo el siglo, pero no hay rastro alguno de esa evidencia. Como el cine es una expresión tan joven, tal vez lo que llamo “Historia” merece ser nombrada “pre-Historia”. Pero lo cierto es que “historia” o “pre-historia”, en Camagüey falta ese interés básico por transmitir a quienes vendrán la tradición de pensar el audiovisual. Intentemos ubicar, por ejemplo, el lugar donde radicaba el Club Cinergético que la investigadora María Eulalia Douglas nos dice que fundó en 1906 el Dr. Omelio Freyre, y veremos que será un esfuerzo sin recompensa. O busquemos vestigios del teatro de variedades Palatino. O del cinematógrafo Agramonte (situado frente al famoso parque de esta localidad). O de algo que aluda a la filmación de “Los festejos de la Caridad en la ciudad de Camagüey” (1908), realizada por ese pionero infatigable del cine cubano que fue Enrique Díaz Quesada, y el saldo será igual de infecundo.

Pienso que la investigación de este tipo de actividad es imposible de realizar por un solo hombre, aún cuando ese hombre tenga la tenacidad de Arturo Agramonte o Luciano Castillo (casualmente, ambos camagüeyanos), por mencionar dos de los investigadores que más han estudiado el cine de la nación. En realidad, hablamos de un empeño que demandaría la conformación de un equipo multidisciplinario, el afianzamiento de una proyección metodológica que conceda rigor científico a las investigaciones, la concesión de recursos materiales, así como la existencia de un espacio físico que permita que el resultado de esas indagaciones sean aprovechadas por la comunidad.

La necesidad de un equipo multidisciplinario deviene lo más apremiante, pues se trata de estudiar el fenómeno “cine” en Camagüey desde todos los ángulos posibles, y no solo en su dimensión artística. Es decir, sería primordial hablar de “la historia de las películas” realizadas por cineastas camagüeyanos”, pero también indagar en “la historia de los cines de la localidad” (el cine como espacio social aglutinante), o en “la historia de los públicos” que asistían a esos cines, lo cual tendría una relación más estrecha con los estudios de recepción que con la estética misma.

Lo curioso es que, desde hace mucho tiempo (digamos que más o menos quince años), Camagüey viene demostrando que puede ser una plaza fuerte para ese tipo de actividad académica. A estas alturas me cuesta trabajo hablar de los Talleres de la Crítica Cinematográfica celebrados en la ciudad, no tanto por el hecho de haber estado involucrado en ellos, como porque, de modo voluntario, he decidido pasar a ser un simple espectador. Pero lo que es real es real, y hasta donde sabemos, ningún otro evento en el país (a no ser el Festival de La Habana) consiguió convocar de manera tan sistemática a tantas personalidades relacionadas con el cine. Menos mal que nos queda el libro de Armando Pérez Padrón “Diez años que estremecieron la crítica”, para argumentar mejor en un futuro esta afirmación.

Pues, bien, no tengo idea de a quién le toca sensibilizarse con ese asunto. Pero sé que si alguien (aunque no le guste el cine) no acaba de ponerse en la piel de esos espectadores que han encontrado en este mundo de imágenes en movimiento no solo una vía para divertirse, sino también para crecer, dentro de muy poco las nuevas generaciones de camagüeyanos experimentarán el mismo desconcierto que estas de ahora han sentido con el descubrimiento tardío de Guillén Landrián.

¿De verdad que en Camagüey estuvo alguna vez Julio García Espinosa?, preguntarán incrédulos. ¿Y Humberto Solás? ¿Y Enrique Pineda Barnet? ¿Y Fernando Pérez?, ¿Y Nelson Rodríguez? (todos los mencionados han sido reconocidos con el Premio Nacional de Cine). O en lo que sería el colmo del despiste, tal vez pregunten: ¿de verdad que en Camagüey se hicieron alguna vez Talleres de Crítica para hablar sobre cine?

Juan Antonio García Borrero