JORGE MAÑACH Y EMILIO BALLAGAS ESCRIBEN SOBRE CINE
A Guillermo Cabrera Infante le gustaba asegurar que no existen críticos de cine, sino en todo caso, escritores que escriben sobre cine. No es tan así. Se puede tener un estilo elegante, pero si no hay capacidad para maniobrar con los conceptos, todo se vuelve retórica vana. Hermosa, pero vacía. No basta con saber situar correctamente una palabra detrás de la otra, pues tanta corrección estilística corre el riesgo de crear meros androides de la sintaxis. Pero es verdad que una crítica de cine donde la escritura sea seductora, invita a pensar con más profundidad aquello que se dice. Incluso a regresar una y otra vez a eso que se leyó (en mi caso suele suceder con André Bazin, y su panegírico póstumo a Humphrey Bogart).
En estos días me ha dado por revisar papeles antiguos, muy antiguos, y he encontrado cosas realmente interesantes. Por ejemplo, estas dos breves crónicas cinematográficas escritas por Jorge Mañach (1898- 1961), tal vez el más polémico de los ensayistas de la República, y Emilio Ballagas (1908-1954), uno de los primeros poetas que tomó en cuenta la poesía afrocubana en su producción. Ambas aparecieron publicadas en la “Revista de Avance” (La Habana, 1927- 1930), una de las publicaciones más influyentes de su época, que en su primer número contó con un Consejo Editorial conformado por Alejo Carpentier, Martín Casanovas, Francisco Ichaso, Jorge Mañach, y Juan Marinello.
En el año que se publicaron estos textos (1929), el cine estaba en medio de lo que con el tiempo hemos conocido como su “revolución sonora”. Ya Pudovkin (director de “El fin de San Petersburgo”, película que comenta Ballagas), había firmado un año atrás (junto a Eisenstein) aquel famoso manifiesto donde advertía de las limitaciones que podía acarrearle al cine como expresión artística, la puesta en práctica de la innovación técnica. También Chaplin, desde Nueva York, se había pronunciado sobre el asunto, con aquel artículo donde comenzaba confesando que detestaba los filmes parlantes (“los talkies”), porque “se disponen a estropear el arte más antiguo del mundo, el arte de la pantomima. Aniquilan la gran belleza del silencio”.
Las dos crónicas que podrán leerse a continuación, nos ofrecen una idea de la recepción que por aquella fecha tenían en la intelectualidad cubana esos temas (como complemento, recomendamos leer en este mismo blog la carta abierta que le escribe Raúl Roa a Mañach), pero también nos pone sobre la pista de los primeros indicios en Cuba de aquella crítica a la que aludía Cabrera Infante: una crítica ejercida por escritores que, eventualmente, escriben sobre cine.
Juan Antonio García Borrero
EL CAMERAMAN, de Buster Keaton
Jorge Mañach
En Keaton, como en Chaplin, la comicidad primaria y en definitiva el pathos humorístico provienen de la inadecuación. Bergson vería en ambos confirmada su tesis de que lo cómico es una falta de adaptabilidad. Pero esta rigidez puede consistir como en Chaplin, en una forma simple, ingenua, inocente de reaccionar o, como en Buster, en una reacción de insuficiente complejidad.
De tales reacciones está hecha la trama cómica de “The Cameraman”. Buster comprende que si continúa de retratador callejero, nunca asumirá beligerancia sentimental ante la benévola telefonista de la M. G. M. News, cuya suavidad le ha metido el primer rayito mañanero en su vida melancólica. La óptica admirativa de Luisa está acomodada a los superfotógrafos que la rodean, linces noticieros, de perfiles flamantes, deportistas, heroicos. Buster decide ser uno de ellos. Y lo cómico aparece ya con la inidoneidad del pobre diablo ambulatorio para convertirse en fulminante cazador de imágenes. Buster lo pone todo a contribución: la voluntad galvanizada por un alto voltaje amoroso, la agilidad ciega, la diligencia intrépida, y suplen los tips caricativos de Luisa su falta de olfato profesional. Pero Buster, fatalmente, se hace líos, llega tarde, saca las cosas al revés. Sólo acierta gloriosamente para advertir que ha estado colando un torbellino de imágenes por el cesto de su cámara vacía. ¿Es un idiota? No: sencillamente un distraído. Es decir: un hombre que tiene la vida fuera de foco siempre, empeñado precisamente en el oficio de enfocar realidades.
Pero queda lo patético, lo que ha de sublimar esa comicidad al rango humorístico. El patetismo nace en Buster Keaton de la índole peculiar de su distracción. Distraerse es mirar más allá o más acá de la realidad. Complicarla en exceso, como el filósofo, o simplemente demasiado, como el ingenuo. Este ingenuo es Buster. Menos inocente que Chaplin, proyecta como él sobre la vida la poca malicia interior, esperando de fuera solamente actitudes benignas. Y la vida – claro está – les descalabra a cada paso. Piensa mal y acertarás. Chaplin y Keaton encarnan el contrario sensu del refrán: piensan siempre bien y por consiguiente no aciertan nunca. El pathos – y la resonancia filosófica – de su humorismo vienen de esa conexión fatal que los dos grandes histriones nos descubren, entre su absoluto optimismo y el éxito práctico.
El ingenuo es siempre torpe. Chaplin y Keaton son dos inadecuados esforzándose por adaptarse a un mundo en que solo la malicia es práctica. Tienen la torpeza insigne y conmovedora de Don Quijote.
¿Y cuándo haremos el elogio de esas mujercitas en quienes la caridad acaba por hacerse amor y rescatarlo del ridículo?
(Publicado en “Revista de Avance”, Año III Nro. 32, Marzo, 1929, p 89).
EL FIN DE SAN PETERSBURGO, de Vsevolod Pudovkin
Emilio Ballagas
Este film silente – sordina a la garrullería del cine parlante – nos despierta con la elocuencia del lente depurado y el magnavoz de la propaganda social, con la sonoridad de su alcance artístico y humano. Rusia elige como medio trasmisor de su intenso mensaje la descarnada expresión, la mímica definitiva – esperanto famélico – de la masa proletaria que de modo insuperable interpretan actores nacionales.
Equidistante de la concesión a la sensiblería y de toda malicia técnica, recuerda vagamente a “Metrópolis” en el tema social, en el intento de reivindicación de la dignidad humana, pero en la cinta de la UFA hay una prodigalidad de técnica y un derroche tal de imaginería que ahoga toda emoción de humanidad. En el film novo documental que hace poco nos presentó el cine Rialto hay una integración – integridad – sabia y experta de todos los elementos del cinema, los plásticos y los anecdóticos: ninguna sumisión a la pura óptica ni al interés espectacular.
La acción – esencia de realidad – determina la técnica y la domina, nada de erudición de laboratorio ni apoyo en el trick, ni pura fotogenia – canto de sirena para los ojos – en precipitado de imágenes. Hábil manejo, movilización plástica de las masas humanas y de la máquina con aliento de vida. Juego de iluminación bien logrado. Uso sin abuso del close-up: acción humana revelada, de vuelta por el lente con vitalidad propia, recreada por la cámara que explora sagaz desde los vértices más insospechados.
Y el toque de humor – fina ironía lírica en las escenas de burgueses “emocionados” y del llanto de la estancia del Czar – corroborando como un lunar la subida calidad dramática de la película. Economía de humorismo: basta un alto en una sonrisa para seguir el via-crucis proletario.
Sobran – celo quizás de la Comisión Revisora – esos títulos tímidos; la expresión se colma, cada escena es un cartel. Un breve prólogo, simple nota marginal, la ausencia de todo letrero hubieran bastado.
La roma perspicacia de la tijera revisora deja intacto el mérito de “El fin de San Petersburgo”; no le resta nada de su sabor artístico. Ni de su eficacia “peligrosa” de propaganda social.
(Publicado en “Revista de Avance”. Año III. No, 40; 15 Nov. 1929, pp. 287- 288)

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