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Categoría: DEL ARCHIVO

JORGE MAÑACH Y EMILIO BALLAGAS ESCRIBEN SOBRE CINE

jagb 19/06/2008 @ 15:48

A Guillermo Cabrera Infante le gustaba asegurar que no existen críticos de cine, sino en todo caso, escritores que escriben sobre cine. No es tan así. Se puede tener un estilo elegante, pero si no hay capacidad para maniobrar con los conceptos, todo se vuelve retórica vana. Hermosa, pero vacía. No basta con saber situar correctamente una palabra detrás de la otra, pues tanta corrección estilística corre el riesgo de crear meros androides de la sintaxis. Pero es verdad que una crítica de cine donde la escritura sea seductora, invita a pensar con más profundidad aquello que se dice. Incluso a regresar una y otra vez a eso que se leyó (en mi caso suele suceder con André Bazin, y su panegírico póstumo a Humphrey Bogart).

En estos días me ha dado por revisar papeles antiguos, muy antiguos, y he encontrado cosas realmente interesantes. Por ejemplo, estas dos breves crónicas cinematográficas escritas por Jorge Mañach (1898- 1961), tal vez el más polémico de los ensayistas de la República, y Emilio Ballagas (1908-1954), uno de los primeros poetas que tomó en cuenta la poesía afrocubana en su producción. Ambas aparecieron publicadas en la “Revista de Avance” (La Habana, 1927- 1930), una de las publicaciones más influyentes de su época, que en su primer número contó con un Consejo Editorial conformado por Alejo Carpentier, Martín Casanovas, Francisco Ichaso, Jorge Mañach, y Juan Marinello.

En el año que se publicaron estos textos (1929), el cine estaba en medio de lo que con el tiempo hemos conocido como su “revolución sonora”. Ya Pudovkin (director de “El fin de San Petersburgo”, película que comenta Ballagas), había firmado un año atrás (junto a Eisenstein) aquel famoso manifiesto donde advertía de las limitaciones que podía acarrearle al cine como expresión artística, la puesta en práctica de la innovación técnica. También Chaplin, desde Nueva York, se había pronunciado sobre el asunto, con aquel artículo donde comenzaba confesando que detestaba los filmes parlantes (“los talkies”), porque “se disponen a estropear el arte más antiguo del mundo, el arte de la pantomima. Aniquilan la gran belleza del silencio”.

Las dos crónicas que podrán leerse a continuación, nos ofrecen una idea de la recepción que por aquella fecha tenían en la intelectualidad cubana esos temas (como complemento, recomendamos leer en este mismo blog la carta abierta que le escribe Raúl Roa a Mañach), pero también nos pone sobre la pista de los primeros indicios en Cuba de aquella crítica a la que aludía Cabrera Infante: una crítica ejercida por escritores que, eventualmente, escriben sobre cine.

Juan Antonio García Borrero

EL CAMERAMAN, de Buster Keaton
Jorge Mañach

En Keaton, como en Chaplin, la comicidad primaria y en definitiva el pathos humorístico provienen de la inadecuación. Bergson vería en ambos confirmada su tesis de que lo cómico es una falta de adaptabilidad. Pero esta rigidez puede consistir como en Chaplin, en una forma simple, ingenua, inocente de reaccionar o, como en Buster, en una reacción de insuficiente complejidad.
De tales reacciones está hecha la trama cómica de “The Cameraman”. Buster comprende que si continúa de retratador callejero, nunca asumirá beligerancia sentimental ante la benévola telefonista de la M. G. M. News, cuya suavidad le ha metido el primer rayito mañanero en su vida melancólica. La óptica admirativa de Luisa está acomodada a los superfotógrafos que la rodean, linces noticieros, de perfiles flamantes, deportistas, heroicos. Buster decide ser uno de ellos. Y lo cómico aparece ya con la inidoneidad del pobre diablo ambulatorio para convertirse en fulminante cazador de imágenes. Buster lo pone todo a contribución: la voluntad galvanizada por un alto voltaje amoroso, la agilidad ciega, la diligencia intrépida, y suplen los tips caricativos de Luisa su falta de olfato profesional. Pero Buster, fatalmente, se hace líos, llega tarde, saca las cosas al revés. Sólo acierta gloriosamente para advertir que ha estado colando un torbellino de imágenes por el cesto de su cámara vacía. ¿Es un idiota? No: sencillamente un distraído. Es decir: un hombre que tiene la vida fuera de foco siempre, empeñado precisamente en el oficio de enfocar realidades.

Pero queda lo patético, lo que ha de sublimar esa comicidad al rango humorístico. El patetismo nace en Buster Keaton de la índole peculiar de su distracción. Distraerse es mirar más allá o más acá de la realidad. Complicarla en exceso, como el filósofo, o simplemente demasiado, como el ingenuo. Este ingenuo es Buster. Menos inocente que Chaplin, proyecta como él sobre la vida la poca malicia interior, esperando de fuera solamente actitudes benignas. Y la vida – claro está – les descalabra a cada paso. Piensa mal y acertarás. Chaplin y Keaton encarnan el contrario sensu del refrán: piensan siempre bien y por consiguiente no aciertan nunca. El pathos – y la resonancia filosófica – de su humorismo vienen de esa conexión fatal que los dos grandes histriones nos descubren, entre su absoluto optimismo y el éxito práctico.

El ingenuo es siempre torpe. Chaplin y Keaton son dos inadecuados esforzándose por adaptarse a un mundo en que solo la malicia es práctica. Tienen la torpeza insigne y conmovedora de Don Quijote.

¿Y cuándo haremos el elogio de esas mujercitas en quienes la caridad acaba por hacerse amor y rescatarlo del ridículo?

(Publicado en “Revista de Avance”, Año III Nro. 32, Marzo, 1929, p 89).

EL FIN DE SAN PETERSBURGO, de Vsevolod Pudovkin
Emilio Ballagas

Este film silente – sordina a la garrullería del cine parlante – nos despierta con la elocuencia del lente depurado y el magnavoz de la propaganda social, con la sonoridad de su alcance artístico y humano. Rusia elige como medio trasmisor de su intenso mensaje la descarnada expresión, la mímica definitiva – esperanto famélico – de la masa proletaria que de modo insuperable interpretan actores nacionales.

Equidistante de la concesión a la sensiblería y de toda malicia técnica, recuerda vagamente a “Metrópolis” en el tema social, en el intento de reivindicación de la dignidad humana, pero en la cinta de la UFA hay una prodigalidad de técnica y un derroche tal de imaginería que ahoga toda emoción de humanidad. En el film novo documental que hace poco nos presentó el cine Rialto hay una integración – integridad – sabia y experta de todos los elementos del cinema, los plásticos y los anecdóticos: ninguna sumisión a la pura óptica ni al interés espectacular.

La acción – esencia de realidad – determina la técnica y la domina, nada de erudición de laboratorio ni apoyo en el trick, ni pura fotogenia – canto de sirena para los ojos – en precipitado de imágenes. Hábil manejo, movilización plástica de las masas humanas y de la máquina con aliento de vida. Juego de iluminación bien logrado. Uso sin abuso del close-up: acción humana revelada, de vuelta por el lente con vitalidad propia, recreada por la cámara que explora sagaz desde los vértices más insospechados.

Y el toque de humor – fina ironía lírica en las escenas de burgueses “emocionados” y del llanto de la estancia del Czar – corroborando como un lunar la subida calidad dramática de la película. Economía de humorismo: basta un alto en una sonrisa para seguir el via-crucis proletario.

Sobran – celo quizás de la Comisión Revisora – esos títulos tímidos; la expresión se colma, cada escena es un cartel. Un breve prólogo, simple nota marginal, la ausencia de todo letrero hubieran bastado.

La roma perspicacia de la tijera revisora deja intacto el mérito de “El fin de San Petersburgo”; no le resta nada de su sabor artístico. Ni de su eficacia “peligrosa” de propaganda social.

(Publicado en “Revista de Avance”. Año III. No, 40; 15 Nov. 1929, pp. 287- 288)

JUAN DAVID GARCÍA BACCA EN LA REVISTA “ORÍGENES”

jagb 18/06/2008 @ 13:51

De la caverna platónica al cine moderno (Dos metáforas y una sola verdad)
Juan David García Bacca

Allá en ciertos tiempos, – fecha definible, como los de Maricastaña, y como los de ella simbólicos – vivían los hombres, nos dice Platón, en célebre mito, aherrojados en oscura caverna, cara a su fondo, inmóviles, con la única distracción y ocupación de descifrar las sombras que los objetos, al desfilar por la puerta de la caverna, proyectaban en su fondo. A espaldas de tales simbólicos cautivos, – desconcertantes, los llama Platón –, pasaba la Verdad y la Realidad: a su vista, las sombras, las siluetas, la inconsistencia y enigmática apariencia.

En total, un cine, peor que el peor de nuestros más modestos barrios. Pero cine, desde nuestro punto de vista.

Más cómodamente arreglado, al parecer más libres para entrar y salir, limpios, y aún con aire acondicionado suelen estar nuestras cavernas platónicas modernas. Alias, nuestros cines. Pero cavernas son, pues sombras nos dan; y sesión de sombras y peleas, y asuntos entre sombras, son los que por la pantalla desfilan. Por el espectáculo visto, por el tipo de realidad con el que vivimos largas horas – y lo que es peor, porque lo vivimos libremente, y con tanto gusto, que encima pagamos – nuestros cines no distan mucho de las troglodíticas cavernas, mitológicamente recordadas por Platón. Mito. ¿de qué y para qué?

Si queremos, por unos momentos, hablar mal de nosotros mismos, – cosa que cae muy bien a la modestia y aun a la ironía –, preciso nos será reconocer que el número de cines y el buen negocito que resultan, la “invasión de las masas” que en ellos sutilmente descubría Ortega, deponen muy desfavorablemente acerca de nuestro amor a la Verdad, a la Realidad, a la Luz, y muy sospechosamente delatan nuestras preferencias por las sombras, por los fantasmas, por la pura apariencia. Y esto, aunque se trate de naciones “realistas” y de realistas en teoría del conocimiento.

La huída de la realidad, y de la realidad de verdad, le ha salido a la cara de nuestra civilización – sin darse cuenta, sin ruborizarse a tiempo – en su preferencia y cultivo del cine. Huida de la realidad, y potpourrì o mezcolanza de todo lo humano y lo divino. Y si Cervantes protestaba en El Quijote de ciertas mezclas y revoltijos que hacían los escritores: “guardando en esta un decoro tan ingenioso que en un renglón han pintado un enamorado distraído y en otro hacen un sermoncito cristiano que es un contento y regalo oírle o leerle”, no sé, y no quiero saber, lo que dijera de las mezclas que en una misma pantalla y en una misma sesión presenciamos, sin muchos escrúpulos y según normas de “ingeniosísimos decoro”.

La heterodoxia contra el buen beber y saber hecha de revoltijo real en un cocktail – ¿quién, maldito, los inventó?; no por cierto ningún buen catador, ni español ni francés – nos va a traer otra heterodoxia en las ideas: todo revuelto con todo, reducido o macerado en sombras, para que se arrejunte todo mejor: lo humano y lo divino. Y esta lección de las sombras en cine, ¿no se va imponiendo también en el orden real?.

Huída de lo real; revoltijo de los tipos de realidad. ¡Oh caverna platónica, troglodítica, simplista e inofensiva, inocentada, frente a la sutil, perversa, ofensiva pedagogía de nuestras comodísimas cavernas!. Mal negocio para las grandes realidades como religión, arte, filosofía, política … que cuando nos tropecemos con ellas, como a la salida de los cinemas, no podremos ni verlas ni reconocerlas, y andaremos a trastazos y golpes con ellas. Y el número de palos de ciego con que los modernos tratamos la religión real y sincera, la política real, el arte verdadero, las personas… son palos de ciego, encegados por sesiones de sombras, educados por sombras.

Dicen que es falta de urbanidad dar la mano enguantada. En religión, en moral, en política, en trato, todos vamos enguantados y reenguantados. Y creemos que dar la mano en estos casos, ser sinceros, y darnos la oportunidad de que lo seamos – aunque se hundan ciertas estadísticas que benévolamente cuentan los adeptos por centenares de millones, por millones… con menos no nos contentamos – es desacato, descortesía, herejía, insubordinación, descomedimiento.

En filosofía moderna, y bajo un término solemne y despistador, la rebelión contra los intermediarios y mediadores, contra toda suerte de guantes – dogmas, teorías, hipótesis, programas, convenciones… – se llama fenomenología. O con la transcripción heideggeriana: ¡A las cosas, a las cosas!

Casi en todos los órdenes vivimos los modernos en continua sesión de cine. Por eso la Realidad nos suele parecer brutal, desconsiderada, gobierno de hecho. Y nos sorprenden y desconciertan muchas cosas, muchas realidades, que pasan y nos pasan, precisamente porque en todo orden nos ha invadido el cine: trato con sombras, entre sombras, normas de sombras, buenos y malos ejemplos de sombras.

La realidad no es brutal. Sin llegar al optimismo de Hegel de que todo lo real es racional, convengamos en que la dosis de brutalidad de lo real nos da la medida de nuestra pertinaz y organizada huída de él. Y hay frecuentemente, que imponernos la realidad a golpes, volvernos a golpes a las cosas, porque estamos cómodamente instalados en una religión, política, economía, verdad moral, relaciones humanas… estilo cine.

La realidad no es brutal; los brutos somos nosotros; y mejor, para no pluralizar, el bruto soy yo.

La realidad, lo dijo ya hace 25 siglos Parménides, es simplemente.

(Publicado en la Revista Orígenes. Año II. Nro. 35, 1954, pp 40 – 42)

CARTA ABIERTA DE RAÚL ROA A JORGE MAÑACH

jagb 17/06/2008 @ 19:14

Mi estimado Jorge Mañach:

Te mereces una pública felicitación – y alborozada adhesión- por tus recientes glosas al margen del cine hablado y de la merma de dignidad estética y civil que comporta el aceptarle ovejunamente. Ahí va la mía, nada sospechosa de insinceridad.

El cine hablado... ¿No te parecen los términos de esta ecuación tan inconciliables por lo menos como los intereses de capitalistas y obreros? Porque, evidentemente –como aquellos- cine y palabra se excluyen. Mientras el gesto es siempre fruto en agraz –tantas posibilidades restan para su total madurez- la palabra es limitación, circunferencia microscópica (te remito al poema de Marinello). Por eso, la película aliteraria, esencialmente esquemática, es la que más inefables emociones y sorpresas suscita y deja en nosotros “Amanecer”, “El circo”, para no colgar en la tendedera del “verbigracia” sino ejemplos afrodísticos. El film literario abarrotado de letreros, y de ramplonerías: Lunes y Jueves y Miércoles y Sábados en “Fausto” y “El Encanto” respectivamente- siempre me produce coraje. Siquiera los novelones de Dumas –sus pares en letras- servían de “tilo” a mis nervios exasperados. Creo que a ti –tan fino discernidor de lo auténtico- te acontecerá en rigor lo propio. Además, aceptar el cine hablado es enmarcarlo estrechamente al lugar de su procedencia. Lo que lo despoja de su peculiar característica, tan de nuestro tiempo: su ecumenismo. Por ser ecuménico –nunca el universalismo supo de válvula más leal que el iluminado celuloide- el cine puro, todo hecho a base de gestos estilizados, estremece con pareja fuerza lo mismo mi sensibilidad cubana que la del chino y la del polinesio. Así, el cine hablado –mayormente en inglés, que no en balde el imperialismo fotogénico reside en Hollywood como el económico en Wall Street- provocará fatalmente en el chino y en el polinesio, además de la natural incomprensión, un rojo estallar de protestas. Su civilidad se sentirá medularmente maltratada y escarnecida. En cambio, los cubanos se han puesto a adorar –en el fondo quizás repudiándolo- el Vitaphone y el Movietone, nuevos Becerros de Oro. Pero afortunadamente unos cuantos –tú el primero- han gritado valerosamente su inconformidad. Yo grito ahora la mía.

Y lo deplorable es esto precisamente: la ovejuna actitud de nuestro público. Su insólita docilidad para resistir la invasión foránea- que instintivamente se presume mortal para la cubanidad- hace pensar en que sí seremos un pueblo sin sentido histórico.

Porque el Vitaphone y el Movietone representan algo más que el aire parlante, estéticamente ineficaz: representan un vehículo más –poderosísimo- de la penetración yanki en nuestro país. Óigase bien: ya ni teatros propios tenemos. Ya no es sólo la tierra que se nos va, -que se nos fue-. Ahora son los teatros.

¿Qué será mañana? ¡Qué drama el nuestro! Ayer mismo, amigo Mañach, hube de verificar, en la experiencia personal tus justamente alarmados pareceres sobre el cine hablado. No hay derecho a insultar al público con diálogos en lengua extraña –afirmabas tú poco más o menos- Pero ríete: el público nuestro se merece eso y mucho más. Todos se hacían lenguas de “la maravilla del siglo”, y todos aceptaban sin humano sonrojo el “jingoismo” alquitarado del film. La nefanda baba era múltiple. Y el público enternecido.

Nada amigo Mañach: dos estaciones centrales tiene hoy el imperialismo norteamericano en Cuba: la naval –y ominosa- de Guantánamo y la fotogénica –también ominosa- de “Fausto” y su sucursal “El Encanto”. Contra la definitiva desaparición de ambas hay que movilizar nuestros mejores esfuerzos.

Un apretón de manos de

Raúl Roa.

(Publicado en la revista “Orto” Nro 5, pp 14-15, julio de 1929)

CARTA DE GABRIEL VEYRE A SU MADRE DESDE LA HABANA

jagb 22/06/2007 @ 21:18

La Habana, 3 febrero 1897

Muy querida mamá

Algunas palabras para darte noticias mías. No sé si has recibido mis cartas anteriores enviadas desde La Habana. El servicio de correos está muy malo a causa de la guerra y muchas cartas se pierden. Así que no te inquietes si no recibes noticias mías regularmente.

Por el momento, me siento muy bien, podría decir que mejor que en México, si esto es posible, pues allá, me faltaba el aire y a causa del invierno el tiempo se ponía malo. Las noches sobre todo eran muy frías. ¡Aquí, nada de eso!

Después de una semana de lluvias y tempestades, el tiempo se ha puesto hermoso. Hay un sol reverberante todo el día y las noches tibias dan deseos de dormir afuera. No hay cobertores en las camas. Aquí, eso no se conoce. Una sencilla sábana y eso es todo. Las ventanas están siempre abiertas y para protegerse de los mosquitos durante el sueño, el lecho está rodeado de cortinas de muselina.

En cuanto a los negocios, no van mal. Estos días de lluvia nos han perjudicado, pero con el buen tiempo esto se recupera. Qué lastima que esto sea en tiempos de guerra. El país está casi arruinado y si hubiera venido antes de la guerra, hubiera podido ganar casi mil francos diarios. No obstante, creo que cuando abandone el país, llevaré algunas pequeñas economías.

Pocas cosas que contarte sobre las costumbres del país que se parecen a las de Francia o más bien a las de España, puesto que es una isla española.

Como estoy instalado cerca del teatro, paso allí casi todas mis noches pues tengo entrada gratis. En estos momentos hay una buena compañía española de M. Luban que merece su fama. Esta es mi única distracción.

Ya que voy al teatro donde se actúa el español, te diré que comprendo perfectamente el idioma y que no tengo dificultad en este sentido.

No he recibido noticias de Fernando desde mi partida de México. Creo que no tardará en volver a Argentina, pasando por Francia. ¿Se habrá casado? Lo ignoro, puede ser que sí.

Abraza en mi nombre a toda la familia y recibe mil, mil besos de tu hijo

G. Veyre

MÁS SOBRE RAMÓN PEÓN

jagb 23/05/2007 @ 20:18

La publicación de la carta que el cineasta Ramón Peón le dirigiera a Fidel en 1959, ha despertado el interés de algunos por esta figura imprescindible de la cinematografía cubana. Me gustaría aprovechar para recomendar la lectura del libro “Ramón Peón, el hombre de los glóbulos negros”, de los investigadores Arturo Agramonte y Luciano Castillo, sin dudas, el estudio más completo que existe sobre este artista, y la biografía más contundente que hasta ahora se haya podido escribir sobre un cineasta del patio.

Precisamente gracias a esa investigación sabemos de las peripecias y desventuras de Peón en ese “año auroral” de 1959 (para decirlo como Lezama). Según los investigadores, “en varias oportunidades, a lo largo del año, Ramón Peón acudió al BANFAIC, en compañía de un grupo de jóvenes aficionados que solicitaban financiamiento para realizar una película titulada “¿Cuál será mi destino?”, acerca de un inmigrante español que llega a Cuba de polizón”. El BANFAIC, sin embargo, prefirió apoyar el rodaje de una película dirigida por el norteamericano Al Lipton: la hoy olvidada “El beso del adiós” (Kiss Her and Good Bye).

A pesar de la indiferencia sufrida, Peón siguió deseándole éxito al nuevo cine cubano desde la revista “Cinema”, y en una ocasión llega a escribir: “En este “Año de la Liberación”, Cinema se viste de gala para celebrar, no solo su vigésimo cuarto año de vida, sino también el advenimiento de una “nueva Era” del cine cubano, que habrá de regirse por una legión de pinos nuevos, con ideas nuevas, que tratan de imponer una “nueva fórmula”, según el entusiasmo y la euforia que los inspira, en este movimiento renovador de la nueva Cuba. “Cinema”, que a pesar de los años, y de los desengaños, no envejece nunca, tiene fe en el futuro de NUESTRO CINE, porque la nueva era, está en manos de gente jóvenes, honradas y entusiastas, que a tono con los postulados de la Revolución redentora, tienen el deseo de lograr lo mejor. A ese entusiasmo de “Cinema”, tenemos que sumarnos todos los que hemos soñado con que en Cuba haya una industria fílmica vigorosa y progresista. No tenemos derecho a enjuiciar fórmulas que aún no han sido puestas en práctica. El futuro, dará la razón a quien la tenga; pero hasta que el “hecho” no se produzca y se palpen los resultados de los modernos sistemas, nada podemos decir. (…) No importa que algunos de los que hemos luchado por hacer cine en Cuba no podamos alinearnos por la derecha, en las filas de los triunfadores de la nueva hornada. Lo único que importa –repetimos- es que la cinematografía cubana, sea al fin una realidad”.

Evidentemente Ramón Peón participaba de ese “espíritu de época” que impregnaba en ese instante a casi todos los miembros de la sociedad. Su discurso aún suena convincente porque de hecho era el eco del discurso colectivo, aún cuando estuviese percibiendo de una manera bastante clara que no tenía cabida en aquel nuevo mapa cultural de la isla. Ya en enero de 1960 el tono de su voz muestra más resignación que entusiasmo, cuando afirma desde Cinema:

“Los responsables de los nuevos derroteros por los que se encauza el cine cubano, son producto de la buena fe e inspiración de un grupo de jóvenes bien intencionados, que tratan de romper con los viejos moldes, haciendo un tipo de cine de alta calidad, para orientar mejor el gusto del público cubano. Negar esos propósitos, sería querer tapar el sol con el dedo y desconocer el principio que los inspira, de acuerdo con la premisa establecida por la Revolución triunfante. Nadie tiene derecho a criticar, hasta que se vean los resultados del experimento. Y es hora de aclarar que ese pronunciamiento no es una fórmula para evadir complicaciones, sino la firme convicción de que tanto el doctor Guevara, como el grupo de colaboradores que dirigen este movimiento, tienen el mejor propósito de que la industria fílmica cubana se logre sobre las bases más firmes y con las perspectivas más halagüeñas para el futuro de un cine cubano, que tienda a elevar el nivel cultural del pueblo”.

Sería realmente un facilismo historiográfico culpar al ICAIC (o puntualmente a Alfredo Guevara) de protagonizar una injusticia de carácter personal. No creo que la indiferencia ante el cineasta fuera “algo personal” contra Peón. O algo más personal que lo que los de “Lunes de Revolución” hicieron con Lezama y, en sentido general, el grupo Orígenes En realidad, estamos hablando de una época donde lo único que contaba era “la nostalgia por el futuro” (Alberto Roldán). Y Ramón Peón (junto a Manolo Alonso o Mario Barral, para mencionar otros dos) simbolizaban un pasado ya desacreditado.

Al ICAIC (como a los de “Lunes”) lo que le interesaba era acceder a esa modernidad fílmica que ya fuera el “Free Cinema” inglés, la “Nueva Ola francesa”, o hasta el trasnochado “neorrealismo italiano” estaban sugiriendo por esa época. Ni Peón ni Alonso parecían enterados de esa transición que comenzaba a operar en el llamado “cine clásico”, al cual ellos respondían con verdadero fervor.

De cualquier forma, Peón hubiese merecido una mejor suerte al final de su carrera, tomando en cuenta sus desvelos para edificar una cinematografía nacional. Después de todo, lo que señala en su carta a Fidel coincide en muchos puntos con lo que la Ley que origina al ICAIC expresa en su espíritu. Ambos documentos hoy aparecen bañados por la misma ansiedad nacionalista. Incluso en su misiva a Fidel, Peón menciona el término “ideología” (una palabra que en la Ley no aparece, aunque se hable de la formación de una conciencia), si bien se sabe que a esas alturas, como observaría con lucidez Sartre en su visita a la isla, la Revolución aún no se guiaba por una ideología puntual.

De allí que Peón no comprenda del todo esa indiferencia institucional ante sus reclamos de colaborar en el proyecto, y decida salir otra vez (ahora sí para siempre) de Cuba. Su despedida pública en “Cinema” no pudo ser más amarga. Escribió:

“No me fue posible poner mi granito de arena en este nuevo movimiento pro cine cubano, porque “los nuevos” no me conocen… o no me quiere reconocer categoría digna de tomarse en cuenta, aunque solo fuera por la experiencia de tantos años – más de 43, dedicados exclusivamente a hacer cine-. ¿Qué le vamos a hacer? (…) Veo que el CINE CUBANO sigue su marcha y a lo mejor recibimos a fin de cuentas una grata sorpresa”.

Juan Antonio García Borrero.

RAMÓN PEÓN: CARTA ABIERTA A FIDEL

jagb 22/05/2007 @ 15:52

Dr. Fidel Castro:

Los que hemos soñado durante tantos años con hacer ver al Gobierno –los distintos Gobiernos que han regido los destinos de nuestra República, desde Machado hasta Batista-, que al hablar de cine, había que tener en cuenta algo más que el simple aspecto de la cinematografía como espectáculo e industria, hemos visto un rayo de luz en las tinieblas, cuando hemos oído al H. Sr. Presidente de la República, y al líder máximo de la Revolución, mencionar el propósito del Gobierno Revolucionario de impulsar la cinematografía cubana.

Es por esta razón que me aventuro a abordar de nuevo el mismo tema, hoy que por razones de salud, me veo en la necesidad de refugiarme en mi patria, después de haber dedicado 27 años de mi vida al cine mexicano, y cumplir en estos momentos- el 18 de febrero de 1959- cuarenta años de cinematografía como director. En ninguna ocasión el cine cubano ha estado más cerca de su Gobierno, ya que su función de divulgación y difusión cultural están íntegramente identificadas con la ideología del Gobierno Revolucionario de la Nueva Cuba.

La educación audiovisual, doctor Fidel Castro, puede ser el más eficiente y poderoso aliado del Gobierno, para hacer llegar al campesino cubano las orientaciones, la ayuda cultural que le es tan necesaria para lograr mejor su propósito de superación y elevación de su nivel de vida.

Su mensaje a través del cine, será mejor comprendido. El lenguaje de las imágenes, con la adición del sonido, hará que el guajiro comprenda mejor la lección; esa lección que le es tan necesaria para que pueda sacar el mejor partido de la tierra… esa tierra que ahora va a ser suya, a través de la nueva Ley Agraria de la Revolución Redentora.

En Cuba hay técnicos capaces y son pocos los elementos mecánicos que podrán faltar para lograr mayor eficiencia en nuestra labor. Para hacer películas de Orientación audiovisual, casi lo hay de todo en Cuba. Los técnicos cubanos son todos revolucionarios de corazón… con decirle a usted que aún sueñan con hacer cine en Cuba, después de haber sido discriminado durante tantos años…!

Yo, que soy el más humilde –le ofrezco 40 años de experiencia, a través de 27 años al servicio del cine mexicano y 80 películas como director. Creo que puedo ser útil en algo; pero como yo, hay muchos técnicos de cine en Cuba y sé que cada uno de ellos firmaría lista de presente, cuando el Gobierno Revolucionario llamara a filas para servir a Cuba cinematográficamente hablando.

Quiera Dios que usted no se deje secuestrar, como fueron secuestrados por su propia egolatría, los que anteriormente regían nuestros destinos, en todas las épocas. Yo no pude nunca hacerme oír de ninguno de ellos, porque jamás pude romper la muralla china que los encerraba al través de los aduladores que tanto daño le han hecho siempre a Cuba.

El Cine sirve para muchas cosas, no solo para entretener. No puede olvidarse que es el espectáculo predilecto de las masas, el espectáculo del pueblo- ese pueblo al que usted le interesa tanto identificar con sus prédicas y con su gobierno.

Cuando tenga tiempo de hablar diez minutos de cine, solo diez minutos, que estoy seguro que serán de gran utilidad, déme la oportunidad de aclarar por qué yo tengo tanta fe en que el cine pueda ser su mejor aliado en la reestructuración de la nueva Cuba que soñó Martí, y usted quiere que se convierta en realidad ahora. Yo me inclino a creer que el cine puede completar el milagro que usted, con su tenacidad y heroísmo, logró plasmar con la huída del tirano. Felicidades mil y que Dios lo bendiga.

(Publicado en “Revista Cinema” Nro. 1195, La Habana, 8 de febrero de 1959, p 10).

Ramón Peón (n. La Habana, 1897/ m. Puerto Rico, 1970). Uno de los cineastas que más empeño puso en vida por fomentar una cinematografía nacional. En 1916 se desplazó a los Estados Unidos para iniciarse en el cine como ayudante de laboratorio. Debutó como director con “Realidad” (1920) y en 1930 realizó el filme silente “La Virgen de la Caridad”, considerado una de las mejores películas cubanas de todos los tiempos. Trabajó por razones económicas en los Estados Unidos y México, y en este último país desarrolló una amplia carrera. A pesar de ello, nunca abandonó la idea de posibilitar la creación de una industria cinematográfica en el país, y a ese empeño se debe la creación de la compañía PECUSA (1938), que logró producir seis películas. Se marchó de Cuba el 5 de abril de 1960, desilusionado con la indiferencia que le prodigaban de manera oficial. Paradójicamente, por esa misma fecha George Sadoul descubría en el ICAIC su filme “La Virgen de la Caridad”, y Néstor Almendros, todavía crítico de la revista Bohemia, lo llamaba “el Griffth cubano”, al tiempo que reconocía en él “un artista visual, un narrador de excepcional talento”.