LA DÉCADA DEL 60: ¿EL DESLUMBRAMIENTO?
Por Marina Ochoa
Este periodo ha sido considerado por no pocos especialistas y críticos como “prodigioso”. Hasta qué punto es mito o realidad no es lo más importante. Lo importante es que las compuertas fueron saltadas. Y como lógica consecuencia de concebir el cine abierto hacia la realidad, brotó el cine documental del ICAIC y como la realidad, fue escuela y laboratorio, obra artística a la vez que aprendizaje y experimentación.
Ya para el 26 de julio del propio 1959 se rodaba “Sexto aniversario”, que respondía a las nuevas circunstancias históricas y culturales. Lo antecedieron “Esta tierra nuestra” de Tomás Gutiérrez Alea y “La vivienda” de Julio García Espinosa. Casi inmediatamente surgió una tríada que funcionó integradoramente: “Enciclopedia Popular”—creada con el doble propósito de constituirse en cine de avanzada popular y al mismo tiempo facilitar el encauzamiento de los cineastas principiantes—, el Departamento de Cortometrajes y el Noticiero ICAIC Latinoamericano, concebido para hacer periodismo cinematográfico. Sin embargo, la tríada trascendería su proyectada función y aportaría un gran número de los mejores documentales del cine cubano y mundial, porque en definitiva la única diferencia legítima se produce a partir de la existencia o no de la capacidad de realizar un producto con un alto rigor estético.
Podría dedicarme a enumerar los documentales que los espacios especializados destacaron en su momento, pero prefiero ahora hacer valer el derecho a la subjetividad responsable que tiene la crítica para señalar que en esa década nuestros realizadores inauguraron todos los géneros conocidos y por conocer, como es el caso de “Now”, que ejecuta la fundación absoluta del clip de ese humilde gigante del documental que se llamó o más bien se llama, Santiago Álvarez. Otros ejemplos notables serían “Cosmorama” de Enrique Pineda Barnet, que constituye el primer corto de arte donde los atributos de este género se expresan en estado puro; “Coffea Arábiga”, antológico y todavía hoy desconcertante experimento pop de Nicolasito Guillén Landrián; “Vaqueros del Cauto” del casi ignorado en vida y definitivamente ignorado luego de su muerte maestro Oscar Valdés y su audacia al construir el discurso de un género con el decir de otro género, “Muerte y vida en el Morrillo”, del propio Oscar, auténtico “docufix”, tan posmoderno.
No resisto la tentación de mencionar “Por primera vez”, de Octavio Cortázar, cuyas imágenes de los niños descubriendo el cine encarna como ningún otro material la esencia de la década, y “Nosotros la música”, de Rogelio París, como recién nacido, desafiando las modas y los modos como corresponde al arte verdadero. Sucedió también que algunas obras como “Asamblea general” de Tomás Gutiérrez Alea, que gozó de las preferencias de la prensa, del público y de festivales porque hizo definitivos aportes al lenguaje del documental, ha sufrido la reducción de estos aportes a “fórmulas” a fuerza de ser copiados y recopiados sin imaginación ni talento hasta convertir la originalidad en cliché. No obstante “Asamblea general” se desmarca de sus malas copias y el tiempo nos lo trae acrecentado, fresco y retando la mediocridad.
Una contribución que alimentó expectativas estéticas y conceptuales de nuestra génesis fue el contacto con el neorrealismo italiano que tenía en común con el proyecto de nuestros fundadores, el clima de esperanza que lo abonó y su compromiso con la realidad, con la verdad y con el hombre, que comportó una actitud moral que se revaloriza con el tiempo, y la Nueva Ola, “que trajo a nuestras playas la rebeldía de jóvenes cineastas franceses y también a su cine, barato, negador del cine de estrellas, sublevado, innovador, arrasando con todo lo que parecía intocable” (Guevara, “Realidades” 9).
Y por si fuera poco la presencia activa de personalidades como Manuel Barbachano Ponce, Gérard Philipe, Mario Gallo, Peter Brook, Natasha Parry, Vinicio Beretta, Serguei Bondarchuk, Mijail Kalatozov, Georges Sadoul, Armand Gatti, Agnes Varda, Janos Hersko, Kurt Stern, Vladimir Cech, Andrej Wajda, y la colaboración de Luis Buñuel, Juan Antonio Bardem, Francesco Masselli, Alain Resnais, Otello Martelli, Sacha Vierny, Gabriel Figueroa, Cesare Zavattini. Y sobre todo de Theodor
Christensen, Joris Ivens, Chris Marker y Roman Karmen, “quienes dejaron una huella en el cine documental por su prestigio y dedicación” (Pérez Paredes) (1) y otros también importantes y que seguramente olvido, con quienes los que hacían cine cubano, todos, sin segregaciones sobre la base de protagonismos o funciones, podían confrontar directamente criterios, conceptos y técnicas. Todo ello contribuyó a fomentar un clima de ebullición creativa hasta ahora irrepetible, cuyo centro vital residía en la comprensión de que los creadores todos–directores, fotógrafos, editores, realizadores de sonido, guionistas, dramaturgos, directores artísticos–son el corazón de la obra artística y de la industria. Citando a Julio García Espinosa, “los sesenta vienen del aliento fundamental de Nuestro Tiempo . . . vienen de la conciliación entre vanguardia artística y vanguardia política. Unidad que se irá afectando hasta nuestros días, que pienso, dada la actual crisis de la izquierda, es el principal problema que afrontan las nuevas generaciones” (Carta)(2)
Pero paralelamente, ¿se había iniciado el ejercicio de una contrafuga? Cuando por primera vez vi el documental “PM” no podía entender por qué estuvo en el centro de una fuerte polémica y mucho menos por qué había sido prohibido. De momento pensé que una razón podía ser el triunfo del moralismo pequeñoburgués, pero cuando veía la talla de los intelectuales involucrados tuve la sensación de que había algo más que mi ignorancia escatimaba. Desde luego, en aquellos tiempos en que se produjo—1961—, yo era apenas una adolescente y me separan al menos dos décadas de los protagonistas de aquella polémica, o sea que lo que conozco lo he aprendido por la prensa de la época, testimonio de algunos involucrados, testigos y estudiosos que escogieron diferentes caminos, por lo que corro el riesgo de no haber comprendido en su exacta dimensión los factores que incidieron en esto, pero también y por lo mismo me propuse la mayor objetividad posible, y digo posible porque soy sobre todo artista y se sabe que el artista procesa la realidad y la devuelve reinterpretada a partir de su sensibilidad única e irrepetible.
En honor a la verdad me adentré en este conflicto no sin prejuicios, pues pertenezco a la generación que luchó como pudo contra el criterio de que la música de los Beatles eran diversionismo ideológico,la minifalda y las melenas, junto a los pantalones de tubo, modas extranjerizantes y de que el homosexualismo era una perversión de la sexualidad que generaba un pensamiento social también pervertido. No obstante, triunfó mi voluntad de no ser manipulada por prejuicios —ajenos y propios—y pude comprender bien dos cosas básicas: la complejidad de los elementos que estaban actuando en las décadas del 60-70 especialmente en 1961 cuando se produce la polémica en torno a “PM” y que no se podía analizar el hecho ni sus consecuencias sin tener en cuenta el contexto.
Y me di cuenta de que el problema de “PM” no era “PM” sino Lunes de Revolución y que rebasaba el propio Lunes porque se trataba realmente de que la Revolución Cubana ya proclamada socialista en abril de ese año de 1961 estaba defendiendo su propia existencia dentro del periodo climático de confrontación “caliente” con los Estados Unidos (Girón, gestación de la Crisis de Octubre). Y que el camino escogido fue la radicalización acelerada del proceso revolucionario, ya de por si traumático, como todo proceso revolucionario que se respete, que polarizó la sociedad convirtiéndola en una fotografía de alto contraste,donde los matices tenían poco espacio, y a veces ninguno. Fue durante ese periodo, que se proclamó el carácter socialista de la Revolución y fue en junio de 1961, que se definió la relación cultura-revolución: “dentro de la Revolución: todo; contra la Revolución nada” (Castro Ruz).
Si bien los conceptos “dentro” y “contra” estaban bien claros en política en términos de cultura se prestaba a las más disímiles interpretaciones entre las que se encontraba aquella que proclamaba como única cultura revolucionaria la imitación de la política cultural soviética y como única estética el realismo socialista. Y esto se fue agazapando en el pensamiento de no pocos cuadros y funcionarios —no solo de la cultura— , lo cual resulta complejo de explicar si se había proclamado la autonomía, autoctonía y legitimidad histórica del socialismo cubano.
Y todo este debate se estaba desarrollando a la par que la teoría cubana sobre la transición al socialismo en nuestro país y que originó el intento de incorporar elementos del comunismo dentro de la construcción del socialismo, sublimado por la campaña de alfabetización, caldeado por la confrontación con Estados Unidos y con los detractores internos del proyecto social proclamado y también por el surgimiento del sectarismo, aderezado con las ideas de la revolución continental, el surgimiento del Black Power, la Nueva Izquierda y la revolución de los estudiantes en Francia, e impactados por la muerte del Che, el triunfo de la contrarrevolución en Checoeslovaquia y posterior invasión de las tropas soviéticas, la
Ofensiva Revolucionaria y desde 1965 la guerra de Vietnam.
Hago este recuento, donde me faltarán algunos elementos sólo con la intención de dar una idea de la complejidad política e ideológica en la cual se debatía la cultura, y de perfilar el espacio en el que un grupo de soñadores trataban de hacer cine. Pero el ICAIC tuvo la gran suerte de ser presidido por uno de los intelectuales más lúcidos del proceso revolucionario: Alfredo Guevara. Y no fue este el único privilegio del ICAIC porque otro hombre de la estatura de Julio García Espinosa lo acompañaría,así como un superequipo con vocación de fundadores verdaderos.
Muchos procedían de Nuestro Tiempo; otros afluyeron del Cine Club Visión, del Centro Católico de Orientación Cinematográfica, del Cine de Arte Universitario y de la entonces denominada Cinemateca de Cuba, y de Teatro Estudio, entre los más notables. Si tomamos como referencia las palabras de Carlos Rafael Rodríguez sobre Nuestro Tiempo: Era por ello explicable que Nuestro Tiempo surgiera bajo el signo de lo nacional en la cultura. Nacional, que no nacionalista. La cultura nacional lo es en la medida en que la esencia propia sea capaz de expresarse de los modos más disímiles y universales. Si se profundiza bien en la nación propia se llega por ese camino a la otra parte, al encuentro con los demás. No a la transculturación ni a la cultura transnacional sino a una cultura propia, atravesada por todas las corrientes de la época. Resulta obvio que el enfrentamiento con los ideólogos criollos del realismo socialista era inevitable.
Este choque conceptual trascendió las fronteras de las instituciones culturales en el caso de la polémica entre Alfredo Guevara y Blas Roca en torno a la política de exhibición del ICAIC. Y los debates entre los creadores en la biblioteca del noveno piso del ICAIC se hicieron legendarios, porque allí se lograba la cohesión a partir de la confrontación entre criterios diferentes, y sobre la base de “la lealtad a su propio tiempo, a sus potencialidades intelectuales y artísticas, a sus compromisos revolucionarios y humanos”
(Rodríguez).
Este contexto en que cada segundo podía representar vida, pasión, muerte y nueva vida se reflejó inevitablemente en el quehacer del cine documental. Ya en 1963 la revista francesa Cinéma se preguntaba, refiriéndose a la producción de ese año, (“El retrato”, “En un barrio viejo”, “El parque”, “Una vez en el puerto”) si el cine cubano había perdido el aliento de la Cuba revolucionaria. Y es que en estos documentales se podía apreciar una diferencia con la producción anterior entre los que mencionaremos “Esta tierra nuestra”, “Asamblea general”, “La vivienda”, “Sexto aniversario”, “Por qué nació el Ejército Rebelde”, “Los tiempos del joven Martí”, “Y me hice maestro”, “El negro”, “Muerte al invasor”, “Colina Lenin”, “Historia de un ballet”, “Hemingway”, “Primer carnaval socialista”, “Historia de una batalla”, “Gente de Moscú”.
¿Es que había una crisis del cine documental a solo cinco años de la fundación del ICAIC? En octubre de 1964 Julio García Espinosa escribe:
“Sí, existe una crisis. Aunque tal vez la palabra resulta demasiado usada, es evidente que la producción del 63 no guarda los mismos nexos orgánicos que mantenía con la realidad la de los años anteriores. . . Es necesario que los propios realizadores se planteen como tarea primordial la de rescatar para sí una relación más directa con la realidad. Conciencia hay de que no se puede volver atrás. Pero todavía no existe una verdadera agresividad para situarse en el actual contexto. La brocha gorda no puede sustituirse por la tabla de los colores grises. Esto nos llevaría a una obra plana, a una actitud cada vez más cómoda y facilista. Y es paradójico que en el momento en que más necesitamos de la audacia, necesitemos también de más humildad. Humildad para romper el bloqueo que nos impone nuestro personal y pequeño mundo. Humildad para situarnos no solo como artistas sino como hombres en el sentido más total de la palabra. Es posible que alguien piense que romper los lazos con el medio es una forma de liberación. Pero es que liberarse no significa ni mucho menos flotar en el vacío. La etapa actual es tan dramática o más que la anterior. El propio contexto nos fuerza a que analicemos sus elementos más perturbadores” (“Nuestro cine” 20).
La cita es larga, pero medular en el análisis, no solo de las décadas del 60-70, sino para las posteriores. Cuando Julio pide a los realizadores un rescate de la relación directa con la realidad se refiere al rasgo esencial que identificó la producción documental del ICAIC como escuela, y a la que se subordinan los de carácter formal: una relación directa, comprometida con el proyecto político y social de la Revolución,testimoniante a la vez que actor de esa realidad. Y esto no cuestiona la actitud política de los realizadores, sólo apunta a la enajenación del testimoniante con respecto al actuante, o viceversa.
No quiere esto decir que los documentales donde se evidenciara de alguna manera esta enajenación fueran en modo alguno peor artísticamente que los anteriores; en general, siempre habrá excepciones. O sea, que era la escuela de cine documental del ICAIC la que estaba en crisis. Me parece importante puntualizar esto porque cuando hoy se habla de una crisis del documental del ICAIC nunca me queda claro si es la crisis del género o de la Escuela.
Quizás hubiera sido posible rescatar una relación directa con la realidad. Algunos lo hicieron. A favor de esta posibilidad estuvo el contar con el respaldo de instituciones donde la solidez ideológica no era menor que la cultural, como el propio ICAIC, que junto a Casa de las Américas, el Ballet Nacional y otras instituciones menos llevadas y traídas, mantuvieron con energía una lúcida posición consecuente con el espíritu y letra de la política cultural que había proclamado la Revolución. Pero esta no sería la única condición. Existían otras condiciones individuales como son la existencia de mayor o menor grado de capacidades artísticas, culturales, ideológicas y humanas en los realizadores, que pudieran potenciar sus posibilidades para resistir lo que ya a mediados de los años 70 se había convertido en corriente. También hay que tener en cuenta que hubo realizadores que se identificaron con la estética del realismo socialista, aunque difícilmente hoy lo confiesen. O sea, que cuando arribamos a la controvertida década del 70, ya traíamos el problema.
(1) Carta a la autora de 24 de junio del 2003, donde se hacen sugerencias críticas y aporta información sobre la primera versión del artículo que fue sometido a su consideración.
(2) Carta a la autora de 13 de agosto del 2003, donde se hacen sugerencias críticas y aporta información sobre algunos aspectos de la primera versión del artículo que fue sometido a su consideración.
Véase también en este blog:
MARINA OCHOA SOBRE EL CINE DOCUMENTAL DEL ICAIC (1)