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Categoría: DOCUMENTALES CUBANOS

RARA AVIS. EL CASO MAÑACH (2008), de Rolando Rosabal Perea

jagb 28/12/2008 @ 15:11

Tal vez el realizador Rolando Rosabal Perea nunca alcanzó a imaginar que el mismo término que utiliza para describir lo que llama “el caso Mañach”, podría aplicársele también a su documental.

Este es un documental “raro" por varias razones. Primero, porque a muy pocos se le hubiese ocurrido la idea de un audiovisual donde coincidan intelectuales con visiones de la vida tan dispares como Fernando Martínez Heredia, Monseñor Carlos Manuel de Céspedes, Cintio Vitier, Ana Cairo, Salvador Arias, Jorge Domingo, Imeldo Álvarez, Marta Lesmes, Félix Valdés, Andrés Rodríguez, Juan Emilio Frigulls, y Duanel Díaz,

Desde luego, una personalidad tan controvertida como la de Jorge Mañach se presta para ser revisitada desde los más disímiles ángulos. Maestro de la provocación, paradigma de intelectual empeñado en concederle a la esfera pública una utilidad cívica, y no meramente retórica, casi cincuenta años después de su fallecimiento, su pensamiento sigue resultando incómodo a la par que adhesivo.

Lo segundo que convierte a este documental en una “rara avis” es el hecho de que haya sido un joven realizador el que se encargara de ir al encuentro de Mañach. Esto que digo no es un elogio gratuito. Mi generación (esa que ya no es tan joven, y que tiene casi los mismos años que la Revolución) descubrió bastante tarde al autor de “Indagación del choteo”. De allí que para nuestros hijos (esos que ahora rondan la veintena: algunos de ellos con una cámara en la mano) no tenga que ser necesariamente familiar el nombre de quien fue uno de los ensayistas más incisivos del siglo anterior.

Lo que más me seduce del documental es que no se conforma con concederle a la cámara un papel pasivo, aún cuando el realizador sepa que bastaba el registro de esos testimonios para otorgarle importancia al material. Rosabal Perea va más allá, y se auxilia del excelente montaje de Jorge Proenza González, así como del diseño gráfico de Javier García, para dispensarle a su película un dinamismo extraordinario. El contrapunto sugerente (a veces dentro del mismo encuadre) de los argumentos que se ofrecen, la apelación a una retórica visual que no concede tregua, permiten que el espectador no pierda en ningún momento el interés.

Desde luego, el testimonio de Ángela Grau Imperator, secretaria y amiga de Mañach, ya era una garantía de ese interés. Sobre todo porque nos permitía asistir a un Mañach más humano que ese que la historiografía al uso insiste en satanizar o idealizar, de acuerdo a los intereses de grupo que representa. La lectura de la carta que le enviara la esposa de Mañach a Ángela Grau desde Puerto Rico, tiene todas las características de esos dispositivos melodramáticos que invitan al espectador a dejar a un lado la responsabilidad crítica para entregarse a la emoción. A mí, sin embargo, esto no me molesta. En definitiva, el desenlace de Mañach en la vida pública cubana no fue en modo alguno justo. Y mucho menos lo fue su olvido tendencioso.

Ahora, si me preguntaran qué es lo que más agradezco de este documental, diría que la lección magistral de ética que le aporta a aquellos que confunden la combatividad intelectual con la pelea solariega. Este es un documental que sirve para recordarnos que en este país se sabía discutir de manera civilizada. Mañach fue uno de los cubanos que más pugnó en la esfera pública de la primera mitad del siglo XX cubano. Sus polémicas con Rubén Martínez Villena, con Raúl Roa, con José Lezama Lima, con Juan Marinello, entre otros, todavía hoy nos parecen tan contemporáneas como las de Sartre y Camus en su momento. Cada una de esas polémicas fueron feroces, amargas, pero nadie sería capaz de negarles la altura intelectual que en cada caso las respaldaba: se discutían las ideas, pero las personas quedaban intactas. Incluso, a veces, la amistad.

Recuperar esos momentos históricos es lo que, a mi juicio, convierte al documental en una valiosa “rara avis”. Como cuando se nos informa que, a punto de partir hacia su exilio definitivo (que culminaría con su muerte en Puerto Rico un año después), Jorge Mañach llamaría a Juan Marinello desde el aeropuerto. Ninguna de las diferencias ideológicas que ambos ventilaran en la esfera pública había sido capaz de anular el afecto personal.

Marinello seguía siendo el recio comunista. Mañach proseguía defendiendo las mismas convicciones liberales que le llevaron a criticar el marxismo. Pero jamás los adversarios ideológicos llegarían a convertirse en “enemigos”. En seres humanos que se detestaran, o se ignoraran entre sí. Es por eso que digo que este documental podría nombrarse, a secas, “Rara avis”. De veras que muy “rara avis”…

Juan Antonio García Borrero

RAÚL MOLINA II

jagb 13/07/2008 @ 15:16

El post anterior que colgué a propósito del documentalista camagüeyano Raúl Molina, provocó que me llegaran varios mensajes precisando algunos detalles, o ampliando la información. Uno de los mensajes que más agradezco es el del artista plástico Gabriel Gutiérrez, quien conoció muy bien a Raúl Molina, y que además, ha tenido la gentileza de cederme fotos y recortes de prensa. Su mensaje dice así:

“Estimado amigo:

Gracias por sacar a la luz el trabajo de Raúl. Te diré que además hay algún documental que se llamó “Minas de Matahambre” que creo que el dirigió o trabajó también como asistente de dirección. Así fue también con “Tulipa”, la de Octavio Gómez, donde fue asistente de dirección.

Aquí en Camaguey, comenzó a trabajar con Pablito Martínez, el fotógrafo, en el documental “Los Fieles Difuntos”, filmada en el cementerio sobre esa celebración y donde filmaron por más de 15 días. También creo conveniente decirte que él estuvo trabajando en la TV cubana como comentarista de un espacio de cine como “24 x Segundo” (lo que no sé es si tenía el mismo nombre el programa en cuestión), pero sí recuerdo que él hacía los comentarios sobre filmes todas las semanas por el canal (ahora Cubavisión, y en una hora estelar.

También puedo asegurarte que cuando pidió la baja del ICAIC, fue a trabajar al CAN (Combinado Avícola Nacional) a limpiar mierda de pollos en unas naves fuera de la Ciudad de La Habana, a donde tenía que trasladarse en camiones diariamente. De allí después lo trasladaron para una estación de gasolina a despachar combustible a los camiones del mismo organismo. Esto que te digo no es invento, es totalmente cierto.

Aquí en su casa conocí personalmente a Pablito Milanés, que como te dije venía con Manuel Octavio Gómez de filmar “La Primera Carga al Machete”, también vino antes con Rogelio París, luego con Virgilio Piñera y Pablo Armando Fernández, después con Antón Arrufat, con Sergio Giral cuando aún no era director de cine, y con Pedro García Espinosa, el escenógrafo. En fin, por la casa pasaban muchísimos de los que después serian figuras cimeras de las letras y el cine cubano, porque de Octavio Gómez e Idalia Anreus, su mujer, solo te diré que prácticamente vivían en nuestra casa, y juntos hicimos el guión de “Un Hombre, una Mujer y una Ciudad”, que luego se filmara en Nuevitas, pero que inicialmente, él pensó hacerla en nuestra ciudad.

Raúl estudiaba Ciencias Comerciales en la Universidad de La Habana, y ya trabajaba en una oficina de Publicidad cuando participó en un concurso de crítica sobre la película española “Calle Mayor”, y casualmente ganó el premio que consistía en un viaje a Madrid para estudiar un curso de cine. Luego viajó a París donde coincidió con Agustín Cárdenas y Pancho Antigua, ambos escultores, el primero de fama internacional. Fue amigo también de Lam y de Jorge Camacho, otro pintor cubano importantísimo, y Hector Molne, también de nuestra tierra, así como muchos cineastas cubanos.

Luego viajó a Italia y después del triunfo de la Revolución regresó a Cuba y se incorporó al ICAIC. Te hago este breve recuento, porque como lo hablamos aquel día apresuradamente, quizás no recuerdes algunas cosas que a lo mejor pudieran ser de utilidad para tu investigación al respecto. De nuevo, no tengo palabras para agradecerte todo esto. Igual me dice la familia de él, que te está muy agradecida también.

Un fuerte abrazo,

Gabriel”.

También alguien me ha recordado que la investigadora Ana López, en su fundacional texto “Cuban Cinema in Exile: The "other" island”, publicado originalmente en la revista “Jump Cut” (y reproducido por primera vez en español en el libro “Cine cubano: nación, diáspora e identidad”), alude a la suerte de Raúl Molina del siguiente modo:

“In any case, although Orlando Jiménez Leal, Sabá Cabrera Infante, and Néstor Almendros (who lost his job in Bohemia after the “P.M”. affair) left in 1962-63, few of those working in ICAIC left Cuba before 1965. The bulk of departures of ICAIC personnel, in fact, occurred in the period 1965-68. Thus, these departures — although perhaps traceable in spirit to the “P.M”. affair — were more closely linked to the series of events that began in 1965 with the formation of the Central Committee of the Communist Party and the internment in forced labor camps (called UMAP: Unidades Militates de Ayuda a la Producción/ Military Units to Aid Production) of homosexuals and other "undesirables" and "deviants" (in 1965-67). Personally threatening some and morally threatening others, for many exiles this was “lo que le puso la tapa al pomo” (the last straw). (It is interesting to note, in passing, that no active ICAIC creative personnel left the island during the last massive exodus, the Mariel boatlift of 1980. However, among the "marielitos" were various former ICAIC workers, most notably Raúl Molina, a documentary director between 1961-66 who was fired from the ICAC because of "ideological conflicts" and worked in "anonymous" non-skilled jobs — farm laborer, gas station attendant — until his departure” [Nota 14])

Nota 14. See, Jorge Ulla, Lawrence Ott, and Miñuca Villaverde, “Dos Filmes del Mariel: El Exodo Cubano de 1980” (Madrid: Editorial Playor, 1986), p. 158. Molina, who wrote the preface to this publication of the scripts of Ulla's and Villaverde's films, now lives in New York and works in the Latin American Department of Associated Press.

Por su parte, el cineasta Fausto Canel me aclara que “Harold no fue agregado cultural, sino embajador de Cuba en Francia... No, Raúl y Germán no se conocieron, ya que Germán ya estaba en Barcelona en esa época, haciendo publicidad”.

Juan Antonio García Borrero

COSMORAMA (1964), de Enrique Pineda Barnet

jagb 26/06/2008 @ 15:43

Ficha técnica: COSMORAMA (1964)/ 5’/ D: Enrique Pineda Barnet con la colaboración de Sandú Darié/ F: Jorge Haydú/ E: Roberto Bravo/ S: Germinal Hernández.

Por estos días se organiza en Camagüey (Cuba) el PRIMER FESTIVAL DE VIDEOARTE (las bases se pueden consultar en este mismo blog), y a propósito del mismo, creo que sería interesante evocar lo que tal vez sea el gran antecedente de esta expresión en Cuba. Se trata del cortometraje “Cosmorama”, del realizador Enrique Pineda Barnet (“La bella del Alhambra”/ 1989), el cual a partir del “Poema Espacial Nro. 1” del pintor cubano-rumano Sandú Darié conseguiría conformar la primera muestra de arte cinético en el cine de la isla.

“Cosmorama” fue apreciado en su momento por el canadiense Norman McLaren, y actualmente figura en el stand de “Arte cinético” del Museo Reina Sofía de Madrid, inaugurado el 24 de marzo del 2007. Pero nadie mejor que su director Pineda Barnet para hablarnos de esta joyita que parecer ser mejor conocida fuera de la isla que dentro:

“Yo busqué a Sandú porque éramos amigos junto a Juan David, el caricaturista y el pintor Luis Martínez Pedro. Hablábamos mucho de formas en movimiento, arte cinético, y tuvimos un proyecto de carnaval en el malecón, con barquitos con formas plásticas y veleros proyectándose, formas en movimiento entre sí, helicópteros derramando serpentinas y otras formas, una locura, con música concreta. Así pensamos ballets y óperas con Carlos Fariñas, Juan Blanco. Alfredo Guevara me regaló 1000 pies de película ORWO, de prueba, y llamé a Jorge Haydú y lo invité a filmar en casa de Sandú. Allí, en una noche, filmamos obras, fragmentos, trozos de imágenes locas. Y luego hice un poema, le di una estructura a las imágenes, con música de Fariñas, Bartok y otros. Lo edité con Roberto Bravo y Germinal Hernández hizo las mezclas. Le titulé Cosmorama. Casi nadie le hizo caso. Se exhibió un día en la Cinemateca, otro en La Rampa. Fueron cuatro gatos. Se lo mandamos a Norman Mc Laren y nos felicitó. Ahora el Museo Reina Sofía, en España, y su curador Osbel Suárez, lo descubrieron y le dieron carácter precursor del actual video-arte”.

SEXTO ANIVERSARIO (1959), de Julio García-Espinosa.

jagb 24/06/2008 @ 08:51

FICHA TÉCNICA:
Sexto aniversario (1959)/ 18’/ D: Julio García Espinosa/ Asistente de dirección: Guillermo Cabrera Infante, Fausto Canel, Saúl Yelín/ P: Juan Carlos Osorio/ G: Julio García Espinosa/ F: Jorge Herrera, Arturo Agramonte/ M: Juan Blanco/ E: Julio García Espinosa/ S: Eugenio Vesa.

Dentro de la historiografía relacionada con el cine cubano, el documental “Sexto aniversario” figura como el primero realizado íntegramente por el ICAIC. Ya antes se habían estrenado “Esta tierra nuestra”, de Tomás Gutiérrez Alea, y “La vivienda”, de García-Espinosa, pero aunque ambos filmes fueron concluidos por el ICAIC, los créditos de producción pertenecen a la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde, que fue donde comenzaron a filmarse.

“Sexto aniversario” registra ese momento histórico en que medio millón de campesinos de diversos lugares de la isla, acuden a La Habana el 26 de julio de 1959 con el fin de festejar lo que fue, seis años atrás, el asalto al Cuartel Moncada. García Espinosa ha evocado la experiencia del siguiente modo:

“En marzo se hizo la ley mediante la cual se creaba el ICAIC. Fue la primera ley que se hizo sobre la cultura. En julio yo dirigí “Sexto aniversario”, primer documental realizado por el ICAIC. Todo me parecía maravilloso. Éramos contemporáneos de una Revolución y no precisamente como espectadores pasivos. Yo llegué a ser jefe del Departamento de Arte de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde. Ese mismo año nuestro recién estrenado Instituto del Cine empezó a dar sus primeros pasos. El núcleo que lo dirigiría inicialmente sería prácticamente el mismo que había realizado “El Mégano”, más Guillermo Cabrera Infante que se sumaría a él. Y más tarde Saúl, Saúl Yelín, uno de los grandes cimientos del ICAIC, uno de esos ángeles que entran en tu vida para siempre. No se concibe esa primera etapa del ICAIC, sus películas, su promoción, el alcance internacional del cine cubano, sin la personalidad de Saúl”

La presencia de Guillermo Cabrera Infante y Fausto Canel dentro del equipo de realización (dos personas que a finales de esa misma década romperán con la Revolución), nos hace pensar que, en efecto, todo en aquel instante inicial era “maravilloso”. Las diferencias ideológicas existentes entre esos hombres todavía no alcanzaban a fracturar la ansiedad que, en sentido general, compartían ante la posibilidad de por fin concederle al país una industria cinematográfica nacional.

“Sexto aniversario” es deudor de ese espíritu idealista y aglutinante. La estructura es bastante convencional, y puede segmentarse en tres grandes partes: una primera donde se describe la llegada a la capital (“por aire, por tierra, y por mar”) de esos “500 000 guajiros”; una segunda en la que se les muestra visitando lugares como la Universidad o el malecón, así como los encuentros que sostienen con diversos líderes de la Revolución; y una tercera que se concentra en lo sucedido ese día en la Plaza Cívica.

En lo discursivo, el filme no disimula el deseo de ser sobre todo un vehículo exaltador del proceso que comenzaba a vivirse en el país. La narración está llena de frases grandielocuentes que una y otra vez remarcan “la excepcionalidad” de la Revolución y sus dirigentes, mientras que las imágenes van creando una sensación casi bucólica de aquella experiencia colectiva. Los últimos minutos son aún más sensacionalistas, pues recoge ese momento en que el presidente de la República Osvaldo Dorticós anuncia el regreso de Fidel a su cargo de Primer Ministro, ante la euforia colectiva de las masas, que manifiestan su entusiasmo “lanzando sus sombreros al aire”.

“Sexto Aniversario” es fiel a un momento histórico puntual. Desde luego que aquí encontramos la visión exclusiva de quienes estaban impulsando la Revolución, pero más allá de su parcialidad política, es posible detectar lo que en otros contextos se ha nombrado “espíritu de época”. Sabemos que si bien un conjunto de imágenes resultan insuficientes para aprehender ese todo dinámico y complejo que llamamos “realidad”, el examen de las mismas sí nos permite acceder a ese mundo simbólico a través del cual los seres humanos del momento construyen y comparten el imaginario social.

Esto quiere decir que, dejando a un lado las simpatías o fobias que en la actualidad puede provocar la Revolución, en “Sexto aniversario” todavía es posible encontrar buena parte de las aspiraciones mayoritarias que movilizaban a los revolucionarios de 1959, pero también a quienes, sin ser revolucionarios, parecían refugiarse en aquello que gustaba repetir Lezama: “No espero a nadie, pero insisto en que alguien tiene que llegar”.


Juan Antonio García Borrero

Bibliografía recomendada:

Alfredo Guevara. Revisando nuestro trabajo. En “Tiempo de fundación”, pp 76-77

Michael Chanan. Cuban Cinema. Londres-Minneapolis, University of Minnesota Press, 2003, p 125, 194.

Víctor Fowler. Conversaciones con un cineasta incómodo. New England Latin American Film Festival, 1997, p 61.

ZONA DE SILENCIO (2007), de Karel Ducases

jagb 16/06/2008 @ 10:31

Uno de los documentales cubanos más estimulantes que he visto en los últimos tiempos es “Zona de silencio” (2007), del joven realizador Karel Ducases. Producido por la Facultad de Comunicación Audiovisual del ISA, se trata de una aproximación al siempre polémico tema de la censura, en este caso examinada desde la perspectiva de cinco intelectuales de la isla: dos escritores (Antón Arrufat, Pedro Juan Gutiérrez), un trovador (Frank Delgado), un cineasta (Fernando Pérez), y un crítico del audiovisual (Gustavo Arcos).

Lo que más agradezco de “Zona de silencio” es que se propuso ir más allá de la exposición “victimista” del tema, para proponernos una reflexión mesurada sobre un asunto que nunca terminará de poner de acuerdo a nadie. Hubiese sido fácil, tomando en cuenta “los nombres” de los entrevistados, dejar que la cámara registrara cada una de las ideas y pensamientos que estos expresan, y sobre esa base, sugerir la trascendencia del filme. Habríamos estado en presencia, entonces, de otro ejemplo más de esa modalidad documental que se caracteriza por concederle al entrevistado la condición de un Dios que juzga el fenómeno, y moraliza desde esa tribuna a la que hasta ese momento no había podido acceder. La víctima convertida en un imprevisto y (no menos) severo juez.

Este tipo de representación ya tiene en materiales como “En sus propias palabras” (1980), de Jorge Ulla, “Retrato inconcluso de René Ariza (1983), de Rubén Lavernia, “Conducta impropia” (1984), de Néstor Almendros y Orlando Jiménez Leal, “Nadie escuchaba” (1988), de Néstor Almendros y Jorge Ulla, o “Seres extravagantes” (2005), de Manuel Zayas, por mencionar algunos, todo un corpus a revisarse. Algunas de estas películas se ven limitadas en la misma medida que hacen suyas una retórica y una práctica que en principio están combatiendo (la retórica de la intolerancia), pero a su vez son importantes por aquello que gustaba repetir San Agustín: “Conviene, sin embargo, que haya herejes. Conviene, porque sin ellos, no habría discusión en qué fortalecer la fe”.

Lo interesante (y en buena medida, insólito) de “Zona de silencio” es que busca desmarcarse de esas posiciones extremas en que, por lo general, cae el debate de este asunto, sobre todo cuando está por medio Cuba. La censura no es patrimonio exclusivo de los medios de la isla, todos controlados por un Estado que no admite disensiones públicas por aquello de “no ofrecer armas al enemigo”, sino que puede detectarse también en aquellos espacios “liberales” en los que se ignora, reprime, o sencillamente insulta a aquellos que no encajan en el paradigma del luchador “anticastrista”.

Los entrevistados de “Zona de silencio” tienen percepciones diversas de la censura. También experiencias vitales que permiten que esas percepciones se complementen y ofrezcan una imagen mucho más compleja de lo que ha sido y es “el oficio de tachar” en Cuba, pues no es lo mismo lo que sucedió con Antón Arrufat en los setenta, que lo que viene aconteciendo con Pedro Juan Gutiérrez o Frank Delgado en lo que va de década. Los tres han sido objeto de una reprobación que los ha colocado, en diversas épocas, en situaciones precarias dentro de los circuitos normales de circulación artística. Arrufat sufrió los embates de la represión explícita; Pedro Juan Gutiérrez o Frank Delgado hoy enfrentan, en cambio, la indiferencia de un magistrado etéreo que recuerda la patética aventura de Joseph K en “El proceso”. Nada pueden reclamar porque nada hay escrito en su contra. No sé hasta qué punto esa censura no sea más inhumana, en tanto te hace invisible como sujeto, llegando a convertir a quienes la sufren en auténticos “Dead Man Walking”.

Sorprende que a pesar de esas contrariedades personales, los interpelados dejen a un lado (al menos por esta vez) la simple enunciación de anécdotas y lamentos, para plantearse enfoques más inquietantes. Cada uno de ellos exponen puntos de vistas muy dignos de tener en cuenta: para Gustavo Arcos, “si no hay libertad no hay creación artística de rigor”; para Fernando Pérez “todo acto represor es un acto reductor”; para Pedro Juan Gutiérrez, “la censura es inherente a la naturaleza humana”, mientras que para Arrufat, este acto tiene que ver con “el miedo que tiene el poder a dejar de ser poder”.

Esta última afirmación, no por evidente, sigue siendo toda una conjura de equívocos. ¿Qué es exactamente eso que llamamos “poder”? Desde luego, lo más cómodo sería asociar la definición a esa voluntad política que, mediante leyes y decretos, establece parámetros colectivos de obligatorio cumplimiento; pero, ¿qué tipo de poder es ese que no censura mediante leyes escritas, sino en todo caso (como en los ejemplos de Gutiérrez y Delgado) apelando a esa marginación silenciosa con la que condena al artista hereje?, ¿Cómo lidiar con esa suerte de “poder pastoral”, para decirlo como Foucault, que encarna el Estado moderno en cualquiera de sus variantes, y donde las pautas ciudadanas se van entrelazando con las altas y bajas pasiones del individuo?.

Creo que es por allí que uno comienza a advertir las complejidades del asunto. Invocaré un ejemplo prerrevolucionario que todos conocemos: la censura y confiscación de “El Mégano” en 1955. Sabemos que esta pequeña película simboliza el advenimiento de lo que sería el “nuevo cine cubano”, y que ello se asocia no solo a la denuncia social que en su momento hiciera, sino también al hecho de que fuera confiscada por las fuerzas represivas del gobierno de Fulgencio Batista. Es poco probable que el gobernante haya visto esta película, pues hasta donde sabemos, solo se interesó por el cine cubano en aquella ocasión en que le encargara a Emilio “El Indio” Fernández la filmación de “La Rosa blanca” (1953), a propósito del Centenario del nacimiento de José Martí; sin embargo, tanto se ha repetido este asunto, que uno tiene la impresión de que fue Batista en persona quien mandó a detener las proyecciones.

¿Quién, y por qué, decidió que “El Mégano” era una película “peligrosa”? Esa desmesura fue objeto de la burla del mismísimo Che, quien una vez que triunfa la Revolución y ve la cinta no puede entender que la gente de Batista “haya armado tanto ruido por eso”. El propio Julio García Espinosa ha contado esta simpática anécdota donde se pone en evidencia la lógica del ridículo que, por lo general, sostiene al censor. Dice García Espinosa: “Lo único que recuerdo de esa época entre risas es mi encuentro con Blanco Rico, el siniestro jefe de ese órgano represivo. Blanco Rico me dice: “Usted es el autor de esa peliculita”. Yo le digo: “Sí, señor”. “Usted sabe que esa película es una mierda”. Y yo, “¿Usted sabe qué cosa es el Neorrealismo italiano?”. Y le solté todo el rollo del Neorrealismo italiano. La verdad es que me oyó con mucha paciencia. Terminé mi perorata y me dijo: “Usted no solo hace películas que son una mierda, sino que, además, habla mucha mierda”. Yo me dije: Este hombre jamás entenderá lo que es el Neorrealismo italiano. Y desde ese mismo instante me dediqué a la lucha clandestina contra Batista”. (1)
Al margen del nombre de Blanco Rico (intrascendente para la historia del cine cubano), nunca sabremos cómo se originó la censura de “El Mégano”, pues ese censor invisible (el primero que puso reparos) actuaba en nombre de un orden social que supuestamente él representaba. Lo mismo puede decirse de la censura de “PM” (1961), de Sabá Cabrera Infante y Jiménez Leal, así como de otros filmes que no recibieron el visto bueno de la oficialidad. Claro, sabemos que “el orden” lo imponen las élites, y que cuando esa visión de grupo alcanza la dimensión de una ideología, termina configurando como algo natural ese estado de cosas en que se vive, alcanzando naturalidad de paso la represión de todo aquello que ponga en riesgo la estabilidad del sistema. Allí es donde alcanza éxito ese gris personaje nombrado “censor”, y por eso es que la censura (sin apellidos nacionalistas o ideológicos) ha existido y existirá lo mismo en los regímenes totalitarios, que en las sociedades más democráticas.

Admito que estas observaciones suenan demasiado pesimistas, cuando la vida misma nos da a diario ejemplos de artistas que no se dejan aplastar, para seguir con la terminología de Foucault, por las llamadas “enfermedades de poder” (sea el fascismo, el estalinismo, o cualquiera de sus derivaciones), sino que oponen a ese despliegue lunático de racionalidad política un discurso de resistencia que pone a salvo lo único que concede dignidad al hombre: el derecho natural a expresarnos de acuerdo a lo que uno piensa. Justo en el cine de Fernando Pérez, uno de los entrevistados del documental, puede encontrarse muestras de esa resistencia ética: recuérdese, por ejemplo, aquella secuencia de “La vida es silbar” donde la gente se desmaya con la sola mención de ciertas palabras que avisan del miedo a la verdad.

En una de sus reflexiones ante la cámara, Antón Arrufat llega a afirmar que “la obligación de cualquier artista es sobrevivir”. Ese imperativo implica sobre todo la autoconciencia de que el artista es, por naturaleza, un incomprendido. No importa que hoy lo censuren y mañana lo premien. O que hoy lo reconozcan, y mañana lo ignoren. Si se es un artista, o se pretende serlo, se ha de llevar en vena la convicción de que todo arte casi siempre está reñido con el orden de las cosas a las que alude. El verdadero arte, aún cuando festeja la realidad que nos rodea, desordena la percepción más común que tenemos de esta.

Ante esa fatalidad, al artista solo le quedan dos caminos: o defiende su derecho a la herejía, aunque eso implique el ostracismo más radical, o se desentiende de su naturaleza, y disfruta de una comodidad que a la larga contrae nupcias con el olvido. Las dos actitudes ya han sido descritas en la antigüedad: por un lado, cuando Sócrates recomendaba aquello de “Háblame para que yo te vea”; por el otro, cuando Joyce apuntaba con invicta ironía: “Ya que no podemos cambiar de país, mejor cambiemos de tema”. Dos modos de dar la cara a esas zonas de silencio que terminan por recordarle al artista la elección de un destino y sus consecuencias.

Juan Antonio García Borrero

(1) Víctor Fowler Calzada. Julio García Espinosa. Conversaciones con un cineasta incómodo. Ediciones ICAIC, 2004, p 43

JOSÉ RODRÍGUEZ FEO SOBRE EL CINE DOCUMENTAL CUBANO (1897- 1958).

jagb 15/06/2008 @ 17:15

En el contexto de la cultura cubana el nombre de José Rodríguez Feo resulta insoslayable. Fundador, junto a José Lezama Lima, de la mítica revista “Orígenes” (1944-1955), así como de “Ciclón” (1955-1957), hizo gala de una erudición que puso al servicio de la edición de antologías como “Cuentos norteamericanos” (1964), “Cuentos ingleses” (1965), o “Cuentos de horror y de misterio” (1967).

Este artículo que he encontrado (publicado en “La Nueva Gaceta”, aunque lamentablemente no tengo las referencias exactas del año en que fue publicado), creo que ha sido una de las contadas veces en que la producción documental pre-revolucionaria ha recibido la atención de un intelectual de la isla. Que ese escrito lo firme alguien como José Rodríguez Feo le concede una importancia aún mayor.

Solo algo que lamentar: que el anunciado “Catálogo del cine cubano”, de María Eulalia Douglas, todavía no haya visto la luz. Algo realmente incomprensible, tomando en cuenta la clara importancia que ese volumen ya tiene para aquellos que estudiamos el cine nacional.

Juan Antonio García Borrero

EL CINE DOCUMENTAL CUBANO (1897 – 1958)

José Rodríguez Feo

En la Cinemateca de Cuba, María Eulalia Douglas está confeccionando desde hace varios años un catálogo general del cine cubano que incluirá por primera vez todas las producciones nacionales de que se tienen noticias, tanto del género documental como del género de ficción. Para este breve recuento del cine documental cubano que esperamos despierte el interés y la curiosidad del público en general hemos recurrido a este catálogo de inapreciable valor y de próxima publicación.

De los documentales realizados entre 1897 y 1960, se conocen 389 títulos, de los cuales se conservan en Cuba sólo 194. Esto se debe a que nadie se ocupó de hacerlo hasta que se fundó en 1960 la Cinemateca de Cuba. Por ejemplo, de 1897 a 1918 sólo tenemos noticias de cuatro documentales de medio y corto metraje. En 1897 el señor Gabriel Veyre, representante de la Casa Lumiére de París, introdujo el cinematógrafo en Cuba al filmar “Simulacro de incendio”, el primer documental, de un minuto de duración, que capta las maniobras de los bomberos de La Habana para “complacer la solicitud de la actriz española María Tabau, que actuaba en esos días en el teatro “Tacón”, según reza en el catálogo antes mencionado.

Si el primer corto en Cuba se debió a la galantería de un francés, desde sus inicios el cine documental en la pseudo república está dominado por los intereses mercantiles de sus patrocinadores que lo utilizan con fines publicitarios. No podía ser de otra forma en una sociedad burguesa y esta característica predominará hasta la abolición de ese régimen. Así el primer filme hecho en Cuba por un realizador cubano – José E. Casasús – será un corto publicitario para una cervecería.

En 1906 el director y fotógrafo Enrique Díaz Quesada inicia el reportaje turístico en Cuba con unas vistas de la ciudad de La Habana, que consta de un rollo y lleva por título La Habana en agosto de 1906. Después Díaz Quesada realizaría muchos cortos de esta índole. En ese mismo año también dirige y fotografía La salida de Palacio de D. Estrada Palma, que formaba parte de la serie “Cuba al día” y que puede considerarse como un antecedente de nuestros actuales noticieros. De esta serie son: “Salida de Magoon de Cuba”, “La toma de posesión de José M. Gómez”, “Los cruceros Cuba” y “Patria entrando en el puerto de La Habana” y muchos más. Es una pena que no se hayan conservado estos valiosos testimonios del acontecer diario de los primeros años de nuestra pseudorrepública.

En 1906 Manuel Martínez Illas dirige y filma el primer corto didáctico sobre la fabricación del azúcar y, por supuesto, la productora no es otra que la Manatí Sugar Company. En 1909 Díaz Quesada hace el primer corto de temas religiosos al filmar las tradicionales fiestas en honor de la Virgen de la Caridad en Camagüey. De todas estas primeras producciones, el único corto que se conserva en Cuba es “El parque de Palatino” (1906) de Díaz Quesada.

En 1920 el infatigable Díaz Quesada realiza un corto muy interesante sobre el proceso de editar un periódico – “La noche” – y un concurso del mismo para elegir al artista más popular de la época. En 1926, y con un retraso inexplicable, el yanqui asoma la oreja. El norteamericano Lee de Forest viaja a Cuba con su equipo de filmación y toma varias escenas de La Habana para probar el sistema sonoro Phono Films. El gobierno de Machado, en un gesto de servil adulación, se encargó de financiar este proyecto.

En la década del 20 se filmó una serie de reportajes con el título de “Conozca a Cuba” y de la cual se conservan dos en la Cinemateca: “El No. 5” de 1929, sobre la inauguración del pabellón García Muñón de la antigua Quinta de Dependientes y otro de 1930 que describe el bojeo de Cuba del buque Patria. La Cinemateca también tiene copia de otro documental didáctico muy interesante de 1929: “Cultivo del tabaco”.

“La última jornada del Titán de Bronce o la ruta de Maceo” es uno de los primeros documentales de reconstrucción histórica. Se debe a Max Tosquella y fue filmado en 1930 con la participación de veteranos de las guerras de independencia, efectivos del ejército y Boys Scouts.

En 1932 se lleva a cabo el primer experimento para probar los primeros equipos de sonidos llegados a Cuba con la realización de un corto publicitario sobre el hotel Palace. Y ese mismo año se filma “Maracas y bongó”, el primero de una serie de cortos musicales con fines propagandísticos.

En 1937 el noticiero Royal News – que se iniciara en 1933 – presenta su primera edición sonora con vistas del entierro de militares cubanos fallecidos en un accidente de aviación en Cali, Colombia. Estos noticieros constituyen un valioso documento social y político de nuestra historia. Pero la inmensa mayoría de estos documentales de las décadas del 40 y 50 consta de cortos musicales o juguetes cómicos con fines publicitarios como la serie Miniaturas Royal del noticiero Royal News. Sin embargo también se filmaron algunos reportajes más serios sobre diversas manifestaciones de la vida nacional. Cabe destacar el corto cultural producido en 1940 por el pintor Domingo Ravenet: “300 años de arte en Cuba”.

Al parecer, “Los parques de La Habana de 1944”, fue el primer documental a color revelado en Cuba (Ansco Color). En 1955 se filmaron los únicos documentales donde se denuncia el estado de corrupción y explotación en que se debatía el país desde que se inauguró la pseudorrepública. El Mégano se considera el primer documental de tipo social realizado antes de la Revolución. Se comenzó a filmar muy temprano ese año a tal punto que algunas personas opinan que data de1954. Fue dirigido por Julio García Espinosa con la colaboración de Tomás Gutiérrez Alea, Alfredo Guevara y José Massip y fotografía de Jorge Haydú. Fue producido dentro de la Sección de Cine de la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo; este grupo después pasaría a integrar el núcleo fundador del ICAIC. El documental fue secuestrado por el gobierno de Batista, pero al triunfo de la Revolución se encontró una copia. Los otros dos documentales son del director José A. Sarol y denuncian la explotación del campesinado en Pinar del Río. Uno de ellos, “La cooperativa del hambre” no se terminó nunca, pero fue destruido con toda la producción y equipos de la productora Minicolor Filmes por las fuerzas represivas de Batista; el otro “Jocuma o el cabo de San Antonio”, sólo pudo ser visto en el cine Rex de La Habana después del triunfo de la Revolución porque las empresas distribuidoras se negaron a exhibirlo en los cines comerciales cuando se filmó.

Otro documental importante, que se empezó a filmar en1957 pero quedó interrumpido por las condiciones inoperantes en aquella época, “Los tiempos del joven Martí” de José Massip. Fue terminado en 1960. En 1958 Eduardo Hernández Toledo realizó un reportaje periodístico de la lucha guerrillera en la Sierra Maestra. Este documental tampoco pudo exhibirse al público hasta 1959.

Aunque no tenemos copias de la mayoría de los documentales realizados entre 1897 y 1958, por las noticias aparecidas en periódicos y revistas se puede deducir que eran de ínfima calidad. Con excepción de los cortos que reflejaban el acontecer diario del país y que constituyen valiosos documentos históricos de la época, la producción documental respondía a los intereses publicitarios de las firmas comerciales y carece de valor artístico dentro de la cinematografía nacional. No obstante, es lamentable que se haya perdido la casi totalidad de esta labor documental cubana.

TODAS ÍBAMOS A SER REINAS, de Gustavo Pérez

jagb 13/06/2008 @ 23:54

Frente al objetivo de la cámara pasan siete mujeres que, a la primera palabra, se revelan como extranjeras. Algunas de ellas son todavía hermosas, muy hermosas. Proceden de diversos puntos de la geografía del antiguo país soviético (Letonia, Khazajastán, Moldavia, Siberia, Ucrania). La cámara abandona poco los interiores, buscando intimidad con sus sujetos, y va hacia los detalles sólo cuando es necesario remarcar uno u otro sentido; mientras tanto, descontando los enlaces, se detiene encima de los rostros, sonrisas, seriedad, miradas.

¿Qué significaban aquellas mujeres para los de mi edad? Las veíamos arribar, pálidas y rubias como princesas de cuento, de la mano de cubanos que las paseaban luego cual si fueran joyas; cubanos que nos llenaban los ojos con historias de aquel país lejano donde todo era abundancia y geografía desmesurada, mujeres que se arrebataban con mulatos o negros y futuro realizado. Claro, entre los muchos cuentos –que solían ir acompañados de generosas cantidades de bebida- se colaban fragmentos de un mundo otro dentro de aquel mundo que era nuestra aspiración, pequeñas piezas que desencajaban, pero aún así éramos felices porque la coherencia sobresalía. Más tarde, cuando cesaba el encanto inicial, las veíamos en las colas, metidas ya en el corazón de la vida cubana, y nos divertía su manera de hablar una lengua que nunca terminaban de manejar por entero, sin artículos o con demasiados verbos en infinitivo.

Las comunidades nacionales se pueden dar el lujo de esta asimilación benévola mientras menos fracturas internas presentan y más baja es la cantidad del cuerpo extraño que reciben; en el caso de Cuba, país donde la diferencia racial existe sobre un fondo de mezclas y esencial unidad nacional (que se manifiesta en la existencia de una sola identidad), la presencia de estas “princesas rusas” fue fácilmente manejable. Vale la pena recordar que hablamos de un país con larga tradición como receptor de migraciones y, sobre todo, que sólo las ciudadanas provenientes del nuevo espacio orbital inaugurado luego del triunfo de la Revolución cubana eran autorizadas a integrarse a la vida nacional; sólo las mujeres extranjeras podían venir con sus compañeros cubanos y viceversa, sólo mujeres cubanas iban a residir en los países de las parejas con las que se casaban.

Esa regla, violada sólo de modo ocasional, fue un buen motivo para que el contacto con los miles de técnicos de países socialistas que venían a realizar trabajo de colaboración en Cuba o de los miles de estudiantes que hacia tales países viajaban, tuviese escasa significación en términos migratorios. Cuando más tarde, ya a fines de los 80, entró en colapso el sistema socialista de la Europa del Este, se completó el último paso para la desaparición de estas mujeres; a la nueva realidad de países de orígenes transformados se agregaba la erosión del tiempo vivido en Cuba. Sin soporte económico para la colaboración regresaron los técnicos (al menos en las ciudades mayores de la Isla había barrios enteros para los “colaboradores”), se deshizo la presencia extranjera en el país (los estudios de idioma ruso desaparecieron del sistema de educación superior, las revistas que llenaban los estanquillos de venta, los productos en las tiendas, las películas en los cines, los calendarios de celebraciones e incluso la mera mención a tales geografías).
En este punto, la transformación económica implicó una consecuencia trágica para esas mujeres que –a estas alturas- no sólo eran parte de la vida cubana como “trabajadoras”, sino también como esposas y madres; al desaparecer el sostén de la comunicación con sus países de origen, quedaron varadas en un espacio por nadie reclamado (nunca enteramente nacionales, sin oportunidad de volver a la tierra de origen y, es adecuado suponer incluso, que habitando un espacio fracturado incluso con los hijos). Gente sin lazos.

Lo particular de esta situación, clásica del inmigrante dentro de otra lengua y cultura distante, está en que ocurrió dentro de una súbita inversión de signos, ya que años antes Cuba y los antiguos países socialistas (en particular la URSS) habían sostenido un tipo de relación enteramente inédito entre cualquier país europeo y otro perteneciente al antiguo entorno colonial; de ahí las referencias que en el documental son hechas acerca de cómo éstas mujeres entrevistadas conocieron a los que más tarde serían sus esposos y a lo que ellas conocían sobre Cuba.

En este sentido, “Todas íbamos a ser reinas” es la crónica de un sueño que desapareció (amistad entre países o relación paritaria entre desarrollo y subdesarrollo); un juego de guiños a la vida cubana actual (pues los sujetos entrevistados comparan el país al que llegaron con este de hoy); una pequeña exploración de nuestra identidad (ya que el choque cultural es ilustrado mediante la diferencia de costumbres) y un acercamiento a la descolocación de la identidad, mediante el trabajo con estas personas que –ya sin el carácter central que antes tenían en la vida nacional o para el interés de sus gobiernos- parecen haber quedado varadas en un espacio vacío.

Todo esto lo consiguen Gustavo Pérez y Oneyda González en apenas 54 minutos de delicadeza, nostalgia y humor de este material (realizado en el Telecentro de la ciudad de Camagüey, donde trabaja Gustavo, con sólo una cámara y en los ratos libres durante filmaciones) que el documental cubano debe agradecer. Según confesión de los autores, el trabajo de preproducción demoró seis meses (durante los cuales localizaron los sujetos, efectuaron las entrevistas preliminares e hicieron la selección de quienes, finalmente, quedarían en el documental) y las condiciones de grabación obligaron a filmar por separado y en sesiones breves a cada una de las entrevistadas, para luego descartar y montar el material que quedó decidido. En este caso, la profundidad del trabajo de mesa, así como la inteligencia del realizador, hizo que lo precario de las condiciones y la discontinuidad de la filmación operen a favor del documental, pues no otro es el motivo de esa cámara fija que parece buscar el alma de las entrevistadas. Al inicio del documental, una mujer letona canta una canción en ruso y, en el cierre, esa misma mujer trata de cantar una canción en letón, su idioma, pero ya no la recuerda, y llora. Cuando niños, y como parte de los desastres del estalinismo, se les prohibió a los letones el uso de su lengua materna (sustituida por el ruso). Uno puede elucubrar que si hubiera permanecido allá, entre su gente, habría tenido mucho más asidero para recordar o explorar su identidad hasta poder reconstruirla, pero al elegir el amor y venir hacia Cuba, enterraba de paso toda esa posibilidad.

Mediante la puesta en pantalla de este caso, los autores nos enfrentan al extremo más doloroso del drama de la identidad, nos enfrentan a estos sujetos ocultos que viven entre nosotros y hacen que nos preguntemos sobre las múltiples derivaciones de la pérdida de un sueño.

Víctor Fowler (Tomado de la revista MIRADAS).

HABANA ABIERTA (2005), de Arturo Sotto y Jorge Perugorría

jagb 17/04/2007 @ 13:59

HABANA ABIERTA: EL REENCUENTRO EN EL DOCUMENTAL CUBANO
por Laura Redruello

Hablar de emigración y de exilio implica hablar de tensiones morales, dramas de conciencia, partidas, reencuentros o frustraciones. Aunque todos ellos parecen tópicos ideales para la proliferación de muchas obras artísticas, lo cierto es que durante muchos años la emigración y la condición de emigrado supusieron para la cultura cubana la entrada a una zona marginal innombrable sin cabida dentro de la Revolución. Exceptuando las Memorias del subdesarrollo (1968) de Tomás Gutiérrez Alea y algunas obras de Jesús Díaz, como 55 hermanos (1977) o Lejanía (1985), el cine cubano convivió durante años en silencio con las personas que se marcharon y con el deseo, la necesidad y la dificultad de reanudar relaciones normales con ellas.

Habrá que esperar hasta bien entrados los años 90 para que una buena parte de la producción artística comience a afrontar el tópico de la emigración desde sus más diferentes facetas y con la profundidad que merece. Los nuevos acontecimientos sociales, económicos y políticos que marcan el Período Especial y la nueva línea de diálogo con el exilio retomada en esos años por el gobierno, desembocan en una incipiente apertura discursiva que convierte el tema de la partida en uno de los más habituales de la gran pantalla de cine del Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC).

Sin embargo, afirma Désirée Díaz que aunque los 90 abren el cine a nuevos conceptos que logran romper con las miradas negativas que habían prevalecido hasta el momento en el tratamiento del exilio, proponiendo un enfoque más humanista, la gran mayoría de las películas continúan marcadas por dos sentimientos claros: el de la nostalgia y melancolía del emigrado, que marcan tanto su salida como su regreso, y el de la pérdida que conlleva la partida. Afirma la crítica que en el cine cubano, incluso en los 90, al que vuelve a la Isla se le sigue representando como aquel “que intentando recuperar un espacio, no logra más que la constatación de su perdida paulatina y casi definitiva” Lo cierto es que si echamos un vistazo a los personajes que regresan nos encontraremos con seres que enfrentan su vuelta dominados por el dolor, atormentados y traumatizados como consecuencia de la lejanía y el exilio. El retorno a la Isla se presenta más bien como un “des-encuentro”, haciendo de la distancia una barrera que termina imposibilitando la consumación plena del regreso:

“La vuelta a Cuba finalmente, siempre queda como un simulacro de recuperación, una representación donde la apropiación de espacios, de ámbitos, modos, permanece siempre en el terreno de los simbólico, sin poder sobreponerse a la imagen mítica de la Isla que el emigrado ha perpetuado en sus años de ausencia y a la sensación de sentirse extraño en su propia tierra. Y esta teatralizacion de la visita se exaspera precisamente por su carácter de “visita” porque se llega sólo para volver a partir en un tiempo limitado que no permite nunca un verdadero reacomodo a las nuevas circunstancias. El cubano de afuera que retorna a Cuba no deja de ser un turista más, un turista en su propio país […] La imposibilidad de un regreso absoluto y de la recuperación de lo perdido no va a sino fortificar la instauración de la melancolía.”

Díaz apoya este argumento con un detallado análisis de obras como Laura, cortometraje de Ana Rodríguez incluido en Mujer transparente (1990), o Reina y Rey (1994) de García Espinosa. Si la autora hubiera escrito el artículo algunos años después, sin lugar a dudas hubiera incluido nuevas películas, como Miel para Oshún (2003), el primer trabajo en formato digital de Humberto Solás, donde el protagonista, Roberto, casi un turista más en la Isla, se presenta como un ser desconyuntado y roto, al que la separación con la “madre-tierra” lo reduce a la “nada”:

“¿Qué es lo que creen ustedes que ha sido mi vida? ¿qué he tenido una vida feliz? ¡Pues no! No sé quien soy; si cubano o americano, si de un lado o del otro [...]. Ustedes por lo menos saben quienes son. Aunque esto esté malo, aunque tengan problemas. Ustedes se entienden. Pero yo...yo soy la nada. Mira que me hace ilusión venir aquí, a la tierra donde nací, a encontrar mis raíces, a encontrar a mi madre. ¡Coño! Y nada. ¿Qué he encontrado? ¡Nada! La nada se encuentra con la nada.”

La distancia se traduce en vacío, estableciéndose una clara equivalencia entre “fragmentación” y “nada”. La tristeza, el silencio y la lágrima, códigos habituales del género melodramático, toman protagonismo en todas estas obras que tratan el reencuentro con la nación. La identidad fragmentada o en tensión de los que se fueron, se convertirá en la gran “limitación” que hará del viaje de vuelta una estancia incompleta. Este panorama hace natural el pesimismo de Désirée Díaz quien, después de analizar el regreso de Carmen, la protagonista de Reina y Rey o el de la amiga de Laura en Mujer transparente, acusa a los directores cubanos de seguir representando al emigrado, exiliado o no, nacido acá o allá, siempre como el “otro”, aludiendo a la escisión insuperable, no sólo fílmica, sino todavía real, con el que se fue de Cuba: “Esa escisión, esa ruptura, costará muchos años restituirla, si acaso es posible. Mientras sigamos aferrados a seguir representando un papel, mientras no asumamos totalmente la realidad, y los encuentros no sean más que fabulaciones, como en este caso, no habrá regresos posibles”.

Como siempre, las grandes evidencias se desarman si apartamos la vista del gran relato de la pantalla para volver la atención hacia otros discursos periféricos o más minoritarios realizados por algunos directores que abordan esta misma problemática, la del regreso, desde la especificidad de sus condiciones de vida, su trabajo y su experiencia. Son las nuevas generaciones de cineastas, desde el formato del video, las que se han mostrado capaces de romper con ciertas “limitaciones” conceptuales en torno al exilio que hasta ahora se habían reflejado en las grandes producciones del ICAIC.

Un claro ejemplo de esto es el documental Habana Abierta (2003), dirigida por Arturo Sotto y Jorge Perugorría. El documental propone una visión muy diferente con respecto al reencuentro con una generación que se marchó, y rompe con la idea del exilio como pérdida y desarraigo. El distanciamiento no implica una irremediable desarticulación del yo, ni como ser individual, ni social. La partida se plantea ahora como una subversión potencial de la nacionalidad; un modo de mantener conexiones con más de un lugar al tiempo que se practican formas no absolutistas de ciudadanía que posibilitan y enriquecen el reencuentro con la patria.
Los protagonistas del documental son “Habana Abierta”, un grupo de músicos que vivieron en Cuba hasta comienzos de los años 90. El origen de esta agrupación está en lo que se conoció como “13 y 8”, una esquina del barrio del Vedado en La Habana donde la mayoría de estos músicos se dieron a conocer como creadores, junto a otros intelectuales y artistas. El fin de la década del 80 y fundamentalmente los primeros años de los 90 no fueron los mejores para estos jóvenes trovadores en Cuba, ya que la música bailable invadía escenarios y disqueras: “Cuando los músicos cubanos se vieron obligados, en muchísimos casos, a acceder a nuevos espacios, fue fácil descubrir que lo que el mercado internacional de la música (y los turistas que visitaban ya el país en cifras superiores al medio millón anual) esperaba de ellos no eran baladas, sino su pertenencia a los que se ha llamado, también por razones de comercio, salsa”.

A pesar de esto, existían múltiples peñas por toda la Isla que proponían otras formas de hacer música. En La Habana había varias: la del Museo de Artes Decorativas, la de la Finca de los Monos, la de 13 y 8, o la de la Casa del Joven Creador. La mítica peña de 13 y 8 surgió como iniciativa de los músicos Vanito Caballero y Fernando Rodríguez, junto al artista plástico Pablo Hernández. Las reuniones, que tenían lugar en el Museo Municipal de Plaza, estaban cargadas siempre de momentos singulares donde se expresaban los primeros síntomas de rebeldía de una generación que comenzaba a desarrollar una cultura crítica y subvertidora:

“Cuando la palabra alternativo no estaba de moda en ninguna parte, la cultura que se gestaba en la peña era alternativa, contestataria, fresca […] Nunca hubo más de cincuenta personas en 13 y 8 por falta de difusión. Un día le dijeron a la directora del pequeño museo Municipal de Plaza que suspendiera la actividad pues se iba a dar un concierto de Silvio Rodríguez en el estadio Latinoamericano, y cuando los integrantes del grupo llegaron a organizar la misma se encontraron con el local cerrado. Increíblemente, el público que fue ese día, a pesar del “macroconcierto” que requería a toda la población presente, quiso que se diera la peña, y fue cuando se decidió hacerla en la calle.”

Lo cierto es que la peña de 13 y 8 se clausuró cuando las canciones que se entonaban allí comenzaron a trascender. Las reuniones pasaron a celebrarse en casa de amigos y familiares o en sitios abandonados, como el Anfiteatro del Parque Almendares, siempre sin permiso oficial. Por esa fecha Boris Larramendi cantaba temas como “Marchen bien” donde se reflejaban algunas de las incertidumbres y desilusiones de una generación a la que le había tocado vivir los años más duros del Período Especial:

“Marchen bien, mira marchen bien,
y cuidado no se me calienten, que si vamos a estar aquí,
no hay donde escoger, así que no inventen.
Esto flota porque ellos lo vigilan.
No preguntes más, que sabes tú.
Si te atreves, vienen y te fumigan:
Por eso di sí, sí, ¡ya! Y muérete mayor. (“Marchen bien”)”

Habana Abierta representaba a toda una generación de jóvenes producto desconsolado del "hombre nuevo" que el socialismo cubano quiso construir. Todos ellos eran fruto de la Revolución, pero la criticaban sin pelos en la lengua. Ya no se trataba de legitimar como sus predecesores de la Nueva Trova un pasado azaroso, sino de “sacar a relucir la cicatriz actual y creciente de una generación que creció en una supuesta libertad” , cantando con ironía lúcida lo que por lo general no pasaba del estado de susurro, pero que retrataba su realidad más inmediata. En los años más duros del Período Especial los componentes de Habana Abierta no sólo renunciaban a cerrar los ojos y seguir mirando la televisión, sino que musicalmente sustituían los “ritmos sabrosos”, estribillos banales o damas de orquestas de baile que por aquel entonces invadían los escenarios, por balseros que se despedían, madres que lloraban o suicidas que incorporaban ahora a las letras de sus canciones.

Durante mucho tiempo su música no sonó en las emisoras de radio. Los integrantes del grupo se fueron marchando de Cuba con la intención de buscar un apoyo y una promoción que no encontraban en la Isla. Es en el año 1995 cuando algunos de estos músicos y compositores (Boris Larramendi, José Luís Medina, Pepe del Valle, Kelvis Ochoa, Luís Alberto Barberia y Andy Villalón) se reencuentran en Madrid y crean el grupo y disco Habana oculta (1994), con la ayuda y el apoyo de los músicos cubanos Gema y Pavel. Posteriormente se constituyen como banda con el nombre de Habana Abierta y editan dos discos nuevos: Habana abierta (1997) y 24 Horas (1999). En sus producciones este grupo de músicos mezclan el son, la rumba y el songo de Juan Formell, con el rock de Charly García, los ritmos brasileños que escuchaban en Madrid y otras influencias de grupos internacionales y populares que en esos años triunfaban en Europa: “Nosotros lo teníamos claro: nada de rendir tributo al pasado. O digamos a tocar el Chan chan como lo tocaba Compay. En La Habana y luego en Madrid nos juntamos para proyectar nuestra visión de la música cubana y para dejar que esa visión se contaminara con información del mundo”.

La música de la banda constituye, tal como explica Enrique del Risco, “una actualización agresiva de la verdadera tradición de la música cubana: la de mirar con igual intensidad hacia adentro y hacia fuera, conscientes de que ese adentro había sido alguna vez un fuera africano o europeo”. Las letras hacen referencia a los problemas de su generación, sus vivencias en La Habana, la situación política de la Isla, o a su propia salida, que unen ahora a las nuevas experiencias que viven en Madrid. A finales de los 90 y desde España, estos músicos se convierten en ídolos indiscutibles de un sector de la juventud cubana que permanece en la Isla. A través de grabaciones caseras, sus trabajos Habana abierta y 24 horas consiguen sonar en la mayoría de los radiocasetes de los jóvenes cubanos.

En el mes de enero del año 2003 y gracias a la iniciativa de todo un grupo de trovadores, directores e intelectuales cubanos compañeros de generación de la banda, se organiza el primer concierto de Habana Abierta en la capital habanera, tras más de siete años de ausencia en sus escenarios. Aunque durante esos días los componentes del grupo se presentan de manera individual en diferentes escenarios de La Habana, es la agrupación completa la que consigue reunir en los jardines de La Tropical a más de diez mil personas, convirtiendo el acto, según palabras del músico Boris Larramendi, “en un acontecimiento más social que musical y una gran fiesta en la que todos se sentían parte de Habana Abierta por todo lo que nuestra música ha simbolizado para muchísima gente que vive en Cuba, y aspiran, igual que todos nosotros, simplemente a una Habana que sea “a todo color”. De la visita y de este concierto final que ofrece la banda, los directores Arturo Sotto y Jorge Perugorría graban un documental con el mismo título que el nombre del grupo, “Habana Abierta”, que más allá de ser un simple video musical, se convierte en una nueva crónica del regreso.

El documental se abre con la imagen de la banda llegando al Cristo de La Habana. A los pies de la majestuosa estatua que mira a la bahía desde las alturas, los cinco músicos, de espaldas a la gran figura pero de cara a la ciudad, comienzan su “confesión”, que no es otra que el relato de su historia como banda, como músicos y sobre todo, como cubanos. Los miembros de Habana Abierta relatan sus vivencias en Madrid, sus influencias y sus objetivos en un intento de definirse como grupo: “Habana Abierta es un matrimonio, con sus peleas y sus reconciliaciones”, explica Kelvis. Es “un monstruo de ocho cabezas” prosigue Vanito. “Tenemos la mecánica de revolucionar todo con la música”, añade el más contestatario, Boris.

Pero ante todo, tratarán de enfatizar ante la ciudad, y ante el mismísimo Cristo, que Habana Abierta tiene su origen en Cuba, que parten de la esencia cubana musical, la timba, la trova o la rumba, pero que se ha enriquecido fuera y que en este crecimiento se ha producido gracias a la asimilación de nuevas influencias y vivencias que han ido integrando a su repertorio. La banda habla de la hibridez de su música, irremediablemente impura, que fusiona la Nueva Trova, con el rock, el bolero o incluso la samba, y explica cómo esta mezcla ha logrado inesperadas combinaciones de culturas, ideas y políticas.

El discurso y los testimonios del grupo a los pies del Cristo se convierten en el hilo conductor del documental, fragmentado por una gran cantidad de planos diferentes que van mostrando el recorrido de la banda por la ciudad y su posterior actuación. La inmovilidad de la gran figura contrasta con el movimiento de la cámara que se mueve junto a los músicos, de dentro a fuera, de arriba abajo o de derecha a izquierda, con constantes “viajes” a los más diversos rincones de la ciudad, recogiendo el ritmo imparable de una Habana que sigue vibrando dispuesta a incorporar a su propio ser lo que llega desde afuera.

Los directores se alejan del discurso del melodrama y la nostalgia sustituyendo la lágrima, el desgarramiento y el trauma por el humor y las bromas de una generación que se enfrenta al pasado con conexiones emocionales pero sin resentimiento. Arturo Sotto y Jorge Perugorría enfatizan en el documental que estos chicos no han abandonado los hábitos que los identifican con el resto de los cubanos: siguen bebiendo Ron Paticruzado, guarachean en el Parque Lennon, no se preparan para el concierto en un hotel, sino que lo organizan con espontaneidad en una casa del Vedado y, además, después de su actuación, dejan claro que no irán a ningún hotel a “parrandear”, sino que “beberán un ron en el muro del Malecón”. Ninguno de ellos se representa como “turistas en su propio país”. No hay maletas, ni regalos, ni taxis. El regreso tampoco es amargo, ni problemático, ni irreal.

El concierto que ofrece Habana Abierta en La Tropical ocupa una gran parte del documental y constituye la prueba definitiva de que este encuentro es algo más que una “fabulación”. Todo reconocimiento necesariamente implica la aceptación de los demás, que en este caso acudirán a expresar su “reconocimiento” al Salón “Benny Moré”. Así lo asume David Torrens, uno de los músicos que participa en el documental y explica que “lo más importante es ser reconocido en tu tierra, que te reciban, que La Habana se abra. Hay una sola Cuba, la que se lleva en el corazón y nos merecemos que la patria nos abrace”.

La actuación de la banda acapara el máximo protagonismo para mostrar el recibimiento del público y exponer de forma clara cómo Habana Abierta nunca ha dejado de formar parte de Cuba ante los ojos de los habaneros que permanecen en la Isla. Los que se marcharon y los que se quedaron, público y banda se abrazan en un mismo espacio, La Tropical.

Si los diez años de ausencia de la amiga de Laura en Mujer trasparente o los veinte de Carmen en Reina y Rey nos mostraban cómo el desgarramiento emocional y el desarraigo de las protagonistas impedían, o al menos dificultaban, el encuentro no físico, sino afectivo, con las contrapartes (Reina o Laura), Habana Abierta expone todo lo contrario: la ausencia física del país no impedirá el abrazo de la nación a los que se marcharon, sino todo lo contrario.

El público cubano se reconoce más que nunca en ellos, enfatizándose así el hecho de que a estos jóvenes el distanciarse físicamente del espacio geográfico de la nación los ha hecho hacerse más cubanos y conectarse más estrechamente con su público. Como evidencia, el video muestra el bullicio de un auditorio empeñado en reafirmar la cohesión del encuentro. Miles de jóvenes unen sus voces a la de Vanito cuando éste canta que “ya no es lo mismo que cuando éramos fiñes, pioneros por el comunismo, ilusión de cosmonautas” o a la de Kelvis cuando éste reclama “un cachito pa’ vivir”, terminando por “invadir” el escenario y eliminando así cualquier barrera que pudiera separarles del grupo.

Los espectadores no “asisten” al concierto sino que lo “viven”, rompiendo con la forma tradicional de “espectáculo”, donde el que “actúa” se sitúa “arriba” y el público abajo. Habana Abierta muestra cómo la audiencia se convierte en “actor” por unas horas. La inversión de papeles se puede dar en cualquier momento. Los de arriba, abajo y los de abajo, arriba; o incluso los de dentro, fuera, y los de fuera, dentro. El documental se convierte en el espejo de jóvenes y no tan jóvenes habaneros que convierten la música en un medio propio para abogar por la inclusión y la apertura, y que pretenden superar la frontera excluyente entre el adentro y el afuera.

Habana Abierta son todos y todos son Habana Abierta, porque el curso de esta fiesta sólo puede vivirse de acuerdo a las leyes del pueblo, es decir, de acuerdo a las leyes de la libertad y no a las del propio “recinto”, idea que se expone en el documental cuando una asistente pide al vigilante de la puerta que se salte las “normas” que regulan el funcionamiento de La Tropical y permita la admisión de su niño, “ya que esta vez no se trata de un concierto de los Van Van sino de Habana Abierta”.

La Tropical, el templo de la música nacional, conocido por ser el lugar donde, como repite uno de los componentes del grupo con admiración, “tocan los Van Van”, se redefine con la presencia del grupo. Con otro público y otra banda, (“este es un espacio al que no pertenecen”, afirma el musicólogo Bladimir Zamora) La Tropical se abre al exterior. El salón Benny Moré supera su propio “nacionalismo” para hospedar a los que, como dice una de las canciones de Vanito, “decidieron alejarse un poquito”. El recinto, como la nación, se abre para recibir no sólo al grupo, sino a miles de jóvenes que proponen una nueva definición de la cubanidad.

El video finaliza de nuevo en lo alto de la bahía donde un último plano de la banda, todavía a los pies del Cristo de la Habana, se mezcla con las imágenes finales de un concierto pletórico que adivinamos que terminará, pero del que no vemos el final. Un discurso incompleto, que se sigue deslizando, sin un significado final, en fuga, en crecimiento y movimiento permanente, siempre en contraste con la rigidez de la estatua de mármol blanca, que omnipotente mira hacia la Habana y que se vuelve a quedar sola cuando los miembros del grupo la abandonan entre sonrisas y abrazos, satisfechos de este testimonio visual en el que Sotto y Perugorría logran que el discurso de la diáspora se aleje del concepto de “escisión” para acercarse al de apertura y crecimiento.

El documental reproduce una Habana que como dice el nombre del grupo y del documental, se muestra “abierta”. La nada y el vacío fruto de la distancia se sustituyen por el redimensionamiento de la propia cubanidad que ahora se muestra con el regreso. La partida se convierte en una vía para indagar en nuevas zonas de conformación de la identidad individual y el que regresa deja de representarse como el “otro” para considerarse uno más del “nosotros”.

Habana Abierta logra transmitir que Cuba está viva, sana y salva en la diáspora, y que la diáspora está viva, sana y salva en los cubanos; que el encuentro siempre es posible, abriendo así la esperanza, como dice el músico Carlos Varela en el propio audiovisual, “de que a partir de ahora esto se repita; que podamos cantar todos juntos y grabar juntos, los que están aquí, allí, en cualquier parte del mundo, mezclarnos y crecer juntos”.

REDRUELLO, LAURA(n. Madrid, España, 29 de abril de 1967). Se doctoró en la Universidad de Vanderbilt (Estados Unidos), con la tesis “Transgresiones discursivas: poder y cultura en el Periodo Especial cubano”. Ha publicado varios artículos en referencia a estos tópicos, como “Escribir en Cuba: ¿Creer, mentir o callar? Una conversación con el escritor cubano Arturo Arango”, “Diferencias genéricas en el discurso fílmico cubano: el caso de Suite Habana”, o “La mujer en el espacio fílmico de Tomás Gutiérrez Alea”. Actualmente trabaja como profesora de cultura y literatura latinoamericana en Manhattan College y forma parte del comité organizador del Havana Film Festival que se celebra anualmente en New York.

ESCENAS DE LOS MUELLES, de Oscar Valdés.

jagb 25/03/2007 @ 19:11

Título: ESCENAS DE LOS MUELLES (1970)/ Drama / 35 mm. / Panorámica / B/N / 29min./ Prod. ICAIC / Pdtor. Eduardo Valdés Rivero / Estr. Diciembre 28, 1970. Cine Rex Cinema / Dir. Oscar Valdés / G. Víctor Casaus / Diál. Improvisados / Fot. Livio Delgado / Op.Cám. Luis García, José M. Riera / Mús. Roberto Valera / Ed. Amparo Laucirica, Rolando Baute / Son. Germinal Hernández, José Borrás / Int. Humberto Molina, Ramón Ponce, Lupe Ramírez, Marta Cartaya, Edwin Moore, Elsa Liangert, Lázaro Elliot .

Sinopsis: Dos estibadores, antiguos compañeros, enfrentan sus contradicciones con el nuevo status político-social, la responsabilidad moral en conflicto con la amistad. Interpretado por actores no profesionales, el filme mezcla el documental con la ficción.

Premios: 1971. Seleccionado entre los cortometrajes más significativos del año. Selección Anual de la Crítica. La Habana, Cuba.

Una de las obsesiones más intensas del cine cubano nacido en 1959 fue la construcción de un “verosímil fílmico”, distinto al que hasta entonces imperaba en el imaginario colectivo de la época. El cine cubano revolucionario hizo suyo no pocas observaciones críticas de Glauber Rocha (“un cine no puede ser descolonizador si usa el lenguaje colonizador”), desechó más bien temprano el modelo de representación propuesto por el neorrealismo italiano, y apeló a cuantos recursos estilísticos cayeran en sus manos con el fin de apresar una “realidad” hasta entonces inédita en la historia del país. Al carecer de medios y tradición suficientes para encarar las ficciones con la sistematicidad deseada, sus mayores esfuerzos se concentraron desde un inicio en el fomento y ejercicio de un documental iconoclasta e innovador. Con el tiempo, llegaron esas grandes películas donde apenas puede notarse el mestizaje de texturas; “Escenas de los muelles” (1970) de Oscar Valdés (n. 18/ agosto/ 1919; m. 18/ febrero/ 1990), acaso sea una de las cintas que mejor logró esa operación linguística.

Antes de ingresar al ICAIC en 1961, Valdés había colaborado con el cineclub de la Sociedad Cultural “Nuestro Tiempo”. Su primer documental se tituló “El hombre contra el dolor” (1961), luego codirigió junto a Humberto Solás los cortos “Minerva traduce el mar” (1963) y “El retrato” (1963), para lograr dos años después lo que se considera un verdadero clásico de la documentalística cubana: “Vaqueros del Cauto” (1965). De su obra posterior resultaron significativas “El ring” (1966), “Muerte y vida en el Morrillo” (1971), “El extraño caso de Rachel K” (1973, su único largometraje de ficción), “Arcaño y sus maravillas” (1974), “Lecuona” (1983) y “María Teresa” (1984), por mencionar apenas algunas.

Inspirado en el Lionel Rogosin de “En el Bowery” (On the Bowery/ 1956), Oscar Valdés se propuso con “Escenas de los muelles” realizar un filme que registrara en forma de crónica las relaciones entre Raúl y El Moro, dos estibadores de los muelles habaneros, cuya amistad de alguna manera se había visto afectada por los cambios sociales que acontecían alrededor de ellos. Pero a diferencia del grueso de los documentales cubanos de entonces, que abusaban de la encuesta fría y la descripción prosaicamente analógica de los hechos, Valdés utilizaría el método de la puesta en escena y el cine directo, como resortes reveladores de los conflictos de sus personajes, quienes se representan a sí mismos dentro del filme, intuyo que más animados por la idea de recrear sus vidas, que devenir pasivos objetos de observación ajena.

Si bien desde principios de los sesenta, el término “cine verdad” se había hecho cada vez más popular, en ese afán casi colectivo de desmontar la inocente “transparencia” del lenguaje realista de Hollywood, es igual de cierto que no faltaron las observaciones empeñadas en demostrar lo ilusivo de la pretensión verista: el cine jamás podría escapar de esa condición fenoménica a que parece condenado el hombre que opera con la cámara, por lo que el cineasta lo más que alcanza a conquistar con su acción indagadora en la realidad es la “verosimilitud”, y esta, ya se sabe, no necesariamente guarda relación con la verdad. Mientras la verdad se refiere a lo indiscutible, a lo que existe con independencia de nuestros juicios e impresiones, la verosimilitud expresa el vínculo con lo que la mayoría de las personas entienden que es “real”. Más concreto: con la opinión pública.

Lo más valioso de “Escenas de los muelles” está relacionado con su nueva propuesta de “realismo” documental, o lo que es lo mismo, con la inserción de una ambigüedad narratológica que aún contraría los postulados estéticos y éticos pregonados por el grueso de la producción de entonces. Mientras en no pocos de los cineastas de la época, imbuidos por un espíritu colectivo de absoluta confianza en la transparencia del lenguaje cinematográfico, predominaba el deseo de llegar al público más por altisonantes ideas que por las sutilezas de las formas, “Escenas de los muelles” introduce en el cine de la isla una suerte de reflexión alrededor de la naturaleza misma de ese lenguaje, y la relación que suele establecerse entre las imágenes y su referente.

Y es que después que se termina de ver “Escenas de los muelles” uno puede preguntarse por la esencia misma del documental. Si lo que hemos visto no es ficción, como aseguran sus realizadores, ¿qué es entonces?, ¿realidad ficcionada?. Y si es esto último, ¿no está deformando el documentalista la realidad (la verdad) y con ello faltando a uno de los principios éticos defendidos por la Ley que creó el ICAIC?. ¿Dónde estaría la diferencia entre el gesto de Oscar Valdés y el de los camarógrafos Blackton y Smith, aquellos corresponsales norteamericanos que en 1898 armaron sobre su mesa de trucaje en Nueva York un corto que titularon “Combate naval de Santiago de Cuba” y que vendieron como real?.

Creo que para Oscar Valdés estaba muy claro el sentido de “lo real” en un filme, fuera este un documental o una ficción. Con “Escenas de los muelles” quedaba inaugurada en el cine cubano una manera de narrar que más tarde resultaría estropeada, en muchos casos, con el abuso del llamado “docudrama”. La soltura de Oscar Valdés para mezclar épocas, intereses individuales y conflictos colectivos, terminaron concediéndole a la cinta un aliento poético que los que han llegado después, aún cuando igual aprovechen “la Historia”, no han podido superar. De hecho, si el filme es aún hoy efectivo se lo debe a ese tratamiento tan desenfadado que hace del contexto que describe; Valdés explota como un consagrado el carisma de sus imprevistos “actores”, poniendo en crisis de paso aquel viejo mito del director como único creador de las situaciones dramáticas dentro de una película. El guión de Víctor Casaus es riquísimo en sugerencias que más tarde la cámara operada por Livio Delgado, Luis García y José Riera se encarga de traducir en pantalla de manera convincente y que hizo comentar a Oscar Valdés en aquella fecha: “Escenas de los muelles es la obra más difícil que he hecho hasta el momento, la más compleja y la que ha exigido de mí un mayor esfuerzo. He aprendido más que nada por la experiencia de hacer una puesta en escena con sonido directo y dirigiendo a actores no profesionales”.

Juan Antonio García Borrero

HOMBRES DE MAL TIEMPO, de Alejandro Saderman

jagb 23/03/2007 @ 10:59

Título: HOMBRES DE MAL TIEMPO/ (1968)/ 35 mm. / Panorámica / B/N / 32 min./ Productora: ICAIC / Productor: Camilo Vives / Director: Alejandro Saderman / Guión: Miguel Barnet / Narrador: Jose Antonio Rodriguez / Fotografía: Rodolfo López / Operadores de cámaras: Rodolfo López, Jorge Herrera, José M. Riera / Foto Fija. José Hernández / Música: Carlos Fariñas / Sonido: Eugenio Vesa, Jorge León, Carlos Fernández, Leonardo Sorrell, Germinal Hernández, Raúl García / Edición: Roberto Bravo / Escenografía: Pedro García Espinosa / Intérpretes: Miguel Benavides, René de la Cruz, Pedro Rentería, José Antonio Rodríguez, Omar Valdés y veteranos de la Guerra de Independencia de Cuba.

En 1968 se festejó en Cuba el inicio de sus guerras de independencia. El cine cubano de entonces se entregó con fervor al rodaje de cintas que aludían a la efeméride, y de esa operación colectiva resultaron filmes de la valía de “Lucía” (1968) de Humberto Solás y “La primera carga al machete” (1969) de Manuel Octavio Gómez. El documental, sin embargo, no anduvo rezagado, logrando bellísimas interpretaciones del asunto: “Hombres de Mal Tiempo” (1968) del argentino Alejandro Saderman (Buenos Aires, 1937), quien residiera en Cuba del año 1962 al 1971, es sin dudas uno de los ejemplos más contundentes.

Se trata, más que de la reconstrucción de un hecho histórico puntual, de un ejercicio festivo alrededor de la memoria del hombre. Pocas veces el documental cubano ha conseguido tan altos resultados en la elección previa de personajes que más tarde se convertirán en sujetos dramáticos casi insuperables dentro la obra: la idea de entrevistar a veteranos mambises, protagonistas de la batalla independentista que se pretende evocar, era ya en sí mismo un gesto de una eficacia poética francamente notable; luego, la utilización de ese recurso a través del cual un grupo de actores profesionales se preparan para reconstruir el suceso con la ayuda de los ancianos, terminó por concederle al material una textura estética insólita, donde es posible disfrutar de esa combinación casi milagrosa de “realidad” e “ilusión”, “memoria” e “imaginación”, “razones” y “emociones”, “Historia” e “historia”.

Con “Hombres de Mal Tiempo” es posible percibir con claridad por dónde andaba ese rasgo renovador de la escuela documental cubana, tan celebrada en aquellos momentos. Hay en su manera de narrar, más allá de la clara simpatía de sus realizadores por los personajes protagónicos, una suerte de suspicacia ante lo que la opinión al uso concluyó llamando Historia con mayúscula. Según el espíritu del filme, La Historia tal vez no fuera esa suma de hechos supuestamente objetivos que aparecen detallados en los libros con una exquisitez alucinante, sino que igual pudiera entenderse como una sucesión trepidante de rushes que más tarde son revisados, corregidos, ordenados por una suerte de montajista nombrado historiador. En contraste con esa postura, “Hombres de Mal Tiempo” expone con el más saludable de los desenfados lo que hoy calificamos de “historia oral”, esa que en el plano científico ha recibido el reproche de quienes, por un lado, la acusan de escasa credibilidad dado el carácter traicionero de la memoria, y por el otro, de la elaboración de verdades que apenas se nutren del testimonio no fiscalizado de terceros.

Mas lo que en un ensayo con pretensiones historicistas devendría casi de inmediato una herejía, se transformó en el crédito principal de un documental como “Hombres de Mal Tiempo”. Lo suyo es una suerte de realismo poético, término que para nada se me antoja gratuito, sobre todo cuando recuerdo aquella formidable reflexión del filósofo español Javier Muguerza: “La realidad contendrá siempre muchísimas más cosas que las que cualquier clase de realismo sea capaz de soñar”. Como el buen documentalista que es, Saderman supo que “la realidad” en sí mismo no es más que una convención utilizada por los humanos con el fin de hacer legibles ciertos estados de ánimos colectivos, ciertas estrategias plurales de recepción, pero que es imposible tomar como “la verdad última”.

De allí que los personajes de “Hombres de Mal Tiempo” no se limiten a evocar los hechos con esa frialdad positivista que hubiera poseído a un profesor de historia ante sus alumnos, ni sus realizadores se sientan tentados (como sí lo hubiera necesitado seguro un periodista) mostrar ese aire de solemnidad que suele acompañar el reportaje sobre las grandes batallas. El gran valor del documental está en la habilidad que muestran sus creadores para ofrecernos en pantalla el enérgico crecimiento de estos seres como sujetos dramáticos: son ellos los que determinan el ritmo trepidante de la exposición, el curso seguramente imprevisto de la narración, una narración donde la memoria se transfigura en gozosa imaginación, salpicada por el humor, la emoción y la remembranza creativa.

Estos hombres nos hablan de la guerra, pero en realidad nos están hablando de las estrategias que el ser humano ha de poner en práctica con el fin no de conquistar un lugar donde ya reina la felicidad (quimera trasnochada en la que pocos a estas alturas creen), sino en todo caso un lugar que hay que construir. Y es por eso también que los testimonios terminan perdiendo el tono de arrogancia belicista que en otras circunstancias el mismo cine se ha encargado de promover, para concedernos el retrato más que auténtico de un conjunto de hombres que supieron defender su derecho a ser felices. O en otras palabras: hombres que todavía no habían renunciado, no obstante la edad, al privilegio de saberse animales utópicos.

La narración es de una intensidad memorable. Saderman acertó en la elección de sus personajes, pero ello no bastaba para transmitir la fuerza emotiva que impregna al filme, y que se adivina in crescendo a lo largo del mismo. De manera muy sabia, la película nos introduce en un universo sembrado de expectativas, presagios y sorpresas, los cuales van conformando ese relato absorbente que luce a la memoria como el verdadero protagonista. La experiencia de Miguel Barnet como investigador de nuestras más sumergidas tradiciones y vivencias justificaba con creces la inclusión de personajes relevantes, como ese Esteban Montejo que sirvió al propio escritor de protagonista para su conocida “Biografía de un cimarrón”; luego, el uso de estrategias motivadoras de la evocación, como pueden ser la supuesta filmación de una película, enriquecieron la cinta ya no en el plano conceptual, sino también formal, al multiplicar esa capacidad para relacionar elementos diversos que tiene todo espectador y que lamentablemente está siendo aplastado por tanta imagen estereotipada.

Con “Hombres de Mal Tiempo” el espectador de cualquier latitud termina admitiendo que no se trata de otro exponente de esa modalidad narrativa conocida como “cine dentro del cine”, sino que más bien estaríamos hablando de un gesto ético mucho más profundo al que tendríamos que nombrar “la vida dentro de la vida”. Y es que hay películas que nacen iluminadas para siempre por la poesía. Esta es una de ellas.

Juan Antonio García Borrero.