La temprana seducción que la Revolución cubana ejerciera en buena parte de la izquierda mundial del momento no tenía un carácter ideológico, ya que no es hasta 1961 que ésta se declara socialista. Ello posibilitó que un conjunto bastante heterogéneo de intelectuales y artistas sensibilizados con los problemas de la justicia social, no dudasen en mostrar su simpatía con ese proceso que prometió reparar la pésima distribución interna de riquezas, al tiempo que le declaraba la guerra al “imperialismo norteamericano”, considerado el único responsable de las desigualdades del planeta.
Los sesenta fueron una década en la que el horizonte de expectativas colectivas produjo una efervescencia revolucionaria, con su inevitable producción simbólica. Hablamos de un período en el cual el mundo comenzó a ser percibido de otro modo, luego que la imparable revolución tecnológica e industrial experimentada por Occidente desde finales del siglo XIX, condicionara una severa mutación en los ángulos cognitivos.
Los cineastas de izquierda tenían especial fe en esos cambios, y seducidos por la posibilidad de hacer tangible una utopía que había fracasado lo mismo en tiempos de la Revolución Francesa que en los de Stalin, pasaron por el ICAIC, entre otros, los documentalistas Joris Ivens, Chris Marker, Theodor Christensen, Roman Karmen, Agnés Varda, Mario Gallo, los guionistas Cesare Zavattini, Evgueni Evtushenko, Wolfgang Schreyer, los actores Gerard Philippe y Vanessa Redgrave, los fotógrafos Otello Martelli y Sergio Véjar, o los directores de ficción Mijail Kalatozov, Oscar Torres, José Miguel García Ascot, Armand Gatti, Vladimir Cech, Kurt Maetzing, o Ugo Ulive.
Algunos, como Luis Buñuel, Tony Richardson, o Andrez Wajda, no llegarían a filmar nunca en Cuba, pero aportaron ideas, y en sentido general, mostraron su simpatía por el proceso que se desarrollaba. Hablaban con la franqueza que prodiga una visión mítica de la realidad, pues como ha apuntado el investigador Paulo Antonio Paranaguá, “el viaje a La Habana pasó a tener para los intelectuales de izquierda la misma obligatoriedad que las peregrinaciones a la Meca” (1) .
El examen crítico de aquellas imágenes exaltadoras, o declaraciones casi siempre apologéticas, corren el riesgo de ser mal interpretadas si no se toma en cuenta el horizonte de expectativas de la época. Por eso, más que un inventario de filmes realizados por cineastas extranjeros en la Cuba de los sesenta, lo estimulante estaría en detectar, detrás del variopinto conjunto de filmes y opiniones, esa dinámica de expectativas (ya fueran internas o externas) que contribuyeron a conformar al cine cubano, y con ello, una parte de la imagen pública de la Revolución.
¿Qué esperaban esos cineastas de la Revolución cubana? Es difícil de precisar. Si utilizo el verbo “esperar” no es por capricho. En el momento histórico que nos disponemos revisar, las expectativas superaban a las confirmaciones, pues para la mayoría de estos creadores, Cuba no existía antes de 1959. O existía según la endeble descripción que películas como Rompiendo las cadenas (We Were Strangers/ 1949), de John Huston, o El viejo y el mar (The Old Man and the Sea/ 1958), de John Sturges, o Nuestro hombre en La Habana (Our Man in Havana/ 1960), de Carol Reed, se habían encargado de exportar (explotar) a través de Hollywood.
Fue en la Francia de aquellos años donde la Revolución alcanzó mayores cuotas de popularidad. Debe haber influido el temprano viaje a la isla de una “estrella” como Gerard Philippe, entusiasmado con la idea de representar a Raúl Castro en pantalla, así como la publicitada estancia de Sartre. En una revista “Cine Cubano” de entonces, Saúl Yelín nos describe uno de los encuentros que sostuvo con Agnes Varda, Jacques Demy, Jean Luc Godard, y Anna Karina, en algún café al aire libre de los Campos Elíseos. Cuba, desde luego, era el denominador común de la tertulia. Hablaron entusiasmados sobre los acontecimientos que se sucedían a diario. De lo que todavía simboliza desafiar a un imperio: David vs. Goliat. En las postrimerías, Godard deja escapar este bocadillo con sabor a tópico incurable: “Usted sabe, me interesaría mucho hacer una película en Cuba, aún a pesar de no coincidir con sus ideas políticas, pero la situación me parece muy interesante” (2)
Más que “interesante”, Godard debió decir “excitante”. Como todo espectador lejano, el francés estaba obligado a lidiar con los límites que impone aprehender una realidad que solo se conoce por terceros. El mundo sigue siendo un conjunto bastante arbitrario de representaciones, y Godard, suspicaz como siempre ha sido, debía sospechar que los Campos Elíseos (al igual que los campus de la Universidad donde ejercía como académico Mills) tenían poco que ver con esos campos de Cuba retratados por Chris Marker y Joris Ivens. Sabía que para hablar sobre el dolor es preciso hablar desde el dolor, y el dolor, como la desesperación y la esperanza, es una experiencia personal e intransferible.
Sin embargo, ese malestar burgués encarnado en la monotonía de la existencia, ya venían pregonando desde el siglo anterior el hambre de acciones concretas. Aunque fuera un leve incidente con la cuchilla de afeitar, como sugería Hesse en “El lobo estepario”, que les recordara que estaban vivos. También Francia se encontraba bajo el impacto del conflicto en Argelia, y ganaba legitimidad la convicción de que detrás de los argumentos de Occidente (de sus élites), lo que en verdad se disimulaba era el monopolio ideológico de un poder racista y explotador.
Fue Agnes Varda la que, una vez en La Habana, supo expresar de manera más transparente ese desconcierto que provocaba la Revolución en lontananza. Su humildad ante lo desconocido contrastaba con la arrogancia de otros que hablaban en nombre de algo que no pudieron hacer en sus respectivos países, pero que parecían conocer al dedillo. Decía la Varda: “Creo que en Europa están fascinados por lo que está sucediendo en Cuba. Primero, hay un sentimiento romántico; después, un cierto desconocimiento, de manera que la gente sabe pero no sabe exactamente lo que está sucediendo. (…) Hay algo exagerado en todo esto, pero es fascinador para nosotros.” (3)
Los periódicos europeos, en efecto, se encargaban de registrar cada una de las declaraciones que hicieran estas celebridades. Si el paso de Zavattini por la isla en dos ocasiones antes de 1959, no llegaría jamás a ser noticia, en cambio sí fueron reproducidas sus muestras de solidaridad con la Revolución una vez que comenzara la invasión de Playa Girón (Bahía de Cochinos, para otros)
También las de Joris Ivens (“Yo sé que los cubanos tienen fuerza para resistir. Conozco las Milicias y la vocación patriótica heroica del pueblo cubano; esta agresión contra Cuba no es un problema cubano: es un problema de cada uno y de todos en todo el mundo”) (4) . Así como el mensaje de Chris Marker a Harold Gramatges, entonces embajador de Cuba en Francia (“Reciba mi profunda y emocionada solidaridad con el pueblo y gobierno de Cuba. Por haber filmado en Cuba, sé que ningún esfuerzo para destruirla podrá cumplirse”) (5) . Aunque tal vez ganaron mayor resonancia las declaraciones de Alain Resnais, el recién aclamado director de Hiroshima, mon amour: “Estamos angustiados, muy angustiados por la invasión prefabricada a Cuba, invasión que no tiene relación alguna con la realidad interior y sí tiene un vínculo estrecho y muy mal camuflado de agresión exterior.” (6) Lo asombroso es que Resnais jamás había visitado a Cuba: ¿de qué realidad hablaba entonces?
Era otra época, desde luego. Otro lenguaje. Una época donde el apoyo popular a la Revolución se adivinaba irrefutable. Lo cual no quiere decir que, incluso en su seno, no existiesen dramáticas contradicciones. Pero esos diferendos internos, de cara al exterior, y dada la presencia de un enemigo tan hostil como eran los Estados Unidos, sencillamente no existían. Para la izquierda de ultramar, aquella Revolución era monolítica, y todas las dificultades surgían de un desacuerdo con el país más poderoso del mundo. En ese imaginario, solo cabían dos alternativas: o apoyar las demandas de cambio de una nada despreciable masa de desposeídos que exigían una mejor distribución de los recursos básicos, o seguir legitimando la injusticia social.
Más que una ideología común (que nunca ha sido común, desde luego, no obstante las apariencias), a la izquierda de los sesenta (fuese la francesa, la británica, o la que ejercía su liderazgo en los países socialistas) lo que le condenaba al fracaso era una sobredosis de “humanismo utópico”. Por la observación de Camus, a propósito de Scheler, sabemos que “(s)e ama a la humanidad en general para no tener que amar a los seres en particular” (7) : arrastrada esa anotación al contexto que nos ocupa, se diría que la izquierda de entonces amó a Cuba en general para no tener que entender a cada uno de los cubanos.
Sin embargo, no es recomendable juzgar una época que, en definitiva, sigue siendo nuestra, sin antes imaginarla en su complejidad. Es el único modo de que la utopía (o la contra-utopía) adquiera ribetes humanistas, y que los que se empeñan en aliviar su desesperación puedan sentir que ese intelectual que habla desde el más confortable Primer Mundo, no está exhibiendo el sacrificio de los menos afortunados, como si de un souvenir ideológico se tratara.
Arthur Miller llegó a afirmar que “los intelectuales son los primeros en exigir un cambio social y los últimos en aceptarlo”, y Buñuel logró describir de manera genial el vacío hipócrita que implica esa pose moralista con aquella secuencia de Viridiana donde el protagonista protege a un perro, y en menos de un minuto aparece otro en las mismas circunstancias que él trató de abolir. Una cosa es decirnos a nosotros mismos que hacemos el bien, nos dice Don Luis, y otra, mucho más difícil, contribuir de manera efectiva al Bien.
Por eso para Buñuel el neorrealismo italiano pecaba de lesa ingenuidad. “Si en el neorrealismo los pobres son tan buenos y tan amados por Dios, para qué van a dejar de ser pobres”, comentaba sarcástico. Veía en la tendencia a argumentar los conflictos en términos binarios el gran pecado de los neorrealistas, al tiempo que evitaba esa visión simplista de la derecha más radical, donde “la masa” era “la chusma” perezosa. Los olvidados, por ejemplo, podría verse como un anticipo de la sensibilidad del Fanon de “Los condenados de la Tierra”. Pero a diferencia de los neorrealistas, el aragonés dejaba a un lado la fábula dulzona, la moraleja empalagosa, para hablar del hombre en su dimensión trágica: las clases sociales no existen en abstracto, nos dice. Eso es metafísica atea. Solo existen los grupos humanos que disfrazan con la ideología sus intereses particulares. El egoísmo (sin distinciones de clases) es el verdadero motor de la Historia y sus desmanes.
Esto lo vincula al pensamiento de Tony Richardson, otros de los que visita el ICAIC, y que con el “Free Cinema” propone desde la izquierda una visión más bien aciaga de la realidad. Para Richardson, el malestar de los intelectuales en su país está dirigido “contra la apatía emocional y espiritual que hay en Inglaterra” (8) . Se trata de la más onanista de las utopías; por eso, “el eje central de la protesta es aquello por lo que todavía se sigue protestando en Inglaterra, esa falta de cosa que exciten y hagan sentir” (9)
La declaración de Richardson delata una vez más el móvil lujurioso que se esconde detrás de esa temprana solidaridad con la Revolución: más allá de la adhesión política, estaba la ausencia de un objeto del deseo que despertara al domesticado instinto de la rebeldía. Que les devolviera la erótica de la existencia cotidiana. Por eso la “excitación” es el mejor término que el británico encuentra para describir su entusiasmo con la naciente cinematografía cubana, como cuando dice: “Lo que más me excitó fue ver el espíritu de intoxicación que se siente por el cine como medio de expresión” (10).
En ninguno de estos intelectuales lo ideológico era todavía un inconveniente. Aún no se habían desvanecido los ecos de aquella amarga polémica protagonizada por Camus (recién fallecido por la fecha) y Sartre, pero la observación de este último de que con la Revolución cubana estábamos en presencia de una Revolución “sin ideología”, contribuía a configurar una adhesión no política, sino humanista.
Así que cuando le preguntan a Alain Resnais cuál sería su posición artística en un régimen de izquierda, el francés responde sin pensarlo dos veces que “uno podría permitirse cosas diferentes a las que se hacen en los regímenes de derecha” (si bien añade, “No sé si el “tono” de mis películas cambiaría si viviera en un régimen distinto. ¡Yo siempre hago mis trabajos por azar!”). Es una respuesta donde se adivina la retórica de quien habla desde la seguridad del entorno que conoce, de allí que no convenza el tono voluptuoso de su posterior profecía: “Me interesa el problema cubano. Creo que ustedes tienen por delante una gran tarea y la formidable oportunidad de desarrollar artistas en un régimen parecido al que todos deseamos” (11)
Otra vez el “deseo” (esa esotérica pulsión que nos hace a todos adolescentes), y la excitación en víspera de esa orgía de amor con la Historia, se confabulaban como fuentes interminables de equívocos y trágicos espejismos.
Juan Antonio García Borrero
1) Paulo Antonio Paranagua. Cine documental en América Latina. Ediciones Cátedra, 2003, p 51.
2) Saúl Yelín. París Reportaje. Revista Cine Cubano Nro. 5, Año 1, p 61.
3) Diana Iznaga. Encuentro con Agnes Varda. Revista Cine Cubano Nro. 11, Año 3, p 4.
4) Entusiasta declaraciones de dos cineastas.. Revista Cine Cubano Nro. 5, Año 1, p 5.
5) Entusiasta declaraciones de dos cineastas. Revista Cine Cubano Nro. 5, Año 1, p 5.
6) La agresión a Cuba es prefabricada. Revista Cine Cubano Nro. 5, Año 1, p 5.
7) Albert Camus. El hombre rebelde. Alianza Editorial, S. A., Madrid, 2001, p 27.
8) Tony Richardson en Cuba (Entrevista y traducción por Fernando Villaverde). Revista Cine Cubano Nro. 12, Año 3, p 3. .
9) Ibídem.
10) Tony Richardson en Cuba (Entrevista y traducción por Fernando Villaverde). Revista Cine Cubano Nro. 12, Año 3, p 7.
11) Raúl Molina. Entrevista a Alain Resnais. Revista Cine Cubano Nro. 5, Año 1, p 17