CUBA EN BUÑUEL, BUÑUEL EN CUBA.
Por estos días intento darle forma a un ensayito sobre la recepción de Luis Buñuel en Cuba. Los vínculos de Buñuel a esta isla donde su padre vivió a lo largo de treinta años, llegando a crear una próspera fortuna que le permitió regresar a Calanda en 1898, ha sido estudiado de forma exhaustiva por el investigador Luciano Castillo, tanto en su artículo “La Habana de Buñuel”, como en su libro “Carpentier en el reino de la imagen” (1). Sin embargo, más que el rastreo de lo que sería un “buñuelismo” tangible (que estaría asociado a los intentos de filmar “El acoso”, de Carpentier, por ejemplo), lo que me interesa explorar es la impronta del cineasta en una Habana que jamás visitó. La química más que la física; el eco del nombre, más que el nombre en sí.
Entre los textos que más gusto me está dando releer, hay un libro que se titula “Las huellas de Buñuel (Influencias en el cine latinoamericano)”, del investigador aragonés Francisco Javier Millán Agudo. Los libros son como alfombras mágicas, que nos permiten desplazarnos en el tiempo y en el espacio, con una facilidad asombrosa. Si el libro es de los buenos (de esos que crean sus propios mundos, y nos hacen descubrir esa parte de nosotros que jamás hemos podido ver en un espejo) ese viaje será más que perdurable.
El libro que menciono me ha retornado al lugar donde a diario crece la leyenda de los “amantes de Teruel”. Hace dos años Francisco Javier Millán me invitó a impartir un par de conferencias en ese sitio. La experiencia fue inolvidable, porque además de gozar de su hospitalidad, pude visitar Albarracín, considerado por muchos el pueblo más hermoso de España (razones sobran en ese perímetro amurallado para pensar así), y también el singular “Museo Centro Buñuel” de Calanda, al frente del cual está otro enamorado de todo lo que se vincule al tema: Javier Espada.
Lo que uno cuente de este singular museo está condenado a describir solo una mínima parte de lo que allí acontece. Basta decir que no es un museo al uso, sino un sitio donde tal parece que es Buñuel el que se encarga de guiarnos de sorpresa en sorpresa. La proyección artística del realizador de “Las Hurdes” y “Los olvidados”, entre otras cintas, ha sido universal, pero su presencia durante un buen tiempo en México, permitió que esa influencia se incrementara en la región latinoamericana. Hay una amplia bibliografía al respecto, como uno puede comprobar en la propia biblioteca del Museo, pero el libro de Millán tiene la virtud de mostrarnos cómo,
“(d)esde México hasta la otra punta del subcontinente americano, en Chile y Argentina, pasando por Cuba, Brasil, Venezuela y Colombia, la huella de Buñuel se adivina en tantos y tan dispares cineastas como Luis Alcoriza, Alberto Isaac, Arturo Ripstein, Felipe Cazals, Jaime Humberto Hermosillo, Paul Leduc, Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Tomás Gutiérrez Alea, Fernando Birri, Miguel Littin, Silvio Caiozzi, Román Chalbaud, Eliseo Subiela, Juan Carlos Tabío, Carlos Carrera, Beto Gómez, Dana Rotberg, Nicolás Acuña, Victor Gaviria y Arturo Sotto, entre otros. No son imitadores de Buñuel, ni discípulos, e incluso algunos confiesan desconocer la mayor parte de su filmografía. En cambio, todos ellos han hecho del cine, como lo hiciera Buñuel, un instrumento de poesía en permanente búsqueda de libertad. El influjo del cineasta de Calanda en estos autores es más conceptual que formal, si bien nunca faltan las citaciones intencionadas, ni las coincidencias temáticas, las atmósferas y las obsesiones comunes. Buñuel ha conseguido sin pretenderlo lo que pocos autores han logrado en el primer siglo de historia del cine, dejar una impronta perenne que reaviva la llama subversiva de sus filmes generación tras generación”. (2)
Para los cubanos, Buñuel, en efecto, fue desde antes que triunfara la Revolución de 1959, una de las referencias insoslayables de los futuros cineastas del ICAIC. El azar concurrente quiso que Alfredo Guevara (durante su exilio en México a finales de los años cincuenta) estuviese presente en la filmación de “Nazarín”. Tras el triunfo revolucionario, Buñuel sería uno de los primeros cineastas extranjeros en ser invitados a contribuir con su experiencia a la consolidación del ICAIC, y el calandino no dudó en mostrar su respaldo rápidamente en la siguiente misiva:
“México 27 de diciembre de 1959
Sr. Alfredo Guevara
Director del I.C. del A.I.C.
HABANA
Mi querido amigo:
Gracias por su carta tan llena de entusiasmo y tan prometedora para el cine de la nueva Cuba. No puede imaginarse como les deseo un triunfo total pues se encuentran en magníficas condiciones para hacer un buen cine. Aprovechen bien el momento ya que tienen las riendas en sus manos porque del futuro nadie puede responder. Ganen todo el camino que puedan antes de que comience a levantar el vuelo el “siniestro buitre” comercial. Contémplense en el espejo de México y vean a lo que esa “siniestrísima ave” ha reducido su cine. Lo que hagan hoy podrá servir de guía para el mañana. ¿En qué puedo servirles? Lo ignoro. Pero cuenten conmigo para lo que deseen.
Un abrazo muy fuerte,
Luis Buñuel” (3)
Si revisamos el primer Boletín (Servicio de Información y Traducciones) publicado por el ICAIC en agosto de 1962 podemos encontrar un artículo firmado por Michel Capdenac (“El secreto de Buñuel”), así como un compendio bastante amplio de opiniones alrededor de “Viridiana”, el filme que por entonces acababa de estrenar. Es por esa fecha que Buñuel debe haber propuesto al ICAIC el surrealista argumento de “Ilegible, hijo de flauta”, un proyecto concebido inicialmente junto al escritor Juan Larrea, y que como es conocido, nunca llegó a ser filmado. ¿Por qué el surrealismo de Buñuel resultó menos atractivo al ICAIC que el surrealismo que Armand Gatti propuso en “El otro Cristóbal”? Es un enigma que tal vez no consigamos poner en claro jamás.
Buñuel, a diferencia de Cesare Zavattini, Joris Ivens, Agnes Varda, o Theodor Christensen, nunca llegó a filmar en la isla, pero siguió siendo uno de los realizadores extranjeros que más atención recibiría en la revista “Cine Cubano”. Los cineastas del ICAIC lo seguían admirando como el gran humanista que fue, a pesar de que en los círculos más dogmáticos de la élite revolucionaria, la recepción de su cine no siempre resultó la más complaciente, como se puso de manifiesto en aquellas polémicas protagonizadas por Blas Roca y Alfredo Guevara a finales de 1963, y donde el primero denunciaba como “inconvenientes para el pueblo” un grupo de cintas (entre ellas “El ángel exterminador”/ 1961) que ofrecían una imagen pesimista de la realidad. En un contexto como aquel, un contexto donde la euforia colectiva solo tenía en mente la construcción de un orden social cualitativamente superior, ese escepticismo sistemático que está en la raíz misma del cine de Buñuel, contrariaba por completo la visión utópica que la izquierda del instante tenía del recién iniciado proceso revolucionario.
No cuento con elemento alguno que me permita tener una idea de cuál fue la posición de Buñuel ante “el caso Padilla”, que tanto dividió a la izquierda del momento en cuanto a Cuba. La verdad es que me resulta difícil pensar que alguien como Buñuel, tan hostil a todo lo que oliese a sectarismo, a monopolio intelectual por parte de un grupo (ya fuese religioso o político), no se hubiese sumado a las críticas realizadas entonces a la Revolución cubana, dada la negativa publicidad que esos incidentes alcanzaron en el mundo.
Buñuel, que en su momento llegó a comentar sobre el partido comunista español que “no podía soportar el orden del día, las interminables consideraciones, ni el espíritu celular”, y que veía en la libertad del individuo la única razón de ser de nuestra dignidad, encajaría más bien en el grupo de los alarmados. Pero, si las tenía, no quiso hacer públicas sus reservas. O las hizo y yo no me he enterado. O tal vez asumió la misma posición que Julio Cortázar, quien después de firmar la primera misiva que enviaron los intelectuales desde Europa a Fidel, decidió no figurar en la segunda por entender que eso se prestaba a una manipulación mayor por parte del “imperialismo”, a su juicio, el verdadero culpable de las penurias de una mayoría de desposeídos en el continente.
Lo cierto es que en 1972 (año en que su película “El discreto encanto de la burguesía” gana el Oscar al mejor filme de habla no inglesa), la revista “Cine Cubano” Nro. 76/77 le dedica a Buñuel un enjundioso dossier donde incluso aparece un fragmento del guión nunca realizado de “Ilegible, hijo de flauta”. Por otro lado, casi un año antes de morir (29 de julio de 1983) le escribe la siguiente carta a Alfredo Guevara:
“México 20 septiembre 1982
Alfredo Guevara
Ministerio de Cultura
La Habana
Mi querido amigo Alfredo Guevara.
¡Cómo no voy a recordarle cuando estuvimos más de un mes viéndonos diariamente durante la realización de NAZARÍN! Después he tenido a menudo noticias suyas y de su trabajo para organizar el cine cubano pues no llega ningún amigo mío de esa ciudad que no me de noticias suyas y de su actividad.
Mucho le agradezco el tono tan cordial de la carta que me hizo llegar con García Márquez y del honor que me hace al proponerme una entrevista filmada para su cineteca. Por desgracia y sobre todo por razones de salud estoy TOTALMENTE al margen del “Mundanal Ruido”. Hace ya tres años que apenas salgo de casa y más de cinco que no pongo los pies en un cine. Jamás veo T.V. Mis 82 años se dejan sentir y cada día siento algún fallo físico. Mi vista es pésima tanto que casi no puedo leer. Mis piernas flaquean y… basta de confesiones clínico-médicas. Amigo Guevara ya no estoy apto para interviews de ninguna clase. Todo eso no obsta para que si algún día viene V. a México tenga un gran gusto en verle y cambiar impresiones sobre sus actividades.
Un abrazo muy amistoso de
Buñuel”
¿Estuvo al tanto Buñuel de lo ocurrido en la isla a lo largo de esa década tan funesta? ¿Le llegaron los ecos del “quinquenio gris” o “decenio negro”? Es algo difícil de precisar. Tal vez Buñuel entendía que lo más importante era mantener a raya “el siniestro buitre comercial”, si bien eso entraba en contradicción con algo que afirmara en algún momento: “Si me propusieran quemar todas mis películas, lo haría sin pensarlo un momento. A mí no me interesa el arte, sino la gente”.
En lo personal, esta última observación siempre me ha parecido genial. O ¿acaso no es genial ese artista que admite que su ego no es el centro del mundo, sin que ello implique un trauma? Mi criterio es que Buñuel fue, hasta el final de sus días, uno de los espíritus más libres que se asomó al siglo XX. Aprendió a no esperar tanto de las revoluciones colectivas, como de él mismo. Detestó a partes iguales los totalitarismos ideológicos, y la moral burguesa que convierte en mediocre casi todo lo que toca, como alcanzó a denunciar Nietzsche.
Aspiró a una aristocracia espiritual, disimulando esa pretensión con lo que él llamaba un “anarquismo moderado”. Puso su personalidad (humana, demasiada humana) al servicio de un proyecto de vida que tenía una finalidad claramente libertaria, y donde lo importante no era traficar con la retórica del dolor, sino saber lidiar con el dolor mismo.
Juan Antonio García Borrero
NOTAS:
1) Luciano Castillo. “Carpentier en el reino de la imagen”. Ediciones UNION, La Habana, 2006.
2) Francisco J. Millán Agudo. “Las huellas de Buñuel (Influencias en el cine latinoamericano). Instituto de Estudios Turolenses. Teruel, 2004.
3) Revista “Nuevo Cine Latinoamericano” Nro. 5, Invierno 2003, pp 68-69.
4) Revista “Nuevo Cine Latinoamericano” Nro. 5, Invierno 2003, pp 68-69.

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