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Categoría: LA VUELTA AL MUNDO EN OCHENTA CINES

CASABLANCA

jagb 05/07/2008 @ 14:24

En mi primer Casablanca, el personaje de Humphrey Bogart no le pide a Sam que toque otra vez “As Time Goes By” (en realidad, sabemos que esa petición no existe: que todo fue un memorable despiste de Woody Allen). Tampoco aparece Ingrid Bergman, con ese magistral derroche de cursilería que bien le pudo costar un Oscar a la secuencia más ridícula, cuando pregunta si aquello que se escucha en lontananza son los cañonazos de los alemanes o el eco de su propio corazón. Ese, el filme, fue mi segundo Casablanca.: Pero antes, en mi caso, hubo otro Casablanca que me llevó a fetichizar la película: el cine Casablanca.

Para cualquiera que haya vivido en Camagüey, Casablanca siempre fue un poco como el bar de Rick: el sitio donde todo el mundo tenía que ir aunque fuera una vez al año. Llegó a tener gente que, lunes por lunes (ese era el día que entonces se estrenaban los filmes) se fugaban puntuales de sus trabajos. Hicieron del contrabando de rumores que más tarde determinarían la suerte del estreno, casi una profesión.

Casablanca no fue el cine más grande de la ciudad, ni el más vistoso (ese adjetivo le corresponde al Alkázar), pero sí el más popular. Tenía 1200 capacidades, lo cual hoy puede parecernos monstruoso, mas no pocas fueron las oportunidades en que la fila de “moviegoers” (para seguir con terminología hollywoodense) llegaba hasta la calle Lope Recio, colapsando la paciencia de los choferes que transitaban por Estrada Palma.

No tengo la certeza de cuál pudo ser la película más taquillera que pasó por allí. Hay quien habla de las aglomeraciones provocadas por “La vida sigue igual”, con Julio Iglesias. Otros, de una cinta mexicana titulada “La niña de los hoyitos”, que de tanto exhibirse, al final ni los hoyitos se veían. Entre las que yo evoco, con cristales rotos, policías controlando el acceso al pequeño parque aledaño al cine, y todo un ritual carnavalizante de la ansiedad colectiva, está la cubana “La Bella del Alhambra”, de Enrique Pineda Barnet.

Guillermo Cabrera Infante decía que “lo malo de ser cubano es que, en cuanto uno habla en serio, suena a la letra de un bolero conocido”. Sé que corro el riesgo de que, sobre todo los más jóvenes, perciban en estas líneas una incurable proximidad a lo sensiblero. Es lógico: estoy hablando de algo que ya no existe. Que tal vez nunca existió, pues seguro hay tantos cines Casablanca, como personas han pasado por allí.

Cada espectador lo recordará a su modo. Para unos, ese lugar será asociado a la inocencia de la infancia. Otros lo evocarán como una oscura Catedral donde era posible elevarle al Deseo reprimido las más fervientes plegarias. No quiero idealizar ese sitio: solo digo que, en mi caso, Casablanca fue el principio de una larga amistad con el cine.

Juan Antonio García Borrero

BENÁLMADENA: FESTIVAL INTERNACIONAL DE CORTOMETRAJE Y CINE ALTERNATIVO

jagb 29/06/2008 @ 14:28

Para Carolina Schwarzmann.

Desde el cuarto piso del Hotel “Alay” se obtiene una vista impresionante de la parte costera de Benalmádena. Tan fabulosa que a veces pienso me la he inventado. Que son mentiras todos esos yates atracados en el fotogénico “Puerto Marina”. Como en Marbella (otra de esas ciudades malagueñas que parecen soñadas en vísperas de la peor de las resacas), puedes coincidir con los dueños de esos yates donde caben tres casas, en cualquiera de los restaurantes baratos que hay a lo largo del paseo marítimo. Ser millonario le toca a unos pocos, pero ni siquiera los millonarios se pueden dar el lujo de prescindir, alguna que otra vez, de comportarse como la mayoría de los mortales. Así que te los puedes encontrar en el paseo marítimo, comiendo pescaditos fritos, o comida china.

Lo único que no me gusta del hotel “Alay” es que desde allí no se pueden ver las tres cosas que, en lo personal, más me seducen de Benalmádena: el restaurante “La Alborada” (de todos los restaurantes que conozco de Andalucía, este es donde mejor se come); el parque “Las Palomas” (un refugio envidiable para reencontrarse con uno mismo si te ves enredado en los laberintos de la soledad), y ese festival de cine alternativo que justo este año arriba a su décima edición.

No sé hasta qué punto la población más estable de Benalmádena (descarto a ese número cada vez más crecido de ingleses que vienen y van, y que no se enteran de otra cosa que no sea el buen clima) esté al tanto de la proyección internacional que ha ganado ese lugar en el contexto cinematográfico. Recordemos que allá por los años setenta, cuando todavía España estaba bajo las órdenes de Franco, cuentan que en Benalmádena hicieron un festival que anunciaba en voz baja los cambios inminentes que comenzaban a producirse en el país. En la prensa de la época se conservan recuerdos de aquellos incidentes donde hoy sabemos iba germinando la transición política. Porque en el fondo, toda transición política empieza con esas maneras en que el arte invita a imaginar de otro modo la vida.

El “Festival Internacional de Cortometraje y Cine Alternativo de Benalmádena” (FICCAB) no es exactamente la prolongación de aquel espacio: en realidad es otro que promete convertirse en un referente insoslayable para aquellos que ven en el audiovisual mucho más que un narcótico. Por allí han pasado auténticas personalidades del cine más independiente. Y se han proyectado películas que incitan a repensar críticamente el mundo y lo que somos.

Los cubanos que aman su cine tienen una deuda inmensa con este espacio. Ha sido el único festival del planeta que ha accedido a revisar la producción audiovisual realizada por cubanos fuera de la isla. Y hasta un libro le ha dedicado, gracias a la sugerencia de Paco Jiménez. A pesar de que esa producción viene existiendo desde el mismo instante en que triunfara la Revolución de 1959, cuando cineastas como Manolo Alonso decidieron exiliarse por razones políticas, esas creaciones jamás han existido para la historiografía más tradicional, pero tampoco para aquellos festivales que, ya sea por razones ideológicas o culturales, la han ignorado de manera sistemática.

Le debemos, pues, a la sensibilidad de Jaime Nogueras, el director del Festival, la aproximación ante un tema que va más allá de lo binario (“los que se fueron vs. los que se quedaron”). Una sensibilidad que le permitió no solo entusiasmarse con la posibilidad de preparar un libro sobre el tema (único de su tipo hasta el momento), sino de conformar un ciclo donde lo mismo podían encontrarse las películas que Fausto Canel realizara hacia finales de los sesenta en Europa, las producciones de Iván Acosta, Orestes Matacena, o Camilo Vila, los video-artes de Dinorah de Jesús, que los cortos que, más acá en el tiempo, ha realizado Ernesto Fundora en México.

Por eso es que, por el momento, se le tenga que agradecer al festival de Benalmádena el préstamo de su espacio para exhibir ese audiovisual que también forma parte del patrimonio cultural de la nación. Supongo que llegará un momento en que venideras generaciones vean con naturalidad esas historias contadas por cubanos más allá de la isla. Supongo que ese día, si todavía existen los humanos, podrá entenderse mejor aquello de que “cultura es lo que queda, después que se ha olvidado todo”.

Juan Antonio García Borrero

LO EFÍMERO Y LO TRASCENDENTE: UNA EXPERIENCIA EN BARCELONA

jagb 23/06/2008 @ 14:46

Para Montse

Me sucedió en Barcelona, el año pasado. Una amiga catalana me había invitado a comer en uno de esos restaurantes que hay en las famosas Ramblas. A mi amiga le interesaba hablar de cine cubano, en especial de la obra de Fernando Pérez, un cineasta a quien considera que ya habita la trascendencia.

En algún momento le hice notar que una película como “Suite Habana” necesita que transcurran unos veinte minutos, para que el espectador comprenda que está pasando “algo”. Hasta ese momento, agregué, tanto Fernando Pérez, como el fotógrafo Raúl Pérez Ureta, han dejado que la cinta fluya como fluye la vida misma: como un compendio de momentos anodinos, o por lo menos, de momentos que no se distinguen de ese conjunto de rutinas grises en que los seres humanos nos vemos sumergidos a diario. ¿Cine directo? No exactamente, porque el montaje de Julia Yip muy pronto pone en evidencia que hay una construcción de sentidos detrás de esa trama coral que se va tejiendo. “Lo interesante”, concluí, “es que la trama se vuelve trascendente a partir del uso de lo efímero”.

¿Cómo es posible, preguntó mi amiga, que una película que evade voluntariamente la exposición de hechos “importantes”, termine conformando uno de los relatos más perecederos de la historia el cine cubano?, ¿por qué ese inventario moroso de acontecimientos fugaces puede llegar a conmovernos, y persistir en nuestras retinas más de veinticuatro veces por segundo?

Le recordé que tal vez la clave la ofreció hace mucho tiempo Graham Greene: “Nadie sabe exactamente lo que dura un minuto de sufrimiento”, escribió. A lo que yo añadiría: o un minuto de placer. Creo que el verdadero artista es aquel que sabe captar la eternidad de esos sesenta segundos en que la emoción nos convierte a todos en “seres humanos”. Quiero decir, en seres vulnerables y frágiles. ¿No fue ese el minuto que captó Bergman en la mirada de terror de la doncella antes de ser mancillada en “La fuente de la virgen”?, ¿o Kurosawa en “Rashomon”?, ¿O Buñuel en “Viridiana”?, ¿o Fellini en “La dulce vida”?, ¿O Truffaut en “Los cuatrocientos golpes”? Esas películas no son recordadas en su totalidad, sino en virtud de ciertos fotogramas, ciertos momentos que muestran a sus protagonistas arrasados por lo exiguo.

Nos habían servido los primeros platos, cuando de repente detrás de mi amiga una muchedumbre comenzó a agolparse. Me bastaron tres segundos para saber de qué se trataba. La dejé con la palabra en la boca, y cámara digital en mano, corrí a luchar lo mío. Al regreso no hubo reproche alguno en su mirada, pero sí un ligero desconcierto que intentó neutralizar ofreciéndome otra copa de vino.

Brindamos, y por un rato olvidamos la posible trascendencia del cine cubano, para comentar las tres o cuatro fotos que conseguí tomar de Woody Allen y Scarlett Johansson (sobre todo de ella), mientras filmaban en “Las Ramblas”. Le dije: ¿si Rohmer hizo todo un largometraje para filmar la rodilla de Clara, por qué yo no podía obsesionarme con las piernas de Scarlett? Ahora mi amiga sabe por qué me gustan esas películas donde aparentemente no pasa nada: en mí también la vida ha creado adicción a la eternidad de lo efímero.

Juan Antonio García Borrero