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Categoría: LAS MEJORES PELICULAS DEL CINE CUBANO

MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO (1968), de Tomás Gutiérrez Alea (Fragmento)

jagb 02/07/2007 @ 20:05

¿Qué hace que una película como “Memorias del subdesarrollo” siga resultando, cuando menos, inquietante? Mi tesis podrá sonar atrevida, pero creo que en un contexto como aquel, y a través de una película como esa, el ICAIC, más que exportar una ideología, lo que consiguió imponer fue una manera (otra) de pensar y realizar el cine, y aunque eso beneficiaba en términos de imagen a la Revolución, seducía mucho más a los cineastas de izquierda porque significaba una prueba concreta de que, en efecto, otro cine también era posible, incluso allí donde no existían las mejores condiciones económicas.

Luego, el personaje de Sergio, si bien se mueve en esa realidad concreta que es la Revolución cubana, alcanza a simbolizar a ese tipo de intelectual que gusta de mantener una distancia crítica ante todo aquello que huela a deberes colectivos. Sus dudas y contradicciones son las mismas que pueden haber embargado a aquel Miguel de Unamuno que en su momento asegurara no creer en más revolución “que en la interior, en la personal, en el culto a la verdad”. Las de Sergio son observaciones que parecen ir contra el sentido común, pero que en realidad buscan poner de relieve la trágica ambigüedad de ese sentido que, más que común, parece hijo de ciertas circunstancias, y que por tanto se adivina irracional. Ningún otro personaje del cine cubano, realizado dentro o fuera del ICAIC (dentro o fuera de la isla) ha conseguido tanta lucidez a la hora de evaluar esa construcción que hoy conocemos por “cubanía”.

Sí, no hay dudas de que 1968 fue un año importante para el cine cubano, pero también fue precursor de grandes congojas para la cultura nacional. Ese mismo año, desde las páginas de la revista “Verde Olivo”, un oscuro personaje agazapado detrás del seudónimo de Leopoldo Ávila, iniciaba sus sistemáticos ataques a todo aquello que no fuera claramente “revolucionario”. Sus argumentos no superaban el estatus de una rabieta patriótica en la que una y otra vez se demonizaba esa producción que pusiera en duda la dignidad de la Revolución, y de paso, el carácter malévolo del imperialismo. Esa obsesión le lleva a escribir frases en las que se adivina un sentido de la cursilería política sencillamente insuperable, tal como ilustra lo que subrayara a propósito de su ataque a la obra de René Ariza “La vuelta a la manzana”, premiada por la UNEAC: “Estamos levantando y defendiendo un pequeño país revolucionario muy cerca del más taimado, cruel y criminal de los enemigos”.

En el caso concreto del cine cubano, 1968 marca un antes y un después. Para muchos de los que siguieron en la isla, fue la consagración de esa producción cinematográfica que, si bien había obtenido innumerables reconocimientos por sus documentales, en cuanto a largometrajes de ficción aún estaba pendiente su mayoría de edad. No es casual que alrededor de esa fecha giren cuatro de las que se siguen considerando las películas más renovadoras del cine nacional: “Las aventuras de Juan Quin Quin” (1967), de Julio García Espinosa, “Lucía” (1968), de Humberto Solás, “La primera carga al machete” (1969), de Manuel Octavo Gómez, y desde luego, “Memorias del subdesarrollo”. Cierto que nunca más han coincidido en el tiempo igual cantidad de filmes provocadores, pero a partir de entonces se advirtió en la ficción un crecimiento, si bien nuevas circunstancias paralizaron temporalmente el espíritu crítico que mostraba “Memorias…”, para privilegiar la producción de películas historicistas.

Para los que se fueron, en cambio, “aquello terminó cuando la muerte del Che y la instauración de la ofensiva revolucionaria, y siete importantes figuras del cine cubano salieron del país casi simultáneamente… Allí terminó el primer, el mejor ICAIC”. Era el principio de una época que dejaba atrás la espontaneidad crítica para concederle más importancia al entusiasmo institucionalizado, algo que también influirá en la producción de la década posterior, aunque por fortuna, no de la misma manera que en la literatura o el teatro.

El propio Titón parecía estar al tanto del encumbramiento en el poder de toda esa mediocridad burocrática, cuando escribe a propósito de su filme:

"Hay una raza especial de gente con la que tenemos que convivir, con la que tenemos que contar, para nuestro disgusto cotidiano, en esto de construir la nueva sociedad. Son los que se creen depositarios únicos del legado revolucionario; los que saben cuál es la moral socialista y han institucionalizado la mediocridad y el provincianismo; los burócratas (con o sin buró); los que conocen el alma del pueblo y hablan de él como si fuera un niño muy prometedor del que se puede esperar mucho, pero al que hay que conocer muy bien, etcétera, etcétera (y nos parece estarlos viendo, con el brazo protector por encima de los hombros de ese niño); son los mismos que nos dicen cómo tenemos que hablarle al pueblo, cómo tenemos que vestirnos y como tenemos que pelarnos; saben lo que se puede mostrar y lo que no, porque el pueblo no está maduro todavía para conocer toda la verdad; se avergüenzan de nuestro atraso y tienen complejo de inferioridad a nivel nacional. La película se propone también, entre otras cosas, molestarlos, provocarlos, irritarlos. A ellos también va dirigida".

Juan Antonio García Borrero

1) Leopoldo Avila (seudónimo). “La vuelta a la manzana”. Revista Verde Olivo, Nro. 42, Octubre 20, 1968.
2) Canel, Fausto. “Sobre la maroma de filmar fuera de tu idioma y de tu identidad”. En “Cine cubano: nación, diáspora e identidad” (Coordinación: Juan Antonio García Borrero). Festival de Benalmádena/ Filmoteca de Cantabria, Año 2006, p 108.
3)Tomás Gutiérrez Alea. “Memorias del subdesarrollo: notas de trabajo”. Revista Cine Cubano, Nro. 45-46, 1968.

¿LAS MEJORES PELÍCULAS DEL CINE CUBANO?

jagb 10/03/2007 @ 12:27

Hace un par de meses, en París, tres estudiantes me pidieron ayuda para conformar un listado de eso que pudiéramos nombrar “las mejores películas de la historia del cine cubano”. En Francia hay un enorme interés por estudiar académicamente al cine cubano (mucho más que en Cuba, por cierto), por lo que no resulta excéntrico ese desorbitado gesto con el cual algunos intentan establecer listas canónicas.

En 1998 yo también confiaba en ese tipo de encuesta, y quienes hayan tenido la paciencia de hojear alguna vez la “Guía crítica del cine cubano de ficción”, habrán notado que en los inicios de ese volumen figuran los resultados de una consulta similar que quien esto suscribe convocara entre 18 estudiosos del tema. La relación de las películas que allí se anotaron acaso sea interesante por la diversidad de estéticas que los participantes intentaron legitimar, y que iría desde la consabida “Memorias del subdesarrollo” hasta el más vapuleado de los cineastas que alguna vez ha rodado en la isla: Juan Orol. Casi diez años después de aquel escrutinio, es probable que los criterios de expertos sigan intactos, y “Memorias del subdesarrollo”, “Lucía” o “Fresa y chocolate” continúen resultando las películas más votadas, seguramente escoltadas por “Suite Habana”.

Confieso algo: hoy en día ese tipo de herramienta para estudiar el cine cubano me parece francamente inútil, pues suele concedérsele más importancia al gusto del “experto” que elige, que a las películas mismas. Cierto que uno sabe que el tiempo a la larga se encargará de hacer la curaduría más rigurosa, desmintiendo esos juicios absolutos que alguna vez se pregonaron, pero no se puede olvidar que son los expertos, con sus relatos y preferencias a la hora de organizar los discursos quienes terminan nutriendo la memoria histórica. Y cuando esas selecciones se alimentan únicamente del gusto personal (y casi siempre es así), pues corremos el riesgo de ser, una vez más, víctimas inconscientes de la “dictadura de los críticos”. Preferiría, pues, escuchar lo que todavía tienen que decir esas películas en su enunciado original, antes de seguir confiando en lo que opinan quienes la interpretan, por honestos que puedan parecernos sus juicios.

En mi criterio particular, el estudioso del cine cubano (resida en Cuba, en Francia o en Estados Unidos) tiene que asumir ante este hecho socio-artístico una actitud que no es exactamente la del crítico del arte que solo computa las posibilidades de trascender atendiendo a los posibles aportes estéticos. El desafío va más allá: se trata de encontrar los nexos que cada película consigue establecer con la época. Chesterton afirmaba que todo en esta vida tiene un valor de uso, pues incluso un reloj que no sirve, dos veces al día da la hora exacta. Lo mismo sucede con el cine cubano: probablemente la película más delirante de Juan Orol sea útil para reflejar las peculiaridades del modelo de representación que por entonces predominaba en el imaginario de ciertos cineastas, y de paso, de los consumidores de ese cine.

Se me objetará que la coartada del “todo vale” postmoderno ha servido para encumbrar hasta sitiales insospechados obras que difícilmente resistan el paso del tiempo, pues el sentido común las devuelve al lugar que merecen, ese que se asocia al olvido. Sin embargo, un historiador (si ha escogido ese oficio, y no se lo han impuesto) no puede darse el mismo lujo que un espectador común: desechar aquello que existe siguiendo las reglas que dicta la opinión general (recuérdese que esa opinión general no es otra que la de un grupo que después acata con disciplina una mayoría). Un espectador común puede creer que pierde el tiempo viendo determinadas películas, y tiene todo su derecho a renunciar a verlas. Incluso a odiarlas (si uno no fuera historiador también las odiaría). Un investigador, en cambio, tiene el deber de explicar por qué en determinados momentos cierta película es calificada de “prescindible”, y cincuenta años después se le concede otra calificación (para el caso cubano sirve muy bien “Casta de roble”, de Manolo Alonso).

Intentar contar la historia del cine nacional tomando en cuenta solo sus grandes momentos, sería relatar apenas una parte de esa historia, esa a la cual el poder cultural ya nos ha habituado a pensar que es solo la única que vale la pena promover, satanizando el resto. Así que más que una relación de “las mejores películas del cine cubano”, en lo personal sería partidario de proponer un panorama de lo que ha sido el devenir cubano visto desde el punto de vista de los más disímiles cineastas, sin importar la época en que ejercieron el oficio, dónde viven o cómo piensan.

En ese panorama no hablaría nunca de películas más logradas que otras, si bien pueda pensar que la puesta en escena de “La última cena” es superior a la de “Memorias del subdesarrollo”, por ejemplo. Si dejamos la mirada del aldeano vanidoso a un lado, es natural que consigamos entender por qué muy pocas películas cubanas terminen figurando alguna vez en el mismo podio donde hoy aparecen algunos filmes de Orson Welles, Charles Chaplin, Jean Renoir o Federico Fellini.

Entenderíamos que las circunstancias históricas nos ha impulsado a graficar mucho más la anécdota que a meternos en la piel de lo que somos y siempre seremos: seres humanos intentando ser felices a cualquier precio. Y el verdadero arte no habla de circunstancias y anécdotas, sino de tramas que perduran. De modo que trataría de argumentar de otra forma la importancia de esas películas cubanas que desde posiciones muchas veces encontradas, han logrado reflejarnos como hemos sido, con nuestras contradicciones y miserias, nuestras virtudes y nuestras sistemáticas intolerancias.

Desde luego, la lista que a continuación ofrezco es la mía, bien personal (y ya sé que discutible). He anotado solo un grupo de filmes que se me antojan ideales para introducir el debate de otros asuntos que rebasan el estrictamente cinematográfico. Porque algo sí que debería quedarnos claro a todos los estudiosos de cine cubano: ningún cineasta, viva en la isla o fuera de ella, sea partidario de la Revolución o furibundo detractor, haya trabajado en el período silente o aún explore las posibilidades de las nuevas tecnologías, jamás ha realizado una película por el mero placer de hacer una película. Ese cineasta siempre ha puesto el ojo en la cámara buscando enfocar algo más allá de lo que el encuadre ofrece. Buscando el fondo, más que la superficie. El ojo del cineasta nunca ha sido ni será inocente.

El listado no es exhaustivo, y probablemente mañana note que me ha faltado alguna más representativa. Recuérdese siempre que es una selección interesada, que no pretende esconder su carácter subjetivo precisamente porque no creo en la “objetividad científicas” de esas selecciones. Cada una de las películas mencionadas son apenas el punto de partida para enlazar con otras del mismo período que quizás nos confirmen tendencias generales, o nos hablen de circunstancias específicas e inesperadas que ayudan a entender mejor el contexto. La lista que ofrezco la conforman por el momento cincuenta títulos, y cada vez que tenga oportunidad intentaré colgar en este blog mis puntos de vistas puntuales sobre esos filmes. El orden que he escogido es estrictamente cronológico.

Tal vez la revisión de estas cintas realizadas en los más diversos espacios y fechas, nos ayude a entender un poco mejor qué ha significado hasta ahora “ser cubano”. O por lo menos percibir esa inefable condición en una perspectiva más compleja que la usual, pues como dijo alguna vez André Gide, aludiendo al despiste colectivo en que por lo general andamos metidos los humanos, en esta vida “todo está dicho, lo que como nadie atiende…”.

CINCUENTA PELÍCULAS PARA INTENTAR ENTENDER LO QUE HA SIDO CUBA.

LA VIRGEN DE LA CARIDAD (1930) de Ramón Peón
CASTA DE ROBLE (1953) de Manolo Alonso
LA ROSA BLANCA (1954) de Emilio (El Indio) Fernández
EL MÉGANO (1956) de Julio García Espinosa
HISTORIAS DE LA REVOLUCIÓN (1960) de Tomás Gutiérrez Alea
PM (1961) de Sabá Cabrera Infante, Orlando Jiménez Leal
LAS DOCES SILLAS (1962) de Tomás Gutiérrez Alea
CICLÓN (1963) de Santiago Álvarez
SOY CUBA (1964) de Mijail Kalatozov
DESARRAIGO (1965) de Fausto Canel
MANUELA (1966) de Humberto Solás
LA MUERTE DE UN BURÓCRATA (1966) de Tomás Gutiérrez Alea
AVENTURAS DE JUAN QUIN QUIN (1967) de Julio García Espinosa
LUCÍA (1968) de Humberto Solás
MEMORIAS DEL SUBDESARROLLO (1968) de Tomás Gutiérrez Alea
LA PRIMERA CARGA AL MACHETE (1969) de Manuel Octavio Gómez
COFFEA ARABIGA (1968) de Nicolás Guillén Landrián
ESCENAS DE LOS MUELLES (1970) de Oscar Valdés
LOS DÍAS DEL AGUA (1971) de Manuel Octavio Gómez
UNA PELEA CUBANA CONTRA LOS DEMONIOS (1971) de Tomás Gutiérrez Alea
UN DÍA DE NOVIEMBRE (1972) de Humberto Solás
DE CIERTA MANERA (1974) de Sara Gómez
LA ÚLTIMA CENA (1976) de Tomás Gutiérrez Alea
LOS SOBREVIVIENTES (1978) de Tomás Gutiérrez Alea
GUAGUASÍ (1978) de Jorge Ulla
EL SUPER (1979) de León Ichaso y Orlando Jiménez Leal.
RETRATO DE TERESA (1979) de Pastor Vega
CECILIA (1981) de Humberto Solás
SE PERMUTA (1983) de Juan Carlos Tabío
CONDUCTA IMPROPIA (1984) de Néstor Almendros, Orlando Jiménez Leal.
LEJANÍA (1985) de Jesús Díaz
AMIGOS (1985) de Iván Acosta
UNA NOVIA PARA DAVID (1985) de Orlando Rojas
PLAFF O DEMASIADO MIEDO A LA VIDA (1988) de Juan Carlos Tabío
EL ENCANTO DEL REGRESO (1988) de Emilio Oscar Alcalde.
LA BELLA DEL ALHAMBRA (1989) de Enrique Pineda Barnet
PAPELES SECUNDARIOS (1989) de Orlando Rojas
EL FANGUITO (1990) de Jorge Luis Sánchez
ALICIA EN EL PUEBLO DE MARAVILLAS (1990) de Daniel Díaz Torres
MARÍA ANTONIA (1990) de Sergio Giral
MUJER TRANSPARENTE (1990) de Héctor Veitía, Mayra Segura, Mayra Vilasís, Mario Crespo, Ana Rodríguez.
OSCUROS RINOCERONTES ENJAULADOS (1991) de Juan Carlos Cremata
FRESA Y CHOCOLATE (1993) de Tomás Gutiérrez Alea, Juan Carlos Tabío
MADAGASCAR (1994) de Fernando Pérez
MELODRAMA (1994) de Rolando Díaz
PON TU PENSAMIENTO EN MÍ (1995) de Arturo Sotto
GUANTANAMERA (1995) de Tomás Gutiérrez Alea
LA VIDA ES SILBAR (1998) de Fernando Pérez
VIDEO DE FAMILIA (2000) de Humberto Padrón
SUITE HABANA (2003) de Fernando Pérez
NADA (2003) de Juan Carlos Cremata
VIVA CUBA (2005) de Juan Carlos Cremata
FRUTAS DEL CAFÉ (2005) de Humberto Padrón