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Categoría: LIBROS SOBRE CINE CUBANO

EL CINE CUBANO A CONTRALUZ

jagb 06/12/2008 @ 14:23

No son pocos los investigadores del cine cubano que tienen en Luciano Castillo un referente insoslayable. Sin mucho escándalo, haciéndose acompañar tan solo del incesante golpear de sus dedos sobre el teclado (que es el único ruido alrededor de su persona que debería tomarse en serio un estudioso que se respete), Castillo ha logrado conformar una de las obras investigativas más sólidas producidas en Cuba, alrededor del séptimo arte.

Para probar lo anterior bastaría mencionar el libro “Ramón Peón, el hombre de los glóbulos negros” (co-escrito junto a Arturo Agramonte), sin dudas, la biografía más contundente que hasta el momento poseemos de un cineasta del patio. Por otro lado, no resulta descabellado predecir que su futura “Cronología del cine cubano” (otro texto trabajado junto a Agramonte), está llamada a convertirse en un volumen de cabecera para aquellos que decidan acercarse al séptimo arte nacional en cualquier latitud.

Los libros de Luciano Castillo, al margen de las diferencias temáticas o genéricas que se advierten entre ellos, tienen un rasgo común: la pasión cinéfila. Estamos en presencia de alguien que respira cine. Y no es una metáfora trasnochada: es que en verdad es difícil imaginar un día en la vida de Luciano Castillo sin el cine. Ignoro cuantas películas ha visto, aunque me consta que las tiene anotadas en su totalidad. Y aunque es cierto que en todo crítico hay un gran cinéfilo, me atrevería a jurar que pocos especialistas en este país (para no afirmar que ninguno) ha llegado a los extremos de cinefilia en que ha caído Luciano Castillo, como eso de viajar desde Camaguey a La Habana (algo más engorroso que desplazarse de La Habana a Madrid) durante un fin de semana, tan solo para ver una película que estrenarán como parte de una programación especial, y que por tanto, difícilmente puede verse otra vez.

No disimulo que hay en estas líneas mucho de admiración, y también de gratitud. Para una persona formada en Camaguey, lejos de las posibilidades que siempre brinda la capital, Luciano Castillo significa algo más que un simple nombre. Sigue siendo, ante todo, un ejemplo inspirador. El maestro que no cesa de sorprendernos. De hecho, Luciano fue el primero en demostrarnos que aquello del fatalismo geográfico de los críticos de provincias es la excusa perfecta del perezoso.

Y allí está esa amplia obra que va trascendiendo fronteras físicas, pero que igual se adivina que perdurará en el tiempo, como mismo persevera en la memoria de los camagüeyanos su incansable gestión al frente del cine-club “Glauber Rocha” de la Biblioteca “Julio Antonio Mella”, o la conducción impecable del programa “Claqueta”, que nada tenía que envidiar a los programas nacionales. No es gratuito que en las páginas iniciales de “A contraluz”, el nuevo libro de Castillo, este evoque aquella noche del 20 de enero de 1969 en que proyectaran “Los cuatrocientos golpes” (1959), de Francois Truffaut, en el céntrico cine Casablanca. Era la primera exhibición de la Cinemateca de Cuba en la ciudad, programación de la que con el tiempo se convertiría en su más celoso difusor.

Si me he entretenido en estas observaciones alrededor de la persona de Luciano Castillo, es para llamar la atención sobre una de las cualidades que sabe imprimirle a cada uno de sus textos: la cualidad de no dejarnos tranquilos. Quizás no lo veamos ahora mismo, pero sus aportes investigativos permitirán otorgarle una mayor hondura, cuando no un rediseño, a ese relato en torno al séptimo arte nacional que hasta ahora conocemos. En tal sentido, “A contraluz” puede ser un ejemplo de esa nueva sensibilidad historiográfica que ahora mismo se detecta como necesidad alrededor del cine cubano.

Se sabe que el devenir del séptimo arte nacional, hasta hace poco era descrito con un enfoque claramente “icaicentrista”. A ello hay que sumar que, por lo general, apenas se ha tomado en cuenta el punto de vista de los directores, tal vez en un empeño bastante discutible de traspolar las teorías del “cine de autor” a nuestra producción. El resultado sigue estando a la vista: una historia unidireccional, que al descansar en la engañosa idea del Progreso (pilar de la modernidad) se limita a tomar en cuenta solo aquello que responde al proyecto colectivo, con la consiguiente omisión o satanización de aquellas subjetividades que no coinciden con las expectativas plurales.

Es cierto que aún estamos lejos de haber corregido del todo esa historiografía mutiladora. Nos faltan aún análisis capaces de vincular la producción del ICAIC a las diversas coyunturas culturales que ha conocido el país a lo largo del proceso revolucionario. También nos falta superar el estereotipo que hace pensar en ese centro productor como una entidad carente de conflictos o tensiones internas. Precisamente indagar en esas diferencias nos ayudaría a entender mucho mejor la riqueza de un proyecto que ha sobresalido en el contexto de la cultura nacional justo por representar una suerte de imagen iconoclasta.

Por suerte, hay ya un par de libros que están contribuyendo a enriquecer la perspectiva de conjunto. El primero de ellos tal vez lo sea “Tiempo de fundación”, texto de Alfredo Guevara donde es posible percibir sus famosas dotes de polemista, pero también, un penetrante panorama de lo que ha sido la cultura cubana en sus últimas cuatro décadas. El otro es el epistolario de Tomás Gutiérrez Alea, igual de revelador y polémico, y que se presentará en La Habana, el próximo 11 de diciembre.

“A contraluz” pudiera sumarse a esa lista de textos valiosos por desmitificadores. Al incluir las entrevistas a Nelson Rodríguez y Livio Delgado, Luciano Castillo está logrando concederle espacio a todas esas voces sumergidas por el estruendo que provoca la historiografía hegemónica, esa que se construye a tenor de “la política de autor”. El investigador sabe de la necesidad que tiene el nuevo historiador de democratizar el relato que habla del cine nacional, pues no bastan las declaraciones de los realizadores: es preciso explorar en todas las capas que hacen posible el cine, e interceptar los sentidos ocultos tras esa realidad escurridiza.

¿Cómo referirnos a esa nueva actitud intelectual del historiador, una actitud que se muestra interesada en recuperar el hecho humano más allá de la reseña fría del acontecimiento, y que en otras áreas se le ha nombrado “historia antropológica”?. Precisamente las declaraciones de Nelson Rodríguez, Livio Delgado y Fernando Pérez recogidas en este libro de Luciano Castillo, bastarían para demostrar la urgencia de operar con un método que explore en las profundidades del texto fílmico, capaz de detectar la confluencia de múltiples estructuras que conforman ese discurso final que conocemos por “el filme”.

No estamos hablando solo de las estructuras más notorias, como puede ser el modo en que se organiza la industria o se plantea una colaboración entre un realizador y un director de fotografía, sino que estamos comentando la necesidad de estudiar las estructuras mentales que conforman una época, y que determinan hasta la textura emotiva de ese cine que se realiza.
Luciano Castillo nos confirma en este libro que el cine cubano aún tiene muchos ángulos que develar. Una prueba de ello tal vez lo sea el ensayo referido a la zona documental dentro del cine de Tomás Gutiérrez Alea. Titón había quedado en nuestra memoria como el realizador cubano que más lejos llegó con el cine de ficción, y sin embargo, hay en sus películas una raíz documental que no siempre se ha tomado en cuenta, y que ahora Luciano estudia con notable serenidad y rigor. Investigador incansable que ha arribado a su plena madurez, puede asegurarse que con sus textos, el estudio del cine cubano gana en profundidad.

Juan Antonio García Borrero

EMILIO BALLAGAS Y EL OTRO FRANCISCO…

jagb 17/11/2008 @ 13:02

Me ha encantado este texto leído el pasado 10 de noviembre por Oneyda González en la Biblioteca Provincial “Julio Antonio Mella” (Camagüey, Cuba), a propósito de la presentación de un libro de Cira Romero que tiene como título “Emilio Ballagas y el cine: un guión en tránsito” (Editorial Ácana, 2007).

Fue una de las tantas actividades celebradas en ocasión del centenario del poeta, y a lo que habría que sumar (para seguir en el terreno del audiovisual) la realización de un documental de Gustavo Pérez sobre el bardo, que lleva como título un verso de Ballagas (“La fina arquitectura de la rosa/ 2008), y que cuenta con guión de Emilia Sánchez y Luis Díaz.

No tengo aún el libro de Cira Romero en mis manos, pero el texto de Oneyda invita a adentrarse en esas páginas. Será interesante apreciar la visión que Ballagas tenía de la novela “Francisco”, de Anselmo Suárez y Romero, la cual pensaba adaptar, y que en el año 1974 diera lugar al largometraje de Sergio Giral “El otro Francisco”.

Como se sabe, el filme de Giral se propuso partir de ese texto literario que, aunque antiesclavista, no podía prescindir de un tono entre romántico e idealista, lo que daba buena cuenta de la ideología reformista de su autor. Pero al cineasta le interesó ir más allá de esas descripciones estilizadas, para someter a crítica la época y el contexto en que se originó la obra.

¿Cuáles serían los móviles que animaban a Ballagas?, ¿acaso la adaptación fiel del original literario?, ¿o esperaba aportar con su sensibilidad un punto de vista crítico que estuviese a la altura de lo conseguido por Fernando Ortiz en sus denuncias ensayísticas del esclavismo? Siempre nos quedará sin responder esas interrogantes, pero por lo pronto, se agradece el hallazgo de Cira Romero, y la entusiasta invitación que Oneyda González nos hace a adentrarnos en su lectura. De allí que agradezca la gentileza de la última al permitirme compartir su texto con los lectores del blog.

Juan Antonio García Borrero

AL CENTRO DEL PARQUE HAY UNA FUENTE
Oneyda González

Entrar al Instituto de Literatura y Lingüística puede parecer un acto de magia. Todo cambia al rebasar el pórtico del edificio, dejando atrás el barullo de Carlos Tercero, tan indiferente a su atmósfera clásica. De inmediato se accede a una galería impasible en su quietud, que bordea un parque de vegetación exuberante. Al centro del parque, mana sin descanso una fuente. Y digo parque cuando tal vez deba decir patio, porque este es para mí como el primero de los sitios posibles para enamorar.

Piénsese en un acto de conquista que no se reduce al enamoramiento más propiamente erótico, aunque podría ser bueno enamorar allí de esa manera. Digo enamorar-se de la vida, de la ambición por descubrirla. Es un sitio para el placer de los sentidos, y del entendimiento. Y es un parque audiovisual: ya mencioné el manar incesante de una fuente, aunque no a los pajarillos y otras lindezas que se escuchan sin dificultad, porque en este sitio, normalmente se habla en voz baja.
Entonces aquel parque: jardín, vergel, huerto, prado, oasis, edén, quinta, vedado, O PATIO, es un parque para enamorar. Tanto es así, que ahora que intento recordarlo, tengo una visión más clara de él, que de la sala adyacente, donde el ánimo clásico(neo), intenta impresionarnos con los retratos de las más grandes mentalidades de nuestra cultura (fue la sede de la Sociedad Económica de Amigos del País, no hay que olvidarlo), pero tal vez sea más agradable encontrarse con sus fantasmas cavilando entre la fronda. Dejemos el susodicho patio, y sigamos por la galería hasta la biblioteca: MAYOR SILENCIO, anotaría en mayúscula, el guionista.

Justo allí tuvo lugar el hallazgo del que tengo la misión de hablarles: un guión inédito de Emilio Ballagas, ese camagüeyano de rostro amable a quien estamos celebrando el cumpleaños. El título del libro de Cira Romero despierta sospechas de inmediato: "Emilio Ballagas y el cine: un guión en tránsito". Es un guión que no llegó a serlo definitivamente: quedó inconcluso, y no hay modo de saber la causa. Pero aún así es un texto que provoca entusiasmo. Intentaré comentarles algunas de las ideas, y emociones, que me reveló su lectura, pero antes quiero referirme a otros aspectos.

En la primera parte del libro, Cira Romero nos comenta acerca del escritor en el cine. Me llama la atención una referencia suya a la opinión del poeta francés Paul Valery, quien creía, primero, que: "el cine distrae al espectador de las entrañas de sí mismo", y segundo, que "este arte debería oponerse al teatro y a la novela, que sobre todo son artes de la palabra". Y me llama la atención por lo que avizora. El mejor de los productos cinematográficos de siempre, intentó y consiguió "distraer", es decir engañar y/o alejar al espectador "de las entrañas de sí mismo". El cine actual tiene esa como una de sus tareas favoritas: distraer, pero no solo por complacer, lo que también es lícito, el cine de arte busca distanciar y enredar nuestros sentidos en su engañifa, en el simulacro de la representación que ha implicado a casi toda la producción simbólica de nuestra época, como al hombre mismo.

Que la literatura es "sobre todo un arte de la palabra" es un acierto. El genial poeta ha dejado dicho entre líneas que hay algo más que palabra (es decir, léxico) en el trabajo del escritor. El escritor/artista está buscando la imago, y de cierto modo está combatiendo al logos, al menos si éste resulta vacío e ineficiente. Los más adelantados escritores no se conforman con dar un orden lineal a sus ideas y emociones, buscan la construcción de la imagen a base de la re-construcción del lenguaje.

Que el cine deba combatir al teatro y a la literatura, si lo vemos en un sentido de progreso, es una idea perfecta, porque combatir es también negar, o cuando menos trascender. De otra manera el cine sería un apéndice de las otras artes, y no el arte lleno de promesas que hoy nos ayuda a ver el mundo de una manera cada vez más democrática. Y vuelvo a insistir en no tomarse muy en serio el valor de la palabra. Aquí "democrática" no es lo que la mayoría de las veces nos han dicho que es.

Sobre estos enredos de la comunicación ha dicho Michel Foucault: "Cuando decimos lo que vemos, es en vano; lo que vemos jamás está en lo que decimos". Pero si tomamos a Foucault al pie de la letra (o de la palabra), no estaríamos aquí, yo leyendo lo que he escrito, y ustedes escuchándolo. El lenguaje es una necesidad, pero hay que verlo más democráticamente, como a los géneros, como a las razas, como a la sexualidad, como a la vida. Hay que abrir los sentidos para saber qué decimos cuando decimos lenguaje.
De ahí lo triste de una de las afirmaciones que enuncia la investigadora: "nuestra producción cinematográfica ha historiado más que inventado". Es el acontecer narrado linealmente, es la configuración más abstracta de la vida, lo que ha definido al cine cubano. Por supuesto que hay un buen número de excepciones ampliamente conocidas en esa producción, y por supuesto que no es un fenómeno exclusivamente nuestro. El mundo entra a penas en la trascendencia de lo abstracto por lo imaginario. Aunque nos separen ya casi cien años de las primeras vanguardias, todavía estamos en ese debate. El cine, tan joven como es, pero ya maduro, empieza a revolucionar el pensamiento.

No es de extrañar que desde sus inicios los poetas quisieran frecuentarlo. Tampoco es extraño que yo quiera llamar poeta a Lino Novás Calvo, quien dijo: "Nada me gustaría tanto como ayudar a hacer la primera gran película cubana". Y lo decía con tristeza, porque ante sus ojos se producía un cine mediocre. Muchos coincidirán conmigo en la asombrosa audiovisualidad de su novela "Pedro Blanco el negrero", su calidad imaginativa, su combate feroz contra cualquier linealidad, contra cualquier modo construido y antidemocrático de percibir el mundo. Una novela puede ser también terreno para la poesía, el cine es terreno para la poesía, porque no se trata de llenarlo de palabras, sino de encontrar aquello representativo, a fin de cuentas, la imago.

Parece que me fui del hilo, pero no. Emilio Ballagas, poeta y pensador cabal, entendió de qué se trataba. El guión de marras es la adaptación de una novela, y ello va a servir para observar el proceso. Se trata de "Francisco", obra de juventud de Anselmo Suárez y Romero, ubicada en medio de la tragedia de la esclavitud africana en nuestra isla durante el siglo XIX. Las pocas páginas del guión, solo once, tienen por lo menos tres escenas para probar su eficiencia.

Al enfrentar una de esas escenas por primera vez, me dio risa. Se las cuento para que observen qué me hizo reír de tan buena gana. Dice el guionista: "Casa de trapiche de un ingenio de azúcar en 1875. Fondo de paisaje (tomado en exterior) palmeras, seibas, cañaverales, vuelo parsimonioso de tiñosas". Qué es eso de parsimonioso, me preguntaba. Qué se haría un productor al que le pidieran que pusiera esas tiñosas a volar parsimoniosamente. Me dio gracia en principio, pero me di cuenta luego de que en ciertos casos, y casi en cualquier caso, las tiñosas vuelan de una manera parsimoniosa. No van como las aves migratorias hacia un destino fijado. Su destino es éste. Sobrevivir es para ellas esperar a que se aparten los intrusos para bajar en busca de la carne recién muerta. De modo que las tiñosas han de volar parsimoniosamente. Ahí está lo significativo. Se ha elegido un animal de esta región, con lo cual se está definiendo una fauna concreta, pero además se está refiriendo a muertes posibles, entre ellas las de los negros, que morían en los campos, unas veces por suicidios otras por homicidios autorizados. Los negros, entonces, no eran nada.

La segunda de las escenas está escrita como sigue: "Ricardo (el mayoral) se va a examinar el azúcar de la casa de calderas, descarga furiosos cuerazos sobre cada uno de los negros y mulatos que están trabajando, recorre los bagaceros, los juntadores y los cargadores de caña. Azota de nuevo a los trabajadores. Y por fin de recuesta en una silla de cuero crudo junto al trapiche, con las piernas cruzadas, fumando su tabaco, durmiéndose mientras un catey subido a su cabeza lo espulga".

Es una escena llena de movimiento, de acontecer, no hay palabras que obliguen a formarnos una idea fija. Esta dicho todo con la claridad necesaria para que sea entendido por cualquiera de los miembros del equipo, desde el productor hasta los actores y, sobre todo, qué nivel simbólico, qué manera de decirnos que este atropello es la rutina en la vida de este hombre, tan tranquila en medio de la crueldad que reparte entre los esclavos. Tan rutinaria como la faena del catey espulgando su cabeza, mientras sestea indiferente.

La tercera escena que llamó mi atención se describe así: un hermoso jardín del Cerro, pavorreales, faisanes, arriate con flores, una fuente (música ad hoc), tinajones, un pozo de brocal de piedra con polea de hierro. Una hermosa mulata sacando un cubo de agua. Un moreno (Francisco) vestido de polainas y en mangas de fina camisa blanca, que carga unos arreos, los conduce a la cochera y los coloca en el suelo. Al ver a Mercedes sus ojos muestran el arrobo del amor. Se oculta tras una palma enana, cerca del estanque. Mercedes suspira sin sospechar que la contemplan. Se arregla el corpiño. Mira su pecho bronceado y toma en las manos la medallita de la Caridad que pende de una cadena. La besa y sonríe como si su pecho también estuviera embriagado por el amor".

Es una escena perfecta para entender la situación dramática cuando aún Francisco no es una molestia para el señorito, y puede disfrutar de la vida en la ciudad donde está cerca de Mercedes a quien debe amar con la dificultad que impone la vida en cautiverio. Pero es una escena, que, sin indicaciones técnicas (el guionista no tiene que hacerlas) sugiere al director dónde poner la cámara, cuál de los dos personajes conduce la narración, y, algo todavía más sutil e importante: Ballagas ha sugerido la banda sonora que por supuesto incluye la música y que el guionista como co-creador que es, sí debe pensar para la película.

Esta es una visión sobre Ballagas que se abre como una puerta, y nosotros asistimos al estreno. Hay aquí la revelación de otro mundo posible a desentrañar, en una vida llena de tantos enigmas. La capacidad del poeta para penetrar otras vidas, para comprender alteridades (en este caso y de manera más específica la alteridad étnica, ampliamente vista en su poesía), es de notable sutileza. Podría haber sido un buen guionista, porque entendió algo fundamental: hay que descubrir e imitar, de donde se pasa a re-construir.

Este modo de narrar se haya en los primeros hombres, y en la infancia de cada uno de nosotros: vislumbrar es imitar y conocer, o viceversa. Así lo vio Aristóteles a quien hemos seguido demasiado tiempo como el hombre que prefiguró la narratividad lineal y perfecta: principio, medio, fin; y de quien recordamos poco, que también dijo: "Aprender algo es el mayor de los placeres no sólo para el filósofo, también para el resto de la humanidad".

De observar, aprender e imitar hemos vivido hasta hoy los hombres, solo hay que aguzar la mirada para no automatizarnos, para hacerlo cada vez mejor. Todo ello sin olvidar, como diría Rapy Diego, que "...un guión de cine [...] no sirve para nada, salvo para hacer una película. [porque] Entre el cine y la escritura existe la misma relación que entre el gusano y la mariposa. El gusano tiene que desaparecer para que en su lugar surja otro animal, que muchos creerán que es más bonito..."

EDUARDO G. NOGUER

jagb 10/11/2008 @ 19:05

Acabo de enterarme del fallecimiento de Eduardo G. Noguer. Nos vimos solo una vez, y fue en Miami, en septiembre del año 2003. Gracias a ese encuentro tengo en mi poder su "Historia del cine cubano. Cien años 1897-1998" (Ediciones Universal, 2002), firmada por su autor con una amable dedicatoria.

Es un libro que me sigue sorprendiendo sobre todo por el aspecto gráfico. No creo que, hasta el momento, exista otro volumen referido al cine realizado por cubanos que contenga tantas fotografías. No solo fotos de la producción del ICAIC, sino también de lo que otras veces he llamado "el cine cubano sumergido".

Eduardo G. Noguer fue uno de los grandes apasionados con el cine cubano. Su enfermedad no deterioró en modo alguno esa pasión. Era otro estudioso insomne. De esos que, lamentablemente, ya casi no quedan.

Juan Antonio García Borrero

MAYUYA

jagb 22/09/2008 @ 11:36

El pasado 12 de septiembre el ensayista Ambrosio Fornet presentó el libro “Catálogo del Cine Cubano 1897- 1960”, de la investigadora María Eulalia Douglas. Aún no lo he visto, pero me hubiese gustado participar en ese acto, pues habría sido un modo de poner en evidencia la gratitud que siento ante la obra de Mayuya, como todos la conocen.

No sé qué tiempo lleva María Eulalia Douglas metida en estos asuntos, pero a juzgar por el grosor de su producción investigativa, debe ser toda una vida. Esa obra, increíblemente, ha tardado décadas en llegar al público. Esto es una impresión personal, pero a veces pienso que ello se relaciona con la aversión que la autora ha demostrado a la búsqueda de protagonismos. Cualquier editorial hubiese calificado de privilegio contar en sus catálogos con algunas de esas investigaciones, tomando en cuenta, además, el arraigo que tiene entre los cubanos el cine nacional. Sin embargo, Mayuya ha debido vivir la paradoja de verse citada una y mil veces en textos que se olvidan al instante, mientras que sus inéditos permanecían en las sombras.

De sus libros, el que más me atrae es “La tienda negra”. Con este volumen, puede asegurarse que ya Mayuya aportó a la historiografía del séptimo arte en la isla, uno de sus momentos más amenos y lúcidos. Es una cronología que se lee como una novela. De hecho, “La tienda negra” (junto a la “Cronología del cine cubano”, el clásico de Arturo Agramonte que en la actualidad enriquece Luciano Castillo), promete convertirse en el punto de partida ineludible para todos aquellos que ensayen investigar con seriedad el tema.

Lo contradictorio está en que “La tienda negra” es, de todos los volúmenes que han hablado del cine cubano, el peor difundido, en tanto la modesta edición realizada en su momento por la Cinemateca de Cuba, apenas permite ofrecer una mínima idea del formidable trabajo realizado por su autora. Y es que se sabe que no basta con la calidad del volumen, sino que son imprescindibles ciertas estrategias publicitarias que permitan insertar el mismo, ya no en el mercado, sino en los circuitos académicos.

Algunos me dirán que “La tienda negra” es lo opuesto de esa “Historia” totalizadora que nos ha acostumbrado a la Historia-relato, con su clásica distribución de personajes, acontecimientos, y felices (o infelices) desenlaces. Pero precisamente lo que me conquista de “La tienda negra” es la sobriedad de su enunciado, la capacidad para persuadirnos de que cualquier intento de contar una “Historia total” está condenado al fracaso, y que lo que más debiera importarnos es el ejercicio de una “Historia profunda”.

“La tienda negra” es un texto raro dentro del conjunto de prácticas investigativas relacionadas con el cine cubano, y su rareza lo hace hermoso, imprescindible a la hora de entender aún más la riqueza de este hecho que en todos estos tiempos hemos estado llamando cine cubano. Lo he releído varias veces, como quien regresa a las páginas de una novela, y me ha sido harto placentero percibir a través de la información que ofrece, la aventura que indiscutiblemente significó la llegada del cinematógrafo a nuestras tierras, pero también su entronización en nuestro imaginario colectivo.

Juan Antonio García Borrero

SOBRE “CINE CUBANO DE LOS SESENTA: MITO Y REALIDAD” (Editorial Ocho y Medio)

jagb 25/03/2008 @ 13:00

Dicen que admitir los errores propios forma parte del mundo de las bellas artes. Por otro lado, no recuerdo si fue Pablo Picasso el que confesó que “un cuadro nunca se termina; se deja”. Creo que lo mismo acontece con los libros. Y de hecho, todavía no se había presentado la primera versión en el Festival de Cine de Huelva del 2007, dando inicio a la colección “Libros de Ultramar” (junto a la editorial “Ocho y medio”), y ya me acosaba el deseo de una segunda edición, ampliada y corregida. ¿Significaba eso una temprana descalificación? En modo alguno.

Desde luego que no seré yo quien hable de los aciertos o desaciertos conceptuales que puedan encontrarse en el libro. En definitiva, hay allí una invitación a discutir zonas de la dinámica cultural cubana que hasta ahora no se relacionaban con el cine de la isla. Lo más probable es que en muy poco tiempo muchas de las ideas que allí se exponen queden superadas por la confrontación de otras que hasta ahora no conocemos. Pero lo significativo es eso: la discusión colectiva. Así que estaré por siempre agradecido a Eduardo Trías (Festival de Huelva) y Jesús Robles (Editorial “Ocho y medio”) por permitir que el texto viera la luz. Las indiscutibles virtudes del diseño interior y de portada de Koldo Fuentes, así como el cuidadoso trabajo de edición de María Antonieta Andión (sorprendente, tomando en cuenta el escaso tiempo con que pudo contar) resultan méritos que le corresponden a ese equipo de trabajo. Todas las deficiencias, en cambio, pertenecen por entero a mí.

La primera incorrección que me gustaría enmendar como fuera, es la pésima manera de citar las fuentes utilizadas a la hora de hablar, entre las páginas 29-39, de todo lo concerniente a la primera Cinemateca cubana, creada por Germán Puig y Ricardo Vigón. Quienes hayan visitado este blog saben que todo lo que hasta el momento se ha investigado sobre este asunto se le debe al francés Emmanuel Vincenot, quien ha expuesto sus resultados en:

a) Emmanuel Vincenot «Germán Puig, Ricardo Vigón et Henri Langlois, pionniers de la Cinemateca de Cuba » dans : Caravelle, n° 83, Toulouse, 2004, p. 11-42
b) Emmanuel Vincenot “Histoire du cinéma à Cuba, des origines à l’avènement de la Révolution” Thèse de doctorat d’espagnol à l’université de Bourgogne, sous la direction de M. Emmanuel Larraz (thèse soutenue le 26 novembre 2005)

Este propio blog se hizo eco de esas investigaciones en su momento, suministrándome de paso imprevistos detractores. De manera ingenua di por sentado que quienes leyeran ese segmento del libro entraban en un diálogo donde ya se sabía quienes eran los interlocutores. Un error descomunal, porque es cierto que no todos los lectores del libro (aún cuando este sea especializado, y suponga cierta complicidad, cierto conocimiento previo) obligatoriamente iban a estar al tanto de estos asuntos. Por el contrario, al dar referencia de la tesis de Vincenot en la bibliografía general (p. 407), y no a pie de página, como académicamente correspondía (solo se menciona en la 37), lejos de hacerle la justicia que se merece, lo minimiza, al tiempo que introduce confusiones y equívocos. Sirva esta aclaración pública como un anticipo de lo que me esforzaré sea corregido cuanto antes, así como el testimonio de mi gratitud por su comprensión.

El otro error que me gustaría enmendar tiene que ver con el acápite de agradecimientos. Percances técnicos impidieron que llegara a los editores la versión definitiva de esa página donde mencionaba a todos aquellos (algunos de ellos, sin sospecharlo) que habían contribuido a conformar el libro con sus observaciones, críticas, sugerencias, testimonios aportados. Que el libro sea discutido por lo que dice, y en la forma en que lo dice, siempre será menos grave de que lo acusen a uno de ingrato. Tampoco les llegó a los editores el comentario introductorio a la tercera parte (“Los sesenta: el ICAIC y la época”, p 351). En ambos casos, la responsabilidad también me incumbe completamente a mí, aún cuando hubiese tenido en contra la tecnología.

Supongo que habrá más correcciones que hacer, lo que a mi juicio posibilitaría una segunda edición enriquecida con el debate colectivo. Y mucho mejor si esa reedición apareciera en Cuba, que es donde está el lector natural de estos temas. De allí que mientras llegue ese momento, decida romper mi palabra de no postear más en el blog, para publicar en este sitio tanto los agradecimientos (tal como debieron aparecer), así como el primer capítulo íntegro, con las correcciones que en derecho le asisten a Emmanuel Vincenot. También, dada la posible utilidad referencial que pudiera tener para el estudioso, publico la cuarta parte (“La Historia según lo que se ha escrito”), en la que se relacionan aquellos libros que he podido estudiar. Faltarían los artículos y ensayos publicados en revistas especializadas, pero eso es posible encontrarlo en la segunda parte (“La Historia según las películas”).

Ojalá sirva esta “postdata de postdata” para incentivar el debate en torno al cine cubano, que al final debería ser lo más importante. Pienso que, afortunadamente, ese enfoque “icaicentrista” que por lo general habla de “la historia del cine cubano” como si fuera solo “la historia del ICAIC”, ha comenzado a conocer de otras miradas que complementan el relato fílmico de la nación.

Donde mejor se puede apreciar este avance es precisamente en Francia. Están los libros preparados por Paulo Antonio Paranagua, Nancy Berthier, Juliet Amiot, Sandra Hernández, Emmanuel Larraz, entre otros, y dentro de ese conjunto de textos las contribuciones de Vincenot son bien significativas, toda vez que ha sido el único que hasta ahora se ha ocupado no solo de la vieja Cinemateca, sino también de la suerte de los cineastas pre-revolucionarios una vez que abandonaran el país tras la Revolución, o de la presencia del cine norteamericano en los inicios de la República, entre otras originales contribuciones.

Lo único que esperamos todos aquellos que estudiamos el cine cubano, es que las mismas, al igual que otras que se relacionan en la bibliografía consultada, sean mejor conocidas en la isla.

Juan Antonio García Borrero

AGRADECIMIENTOS

Aunque me interesa el cine cubano como expresión cultural, he preparado este libro porque quería conocer un poco mejor la convulsa textura de esa década en la que a mis padres, como a mucha gente, no les importó convertir sus sueños en algo público y colectivo. Más que juzgarlos o justificarlos, he querido “entender” sus circunstancias, y revivir con ellos “el espíritu de la época”, tal vez con el íntimo propósito de detectar, como sugería Bretch, “lo insólito en lo cotidiano, lo inexplicable en lo familiar, lo angustioso en lo banal”.

Por supuesto, he consultado y aprovechado la bibliografía relacionada con el cine cubano que existe, pero han sido “los otros”, con sus testimonios, sus puntos de vista contrapuestos, sus matices y razones personales, los que más han contribuido a darle forma (provisional) al libro. Lo he dividido en cuatro partes: la primera (“La Historia según el Autor”) es una suerte de crónica sentimental de esos años desde mi perspectiva claramente subjetiva; he tratado de escribirla sin sobresaltos racionalistas, con la misma imparcialidad intelectual con que uno repasa un álbum de fotos amarillentas, pero muy cercanas a lo que somos en la actualidad.

En la segunda parte (“La Historia según las películas”) son los filmes y los cineastas los que hablan, por eso quisiera agradecer ante todo a cada uno de los realizadores que respondieran a mi solicitud de ayuda, y me concedieron parte de su tiempo con el fin de comentar varios de los filmes que aquí se mencionan. Hablo de Fausto Canel, Roberto Fandiño, Miguel Fleitas, Julio García Espinosa, Enrique Pineda Barnet, Alberto Roldán, Ramón F. Suárez, Humberto Solás, Antonio Vázquez Gallo, Pastor Vega y Fernando Villaverde.

En la tercera sección (“La Historia según las circunstancias”) intento configurar un mapa a través del cual el lector pueda establecer los vínculos que estime convenientes con los principales acontecimientos nacionales e internacionales que sucedieron en esa década, y que al final influyeron en la naturaleza de lo producido cinematográficamente. En la cuarta (“La Historia según lo que se ha escrito”) remito a un conjunto de textos donde se han ofrecido otros puntos de vista sobre el asunto que he tratado aquí.

El cineasta Fausto Canel es la persona que más ha polemizado con lo que aquí está expresado, y al mismo tiempo, el que más contribuciones materiales ha hecho al proyecto. A él le debo la hermosa foto utilizada en la cubierta, y también la carta (hasta ahora inédita) de su ruptura con el ICAIC. O sea, le debo el principio y el fin de mi “Historia”. Nuestro intercambio epistolar ha sido uno de esos raros ejemplos donde la exposición sistemática de diferencias ha servido no para anular el pensamiento ajeno, sino para encontrar entre los dos un punto de vista superior. No sé él, pero yo he aprendido a ser un poco más tolerante con aquello que no coincide con lo que pienso.

Otras personas me han ayudado a mejorar el texto con sus observaciones, críticas (algunas feroces), o simplemente, paciencia para su lectura. Son varios, y he optado por poner sus nombres en orden alfabético. Quizás no pueda mencionarlos a todos, pero aquí están los imprescindibles: Anna Assenza, Arturo Arango, Víctor Batista, Nancy Berthier, Luciano Castillo, Michael Chanan, Sandra del Valle, Duanel Díaz, María Eulalia Douglas (Mayuya), Alberto Elena, Víctor Fowler, Ernesto Fundora, Mirtha Ibarra, Reynaldo González, Enmanuel Larraz, Ana López, Abelardo Mena, Francisco Javier Millán, María Luisa Ortega, Antonio José Ponte, Germán Puig, Jorge Ruffinelli, Jorge Luis Sánchez, Pío Serrano, Ana María Stock, y Emmanuel Vincenot.

Agradezco al ICAIC (del cual me siento parte, no obstante mis “relecturas críticas”) su existencia, que es la base de las reflexiones que aquí se encuentran. A Antonio Mazón Robau, por programar en la Cinemateca aquel ciclo que fue el origen de todo. A la Fundación Carolina (Madrid), por la prolongada estancia en España, lo que me posibilitó consultar documentos de gran importancia tanto en la Biblioteca Nacional como en la Filmoteca de España. Y un agradecimiento muy especial (ellos saben por qué) a cuatro personas sin las cuales no hubiese podido ni siquiera iniciar esto: Nelson Haedo, Teresa Toledo, Fernando Pérez e Iván Giroud.

El libro lo escribí sin sospechar que algún día contaría con el entusiasmo y apoyo incondicional de Eduardo Trías (director del festival de Huelva) y Jesús Robles (director de la “Librería Ocho y Medio”), un privilegio que lo compensa todo. No menos importante fue el respaldo en España de María Cruz Almaraz, Marisa Bonilla, Juan Cohard, Mónica Fernández Sabido, Manolo Segarra Fort, José Hurtado, Rosa Domínguez, José María Escriche, Lázaro Venereo, Ángel Garcés, Monserrat Guiu, Carolina Schwarzmann, Francisco Jiménez, Jaime Noguera. Para Elena Vergara, toda mi gratitud por permitir que su casa en Málaga (faltándome la mía), se convirtiera en este tiempo en mi refugio más entrañable. Así mismo conté con el respaldo afectivo y material de Frank González Mora y Mariana Mora. En la Biblioteca “Cánovas del Castillo”, de Málaga, mejor no me hubiesen podido atender.

De cualquier forma, sin la ayuda de Hilda Borrero, mi madre, y Mara Elena Rodríguez Consuegra, mi esposa, nada de esto existiera. Ellas confiaron en que al final saldría un libro, como mínimo, interesante. Dedicárselo a mis padres tal vez tenga su inspiración en aquellos versos memorables de Dulce María Loynaz: “Hay algo muy sutil y muy hondo/ en volverse a mirar el camino andado…/ el camino en donde, sin dejar huella, / se dejó la vida entera”.

JAGB (Iniciado en Camagüey, Cuba, algún día de enero del 2006. Finalizado en Jonás 2, Málaga, España, el domingo 30 de septiembre de 2007).

1959: EL KILÓMETRO CERO DEL CINE CUBANO REVOLUCIONARIO.

jagb 24/03/2008 @ 22:53

La historia del Instituto Cubano de Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC) no comenzó el 24 de marzo de 1959, aunque esa sea la fecha en que se festeje su creación oficial. Su historia se inicia justo el 1 de enero, si bien para entenderla del todo será necesario repasar lo que, en el plano cultural y cinematográfico, había estado sucediendo en Cuba desde finales de la década del cuarenta. .

Aquel primero de enero de 1959 parecía que al fin la isla alcanzaba esa concordia nacional que soñara Martí en su momento, y que la indiscutible mezquindad de numerosos políticos de la época republicana terminaron por frustrar. La noticia de que el general Fulgencio Batista y Zaldívar había renunciado al puesto presidencial que ocupara por la fuerza desde el 10 de marzo de 1952, llenó de regocijo a buena parte de la población cubana.

En principio parecía el cese de una violencia que ya había dejado numerosos muertos entre aquellas fuerzas políticas opositoras de la dictadura (Movimiento 26 de Julio; Directorio Revolucionario; Partido Socialista Popular, Segundo Frente Nacional del Escambray, entre otros). La represión del gobierno ciertamente fue feroz, pero no pudo evitar el creciente liderazgo de Fidel Castro, un joven abogado que el 26 de julio de 1953 encabezó un asalto al cuartel Moncada en Santiago de Cuba.

Aquella acción armada fracasó, pero puso en evidencia la impopularidad del régimen batistiano. En el juicio celebrado a Fidel el 16 de octubre de ese mismo año (un juicio a puertas cerradas) este hizo su propia defensa. Sus argumentos conformaron lo que hoy se conoce como “La Historia me absolverá”, hermoso alegato social-demócrata donde enfatizaba la necesidad de reintegrar al país la Constitución de 1940, y corregir la pésima distribución de la riqueza nacional. Un fragmento de la autodefensa puede resultar ilustrativo del orden que la acción pretendía reponer, ese donde Fidel afirma a sus jueces:

"Os voy a referir una historia. Había una vez una república. Tenía su Constitución, sus leyes, sus libertades; su presidente, Congreso, tribunales; todo el mundo podía reunirse, asociarse, hablar y escribir con entera libertad. El gobierno no satisfacía al pueblo, pero el pueblo podía cambiarlo y ya sólo faltaban unos días para hacerlo. Existía una opinión pública respetada y acatada y todos los problemas de interés colectivo eran discutidos libremente. Había partidos políticos, horas doctrinales de radio, programas polémicos de televisión, actos públicos y en el pueblo palpitaba el entusiasmo. Este pueblo había sufrido mucho y si no era feliz deseaba serlo y tenía derecho a ello. Lo habían engañado muchas veces y miraba al pasado con verdadero terror. Creía ciegamente que éste no podría volver; estaba orgulloso de su amor a la libertad y vivía engreído de que ella sería respetada como cosa sagrada; sentía una noble confianza en la seguridad de que nadie se atrevería a cometer el crimen de atentar contra sus instituciones democráticas. Deseaba un cambio, una mejora, un avance, y lo veía cerca. Toda su esperanza estaba en el futuro… ¡Pobre pueblo!." (1)

La operación del Moncada no fue interpretada de la misma manera por toda la oposición a Batista. El Partido Socialista Popular (PSP), por ejemplo, publicaría en el periódico norteamericano “Daily Worker” una declaración donde consideraban al gesto de “putschista” y “pequeño burgués”, además de circular entre sus militantes una carta en la cual calificaban al asalto como una tentativa “golpista, aventurista, desesperada, característica de una pequeña burguesía sin principios y comprometida con el gangsterismo”. (2) Pero a pesar de la dureza de esas palabras, y pese a la condena de quince años de prisión que recayeron sobre Fidel, su propuesta social-demócrata resumida en “La Historia me absolverá” comenzó a ser conocida y aceptada.

El 15 de mayo de 1955 Batista firmó una amnistía gracias a la cual Fidel, su hermano Raúl y otros supervivientes del Moncada abandonan la prisión y se exilian en México, país donde el primero organiza el “Movimiento 26 de Julio” (M-26). Su regreso a Cuba en el yate “Granma” (2 de diciembre de 1956), con el fin de iniciar la lucha armada, la organización del Ejército Rebelde en la Sierra Maestra, su capacidad de alianza con otras fuerzas opositoras (“Pacto de Caracas”, de 1958), terminaron por concederle un indiscutible liderazgo. Cuando el 1 de enero de 1959 Batista huye hacia República Dominicana, ya estaban creadas todas las condiciones para que Fidel Castro figurara como el máximo líder de la Revolución, a pesar de asegurar en reiteradas ocasiones que, una vez que triunfara la lucha armada, dejaría a un lado el poder.

Hoy se sabe que en la madrugada de aquel primero de enero Batista se reunió en la Ciudad Militar con sus principales subordinados, y les comunicó su decisión de renunciar. Sabía que a esas alturas era imposible vencer al Ejército Rebelde. Desde la escalerilla del DC4 que lo condujo a República Dominicana esa madrugada, el derrotado presidente dio sus últimas indicaciones al general Cantillo, a quien designó como responsable de las fuerzas militares que quedaban en el país, con la sugerencia de que colaboraran con el nuevo gobierno encabezado por Carlos M. Piedra (magistrado a quien nombró como su sucesor).

Fidel se enteró tarde de esta maniobra. Había estado en contacto con Cantillo, y sobre todo con el Coronel Rego Rubido, jefe militar de la Plaza de Santiago, a quien le escribiera el 31 de diciembre:

"Personalmente, puedo añadirle que el Poder no me interesa, ni pienso ocuparlo. Velaré sólo porque no se frustre el sacrificio de tantos compatriotas, sea cual fuere mi destino posterior. Espero que estas honradas razones que con todo respeto a su dignidad de militares le expongo, las comprendan. Tengan la seguridad de que no están tratando con un ambicioso ni con un insolente. Siempre he actuado con lealtad y franqueza en todas mis cosas. Nunca se podrá llamar triunfo a lo que se obtenga con doblez y engaño. El lenguaje de honor que ustedes entienden es el único que yo sé hablar". (3)

Y en efecto, una vez que Batista huye, se cumplen los acuerdos del “Pacto de Caracas”: Manuel Urrutia, quien había sido designado como Presidente de Cuba en Armas sustituye a Carlos M. Piedra en la presidencia de la República. Sin embargo, las multitudes a quienes aclamaban eran al jefe guerrillero, al artífice de la expulsión del poder de aquel usurpador. Existían varios Comandantes, pero Fidel fue aceptado por todos como el Comandante en Jefe. Su entrada en La Habana el 8 de enero lo convertiría en un verdadero mito. En su oratoria enardecida se confundía el entusiasmo del triunfo con las ensoñaciones de transformar a un país que económicamente no andaba mal, pero donde las riquezas peor repartidas no podían mostrarse.

La gente apoyó casi de manera unánime aquella voluntad de concederle a la isla una dignidad que borrara, de manera radical, esa imagen mundial con la cual se asociaba a Cuba al placer efímero que suele vivirse en las playas, en los casinos, o en los burdeles. Ya en su primera alocución pública en Santiago de Cuba tras la retirada de Batista, Fidel habló de esa Revolución nacionalista que cumpliría por fin los anhelos martianos de una República para el bien de todos.

Habló de la Reforma Agraria que haría propietarios a miles de campesinos hasta entonces esclavos de los latifundistas. Habló de la necesidad de alfabetizar hasta al último cubano. Habló de industrializar el país. Habló con tanto ardor de aquellos proyectos humanistas, que muy pocos se resistieron a la tentación de cuestionarlo. Al fin esa ausencia de “querencia colectiva” (Jorge Mañach) o “teleología insular” (Lezama Lima) que algunos observaran como un mal típicamente criollo, podía ser corregido. Fidel había decidido desplazarse de Santiago a La Habana por carretera. Demoró ocho días, lo suficiente para que la fascinación alrededor de su figura creciera al extremo de hacerlo parecer un nuevo Mesías.

Es en este contexto histórico tan singular que comienza a fraguarse la creación del ICAIC, el cual surge el 24 de marzo de ese mismo año (apenas tres meses después del triunfo revolucionario), bajo la presidencia de Alfredo Guevara. El propio Guevara ha recordado parte de aquellos días del siguiente modo:

"Cuando Fidel se acercaba a La Habana me envió un mensaje. No me creo personaje. Soy hijo, como ya he subrayado, del “azar concurrente”. Fidel tenía sus planes y de entre sus viejos amigos, compañeros universitarios, pensó en mí, en mi formación, en mi devoción por Cuba, por nuestra identidad cultural, quiero decir, espiritual, en mi firmeza anti imperial, de la que me enorgullezco no por machería sino por dignidad cubana, porque somos parte de una generación que tenía, tuvo que, y tomó la tarea que la ocupación norteamericana frustró. Fundar la soberanía, la independencia nacional en lo más hondo de la conciencia de nuestro pueblo. Conozco mis dimensiones, insisto. Fidel no tenía entonces después de años de combate, cárceles, exilio y nuevos combates, otras opciones". (4) .

La relación de amistad entre Alfredo Guevara y Fidel se remontaba a los tiempos universitarios, cuando el primero estudiaba Filosofía, y el segundo Derecho. Ambos habían vivido experiencias políticas tan intensas como esa que hoy conocemos como “el bogotazo de 1948”, y existía entre ellos una empatía inusual. Sobre todo para Guevara, esos primeros años terminaron convenciéndolo de que Fidel era “el Elegido, aquel a quien tocaba dirigir la epopeya libertadora que había quedado trunca”. (5)

Por esa misma fecha de la amistad inicial entre Fidel y Alfredo Guevara (finales de la década del cuarenta), dos jóvenes (casi adolescentes) fascinados por el cine, decidieron crear en 1948 el Cine Club de La Habana: Germán Puig y Ricardo Vigón. (6) Difícilmente podrá encontrarse por esa época dos personas con más vocación por el llamado séptimo arte. Cierto que estaba el veterano José Manuel Valdés Rodríguez con su curso universitario sobre la apreciación cinematográfica, y también Mirta Aguirre con sus crónicas sistemáticas en el periódico “Hoy”, pero son estos jóvenes quienes con esa pasión desbordada consiguen aglutinar a su alrededor un grupo importante de cinéfilos, hoy intelectuales de enorme valía para la cultura cubana, como Guillermo Cabrera Infante, Néstor Almendros y Tomás Gutiérrez Alea. Néstor Almendros llegaría a recordar esa etapa del siguiente modo:

"El Cine Club de La Habana fue fundado por Germán Puig y Ricardo Vigón. A él nos unimos Guillermo Cabrera Infante, Tomás Gutiérrez Alea (que en aquella época todavía no era marxista) y yo. Eso era por los años 1948 y 1949. El Cine Club daba sesiones de clásicos del cine, no tenía una ideología política precisa sino que defendía el arte cinematográfico nada más".

El Cine Club desarrolló una importantísima labor de promoción fílmica, y muy pronto, gracias a las diligencias y contactos de Germán Puig, quien se había marchado a estudiar a Francia (allí conoce a Henry Langlois, director de la Cinemateca Francesa), pasa a ser rebautizado como la “Cinemateca Cubana”. Cuando en 1951 se crea la sociedad cultural “Nuestro Tiempo”, una institución que es idea de Carlos Franqui, y tomando en cuenta que varios de los miembros de la directiva del Cine Club (Cabrera Infante, Almendros, Gutiérrez Alea) también ingresaron a esta, se decide integrar sus sesiones a esa sociedad, aunque sin el consentimiento de Germán Puig, que permanecía en Francia, y quien remarcando el carácter “apolítico” de aquello que había creado, le escribe a Titón: “por otra parte, te diré que una vez constituida la Cinemateca queda automáticamente separada de Nuestro Tiempo; dicha unión resulta problemática”. (7)

La separación obedece a motivos claramente políticos. “Nuestro Tiempo” había pasado a convertirse en una sociedad donde estaban representados en mayoría los intereses ideológicos del Partido Socialista Popular, lo que trajo como consecuencia que también se desmarcaran del proyecto Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante. La “Cinemateca de Cuba” siguió ofreciendo proyecciones hasta 1953 (las reanuda luego en 1955), mientras que en febrero de 1953 “Nuestro Tiempo” restablece sus sesiones de cine, ya con una proyección ideológica mucho más definida y orientada a la denuncia de los males sociales.

Son varias las actividades relacionadas con el cine que auspicia “Nuestro Tiempo”, y entre ellas cabe mencionar una semana de cine italiano que organizan en noviembre de 1953 con la presencia del director Alberto Lattuada, el guionista Cesare Zavattini, la actriz Marisa Belli. (8) Sin embargo, de todas sus actividades vinculadas al cine, lo que más trascendencia ha llegado alcanzar es el rodaje y estreno de El Mégano en 1955, un documental dirigido por Julio García Espinosa, y que contó con la participación de Gutiérrez Alea, Alfredo Guevara, Jorge Haydú y José Massip.

El Mégano denunciaba las condiciones de pobreza extrema en que vivían los carboneros de la Ciénaga de Zapata, y tras su estreno en el Anfiteatro de la Universidad de La Habana, fue secuestrado por las fuerzas represivas de la dictadura. Más allá del saldo estético del documental, bastante ingenuo en cuanto a la presentación del drama que expone, la película ha quedado como un ejemplo de ese cine socialmente comprometido que más tarde priorizará el ICAIC.

Para completar el panorama cinematográfico pre-revolucionario, tendríamos que mencionar también a cineastas como Manolo Alonso, Ramón Peón y Mario Barral, quienes, cada cual a su manera, también se empeñaban en fomentar una industria cinematográfica en el país. Manolo Alonso era el hombre que más control ejercía sobre la producción audiovisual de la isla, y había conseguido dos buenos momentos en ese esfuerzo por dotar de decoro al cine realizado en Cuba a través de los filmes Siete muertes a plazo fijo (1949) y Casta de roble (1953), este último elogiado por Gutiérrez Alea desde “Nuestro Tiempo”.

Por su parte, Peón se había marchado a México, donde estaba desarrollando una intensa carrera como director, pero su principal objetivo seguía centrado en la posibilidad de hacer “cine de verdad” en Cuba. También Mario Barral, con la fundación de la empresa “Productores Independientes Asociados, SA (PIASA)” intentaba dejar atrás el costumbrismo adolescente de tanto cine vernáculo, si bien sus películas De espaldas (1956) y Con el deseo en los dedos (1957), fueron muy mal recibidas por la crítica.

Como denominador común en todas estas acciones culturales (provinieran lo mismo del Cine Club de La Habana, la Sociedad Cultural “Nuestro Tiempo”, o de las producciones que intentaban apartarse de lo manido) podemos detectar la ansiedad por concederle a la isla su “cinematografía nacional”, un empeño que se remontaba al período silente de la historia del cine en Cuba, como ponen en evidencia las voluntades y respectivas filmografías de cineastas como Enrique Díaz Quesada o Ramón Peón. Esa inconformidad había sido discutida públicamente por diversos intelectuales. Críticos como Valdés Rodríguez y Mirta Aguirre se encargaron de resaltar en los periódicos donde escribían, las nefastas consecuencias de ese colonialismo cultural que vivía el espectador cubano. Y ese conjunto de ansiedades, combinado con la euforia mística que despertó el triunfo revolucionario, ayudó de una manera decisiva a que el ICAIC alcanzara casi un rango de Meca, en el cual eran muchos los que querían oficiar.

La noticia de que Alfredo Guevara quedaba al frente del Instituto despertó pasiones encontradas a partes iguales. Hombre polémico (o “difícil”, como el mismo se define), ya desde la época de “Nuestro Tiempo” se había ganado abundantes amigos y detractores. El hecho de ocupar una posición elevada dentro de la naciente estructura social y política no hizo más que reiterar lo que siempre sucede en casos así: se incrementó el número de incondicionales y adversarios. Entre los primeros estaban quienes veían en él un líder capaz de llevar adelante aquel proyecto (aunque también tendrán que contarse a esos oportunistas y aduladores a los que solo les interesaba la cercanía al Poder); entre los segundos estaban sus antiguos adversarios del Cine Club de La Habana (Ricardo Vigón, Germán Puig), pero asimismo quienes desde las filas del PSP no miraban con buenos ojos su espíritu de independencia, o desde “Lunes de Revolución” lo acusaban en secreto de estalinista.

Ante todo, Alfredo Guevara debió enfrentar el dilema de incorporar a los “viejos cineastas” al recién creado instituto. Hay que recordar que un poco antes de la creación del ICAIC, Ramón Peón había escrito desde las páginas de la revista “Cinema” una carta abierta a Fidel, precisamente festejando la posibilidad inédita de desarrollar en el país una verdadera industria cinematográfica. El tono del cineasta participaba de esa euforia colectiva que impregnaba a la sociedad, y entre otras cosas afirmaba:

"Dr. Fidel Castro:

Los que hemos soñado durante tantos años con hacer ver al Gobierno –los distintos gobiernos que han regido los destinos de nuestra República, desde Machado hasta Batista-, que al hablar de cine, había que tener en cuenta algo más que el simple aspecto de la cinematografía como espectáculo e industria, hemos visto un rayo de luz en las tinieblas, cuando hemos oído al H. Sr. Presidente de la República, y al líder máximo de la Revolución, mencionar el propósito del Gobierno Revolucionario de impulsar la cinematografía cubana. (…)

El Cine sirve para muchas cosas, no sólo para entretener. No puede olvidarse que es el espectáculo predilecto de las masas, el espectáculo del pueblo –ese pueblo al que usted le interesa tanto identificar con sus prédicas y con su gobierno.

Cuando tenga tiempo de hablar diez minutos de cine, solo diez minutos, que estoy seguro que serán de gran utilidad, déme la oportunidad de aclarar por qué yo tengo tanta fe en que el cine pueda ser su mejor aliado en la reestructuración de la nueva Cuba que soñó Martí, y usted quiere que se convierta en realidad ahora. Yo me inclino a creer que el cine puede completar el milagro que usted, con su tenacidad y heroísmo, logró plasmar con la huida del tirano. Felicidades mil y que Dios lo bendiga". (9)

Sin embargo, la rotunda indiferencia de la que es víctima más tarde Ramón Peón, por parte de los dirigentes del ICAIC, puede ser revelador de la voluntad que imperaba en el proyecto. Como bien ha apuntado el investigador Luciano Castillo, “desde sus inicios, la dirección del nuevo organismo tuvo una marcada voluntad de partir de cero. Negar íntegramente todo el cine realizado en Cuba antes de 1959 fue una estrategia que siguió durante tres décadas”. (10)

Para lograr una verdadera “revolución audiovisual” Guevara no dudó en llamar a su lado a aquellos que consideró podrían convertirse en “cómplices” incondicionales de un proyecto que, como advertía la Ley en uno de sus “Por Cuantos”, veía al cine como arte. El hecho de que en otro segmento del documento se asegura que era imprescindible la “reeducación del gusto medio, seriamente lastrado por la producción y exhibición de films concebidos con criterio mercantilista, dramática y éticamente repudiables y técnica y artísticamente insulsos”, estaba marcando la exclusión de cineastas como Ramón Peón y Manolo Alonso, quienes si bien tenían experiencia concreta en el oficio de hacer películas, no compartían esa visión moderna del cine.

Alfredo Guevara fue el responsable de la redacción del documento que apenas dos meses más tarde se convertirá en la Ley 169 del 20 de marzo, y que publicada cuatro días después en “La Gaceta Oficial” deja creado el Instituto Cubano del Arte e Industria Cinematográficos (ICAIC). La ley es hija de esas reuniones que, desde mediados de enero, se celebran en una de las casas de verano de Tarará. Allí, como consecuencia de un severo enfisema pulmonar, el comandante Ernesto “Che” Guevara se había visto obligado a guardar reposo. Sin embargo, nada más alejado de la tranquilidad que aquel sitio, pues el revolucionario argentino, con Fidel a la cabeza, convertiría el lugar en un hervidero de ideas donde, paralelo al gobierno de Urrutia (y en secreto), se concebía el diseño radical de lo que sería la verdadera revolución. Según Alfredo Guevara, uno de los miembros de aquel grupo selecto,

"En Tarará tratábamos de rediseñar el Estado y sus reglas de juego: de destruir la raíz misma de las injusticias y discriminaciones sociales; de afirmar con nuestras propias fuerzas y lo más hábilmente que pudiéramos la independencia y la soberanía de la patria. Las leyes revolucionarias no tenían, no tuvieron otro objetivo". (11)

Esa ley que crea el ICAIC es la primera relacionada con la cultura que aprueba el gobierno revolucionario. Su primer “Por cuanto” (aquel que dice “El cine es un arte”) resume de manera contundente el espíritu que impregna a todo el documento, y desde luego caracteriza sin tapujos a la práctica que se intenta fomentar. Todo lo que viene detrás, referido a la estructura y misiones del nuevo organismo tiene una función descriptiva, pero ya en aquel “Por Cuanto” se dejaban establecidas las reglas del juego. Más que una ley, parece (o es) una declaración de principios.

Se trata de un texto que aunque reconoce al cine como “un instrumento de opinión y formación de la conciencia individual y colectiva”, está notablemente inspirado en la ansiedad nacionalista que había movilizado la lucha contra Batista. Igualmente se afirma que “es el cine el más poderoso y sugestivo medio de expresión artística y de divulgación y el más directo y extendido vehículo de educación y popularización de las ideas”, pero eso mismo, con otras palabras, lo habían dicho también Lenin, Mussolini o Frank Capra. Más allá de la ideología concreta que se defienda, está claro que el cine siempre ha sido un arma que cada poder (al margen de la ideología) intenta controlar, o al menos predisponer a su favor.

Según la ley, el ICAIC sería “dirigido y administrado por un Presidente Director y un Consejo de Dirección integrado por dicho funcionario y tres Consejeros, a los que se considerará con carácter de asesores ejecutivos”. La presidencia fue asignada al propio Alfredo Guevara, elección que defendió Fidel frente a la propuesta del presidente Urrutia de un tal San Román. (12) A su vez, Guevara seleccionó como consejeros a Guillermo Cabrera Infante y Tomás Gutiérrez Alea.

Aquel primer año significó una gran alegría para todos los que lograron ingresar al ICAIC. Basta leer las cartas proselitistas de Gutiérrez Alea a Eduardo Manet o Ramón Suárez, quienes por esa fecha se encontraban fuera de Cuba, y a los cuales invitaba casi de un modo delirante a que se reincorporaran al país. Fausto Canel (hoy en el exilio), recuerda 1959 como “un año mágico”, y añade:

"Yo apenas dormía 5 o 6 horas diarias. A finales de marzo de ese año, (o tal vez a principios de abril), Alfredo Guevara invitó a todos los que teníamos algo que ver con el cine, a un coctel en la Barra Bacardí­ de la plaza de la Catedral, para presentar el recién creado organismo. Fui con Alberto Roldán, a quien había conocido un mes antes en un congreso de Cine Clubes que se celebró en Santiago de Cuba. Yo escribía en la revista Cine Guía, del Centro Católico, donde me habían recibido con los brazos abiertos en 1957, recién salido de la escuela de cine de Valdez Rodríguez, en la Universidad de La Habana.

En el coctel, Alfredo nos invitó a todos a presentar nuestra candidatura para trabajar en el ICAIC. La atmósfera de entonces, al principio de la Revolución, era de inclusión, no de exclusión ni de grupos. Alberto y yo fuimos a ver a Alfredo y nos ofrecimos a ser sus ayudantes en un documental sobre la Marina Mercante que preparaba (y que nunca hizo). Nos dio trabajo, pero el sueldo era tan bajo que Roldán, casado y con hija, no pudo aceptar (ganaba mucho más como musicalizador en CMQ)". (13)

Según Canel, quien entonces contaba con apenas 19 años, en un inicio eran solo cinco o seis personas congregadas en uno de los pisos del Edificio Atlantic, el mismo que tras varias ampliaciones se convertiría en sede permanente. Los primeros integrantes de ese ICAIC primigenio fueron Tomás Gutiérrez Alea (quien colaboró en la redacción de la ley que creara al ICAIC), Guillermo Cabrera Infante, Eugenio Vesa (ingeniero de sonido), Pablo Eptein (ingeniero químico), Araceli Herrero (secretaria de Alfredo Guevara), un abogado, y el propio Canel.

Poco después (quizás finales de mayo o principios de junio) comenzarían a integrarse al organismo los miembros de la sección fílmica de la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde. Este departamento había sido creado justo en enero de 1959, dado el interés que el Comandante de la Revolución Camilo Cienfuegos mostrara en elevar el nivel cultural de los insurrectos, muchos de ellos campesinos analfabetos, motivo por el cual decidió organizar la Dirección Nacional de Cultura del Ejército Rebelde, y dentro de esta la Sección de Cine, encabezada por Julio García Espinosa.

No hay que ver a esta sección fílmica exactamente como un antecedente directo del ICAIC. En realidad tenían en común el interés por el cine, pero nacieron como acciones paralelas que más tarde habrán de confluir. Son sucesos simultáneos que en todo caso responden a las posiciones de poder que en esos primeros meses ocuparían Camilo Cienfuegos y el Che: el primero al frente del campamento militar Columbia, el segundo de la Fortaleza La Cabaña.

Los antecedentes que tanto Julio García Espinosa como Tomás Gutiérrez Alea tenían en el contexto de “Nuestro Tiempo”, además de sus estudios cinematográficos en Roma, debe haber determinado para que fueran llamados a formar parte de la sección de cine, y comenzaran a filmar dos documentales que más tarde concluye el ICAIC: Esta tierra nuestra, de Tomás Gutiérrez Alea, y La vivienda, de Julio García Espinosa. Ya en julio de ese mismo año, García Espinosa (vestido de uniforme verde olivo, según su testimonio) filma Sexto aniversario, considerado el primer documental realizado totalmente por el ICAIC.

Sexto aniversario registra ese momento histórico en que medio millón de campesinos de diversos lugares de la isla, acuden a La Habana con el fin de festejar lo que fue, seis años atrás, el asalto al Cuartel Moncada (26 de julio de 1953). La estructura del documental es bastante convencional, y puede segmentarse en tres grandes partes: una primera donde se describe la llegada a la capital (por aire, por tierra, y por mar) de esos “500 000 guajiros”; una segunda en la que se les muestra visitando lugares como la Universidad o el malecón, así como los encuentros que sostienen con diversos líderes de la Revolución; y una tercera que se concentra en lo sucedido ese día en la Plaza Cívica.

En lo discursivo, el filme no esconde el deseo de ser sobre todo un vehículo exaltador del proceso que comenzaba a vivirse en el país. La narración está llena de frases grandielocuentes que una y otra vez remarcan “la excepcionalidad” de la Revolución y sus dirigentes, mientras que las imágenes van creando una sensación casi bucólica de aquella experiencia. Los últimos minutos son aún más significativos, pues recoge ese momento en que el presidente de la República Osvaldo Dorticós anuncia el regreso de Fidel a su cargo de Primer Ministro, ante la euforia colectiva de las masas, que demuestran su entusiasmo “lanzando sus sombreros al aire”.

La observación de Fausto Canel sobre la alegría generalizada en aquel primer año del ICAIC es, desde luego, sincera, pero obviamente ese hechizo lo describe alguien que logró “entrar” en la institución, y que evoca “la fiesta” desde esa perspectiva. Otro sentimiento ha de haber experimentado Ramón Peón, quien a principios de 1960 publica en la revista “Cinema” una amarga despedida en la que se queja de la escandalosa indiferencia de que ha sido víctima por parte de los dirigentes del ICAIC. No menos dramática será la suerte de Germán Puig y Ricardo Vigón, enemigos de Alfredo Guevara desde la época de la “Cinemateca de Cuba” y “Nuestro Tiempo”, y las personas que habían conseguido nuclear a la nueva generación alrededor de un proyecto como el Cine Club de La Habana.

En 1959, cuando la Revolución triunfa, Germán Puig se encontraba en París, y Ricardo Vigón en México. Este último regresó a la isla con la esperanza de reanimar la Cinemateca, e integrarse de alguna manera al ICAIC. Por su parte, desde Francia, Germán Puig propuso un proyecto de Centro Audiovisual, “eventualmente anexo a la Cinemateca de Cuba”, y que contaría con el apoyo de su director de estudios en Francia, responsable del Centro Audiovisual de Saint Cloud. Sin embargo, las malas relaciones de antaño con Guevara les pasarán factura a los dos amigos. Las cartas que por esa fecha le escribe Ricardo Vigón a Germán Puig, de una manera casi frenética, más dramáticas no pueden ser.

En una fechada el 22 de junio de 1959 escribe:

"Debes regresar en estos momentos aunque después te vuelvas a ir, tú sabes que ahora no te será difícil hacerlo si ves que no te conviene quedarte. Yo trato de resucitar la Cinemateca, por supuesto que cuento contigo y así lo he hecho constar en el Memorando que presenté al Instituto del Cine y que presentaré también en el Bellas Artes. Me parece muy interesante lo del centro audiovisual. Guevara es Director del Instituto y Titón tiene el segundo cargo en importancia, Guillermo más o menos como Titón. Los dos primeros, por supuesto, no te aceptan y Guillermito tengo la impresión que sí. Trabajaré en “Revolución” escribiendo tres veces por semana. De todos modos daré la batalla. Hay dinero para hacer cine. Estoy seguro que aquí tú y sobre todo si te apareces con lo del centro audiovisual triunfarás a pesar de ellos. Ayer vi un documental de Titón con guión de J. G. Espinosa, malísimo, hecho a base de clichés mal ensamblados. Algo absurdo. Lucha por venir, Germán, no te dejes acomplejar". (14)

Sin embargo, en las venideras misivas, el estado de ánimo de Vigón comienza a variar, al tiempo que conoce de sus primeros encontronazos no solo con Guevara, sino también con Titón, García Espinosa, y en cierto modo, con Cabrera Infante. Según lo que escribe, declara que,

"Ahora tengo a Guevara de enemigo mortal declarado, a Titón por supuesto y a Espinosa ni se diga. Guillermito no me defendió aunque tampoco me atacó abiertamente. Dijo que él opinaba que yo estaba en una posición anacrónica, que Guevara poseía la actitud más práctica en relación con el cine y que él es la persona indicada para administrar el Instituto. (…) De Guillermito tengo sospechas. Él no está con los otros dos, pero no se atreve a estar de mi parte porque yo no le sirvo de nada, y sería tomarse todo el riesgo, y él no es un individuo que tome riesgos". (15)

En otra carta, de fecha 6 de julio del mismo año, le dice a Germán Puig:

"Hay quien me aconsejó que no ligara mi nombre al tuyo, pues me perjudicaría con los demás, yo creo que es cierto, pero no tengo interés en estar bien con cierta gente. Guevara no me tiene voluntad (automáticamente), y trata de dejarme fuera. Hasta ahora lo logra. (…) me repugna un poco la perspectiva de luchar con esta gente. Pero en Cuba habrá industria de cine y me niego a pensar que se me excluya. Si me voy, ellos se quedarán dueños del terreno, coño, esto me da rabia. (…) la persona que más cálidamente me ayuda es Lezama Lima, es verdaderamente alguien excepcional". (16)

Al trabajar en “Revolución”, Vigón se sentía apoyado por Carlos Franqui, a quien consideraba el hombre “fuerte” de la cultura cubana en ese momento. Incluso Franqui llegaría a comentarle la posibilidad de respaldarle la realización de un documental si le presentaba “un buen plan para filmar”. Vigón piensa en uno sobre la ciénaga de Zapata que contaría con guión de Roberto Fernández Retamar, Fayad Jamís y Pedro de Oraá. Por esa fecha todavía nada estaba claro ideológicamente, y Vigón se podía dar el lujo de cuestionar de manera pública las películas que comenzaba a producir el ICAIC, como cuando cuenta en otra carta del 30 de julio:

"Todo el mundo salvo Guillermito que puso reservas elogió el film, considerado casi siempre obra maestra. Bien, el otro día en casa de Franqui le dije a Guevara delante de todos que Esta tierra nuestra era una mierda y además la demostración éclatante de la mediocridad de Titón y Cía. Y que ellos no eran los únicos que podían hacer cine. Guevara me pidió que lo demostrara. Yo contesté que cómo si ellos poseían el instituto, el dinero, los aparatos, etc". (17)

La guerra contra el ICAIC, sencillamente, había sido planteada de una manera abierta por Vigón, y ello tendría consecuencias funestas para él y Germán Puig, quien prefirió mantenerse en Francia vistas las circunstancias que describía su amigo, y el silencio de las autoridades ante su propuesta de creación de un Centro Audiovisual.

Para colmo, Ricardo Vigón murió, sorpresivamente, a mediados del año siguiente. En la edición 90 del suplemento “Lunes de Revolución” (9 de enero de 1961) figura un homenaje colectivo a su persona, coincidiendo con otro a Escardó. Pero su nombre, al igual que el de Germán Puig, sería borrado posteriormente del relato nacional de la cultura, como si todo aquello que ambos hicieran desde 1948 en defensa de la apreciación cinematográfica en el país, no contara, o no fuera cierto. Para las generaciones nacidas después de 1959, esos nombres no significan nada. Ni siquiera son “rehenes de las sombras”. Sencillamente no existen.

Se ha interpretado la creación del ICAIC más como una operación ideológica que cultural. Pretensiones ideológicas había, y la prueba está en ese número bastante crecido de documentales que solo tuvieron un interés didáctico o propagandístico. Ello se explica porque toda la sociedad estaba impregnada de ese espíritu de cambio que promovía la nueva élite revolucionaria, aún cuando no se esgrimiera una ideología puntual. Para buena parte de los cubanos de entonces parecía claro que era necesario “un cambio”, si bien pocos se atrevían a definir la naturaleza de ese cambio, ya que ni por asomo la Revolución se había declarado partidaria de una doctrina en específico.

Se hablaba, eso sí, de un programa nacionalista y demócrata que, como en el párrafo que hemos citado de “La Historia me absolverá”, pretendía reintegrar las garantías constitucionales de 1940, y aunque es cierto que en febrero se promulga una Ley Fundamental que sustituye a aquella Constitución, la convivencia ideológica de diversas tendencias todavía era real. En el campo de la cultura, figuraban los liberales (representados por Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante), y estaban los marxistas de línea dura (Edith García Buchaca, Blas Roca). Visto según ese esquema (que desde luego, simplifica mucho), aquellos que se agruparon en el ICAIC, con Alfredo Guevara a la cabeza, representarían una posición intermedia.

Creo que además de ese romanticismo revolucionario que marcaba a la sociedad, los jóvenes cineastas del ICAIC se vieron compelidos por otro tipo de pulsión revolucionaria, esa referida al cine mismo. Aquel año de la creación del ICAIC se comenzaba a vivir en el mundo la llamada “modernidad fílmica”. Quedaba atrás un modelo de representación cinematográfica que era rehén del paradigma clásico aportado por Hollywood (y al cual se podía asociar a un Ramón Peón o un Manolo Alonso), y que más bien se proponía la ruptura a ultranza.

Esa intención de cambiar de manera radical las formas de hacer el cine, puede deducirse de los reparos que se le pusiera a una película como La vida comienza ahora (1959), de Antonio Vázquez Gallo, que bien podríamos considerar el primer filme de ficción realizado después del triunfo revolucionario (solo que producido por la Cooperativa Cinematográfica RKO de Cuba). Sobre este filme, Fausto Canel llegó a escribir en el periódico “Revolución”:

"No se puede hacer el mismo tipo de cine que se hacía en 1959, en una etapa revolucionaria. Ahora hay que hacer cine revolucionario. Y hacer cine revolucionario no es, por supuesto, que un personaje resulte al final que subió a la Sierra Maestra o que puso varias bombas. Hacer cine revolucionario es cambiar totalmente la concepción de hacer cine". (18)

Esta crisis del lenguaje institucional cinematográfico que se vivía sobre todo en Europa, fue aprovechada sabiamente por el ICAIC. No todos los realizadores se dedicaron a experimentar, porque si se revisa la producción de esa fecha se verá que muchos de los documentales respondían a una circunstancia puntual. Y esa experimentación con el discurso moderno del cine tampoco estuvo presente al principio, como evidencia ese préstamo que hacen de la representación neorrealista, una poética que ya para entonces lucía trasnochada, pero sí en la misma medida en que descubren que combinando lo inédito del momento histórico con las rupturas que permite el imaginario de aquel instante, pueden nacer filmes atractivos. De alguna manera, la llamada “escuela documental cubana” (representada por Santiago Álvarez, Nicolasito Guillén Landrián, Oscar Valdés, entre otros) se aprovecha de esa conjura de circunstancias.

Aquel primer año del ICAIC fue importante para sentar las bases de su “autoridad” carismática. Esa autoridad (para algunos, autonomía) se apoyaba en la figura de Alfredo Guevara, pero también en la centralización de todas las actividades relacionadas con el cine en Cuba, que poco a poco iba consiguiendo el Instituto. Y desde luego, en el respaldo incondicional que tenía Guevara de Fidel y el Che.

De esa fecha es la carta que el Comandante argentino le envía a Alfredo Guevara en medio de lo que fue su primera gira por países como Japón, Yugoslavia, India, Egipto, Pakistán, Marruecos, entre otros, y que nos confirma el estrecho vínculo que mantuviera el llamado grupo de Tarará, aún después de firmadas las principales leyes. El Che le escribe a Alfredo Guevara:

"Mi estimado Alfredo:

Apenas recibí tu carta me puse en contacto con una compañía mediana de las de aquí e hice algunos ofrecimientos por mi cuenta que son los siguientes: instalación, por parte de Japón, de un estudio autosuficiente, completo para tres películas mensuales, equipado con todos los instrumentos menos cámaras y cinematógrafo perteneciente al estudio, de 2 500 localidades, pago en azúcar. Incluí esta última proposición con la cosa personal porque considero que el Instituto debe independizarse de los cines y tener su propia sala. Me encontré con varias sorpresas; primero, todos los estudios usan cámaras norteamericanas y alemanas, sobre la norteamericana Mitchell. El trabajo de llevarte todos los folletos se lo dejo encargado al embajador porque es largo y esta gente trabaja despacio; te envío con el portador un libro que tal vez pueda servirte, no sé su valor porque ni hablo inglés ni entiendo de cine.

Sobre las preguntas concretas que me hiciste puedo darte estas respuestas: los estudios japoneses tratan de filmar interiores, sólo recurren al exterior cuando no hay más remedio, y calculan un tercio de la película en estas condiciones. Sí, es posible comprar planos de los estudios, y me lo ofrecieron, pero no volvieron a visitarme. El cine japonés hace tres quintos de las películas de tipo corriente con escenario pequeño y costo reducido ($ 50 000); los dos quintos restantes se hacen con grandes escenarios, en general cinemascope y una película extremadamente cara cuesta en Japón $ 250 000.

Según los empresarios, tienen mucho interés en el mercado latinoamericano de películas, pero no lo demostraron, pues no volvieron a hablarnos ni tampoco mandaron los catálogos que pedí. Les manifesté el interés del Instituto del Cine por distribuir las películas japonesas. Haré otra tentativa antes de irme (salgo mañana) y te haré comunicar oficialmente por la embajada los resultados.

Discúlpame lo escueto de la carta, pero mi caletre materializado no sirve para disquisiciones psicológicas; la tuya, en cambio, me interesó mucho, pero las dos páginas que dedicaste al análisis de Pedro Luis (19) yo las resumo en tres palabras: hijo de puta.

Recibe un abrazo de tu amigo.

Che." (20)

El poderío del ICAIC se reafirma cuando ese mismo año ponen bajo su mandato la “Comisión Revisora de Películas” (nombrada ahora “Comisión de Estudio y Clasificación de Películas”), la cual siempre había pertenecido al antiguo Ministerio de Gobernación. Como primer director de esa Comisión fue nombrado Manuel Fernández, director de la revista “Cine Guía”, y censor del Centro Católico de Información Cinematográfica, que permaneció en el cargo hasta su salida del país a principios de 1961. Por otro lado, ese año visitan la institución renombradas personalidades del mundo cinematográfico, como el actor francés Gerard Philippe, el guionista italiano Cesare Zavattini, y el director de fotografía Otello Martelli.

En este sentido, podría decirse que no fue Sartre, sino Gerard Philippe, el primer francés en caer rendido ante los “encantos” de la Revolución, al declarar que le interesaría participar en una película sobre la lucha antibatistiana, encarnando el personaje de Raúl Castro, cuya trayectoria revolucionaria le había impresionado mucho. Se trató de un proyecto a través del cual se pretendía contar la gesta de la Sierra Maestra, y que según Fausto Canel, posibilitó que Alfredo Guevara y Guillermo Cabrera Infante viajaran,

"(…) juntos a México, a entrevistarse con Jerry Wald, presidente de la 20th Century Fox, quien quería hacer una biografía fílmica de Fidel Castro. Malvin Wald, hermano de Jerry, guionista, acababa de estrenar con éxito una (buena) biografía de Al Capone, dirigida por Richard Wilson, mano derecha de Orson Welles en el Mercury Theatre y durante la primera época de Welles en Hollywood, incluyendo Kane, y Ambersons. Ellos venían con el proyecto de hacer la biografía de Castro, pero Alfredo (no sabré nunca si honestamente o como simple táctica dilatoria: dudo mucho que Fidel Castro estuviese interesado en dejar que Hollywood le hiciese una biografía) se negó a que fuese Wilson el director, y le envía a Jerry Wald, a la Fox, una lista de los directores que el ICAIC proponía, al frente de la cual estaba el propio Welles, bofetada sin mano al pobre Richard Wilson. Como protagonista pedía a Marlon Brando para hacer de Fidel, con Gerard Phillipe, que acababa de pasar por la Habana invitado por su amigo Ricardo Vigón, como Raúl. Para llegar a un acuerdo, se citaron en territorio neutro, en Ciudad de México, a donde viajaron Guillermo y Alfredo". (21)

La película nunca llegó a rodarse porque el proyecto tampoco se discutiría. Ya por esas fechas comenzaban a circular entre los políticos estadounidenses rumores sobre el peligro de “la penetración comunista en La Cabaña”. Aunque también estuvo la muerte prematura de Gerard Philippe, quien se vio así impedido de cumplir sus deseos, y quién sabe si también impedido de conocer las futuras decepciones que, en cambio, vivió Sartre en cuanto al proceso revolucionario.

En el plano de la producción de ese año resalta la filmación de Sexto aniversario. Antes se había logrado exhibir Esta tierra nuestra en el IX Festival Internacional de Cine de Berlín, lo que marca el debut del ICAIC en este tipo de evento. En sentido general, habían quedado claramente trazadas cuáles serían las estrategias de producción y distribución del ICAIC, lo que provocó en algún momento alguna polémica con el propio Alfredo Guevara (mínima, comparada con las que tendrá que enfrentar en años venideros). Tal es el caso de Ramón Pérez Díaz, quien desde la revista “Cinema” no duda en atacar al joven directivo y su pretensión de fomentar “solo un cine de autor”. Decía Pérez Díaz:

"(s)in el cine comercial, la industria no existiría. En ningún país se hace cine de arte (…) El ideal no es lo anticomercial, sino lo consustancial de los dos valores. Hacer cine de Arte y Comercial es la meta soñada, pues resulta muy difícil conjugar los dos valores. Es bueno que el mandamás del ICAIC aliente esas ideas. La práctica le enseñará muchas cosas, y entre ellas, la imposibilidad económica de hacer cine anticomercial. (…) Mi temor es que si ayer fracasamos por carecer de recursos, hoy que lo tenemos todo, que podemos tenerlo todo, vayamos al fracaso por ilusos…". (22)

En el fondo de los años que siguieron, puede adivinarse la pugna que siempre ha subsistido en el ICAIC entre esa pretensión de “cine de autor”, y esa otra que ve en el cine un espectáculo, aunque siempre en función del proceso revolucionario. No pocas de las películas realizadas por la institución en la década fracasaron precisamente por esa obsesión de “modernizar” el lenguaje cinematográfico, o dinamitar el modelo clásico. Sin embargo, algo se puede alegar todavía a su favor: los cineastas del ICAIC soñaron que si la Revolución podía cambiar el mundo, ellos de alguna forma, también podían cambiar al cine. Y sí, con el tiempo consiguieron algunas películas que, todavía hoy, significan un desafío al modo más convencional de hacer y pensar el cine.

No obstante, los adversarios más peligrosos para ese primer ICAIC no estaban en los viejos cineastas pre-revolucionarios, o en los jóvenes creadores del Cine Club de La Habana. Estos, más que enfrentarse a un hombre con poder (Alfredo Guevara), desafiaron a una época que castigaba a aquellos que no se enrolaban en la misión histórica que planteaban los tiempos. El “apoliticismo” de Germán Puig, aunque respetable, como cualquier otra postura humana, se consideraba sencillamente un anacronismo en una fecha que había convertido en liturgia precisamente el “compromiso” fundamentado por Sartre. Lo que quiero decir es que, al margen de lo injusto que fue más tarde la acción del ICAIC al suprimirlos del mapa, esa actitud contemplativa estaba condenada por la época. Tampoco Ramón Peón o Manolo Alonso, quienes en el plano simbólico encarnaban la representación de un pasado ya desacreditado, eran un peligro real a tomar en cuenta.

Los verdaderos enemigos figuraban en el mismo campo revolucionario, y ya comenzaban a pugnar por conseguir la hegemonía del poder cultural. Para el ICAIC parecía claro que esos adversarios estaban logrando agruparse en el suplemento literario “Lunes de Revolución”, cuyo primer número fue publicado el 23 de marzo de 1959, justo un día antes de que se creara oficialmente el ICAIC.

“Lunes de Revolución” fue el suplemento cultural del periódico “Revolución”, órgano oficial del Movimiento 26 de Julio, y representante del ala liberal de las fuerzas que derrotaron a Batista. Su creación fue idea de Carlos Franqui, quien dirigía el periódico, y el suplemento fue encargado a Guillermo Cabrera Infante, y ya desde el primer número el magazine se encargó de dejar definida su posición en un editorial:

"(…) Nosotros no formamos un grupo, ni literario ni artístico, sino que simplemente somos amigos y gente de la misma edad más o menos. No tenemos una decidida filosofía política, aunque no rechazamos ciertos sistemas de acercamiento a la realidad – y cuando hablamos de sistema nos referimos, por ejemplo, a la dialéctica materialista o al psicoanálisis o al existencialismo". (23)

En un inicio las discrepancias entre “Lunes de Revolución” y el ICAIC no se pusieron de manifiesto. Después de todo, ambos grupos perseguían lo mismo: la consolidación de un presente revolucionario que quería dejar atrás todo lo que oliese a pretérito. Si el ICAIC optó por no tomar en cuenta a ninguno de los representantes del cine prerrevolucionario, en un claro ejemplo de tabula rasa radical, “Lunes de Revolución” se dedicaría a fustigar de una manera ciertamente injusta lo mismo al grupo Orígenes que a Jorge Mañach. Es verdad que gracias a “Lunes de Revolución” y su enorme tirada de ejemplares, los cubanos pudieron acceder a un universo cultural moderno, donde era posible leer sobre la filosofía política de Heidegger, el teatro de Ionesco, o la intelectualidad de izquierda en Francia, mas, como dice el propio Cabrera Infante, “no es difícil ver que estábamos, literalmente, contra todas las banderas. Literariamente también”. (24)

La presencia del cine en “Lunes de Revolución” estuvo a cargo de Edmundo Desnoes, junto a Cabrera Infante (aunque este escribía con más regularidad en “Carteles”). A pesar de que no había existido una declaración de guerra expresa, los artículos publicados en el suplemento dejaban entrever discrepancias bastante agudas con los referentes estéticos a los que apelaban en sentido general los miembros del instituto. Los del ICAIC se habían mostrados inclinados a nutrir su incipiente actividad con las lecciones heredadas del neorrealismo italiano, y no dudaron en invitar al país a creadores como Cesare Zavattini. En cambio, los de “Lunes de Revolución”, sobre todo a través de la figura de Guillermo Cabrera Infante, se mostraban especialmente críticos con ese movimiento fílmico ciertamente superado para la época, y se pronunciaban a favor del “Free Cinema británico”, la “Nueva Ola francesa”, y hasta lo mejor de Hollywood.

Es curioso que en todo lo escrito por Cabrera Infante sobre el ICAIC (casi siempre satanizando al instituto) no haga apenas alusión a su paso por la directiva del mismo, y mucho menos puntualice el motivo de su renuncia y fecha. Es como si quisiese haber borrado de su vida ese período, estableciendo el punto de partida de su gestión cultural dentro de la Cuba revolucionaria, a partir de sus aportes y desencuentros en “Lunes de Revolución”. (25)

De cualquier forma, aunque en febrero de 1961 se prepara ese número especial con el nombre de “Lunes va al cine”, y en el cual colaboran, como hemos dicho, varios integrantes del ICAIC, ya la pugna entre ambos grupos estaba establecida, y solo faltaba por definirse el vencedor. Eso ocurriría precisamente a mediados de 1961, al surgir el incidente de PM, que da lugar a la posterior liquidación del suplemento, tras el conocido discurso de Fidel a los intelectuales. Pero mientras llega ese instante de la definición, el ICAIC consigue consolidar una autoridad que no solo le permitirá anular a los de “Lunes de Revolución”, sino también resistir los embates de los marxistas más dogmáticos que desde el Consejo Nacional de Cultura, atacarán a Alfredo Guevara con mucho más saña que Carlos Franqui y sus seguidores.

Ya desde 1959 el ICAIC supo sacar partido a sus ganas de arrancar de cero, fomentando un clima de creación donde era importante el respaldo a la Revolución, pero también el experimento y la herejía. Como pocas expresiones artísticas de la época, el cine del ICAIC no solo fue testigo de la Revolución, sino que también hizo, en su campo, revolución.

NOTAS:
1) Fidel Castro. La Historia me absolverá. En el sitio http://www.marxists.org/hitory/cuba/archive/castro/index/htm.
2) Carta de la Comisión Ejecutiva Nacional del PSP a todos los organismos del Partido, 30 de agosto de 1953. Citado por K. S. Karol en “Los guerrilleros en el poder”. Editorial Seix Barral, Barcelona, p 161.
3) Carta de Fidel Castro a Coronel Rego Rubido, el 31 de diciembre. Citado por Carlos Franqui en “Diario de la Revolución cubana”. Ediciones R. Torres. Barcelona, Año 1976, p 680.
4) Amir Labaki. “De la vida, del cine” (Entrevista con Alfredo Guevara)”. En Revista Cine Cubano Nro. 140, pp 106-107.
5) Idem, p 105.
6) Toda lo referente a Germán Puig y Ricardo Vigón se apoya en las investigaciones realizadas por Emmanuel Vincenot, y que pueden consultarse en: Emmanuel Vincenot «Germán Puig, Ricardo Vigón et Henri Langlois, pionniers de la Cinemateca de Cuba » dans : Caravelle, n° 83, Toulouse, 2004, p. 11-42, y Emmanuel Vincenot “Histoire du cinéma à Cuba, des origines à l’avènement de la Révolution” Thèse de doctorat d’espagnol à l’université de Bourgogne, sous la direction de M. Emmanuel Larraz (thèse soutenue le 26 novembre 2005).
7) Carta de Germán Puig citada por E. Vincenot.
8) María Eulalia Douglas menciona también a “Lo Ducca, director de la revista “Cahiers du Cinema”, pero este dato debe ser un error, pues el director de esa publicación entonces era Andre Bazin. “La tienda negra”, p 134.
9) Ramón Peón. “Carta abierta al Gobierno Revolucionario y al Doctor Fidel Castro”, en “Cinema”, Nro. 195, La Habana, 8 de febrero de 1959, p 10.
10) Arturo Agramonte, Luciano Castillo. Ramón Peón, el hombre de los glóbulos negros. Universidad Nacional Autónoma de México, Noviembre de 1998, p 141.
11) Alfredo Guevara a Amir Labaki, en Cine Cubano 140, p 107.
12) Luciano Castillo. “1959: para una cronología del Año de las Luces”, p 21.
13) Entrevista con el autor.
14) Carta de Ricardo Vigón a Germán Puig, fechada el 22 de junio de 1959, citada por Emmanuel Vincenot.
15) Carta de Ricardo Vigón a Germán Puig, citada por E. Vincenot.
16) Carta de Ricardo Vigón a Germán Puig, citada por E. Vincenot.
17) Carta de Ricardo Vigón a Germán Puig, citada por E. Vincenot..
18) Fausto Canel. “La vida comienza ahora”. Periódico Revolución, La Habana, 9 de agosto de 1960.
19) Puede referirse al comandante Pedro Luis Díaz-Lanz, primer jefe de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias, que el 29 de junio de 1959 renunciara a su cargo y se exiliara en los Estados Unidos, alegando infiltración comunista en el gobierno. Aunque también cabe la posibilidad de que se refiera a Pedro Luis Boitel, ex Presidente de la Asociación de Estudiantes de Ingeniería de la Universidad de La Habana, y miembro del “Movimiento 26 de Julio”. Exiliado en la fase final de la lucha contra Batista, con el triunfo de la Revolución retorna a Cuba y el 18 de octubre de ese año pierde ante el comandante Rolando Cubela Secades las elecciones para Presidente de la Federación de Estudiantes Universitarios (FEU). Su condición de católico, así como su anticomunismo radical, lo lleva a formar parte de la ilegal “Movimiento de Recuperación Revolucionaria”. Sancionado a diez años de prisión (tiempo que se incrementará con nuevos cargos), muere en presidio el 25 de mayo de 1972 después de protagonizar una huelga de hambre durante 53 días.
20) Carta de Ernesto Che Guevara a Alfredo Guevara, fechada el 26 de julio de 1959. En Revista Cine Cubano Nro. 140, p 17.
21) Fausto Canel al autor.
22) Citado por Luciano Castillo en “1959: para una cronología del año de las luces”. En “”Le Cinema Cubain: identité et regards de l’intérieur” (Coordinado por Sandra Hernández). Voix Off Nro. 8, Universidad de Nantes, 2006, p 32.
23) “Lunes de Revolución”, Nro. 1, 23 de marzo de 1959.
24) Guillermo Cabrera Infante. “Un mes lleno de lunes”. En “Lunes de Revolución”, de William Luis.
25) Según Fausto Canel, la renuncia se produce a raíz de la negativa de Alfredo Guevara a que Ricardo Vigón, amigo de Cabrera Infante (y de Gerald Philippe), entre al ICAIC. Aunque no hay una versión oficial, si están los rumores de que Vigón llegaría a agredir físicamente y en público a Guevara, luego de una discusión entre ambos. A su muerte, Cabrera Infante escribió en la revista “Carteles” un artículo titulado “La breve vida infeliz de Ricardo Vigón”, pero ya para entonces, hacía rato que había abandonado su puesto en el ICAIC.

LA HISTORIA SEGÚN LAS CIRCUNSTANCIAS: EL ICAIC, LA ÉPOCA Y LOS OTROS...

jagb 24/03/2008 @ 22:25

Hay una tendencia bastante enraizada entre los historiadores (no importa cuál sea el objeto de su estudio) a organizar la “Historia” con un sentido exclusivamente cronológico. A pensarla como si se tratara de un sendero unidireccional: como una flecha lanzada al horizonte. Desde esa perspectiva, la “Historia” es algo que siempre va de menos a más, o dicho de otro modo, que se examina como un conjunto de acontecimientos que, más allá de las subjetividades, las diferencias, los accidentes y azares, siempre conduce a un plano superior. En el fondo, se trata de una versión laica de la teleología cristiana, donde el porvenir o lo que va delante en el tiempo, siempre es más luminoso que el pasado y el presente.

La historia del cine cubano, y en especial la historia del ICAIC, ha sido contada casi siempre de ese modo. Según el esquema básico hay tres grandes períodos: el silente (que va de la llegada de Veyre a la isla hasta 1930), el sonoro pre-revolucionario (desde Maracas y bongó hasta el triunfo de la Revolución), y el revolucionario (desde Historias de la Revolución hasta la fecha). Y cuando se examina el período revolucionario, este a su vez se segmenta en una primera “década prodigiosa”, una segunda “historicista”, una tercera “populista”, hasta llegar a la actual, donde lo digital parece coronar con éxito todo un camino de búsquedas.

Con esta tercera sección del libro invito a otro tipo de lectura: en vez de estudiar la producción cinematográfica del ICAIC de una manera vertical o unidireccional, donde solo tendríamos en cuenta la actividad cinematográfica, propongo releer cada año de la década, pero de forma “horizontal”. Para ello hemos conformado una tabla que permite apreciar lo que sucedía en cuanto a cine en cada uno de estos años, pero también en el orden socio- político (nacional e internacional).

De que el ICAIC nació como un organismo de agitación y propaganda del nuevo gobierno, lo pone en evidencia toda esa documentalística que, año tras año, graficaba cada una de las arengas y leyes revolucionarias. Los títulos de esos documentales, por sí solo, hoy podrían conformar una especie de crónica detallada de lo que en cada momento se propuso el poder político. En la actualidad, esos documentales parecen carecer de todo valor, debido al carácter coyuntural de lo que exponían; y sin embargo, si nos proponemos una suerte de antropología visual, serán realmente útiles para entender “qué es lo que se quería” en aquel instante. Y eso es importante, toda vez que una sociedad no es solo lo que nos han dicho que es (y que al final lo más probable es que no haya sido), sino también lo que la gente quería que fuera.

El cine de ficción, por razones de producción, nunca ha gozado de la inmediatez que tiene el periodismo o el documental. Pero una lectura atenta de lo que “enuncian” cada una de esas películas de ficción permite detectar muchas de las tensiones que se estaban viviendo en la época, ya no en el sentido explícito del enfrentamiento a los Estados Unidos, sino en relación a las fuerzas encontradas que dentro del mismo campo revolucionario pugnaban por obtener la hegemonía. A diferencia de los documentales, que mostraban una clara vocación por lo afirmativo (aunque siempre estaban las excepciones de Guillén Landrián o Sara Gómez, por mencionar dos) el cine de ficción se interesó por insertar lo dubitativo y lo experimental, y de ese cruce de intenciones y tensiones (la propagandística y la experimental) creo que nace la fuerza de ese cine cubano que en los sesenta se convierte en todo un icono de la contracultura del continente. O lo que es lo mismo: de esa confluencia de intereses nace la modernidad del lenguaje cinematográfico del cine cubano de la época.

Sin embargo, solo una lectura horizontal de la historia del cine cubano permitiría apreciar la complejidad de un contexto que no está conformado por opuestos monolíticos que se excluyen entre sí en virtud de una diferencia política (por crítica que sea esta), sino que se nutre a diario de las insatisfacciones y defectos naturales que porta todo ser humano, y que nos hace únicos e intransferibles. Esta lectura permitiría superar ese enfoque en el cual los protagonistas de la historia cubana (ya no solo la referida al cine) resultan esbozados apenas como ángeles y villanos.

Creo que similar nivel de exigencia debe contemplarse a la hora de evaluar el ICAIC como fenómeno cultural que ha tenido en la vida cubana revolucionaria un indiscutible impacto. No estamos hablando del ICAIC únicamente como centro productor de películas, sino como centro irradiador de prácticas cinematográficas que, a su vez, marcaron estrategias de emisión y recepción colectivas en buena parte del continente latinoamericano, y al mismo tiempo, como un campo de fuerzas encontradas dentro de un contexto que también propiciaba el desencuentro con otras fuerzas pertenecientes al mismo campo.

Una lectura horizontal también permite detectar dónde estaban las verdaderas raíces de esas acciones culturales que, en apariencia, gozan de autonomía. Pongo este ejemplo: las diferentes “Semanas de Cine” que se van organizando por el ICAIC no en balde coinciden con las relaciones diplomáticas que el gobierno va estableciendo con los distintos países del área socialista. Cuando se inaugura la “Semana de Cine Soviético” en el cine La Rampa el 12 de diciembre de 1960, es la primera vez que se organiza una muestra cinematográfica de ese tipo en Cuba, pero ya antes, en los primeros días del mes de febrero de ese año, el vice Primer Ministro de la Unión Soviética de entonces, Anastas Mikoyan, había visitado el país a propósito de la Exposición Soviética organizada en Cuba. De paso, había dejado una ofrenda floral ante la estatua de Martí (provocando la protesta de un grupo de estudiantes que no simpatizaban con el comunismo), al tiempo que firmaba el primer convenio comercial entre los dos países. No es casual entonces que, cuando el 1 de diciembre de 1961 la Cinemateca inicie su programación diaria decida debutar con estos dos ciclos: “Tres décadas de cine soviético” y “Cine social latinoamericano”.

La bibliografía que he utilizado para conformar esta parte del libro ha sido muy variada, pero hay dos textos sin los cuales hubiese sido muy difícil concebir este mapa que ahora se ofrece: “La tienda negra”, de María Eulalia Douglas, y “Cuba Cronología. Cinco siglos de Historia, Política y Cultura”, de Leopoldo Fornés-Bonavía Dolz.

LA HISTORIA DEL CINE CUBANO SEGÚN LO QUE SE HA ESCRITO

jagb 24/03/2008 @ 22:20

En general, se ha escrito bastante sobre el cine cubano, pero lo que hasta ahora ha predominado son los volúmenes colectivos, las cronologías, guías críticas, o textos que abordan determinadas zonas o poéticas particulares. En este sentido, el ensayo de Michael Chanan (“Cuban Cinema”), que examina como algo integral las diversas etapas del acontecer fílmico nacional (desde su etapa silente hasta los años más recientes), es más bien una feliz excepción.

El libro de Chanan es tal vez el único que hasta el momento se ha propuesto pensar “críticamente” toda la historia del cine cubano. Debo aclarar que existen muchos libros que aluden al cine cubano y su devenir, pero en esos textos (muchos de ellos, de una utilidad insuperable) predomina el informe exhaustivo por encima de la tentación de pensar el conjunto de imágenes desde ángulos menos positivistas. También resultan muy útiles el libro colectivo preparado por Paulo Antonio Paranagua (“Le Cinema Cubain”), así como la tesis (hasta ahora inédita) del investigador francés Emmanuel Vincenot (“Histoire du Cinéma á Cuba, des origenes a l’avénement de la Révolution”). Sin embargo, el gran inconveniente es que ninguno de estos textos está traducido al español.

En el contexto nacional e internacional, las investigaciones de María Eulalia Douglas, quien labora en la Cinemateca de Cuba, han sido referencias insoslayables para aquellos que hemos querido desarrollar algún tipo de estudio sobre el tema. En especial recomiendo “La tienda negra”, que no solo es útil, sino además de ello, amena. En lo personal, no concibo nada de lo que he escrito, si antes no hubiesen existido todas esas investigaciones de Mayuya.

La “Cronología del cine cubano”, preparada por Arturo Agramonte en 1966, a pesar de su irregularidad estilística, devino un texto insoslayable para cualquiera que quisiera adentrarse en estos asuntos. Su esperada actualización, que el autor iniciara antes de su fallecimiento junto al acucioso investigador Luciano Castillo, promete convertir a este libro en algo canónico dentro de la materia. Igual de recomendable resulta “Mirada al cine cubano”, de Walfredo Piñera y María Caridad Cumaná, una obra que resulta un mapa eficaz de lo que ha sido el acontecer fílmico en el país a lo largo del siglo.

Sin embargo, pienso que si algún punto de giro importante se nota en el modo de escribir actualmente “la Historia del cine cubano”, es gracias a las contribuciones que han estado haciendo sus propios protagonistas. Las entregas de Alfredo Guevara (sobre todo con “Revolución es lucidez” y “Tiempo de fundación”) abrieron un camino que hoy permite explorar ese pasado, no desde la perspectiva del crítico o el historiador, sino desde la mirada de quienes hacían “la historia” al andar. De allí que otros volúmenes como “Volver sobre mis pasos”, de Tomás Gutiérrez Alea, “Ni tiempo para pedir auxilio”, de Fausto Canel, o “La mirada viva”, de Alberto Roldán, se conviertan en sujetos que dialogan entre sí, y que se complementan en su disparidad.

Creo que la misión del historiador, una vez que se enfrenta a esta diversidad de fuentes, está en detectar el famoso “espíritu de la época” (Zeitgeist). Ante la imposibilidad de conseguir la “objetividad histórica”, debido a que el hecho de seleccionar los “acontecimientos históricos más importantes” ya es claramente subjetivo, lo que ha de perseguirse es reconstruir la atmósfera. Que más allá de los juicios a los que el lector pueda arribar por sí mismo, éste consiga experimentar el pasado, y revivirlo no con la sospechosa tranquilidad con que se adentra en un museo, sino sabiendo que en cualquier momento nos puede desconcertar justo el descubrimiento de algo que no conocíamos. Dada la polarización que ahora mismo muestra la memoria histórica de la nación, desgarrada por una confrontación ideológica que ya supera las cuatro décadas, se me antoja que las reflexiones del célebre pensador Reinhart Koselleck, hablando del caso español, pueden resultar útiles:

"Mi regla en este tema consiste siempre en mantener las diferencias, debatir sobre las diferencias sin máscara. De este modo, cada uno tiene la oportunidad de mantener su independencia respecto al otro gracias al reconocimiento mutuo. El reconocimiento de ambas partes supone de entrada una predisposición hacia la paz. Pero si uno niega la independencia de los otros, entonces te ves sometido de inmediato a la presión de suprimirlos. Creo que insistir en las diferencias es la mejor manera de contribuir a la paz y a la memoria común, puesto que la memoria está dividida Y aceptar esto último, aceptar que la memoria está dividida, es mejor que inventarse una memoria única, de una sola pieza. Me parece que esta debería ser la norma, la regla general en este tipo de asuntos. Se trata de un criterio que podría aplicarse a toda Europa, a israelíes, polacos, alemanes, franceses, etc. Y creo que, por analogía, también a los españoles. A mi juicio, es el único camino". (1)

Cada uno de estos libros que he mencionado, junto a otros que se podrán encontrar en la relación bibliográfica que sigue más adelante, han resultado vitales para conformar este estudio sobre el cine cubano de los sesenta. Tomando en cuenta que prefiero hablar del conocimiento no como una oferta, sino como una demanda, me gusta pensar en este conjunto de textos como una invitación a fiscalizar las bases sobre las cuales se han construido sus discursos.

En este sentido, la posibilidad de que consigamos experimentar una verdadera “revolución copernicana” en el modo de organizar el conocimiento relativo al cine cubano, parece muy cercana. El incesante desarrollo de los medios de comunicación, y la consolidación de un modo de acceso al saber donde “el experto” ya no puede impartir conferencias, sino en todo caso, establecer conversaciones, posibilitará que la construcción de esa hipotética “verdad histórica” se enriquezca con el aporte de todos, y no solo de los que casi siempre han escrito la “Historia”, o sea, los vencedores. Hasta ahora el cine cubano no ha explotado el filón de la “blogosfera”, pero aunque efímera, la experiencia que en lo personal llegué a vivir con el blog “Cine cubano, la pupila insomne” (http://cine-cubano-la-pupila-insomne.nireblog.com), me hace sospechar que la historia más profunda de esta expresión cultural, todavía está por escribirse.

Para ser coherente con lo anterior, pienso que lo ideal sería que este libro que ahora se lee, provocara en el lector una sensación de “radical incomodidad”, o dicho de otro modo, una reacción en su sistema cognitivo. Y es que al igual que en el caso de los hombres, donde solo los muertos gozan del raro privilegio de la paz, también un libro obtiene el derecho a parecer que está vivo, solo cuando consigue proponer ideas provocadoras en aquellos que lo leen.

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NOTAS:

1) Javier Fernández Sebastián, Juan Francisco Fuentes. Historia conceptual, memoria e identidad (II). Entrevista a Reinhart Koselleck. Revista de Libros de la Fundación Caja Madrid, Nro. 112. Abril 2006, p 7.

EL PRIMER TITÓN (Fragmento del libro HASTA CIERTO TITON)

jagb 30/06/2007 @ 10:45

Tomás Gutiérrez Alea nació en La Habana el 11 de diciembre de 1928, en un momento en que Cuba comenzaba a experimentar otro de sus períodos históricos oscuros: eran las vísperas de la llamada “revolución de 1933”.

El 1 de noviembre de 1928 Gerardo Machado lograba imponer su reelección, pero sin poder neutralizar la cada vez más creciente oposición. Gutiérrez Alea (más conocido por Titón), al igual que otros que nacieron por la misma fecha, como Alfredo Guevara (1925), Julio García Espinosa (1926), y sobre todo Fidel Castro (1926), heredaron todas las insatisfacciones nacionalistas que por aquella época se discutían, y que justo en 1932 hiciera escribir a Jorge Mañach:

“Por un curioso ritmo histórico, el pensamiento cubano se encuentra ahora, como al comienzo de su evolución, oscilando entre un relativo y un absoluto nuevos. Entre un socialismo posibilista, que ajusta el grado y tempo de la innovación a la peculiaridad cubana, y un comunismo dominado por la teoría y afanoso de universalidad” (1).

Por la fecha en que nace Titón, la nación cubana se debatía por consolidar una República que había nacido el 20 de mayo de 1902, con el juramento que Tomás Estrada Palma hiciera en el Palacio de los Capitanes Generales, después de recibir el poder de manos del general Leonardo Wood, representante del gobierno interventor norteamericano.

Hasta Machado, la República había estado bien lejos de ser lo que José Martí expresara a modo de aspiración en sus discursos y escritos. Para no pocos el nuevo orden social devino una forma más sofisticada de seguir favoreciendo a los menos, en tanto que la soñada independencia no pasaba de ser una mera expresión formal: parecía cada vez más claro que Estados Unidos reemplazaba a España a la hora de controlar los beneficios económicos que reportaba la isla, con lo que se ponía de manifiesto la vigencia de aquel apunte estoico donde se afirma que, pasar de la pobreza a la riqueza, no es más que cambiar de miseria.

Las reacciones contra esa degradación de los antiguos ideales muy pronto se hicieron notar. Veteranos como Enrique José Varona se empeñaron en combatir cívicamente hasta el final de sus vidas esa nueva actitud colectiva. Pero también en las generaciones más recientes surgieron posiciones críticas, como las de Julio Antonio Mella, cofundador del Partido Comunista en Cuba, o las que alcanza a simbolizar el “Grupo Minorista” (1924-1929), integrado entre otros por Jorge Mañach, Eduardo Abela, Alejo Carpentier, Félix Lizaso, Juan Marinello, Rubén Martínez Villena, Mariano Brull, Emilio Roig de Leuchsenring, José Z. Tallet y Amadeo Roldán.

Esas contradicciones intelectuales, que desde luego tenían una repercusión política concreta, se evidenciaban en un sinfín de hechos violentos. Allí está el asesinato de Julio Antonio Mella en México, los asesinatos de presos en Isla de Pinos, el exilio de Rubén Martínez Villena en la URSS como consecuencia de la persecución gubernamental de que es objeto, el fallecimiento del estudiante Rafael Trejo, quien participaba en una manifestación estudiantil (o “tángana”) contra el gobierno.

Son apenas algunos de los numerosos episodios que provocan que el 12 de agosto de 1933 Gerardo Machado renuncie a su cargo y se refugie en Nassau, dejando detrás el caos vengativo que toda euforia revolucionaria trae aparejado al espejismo de haber conquistado un futuro promisorio. Las imágenes dantescas de machadistas (o “porristas”) linchados a la luz pública, con seguridad han de herir la sensibilidad de quienes solo gustan de mirar la cara más fotogénica de la “justicia histórica”.

La infancia y adolescencia de Gutiérrez Alea pareció transcurrir alejada de aquellos revuelos políticos e ideológicos. Era una vida normal y corriente, que difícilmente podía indicarnos que estábamos en presencia de alguien que, con el tiempo, se convertirá en el más renombrado de los cineastas cubanos. Y era lógico que así lo fuera. Por la fecha en que nace y se forma Titón, “hacer cine” se asociaba a algo sin importancia no ya cultural, sino económica (léase social).

Ya en 1923 había muerto Enrique Díaz Quesada (n. 1882), uno de los pocos que quiso hacer de este oficio algo más que una aventura esporádica. Díaz Quesada mostró una tenacidad que rara vez se ha repetido en toda la historia del cine cubano, al filmar varias películas que intentaban reflejar el momento histórico que vivía la nación (y también sus luchas por la independencia), pero murió muy joven.

Esa tenacidad fue heredada por Ramón Peón (n. 1897-1970), quien igualmente se esforzó por crear una cinematografía nacional, y llegó a realizar películas tan relevantes como “La Virgen de la Caridad” (1930). Sin embargo, en 1931 Ramón Peón decidió asentarse en México, donde desarrolló el grueso de su carrera. Cierto que nunca le abandonó la idea de fomentar una industria fílmica en el país, fundando incluso la empresa PECUSA (1938) que daría lugar a seis filmes, pero no puede hablarse de una tradición cinematográfica, como sí existía entonces en México o Argentina. Sobre sus intereses primarios, el propio Gutiérrez Alea nos ha comentado:

“Claro que no siempre fui cineasta. Mucho antes, desde niño, había mostrado vocación por la pintura, por la música y por la poesía, sucesivamente. En ninguno de los tres campos resulté ser muy brillante. Sin embargo, no podía renunciar a ninguno de ellos. Por otra parte, también me atraían los problemas de la técnica y los trucos de magia. Ya era demasiado. Un buen día (no recuerdo cuándo sucedió) se me hizo evidente que el cine resumía todas mis inclinaciones. A partir de entonces se convirtió en algo muy grande para mí. Asistía regularmente a las distintas tandas (entonces había lo que llamaban matinée, y solían exhibir diariamente dos películas, un noticiero, un documental, un episodio y los “avances” de los próximos estrenos), no sólo para quedar fascinado por tal despliegue de imaginación y fantasía, sino también para tratar de entender por qué todo aquello me resultaba tan fascinante”.

Este momento de conversión definitiva hay que asociarlo al año 1948, exactamente al instante en que Germán Puig y Ricardo Vigón crean el “Cine Club de La Habana”, posibilitando el encuentro de Titón con otros jóvenes que en aquella fecha veían en el cine una buena vía para expresar sus inquietudes personales. (2)

Desde luego, el cine club no inventó la vocación cinematográfica de Gutiérrez Alea, pues ya un año antes había filmado con una cámara de 8 mm dos cortos humorísticos (“La caperucita roja”/ 1947 y “El faquir”/ 1947), pero el encuentro en aquel marco aglutinante permitió interiorizar con mucha más intensidad esa vocación. Junto a ese primer Titón estaban Néstor Almendros y Guillermo Cabrera Infante, todavía sin la notoriedad internacional que obtendrían luego de 1959. Entonces eran apenas unos adolescentes que vieron en el cine-club la posibilidad de reconocerse en medio de un contexto donde figuraban como “seres raros”, debido al poco aprecio que entonces le concedían al cine los intelectuales más “serios” del momento.

El antecedente más directo que se le puede encontrar al “Cine Club de La Habana” habría que remontarlo precisamente al año en que naciera Titón, año en que José Manuel Valdés Rodríguez, uno de los pioneros de la crítica de cine en Cuba, reúne en su casa a un grupo de intelectuales como Fernando Ortiz, Raúl Roa, Juan Marinello, Rubén Martínez Villena, entre otros, con el fin de proyectar y comentar algunas películas importantes del cine mundial que llegaban al país. Según la investigadora María Eulalia Douglas, Valdés Rodríguez “utilizaba un proyector prestado y como pantalla, la pared blanca del garaje de un vecino. Al terminar la proyección, comentaban y discutían el filme”. (3)

Con Valdés Rodríguez el cine obtuvo en los periódicos cubanos de la época una nueva percepción. Sería un poco exagerado decir que fue el primero en superar la mirada del cronista social que prioriza el análisis del filme por encima de los efectos que su estreno implica en los medios sociales, pues allí están las crónicas cinematográficas firmadas por Jorge Mañach en la “Revista de Avance”, pero es indiscutible que Valdés Rodríguez sistematizó esa visión, primero al ser nombrado en 1935 “crítico oficial de teatro y cine de El Mundo” (4), y luego al impartir en la Universidad de La Habana, de 1942 a 1957, el primer curso del cual se tenga noticia en el país con el título de “El cine: industria y arte de nuestro tiempo” (5).

Germán Puig y Ricardo Vigón participaron en uno de esos cursos de verano, y a raíz de esa participación nació la idea de crear el Cine Club. Solo que ni a Puig ni a Vigón les interesaba explotar el acento ideológico que Valdés Rodríguez intentaba resaltar en sus análisis. Para ambos, el cine era nada más que arte (sin implicaciones políticas), y esa suerte de búsqueda de la autenticidad “por cotos de mayor realeza”, es lo que los animaría a fundar un espacio que pronto chocará con el propio Valdés Rodríguez, al convertirse en una clara alternativa a la gestión cultural de este, y por otro lado, también con algunos de esos miembros originales que en apenas tres o cuatro años se sentirán incómodos con ese “apoliticismo”.

En la época en que Titón ingresa al “Cine Club de La Habana” (contaba apenas con veinte años) sus inquietudes políticas no estaban definidas. Tenía inquietudes sociales, desde luego, pero lo que se dice una ideología concreta, no. Hasta ese instante su vida era la típica de cualquier joven cubano que aspiraba a mantener un nivel de vida decoroso. Sin haber ido nunca a “un colegio de curas” fue educado como católico. De 1943 a 1948 estudiaría música. En 1946 matricula Derecho en la Universidad de La Habana, más para complacer al padre que por vocación propia; dos años después filma en 16 mm un documental (inconcluso) sobre el Movimiento por la Paz.

Aquel año de 1948 sería crucial para Gutiérrez Alea por varias razones. Ingresar al “Cine Club de La Habana” le permite reconocer lo que será en lo adelante su sueño más anhelado (convertirse en cineasta); y por otro lado, coincidir con Néstor Almendros e iniciar con este una entrañable amistad, contribuye a que su mirada hacia el contexto social cobre otra dimensión. Roberto Fernández Retamar, quien con el paso del tiempo se convertiría en uno de sus más perdurables amigos, lo recuerda así:

"Aunque no he retenido la ocasión precisa, supongo que nos conocimos a finales de 1948, porque de esa fecha, cuando empecé a estu¬diar filosofía y letras en la Universidad de La Habana, data la segunda oleada de mis ami¬gos: la primera, naturalmente, viene de mi infancia. En todo caso, en 1949 ya mantenía¬mos una relación estrecha: con frecuencia, yo lo visitaba en el apartamento de sus padres, en el Edificio Chibás; y él me visitaba en la casa de mis padres, en La Víbora. Con otros adolescentes, intercambiábamos libros, asistíamos a conciertos, veíamos obras de teatro, películas y exposiciones, comentábamos y pla¬neábamos mil cosas; lo habitual en la paideia de las promesas de artistas.

Pero Titón desco¬llaba no por lo que prometía, sino por las va¬rias cosas que ya hacía, con finura y calidad singulares. Sé que de niño aprendió, con el mismo maestro de Adelaida, a bailar tap. Sé que dibujaba. Lo recuerdo tocando admirable¬mente al piano la “Berceuse campesina” de García Caturla y varias piezas de Debussy, como “La plus que lente”. Más que recordar, conservo poemas suyos: los que agrupó en su cuaderno “Reflejos”, el cual, con la firma "To¬mas G. Alea", y viñetas de Servando Cabrera Moreno, imprimió en 1949 valiéndose de una imprentica de mano que el padre tenía en su casa, y que me resultaría una bendición. Sin embargo, lo más notable no era lo que hacia, sino lo que era: un gallardo y gentil príncipe de cuentos de hadas, para decirlo con las pa¬labras más justas de que soy capaz, y la ayuda de la cursilería -inexistente del todo en él. Nunca he conocido a nadie con mayor elegan¬cia natural".

Para el Gutiérrez Alea de aquellos tiempos, “la figura de Cristo se me hacía – y se me hace aún, aunque en otro sentido- algo infinitamente grandioso y bello. Cristo arremetió contra los mercaderes y contra los hipócritas, mostró el camino de la verdad, predicó la humildad y sintió el dolor de los hombres” (6). Pero esa seducción operaba solo a nivel de fábula romántica, lo cual lo llevó a explorar por primera vez la literatura marxista de la mano de Néstor Almendros, quien lo inició en esa zona de la filosofía. Según Alea, “la idea del comunismo se me parecía bastante a la del paraíso. Sólo que aquél se expresaba como una consecuencia lógica, racional del desarrollo de la humanidad y debía ser alcanzado en esta vida”. (7)

Hacia mediados de los ochenta, la amistad de Gutiérrez Alea y Néstor Almendros quedó trunca a raíz de una ácida polémica que ambos sostuvieron en público, pero mientras duró, esa amistad fue hermosa por más de una razón. Coincidiendo con el éxito de “Fresa y chocolate” (1993), una película que de alguna manera prolongaba el debate que los dos habían sostenido (aún cuando Almendros ya había muerto), Titón recordaría:

"Néstor no fue sólo un amigo mío como otros muchos: lo fue en un sentido muy particular. Cuando llegó a Cuba, en un momento en el que ya yo había definido mi vocación por el cine, él tenía una especie de fanatismo de espectador: quería ver todas las películas – lo cual a mí nunca me ha pasado-, y me arrastró, me hizo descubrir cosas que yo no había visto, me abrió nuevos campos. Recuerdo que íbamos junto al cine constantemente y teníamos que sentarnos en las primeras filas, porque él –no sé si sería a causa de la miopía o qué- necesitaba llenarse por completo de la pantalla. Esa etapa fue muy importante para mi formación artística y también para mi formación política. Parecería un contrasentido, pero la primera persona que me habló seriamente del marxismo como algo que era necesario asumir fue Néstor. Por eso me costaba tanto trabajo entender su posición: creo que no jugó limpio en la etapa posterior a su salida de Cuba. Eso me molesta mucho, tal vez porque conservo el recuerdo afectivo de aquellos primeros años". (8)

La vida de Néstor Almendros, efectivamente, estuvo marcada desde bien temprano tanto por las inquietudes artísticas como políticas. Su llegada a Cuba se produjo a finales de la década del cuarenta, cuando con apenas dieciocho años fue reclamado desde La Habana por su padre republicano, en el inicio de un exilio que lo llevaría primero a la mayor de las islas de Las Antillas, pero también a Estados Unidos e Italia. Hijo de Herminio Almendros, un marxista español con altos cargos en el Ministerio de Educación de la República Española antes de abandonar aquel país como consecuencia de la guerra civil, el futuro director de fotografía se mostraría, aún muy joven, apegado a la ideología abrazada por el padre.

Lo cierto es que la amistad con Almendros anima a Alea a pasar de,

"(…) la prédica cristiana a la práctica revolucionaria. Ya estaba en la universidad, intentaba escribir poesías, estudiaba piano con César Pérez Sentenat y teoría de la música con Argeliers León, y empezaba a descubrir el cine. Aquí se unía todo: el ejercicio del cine se me revelaba también como una indiscutible responsabilidad social. Por eso no tiene nada de sorprendente que de la confusión de Kafka pasara a filmar un corto sobre el Movimiento por la Paz para el Partido Socialista Popular, aunque no militaba en sus filas (también por aquellos tiempos organicé y presidí un Comité por la Paz en la Escuela de Derecho, y lo primero que hice entonces fue redactar y firmar, conjuntamente con otro compañero, un manifiesto donde protestaba por el envío de soldados cubanos a Corea para engrosar las filas del ejército interventor norteamericano). Después filmamos también una movilización popular, un Primero de Mayo, que culminó en el Estado del Cerro con una masiva demostración de apoyo al PSP". (9)

En realidad, hay aquí un error en lo que expresa Alea, pues el corto sobre el Movimiento por la Paz (1948) fue anterior al rodaje de “Una confusión cotidiana”, el cual filma en 1950, contando con la fotografía de Néstor Almendros, y las actuaciones de Vicente Revuelta, Julio Matas y Esperanza Magaz. Pero más allá del orden puntual de los hechos, sí es evidente que se trata de un período en el cual Titón comienza a insertarse de manera cada vez más notoria en actividades de corte político.

El período que va de 1948 a 1951 (que es el año en que Titón se gradúa de abogado y marcha a Roma) está preñado de acontecimientos políticos que marcarán a esa generación que, en un futuro no tan lejano, le imprimirá un cambio radical a la Cuba post-59. En enero de 1948 fue asesinado el líder azucarero Jesús Menéndez, mientras que el 9 de abril se producía en Colombia lo que hoy se conoce como “el bogotazo”, incidente que tras la violenta muerte de Jorge Gaitán, reúne en un mismo escenario a Fidel Castro, Alfredo Guevara y Gabriel García Márquez, los dos primeros representando a la FEU en la Conferencia de Estudiantes Latinoamericanos que se celebraba en ese país.

En Cuba, aquel año se realizan elecciones presidenciales. Los ortodoxos designan a Eduardo Chibás como candidato, y el PSP a Juan Marinello, pero quien se hace del poder el 1 de junio es Carlos Prío Socarrás, del PRC. Una de las primeras medidas legales que este aprueba es la “Ley contra el Gangsterismo”. Los asesinatos políticos (como el del líder sindical Aracelio Iglesias, ocurrido en octubre) amenazaban en convertirse en una regla. Eso sí, el cubano de a pie seguía con su vida de siempre, y su incurable adicción a la esperanza, a juzgar por el rotundo éxito que también ese año obtiene el culebrón radial “El derecho de nacer”.

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:
1) Jorge Mañach. “Esquema histórico del pensamiento cubano”. En “Jorge Mañach. Ensayos” (Selección de Jorge Luis Arcos). Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1999, p 145.
2) Tomás Gutiérrez Alea. “No siempre fui cineasta”. En “Alea, una retrospectiva crítica” (Selección, prólogo y notas de Ambrosio Fornet). Editorial Letras Cubanas, La Habana, 1998, pp 16-17.
3) María Eulalia Douglas. “La tienda negra”. Cinemateca de Cuba, La Habana, 1996, p 51.
4) María Eulalia Douglas. “La tienda negra”, p 55.
5) María Eulalia Douglas. “La tienda negra”, p 71-72.
6) Tomás Gutiérrez Alea. “No siempre fui cineasta”, p 18.
7) Ibidem.
8)José Antonio Évora. “Tomás Gutiérrez Alea”. Ediciones Cátedra, S. A., 1996, p 54.

AÑO 1960: FRANCO, LA REVOLUCIÓN CUBANA Y EL ICAIC (Fragmento del libro “Cine cubano de los sesenta: mito y realidad”)

jagb 08/06/2007 @ 10:28

Los primeros doce años sin Fulgencio Batista en Cuba dejaron en evidencia que se había derrotado al antiguo régimen, pero no que se había conseguido la concordia nacional. Aunque era incuestionable el respaldo popular al grueso de las medidas tomadas por el gobierno revolucionario, varias dimisiones públicas resaltaron las diferencias internas presentes dentro del nuevo poder: en febrero José Miró Cardona dimitió al cargo de Primer Ministro asumiéndolo dos días después Fidel; en junio el comandante Pedro Luis Díaz Lanz (entonces jefe de las Fuerzas Aéreas Revolucionarias) se exilió alegando “infiltración comunista”; en julio fue Urrutia quien renunció a la presidencia de la República un día después que Fidel lo hiciera por diez días de su responsabilidad de Primer Ministro (a Urrutia lo sustituyó Osvaldo Dorticós); en octubre sería el comandante Huber Matos, jefe militar de Camaguey, quien dimitiría, acción que habría de costarle ser acusado de traición y veinte años de cárcel que cumplió íntegramente.

El año 1960 (nombrado “Año de la Reforma Agraria”) no resultó menos crispado. Apenas el 21 de enero, mientras Fidel comparecía en directo ante las cámaras de CMQ-TV, el entonces embajador de España en Cuba, Juan Pablo de Lojendio, marqués de Vellisca, logra entrar en el estudio televisivo e increpar públicamente al mandatario revolucionario, quien había acusado a la embajada española de “colaborar con los enemigos del gobierno”. Se trata de un hecho que pocas veces se ha visto en la historia de la diplomacia moderna, y que toma por sorpresa a todos, incluyendo al boxeador Joe Luis, que en esos momentos se encontraba allí invitado por el gobierno. El incidente provocó que el diplomático fuera expulsado al instante del programa y declarado al día siguiente “persona non grata”. Como era de esperar, se pensó en una ruptura inmediata entre Cuba y España, sobre todo después que un Fidel todavía mitad desconcertado, mitad indignado, asegurara en público que “No perdemos nada si cortamos las relaciones entre los dos países”.

Sin embargo, a pesar de la presión de la embajada cubana, que reclamó un pronunciamiento oficial sobre la declaración de “persona non grata”, el gobierno español optó por la conciliación, que incluyó la firma de determinados acuerdos comerciales. La opinión de Franco sobre el episodio, y en particular en torno a Lojendio, según su primo y ayudante personal Francisco Franco Salgado-Araújo, fue como sigue:

“Yo creo que actuó en forma poco diplomática, pues pudo desmentir las afirmaciones de Fidel Castro sin necesidad de presentarse en el estudio de televisión a protestar y querer allí refutar las calumnias que Castro había lanzado contra su país. España y su régimen (…) han sido vejados muchas veces en todos los países, y sin embargo nuestros embajadores no han protestado. Lo que ahora ha sucedido es que el insulto y la calumnia fueron personales e hirieron el amor propio de Lojendio. (…) El acto de Lojendio puede significar que el presidente Castro, que está en plan comunista, no sólo rompa sus relaciones con España, sino que reconozca al gobierno rojo en el exilio, lo que redundaría en perjuicio de la gran colonia española que allí reside y de nuestras relaciones comerciales, que son bastante intensas con dicha nación. Hoy se publica una nota de Asuntos Exteriores en la que se afirma que nuestra política exterior tiene por principio el no meterse en asuntos internos de otros países.”

Al margen de la confusión de mencionar a Fidel como presidente y no como Primer Ministro (confusión que podría ser atribuida al autor de las “Memorias”), la actitud de Franco sembró el desconcierto en buena parte de los exiliados anticastristas. Pocos años después, desde las páginas de “El Diario de la Marina” (publicado en el exilio), se hicieron públicas las críticas al Caudillo, sobre todo al conocerse que España seguía manteniendo amplias relaciones comerciales con la isla, lo cual podría interpretarse como un claro respaldo al sistema gubernamental que allí se había establecido.

De alguna manera Franco fue quien diseñó esa tradición de neutralidad oficial que (salvando el período de José María Aznar) han mantenido los gobernantes españoles hacia la Revolución cubana, y todavía en 1965 (y probablemente hasta el momento de su muerte) el Generalísimo defendía lo que llamaba su “obligación moral” con Cuba del siguiente modo:

“Los intereses materiales y morales que tenemos en este país son muy grandes para abandonarlos sin medir las consecuencias y sufrimientos que ello puede causar a nuestros compatriotas. Allí viven muchísimas familias españolas, y otras que sin estar nacionalizadas en nuestra Patria, están compuestas de hijos o descendientes de españoles. Nuestra obligación moral es no desampararlos. Si en Cuba faltan nuestros barcos, las consecuencias las pagarían dichos compatriotas. Esta situación cubana es una realidad que hay que mirar fríamente, sin pensar en la forma romántica. Todo el mundo sabe que el gobierno de España es abiertamente anticomunista y que nosotros, si comerciamos con Cuba, no es para favorecer a esta nación y sí a nuestros compatriotas que allí viven, y que no deseamos que se mueran de hambre. Hay que vivir la realidad y nuestra corrección con Cuba es una de ellas, aún cuando moleste, y lo lamento mucho, a los cubanos exiliados en Miami y otros sitios, a quienes deseo que puedan regresar pronto a su Patria.”

La guerra civil española había llevado a Cuba, entre los años cuarenta y cincuenta, a un buen número de exiliados. En La Habana de aquel período vivieron, o pasaron una larga temporada, los políticos Santiago Carrillo y Julián Grimau, los intelectuales María Zambrano, Gustavo Pittaluga, y Manuel Altolaguirre, o el entonces crítico de cine Néstor Almendros. Sin embargo, fue en México donde se concentró el grueso de la emigración republicana, y precisamente en ese país conocería Alfredo Guevara al cineasta José Miguel García Ascot, quien vivía allí desde 1939, y que había fundado en 1949 el “Cine Club de México” en el IFAL, junto con Jean Francois Ricard y José Luis González de León. También entre 1953 y 1957 fue director de documentales y de las revistas cinematográficas “Cine Verdad”, y “Cámara”, así como realizador de los cortometrajes “El viaje” y “Remedios Varo”.

Justo en 1960 Guevara lo invita a Cuba, con el fin de que colaborara con el ICAIC. Fausto Canel, quien en febrero de ese año comienza a filmar “Carnaval” (primer cortometraje en colores realizado por el instituto), ha recordado a su manera la presencia de García Ascot en el Instituto:

“Jomi, que así le decíamos, era un muy inteligente y hábil cineasta que parece enseñó a Alfredo todo lo que jamás supo este sobre la realización de cine... O por lo menos eso pregonaba nuestro querido presidente por los pasillos del ICAIC, al llegar García Ascot... Y yo le creí, pues Jomí fue quien me enseñó, si no a filmar (eso no me lo enseñó nadie más que la butaca de los cines, desde los 10 años), sí a editar “Carnaval”... Jomi venía cada día al cuarto de edición y revisaba el montaje... Sus sugerencias eran tan obvias, precisas y certeras que no me quedaba más remedio que seguirlas, y apuntarlas en mi memoria. Recuerdo que montando el baile popular en la Avenida del Puerto de la Habana, al compás de la música de Vicentico Valdez, me enamoré del pelo rojo de una de las bailantes, la cámara bajando por la espalda de la muchacha y su cuerpo sensual en silueta en la noche habanera... Jomí vino y marcó el plano para que fuese cortado antes de que la cámara recorriera el cuerpo de la chica... Yo por poco lo mato, pero enseguida me demostró su enseñanza. Vimos la secuencia con y sin el movimiento de la cámara, y el TODO de la secuencia (que es lo importante) se mejoraba en seguida SIN la cámara bajando por el cuerpo de la chica... Ese día aprendí a “to kill my darlings”, primera lección esencial a un joven realizador...”

La contribución de García Ascot al nuevo cine cubano finalmente se concretaría con la dirección de dos episodios (“Un día de trabajo” y “Los novios”) de los tres que conforman el filme “Cuba’58” (1962), si bien su breve estancia en La Habana también sirvió para que su esposa María Luisa Elío se inspirara y escribiera el guión de “En el balcón vacío” (1961-62), considerada la película emblemática del exilio español republicano. María Luisa Elío llegaría a recordar que:

“Estábamos en Cuba en aquel momento, y un poco el ambiente de Cuba, de la gente que venía de la sierra y demás, nos recordaba bastante a la guerra de España. Yo no había escrito nunca pero me puse a hacerlo sin decirle nada a mi marido, porque me parecía una tontería. Él se iba a trabajar y yo me quedaba escribiendo. Curiosamente un día estaba yo sentada en el hall del hotel Presidente, donde vivíamos, y pasó Alejo Carpentier, con el que solíamos ir al cine por las noches. Me preguntó qué estaba haciendo y le dije que escribiendo una carta, pero él me contestó que eran muchas hojas para una carta y me pidió leerlas. Fue la primera persona que lo leyó.”

No parece gratuito que precisamente “En el balcón vacío” se convirtiera en un referente importante para el cine que estaba proponiendo el ICAIC, tal como comentara en su momento Alfredo Guevara al advertir en 1963 que:

“(…) “En el balcón vacío” no es un filme ilegal, pero sí marginal. Es la antítesis del cine conformista y vacío que encarnan viejecitas lloronas, pecadoras arrepentidas y sacerdotes mosqueteros. No lo hubiera rodado un director “sindicado” y mucho menos la industria oficial.

(…) Es curioso que en una historia española nos hayamos unido los latinoamericanos en un silencio y una tensión que fue más que el aplauso final, el mejor homenaje. Son estas obras secretas las que forjan la historia y son el panorama del cine latinoamericano, porque no debemos olvidarlo: el cine es un arte. No es con los comerciantes –productores o distribuidores- con lo que se ha de establecer el diálogo verdadero, sino con los artistas, con los creadores.”

El incidente diplomático protagonizado por Lojendio, aunque de manera indirecta, sirvió para establecer una suerte de paralelismo entre esas dos Españas que veía ante sí la Revolución: la franquista (la bárbara), y la republicana (el sueño guillotinado). La primera, sin embargo, era un mal necesario por razones económicas, la segunda un referente utópico que había prefigurado lo que ahora estaba sucediendo en La Habana. Tal vez la gran intensidad que casi de manera inmediata obtuvo el diferendo con los Estados Unidos, así como la imprevista entrada de la Unión Soviética en el escenario político del momento, contribuyó a que esa dicotomía no se convirtiera en algo demasiado grotesco.

Nadie mejor que el investigador Manuel de Paz ha sabido resumir esta relación tan singular en la cual un Estado con una ideología claramente hostil (la de Franco), se convierte en una especie de enemigo cómplice:

“A partir de entonces, en efecto, la diplomacia cubana mantuvo esa especie de distinción un tanto singular, puesto que, junto a los comentarios sobre la presencia en Cuba de dirigentes comunistas españoles como Santiago Carrillo, se deslizaban, en los medios de comunicación cubanos, las visitas a la Isla de representantes económicos del Gobierno español y, naturalmente, entraba en la lógica diplomática el intercambio de felicitaciones entre los dos gobiernos con motivo de sus fiestas nacionales. Cosas de familia”.

Juan Antonio García Borrero