La risa de Orol/Yglesias cerró el XV Taller de Crítica Cinematográfica en Camaguey (Cuba)
Ahora mismo me gustaría saber exactamente de dónde sale la idea de la frase popular “morir de la risa”. ¿Es posible morir en el acto mismo de reír? Bien se sabe que en algunos casos pueden coincidir, risa y muerte, en sentido literal. Desde allí se llega a otra conclusión: la agitación física producto de una carcajada, necesita un cuerpo sano. Y a otra que la supone: si en un cuerpo enfermo aparece el repentino y alegre estremecimiento, puede sobrevenir la muerte del riente.
Pero ese es un suceso de excepción (triste por cierto), y los hallazgos de origen anónimo que se esconden detrás de la afirmación “morir de la risa”, parecen estar más cerca de la experiencia colectiva. Cuando decimos que alguien se “muere de la risa” se está aludiendo a una idea muy diferente: a la plenitud del instante y a su condición de absoluto, ya que la muerte es lo único definitivo y rotundo que puede ocurrirle a quien posee el don de la vida.
Tampoco siento en la frase una referencia más o menos directa al dolor del final, a esa fijeza en que nos deja la falta de vida, ese estarse quieto para siempre contenido en la frase de William Blake: “Aquel que no obra engendra pestilencia”, y que tan terriblemente prefigura el no hacer, el estar muerto, aunque se tenga vida.
De tal modo, por donde lo veo ahora, el dicho indica exactamente lo contrario. Se ríe de placer, se ríe de plenitud vital, se ríe de burla hacia los otros y sobre todo se ríe de burla hacia uno mismo, que de momento es otro riéndose también. Ese alguien que se muere de la risa, en realidad no está muriendo. Vive más que nunca porque vive en la diversión y en la renuncia a una conducta rígida, excluyente, paralizante.
Ya basta de filosofar, y, ahora me doy cuenta, ya basta de parodiar/plagiar a Severo Sarduy y a tantos otros. Digamos lo puntual, que las sesiones teóricas del 15 Taller de Crítica Cinematográfica de Camagüey, cerraron en el mediodía del sábado pasado con un ponente conocido por muchos, y normalmente no sospechado como bromista, pues más bien parece un serio chevalier, que responde al nombre de Jorge Yglesias y nos hizo morirnos de la risa.
Él mismo lo señalaba al introducir su ponencia (más bien sabrosísima plática), sobre la obra del realizador Juan Orol: gallego de nacimiento, cubano por la infancia (reino reconocido por la generalidad de las personas como el más importante y definidor de nuestras vidas); y mexicano por buena parte de su experiencia profesional, aunque se sabe que hizo también en Cuba muchísimas películas, simplemente porque era más barato.
Resultó curioso que Yglesias vinculara el tema, desde un principio, al nombre de Mijail Bajtín, quien tanto y tan bien hablara de la risa en la novela, como fuente democratizadora, subversiva, carnavalesca; pero muy pronto vine a entender su razón. El carnaval con su misión de poner las cosas patas arriba, ya hacía de las suyas. Mientras se acercaba el fin, la sala, el público, y el evento mismo, fueron convirtiéndose en eso, en un carnaval, en un juego de inteligencia, en un derribar conceptos rígidos, pero con el desenfado preciso para hacerlo útil a nuestra comprensión.
Asimismo, la selección de los fragmentos de películas de Orol, escogidos para ilustrar el trabajo de ese gallego-cubano-mexicano tan loco, fue verdaderamente acertada. Para cerrar, el hablante salpicó aquello con un delicioso anecdotario sobre el personaje, muy útil para comprender el tipo de creador que fue y para demostrar a cualquier voz autoritaria, que las anécdotas no son argumentos desdeñables, en absoluto. Mi impresión final es que este Orol, fue una especie de artista naif del cinematógrafo.
¿Por qué? Todo aquello que costaría un inmenso trabajo a un realizador cuando éste se vale más del raciocinio, o todo lo que depende de un talento innato, cuando es el resultado de la tantas veces celebrada divina intuición; aparece en él como parte de su proverbial ingenuidad y de su energía desenfrenada. Al decir de Yglesias, y eso parece, si lo juzgamos por lo descomunal de su producción, las soluciones más o menos prácticas aparecían ante él de porque sí, y en contra de cualquier ente paralizador. La cuestión era seguir adelante.
Desde una perspectiva demasiado seria, desde una “alta cultura” que no aproveche las ganancias de la cultura popular, desde la más rígida academia, es imposible entenderlo. En ese ámbito no se contempla la desobediencia, o incluso, la indiferencia hacia algo que no se conoce y mucho menos se reconoce. Por eso me atrevo a verlo como un artista ingenuo, tan desobediente como quiso y tan desconocedor por trayectoria, pero permanentemente unido al espectador para el que trabajaba: ese público analfabeto, que tuviera por ideal.
En el modo elegido por Jorge Yglesias para presentar su tema, y en el personaje objeto de estudio, hay una manera muy eficiente de continuar las aspiraciones del Taller… aquellas que siguen el rumbo de encontrar verdades múltiples, aunque complejas y/o extrañas a lo convencional, campos de discernimiento cuya diversidad arroje una cercanía mayor a una supuesta verdad mayor: la del conocimiento y la utilidad de ese conocimiento para nuestra existencia y nuestra realización más plena. Todo ello gracias a la risa, que es, más que todo, movimiento.
Oneyda González. Narradora y ensayista camagüeyana. Autora de “Las cinco y una noche” (Editorial Oriente, 2005), compiló el volumen colectivo “Severo Sarduy. Escrito sobre un rostro” (Editorial Acana, 2006).

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