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Categoría: OFICIOS DEL CINE

JOSÉ LLUFRÍO SOBRE LOS GUERREROS Y CUSTODIOS TECNOLÓGICOS DEL ICAIC (3)

jagb 01/11/2009 @ 12:50

En la década del 70 se vio la necesidad de tener un laboratorio capaz de procesar películas en colores. Los propios técnicos del ICAIC, incluyendo al desaparecido Ingeniero Julio del Campo, no solo confeccionaron el diseño y los planos del laboratorio, el que se construyó en Nuevo Vedado, en Tulipán y Bellavista, una zona que había comenzado a desarrollarse con nuevas construcciones industriales, administrativas y de vivienda, sino que también, basados en la experiencia del curso impartido por los checos en 1963-64, organizaron un curso para la nueva generación de técnicos que harían funcionar el Laboratorio de Color.

En ese grupo entré yo, junto con José A. Cangas, Ibis Luis, Haydee Ravelo, Marta Planas, Raúl Fernández, Héctor Lara, Carlos González, Miguel A. Pérez, Gilda Ramírez, Esther Porto, Georgina Romero, Marlene Jaime, Guillermo Alonso, Enrique Arrieta... Durante año y medio estuvimos estudiando intensivamente, y pasando prácticas en los laboratorios blanco-y-negro existentes (Cubanacán, Telecolor) durante un año más, hasta que en 1975 se inaugura finalmente el Laboratorio Color del ICAIC.

Además de la mayoría de los graduados del curso de técnicos de laboratorio, muchos trabajadores de experiencia fueron a trabajar al nuevo Laboratorio de Color. Entre ellos, alguien quien ya mencioné antes: Alberto Ramos.

Alberto traía una gran experiencia como técnico mecánico, desarrollada en el Taller de Partes y Piezas, lo que le convirtieron en un puntal importante del taller de mantenimiento del nuevo Laboratorio.

Otro técnico que trajo su experiencia a los nuevos equipos, dotados de una electrónica más sofisticada, fue Juan Cruz, quien anteriormente trabajaba en el Taller de Moviolas y Equipos Electrónicos, en 10 y 25, en el Vedado.

También se incorporó al Laboratorio el Ingeniero Gonzalo Echarte, proveniente del Departamento de Sonido.

El tercer especialista en electrónica resultó ser un trabajador de tercera generación en el ICAIC. Roberto Agudo provenía de una familia de trabajadores del cine desde los inicios del ICAIC. Su madre y su abuela trabajaban en los talleres de vestuario de Cubanacán.

Los primeros equipos instalados en el Laboratorio ya llevaban algunos años de comprados, y eran de una tecnología a punto de quedar obsoleta, de modo que pronto se adquirieron nuevos equipos que introdujeron la era digital en el cine: Las máquinas impresoras B&H Modelo C, con controlador digital de las luces de copiado.

Yo, personalmente, no me incorporé al nuevo Laboratorio Color hasta 1980, sino que continué como químico y tecnólogo del Laboratorio de Cubanacán luego de terminar el Curso de Técnicos. Durante este tiempo continué estudiando en la Universidad, mediante los cursos para trabajadores, hasta graduarme de Ingeniero de Procesos Químicos, camino que compartieron y siguieron otros colegas, como José Cangas, Ibis Luis, Carlos Bequet, Roberto Agudo, y una compañera que en aquél entonces trabajaba en la "Fílmica del MINFAR", como conocía todo el mundo a los Estudios Cinematográficos de las FAR, Nancy Angulo, la cual trabaja hoy en el Laboratorio Color del ICAIC.

El equipamiento técnico del Laboratorio Color, incluyendo las inversiones que se estuvieron haciendo hasta principios de la década de los 90, lo ponían a la altura de cualquiera otra instalación de su tamaño en el mundo. Por otra parte, el nivel de preparación profesional de sus trabajadores realmente lo podía situar entre los mejores.

Entre los años 1985 y 1986 se adquirió la primera computadora personal para el laboratorio. Ya en 1988 se lograba la primera aplicación de técnicas computerizadas para el laboratorio, y al año siguiente se acometía el trabajo de generación de subtítulos para las películas utilizando la primera computadora adquirida años antes, acoplada a una cámara soviética "Druzhba", logrando resultados exitosos a fines de ese año.

Las dificultades económicas asociadas con el llamado "Período Especial" golpearon muy duro a las instalaciones técnicas, fundamentalmente porque comenzó a faltar la materia prima principal: la película cinematográfica. El cierre de la fábrica ORWO, al desaparecer la República Democrática Alemana nos privó de un suministro de película a través de los sistemas de contratos preferenciales que fueron usuales desde mediados de los años 60. Las dificultades para la adquisición de productos químicos siguieron, y el flamante Laboratorio Color del ICAIC fue languideciendo hasta su situación actual de semiparálisis.

José Llufrío (Químico y Tecnólogo de los Laboratorios del ICAIC 1972 - 2002)
Actualmente trabaja como químico en el laboratorio Technicolor de New York

OTROS TEXTOS EN EL BLOG VINCULADOS A ESTE POST:

JOSÉ LLUFRÍO SOBRE LOS GUERREROS Y CUSTODIOS TECNOLÓGICOS DEL ICAIC (1)

JOSÉ LLUFRÍO SOBRE LOS GUERREROS Y CUSTODIOS TECNOLÓGICOS DEL ICAIC (2)

NELSON RODRÍGUEZ SOBRE EL PLACER DEL CELULOIDE Y LA NECESIDAD DE SER MODERNOS

jagb 31/10/2009 @ 12:52

“Uno tiene que asumir ser moderno, no quedarse atrás. A mí me encanta la moviola porque no siento nada más rico que ver el material, tenerlo en las manos y manipularlo. Tanto en el vídeo como en el digital se trabaja con una abstracción, porque solo se ve en un monitor y es una cinta carmelita. Añoro la moviola. Me he pasado veinticuatro horas frente a ella, pero en estos tiempos no lo haría. Todavía puedo trabajar unas diez horas con frescura. Algunas veces hasta he editado varias películas simultáneamente. Cuando empezó el vídeo tenía una serie de torpezas para la edición de imágenes y, sobre todo, del sonido. Para rehacer un trabajo había que hacer una nueva versión, y aquello se convertía en algo que ni se veía, después de sucesivas copias.

El AVID se parece más a la moviola porque no es lineal, y se puede abrir y cerrar y hacer lo que uno quiera, con la ventaja además de que se trabaja con mayor rapidez. Si realicé la proeza de editar en moviola “Tiempo de morir”, en tres días por condiciones específicas, la película de Marcos Loayza, “Escrito en el agua”, la edité también en tres días en AVID en Buenos Aires. En un segundo se marca y se corta, más con la seguridad que tiene uno. Prácticamente, hago un corte definitorio desde la primera vuelta. Por producción, trabajar en estas máquinas reduce mucho los costos.

Existe un problema con las tecnologías modernas. Los jóvenes que saben mucho de computación le pueden entrar muy fácil al AVID, pero lo del cine es más complejo, porque si no tienes la experiencia y una cultura cinematográfica, estás frito. Resulta mucho más fácil trabajar en AVID que en moviola, es como cuando uno aprende a manejar un carro, hasta que no domina la cosa mecánica de los pies y las manos, uno no se puede concentrar en la carretera, eso pasa en la moviola. En el AVID no es así: es apretar teclitas, pegar un pedacito de plano con otro, lo miden por un cuentamillas y dicen qué tiempo le van a dar, sin mirar el plano en realidad. Los planos tienen un movimiento interno. Como lo hacen tanto, acaban en menos de tres días. Y si ven algo raro, deciden hacer una disolvencia o algún fundido, lo cual suaviza el corte. Así cualquiera edita, pero eso no es editar, eso es pegar planos” (Nelson Rodríguez, editor).

Tomado del libro “A Contraluz”, de Luciano Castillo, editado por la Editorial Oriente (Santiago de Cuba, 2005), pp 94-95.

JOSÉ LLUFRÍO SOBRE LOS GUERREROS Y CUSTODIOS TECNOLÓGICOS DEL ICAIC (2)

jagb 30/10/2009 @ 19:35

Alguien debe contar la historia del Taller de Partes y Piezas, situado en 25 esquina a 10 en el Vedado, donde se fabricaba todo, desde un mecanismo de "cruz de malta" para los proyectores, hasta el cromado duro de carretes dentados para todo tipo de equipo de cine. Quiero mencionar dentro de este taller a dos que me fueron muy cercanos y queridos amigos y compañeros: René Calichs, y Alberto Ramos. Calichs, o como lo conocían casi todos, "Caliche", era una persona con manos de oro. Podía reproducir cualquier equipo mecánico idéntico a su original.

Dos anécdotas: Cuando llegó a Cuba el equipo de filmación de "Soy Cuba", traían una sola cámara, la en aquel entonces innovadora "ECLAIR", pero tenía un defecto: Cada vez que se quería utilizar la cámara en un cierto ángulo, el motor se trababa. René Calichs fue el único capaz de reparar ese defecto de la cámara, según brinda testimonio uno de los operadores de cámara de la película, Alexander "Sasha" Calzatti. En otra ocasión, y para participar en un equipo de pesca de la aguja, en el Torneo Ernest Hemingway, Calichs pidió prestado un costoso carrete de pesca marca "Penn". Al terminar el torneo, el dueño vino al taller a recoger su carrete, y Calichs lo recibió con dos carretes sobre la mesa, y le dijo, escoge cuál es el tuyo... Hubo que buscar el nombre estampado de fábrica, para identificar el original, ya que el que Calichs había construído, era absolutamente idéntico...

Con talentos como ese, y la pasión de lograr que el Cine Cubano creciera y prosperara, los técnicos y mecánicos del Taller de Partes y Piezas jugaron un importante papel en mantener todo funcionando durante años...

En los laboratorios existía otro grupo de mecánicos-artesanos-técnicos, que reunían en si mismos todas estas características, y que resolvieron no pocos problemas técnicos para mantener los laboratorios funcionando...

Digo los laboratorios, y aprovecho para mencionar otro, además de Cubanacán y el del Noticiero, o de "Tuto". Se trata de "Telecolor". Telecolor era el nombre de la empresa de Gaspar Pumarejo que introdujo en Cuba la primera emisora de TV en colores en Latinoamérica: Canal 12 de TV, en 1958. Al nacionalizarse todas las instalaciones de las empresas de Pumarejo, queda en manos del ICAIC un laboratorio y pequeño estudio, situado a la entrada del "Bosque de La Habana", conocido por las actuales generaciones como "Parque Almendares".

Esta instalación tenía máquinas para procesar película de 16mm solamente, en blanco-y-negro y en colores. Las máquinas fueron modificadas y adaptadas para trabajar con el sistema de negativo y positivo, para cine en 16mm, y fue la base de apoyo fundamental a los planes de "Cine-Móviles" que llevaron la maravilla de la imagen en movimiento a todas partes del archipiélago cubano, desde el pueblito de "Los Mulos" en la Sierra Maestra (¿Recuerdan el documental "Por Primera Vez"?), hasta los barcos de pescadores en los mares alrededor de Cuba. Hay que recordar a los lectores más jóvenes que no existía video en formatos portátiles (cassettes) en esa época...

Todas esas modificaciones y adaptaciones, así como la operación de ese laboratorio de 16mm, que todos siguieron llamando "Telecolor" estuvieron en manos de los mecánicos y técnicos del ICAIC. Gente como Neno Alba, Antonio Alpízar, Oscar Nager, Asterio Clemente, otros más, cuya labor fue igual de importante, pero cuyo nombre se me escapa... Y los que operaban el laboratorio, desde la directora, María Estrabao, hasta los operarios Mario Fraga, Blas Mora, Gabriel Aparicio, José Piña, Arnaldo Galeano, Freddy Figueroa, Rosita, la esposa de Alpízar, y aquellos cuyos nombres se me siguen escapando...

Escribir toda esta historia, que yo viví durante 30 años, y la parte que escuché de labios de los que llevaban 10 ó 12 años más que yo en el ICAIC, solamente de memoria no resulta fácil, y el resultado no es justo. Esta historia requiere investigación y recopilación, porque es parte de la historia del Cine Cubano, y no solo basta con hacer una recopilación de las películas producidas, ni de los artistas que las realizaron, sino que se necesita conocer más de todo el esfuerzo de la industria "invisible" y de los trabajadores "anónimos" que también las hicieron posible, para poder hablar de una Historia del Cine Cubano...

José Llufrío (Químico y Tecnólogo de los laboratorios del ICAIC 1972-2002)Actualmente químico de los Laboratorios Technicolor en New York.

MARIO CRESPO SOBRE EL OFICIO DEL ASISTENTE DEL DIRECTOR. (7)

jagb 13/10/2009 @ 11:47

HUMBERTO, EL CASTING, LOS EXTRAS Y LOS FONDOS.

Querido J.A:

Ahora que leo la noticia acerca del nuevo documental que hace Carlos Barba, sobre Humberto Solás, vuelven a mi memoria los largos días de trabajo en Cecilia y veo con admiración el magnífico empeño de Barba. Nunca se va a escribir ni hablar suficiente sobre la interesante personalidad de Humberto y su obra y Carlos Barba lo sabe, por lo que creo ya va por su tercer o cuarto documental sobre la obra de Humberto y le felicito.

“Cecilia”, es la película más grande, desde el punto de vista de producción, de toda la historia del cine cubano hasta hoy. Cientos de extras, toneladas de vestuario, kilogramos de maquillaje, decenas de locaciones, amén de la cantidad de horas trabajadas para conseguir una auténtica obra de arte que, guste o no guste a algunos, ha devenido una referencia, como “Lucía”, “Un hombre de éxito”, “Amada”.
Podría escribirse horas sobre el método de trabajo de H.S, cada aspecto del desarrollo de la película da para un ensayo. Pero en esta ocasión voy a hablar del casting y de la selección y trabajo con los fondos, lo cual está relacionado con el trabajo de utileros, maquilladores, peluqueros, constructores, que hacían su trabajo bajo la mirada exigente de Humberto.

Aunque ya Impala S.A, coproductora española, proponía a Imanol Arias para Leonardo y la candidata por Cuba era Daysi Granados para Cecilia, Humberto quiso hacer un ejercicio de reafirmación tal vez, librando una convocatoria que serviría además para renovar la lista de figurantes tan especiales que requería el filme. Recuerdo los anuncios de prensa radial y escrita, convocando para los papeles protagónicos: Jóvenes blancos y delgados de buena complexión y chicas mulatas o trigueñas de pelo negro.

Fui, como asistente de Humberto, el encargado de ver, entrevistar y fotografiar con Tom Mix (José Luis) y Pepe el flaco, a los cientos de personas que durante noches interminables, pasaron por las oficinas aspirando a los personajes de Leonardo y Cecilia.

Vinieron muchos aspirantes jóvenes, pero también regresaron como siempre, los cientos de fieles y anónimos extras de todas las películas anteriores y la mayoría, de mirarse bien en el espejo, comprenderían que no se acercaban ni a kilómetros de distancia al físico requerido. No obstante allí estaban, con tremenda moral, aspirando al personaje todo tipo de personas, de todos los colores de piel, complexión y edades. Y es que bastaba que Humberto convocara, para que todos quisieran estar en su película de cualquier forma.
El piso dos de producción ICAIC, se convirtió cada noche, durante varias semanas, en un escenario de Fellini. Trabajamos durísimo Carmen Morante Jefa del departamento de actores, los fotógrafos y yo, llenando fichas y fotografiando.

Humberto, que sabía bien lo que sería aquello, nos dijo que estaría en su casa y que si llegaba alguien interesante, le retuviéramos en la oficina y le llamáramos a él para venir inmediatamente y entrevistarlo.

Entre las mujeres, asistieron algunas hermosuras, mulatas preciosas, pero que jamás podrían aspirar al papel protagónico. Entre estas mulatas “blanconazas” recuerdo especialmente una que parecía una verdadera virgen. Se la mostramos a Humberto y éste le dedicó un buen rato de conversación. Un rostro de los más armónicos y perfectos que jamás se hubieran visto, la piel aceituna y lisa, pero ninguna experiencia como actriz y una dicción que dejaba mucho que desear. Sin abrir la boca era el modelo que todos teníamos de Cecilia, pero nada mas. Tuvo, no obstante, la posibilidad de representar una Oshun-Caridad del Cobre muy hermosa en una onírica escena de la película.
Pasaron noches y entre los y las aspirantes no se vislumbraba nada alentador, como para llamar a Humberto y hacerlo salir de su casa. A la tercera o cuarta noche de haber visto todos los tipos de rostros posibles y escuchado todas las historias de hazañas artísticas inimaginables; escuchado recitar poemas; cantar canciones y hasta ver bailar e impedir a más de una que se subiera la blusa, para enseñarnos lo bello de sus senos, casi a las diez de la noche aparece un joven alto, blanco y de cabello muy negro, de hablar pausado y voz muy profunda, que parecía salido de una novela romántica del XIX, declarando que dejaría su carrera de ingeniería para probar suerte como actor. Parecía un buen candidato, aunque muy joven, pues debería andar por los veinte años.

Carmen Morante, muy entusiasmada por la prestancia y belleza del muchacho, llamó a Humberto inmediatamente: Aquí tienes a tu Leonardo, ven, que ya le dije que esperara por ti. En unos minutos, Humberto estaba conversando con el joven aspirante y veinticuatro horas después le estaban haciendo pruebas de vestuario, maquillaje, cámara y, aunque no se le otorgó el papel de Leonardo, entró por la puerta grande en el cine con un personaje hermoso, en una gran película y nada menos que de la mano de Humberto Solás.

El joven era César Évora y lo que siguió después, todos los conocen.

Esas largas horas de trabajo nos dejaron enlistadas las mejores tipologías a las que se podría aspirar para representar a la burguesía habanera del s.XIX, a los esclavos y los mulatos y negros libertos y artesanos que harían el fondo al gran José Antonio Rodríguez en el papel de Uribe y al otro inmenso actor Miguel Benavides en el papel de Pimienta.

Si el elenco era de lujo, ahora ya contábamos con una gran masa de extras y figurantes de buena calidad. Ahora lo que faltaba era caracterizarlos y ponerlos a moverse en escena.
Son conocidos el estilo barroco de Humberto, las puestas wagnerianas, los complicados enroques escénicos en el que los actores se mueven de un punto exacto a otro. Son proverbiales también los detalles en el trabajo del color y los volúmenes en sus puestas.

Humberto trabajaba el encuadre, partiendo de volúmenes y grandes manchas de color y como en Cecilia los tonos que primaban era los ocres y marrones para los esclavos y la clase media negra o mulata y los negros y blancos para la burguesía, el contraste en pantalla era un dolor de cabeza para Livio, quien además tenía a los negros sudorosos todo el tiempo en pantalla y a los blancos vestidos de negro y el rostro blanqueado con base. Iluminar y diafragmar esto es un rompecabezas, decía. Para mí, responsable de montar los “fondos” la cosa no era mucho más sencilla.

Se planteaba la toma con los actores, se hacía un ensayo del movimiento que siempre era de dolly o grúa (la cámara en Cecilia casi nunca estaba en reposo) y en un primer ensayo yo debía diseñar el movimiento de los fondos. Otro ensayo para Humberto con la cámara y después de eso, se paraba frente al escenario y entornaba los ojos, como mirando un cuadro en un museo y me decía: falta un poco de marrón por la derecha al final y al principio de la toma (que podría durar cuarenta segundos fácilmente o más), debería haber más negro en el centro opacando lo verde de la hierba. Trata de que los extras no se muevan como autómatas, dale objetivos. ¿Te imaginas Juani, lo que era dar un objetivo a cada uno de los capataces a caballo, a cada uno de los grupitos de esclavos que se movían, a los operarios de las calderas o a los caleceros y de paso combinar marrones y negros para que haya balance de color en el cuadro?

Hay dos escenas que particularmente llevaron mucho trabajo y me hicieron sudar, gritar como loco y correr. Una es la de Leonardo arrastrando a Isabel Ilincheta a través de un campo del tamaño de un campo de futbol, introduciéndola en un trapiche que molía caña y hervía mieles de verdad!!! Esta escena dura más de un minuto y en ella hay todo un movimiento en plano general y con grúa en el que se ven Leonardo de negro, Isabel de blanco moviéndose en medio del campo y rodeados de extras esclavos (todos haciendo algo, nada de zombies caminando sin rumbo) como un mar marrón que rodea a los personajes. El otro plano es ya dentro del trapiche, más cerrado, pero también rodeados de esclavos que trabajan y al fondo,¡más movimiento, Mario, más movimiento!

La otra escena, grande y barroquísima se desarrolla en la Plaza de la Catedral. Una gran panorámica en grúa desde lo alto, recorre la vida de una plaza de mercado en pleno apogeo, coches, calesas, vendedoras, pregoneros, panaderos. Manchas ocres y marrón en el plano, manchitas negras de burgueses que se mueven entre el mar marrón que componían demográficamente la ciudad, pasa la cámara por delante de una carreta de la que baja un grupo de esclavos y se puja sobre una tarima su venta, y la pluma baja para terminar con Leonardo y sus amigos en primer plano observando la escena. Fue necesario ensayarla un día y filmarla al otro.

Para Humberto, era imprescindible que cada extra en el set llevara un objetivo que cumplir como si fuera el primer actor. Pero además los movimientos de los grupos en escena, fuera en la Plaza de la Catedral o en los trapiches de Isabel Ilincheta, tendrían que cumplir con un riguroso diseño en el que armonizaran los colores de los vestuarios y los volúmenes. Piensa que en las escenas de exteriores en esta película casi nunca hubo menos de ciento cincuenta o doscientas personas en constante movimiento. Contaba yo con la eficiente ayuda de Tony Somoza, delegado de actores y Mayra Segura, la anotadora, que se pegaba también y hasta en ocasiones hasta Ana Rodríguez iba de visita y se arremangaba los pantalones y se fajaba a ayudarme con mi diseño de fondos. En este diseño había que agregar caballos, carruajes y algunos animales sueltos en escena que debían “actuar” también.

Sólo una vez en el palacio de los capitanes generales en una gran velada del Capitán General, entramos en crisis. Teníamos esclavos de librea diseminados por el salón, todos tenían que ser muy negros y llevaban pelucas blancas y además una coreografía de salón con más de veinte muchachas y muchacho bailando, una mesa en la que los colores no podían ser brillantes, todo debería ser en tonos de blanco y plata y como ochenta personas de la burguesía maquilladas, con apliques en el pelo, enjoyadas y encorsetadas. Una cámara que recorría la mesa, los rostros de las señoras finísimas de la fiesta y todas con un tema de conversación y un gesto listo para cuando la cámara llegara hasta ellas. Pero a Humberto no le parecían los suficientemente elegantes.

Paró el rodaje y discutimos. Nos fuimos solos a un rincón y yo argumenté, pero no se filmó y nos fuimos esa noche todos con gran preocupación y tristeza, pero Humberto no cedía. Al otro día él mismo trajo a un grupo de amigas suyas y me pidió las colocara en los primeros planos. Eran los rostros a los que él aspiraba, aunque no engrosaron mucho el número de extras, no eran tantas. ¿Cómo encontrar gentes finas, con aire aristocrático en La Habana de los ochenta y que además desearan ser extras en una película? Las escenas están ahí. Se puede apreciar el trabajo de movimiento escénico. El trabajo de las vestuaristas, maquilladoras, utileros. Mis asistentes Tania Carvajal y Alina Rey no daban abasto dentro de las salas de vestuario y maquillaje, preparando y enviando actores y extras al set.
Llegué a entender y asimilar el estilo de Humberto, tanto, que a veces me pedía, acomodara un mosquitero, una cortina o la sábana entre los pies de la actriz y yo sabía que quería ondas, caídas del género que permitieran el paso de la luz, cascadas barrocas hechas con el tejido. Siempre tenía yo un ventilador a mano para procurar que las cortinas se movieran onduladamente.

Los extras debían ir siempre moviéndose buscando algo, pasar rápidamente delante de cámara y justo en ese momento deberían hacer un gesto misterioso, como decir un secreto al oído una muchacha a otra, arreglase la chalina un caballero, mirar a lo lejos un carruaje que pasa, sacarse un guante o agitar el bastón, ¡pero no mucho Mario, que roba cámara! Pueden revisarse las escenas y se notará esto que digo. Son de un barroquismo tremendo. No digo Viscontiana, pues Humberto tenía su estilo propio, que no era necesariamente Viscontiano, podrían analizarse muchas diferencias entre la evidente influencia que éste director tuvo sobre Humberto. No me gusta el término comparativo. El cine de Humberto es Solasiano, muy de él.

Por cámara observaba a los actores y su movimiento, pero ya fuera del visor, revisaba mi “puesta de fondo” y siempre con los ojos entornados de pintor frente al lienzo, rectificaba movimientos, volúmenes y colores. Nunca agradeceré lo suficiente a mi suerte, estar al lado de Humberto en esos momentos y en esa película.

Mario Crespo

MARIO CRESPO SOBRE EL OFICIO DEL ASISTENTE DEL DIRECTOR (6)

jagb 22/08/2009 @ 12:38

EL OFICIO DEL ASISTENTE DEL DIRECTOR (6)

Del miedo escénico a la histeria.

El peor enemigo de un asistente del director es el miedo escénico. Se dice que este padecimiento eventual se origina en situaciones como enfrentarnos a algo desconocido, a imprevistos ante cualquier tarea, la importancia que tiene la tarea que nos han asignado, la falta de práctica y de vivencias , temor al ridículo y temor al rechazo. A todo esto y mucho más se enfrenta el asistente de un director por diferentes causas.

Todos, por lo general, centramos siempre nuestra atención en un líder, a él nos dirigimos en caso de necesidad o duda. Cuando el asistente del director se mantiene en el centro de la acción en la preparación de una escena y tiene su desglose de guión a mano, conoce todo lo que deberá suceder, conoce bien el set donde se va a filmar; si además, se mantiene al tanto del desarrollo de las tareas en las salas de maquillaje y vestuario, pidiendo información a sus asistentes por departamentos, entonces todos, instintivamente acudirán a él, por ser la persona más enterada, con toda la información necesaria.

Antes que el director entre en la escena, momentos antes del filmar un plano, el asistente estará en el centro de la acción y sólo se retira y se pondrá a unos metros detrás del director cuando éste llega al set. Es un ritual al cual el asistente debe acostumbrar a todo el equipo, incluso al director. La voz del asistente es la que debe escucharse en esos momentos antes de dar paso a la voz del director.

Ya he comentado que el asistente del director, en ocasiones, es la voz del director. Es, por decirlo de alguna manera, el segundo jefe en el set. No quiero quitar importancia al productor de campo quien tiene responsabilidades muy específicas en lo que a organización del rodaje se refiere, tampoco deseo sobrevalorar la función del asistente del director, sino señalar cómo puede, según el director con el que trabaje, destacar más o menos su presencia en el set. A diferencia del director, que puede mantenerse callado en un rincón, hablar en voz baja a todos y concentrarse en sus pensamientos, revisar el guión o, hablando con sus actores; el asistente del director, estará todo el tiempo en el set, antes y durante la presencia del director. Su presencia y su voz son importantes, pues es la que ha sido identificada con los reclamos de atención, silencio, disciplina.

Hay directores tranquilos y ecuánimes y otros muy nerviosos que sólo confían en su propia vista y control total. Para ambos estilos, el asistente debe ir ajustando su método de trabajo. Si el director es de ésos que se va a un rincón a pensar en su puesta en escena, a hablar con los actores, a estudiar el guión y deja en manos de su asistente la preparación de la escena, éste tendrá más presencia. Si por el contrario, el director es de los que no sale del set un momento, de esos que hay que llevarle hasta el agua al plató, entonces su asistente asumirá una posición más discreta, pero siempre apoyando al director con las voces, y solucionando en lo posible con los productores, los continuistas y sus asistentes, los problemas que se presentan fuera del set o dentro antes que lleguen al director.

Recordaré otra vez algunas de las funciones que requieren que el asistente, padezca miedo escénico, para que no se vea socavada su autoridad. Pide silencio, saca intrusos del set, chequea con el utilero y el/la continuista todos los implementos de utilería, tanto de acción como de ambientación y exige su buen estado y exactitud de acuerdo al desglose. Da las voces de alertas para la filmación de un plano o toma, se acerca a los actores para tomarles la letra y a veces hasta hace ensayos “en frío” para cámara y luces; tiene al alcance de su mano a un utilero de set que atiende la utilería de acción y la cuida, también a un asistente de producción que se ocupará del bienestar de los actores y sus necesidades; controla la entrada de maquillaje y peluquería para hacer los retoques necesarios entre toma y toma y además va armado de un megáfono para amplificar las órdenes del director o dirigir los fondos que, en exteriores y en algunas películas, pueden llegar a ser cientos de personas. Creo, después de esta enumeración, no es necesario demostrar que una buena presencia de ánimo es fundamental en el oficio o de lo contrario, el director se sentirá muy desamparado en su trabajo.

Se han dado casos de asistentes que a la hora de tomar el megáfono, pierden la voz, también he visto asistentes refugiados en las salas de maquillaje o vestuario huyendo de la responsabilidad de atender el set y lo que allí sucede. Algunos no saben pedir silencio, tampoco llamar sonido y cámara, una cierta timidez los inhibe. Aclaro: hablo del primer asistente. Para los asistentes de dirección que atienden departamentos o segundos asistentes, la condición primera es ser muy organizado y llevar muy rigurosamente y en constante actualización el desglose del guión. De eso hablaré en otro post.

Ahora bien, si la película es muy grande, tiene muchos exteriores y muchos extras, es aquí donde se vuelcan todos los asistentes a trabajar en el set, en ayuda del primer asistente del director. Es aquí donde se van entrenando los segundos asistentes con la puesta en escena de fondos, a dar voces, a controlar la disciplina entre las masas de extras, a componer con su movimiento, color y volumen en el fondo de la escena. En fin, va perdiendo el miedo escénico, aquel que lo padeciera.

Regreso al punto en el que el asistente debe adecuar su trabajo y el nivel de su intervención al estilo de trabajo del director y para esto, es bueno que pida al director antes de llegar al rodaje y desde los primeros días de su colaboración, cómo le gusta trabajar en el set, cuales deben ser sus atribuciones y sus limitaciones como asistente. Con esto evitará tropiezos y regaños, lo cual puede conducirlo a una inhibición o miedo para el resto del rodaje. He trabajado con directores que se van del set a descansar, a fumar un cigarrillo o simplemente a tomar el aire y pensar en la película. Estos directores a veces sin pedirlo yo, me entregaban en la mañana o el día antes, un plano del set, con los ángulos de cámara y el orden en que se filmaría cada plano. Nada más fácil y… más difícil. Fácil pues no tendré que estar preguntando constantemente qué plano sigue y podré preparar con tiempo cada uno de ellos e ir alertando a los departamentos de servicio de las necesidades futuras. Y es difícil, porque se hace necesario imponer autoridad y convencer al staff que no te lo has inventado y que deben preparar las cosas de acuerdo al orden que les estás informando. Con los maquinistas y los cámaras a veces es lo más complicado, pues no puede el asistente equivocarse y pedir que se monte un dolly, por ejemplo, en una dirección y resulte que después no es allí sino en el sitio exactamente contrario. La que se arma entonces es tremenda. Sin seguridad y con miedo, esto no es posible hacerlo.

Este último, tipo de director, no obstante, es el que preferí siempre. El que se ocupa de su trabajo de dirección artística – que ya es bastante- y deja a todos trabajar a sus colaboradores de acuerdo un plan pre establecido por él.

Para el director obsesivo, desconfiado y que pretende estar pendiente de todo en el set y dirige al utilero, al montador, al que trae el agua, también hay que elaborar un método que, sin dejarlo solo, permita al asistente irlo desplazando de esas preocupaciones, con mucho tacto y como se dice, ir un paso delante de él para no darle tiempo de meterse en ellas. Es posible que cueste más o menos una semana ir conociendo y ajustando este ritmo, pero si el asistente no tiene miedo escénico, va ocupando su espacio y el director y los demás, lo van reconociendo. Lo contrario, es dejarse vencer y convertirse en un cero a la izquierda. Para este tipo de asistente, también se buscó un epíteto -no se si es autoría del gran Germinal Hernández-: asistonto de dirección. Un poco cruel, pero ya lo dije, el ritmo es cruel y no espera por nadie y además, también lo he dicho, el cine no puede ser democrático. El caso es que a partir de aquí para usar un título de Fassbinder: “El miedo corroe el alma” y cada vez perderá más espacio de trabajo.

Del miedo escénico a la histeria.

He visto también casos de asistentes de dirección que combaten su miedo escénico, gritando con el megáfono constantemente, atormentando a todos y a él mismo. Pretendiendo mantener el orden en el rodaje a fuerza de gritos, corriendo de un lado a otro e ignorando el trabajo de los demás, como el de los continuistas o dirigiéndose a los actores, sin que nadie se lo pida. Centro de todo y dirigente de nada. Juro que lo he visto y lo he sufrido también como director, nadie piense que exagero. Y aunque dije en otro post anterior, que el asistente no tiene que aspirar a concursos de simpatía, sí deber tener el tacto suficiente para hacer su trabajo dentro de determinados límites que él y el director van estableciendo, no excederse en sus funciones y sobre todo no imponer su presencia histéricamente, estando en todas partes como un carro loco. Este exceso también le haría perder autoridad frente al equipo y los actores. El director no podría confiar y lo mejor es prescindir de su “apoyo” lo antes posible.

Un asistente ecuánime, que sepa dosificar sus llamadas de atención y el uso del megáfono, un asistente que conozca bien toda la producción en la que se encuentra involucrado, tendrá autoridad suficiente en el set y será fianza de tranquilidad para el director y el productor, pues garantizará la eficiencia y productividad del rodaje.

MARIO CRESPO SOBRE EL OFICIO DE ASISTENTE DE DIRECCION (5)

jagb 17/08/2009 @ 20:05

SOBRE EL OFICIO DEL ASISTENTE DE DIRECCIÓN. (El director es la estrella) (5)
por Mario Crespo

«Me gusta cualquier director, siempre que te haga darte cuenta quién diablos ha dirigido la película».Howard Hawks. (Who the devil made it. Peter Bogdanovich)

Tomo el título que dio Peter Bogdanovich a sus dos tomos de relajadas y profundas conversaciones con directores de cine, que en español se llama El director es la estrella, (España T & B EDITORES, 2007) destacando la importancia del director de una película en la industria de Hollywood, donde sabemos que el estudio es el verdadero dueño del filme y el director, un empleado más. Aún así, en este libro, a través de experiencias y anécdotas del trabajo de grandes directores al frente de sus equipos, se destaca que la verdadera estrella de un filme, es el director. Y es que el cine no puede ser democrático y quien no lo entienda, no hace nada en el set. Sólo así, al finalizar la película se podrá decir “la hicimos entre todos” aunque parezca un contrasentido. En la consecución de todo esto, el asistente del director tiene una gran responsabilidad. Sigamos revisando el tema.

Marina Ochoa describió muy bien su entrada al oficio y todas las presiones que siente el novato en su interés de quedar bien en este trabajo, que no espera por nadie, que tiene un tiempo de desarrollo demoledor e implacable desde que se da el primer llamado a filmación, hasta el último día de rodaje. Sobre todo, porque cuando el nuevo asistente de dirección se une a un equipo, queda rodeado por un staff con alto profesionalismo y ética de trabajo, puesto en función de lograr que el proyecto que el director ha puesto en sus manos, culmine con éxito.

Siempre se dice que si el director está tenso y de mal humor, todo el equipo empieza a ponerse de esa manera y yo lo creo firmemente. El binomio director – asistente es responsable del buen estado de ánimo en el set. Siendo, como hemos dicho, el asistente del director el enlace entre éste y el equipo (imaginemos por un momento que todo lo que es necesario resolver en un rodaje se le pregunte al director, ¿en que estado quedaría éste y cómo podría pensar y dialogar con sus actores si todos los colaboradores se dirigen a él a consultarle o proponerle algo?), es el asistente el vallado necesario; el ataja problemas. Tiene que tener toda la información necesaria para tomar una decisión y ésta sea la más acertada de acuerdo al gusto y los intereses del director y la película que se realiza.

El deber del asistente del director es, (apoyado por supuesto, por el productor de campo o locación, quien también tiene que ser un lince atajando problemas y organizando) ya lo he comentado, tener todo a punto en cada día de rodaje a la llegada del director y ya en el rodaje, estar siempre preparando el plano que sigue al que se filma; o la escena siguiente y pensando en la del próximo día, a la vez que no se puede ausentar del rodaje y estar siempre dos pasos detrás del director. Si me permiten un símil, diría que es como el instrumentista en un quirófano. Siempre con el instrumento necesario listo y a la mano del cirujano, para el próximo corte. No puede distraerse. Pero el asistente es un ser humano y puede también equivocarse. Aquí es donde no puede ponerse tenso, no puede aflojarse y tiene que buscar la manera de resolver un posible entuerto, sin crear alarma, angustia e inquietud en el director.
¿Qué es necesario para que le salgan bien las cosas? Primero que todo la colaboración del equipo, pues en el cine nadie puede hacer nada solo y todos, trabajando para el director. Marina dice también en su artículo, que el segundo asistente de dirección es al primer asistente, lo que éste es al director y su reflexión me invita a hablar de esta cadena de trabajo, que tiene en su cúspide al director de la película. Y ya que Marina ha tenido la honestidad de revelarnos una “trampita” que le hizo a Enrique Pineda y que ella jura, él no se dio cuenta, cosa que me permito dudar conociendo como conozco a mi gran amigo, observador, acucioso, prolijo, celoso en grado superlativo y a quien es difícil se le escape algo en “su” set de rodaje. De todas formas, lo importante de la anécdota estriba en el hecho de que todo un equipo trabaja arduamente para que el director mantenga la presencia de ánimo que le permita dirigir, artísticamente, esa cadena de producción que es una película y el asistente del director, es el primer encargado de conseguir esa tranquilidad tan necesaria. Por eso Marina habló con Tania y ésta se puso de acuerdo con el camarógrafo y con la actriz para que cada uno hiciera lo que correspondía para salvar la escena y sobre todo, el estado de ánimo del director. Estoy seguro que si la carterita hubiese tenido indicado un plano detalle o fuera de mucha importancia en el plano a filmar o, tuviera muchos planos seguidos, Tania no habría dudado en llamar al productor de locación y pedir rápidamente un transporte para ir a buscar la carterita a dónde hubiera quedado. Estoy seguro además que en ese caso, se hubiese propuesto al director de fotografía que solicitara al director hacer otro plano en el que no “jugara” la carterita dichosa en lo que ésta aparece. Muchas cosas se pueden hacer para salvar la eficiencia y la productividad del rodaje y a la vez no incomodar al director con asuntos de fácil solución. Claro que si no queda más remedio, si la cosa es insalvable, habrá que ir a dónde está el director a comentarle, pero con una propuesta factible en la mano, nunca preguntándole qué hacer, pues si el director nos tira el guión por la cabeza, bien empleado lo tendríamos. Y es que no hay que tratar al director como un loco irascible, alguien con quien no se pueda dialogar y llega a acuerdos, ni temerle. El director también hace un esfuerzo por no intranquilizar, no mostrarse tenso, nervioso e inseguro. También es su deber.

Hasta aquí, como se puede observar, lo que se pone de manifiesto es que el asistente del director debe tener una excelente relación con su equipo de asistentes, con el cámara, con vestuario y maquillaje y con los actores. Imponer un amable respeto entre sus compañeros y hacer entender a todos que es el jefe de escena. Por eso siempre digo que el asistente del director, no es aspirante en un concurso de simpatía. Su preocupación no tiene que ser “caer bien” si no, ser eficiente con el director y seguro y firme en sus decisiones y ordenes.

Ya que la anécdota de Marina nos lleva a una película de Enrique, voy a hablar de mi relación con él, esta vez siendo yo su asistente en la película “Aquella larga noche”.

Decía arriba que Enrique es el director más acucioso y observador en detalles que he conocido y por eso dudo que se le escape el color de una cartera, con perdón de Marina. Lo que pudo suceder es que el propio Enrique no le dio demasiada importancia al hecho y como es un director tranquilo y trabaja con alegría, no quiso crear un problema con el asunto. Lo he visto parar un rodaje sin hacer ningún escándalo hasta que le consigan aquello que él sabe imprescindible para la escena. El tiene la última palabra, por suerte lo tenemos bien cerca para sacarnos de la duda.

Ya conocía yo un poco a Enrique de mi trabajo con él en “La Diversión” (no filmada) y sabía que su método de trabajo es de una prolijidad en detalles, ninguno injustificado, que requieren una gran atención y trabajo por parte de todos los colaboradores, desde los directores de arte, los ambientadores y utileros, los directores de fotografía y los actores. Dije también que es testarudo con sus criterios, pero es que éstos los tiene siempre muy bien fundamentados y los va rumiando, justificando y enriqueciendo desde que comienza con la escritura del guión, hasta que hace el trabajo de mesa con los actores y en todo, hace partícipe a su asistente – a quién le gusta tener desde muy temprano en el proceso incorporado al trabajo- y éste debe tener buena cuenta de ello e ir enriqueciendo el desglose de guión e informando a aquellos que corresponda. Cuando hablo de testarudez, me refiero a que si le vas a cuestionar una propuesta, la tuya tiene que estar tan bien fundamentada y estudiada como la de él o más. Si no, él con la mayor paciencia del mundo hará un alto y, abrazándote, tirando el brazo por encima de tu hombro, llevándote a un rincón, argumentará por qué es importante éste o aquel detalle, tranquilamente y con un gran respeto por ti y tu trabajo.

En una película de Enrique es importante una sortija (recordar la anécdota de Beatriz Valdez en “La Bella del Alhambra”), nunca puede ser una sortija cualquiera, su diseño tiene que tener un significado para la actriz, para el personaje. A veces es importante, muy importante algo muy pequeño que no se ve, pero que el actor sabe que está ahí para él y en complicidad con el director. Es lo que se dice un director de método y que aprovecha hasta la más última de las memorias afectivas del actor y las suyas propias para crear esa complicad necesaria. Y también con el equipo. Es de los que piensa que una palabra que unifique a todos o una melodía puesta en el set, crea entendimiento y espíritu positivo de trabajo.

Para ir a lo anecdótico, recuerdo que yo me atreví a cuestionar una medallita que Enrique y Armando Bianchi, habían acordado éste llevaría en su bolsillo un día en que en su papel de Ventura, tenía que hacer una redada en la carretera vieja de Guanabacoa. Era algo que el personaje real hacía y que significaba mucho para él. Aquel asesino de jóvenes, frío y calculador, siempre vestido de blanco impecable, que se emocionaba frente a la Virgen de Regla, era devoto y apretaba en su mano, hasta el dolor una medallita ¿de la Virgen?, no lo recuerdo. Y osé cuestionar su importancia. Enrique detuvo todo lo que estaba haciendo y con gran modestia uso un ejemplo de otro director: ¿crees que Visconti pide géneros auténticos en el vestuario cuando hace Gatopardo por que le gusta, por capricho, por hacer costosa la película? El sonido que hace una tela la define y esto es importante para el actor, que debe tener una prestancia, reflejar una clase social. Tranquilo, en voz baja argumentó un rato más y yo recibí una gran lección. Al final me dijo: Por favor, manda a buscar las medallas para que el actor escoja una.

Desde ese momento, yo era el primero en ocuparme que la medallita, no cualquier medallita, sino la que se había decidido, estuviera en el pantalón del gran actor que era Armando Bianchi.

Mario Crespo

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MARINA OCHOA SOBRE LOS ASISTENTES DE DIRECCION

jagb 13/08/2009 @ 12:05

Mario Crespo me hace recordar tantas cosas...

Debuté como asistente de dirección con “Tiempo de Amar”, de Enrique Pineda Barnet. Si, ese Enrique que no se cansa de dar oportunidades a los jóvenes, pero que a la vez sabe provocar entre los miembros de su equipo la necesidad de ser exigente y riguroso con uno mismo, porque, entre otras cosas, predica con el ejemplo.

La primera asistente era Tania Carvajal, con quien hice mis tres asistencias de dirección para el cine. Tania debutaba también como primer asistente pero daba la impresión de que había nacido en ese puesto. La otra asistente era Lourdes Prieto, que ya tenía su experiencia.

Era la primera vez que me enfrentaba a la faena y me tocó vestuario y maquillaje. Yo había hecho un periplo anterior por el Centro de Información, el Archivo Político de Sonido, Dibujos Animados y Doblaje como Analista, que así se llamaba el cargo cuando entramos al ICAIC. Este cargo que implicaba una suerte de cantera hacia diferentes profesiones dentro del cine así, como de cargos en los diferentes niveles del aparato de dirección. Otros compañeros habían tenido experiencia o al menos habían estado en un set de filmación. Yo en eso era verde verde, pues para entonces era divorciada con una niña pequeña a quien se ubicaba en lugares que una súbita ausencia "no creara complicaciones". (El jefe de programación que decidía tuvo cómplices)

Pues heme allí verde verde y a Tania mirándome con verdadero terror porque los asistentes son al primer asistente lo que el primer asistente al director. Y a su vez el terror de la mirada de Tania reforzaba el mío. Y todavía no sé cómo me quedé y lo hice y hasta lo hice bien. La ayuda de Tania fue fundamental porque era una profesora natural y excelente compañera. Podía parecer un poco dura pero no conocí corazón más blando.

Confesaré un error que cometí en esa película y del cual Enrique se enterará por este texto.

En una escena Lily Rentería, la protagonista, llevaba una cartera blanca y la escena se había comenzado el día anterior, o sea, que demandaba "macheo". Estábamos filmando en una locación de Habana campo, como a cuatro horas de La Habana que a mí me parecieron miles, y cuando voy a revisar por última vez a Lily la cartera blanca no estaba. La razón fue que no hice con Elvia, la vestuarista, el día anterior, al terminar la filmación la revisión por el desglose de todos los elementos de vestuario que debían estar garantizados. Tartamudeando se lo dije a Tania. Ella me miró fijo y me dijo, vamos a ver cómo resolvemos esto. Le pidió a Elvia que le enseñara las carteras que se habían traído para las extras y allí descubrió un modelo parecido pero en beige. Lo tomó, se lo dio a Lily y le dijo: “trata de esconderlo de la cámara”. Creo que también habló con Raúl Rodríguez, el director de fotografía. Enrique no se dio cuenta. !Y que no diga lo contrario! Cuando vean “Tiempo de Amar” otra vez, los desafío a que me digan donde está el gazapo.

Y esta anécdota no es gratuita. Ilustra otra cualidad que debe tener un asistente de dirección. Adivinen cuál.
Me gustaría que asistentes de tanta experiencia como Gloria María Cossío, Rafael Rosales, Lourdes Prieto, Tessa Hernández, Villa, Regino Oliver, hablaran sobre la profesión.

Marina Ochoa

MARIO CRESPO SOBRE EL OFICIO DEL ASISTENTE DE DIRECCIÓN (4)

jagb 12/08/2009 @ 14:18

SOBRE EL OFICIO DEL ASISTENTE DE DIRECCIÓN (4)
Por Mario Crespo

”Si un asistente no se encuentra capaz de ayudar a un director en todo lo que éste necesita, es mejor que renuncie a hacerlo y si el equipo de filmación - que puede ser muy cruel con el ineficiente- detecta miedo o inseguridad, es el fin del prestigio del asistente del director y jamás podrá ser un buen jefe de escena”.

No conocía a Manuel Octavio Gómez, sólo de verlo en los pasillos del ICAIC y saludarnos más algunos comentarios que circulaban sobre sus malas pulgas. Un día me avisan que este director iba a realizar una película y que me solicitaba como asistente de dirección. Cuando nos encontramos en la salita de reuniones de la oficina de Camilo Vives, descubrí que lo de las malas pulgas no era cierto para nada y que la fama le venía de lo poco que sonreía y de lo seriamente que asumía todo su trabajo, cosa que se reflejaba en lo exigente que era con sus colaboradores. Pero era un hombre muy jovial, de hablar despacio y como con timidez, siempre arrancándose pedazos de uñas o lo que quedaba de ellas, con los dedos o con los dientes.

Me comentó que la película que realizaríamos se llamaba “La Tierra y el Cielo” sobre una narración de Antonio Benítez Rojo y me avisó que sería una película de época y con muchos extras y exteriores. Me dijo también que se necesitaría un segundo asistente pues la película era muy compleja y que yo buscara al que me pareciera mejor. Seguidamente, me dio el guión y me dijo secamente, que en cuatro días quería revisar un primer desglose. Se acabó la reunión.

Salí corriendo a buscar a Anita Rodríguez para que fungiera como segunda asistente y empezáramos juntos a hacer el desglose. Nos leímos en un santiamén el cuento de Benítez Rojo e inmediatamente nos pusimos a leer el guión. Por suerte, trabajar con Ana era una fiesta y hacer aquel desglose intentando recordar los consejos de Enrique Pineda –imaginarnos los personajes, su vida, su entorno, su psicología, hábitos y entorno- y empezar a desglosar lo más prolijamente todo lo que el guión pedía explícitamente y además todo aquello que en cuanto a fondos, escenarios y ambientación pudiéramos imaginar y sugerir. En un par de días teníamos listo un desglose y nos dolía la mandíbula de reírnos con las ocurrencias de Ana.

En realidad no sabíamos si lo habíamos hecho bien o mal, trabajamos solos y nada de llamar al serio del director. Ana se ocuparía de los departamentos de servicio, es decir maquillaje, peluquería, vestuario y escenografía y yo me ocuparía de los actores, extras, y asistir al director en todo su trabajo. El escenógrafo de esta película era Lacosta y la script Yolanda Benet y el productor de campo sería Ricardo Ávila. Un equipo que por divertido, contrastaba con la seriedad del director.

Una de las características como director de Manuel Octavio, es que le gustaba ensayar previo al rodaje y como en esta película uniría a actores no profesionales con actores como Samuel Claxton y Tito Junco, amén de una mujer de un temple que M.O gustaba comparar con la Magnani: Marta Jean Claude, se justificaba más hacer un trabajo de coaching previo al rodaje.

Cómo primer asistente debía asistir a los ensayos y tener todo listo para cuando el director llegara a encontrarse con los actores. Yo, que no sabía mi oficio en ese momento, me senté a esperar junto con Yolanda Benet a que llegaran el director y mientras, hacíamos chistes y conversábamos con los actores. Al fin llegó el M.O antes de saludarme, espetó la pregunta: ¿pasaste letra? Mi cara de perplejidad, le dio la respuesta. Me miró un instante haciendo una mueca y se fue a ver a los actores. Yo quería que la tierra me tragara. Yolanda me hizo un mohín: no te preocupes…

Durante el ensayo, que él hacía improvisando a partir del texto, yo debería estar al tanto de las marcas que los actores establecían y junto con Yolanda ir tomando notas de todo. Era como hacer un libro de dirección en una puesta de teatro. Aquello me gustó. En la pre filmación, además de ensayar, buscaríamos locaciones, cosa que hacíamos en su carro en compañía de Humberto Hernández que era el productor. Ver locaciones y tomar notas de todas las características de la misma, su ubicación, el tiempo de traslado desde el ICAIC y todo lo que habría que informar al escenógrafo quien haría una posterior visita al sitio para poder entregar bocetos, en el caso de que hubiera que construir algo.

Manuel Octavio no era de los directores que atormentaba a los colaboradores. Era del tipo que deja trabajar y confía en que cada quien haga bien su trabajo. Cuando algo salía mal se ofuscaba, no peleaba, sino que se iba callado a un rincón. Lo que recuerdo mejor de Manuel Octavio era cómo preguntaba a todos si les parecía bien cómo iban saliendo las cosas. Le gustaba dar instrucciones sentado y a mi me llamaba hasta dónde él estaba y apretándome muy duro por el hombro, me daba instrucciones bajito. Casi siempre yo me adelantaba y salía corriendo a hacer lo que pedía (generalmente sobre movimientos de fondo) y él me detenía: ¡espera, no he terminado! y me repetía todo de nuevo, como para asegurarse de que no se le escapaba nada.

Era un director muy al estilo de la industria, creo que le gustaba hacer como que estaba en Hollywood y en ese estilo montaba sus puestas en escena, le gustaba tener una silla para él en el set y los guiones y los planes de rodaje diarios los trabajaba haciendo subrayados en colores. Trabajar con él en ese sentido era muy cómodo, pues siempre entregaba a primera hora un exhaustivo plan de filmación del día.

Al llegar en la mañana, siempre entre los primeros, me entregaba ese plan y ya para mí era muy fácil organizar la filmación y advertir a utileros, electricistas y con Ana organizar el movimiento del vestuario y el maquillaje e ir planificando los fondos cuando se filmaba en exteriores o interiores que requerían extras y figurantes. Su estilo, como decía recuerda mucho el estilo de montaje que se ve en las películas de Hollywood. Gustaba de hacer para cada escena, un plano master que se correspondía bastante a lo ya ensayado con los actores y a partir de ese plano master, construía planos detallados y correspondientes. Era tan ordenado y lo llevaba todo tan previsto que como asistente no sufrían ninguna incertidumbre. Pero de la misma manera debíamos ser ordenados nosotros como asistentes y no hacerle esperar por una actor demorado en maquillaje o por una utilería, que no llegaba.

Como asistente del director uno debe estar en conocimiento de qué plano o escena se avecina e ir alertando de esto a los departamentos de servicio. Esto con Manuel Octavio era realmente sencillo por su prolija planificación de todo el rodaje. Ana y yo nos sentimos muy apoyados por él, pero también debo decir que Julio “Pavo” Valdés y Livio Delgado, nos ayudaron a entender rápidamente el mecanismo del rodaje.

Como anécdota curiosa que refleja nuestra actitud como asistentes en esos momentos, me gustaría contar que nuestro jefe en el inútil departamento de Programación artística, al cual pertenecíamos, llamó a Ana, casi empezando el rodaje, para informarle que durante una semana, estaría Lázaro Buría, un compañero que venía de sonido y era ya antiguo en el ICAIC, pero que había estudiado en la Escuela de Letras con nosotros, a ayudarnos y asesorarnos en la filmación. Aquello nos pareció un insulto y le dijimos a M.O que si necesitaba de Lázaro Buría en el rodaje, que se quedara con él y nosotros nos retirábamos. Manuel Octavio, con su gesto característico de mover la cabeza y morderse una uña, se volvió y no dijo nada. Siempre hacía eso. Pero el primer día de rodaje, Lázaro no estuvo en filmación. Si un asistente no se siente capaz de ayudar a un director en todo lo que éste necesita, es mejor que renuncie a hacerlo, pues la vida en el rodaje se le puede convertir en un infierno y si el equipo de filmación - que puede ser muy cruel con el ineficiente- detecta miedo o inseguridad, es el fin del prestigio del asistente del director y ya nadie le hará caso.

MARIO CRESPO SOBRE EL TRABAJO DEL ASISTENTE DEL DIRECTOR (3)

jagb 11/08/2009 @ 21:36

Mi primer trabajo como asistente de dirección. Acababa de llegar al ICAIC, en septiembre de 1975 y me ubicaron como he dicho antes, en el departamento de programación artística y se suponía que desde allí nos facilitaran hacer los trabajos para los cuáles nos sentíamos capacitados.

Como venía de Televisión Universitaria y de allí me traje una lista de ideas que me gustaría desarrollar como documentales (yo trabajé en un programa de aficionados y también en un programa de apoyo a la información en el que nos dedicamos mucho a documentales sobre artistas y pintores) y venía con mi lista debajo del brazo a comerme el mundo y a hacer un documental por mes. Eso creía.

No sabía yo, que un documental en aquellos años no se hacía en menos de tres o cinco meses, acostumbrado como estaba al estilo de producción de la televisión, pensaba que aquellos sería más o menos lo mismo. Entregué mis proyectos a mi jefe, quien sin mirarlos, ni esa vez ni nunca más (nunca tuve respuestas) los metió en una gaveta y me echó un sermón sobre la necesidad de que nos fuéramos vinculando al mecanismo de la “industria”, aprendiendo de ellos que ya habían transitado un camino y que no deberíamos esperar a quemar etapas. En el ICAIC despreciaban las escuelas de cine y los programas académicos, existía la teoría de que lo mejor era aprender trabajando. Así habían hecho los fundadores y así debía ser. No me parecía del todo mal, sobre todo porque ya veníamos de cinco tediosos años de carrera en la Escuela de Letras y Arte, pero esto de no saltar etapas lo escuché muchas veces más durante largos años. Me gustaría pensar que al marcharme de su oficina el jefe
hojeó mis propuestas de documentales y hubiese observado que aún sin mucha experiencia, ideas tenía y me llamaría más tarde para comentarme algunos de ellos. El caso es que eso no sucedió y me sentí muy descalificado.

Por suerte, esta sensación de frustración no duró mucho, pues antes del mes que pasé deambulando por los pasillos y departamentos del ICAIC viendo oficios, tecnologías de cámara y sonido, recibiendo charlas muy instructivas de Humberto Hernández, Camilo sobre la producción y sus mecanismos, me llamaron un buen día de nuevo frente al lacónico y jefe para informarme que un director de cine me solicitaba para que le acompañara en un trabajo. Ese director era Enrique Pineda Barnet. El mejor que podía tener en aquel momento. Un hombre con una vocación de maestro infinita, con un método de investigación acuciosa y exhaustiva hasta el agotamiento – el mío, pues él cada vez parecía tener más energía- y sobre todo una capacidad para dar ánimo y confiar en los colaboradores, también a prueba de misiles.

Mi trabajo consistía en asistirle en una investigación sobre un largo que proyectaba llamado provisionalmente “La Diversión”. Yo buscaba en libros, hurgaba en historias de la calle que tuvieran que ver con el tema, las discutía con él y sobre todo conversábamos largas horas sobre el proyecto, los motivos de cada personaje y la estructura, siempre buscando el mayor verismo para la historia. No hacía gran cosa yo, o al menos así lo sentía, no creía que estaba aportando mucho aunque la atención y el respeto con que Enrique escuchaba todo lo que yo le decía, me daba ánimo al menos por unas horas, hasta que amenazaba nuevamente el desánimo por lo difícil que era todo, y él volvía a darme otro impulso y me asignaba otra tarea.

Fue como un post grado en el que en lugar de pagar, me pagaban para que viera trabajar al maestro del empeño, la acuciosidad , el detallismo, la seriedad y, sobre todo, la resistencia en el trabajo amén de la capacidad para la observación de gestos, tonos de voz, situaciones dramáticas. Hacer mi primer desglose, sobre todo para una película de E. P. fue un trabajo agotador. No tenía experiencias en desglosar guiones de ficción y la prolijidad de detalles que Enrique exigía, hacía que siempre al revisarlo, me pusiera a hacer un ejercicio de imaginación sobre la escena, que más tarde comprendí, fue de una utilidad enorme para mi oficio. Nunca agradeceré los suficiente la exigencia, testarudamente suave y firme pero didácticamente cariñosa de Enrique. Una y otra vez me faltaban elementos, una y otra vez aquel desglose de una escena estaba incompleto. De él aprendí que debía cerrar los ojos y imaginar el escenario como si yo fuera el protagonista de la escena. Sentirme él y pensar en todas sus necesidades, costumbre,fetiches y manías. Era según él, la forma de proporcionar al actor, todas las herramientas para que hiciera a gusto y bien su trabajo.

A Enrique le escuché hablar por primera vez de análisis dramático, dramaturgia y dramaturgistas. Me llevó consigo a casa de Gloria Parrado y allí empecé a entender la importancia de la disección de un texto y sopesar cada una de sus partes y su relación con el todo. Lamentablemente, el proyecto no llegó a rodaje. Otra vez se trabó en las gavetas de ejecutivos que le buscaban la quinta pata al gato. Llegamos, recuerdo bien, a tener un primer tratamiento y me tocó hacer un primer desglose de aquel guión para estudiar su factibilidad económica, me decía Enrique, y demostrar que era un proyecto extremadamente económico. No obstante, todavía no se qué pasó con aquel proyecto, pero estoy seguro que está debidamente fichado y guardado en los archivos de Enrique y, como el primer día, esperando con infinita fe en el mismo, que será filmado.

Mientras se esperaba la respuesta que nunca llegó, me asignaron a trabajar con otro director, otro maestro que admirábamos por su “Días del Agua” y “La Primera Carga la Machete”… Tendría que esperar como dos años para repetir mi experiencia con Enrique y esta vez en un rodaje con todas las de la ley.

Mario Crespo

OTROS COMENTARIOS DIRIGIDOS A GUSTAVO ARCOS Y GARCIA BORRERO

jagb 06/08/2009 @ 19:28

Gustavo:

Leí en el blog de Juan Antonio tu carta sobre los nuevos oficios en el arte audiovisual y los criterios que deben regir a la hora de aceptar el ingreso de nuevos miembros en la UNEAC. Creo que tú mismo diste la clave al final detu propia carta: “¿Dónde está hoy la auténtica creación y dónde la habilidosa aplicación de técnicas o saberes?”

Tener ese criterio en nuestras mentes facilita la lucidez para tomar decisiones. Hay mucho que hablar sobre este tema. Creo que puedo emitir algunos criterios al respecto, que serían los míos y que pudieran entrar en pugna con los de otros, y te prometo que lo haré pronto, porque son necesarios para que en la UNEAC estén solo los verdaderos creadores, la indiscutible élite de los artistas cubanos. Para agrupar a todos los trabajadores de la
cultura estarían los sindicatos.

Lo mejor de tu carta es la necesidad de polemizar que generan tus argumentos, tus interrogantes con respuesta implícita.

Abrazos,

Manolito Iglesias, editor de cine.

Gracias, Gustavo. Me parece muy interesante todo lo que se ha planteado al respecto. Soy del criterio que para ingresar a la UNEAC debe tenerse ya un cierto reconocimiento, un nombre, cierto prestigio, que no necesariamente implique que se tenga que tener más de cuarenta años con una larga trayectoria. Hay jóvenes talentos que en un solo trabajo o un par de ellos, ya pudieran merecer el ingreso. Estoy pensando si la sección de Cine, Radio
y Televisión, no debería cambiar su nombre a la de Cine, Radio, Televisión y Video. En cuanto a lo de las especialidades, pienso que independientemente de que algunas pudieran ser muy técnicas, creo que la maestría de cada persona es la que puede darle el rango de verdadero artista, y que esto cada cual tendría que ganárselo con su trabajo. Sin ánimo de comparaciones, en las Academias de Cine, ya sea en España, o en EE.UU., para ser admitido hay que tener un cierto prestigio y obra. Aquí no tenemos ese tipo de academias
de cine, ni de TV, pero la UNEAC viene a sustituir ese rol. Un maquillista, un especialista en trucaje con una labor destacada no me ofrecen dudas. Yo no consideraría el ingreso a la UNEAC de aquellos especialistas técnicos audiovisuales que pudieran considerarse equivalentes a científicos que para el cine inventan lentes o cámaras especiales y son reconocidos con premios por su labor, ya que ayudan a la creación artística de otros colegas. Ellos no son artistas, sino científicos o técnicos.

Mario Naito, Presidente de la Asociación Cubana de la Prensa Cinematográfica.

Gus,

Me han llegado tus pensamientos por tres vías diferentes! Me parece muy bueno que nos remuevas las neuronas y que pongamos la materia gris a imaginarnos el futuro.

Tenemos unos pendientes con el crecimiento.

Un abrazo

Inti Herrera, productor.

Juan:

No tengo ánimo ni tiempo de entrar en una polémica, baste decir que el sonido, el color, las pantallas anchas, los lentes con más luminosidad, la Nagra para el sonido directo, y ahora los efectos digitales no son de por sí Arte, pero si el director tiene talento y algo que decir, pueden ayudar CONSIDERABLEMENTE... Ya que el cine no sólo es Arte e Industria, sino también TECNOLOGÏA APLICADA...

Abrazos,

Fausto Canel, director de “Dasarraigo” y “Papeles son papeles”.