Administra tu Blog

¡Crea tu Blog Ya! Fácil y Gratis ¿Te gusta la Fotografía?

Categoría: POLÉMICAS

UN COMENTARIO SOBRE “LAS ESCALERAS DE LA CRÍTICA”

jagb 09/06/2008 @ 23:09

Juan Antonio:

Leyendo rápido la nota de Fowler, la traduzco como que es imposible escapar de la institución arte y el mercado, por más vanguardistas que se sitúen los actores sociales. Eso ES cierto, pero no impide el surgimiento y legitimación de nuevas tendencias, gustos de consumo cultural, autores estrellas y teorías paradigmáticas también estrellas.

Así es como funciona en Occidente (nosotros) la historia de las ideas. Y es precisamente tal dinámica, mas democrática que la imposición de un buen gusto por patricios iluminados- llámense Racine o Helmo Hernández- la que la vida espiritual en sociedades pro-socialistas debe asimilar. ¿Que le llamamos consumo? Bueno y bien, ¿hasta cuando tendremos estos prejuicios judeocristianos por el gozor de la carne y el espíritu?

Lo interesante, o lo preocupante en relación a tu referencia bloguera, es la apatía, ceguera o indiferencia del sistema de massmedias, TV, MINED en Cuba al fenómeno no solo de los blogs sino también a la creación de una Internet "cubana" o Intranet donde los individuos se conviertan en productores de conocimientos que comparten con sus compatriotas, así sea desde los periódicos. Ya es francamente ridículo el hecho de que uno no pueda comprar dominios .cu y tenga entonces que comprarlos a empresas norteamericanas o españolas pero como .com.

Lo que está en entredicho, en este concepto, es que como ciudadanos no tenemos legalidad jurídica y voz, apenas existimos. Y un socialismo que se proponga saltar del subdesarrollo de medio siglo a otro más moderno y funcional, tránsito que imagino tendrá que modelar el próximo Congreso del PCC, deberá corregir este defecto esencial.

Disculpa si escribo un tin atropellado y saltando ideas, no aspiro a ser un gran ensayista sino a dejar marca de mis entuertos mentales.

un abrazo,

Abelardo Mena

LAS ESCALERAS DE LA CRÍTICA

jagb 08/06/2008 @ 19:37

Por estos días he intercambiado algunos mensajes con el destacado poeta y ensayista Víctor Fowler, quien, por cierto, acaba de abrir su propio blog (http://my.opera.com/Oppianos-Unidos/blog/). Como en otras ocasiones, hemos hablado de películas, y también de su crítica. Y en algún momento salió a relucir el artículo “La revolución de los blogs y la crítica tradicional de cine”, que aparece justo debajo de este post.

El mensaje privado de Fowler me pareció tan legítimo en sus objeciones, que le solicité autorización para hacerlo público, pues muchas de sus ideas, aún cuando no las comparta del todo, podrían motivar un buen debate en torno a este asunto que a los críticos cubanos todavía nos parece ajeno: el impacto de las nuevas tecnologías sobre la práctica crítica, y su proyección social. Dice Fowler en su mensaje:

“La parte que siempre me parece errada, dentro de tu buenísima voluntad, es esa creencia en la posibilidad de democracias “reales”. En otra dimensión –no opuesta, sino paralela- ello es lo mismo que los sueños del power to the people (que, provenientes de las luchas del Black Power norteamericano, resonaban en una muy célebre canción de Lennon o en aquella consigna leninista que pedía dar: ¡todo el poder a los soviets!).

Pero en el mundo de las ideas, de las luchas simbólicas, jamás existirá esa democracia soñada. Los críticos “institucionalizados” (bien sea dentro de una editorial, periódico o programa televisivo) existirán siempre, aunque operando dentro de lógicas de mercado. Por tal motivo, deberán de gustar, enseñar, no podrán hablar de determinados tipos de cine y –esto sí de manera inviolable- a ninguno le estará permitido ir siempre en contra de la taquilla; lo más, hacer su crítica para un determinado nicho de público ilustrado que, cuando se le traduce a ingresos, implica la existencia de un segmento del mercado total.

Por eso, cada vez que te leo, me alegra tu entusiasmo, pero entiendo que hay una simplificación de fondo en el argumento; algo que, a mi juicio, debes de corregir. Y es que no se trata sólo de la crítica aparecida en revistas, libros u órganos de prensa, sino de que la sociedad recibe las influencias y presiones del “aparato crítico” mediante congresos, seminarios, entrevistas, alocuciones televisivas y mil fuerzas más sobre los individuos. Unos críticos bajan en la estimación y el sistema se auto-regenera poniendo a otros en su lugar.

Valdría la pena, algún día, tener una conversación más larga y profunda sobre esto. Ah, pero ¡felicidades! por tu provocador texto.

V.”

No incurriré en el absurdo de replicar una de las tantas lecturas que puede (y de hecho) quiere suscitar el texto. Admito que hay allí ideas que se prestan a la interpretación contrapuesta. Y más bien me alegraría que siguieran apareciendo consideraciones escépticas. Solo la discusión sistemática y plural permitirá obtener una idea más integral de este fenómeno que recién se inicia ahora. Sin embargo, me gustaría precisar un par de cosas. Mi “entusiasmo”, para utilizar el término al que apela Fowler, no deja de ser un entusiasmo, por decirlo de algún modo, cuando menos trágico, en tanto me queda claro que toda ganancia siempre implica un sinfín de pérdidas. Lo moderno ha traído confort a una parte de la humanidad, pero hay otra que sigue viviendo en condiciones precarias. Incluso, en condiciones donde el proyecto de modernidad, lejos de mejorar ecológicamente el contexto, curiosamente ha arruinado lo que ya era un desastre. Supongo que para la gente que vive en esas condiciones, un blog no es otra cosa que frivolidad intelectual. Pura habladuría que no tiene nada que ver con la vida real, la vida del día a día. Es decir, con esa vida que, para decirlo como Fausto Canel, ni tiempo te da para pedir auxilio. Ahora mismo no alcanzo a vislumbrar cuáles pueden ser los efectos negativos que implicará naturalizar en nuestras vidas la presencia de una blogosfera (probablemente termine siendo otra variante sofisticada de dominación cultural al servicio de una élite), sin embargo, lo que sí me parece evidente es que el surgimiento de esa blogosfera ha permitido que sea mucho más visible una sociedad civil que tiene sus múltiples demandas, utopías, visiones de la vida.

No es que crea que algún día tendremos una “democracia real”, pues, en efecto, mientras no se cumpla aquella utopía borgeana (“algún día mereceremos no tener gobiernos”) que reciclaba en forma poética el anhelo marxista de aniquilar el Estado, unos pocos seguirán mandando en nombre de las “mayorías”. Sea a través de la dictadura del proletariado, o sea a través de un mismo Partido que se nombra, según las circunstancias y expectativas, “Demócrata” o “Republicano”.

Ahora, de lo que intento hablar en mi texto es de la revolución que viene provocando en la producción y recepción del conocimiento este asunto de los blogs (o lo que es lo mismo: el modo en que se democratiza el acceso a esas tecnologías). De acuerdo, puede que todavía no debamos llamar “conocimiento” (en el sentido más académico, más científico) a ese lleva y trae de opiniones que por lo general uno encuentra en estos sitios. Pero el solo hecho de que el individuo pueda mostrar en público la cuota de verdad que le corresponde, y recibir casi al instante los comentarios que esa pequeña verdad inspira, abre ventanas a la superación individual que antes, con esa emisión unidireccional de saberes desde un centro legitimado por el Poder, difícilmente se podía concebir.

Para la crítica de cine en Cuba la oportunidad es formidable, porque permitiría colocar nuestro lenguaje en una altura donde los “localismos”, y la impresión de que somos el ombligo del mundo, no caben. Desde luego, no estoy hablando de un blog como simple reservorio de estados de ánimos y opiniones (que, además, es legítimo y hasta saludable), sino de un medio donde predomine más la complicidad intelectual (aún cuando el verdadero estímulo esté en resaltar las diferencias más radicales) que el mero intercambio de criterios que hoy se esgrimen y mañana se permutan. Sé que suena algo utópico, cuando no aburrido, pero hablo de convertir al blog en otro instrumento del pensamiento colectivo. Yo no sé si eso es “democracia real” o no, pero sí sé que no perduraría mucho la actual “dictadura de los críticos”.

Eso traería como consecuencia que los críticos tendríamos que comenzar a reelaborar nuestras estrategias de persuasión. Donde antes imperaba la autoridad y el prestigio académico, ahora se tendrá que tomar en cuenta la sabiduría dispersa de “los muchos”, pero no esa sabiduría que va repitiendo como un loro todo lo que ya nos han dicho y enseñado en las escuelas (al final es una sabiduría “unívoca”), y que la gente llama con demasiado prisa “sentido común”, sino la sabiduría que antepone el aprendizaje a la enseñanza.
Siempre que hablo de estos temas no puedo dejar de evocar aquel “Primer Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica”, celebrado en la ciudad de Camagüey entre el 4 y el 7 de marzo de 1993. Entonces las inquietudes relacionadas con el estado de salud de la crítica cubana eran otras, pero en la que considero fue la ponencia más relevante del evento (“Algunas posibles verdades para escribir desde la dificultad”), Wilfredo Cancio Isla nos recomendaba algo que quince años después no puede tener más vigencia: “Hoy es imprescindible para el crítico cinematográfico incorporar la información tecnológica a su esfera de conocimientos; no para simular la cultura desde la apropiación del lenguaje tecnológico –como ejemplifican ciertos pretendidamente críticos de la revista Fotogramas-, sino porque el arte y la cultura contemporáneos son cada día menos explicables al margen de su interacción con la tecnología”.

Me pregunto, casi dos décadas después: ¿ha tomado conciencia nuestra crítica de que no solo ha cambiado el cine, sino también el modo en que hay que pensar a este?. No lo creo. Es cierto que en sentido general el pensamiento ha madurado, y que hoy la bibliografía aparecida en la isla se apoya en ideas que antes ni sospechábamos, pero la actitud del crítico (es una impresión muy subjetiva) sigue siendo “vieja”. Se sigue pensando al cine como “cine”, y no como audiovisual, que es otra cosa. Y sobre todo, se sigue discutiendo muy poco, y cuando se discute, no hay un verdadero interés por aprender, sino más bien por imponer.

Uno de los que mejor ha descrito esas carencias, y también esa necesidad de recobrar lo que ya estaba en la tradición crítica más general, ha sido el humorista (y pensador) Héctor Zumbado, con unas reflexiones que en lo personal me siguen pareciendo geniales, y que no me cansaré de suscribir. Decía Zumbado:

“Para subir al cielo de la crítica se necesitan varias escaleras. Se necesita una escalera grande de profesionalismo, saber lo que se está criticando en términos técnicos, poseer una cultura general amplia: esas dos condiciones son básicas. En profesionalismo y cultura general, nuestros críticos, con honrosas excepciones, son muy débiles, tanto en el aspecto técnico de lo que critican como en su nivel de amplitud cultural, y en tercer lugar, una escalera mucho más grande que se llama elegancia. Somos herederos de una larga, profunda, maravillosa tradición cultural. Tenemos que rescatar la elegancia, la ética de Domingo del Monte, José Antonio Saco, de Martí… Quien haya leído la polémica de Martínez Villena con Mañach; la gran polémica entre Vasconcelos y Gastón Baquero… Pido que nuestros críticos tengan un profundo conocimiento de lo que están criticando, la amplitud cultural que los apoye en sus críticas y que tengan, sobre todo, la elegancia de los criollos del siglo pasado: eso es todo lo que pido a los críticos de nuestra época”.

Juan Antonio García Borrero.

POSTDATA FINAL: CARTA ABIERTA A DUANEL DÍAZ (2)

jagb 07/07/2007 @ 13:05

Duanel:

Cuando me inserto en este tipo de polémica no es para convencer a nadie, sino que lo hago con la predisposición de adquirir un punto de vista superior, o por lo menos, adquirir una nueva noción de ese poliedro que todos habitamos. Cada persona tiene ya su propia visión de Cuba, a partir de lo que ha experimentado en carne propia, y lo menos que puedo hacer es respetar la visión de aquellos a los cuales les ha ido peor.

Yo no quiero pecar de lo mismo que te estoy criticando: esa desmesurada generalización que te hace ver solo negro, allí donde es posible encontrar matices. No puedo ni quiero ir contra las evidencias. En Cuba hay un partido único, un Líder Máximo cuya opinión es incontestable, una esfera pública donde no hay posibilidad de disenso, una minoría que políticamente piensa distinto y es por ello silenciada o encarcelada. Llámalo dictadura, pero es evidente que todo eso no lo puede lograr un solo hombre. De allí que me interese el estudio del proceso que hasta ahora se ha vivido como conjunto de muchas voluntades, y no como el capricho individual de una sola persona.

Mirado desde esta perspectiva, es claro que no puedo compartir ese optimismo que muestras con la variable biológica a la hora de solucionarse los problemas de Cuba. Aquí sí hay una discrepancia de fondo entre ambos, ya que en este punto te revelas como un “apocalíptico optimista” (Castro muere y todo se resuelve), mientras que a mí me sigue acosando lo que llamo el “optimismo trágico” (se seguirá sobreviviendo, sí, pero de manera agónica). Para mí, tal vez pensando demasiado en Ciorán, los problemas entre cubanos seguirán existiendo porque esa manera de discutir las discrepancias (lo nuestro ahora no es la regla, es una excepción) ha llegado a formar parte de la cultura cotidiana, lo cual alcanza hasta a los adversarios de Fidel Castro.

¿Esa intolerancia que a veces se nota en el exilio entre cubanos que piensan distinto, aunque tengan una fobia común a la Revolución, es culpa del gobierno de la isla o del compatriota que, a la hora de debatir, se siente a gusto con la ley del menor esfuerzo mental? Descalificar mediante el choteo o el insulto al otro, como te dije en mi carta anterior, es más popular porque evidentemente es más fácil; “pensar” lo que ese otro te dice, y admitir que puede tener cuotas de razón, eso sí ya resulta una proeza. Creo que en casos así se ha descuidado la moraleja de Borges: “Hay que saber elegir los enemigos, porque al final terminamos pareciéndonos a ellos”.

“No se puede estar al mismo tiempo con los indios y con los cowboys”, dices en algún momento. Eso, en efecto, es lo que siempre nos han recomendado, y lo que indica el sentido común, si quieres quedar bien con uno de los dos bandos. Solo que eso es precisamente lo que no me interesa hacer. Trato, a conciencia, de desmarcarme de todo tipo de tópico fidelista o anticastrista. Dicho de otro modo: que me interesaría contar alguna vez una “Historia” del cine cubano donde indios y cowboys se comporten como personas de carne y hueso, y no como ángeles y villanos.. Es decir, no contar la historia de los indios narrada por los cowboys o viceversa, sino la historia de ambos, enmarañados en una lucha que sabemos a muerte. Ya de paso quisiera comprobar por cabeza propia que “esperanza de justicia social” no necesariamente es sinónimo de “hecatombe”.

Ya sé que es difícil de lograr, porque a estas alturas creo que la Historia no es más que otro género literario. El narrador, es decir, el historiador, difícilmente podrá llegar a anular del todo esa simpatía o fobia que le provocan aquellos personajes y situaciones que evoca. De allí mi sugerencia de abandonar la pose del Dios-Historiador, para contar la historia del cine cubano según el paradigma de “Rashomón”: la historia según el Autor, la historia según los cineastas, la historia según las películas, y así, hasta donde se pueda llegar.

En este sentido, admito contigo que la memoria histórica tiene que registrar el testimonio de los vencidos, de los que han sido machacados, porque ninguna “Revolución”, aunque se haga llamar de “Los claveles”, es pacífica. Románticas lo son todas, pero pacífica ninguna. Para mí, el dolor o la rabia que expresan en sus libros Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante, Néstor Díaz de Villegas, Juan Abreu o Antonio José Ponte, por mencionar unos pocos, es tan respetable como el jubileo de Alejo Carpentier o Nicolás Guillén, porque en el fondo hay un denominador común, más allá de toda diferencia ideológica: el tremendo drama de la convivencia humana. Y en ese dolor o rabia también hay lucidez. Y para volver al cine, que es el terreno donde me muevo, creo que en películas como “Guaguasí”, “Los gusanos”, “El super” o “Amigos”, al margen del saldo artístico que nos hayan dejado estas cintas, están “las verdades” de esos que fueron expulsados del proyecto revolucionario. No lo digo ahora, sino que está escrito, lo mismo en el libro sobre el cine de la diáspora, como en otros textos que circulan en Internet.

Hablemos ahora de los hechos. No comparto eso que dices de que “hay que hacer balance, y en ese balance hay que tomar o rechazar a la Revolución entera”. ¿Quién nos otorga ese derecho de decidir lo que es prescindible o no en esta vida? Esa fórmula del “todo o nada” enfatiza las dudas que ya yo tenía con anterioridad cuando te hice llegar mis objeciones a tu noción de “hecatombe post 59”: ¿significa eso que hay que negar todo-todo-todo?, y en el caso del cine cubano, ¿significa que hay que renegar de la creación del ICAIC y de cuanta película se haya producido allí? En esa mirada tuya, ¿qué lugar ocupa el cine cubano?, ¿fue la creación del ICAIC también para ti un gesto regresivo dentro de la cultura nacional?, ¿no se han hecho allí películas que, después de todo, vale la pena haber realizado?, ¿no se codeó el cine cubano de esa época con la modernidad fílmica de entonces?, y cuando me hablas de Alfredo Guevara como el gran represor, ¿significa eso que los de “Lunes de Revolución” eran, por contraste, liberales, cuando el propio Cabrera Infante reconoció en vida su intolerancia de esos años?

Quizás tú lo tengas más claro, pero para mí los hechos, por sí solos, siempre serán engañosos. Un hecho, aislado de su contexto, es solo eso: un hecho. Y resulta insuficiente para entender el por qué de las cosas, porque como comentaba Voltaire del tipo de “Historia” que se escribía en su época: “En el fondo me quedaba igual que antes… solo me enteraba de acontecimientos”.

La censura de “PM”, por ejemplo, es un hecho, pero la simple mención de esa censura no alcanza a explicar que se trataba de una lucha por el poder cultural que, a su vez, estaba contribuyendo a la construcción simbólica de un adversario externo, que a su vez encajaba perfectamente con lo que estaba sucediendo en el mundo entonces (pueblos descolonizados en África, ansiedad de liberación en Latinoamérica, Guerra Fría, etc). Es decir, si mencionamos apenas ese hecho (que además, fue real) para de inmediato privilegiar el archicitado “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” y la supresión de la libertad de expresión, se corre el riesgo de olvidar que tanto “Lunes de Revolución” como el ICAIC, a pesar de sus discrepancias irreconciliables, estaban legitimando el mismo proyecto social. Supongamos que los de “Lunes” sean los indios (por aquello de que fueron aniquilados) y los del ICAIC los cowboys, ¿si narro la historia desde la perspectiva única de “Lunes” no estoy perdiendo la oportunidad de estudiar cómo ambos grupos contribuyeron a legitimar un consenso por esas mismas fechas?

Luego, están las películas del ICAIC, que son también hechos. Están allí, y hoy se pueden explorar desde otra perspectiva. Se les podrá poner todas las objeciones estéticas o ideológicas que quieran, pero hay en ellas un testimonio invaluable de lo que estaba pasando en la época, y sobre todo, qué estaba pasando con la gente, qué esperaban, en qué creían, con qué soñaban.

Creo que si seguimos con el método de “La Historia de los indios por los cowboys” o viceversa, se perderá de vista la complejidad de las dos dinámicas presentes en ambas tramas: la externa y la interna. Porque dentro del ICAIC se vivieron tensiones que dieron origen a diversas líneas estéticas, y del ICAIC hacia fuera también se protagonizaron polémicas que contribuyeron a enriquecer el contexto cultural de esa década. Por eso me parece sumamente simplificador sugerir que desde 1959 hasta la fecha ha existido en Cuba una manera idéntica de gobernar, y por ende, una misma política cultural. Es decir, sugerir que de principio a fin todo ha sido una hecatombe.

Si afirmamos eso estaríamos escamoteándole el cuerpo a algo mucho más complejo de explicar, y que implica la responsabilidad de muchos, incluyendo a los que un año después de 1959 ya eran “enemigos”: los mecanismos a través de los cuáles se logró la construcción de ese adversario simbólico que partir de 1961 garantizó el máximo de unidad en nombre de un peligro externo. Nadie puede llegar e imponer por que sí a diez millones de cubanos una ideología que hasta entonces circulaba de manera irregular en el país. Eso solo se ve en las películas de Hollywood, donde un villano consigue con una facilidad increíble dominar a toda una nación. Ese proceso que desde 1959 se ha vivido es demasiado complejo como para etiquetarlo en un término, y descalificarlo de un plumazo. Su consolidación obedece a un conjunto de circunstancias locales e internacionales que difícilmente se repetirá, y la prueba está en el ejemplo de la Revolución cubana, que a pesar de gozar del respaldo de una buena parte de la izquierda latinoamericana y hasta europea de esa fecha, apenas consiguió ir más allá de lo simbólico.

En los últimos tiempos y cada vez con más intensidad, suelo preguntarme desde dónde y para qué escribo. No me refiero al lugar físico, pues como ya te dije, se puede estar comiendo en Miami sin haber salido de Punta Alegre. Y por otro lado, es muy fácil reclinar los codos en las barandas del Balcón de Europa para celebrar o fustigar lo que está pasando en Cuba. Esto está relacionado, desde luego, con la polémica que te mencionaba de Mañach-Lezama, y que conoces mejor que yo: ¿vale la pena cambiar la sede por la fede?.

Estamos hablando de algo que es realmente peligroso, por lo menos en el plano ético. No sé si era Cartier Bresson quien llamaba la atención sobre el riesgo que se corre cuando abordas el sufrimiento humano y juegas con la estética, con la retórica, porque, al final, ¿quién es más importante: el sujeto que sufre o el fotógrafo y su retórica? Es lo que termina pasándome con todas estas teorías brillantes que hablan de hecatombes y olvidan el origen del sufrimiento, o pasan por alto que allí donde en apariencia está el kilómetro cero del desastre, ya había un montón de gente sufriendo. Otra cosa, desde luego, es someter a crítica profunda el resultado que ha tenido el experimento. En esa crítica, si es humanista, si intenta fijar los pros y los contras, si advierte logros y retrocesos, desde luego que sí creo.

Por eso mi decisión de cerrar definitivamente el blog, y volver a la sede, porque no consigo encontrar el equilibrio justo que me permita “entender” los acontecimientos, y hablar de indios y cowboys con cierta objetividad. Al no lograrlo, corro el riesgo de que el blog, como sitio para hacer lucir mi retórica personal, pase a ser más seductor que las ideas concretas que me interesa discutir. De modo que solo regresaré el día que me sienta en condiciones de contar la historia de los indios y los cowboys sin que ninguno de los dos me ponga como condición “un sí o un no”. Tal vez ese día anuncie el retorno con el clásico “Había una vez, hace algunos años, unos indios y unos cowboys…”.

Un abrazo,

Juan Antonio

A MODO DE POSTDATA Y FINAL: CARTA ABIERTA A DUANEL DÍAZ

jagb 05/07/2007 @ 17:37

Duanel:

Recuerdo que el primero en hablarme con entusiasmo de las posibilidades de expresión que concede un blog fuiste tú. Por tanto, le debo a “La memoria inconsolable” el nacimiento de “Cine cubano, la pupila insomne”, y parece ser que también (aunque sin sospecharlo ninguno de los dos), la despedida. Es obvio que se trata de una casualidad eso de que tomáramos la decisión del cierre casi el mismo día. En casos así, es cuando más evoco la reflexión de Kant, especulando que detrás de cada casualidad hay veinte necesidades escondidas.

Tu blog me ha servido para confirmar algo que ya sospechaba: son más útiles al pensamiento las personas con las cuales generalmente uno no está de acuerdo, que aquellas que se empeñan en inculcarnos “verdades” ya encontradas. En nuestro caso, probablemente en el noventa por ciento de las oportunidades no coincidimos en la forma de mirar e interpretar los hechos. Es como si uno estuviera en la popa, y otro en la proa. Aparentemente el paisaje es igual, pero ya sabemos por Borges que “la realidad es invisible”. Es el observador quien termina configurándola. Sin embargo, no por ello es necesario que terminemos anulándonos.

Nuestras diferencias no responden a una cuestión de ideología, pues hace rato intento aproximarme a la vida (ya no al cine) desde otros ángulos. Se trata, creo yo, de la mirada primigenia que ambos tenemos del mundo revolucionario. Esa visión condiciona nuestros discursos. No digo que la visión tuya o la mía sea superior a la otra, solo digo que son distintas, y que por ende están condenadas a apreciar el contexto de maneras diferentes.

Tengo el ejemplo concreto del año 1959. Para ti, ese año marca el inicio de lo que llamas “la hecatombe”; para mí, en cambio, es el año que convierte en tangible una esperanza colectiva desde hacía mucho tiempo acariciada. Mi criterio es que si fuéramos hablar de “desastre” o “hecatombe”, tendríamos que ubicar su origen mucho más atrás, y si fuéramos a ponerle el apellido de “cubana” a la destrucción, habría que rastrear el origen de ese fenómeno allí donde se empezó a pensar en “cubano” la posibilidad de remediar el caos histórico.

Tanto la revolución de 1933 como la de 1959 albergaban la esperanza de corregir un destino de decadencia que parecía ya fijado, de allí que la segunda involucrara a una buena parte de la sociedad de entonces, incluyendo a los intelectuales que antes se esforzaron por habitar cotos de mayor realeza. Pero no es de la esperanza que entonces animó a los intelectuales (demasiado pegados a su espejo, a pesar de la buena fe) de lo que me gustaría hablar, sino de la esperanza de aquellos que vivían mucho más allá de esa sociedad que “Bohemia” o “Carteles” insistían ubicar en el Vedado,

Trataré de imaginar qué podía significar para mi abuelo blanco (el negro era tabaquero), llegado de España en 1917, una noticia como aquella que recibió el 1 de enero de 1959. Mi abuelo había salido de Lugo soñando con dejar atrás una miseria que lo acosaba por todas partes. No sé si escogió Punta Alegre para vivir por el nombre (si fue así, imagino su decepción: ese pueblo de alegre solo tiene sus parrandas). Creo que se hizo más cubano en la medida que mejor aprendió el oficio más antiguo del mundo, y que era el que más se practicaba en el sitio: el oficio de sobrevivir. Llegado a esta punto, trato de imaginar qué pensaría en el momento que se anuncia la huida de Batista: ¿sería para él la confirmación de la vida como una hecatombe, o el atisbo de una esperanza de mejorar su vida de carbonero?.

Se trata, como ves, de una cuestión de miradas o perspectivas: allí, donde unos aprecian esperanza, otros sentirán que han llegado al infierno. Y viceversa, porque toda ganancia en el fondo implica pérdidas. Todo depende del lugar donde nos pille el tren de la Historia : no se sentirá lo mismo si viajamos al lado del conductor de la locomotora, que sentados cómodamente en uno de los vagones. Cuba mirada desde “El Balcón de Europa” puede adquirir ribetes de una fantasía erótica, con el sacrificio diario de su gente como souvenir digno de coleccionar, pero examinada desde Punta Alegre, el Tiempo, y no el Espacio, puede cobrar la dimensión de una cárcel.

Quizás sea por eso que cada vez me interese más una visión humanista del cine cubano, que la simple celebración o descalificación de las películas que se han hecho. Me interesa explorar esos mecanismos a través de los cuales un individuo (para el caso, un cineasta) entrega su “yo” a un deber colectivo, a un ideal compartido. Casi todos los cineastas de ese primer momento (incluyendo a los creadores de “PM”, según se deduce de los editoriales de “Lunes de Revolución”) renunciaron eufóricos a la individualidad. No construyeron “la esperanza” porque esta ya existía de antes, sino que utilizaron todas sus fuerzas para mantener en el poder a aquellos que harían posible el cumplimiento de esa esperanza.

Después vino lo que vino. Considero que lo peor que ha podido pasar ha sido la paulatina clausura del espíritu crítico en la esfera pública, por miedo a entregarles “armas al enemigo”. Hay un verso de César López, escrito a finales de los sesenta o principios de los setenta, que a mi juicio resume de manera contundente la desazón que paralizaría por esa fecha a una buena parte de los intelectuales más valiosos. “¿Quién embarró de mierda la esperanza?”, se preguntaría desolado el poeta.

El inconveniente que le veo a esa visión apocalíptica que aplicas al período post-59, es que da por sentado que todo lo que había antes estaba bien, y todo lo que ha llegado después, ha estado mal. La ausencia de matices propicia el riesgo de pensar a Cuba como un engendro que hay que resetear de manera drástica para comenzar de cero. Simplifico, porque sé que no eres un pensador que guste dividir en buenos y malos el drama cubano, no obstante tus viscerales rechazos ideológicos, pero creo que cuando insistes en nombrar al período revolucionario como la “hecatombe” dejas mínimas posibilidades de imaginar algo distinto al infierno en su peor versión.

Y puede que lo sea (yo, al menos, nunca he conocido el paraíso en ninguno de los lugares donde he estado), pero en todo caso lo veo como un municipio de ese infierno mayor que es el mundo en su totalidad. ¿No sería más saludable entonces resetear al planeta entero?. Ciorán llegó a proponerlo en su momento, pero aunque adoro su manera de escribir, sospecho que aquel consejo nunca pasó del alarde literario. Con todo y sus sistemáticas diatribas, prefirió morir de muerte natural, y en el Primer Mundo. Nada de inmolarse como el suicida moralista que sugería ser. Al final, también él conservaba la esperanza íntima de que todo mejorara.

El cierre de mi blog tiene que ver un poco con esa incapacidad personal para lograr un equilibrio que concilie en mí la certidumbre de que Cuba es muy mejorable (sobre todo en términos de libertad de expresión del ciudadano), y la aplastante convicción de que esta no existe en ningún lugar del mundo. Ahora recuerdo otro de los motivos que me llevó a abrirlo, esta vez inspirado en un formidable aforismo de Elias Canetti: “Di tus cosas más personales, dilas, es lo único que importa, no te avergüences, las generales están en el periódico”.

Creo que un blog es hasta el momento el único modo de discutir en público esas angustias personales que forman parte de la existencia común, y que todos los periódicos (todos los Poderes) olvidan tratar, o simplemente, no están interesados en debatir. Esto no es privativo de “Granma”, sino que lo puedes encontrar aún con más fuerza en “El Nuevo Herald” (quizás por eso circulaba en Miami un chiste que hablaba de este último como “El Nuevo Granma”). Los periódicos, aquí o allá, insisten en diseñar la discusión de asuntos que ellos consideran “importantes”, cuando debería ser a la inversa: que los editoriales estuviesen todo el tiempo atentos a lo que va pasando en la vida de los ciudadanos de a pie, esos que nacen y mueren con la mayoría de sus sueños incumplidos.

He conocido personas en Miami que creen gozar de libertad de expresión solo porque leen “El Nuevo Herald”. Es decir, asocian su libertad personal a la oportunidad de leer lo que editores que nunca te conocen, consideran que es lo más importante de tratar en sus páginas. A mi juicio esas personas han llegado a Estados Unidos, o a Madrid, o a París físicamente, pero de mente siguen viviendo en Punta Alegre, cautivos de un subdesarrollo que no es físico, pero sí mental. Es obvio que no todo el mundo tiene que hacerse de un blog para ser más libre, pero de lo que hablo es de una actitud ante la vida donde el blog deviene paradigma insuperable de liberación real, si bien, como advirtiera Fromm, esa libertad sigue siendo motivo de pánicos para muchos, aún cuando vivan en el llamado “mundo libre”.

Hablamos de que en Cuba falta libertad para acceder a Internet (yo eso no lo voy a negar, aún cuando sé que técnicamente es imposible ahora mismo establecer ese servicio en todo el país), pero ¿alguien hace referencia a esa comunidad de cubanos en el exterior que teniendo la oportunidad de producir o consumir críticamente en Internet, prefiere seguir levitando como la plumita de “Forrest Gump”, quiero decir, donde le lleve el viento? La mayoría de estas personas confunden la opinión con el pensamiento, el comentario soez con el coraje intelectual: sabemos que lo primero es cosa efímera y muy mutable (adivino la queja que algunos de ellos esgrimirán dentro de cincuenta años: “Contra Castro estábamos mejor”), lo segundo exige un esfuerzo que, francamente, no creo que el cubano de aquí o de allá sea capaz de asumir alguna vez. Para negar de manera radical y coherente también se necesita un talento inmenso.

Por eso no creo en una hecatombe “post- 59” , lo cual no quiere decir que se esté viviendo en el mejor de los mundos posibles. Creo que los sueños de justicia social engendran pesadillas individuales que es preciso corregir. Hay que darle voz a quienes sufren el peso de las utopías. Pero ya de antes estaba entre nosotros esa incapacidad para hacer más llevadera la convivencia social. Eso lo captó con verdadera fineza tu estudiado Mañach al escribir sobre el choteo, y también Lezama, en víspera de su decisión de habitar los mencionados cotos de mayor realeza.

Ambos se enfrascaron en aquella famosa polémica que ahora mismo cobra para mí una vigencia tremenda. Lezama acusó a Mañach de cambiar la fede por la sede, la cueva de Zaratustra por el escenario público. Mañach defendió el argumento de que el intelectual no puede vivir de espaldas a la Historia , y debe denunciar todo tipo de atropello o injusticia. Ambos siguen teniendo su cuota de razón, y sin embargo, ninguno de los dos consigue convencerme del todo. Lo peor: admitir que no veo una tercera alternativa.

Luego está también eso que dices: el temor a repetirme. La blogosfera cubana, como todo lo joven, ahora mismo es dinámica e incisiva, y es una lástima que por el momento predomine solo la mirada de los que están definitivamente “en contra”, porque eso empobrece lo que por naturaleza es plural. Tal asimetría puede reciclar lo que ya ocurre en la otra prensa, y de tanto reiterar las mismas anécdotas de siempre, corre el riesgo de transformar la blogosfera en simple “egosfera”.

Por lo menos es el peligro que siento en cuanto a estas cosas que escribo sobre el cine cubano, que al ser puntos de vistas independientes, han merecido el saludable vapuleo de aquí y de allá, pero casi siempre a modo privado. Las estadísticas de visitas están visibles, y el promedio (para ser un tema tan específico) no está nada mal. Pero oirse uno mismo todo el tiempo llega a ser una pesadilla, y francamente, no es eso lo que me interesa, aún cuando pudiera decir petulante que es un blog dirigido a “las grandes minorías”. Con el cierre solo intento poner en práctica el arte recomendado alguna vez por Nietzsche: “el arte de saber retirarse a tiempo”. Así de simple.

Un abrazo y suerte,

Juan Antonio García Borrero

A PROPÓSITO DE UN COMENTARIO SOBRE "SUITE HABANA"

jagb 13/06/2007 @ 15:28

He leído con interés, y algo de desconcierto, la nota que Manuel Sosa ha colgado en su blog sobre “Suite Habana”. Sosa es un buen provocador de ideas. A ratos entro a su finca, y disfruto de esos comentarios donde encuentro repartidas, a partes iguales, seriedad, humor, y buena escritura, una combinación rara que siempre se agradece. Con lo que ha escrito sobre “Suite Habana”, sin embargo, estoy muy lejos de quedar satisfecho.

Me apresuro en advertir que mi insatisfacción no tiene que ver con esa línea en la que alude a “la claque de críticos” que en su momento la celebraron (cada vez me siento más ajeno al término “crítico”). Tampoco me quita el sueño que tengamos opiniones encontradas sobre el saldo estético de la película. Al fin y al cabo, la suya es una opinión tan respetable como la mía, como la de cualquiera. Lo que me deja insatisfecho es el modo en que esta vez el escritor deja a un lado esa capacidad que ha demostrado en otros temas para encontrar, más allá de lo explícito, los vínculos sumergidos que las obras sostienen no ya con el momento puntual en que nacen, sino con la tradición en que se inscriben.

Hace poco hice públicos algunos reparos que aún tengo sobre “Madrigal”, el filme más reciente de Fernando Pérez. Pudiera hasta pensarse que lo que ahora comenta Sosa sobre “Suite Habana” coincide en esencia con aquellos. En ambas películas el realizador apela a lo que parece su principal carta, que es lo emocional. Los dos filmes participan de una estética sensorial donde es más importante lo que se siente, que lo que se dice o escucha. También otras veces he escrito que Fernando Pérez suele abusar de este recurso. La contención no deviene su fuerte. Solo que, a mi juicio, “Madrigal” no es “Suite Habana”.

Desde mi punto de vista (siempre discutible), “Madrigal” falla en la medida en que se anuncia como una película de ideas, y termina como algo meramente formal. Si nos atenemos a lo que dice el protagonista en su primer bocadillo, esa iba a ser una película sobre “la búsqueda de la verdad”, es decir, era una película de conceptos que prometía llegar más a fondo. De allí que la abundancia de planos “bellos”, aunque fotográficamente impactantes (al igual que la dirección de arte), terminen pareciéndonos artificios que desvían la atención de lo que era fundamental.

Pero “Suite Habana” es otra cosa. Desde luego que es una película sobre La Habana de ahora mismo, esa que también retrata, aunque de otro modo, “Arte nuevo de hacer ruinas”. Pero es, sobre todo, una película que explora nuevas posibilidades del lenguaje cinematográfico dentro de una tradición que, desde Santiago Álvarez hasta la fecha, nos había dejado una especie de canon intocable en lo que al documental nacional respecta.

Está claro que si centramos la lectura solo en lo que de “denuncia” social o política podría tener el filme, se reducen las ganancias de una manera considerable, y por supuesto que se podrá entender muy poco la repercusión que ha tenido. En tal sentido, me parece esencial que se mire más allá de la cinta en sí, incluso más allá del contexto en que se ha originado, para explorar los vínculos soterrados (y tal vez hasta involuntarios) que establece con otras prácticas del documental nacional e internacional.

La ausencia generalizada de ese análisis en “Suite Habana” me recuerda otro documental famoso del cine cubano, también sobre esa ciudad: “PM”, de Sabá Cabrera Infante y Orlando Jiménez Leal. Los que hoy miren tardíamente aquel filme, como Sosa ha hecho con “Suite Habana”, seguramente se sentirán ajenos a la conmoción que este ha provocado en la historia cultural (y política) del país. Y hasta tildarán de desmesura todo el escándalo provocado. Y es lógico: además de que se ha visto poco, todo lo que ha trascendido del mismo se relaciona con las famosas “Palabras a los intelectuales”, y de paso, con los desencuentros que entonces protagonizaban el ICAIC y los de “Lunes de Revolución”.

Esos desencuentros, junto al “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” se han robado la escena (lo mismo en Cuba que en el exilio), pero el análisis del diálogo que establecía “PM” con la tradición documental que en aquellos momentos fomentaba el ICAIC (tan atado a los moldes neorrealistas) ha sido totalmente postergado. De eso no se habla, a pesar de que al optar “PM” por el “free cinema” estaba replicando de manera expresa al “Cuba baila” de Julio García Espinosa, y a “Historias de la Revolución”, de Tomás Gutiérrez Alea. Este último hasta publicó en “Cine Cubano” ese mismo año un artículo sobre el “free cinema” que, sin mencionar el santo, uno detecta que está hablando sobre (contra) “PM”.

Pero el hecho de que “PM” se convirtiera en el referente histórico del inicio de la política cultural propuesta en 1961, ha traído como consecuencia que apenas se estudie la evolución del documental del ICAIC como algo dinámico, y casi siempre se menciona esa producción como si fuera una entelequia, donde las películas terminan aisladas entre sí. Sin embargo, el desarrollo de esa documentalística precisamente se ha basado en la tensión interna que han mantenido tantas obras dispares: el documental de Santiago Álvarez no se parece en nada al de Nicolasito Guillén Landrían, el de Sara Gómez mucho menos al de Oscar Valdés.

Lo interesante, pues, sería rastrear de qué modo “Suite Habana” convive con esa tradición nacional, y hasta qué punto propone una ruptura o una conciliación con la práctica hegemónica. Sus posibles aportes al desarrollo de esa tradición merecería un examen casi arqueológico, una fiscalización que permita el rastreo de su linaje, con tal de establecer de dónde le llega la voluntad de aprovechar a los sujetos reales como actores (¿acaso de “Escenas de los muelles”, de Oscar Valdés), o la intención de convertir al discurso fílmico en una especie de texto antropológico (¿acaso de “Una isla para Miguel”, de Sara Gómez), o el modo en que propone a la polisemia como el protagonista omnipresente de la anécdota (¿acaso de “Coffea Arábiga”, de Nicolás Guillén Landrián?).

Repito: “Suite Habana” nos podrá gustar más, o nos podrá gustar menos. Eso no es determinante. Para algunos la atracción incurable que Fernando Pérez siente por el melodrama roza con el kitsch. Es una manera de mirar su cine que no cuestiono, aún cuando no la comparta del todo. Douglas Sirk debió esperar un tiempo a que se descubriera que detrás de “Imitación de la vida” había mucho más que lo que se veía a primera vista. Los críticos lo menospreciaron bastante, pero treinta años después Fassbinder agradeció y aprovechó su genialidad para hacernos pensar con el corazón.

Pero esas son opiniones. Otra cosa son los hechos, y los hechos sugieren, demuestran, que “Suite Habana” es algo renovador dentro de la tradición documental que conocíamos en Cuba. ¿No es eso significativo?.

Juan Antonio García Borrero

MANUEL SOSA SOBRE "SUITE HABANA"

jagb 13/06/2007 @ 15:20

Suite Habana: una nota discrepante
Por Manuel Sosa

Tuve que ver “Suite Habana” al fin, obligado por la curiosidad y el murmullo inacabable de sus espectadores. Lo que más me extrañaba de ese murmullo era que nadie se atrevía a calificar y definir más allá de un muro de contención más o menos riesgoso: muchos elogios, algún reproche, comentarios que glosaban las bondades de la película. Su concepto ulterior ¿cuál era? He buscado respuestas entre las disímiles (ma non tanto) reseñas publicadas en papel y en la red. Y no las he encontrado.

En primer lugar, ¿qué andaba buscando el director Fernando Pérez? ¿Para qué sirve “Suite Habana”, a la hora de enjuiciarse como obra de arte? No puede ser una aproximación personal a la ciudad, aunque lo anuncie su nombre. La ciudad es un pretexto, pero no protagonista. Nadie lo hubiera querido así: otro documental sobre lo mismo de siempre, calles y edificios, nostalgia y edificios. Partes de ella, como lógico escenario, pudieran darnos la apariencia de que es el foco de atención. En todo caso, los ruidos de la ciudad, pero al realizador le importaba seguir el curso de ciertas vidas. Y el ruido es, al cabo, un efecto entre tantos, para contar un día de esas vidas.

Pudiera decirse que es el silencio, o lo que no se dice, la razón primordial para echar a rodar las cámaras. Un breve muestrario de lo que puede el silencio como testimonio. Pero no, se notan otras intenciones autorales por encima de ruidos o mutismos.

¿La miseria de los protagonistas? ¿El sinsentido de sus vidas? ¿Qué quiere expresar Fernando Pérez en esta pormenorización del fracaso? ¿O es la resistencia de la masa lo que pretende destacar? ¿Es un juego con el espectador, para provocar disímiles reacciones y no partir de ellas?

¿Tiene la película un eje político? Los críticos oficiales quedaron encantados ante esta fábula de obstinación ciudadana, ante la belleza humana que puja por salir adelante ante las situaciones límites. Eso es lo que ven, servido en bandeja polisémica por el diestro Fernando P. Una certificación del estoicismo cotidiano.

Por supuesto, hay que ser lo suficientemente desvergonzados como para sacarle lascas “revolucionarias” a esas ruinas. Los amanuenses (voy a nombrar a uno: Ernesto Pérez Castillo) llegaron a decir: “En “Suite Habana” los protagónicos son los nadies, pero no los ninguneados”. La ruina moral y física que a diario atestiguan los lentes curiosos de directores, turistas y meros visitantes es sólo eso: Ruina Moral y Física. Y tiene una Explicación, que no es la tuya, Ernesto Pérez Castillo.

Pero sabemos que tampoco se pretende hacer una crítica subrepticia al sistema de cosas. Sería demasiado pedirle al director, a quien le gustan las simbologías declaradas. Sería burdo atacar la llaga concentrándonos sólo en el pus, ¿eh Fernando P.?

¿Por dónde vamos? ¿Por los defectos de la película? Yo pienso en unos cuantos: el chantaje emocional a que se nos somete con los viejos que han perdido sus sueños, con el niño Síndrome de Down, con la estatua llorosa de un Lennon transplantado. La infeliz y gastada simbología: palomas, letreros que se encienden por la noche; los enfoques de cámara que nos pretenden meter cosas “por los ojos”: aspas de un ventilador que van cesando de girar ante la inminencia de la partida, la desfachatez de unas nalgas callejeras. El desbalance de las historias. La mudez a la fuerza, en ciertos momentos en que una palabra no hubiera sonado mal.

“Suite Habana” tiene un gran inconveniente: su concepto es el no concepto, el juego de interpretaciones que son muchas y ninguna. De tantas lecturas posibles, la que convenga a quien le interese. Sólo vale durante los minutos de proyección, en que cada espectador se añade al trasiego de esos seres condenados a ser piezas en un juego funesto. Fernando Pérez logró hacer llorar a la claque de críticos y al vulgo por igual. “Un texto melodramático inusual”, pudiera ser otro de los calificativos de la película.

Mi juicio es que la película pudo haberse convertido en verdadero testimonio del desconsuelo y el absurdo cubano, de no habérsenos forzado a asumirlos de un modo burdo y elementaloide.

“Suite Habana” tiene un gran protagonista: el aprovechamiento polisémico que hace un cineasta de esos extremos de enajenación a que puede llegar la raza humana, por no dejarse borrar. En otras palabras: tensar una cuerda floja sobre la miseria y desde allí, aparentar el equilibrio.

Tomado del blog "La finca de Sosa"

UN MENSAJE DE REYNALDO GONZÁLEZ

jagb 29/05/2007 @ 18:16

Querido Juany:

Hace dos o tres días te saludé y por supuesto, saludé el valor de tus textos en el blog que, sé, muchos estudiosos o interesados en el cine cubano pinchan. No quiero terciar --y sabes que no es mi intención brillar sobre el esfuerzo ajeno-- en la discusión de tus puntos de vista sobre Vigón y Puig, las informaciones que aportas en afán de justicia.

Cierto que en ese caso, como en muchos otros, la información que se ha manejado es harto amañada. En un número reciente de la revista “Cine Cubano” --que vive una nueva etapa interesante, sin los compromisos férreos que la timonearon antes--, ventilaron el caso del filme “La vida comienza ahora”, de Antonio Vázquez-Gallo situándola, como se merece, como verdadero primer filme realizado en el período revolucionario. Y al parecer otras revisiones ocuparán sus páginas, si no se corta este hilo de Ariadna recién comenzado.

En una de esas me pidieron un texto sobre mi experiencia al frente de la Cinemateca de Cuba que, como sabes, por torceduras en la visión que se ha impuesto sobre el cine y la comercialización como tábula rasa, abandoné después de once años para devolverme a mi camino como escritor.

Entre los pecados que se cometen --excusa si ahora debo hablar de mi trabajo-- es el desconocimiento de mi libro “Cine cubano, ese ojo que nos ve” (Plaza Mayor, San Juan, 2002), que el ICAIC no adquirió, y ni siquiera ha reseñado. No creo que ese libro sea perfecto, ni que en sus páginas yo me haya liberado de la malla tejida alrededor del pasado del cine cubano, pero ya era una mirada diferente, minuciosamente desatendida.

El libro no circula en Cuba y quizás al cumplirse los cinco años reglamentarios para recuperar los derechos, inste a una edición cubana, aunque sé que algunos de mis criterios desentonan en un coro de permanentes alabarderos a sueldo, particularmente en la negación que han hecho del pasado y en la sobrevaloración impuesta sobre las producciones del período revolucionario.

En mi libro, sin embargo, ya se podía leer una clarificación sobre el caso “La vida comienza ahora”. Cierto que en relación con la historia verdadera del cine cubano y sobre la valoración que se tiene de sus antecedentes hay mucha interesada oscuridad y tergiversación. Las brumas deberán borrarse con trabajo que supere el publicismo oficioso que rodea esos temas, incluidas las contradicciones entre los protagonistas de la aventura fílmica cubana, manejadas en tejidos engañosos, como de telaraña.

Aquí te copio párrafos de las páginas 142 y143 de mi libro “Cine cubano, ese ojo que nos ve” y te mando un abrazo, el de siempre, Reynaldo González.

«Otro valor tuvieron los noticieros de la época, por sus referencias contextuales. Su importancia: sacar las cámaras a la calle cuando ocurrían cosas de interés que resultarían históricas. En ese sentido, con reticencias y sin buscar más que el reflejo del acontecer político y social, los estudian especialistas que no se resignan a la nostalgia sublimada o a los esquemas llevados a slogans. Ese periodismo traducido en imágenes en movimiento dejó documentos de gran valor, en particular los trabajos de un arriesgado camarógrafo, Eduardo Hernández, Guayo. Captó batallas del gangsterismo político, imágenes de la turbulenta actualidad e intentos por derrocar la dictadura, incluidos reportajes de las guerrillas en las montañas. Partes de esas entregas conformaron un conjunto, “De la tiranía a la libertad”. Pudo exhibirlo en 1959, después del derrocamiento de Batista. Y fundaron su noticiero propio, “Cineperiódico”, con el que enfrentaron el monopolio noticioso en las salas de cine. (1)[1] Esa cooperativa (Guayo, José Guerra Alemán y José García) rescató noticieros silentes de los años treinta que montaron con el añadido de una voz de locutor y titularon Memorias de una vieja cámara. En una antología de sus propias imágenes concretaron un documental sobre la lucha clandestina previa al triunfo revolucionario: “El gran recuento” (1959), vorazmente canibaleada por otros documentalistas. “Gesta inmortal” (1959), de Eduardo Palmer, y “Surcos de libertad” (1959), de Manuel de la Pedrosa , también saludaron el triunfo revolucionario y resultaron obras de transición entre regímenes.,
»Glosando un título del Guido da Verona, “La vita comincia doman”i, Antonio Vázquez Gallo se arriesgó con “La vida comienza ahora” (1959). Comedia en exceso deudora del cine anterior y de los folletines televisivos, narró los primeros meses de la revolución desde la vida de una familia. Ha resultado un ejemplo de la transición, también en términos productivos. Por solicitud del interventor de la empresa RKO de Cuba, cuyos dirigentes americanos abandonaron el negocio, Vázquez Gallo, director de programas dramáticos televisivos, llevó a proyecto más ambicioso una simple escaleta sobre el socorrido tema “La hija del penal” y una canción de moda, “Ladrillo está en la cárcel”. Convirtió al preso en conspirador antidictatorial y lo metió en amoríos con la hija del alcaide, para una película que tuvo como gancho la presencia de actores populares de la televisión (Pedro Álvarez, Lilia Lazo y Angel Espasande). Tuvo el favor del público, llegó a pantallas del Este europeo, ¡la doblaron al chino!, pero sería desfavorecida por los analistas una vez redondeado el monopolio de producción y distribución cinematográfica. El futuro cine cubano sería otro y diferentes sus formas. La revista Bohemia fue drástica al considerarla el “primer melodramón cinematográfico revolucionario, en que se empata a la fuerza un tema de la lucha contra la tiranía y un folletín de rancia estirpe, [...] pero su amateurismo, su lentitud y su libreto francamente risible lo colocan a la altura del cine mexicano de tercera categoría. Si este es el resultado comercial que se esperaba, la película es un éxito. Pero si se sondean las posibilidades de lo que debe ser la industria cinematográfica nacional, entonces hay que admitir que “La vida comienza ahora” pertenece sin remedio a la prehistoria del cine cubano” (2).[2] Su director no se contentó con los epítetos: “Como quiera que la película quedó olvidada al crearse el ICAIC, y por eso no aparece en la lista de realizaciones del cine cubano de la época, siendo en realidad el primer filme que se realizó al principio del triunfo de la revolución y del que en la actualidad no queda más (tengo entendido) que un rollo del mismo, pues no puedo señalar lo que yo decantaría actualmente de logros o defectos” (3).[3]
«”La vida comienza ahora” fue la pieza de ficción que anunció el ineluctable cambio, independientemente de sus errores y los que la nueva política cinematográfica le viera a todo el cine anterior, énfasis crítico no siempre aplicado a sus propias creaciones. Humberto Solás, el talento más joven de la primera hornada del nuevo cine, ha dicho: “Habría que recolocar un filme como “Casta de robles”, u otro realizado ya después del ‘59 como “Realengo 18”; obras fallidas en su conjunto, pero con secuencias dignas de ser remiradas con espíritu apolíneo más allá de las decepcionantes carreras o avatares morales o estéticos de sus autores. Otro tanto debiera ocurrir con un documental como “PM)” (4).[4] El cine diferente tuvo un antecedente en un filme de denuncia, el corto documental “El Mégano” (1955), de Julio García Espinosa (colaboración de Alfredo Guevara, Gutiérrez Alea y José Massip), sobre las misérrimas condiciones de vida de los carboneros en la Ciénaga de Zapata. Considerada como primicia del movimiento del Nuevo Cine Latinoamericano, la pelicula fue censurada por la dictadura batistiana, lo que le dio valoración heroica. Su realizador la tiene como obra de aprendizaje: “Hoy lo vemos como una película naïf, sin encanto formal alguno y, lo que es peor, con una visión de la realidad muy simplona, como si sus autores tuvieran como única preocupación la de no adentrarse en complejidades que les hiciera imposible ensayar el poco oficio de que disponían” (5).[5] El otro talento definitorio del futuro cine cubano, Tomás Gutiérrez Alea, filmó una película previa a la fundación del ICIAC, “Esta tierra nuestra” (1959), sobre la reforma agraria, para la Dirección de Cultura del Ejército Rebelde, con auténticos campesinos como protagonistas, método que evocaba el neorrealismo. Esos documentales, como “La vivienda” y “Esta tierra nuestra” (1959, García Espinosa) se tienen por peldaños iniciales de una cinematografía que permanentemente tendría en cuenta los altibajos históricos y una actitud comprometida con el acontecer social. “No sería justo, aún hoy día, decir que estos primeros documentales fueron trabajos de ocasión o de propaganda [ha dicho García Espinosa]. La actitud de los autores no era premeditada sino orgánica, y si bien la anécdota era sencilla y hasta esquemática, la comunicación con el público se establecía con recursos tan lícitos como la misma historia que los originaba. En cambio, sí se puede afirmar que como factura cinematográfica esos documentales no reabasaron el nivel amateur”.» 6.[6]

________________________________________
1) Ref.: “La memoria compartida”, en Cuadernos de la Filmoteca , no. 7, pp. 30-31, Madrid, 1999.
2) Bohemia, La Habana , 21 de agosto de 1960.
3) Guía crítica..., ed. cit., pp. 351-353.
4) Humberto Solás en Rufo Caballero: “Habría que estar en mi piel. Cuatro décadas en la voz de Humberto Solás”, Revoluciòn y Cultura no. 2-3, La Habana , marzo-junio de 1999, p. 5.
5) Julio García Espinosa-Víctor Fowler Calzada: Conversaciones con un cineasta incómodo: Julio García Espinosa. ed. New England Latin American Film Festival. Pukara Life Archievement Award for the Media Arts, Rhode Island , 1997, p.54.
6) García Espinosa: “Sobre nuestro cine documental”, en Cine Cubano, num. 23-24, La Habana , 1964.

UNA ACLARACION A PROPÓSITO DE GERMÁN PUIG Y LA CINEMATECA DE CUBA

jagb 29/05/2007 @ 11:49

Los que hayan entrado con alguna regularidad en este blog, habrán podido notar que nunca he replicado las “réplicas” que reciben algunos de los artículos que publico. Como la idea es fomentar precisamente una cultura de la polémica, y naturalizar la convivencia de puntos de vistas encontrados, pues nada sería más incoherente que imponer falsas conclusiones. Creo que la “Historia” se ha de escribir con la participación de todos, y no solo atendiendo a lo que los vencedores han logrado, por encomiástico que pueda ser ese logro. También pienso que la misión del crítico o investigador está en detectar “los problemas”, no en asumir una pose dictatorial a través de la cual quiere hacer creer que ya lo sabe todo.

Sobre el artículo de la primera Cinemateca me han llegado varios comentarios, aunque todos por la vía privada. La mayoría coincide en que es bueno sacar a la luz pública esta parte de nuestra memoria cultural, con el fin de poner en su lugar lo que a cada cual corresponde. Uno de los mensajes, sin embargo, que por llegarme por esa vía no me considero autorizado a publicar con el nombre del autor, me indica que me he excedido, y exige que rectifique. El mensaje dice así:

“Me parece que te excedes. Te llamo a juicio y a una justa y merecida rectificación. Una cosa es un proyecto y otra cosa es una obra. En tu afán de “reparar” las injusticias de la historia y descubrir sus múltiples aristas; cometes aquí -a mi juicio- un grave error: minimizar a los que construyeron una obra contra viento y marea.

El trabajo de Héctor García Mesa como fundador y creador de la Cinemateca de Cuba, es descomunal e inobjetable. Héctor poseía una altura intelectual y humana reconocida en todos los lugares del mundo, quizás mucho más respetada y reconocida que en su propia Cuba. Su obra no puede, ni debe quedar simplificada a un usurpador de funciones y menos a un tergiversador de una historia de la que fue inobjetable protagonista. Te mando un abrazo y te pido que bajes a tierra”.

Sabía que el artículo iba a levantar alguna que otra controversia. Hace un par de años pasó lo mismo cuando el texto de Emmanuel Vincenot comenzó a circular entre los entendidos. Muchas de las personas que tuvieron acceso al escrito saludaron la tremenda lucidez del investigador francés, y vieron ilusionados que se podría reparar una injusticia. Han pasado unos dos años, y Germán Puig (que hoy vive en Barcelona, y creo que ya cumplió cincuenta años sin regresar a la isla) sigue sin ver reconocida su labor de antaño.

Por mi parte, me gustaría precisar un par de cosas. No creo haberle quitado un ápice de mérito a la labor posterior de Héctor García Mesa que, en efecto, ha sido reconocido internacionalmente como un buen director de Cinemateca. El artículo no es contra la Cinemateca creada en febrero de 1960 (a la cual en ese propio texto considero como un gesto cultural valioso), sino sobre el blanqueo que se ha hecho de una labor anterior que, más que un proyecto, ya tenía resultados concretos.

Es decir, no se trata de la opinión que yo (simple mortal, con más dudas que convicciones) pueda tener sobre este asunto, sino la constatación de una evidencia en la que es posible reconocer documentos, testimonios, resultados. Hasta donde puedo apreciar, no he inventado nada: me he limitado a mencionar los hechos. Esos hechos van desde la creación del Cine Club en 1948, la carta de Titón comunicando a Germán Puig que este ya estaba inscripto como Cinemateca Cubana, el vinculo a la Sociedad Cultural Nuestro Tiempo, las misivas de Vigón hablando antes de morir de la intención de reanimar eso que ya había funcionado y creado adeptos, aunque cesara por falta de apoyo, y por supuesto, el silencio aplastante que a partir de 1959 se impone alrededor de sus protagonistas.

Si se relee el artículo de Héctor García Mesa sobre la Cinemateca de Cuba, que aparece en la Revista Cine Cubano Nro. 95, página 136, se verá el desprecio con que se trata esa labor precedente. El nombre de Germán Puig y Ricardo Vigón brillan por su ausencia, pues todo lo que se dice es esto:

“Puede decirse, con certeza, que la Cinemateca de Cuba no contó con antecedentes históricos efectivos como institución integral. Un Cine Club, fundado en 1948, llamado Cine Club de La Habana, decide transformarse en Cinemateca y consigue que la Cinemateca francesa y el departamento de cine del Museo de Arte Moderno de New York le envíen algunos importantes filmes de corto y largometraje, en calidad de préstamo temporal, es decir, para ser devueltos. Por carecer de medios de conservación de filmes, “la sociedad vio desaparecer muy pronto sus primeras adquisiciones”, como se anota en uno de sus programas el criterio que normaba su fugaz y limitada actividad fue el de complacer las exigencias de un sofisticado y reducido público de “élite” a la usanza convencional de las sociedades de clase capitalistas”.

Séneca repetía algo que a mí en lo personal me encanta: “No es vergüenza saber poco, sino perseverar obstinadamente en el error”. Creo que de eso se trata. De rectificar de manera radical algo que ha sido notoriamente injusto. Somos humanos, y el conocimiento no se adquiere de golpe, sino de modo sucesivo. Lo que no nos podemos dar el lujo es de seguir reciclando eso que en su momento aseguraba García Mesa, por brillante que haya sido después su trabajo al frente de la Cinemateca. Sería imperdonable. Me recriminan que con mi artículo menoscabe la labor de García Mesa (que no es cierto), pero, ¿no se piensa en el daño que este provocó con su omisión a Germán Puig como ser humano?, ¿puede uno sentirse tranquilo sabiéndose cómplice de esa desatención?.

El que accede a los documentos que conserva en su poder Puig, y a sus propios testimonios, reconoce de inmediato a un testigo de lujo de su época, un apasionado del cine, un alucinado (como Vigón) que fue capaz con solo veinte años de aglutinar a su alrededor (y no a la inversa) a personalidades hoy reconocidas como Néstor Almendros, Guillermo Cabrera Infante, o Tomás Gutiérrez Alea. Fueron ellos los que se acercaron a Puig, los que tuvieron el privilegio de haberlo conocido e iniciarse en ese campo que tanta notoriedad le trajo después. Sencillamente es escandaloso que otros, con menos méritos, hoy figuren en la “Historia del cine cubano”, y los nombres de Puig y Vigón ni siquiera se mencionen. En Cuba ni siquiera saben que Puig ha conseguido destacarse en el mundo de la fotografía, con exposiciones en diversas partes del planeta. Es decir, lo mismo que dicen de García Mesa: mucho mejor conocido fuera que dentro.

Creo que hoy en la isla están creadas las condiciones para reparar tamaña injusticia: existe la revista “Cine Cubano” donde puede tener cabida una entrevista con Germán Puig. Tengo entendido que se han reanimado las ediciones de libros por el ICAIC, y la documentación que posee Puig (incluyendo abundantes fotos) podría conformar con creces un volumen a través del cual probar que lo suyo fue mucho más que “una fugaz y limitada actividad”. Por los comentarios que me han llegado por vía privada, se nota que quedan amigos que lo recuerdan con verdadero afecto, y que reconocen en Vigón y en él algo aglutinante. Y está también el Festival de La Habana, que en diciembre invita a un sinnúmero de amantes del cine de todo el mundo: ¿por qué no invitarlo y hacerle en vida el homenaje que se merece, a él, que ha sido uno de nuestros más ilustres y primeros cinéfilos?.

Juan Antonio García Borrero.

ROBERTO FANDIÑO SOBRE EL LIBRO "CINE CUBANO: NACIÓN, DIASPORA E IDENTIDAD"

jagb 01/05/2007 @ 11:34

Juan Antonio García Borrero ha concebido este libro para compensar el vacío que ha existido en la historiografía del cine cubano en lo que se refiere a las películas hechas fuera de Cuba por los exiliados. Un vacío más llamativo cuanto mayor va siendo esa producción, integrando ya un cuerpo que se sustenta en un buen número de obras significativas. Es encomiable la labor de este crítico, que en cierta medida reta la empecinada oposición del régimen dictatorial cubano a reconocer cualquier hecho o mérito de sus opositores.

El libro está vertebrado a partir de un prólogo y de un importante ensayo, "Introducción al discurso audiovisual de la diáspora cubana", ambos escritos por García Borrero, quien además incluye trabajos de Emmanuel Vincenot, Ana M. López, Jorge Ruffinelli y Laura Redruello. Lo completan, otro trabajo de García Borrero, "Españoles sin España: estrategias de representación en el cine cubano", entrevistas a realizadores cubanos exiliados (Fausto Canel, Iván Acosta, Ernesto Fundora, Miguel Coyula, Edmundo Desnoes y Dinorah de Jesús Rodríguez) y una lista, que no pretende ser exhaustiva, “del audiovisual realizado por cubanos más allá de la isla”.

Un análisis en profundidad de todos y cada uno de los complejos temas que se exponen exigiría un libro paralelo que lo complementaría, porque en muchas ocasiones las opiniones están sujetas a una táctica que juega, aunque a veces peligrosamente, con lo que el régimen está dispuesto a permitir o son el resultado de falta de información o ideas equivocadas que ha logrado inculcar en la gente sometida, más o menos conscientemente, a su control. La mayoría de los argumentos son elaboraciones a partir de supuestos convenientes, pero no siempre reales. Entre lo más distendido y auténtico del libro están las declaraciones que hacen los realizadores en las entrevistas, pero éstas, como ocurre siempre que se trata de opinar libremente, no tienen la coherencia interna de las que proceden de la isla y crean un cuadro amorfo y errático. Su inclusión en este libro enriquece sus temas y puntos de vista. Además, es prueba de la buena voluntad de su coordinador.

Los párrafos que aparecen en la contraportada están tomados de las palabras "A modo de prólogo". En ellos leemos: “libros como este, cuyo interés fundamental descansa en la pretensión de ofrecer una imagen más completa del “ser cubano”, noción que se nutre de lo que los habitantes de la isla a diario escriben con sus existencias, aspiraciones, dolores, pero también con el testimonio de quienes, desde lejos, siguen pensando y reinventando a Cuba”. Frases cargadas de buena intención y edulcorantes de la realidad, porque es cierto que lo que estamos lejos soñamos a Cuba y al soñarla la reinventamos, pero también la reinventan los de dentro, la reinventan como quisieran que fuera para no tener que vivir su dura realidad. Pero caracterizar a los que no hemos estado allí durante la mayor parte de este tiempo, como pensadores y reinventores de la isla esconde, aunque sea de manera inconsciente, una ofuscación del juicio y un prejuicio. El inventario, el análisis más objetivo y verídico y la preservación para la historia de los hechos ocurridos en Cuba durante la dictadura revolucionaria, se han hecho y escrito en el exilio, no sólo pensándola sino estudiándola, sin reinvenciones, aunque la deformación ideológica que allí impera (no la que pudiera generarse fuera, sino la propia de la isla) a veces nos alcance a todos. Los intelectuales cubanos en el exilio son los que han tenido la posibilidad de desmontar y revelar la realidad oculta del régimen y lo que “los habitantes de la isla a diario escriben con sus existencias, aspiraciones, dolores”. Sólo que lo que se dice en la isla tiene mil cajas de resonancia y lo que se hace en el exilio apenas trasciende por el control de la cultura que mantienen las izquierdas.

También en este "A modo de prólogo" García Borrero se refiere a la polémica que originó la compilación "Los dispositivos en la flor" de Edmundo Desnoes, a quien señala como “uno de los pioneros” en el intento de reunir a los creadores de dentro y de afuera. Pero otros pioneros como Moisés Pérez Coterillo, quien había incluido -en el tomo del "Teatro Cubano Contemporáneo. Antología, de 1992"- contra el deseo del gobierno cubano, obras de exiliados junto a los de autores residentes en la isla, no fueron objetos de polémica, sino de brutales atentados. Plantear que la tardía inclusión de la obra de los exiliados es consecuencia de “una terca estrategia de recíproca ignorancia entre los que se iban y los que se quedaban” por un “diferendo político”, es establecer una suposición cómoda y conveniente que nada tiene que ver con la realidad. Ese diferendo nunca existió. Si fuera por los creadores nunca se habrían producido las faltas de reconocimiento. Los que se iban no rompían su amistad con los que se quedaban y éstos, generalmente, no se marchaban también, no por asuntos ideológicos, sino personales. La inmensa mayoría repudiaba al régimen totalitario, aunque se viera obligada a fingir lo contrario. El no tomar en cuenta la obra realizada en el exilio y hasta muchas hechas en Cuba y el exclusivismo del ICAIC, se debe únicamente a la imposición de un régimen que castiga duramente a los que no le siguen el juego.

Partir de este principio matizaría de otro modo los juicios que se formulan sobre las películas. El carácter más generalizado que se atribuye a este cine hecho fuera de Cuba es su politización (considerada excesiva) y el anticastrismo. Eso determina encomiar una película como "El super", cuyas referencias a la situación de Cuba son leves a la vez que destaca el sufrimiento y la inadaptación de los exiliados -algo grato al régimen- y anatematizar a "Azúcar amarga". García Borrero descalifica duramente esta última con infinidad de argumentos aparentemente muy razonables, pero inadvertidamente mediatizados. No es raro que así sea tratándose de un intelectual que aunque, reconocemos honesto, ha sido educado en el castrismo. Trata la película como si fuera un producto sólo del resentimiento, aunque "Azúcar amarga" no es una película del resentimiento sino de la desesperación. Ese final, que hasta a los más anticastristas se les ha convencido de que es ridículo por su inverosimilitud, nadie ha querido verlo como la fantasía trágica que es, manifestación de un deseo imposible, pero tan intenso que su satisfacción se cumple con el sólo hecho de intentarlo, una manera de llegar al suicidio en un acto de inseminación del futuro, frustrado de antemano, pero que es como morir en un orgasmo. Es curioso como las izquierdas han logrado establecer que el mensaje político evidente es de mal gusto y resta calidad a la obra. Pero sólo cuando no es de izquierda, cuando no es marxista o no les favorece. Películas como "Missing" o "Z" de Costa-Gavras o los documentales de Santiago Álvarez no entran en esa consideración. Y no se trata de la calidad artística, que logran empañar. "La inglesa y el duque" de Eric Rhomer, que el propio García Borrero menciona, no ha corrido igual suerte que aquellas a pesar de su condición de obra maestra. Fausto Canel nos señala en su entrevista que “el cine chileno del exilio fue auspiciado, pagado y distribuido por esa poderosa transnacional que se llamó y se llama izquierda”, la misma que, por otra parte, orientada por el gobierno cubano, hizo todo lo que estuvo en sus manos para asfixiar el posible desarrollo de un cine realizado por nuestro exilio. El artículo "La “otra” isla: cine cubano en el exilio" de Ana M. López, el trabajo que, con los de García Borrero, más directa y ampliamente intenta desentrañar el objetivo de este libro, se refiere a este asunto diciendo: “En el caso chileno, la tragedia de la diáspora tuvo una especial proximidad e intensidad política. […] Las películas y videos de cubanos en el exilio han molestado severamente los sentimientos de aquellos para los que la Isla representaba nuestra única esperanza utópica en el continente.”

No se señala suficientemente por ninguno de los participantes en el libro la orfandad que han debido sufrir los cineastas cubanos. El castrismo concibió el cine como un arma y le dio un apoyo inusitado, pero hasta entonces el cine había sido la Cenicienta de la cultura cubana. En el exilio, donde ninguna empresa ha estado interesada en obtener de la producción de filmes beneficios colaterales, el cineasta cubano siguió tan desamparado como lo estuvo antes de la revolución. Este factor es muy a tener en cuenta porque explica por qué tantos realizadores, amantes incondicionales de la profesión, se mantuvieron y se han mantenido aferrados al ICAIC, aún hoy cuando sufre el empobrecimiento que afecta a todo el país. Algo que para todos los que lo conocimos era evidente en Manuel Octavio Gómez y sospechoso en el propio Gutiérrez Alea.

En el libro aparecen numerosas fotografías de la película "Juego de poder" de Fausto Canel, pero no se dilucida hasta qué punto pueden incluirse dentro de una agenda de cine cubano éstas películas realizadas fuera de Cuba con guión, tema, financiación y personal artístico y técnico extranjero, y donde la única presencia cubana es la del director. Un cuadro o un poema, dondequiera que se realicen y cualquiera que sea su tema, por su carácter individual son fácilmente asimilables a la cultura de su creador. Dada la indudable autoría del director en la obra cinematográfica, en el cine debería ocurrir igual, pero la multiplicidad de elementos externos que intervienen en una película dificulta su catalogación. Es necesario razonar más en este asunto antes de llegar a una conclusión. ¿Es "Hair", de Milos Forman, una película checa? Tal vez en este caso sea definitiva la opinión de Ernesto Fundora en su breve entrevista: “No hay, tal vez, razón para reclamar que una identidad se reserve la exclusividad de algo que en su generalidad tiende a ser “cross over”, y que el impulso de su época reorienta hacia el “mix”, lo mezclado y enfocado a la esencia universal de la especie.”

Ni el análisis que se propone este libro, ni ningún otro análisis que se aborde en el futuro sobre lo que ha ocurrido en Cuba será real y fecundo mientras los intelectuales de la isla no se despojen totalmente de autocensuras, prevenciones y coartadas morales. Ya sabemos que todavía es algo prematuro, pero así tendrá que ser si no queremos quedarnos empantanados en un callejón de la historia.

(Publicado originalmente en la Revista Hispano Cubana)

POLÉMICAS CULTURALES DE LOS 60 (Selección y prólogo de Graziella Pogolotti)

jagb 19/04/2007 @ 17:33

La Dra. Graziella Pogolotti acaba de regalarnos un libro que adivino fundamental en los futuros estudios de la cultura cubana revolucionaria. Se trata de “Polémicas culturales de los 60”, editado por la Editorial Letras Cubanas (2006), y que registra no pocas de esas controversias protagonizadas en la llamada “década prodigiosa”. El cine cubano (y sus protagonistas) ocupan una buena parte de las páginas, a partir de los aportes de Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea o Jorge Fraga, enfrentados a Edith García Buchaca, Mirta Aguirre, Sergio Benvenuto o Blas Roca.

Entre los cubanos el término “polémica” suele tener una connotación más cercana al solar que a la academia. A la refriega adolescente que al debate profundo. Nunca he entendido muy bien por qué hay que asociar la diferencia de criterios al insulto festinado. Tengo la impresión de que en esas polémicas donde el improperio abunda más que la argumentación, lo que realmente se defiende no son las ideas, sino el amor propio arruinado, el ego herido de muerte. Son polémicas que nacen y agonizan con el estado de ánimo de aquellos que las protagonizan, y que difícilmente trascienden a sus circunstancias, a no ser para resaltar el resentimiento que casi siempre queda en ofensores y ofendidos.

Algunas de las polémicas compiladas para su libro por la Dra. Pogolotti no escapan de este mal, pero la mayoría tienen una utilidad distinta al desahogo personal. Sobre todo para los historiadores del cine cubano, un libro como este nos ayuda a llenar ese vacío que la “Historia” al uso ha contribuido a mantener, al mostrarse apenas interesada en la descripción más positivista (las películas y sus respectivos estrenos), esa que puede encontrarse con relativa facilidad en los periódicos de la época, sin percatarnos de que precisamente ha sido ese el relato legitimado por el poder, y que responde solo a los intereses puntuales del grupo político dominante. Es una “Historia” de clara resonancia ideológica, apenas comprometida con la visión de los vencedores (o de los vencidos, si optamos por refutarla íntegra).

Los debates reunidos en este volumen responden a la visión de un grupo triunfador. A pesar de los desencuentros, de las frases duras o las descalificaciones extremas, todos avalaban ese gran proyecto que era crear una nueva nación, y de paso, un “Hombre nuevo”. Lo que los distinguía, en todo caso, eran las maneras en que querían efectuar ese cambio social con el auxilio de Marx, de allí la insistencia en remarcar las diferencias entre un marxismo herético y otro dogmático.

Que de 1961 a 1964 los debates en torno al cine cubano hayan alcanzado tal intensidad seguramente tiene varias razones, pero sospecho que la principal no es cultural, sino política. Habrá que recordar que la discusión alrededor de “PM” supuso la anulación de ese sector liberal que representaban Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante, pero al mismo tiempo significó el afianzamiento de Alfredo Guevara (y lo que el ICAIC representaba) dentro de un contexto altamente politizado. Será bueno recordar también que la Ley que creaba al ICAIC apenas tres meses después del triunfo revolucionario, evitaba pronunciar la palabra “ideología” en sus abundantes “Por Cuanto”, debido al interés nacionalista que motivaba su redacción, de allí que ni siquiera nos sorprenda la presencia temprana de Cabrera Infante en esa institución.

En 1963, sin embargo, la situación en Cuba era distinta. Para entonces la isla había sido expulsada de la OEA por su condición de país marxista. Se habían publicado en el periódico “Revolución” algunas declaraciones de Fidel objetando la posibilidad de una coexistencia pacífica entre “las masas explotadas de América Latina y los monopolios yanquis”. Se proclamaría la Segunda Declaración de La Habana. Estallarían los incidentes que determinaron la separación de Aníbal Escalante de su puesto al frente de las ORI por “dogmático” (un término que utilizan una y otra vez los cineastas en sus descargos), mientras que a mediados de octubre surgiría la llamada “Crisis de los Misiles”, esa que llevó al mundo al borde de una hecatombe atómica, y supuso las primeras diferencias semipúblicas entre los revolucionarios cubanos y Moscú.

Los debates que se recogen en el libro nacen impregnados de esos desencuentros mayores que se producían en el país. El gesto de la compiladora del volumen adquiere, en este punto, una gran importancia dada la voluntad de rescatar la esencia de aquel “espíritu de época”. Como la misma ensayista asegura en su prólogo:

“Con el andar del tiempo, la atmósfera de una época parece irrecuperable. La memoria de los supervivientes se contamina con los andares de la vida. Las imágenes nítidas flotan en el ancho territorio del olvido, como iluminaciones en un proceso de selección y descarte. Engañosamente tangibles, dispersos y devorados por el calor y la humedad, los documentos emergen como señales enigmáticas. En el intento por salvar lagunas y recuperar una cronología perdida, la investigación posible requiere rescatar, con el acontecer de cada día, el ritmo acelerado de la historia y la huella de una acción cultural multiplicada con el desarrollo de las instituciones, la proliferación de revistas, libros, estrenos, conferencias y con la proyección pública de intelectuales venidos de todas partes. Por lo demás, la dinámica social y la inminencia de refundar nación y cultura, concedían a las nuevas generaciones un protagonismo sin precedentes. La premura del hacer imponía la premura del pensar. La intensidad de la vida intelectual alcanzaba una tensión sin precedentes”.

Como descripción general de lo que podría ser el espíritu de aquella época, el anterior párrafo no está nada mal. Describe de una manera lúcida la singularidad de un período histórico donde la mayoría se pronunciaba a favor de la utopía. El inconveniente está en que esa descripción habla de la época como escenario, pero pierde de vista los planos detalles de los protagonistas: detrás de esas discusiones que se publicaron, es de sospechar que existieron otras que todavía no conocemos, y que igual forman parte de la época. Preguntemos por la suerte de aquellos que en períodos de euforia colectiva se pronuncian por la distancia crítica, y solo encontraremos alrededor de ellos la consecuente descalificación de la mayoría: ¿esos puntos de vista contestatarios alcanzarán alguna vez el derecho a la publicidad?.

“Polémicas culturales de los 60” comienza con un ensayo de Juan Blanco publicado en 1963 (“Los herederos del oscurantismo”). A mi juicio esto resulta contraproducente, porque para entender el por qué de las polémicas que componen los capítulos “Sobre cultura y estética en la Revolución” y “Políticas culturales” tendríamos que saber exactamente qué pasó antes, es decir, qué pasó de 1959 a 1961, cuando el consenso inicial perdió contundencia, y sobre todo, entender en qué condiciones quedaría ese mapa de fuerzas encontradas que, tras la liquidación de “Lunes de Revolución”, pugnaría por el control de la política cultural.

Dicho de otro modo, que no se entiende que el libro no comience, al menos, con la polémica referida a “PM” (1961), porque de ella parte todo el entramado de la política cultural que sigue. Hubiese sido una buena oportunidad para conocer ya no solo las palabras dirigidas a los intelectuales por Fidel, sino también todas esas reflexiones que previamente originaron las conclusiones del líder de la Revolución, además de profundizar en el conocimiento de esa línea más dogmática que llegó a defender casi de una manera irracional el “realismo socialista”.

A propósito de esto último, siempre me viene a la mente el caso de Mirta Aguirre, quien justo unos meses después del celebérrimo encuentro con Fidel, dictaría en el Palacio de Bellas Artes una conferencia sobre el “neorrealismo italiano”, y el final de esas reflexiones no podía ser más elocuente, sobre todo cuando se preguntaba, en lo que parece una clara alusión al corto de Sabá Cabrera Infante y Jiménez Leal, “¿Ir por la calle con la cámara en las manos, a ver qué surge accidentalmente ante ella? ¿Tomar un hecho mínimo, aislado, y analizarlo en todas sus facetas? En nuestros días no podemos ni debemos resignarnos a eso. Mucho menos reducirnos deliberadamente a eso.”, y más adelante fundamentaba su categórica simpatía con este endeble argumento: “Si el realismo socialista, más que crítico es apologético, se debe tan solo a que en el Socialismo hay mucho más que aplaudir que qué censurar; a la inversa del mundo burgués, que tan buen flanco de ataque proporcionó a los realistas del pasado siglo”.

¿Cómo una persona de tan sobrada inteligencia como Mirta Aguirre pudo incurrir en un espejismo de dimensiones tan escandalosas? De seguro no la animaba la mala fe, pero también sabemos que de buenas intenciones está empedrado todo el camino del infierno. Más que descalificar a los intelectuales de entonces desde nuestra perspectiva actual, lo cual se me antoja un facilismo dada la ventaja que nos aporta el tiempo y el cambio de circunstancias, pienso que la labor de los historiadores debería estar encaminada a indagar en la textura emotiva de aquello que se estaba sometiendo a debate. Solo si nos proponemos enfrentar esos documentos con la pretensión de “entenderlos” (algo distinto a “aprobarlos”) estaremos en condiciones de detectar cuáles condiciones permanecen inalterables, impidiendo que nos asomemos de una manera más realista al contexto actual.

Tengo mis reservas sobre ese enfoque crítico que a veces nos hace pensar que “lo cultural” era el centro de todo lo que estaba ocurriendo en esas polémicas, cuando en realidad las discusiones en torno al cine, la literatura, o el teatro, eran apenas áreas mínimas de un debate mayor. Es cierto, como sugiere Graziella Pogolotti, que la aproximación a los sucesos de esa época no podría soslayar la circunstancia continental, esa que posibilitó que una revolución claramente nacionalista se transformara con relativa rapidez en paradigma de un reclamo en el cual se identificaron una buena parte de los sectores pobres de Latinoamérica, así como la izquierda europea.

El triunfo de una revolución que logró derrotar a un ejército regular, junto a las carencias reales de ese sector social que un estudioso como el brasileño Josué de Castro ya había logrado describir en su libro “Geografía del hambre”, permitió que las teorías del Che acerca de la lucha guerrillera ganaran una espectacular popularidad. Cuba se convirtió en un símbolo de dimensiones internacionales: gracias a ello, para muchos militantes de izquierda “el imperialismo” todavía hoy sigue siendo el único enemigo digno de enfrentar, y símbolo al fin, no interesa demasiado explorar los matices.

En este sentido, difiero de la Dra. Pogolotti cuando afirma que con la Revolución “cristalizaba la posibilidad real de construir un país”, pues en apenas un par de años esa ansiedad nacionalista fue reemplazada con la ansiedad de construir “un continente”. Justo ese repentino cambio de metas terminaría sembrando el desconcierto ya no entre aquellos que desde el principio rechazaban al comunismo, sino entre los propios representantes del marxismo, atrapados en las contradicciones que nacían entre la teoría de la “coexistencia pacífica” defendida por la Unión Soviética, y la teoría de la insurrección armada del Che. Detrás de los diversos incidentes que provocan que comunistas históricos del PSP pierdan en algunos momentos sus puestos y crédito público, es de sospechar que subyacen precisamente las cosmovisiones diversas alrededor del proyecto socialista que se quería construir.

En cuanto al cine cubano, un libro como el que ha preparado Graziella Pogolotti nos confirma que es imposible contar la historia del cine revolucionario sin tener en cuenta todo lo que sucedía en el contexto nacional e internacional. Ello es imprescindible porque aunque detrás de cada una de las polémicas en las cuales se vio envuelto el ICAIC había un trasfondo humano (luchas de poderes, egos mal remunerados), sabemos que esas reacciones estaban condicionadas por un horizonte de expectativas que a su vez no perdía de vista el convulso escenario político.

Cuando se leen los documentos relacionados con el cine, da la impresión de que los enfrentamientos siempre ocurrían del ICAIC “hacia fuera”. Por suerte, hay ya al menos un libro publicado (“Tiempo de fundación”, de Alfredo Guevara, por cierto, con prólogo de G. Pogolotti), donde se nos avisa de los desencuentros internos vividos en la institución a propósito de “PM”. En ese libro pueden encontrarse páginas donde se acusa de una manera bastante ácida a Titón de ser (casi) un miembro de “Lunes de Revolución”, y donde se fustiga sin piedad un memorando dirigido por Gutiérrez Alea a Guevara.

Sin embargo, en “Tiempo de fundación” no se menciona por ningún lado que Titón renunciaría a su puesto de asesor en el ICAIC a raíz de “PM”, y mucho menos se publica ese documento donde Alea impugna lo que considera el ejercicio de una violencia a través de la cual se imponen ideas, en vez de propiciarse la libre discusión de estas. También opina Titón que ocultar obras por temor al efecto nocivo que las mismas pueden provocar denota una falta de confianza en las ideas que se dan como buenas, además de considerar que no puede existir variedad en las obras, si estas han de ajustarse al gusto de una sola persona. Asimismo menciona el caso del cine realizado en Polonia, el cual, según su juicio, es una experiencia que el naciente cine cubano revolucionario podría aprovechar.

Si traigo a colación esto es porque nos confirma lo mucho que siempre faltará para poder reconstruir con veracidad una polémica (sea cultural o política). A veces como historiadores nos da la impresión de que tenemos toda la información en la mano, y ella en realidad no basta, porque nos falta ese matiz emotivo que determinó la reacción temperamental de esta u otra manera. Para el historiador al uso lo temperamental todavía no parece importante, y sin embargo, llegará un momento en que el estado de ánimo, el humor (o mal humor) de los personajes públicos cuando toman decisiones, resulten tan o más importantes de estudiar que las actas que estos firman.

Un poco más conocida es la polémica protagonizada por Blas Roca y Alfredo Guevara, a propósito de un grupo de películas exhibidas por el ICAIC. No deja de ser divertido y al mismo tiempo grotesco, descubrir que el Severino Puente que hace poco reencontráramos en ese engendro anticastrista nombrado “I Love Miami” (2006), sea el mismo que en diciembre de 1963 escribiera a la sección “Aclaraciones” del periódico “Hoy”, para quejarse de “ese nuevo tipo de películas que se exhiben en nuestras salas cinematográficas, en las que se muestra la corrupción o la inmoralidad de algunos países o clases sociales, pero donde nunca se resuelve nada”.

Su pregunta, “¿es positivo ofrecerle a nuestro pueblo películas con ese tipo de argumentos derrotistas, confusos e inmorales sin que tenga antes, por lo menos, una explicación de lo que va a ver?”, estaba reciclando la misma actitud dogmática que en su momento padeció el documental “PM”. Pero los tiempos, obviamente, eran otros. No solo estaba el hecho ya apuntado de que Fidel hubiese declarado marxista a la Revolución, dándole a los viejos comunistas un poder impresionante. Estaba también la evidencia de que poco a poco el ICAIC había conseguido una relativa independencia, gracias a ese conjunto de nacionalizaciones de salas cinematográficas, y el traspaso de la Comisión de Estudio y Clasificación de Películas, que colocaba a la institución en una posición de ventaja cuando se compara con otras que desde un principio se mostraron como simples instrumentos del poder político.

Esa relativa independencia (encarnada en la figura siempre polémica de Alfredo Guevara) molestaba a los sectores ideológicos más ortodoxos del momento. Tal incomodidad se percibe no tanto en las impugnaciones de Blas Roca, como en la nota suscrita por Vicentina Antuña, presidenta del Consejo Nacional de Cultura, quien llega a afirmar que “resulta bien insólito que un funcionario del Gobierno Revolucionario exprese en la forma en que lo ha hecho el Presidente del ICAIC, su absoluto desconocimiento de las orientaciones y decisiones de un Organismo del Estado…”, emplazándolo hacia los finales a explicar “en virtud de qué principios se arroga el derecho de ignorar las funciones otorgadas por el Gobierno Revolucionario a uno de sus organismos”.

No menos corrosivo es el texto escrito por Sergio Benvenuto contra Gutiérrez Alea, donde de paso ataca de manera bastante ríspida a Guevara y un conocido ensayo suyo al afirmar: “Herejía no es Revolución. No es la fuerza que transforma, sino la impotencia protestando. Es inconformismo, no destrucción y creación revolucionarias. Es el fruto necesario, por otra parte, de toda filosofía ecléctica y confusa, vacilante y equívoca. Lo que hace falta es desarrollar la ideología revolucionaria, y no sustituirla por herejías de salón”.

La polémica con Blas Roca afianzó la autoridad de Alfredo Guevara frente a los “dogmáticos” del momento. Cuando se revisan las discusiones no solo sale a relucir el insalvable gusto cinematográfico de Blas Roca, sino su incapacidad para llevar el debate a la zona de las argumentaciones racionales, un terreno donde evidentemente Guevara se muestra superior. Pero creo que tales discusiones públicas sobre todo permitieron que el cine cubano encontrara una manera de expresarse que no tenía nada que ver con el acartonamiento ideológico que los “dogmáticos” estaban sugiriendo.

Las irreverencias de Nicolás Guillén Landrián, el desenfado estilístico de Santiago Álvarez, la osadía de Sara Gómez para asomarse a la vida de los que no pertenecían al paradigma de “Hombre Nuevo”, las atrevidas divagaciones en torno al desarraigo de Fausto Canel, para no mencionar los constantes apuntes críticos de Gutiérrez Alea, nos dan la medida de esa voluntad de hacer un cine que respondiera al ideal de modernidad fílmica antes que al dogma ideológico. El propio Guevara dejaría en claro esa proyección al escribir que “el arte no es propaganda, y ni en nombre de la Revolución resulta lícito el escamoteo de sus significaciones”.

Podrían hacerse otras observaciones, pues un libro como “Polémicas culturales de los 60” tiene el indiscutible mérito de poner a disposición de los lectores algunas de las ideas más renovadoras que circularon en la sociedad cubana en ese período. La propia compiladora destaca la singularidad de la etapa, cuando hace notar cómo hacia finales de esa década, tras la muerte del Che, cambian las circunstancias y las estrategias colectivas en una coyuntura, según sus propias palabras, “conducente a privilegiar, por encima de las diferencias de enfoque que nunca desaparecieron, la unidad del campo socialista”.

Creo haber anotado alguna vez que proponernos una “Historia” que indague en las diferencias profundas (no las epidérmicas, esas que apenas reparan en revolucionarios y contrarrevolucionarios), en la Cuba actual corre el riesgo de ser una “Historia” póstuma. Para el historiador, el desafío es impresionante, pero la “Historia” solo cobrará sentido cuando deje a un lado el mero servicio ideológico, y se proponga como meta primordial el afán ético.

Juan Antonio García Borrero.