MARIO CRESPO SOBRE EL CINE DE AUTOR O CINE DE AUTORES...
A propósito del comentario de Canel, me agrada "postear" algo, también comentando lo que dice mi tocayo Piedra: el nacimiento del denominado séptimo arte, marcó el inicio del final del creador individualista, romántico y solitario. Nace el cine en el siglo de las tecnologías, nace documental y tecnológico en las manos de Edison y los Lumiere y desde entonces no paró de transitar el camino de las tecnologías. Las demás artes, las que le antecedieron durante siglos, acabaron, por fuerza natural, incorporando lo tecnológico y en muchas de sus manifestaciones, se hicieron artes “compartidas”. El cine, la que más.
Esta idea del cine de “autor” en mi criterio surge de la necesidad de separar cierto cine, del cine de industria, y cuando digo industria, pienso en cadenas de producción, que es lo que hace una fabrica (en este caso de películas) en manos de un dueño que marca las pautas de cómo producir y con cuáles elementos. Aún así, no le queda más remedio que valerse de múltiples individualidades artísticas para obtener su producto y quiera o no, en la obra final estará el sello, la marca artística de aquellos talentos que intervinieron en su “manufactura”. Podremos convenir entonces, que aún siendo cine de industria, no de autor, siguen siendo muchas de sus creaciones, arte del bueno y otras no tanto y muchas más nada de arte tienen. Creo que todo depende de la actitud del dueño de la fábrica hacia los artistas que contrata y hacia la obra que pretende éstos realicen.
El productor puede entonces ser un “autor” artista o un mercachifle. La historia del cine (de Hollywood, por usar el ejemplo más evidente) está llena de ejemplos en ambos casos.
En nuestro país y en muchas cinematografías nacionales –que distan mucho de ser industrias-, la autoría pasó de las manos del productor a las manos del director y éste se convirtió en guionista, director y productor de “su” obra, apoyado por el Estado, instituciones y empresas, no arriesgando su capital, que en todo caso no tiene. Igual que el productor capitalista, el director “autor” tiene la última palabra en términos artísticos, pero al igual que aquél, no le queda otra que compartir el acto creativo y organizativo del producto. Su valor está en el emprendimiento, en aportar y movilizar la idea y dirigir su puesta en marcha y resultados. Aquí se repite, el mismo dilema: puede un director “autor” con los mismos elementos que otro, hacer una obra excelente, mediocre o francamente fallida y en cualquiera de estas opciones, haber participado artistas de gran valor como el músico que construyó una gran partitura, o el director de fotografía, con una excelente iluminación, o unos excelentes actores desperdiciados diciendo unos textos impronunciables.
Al entrar a jugar un papel cada vez más importante las tecnologías en la elaboración de la obra, el director “autor” tiene que ceder aún más terreno de su espacio creativo. Las tecnologías son cada vez más complicadas y están en manos de unos nuevos gurús, que accionan botones y acceden a inextricables procesos cibernéticos, incluso sin ser “artistas” según el concepto tradicional de la palabra. Pero es que tampoco los Lumiere se consideraron artistas, como no lo era el que hacía la emulsión para las películas, ni el que las revelaba. Tecnólogos de alta valía sí eran y siguieron siéndolo en el desarrollo tecnológico del cine que devendría en arte. Tecnólogos habrá cada vez más, en todas las artes y no tendrán menos valor en la elaboración de la obra, que aquel que los llama a concurso, sea el director o el productor industrial.
¿Dónde radica el valor artístico del director autor, o del productor autor entonces? Mi respuesta es: en su capacidad para unir al mejor grupo de artistas y tecnólogos. En su capacidad para hacer que esa gran fábrica que armó, trabaje de conjunto, en armonía artístico-tecnológica y produzca la obra soñada por todos.
Digo soñada por todos, porque desde que el director o el productor entrega sus papeles a sus colaboradores, comienzan una gran tormenta de ideas, una avalancha de fuerzas artísticas, de individualidades y tecnologías a jugar y a empujar.
Me gustaría recordar el ejemplo de Orson Welles, quien siempre ha sido un autor y reto a cualquiera a que lo niegue y entre sus mejores obras, aún él renegando, están las que hizo dentro de la industria. Otro ejemplo más reciente es el de Coppola, quien ha declarado a raíz del estreno de “Tetro”, que ansiaba hacer cine de autor y con esta película lo había logrado. ¿Sólo por que es el autor del guión original y por que la produjo con su capital? ¿Dónde quedan las geniales obras anteriores? Me gustaría preguntarle a mi admirado director de “Apocalipsis Now” y “El Padrino” en sus tres partes. Personalmente, sentí pena por Coppola cuando vi “Tetro” –nunca digo que una película es mala- pues no me gustó casi nada. Cuando digo casi nada, es que no puedo decir que me disgustó todo, tampoco puedo decir que es mala, pues faltaría al trabajo artístico de muchos buenos profesionales que dentro de una película que para mí es defectuosa, hicieron un buen trabajo, como es el caso del fotógrafo, el director de arte y los que diseñaron tan rocambolesca producción.
Todo esto me lleva al tema del “cine sumergido”, como lo ha bautizado Juan Antonio, y es un tema que cae más en lo social y en lo legal. Se trata de reconocer el carácter de artistas y de coautores de la obra cinematográfica de todos los que con su arte o su tecnología intervienen en la elaboración y terminación de una película. Para eso están los créditos, los premios, las menciones que hagan los críticos y las leyes que reconozcan su “pedazo” de autoría pero como decía en un post anterior, muchas veces en los créditos, en los comentarios críticos y la mayor de las veces en las compilaciones históricas y al legislar, se olvidan de sus nombres y participaciones. Esto obedece creo, no a mala intención o deseo manifiesto de adular o halagar sólo al fotógrafo, los actores o al director (que es la estrella más fulgurante, y responsable, la punta de la pirámide, estoy de acuerdo) sino que obedece a ignorancia.
Muchas ignorancias operan aquí para generar estas omisiones: se ignora el verdadero valor del trabajo de una script, de un primer asistente, del productor, del attrezzista o el ambientador. No se sabe realmente cómo funciona el mecanismo de esta peculiar fábrica que es una película. Lo que no imagino es cómo resolverlo sin gastar ríos de tinta, sin gastar horas debatiendo y sobre todo, exigiendo que se instrumenten mecanismos de reconocimiento (moral y material) para todos. Este arte es, eso si, de todo, menos democrático en todos los países, en todas las latitudes. Pero, ¿puede ser de otra manera? Esa es la pregunta más difícil.
Mario Crespo

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