La Dra. Graziella Pogolotti acaba de regalarnos un libro que adivino fundamental en los futuros estudios de la cultura cubana revolucionaria. Se trata de “Polémicas culturales de los 60”, editado por la Editorial Letras Cubanas (2006), y que registra no pocas de esas controversias protagonizadas en la llamada “década prodigiosa”. El cine cubano (y sus protagonistas) ocupan una buena parte de las páginas, a partir de los aportes de Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea o Jorge Fraga, enfrentados a Edith García Buchaca, Mirta Aguirre, Sergio Benvenuto o Blas Roca.
Entre los cubanos el término “polémica” suele tener una connotación más cercana al solar que a la academia. A la refriega adolescente que al debate profundo. Nunca he entendido muy bien por qué hay que asociar la diferencia de criterios al insulto festinado. Tengo la impresión de que en esas polémicas donde el improperio abunda más que la argumentación, lo que realmente se defiende no son las ideas, sino el amor propio arruinado, el ego herido de muerte. Son polémicas que nacen y agonizan con el estado de ánimo de aquellos que las protagonizan, y que difícilmente trascienden a sus circunstancias, a no ser para resaltar el resentimiento que casi siempre queda en ofensores y ofendidos.
Algunas de las polémicas compiladas para su libro por la Dra. Pogolotti no escapan de este mal, pero la mayoría tienen una utilidad distinta al desahogo personal. Sobre todo para los historiadores del cine cubano, un libro como este nos ayuda a llenar ese vacío que la “Historia” al uso ha contribuido a mantener, al mostrarse apenas interesada en la descripción más positivista (las películas y sus respectivos estrenos), esa que puede encontrarse con relativa facilidad en los periódicos de la época, sin percatarnos de que precisamente ha sido ese el relato legitimado por el poder, y que responde solo a los intereses puntuales del grupo político dominante. Es una “Historia” de clara resonancia ideológica, apenas comprometida con la visión de los vencedores (o de los vencidos, si optamos por refutarla íntegra).
Los debates reunidos en este volumen responden a la visión de un grupo triunfador. A pesar de los desencuentros, de las frases duras o las descalificaciones extremas, todos avalaban ese gran proyecto que era crear una nueva nación, y de paso, un “Hombre nuevo”. Lo que los distinguía, en todo caso, eran las maneras en que querían efectuar ese cambio social con el auxilio de Marx, de allí la insistencia en remarcar las diferencias entre un marxismo herético y otro dogmático.
Que de 1961 a 1964 los debates en torno al cine cubano hayan alcanzado tal intensidad seguramente tiene varias razones, pero sospecho que la principal no es cultural, sino política. Habrá que recordar que la discusión alrededor de “PM” supuso la anulación de ese sector liberal que representaban Carlos Franqui y Guillermo Cabrera Infante, pero al mismo tiempo significó el afianzamiento de Alfredo Guevara (y lo que el ICAIC representaba) dentro de un contexto altamente politizado. Será bueno recordar también que la Ley que creaba al ICAIC apenas tres meses después del triunfo revolucionario, evitaba pronunciar la palabra “ideología” en sus abundantes “Por Cuanto”, debido al interés nacionalista que motivaba su redacción, de allí que ni siquiera nos sorprenda la presencia temprana de Cabrera Infante en esa institución.
En 1963, sin embargo, la situación en Cuba era distinta. Para entonces la isla había sido expulsada de la OEA por su condición de país marxista. Se habían publicado en el periódico “Revolución” algunas declaraciones de Fidel objetando la posibilidad de una coexistencia pacífica entre “las masas explotadas de América Latina y los monopolios yanquis”. Se proclamaría la Segunda Declaración de La Habana. Estallarían los incidentes que determinaron la separación de Aníbal Escalante de su puesto al frente de las ORI por “dogmático” (un término que utilizan una y otra vez los cineastas en sus descargos), mientras que a mediados de octubre surgiría la llamada “Crisis de los Misiles”, esa que llevó al mundo al borde de una hecatombe atómica, y supuso las primeras diferencias semipúblicas entre los revolucionarios cubanos y Moscú.
Los debates que se recogen en el libro nacen impregnados de esos desencuentros mayores que se producían en el país. El gesto de la compiladora del volumen adquiere, en este punto, una gran importancia dada la voluntad de rescatar la esencia de aquel “espíritu de época”. Como la misma ensayista asegura en su prólogo:
“Con el andar del tiempo, la atmósfera de una época parece irrecuperable. La memoria de los supervivientes se contamina con los andares de la vida. Las imágenes nítidas flotan en el ancho territorio del olvido, como iluminaciones en un proceso de selección y descarte. Engañosamente tangibles, dispersos y devorados por el calor y la humedad, los documentos emergen como señales enigmáticas. En el intento por salvar lagunas y recuperar una cronología perdida, la investigación posible requiere rescatar, con el acontecer de cada día, el ritmo acelerado de la historia y la huella de una acción cultural multiplicada con el desarrollo de las instituciones, la proliferación de revistas, libros, estrenos, conferencias y con la proyección pública de intelectuales venidos de todas partes. Por lo demás, la dinámica social y la inminencia de refundar nación y cultura, concedían a las nuevas generaciones un protagonismo sin precedentes. La premura del hacer imponía la premura del pensar. La intensidad de la vida intelectual alcanzaba una tensión sin precedentes”.
Como descripción general de lo que podría ser el espíritu de aquella época, el anterior párrafo no está nada mal. Describe de una manera lúcida la singularidad de un período histórico donde la mayoría se pronunciaba a favor de la utopía. El inconveniente está en que esa descripción habla de la época como escenario, pero pierde de vista los planos detalles de los protagonistas: detrás de esas discusiones que se publicaron, es de sospechar que existieron otras que todavía no conocemos, y que igual forman parte de la época. Preguntemos por la suerte de aquellos que en períodos de euforia colectiva se pronuncian por la distancia crítica, y solo encontraremos alrededor de ellos la consecuente descalificación de la mayoría: ¿esos puntos de vista contestatarios alcanzarán alguna vez el derecho a la publicidad?.
“Polémicas culturales de los 60” comienza con un ensayo de Juan Blanco publicado en 1963 (“Los herederos del oscurantismo”). A mi juicio esto resulta contraproducente, porque para entender el por qué de las polémicas que componen los capítulos “Sobre cultura y estética en la Revolución” y “Políticas culturales” tendríamos que saber exactamente qué pasó antes, es decir, qué pasó de 1959 a 1961, cuando el consenso inicial perdió contundencia, y sobre todo, entender en qué condiciones quedaría ese mapa de fuerzas encontradas que, tras la liquidación de “Lunes de Revolución”, pugnaría por el control de la política cultural.
Dicho de otro modo, que no se entiende que el libro no comience, al menos, con la polémica referida a “PM” (1961), porque de ella parte todo el entramado de la política cultural que sigue. Hubiese sido una buena oportunidad para conocer ya no solo las palabras dirigidas a los intelectuales por Fidel, sino también todas esas reflexiones que previamente originaron las conclusiones del líder de la Revolución, además de profundizar en el conocimiento de esa línea más dogmática que llegó a defender casi de una manera irracional el “realismo socialista”.
A propósito de esto último, siempre me viene a la mente el caso de Mirta Aguirre, quien justo unos meses después del celebérrimo encuentro con Fidel, dictaría en el Palacio de Bellas Artes una conferencia sobre el “neorrealismo italiano”, y el final de esas reflexiones no podía ser más elocuente, sobre todo cuando se preguntaba, en lo que parece una clara alusión al corto de Sabá Cabrera Infante y Jiménez Leal, “¿Ir por la calle con la cámara en las manos, a ver qué surge accidentalmente ante ella? ¿Tomar un hecho mínimo, aislado, y analizarlo en todas sus facetas? En nuestros días no podemos ni debemos resignarnos a eso. Mucho menos reducirnos deliberadamente a eso.”, y más adelante fundamentaba su categórica simpatía con este endeble argumento: “Si el realismo socialista, más que crítico es apologético, se debe tan solo a que en el Socialismo hay mucho más que aplaudir que qué censurar; a la inversa del mundo burgués, que tan buen flanco de ataque proporcionó a los realistas del pasado siglo”.
¿Cómo una persona de tan sobrada inteligencia como Mirta Aguirre pudo incurrir en un espejismo de dimensiones tan escandalosas? De seguro no la animaba la mala fe, pero también sabemos que de buenas intenciones está empedrado todo el camino del infierno. Más que descalificar a los intelectuales de entonces desde nuestra perspectiva actual, lo cual se me antoja un facilismo dada la ventaja que nos aporta el tiempo y el cambio de circunstancias, pienso que la labor de los historiadores debería estar encaminada a indagar en la textura emotiva de aquello que se estaba sometiendo a debate. Solo si nos proponemos enfrentar esos documentos con la pretensión de “entenderlos” (algo distinto a “aprobarlos”) estaremos en condiciones de detectar cuáles condiciones permanecen inalterables, impidiendo que nos asomemos de una manera más realista al contexto actual.
Tengo mis reservas sobre ese enfoque crítico que a veces nos hace pensar que “lo cultural” era el centro de todo lo que estaba ocurriendo en esas polémicas, cuando en realidad las discusiones en torno al cine, la literatura, o el teatro, eran apenas áreas mínimas de un debate mayor. Es cierto, como sugiere Graziella Pogolotti, que la aproximación a los sucesos de esa época no podría soslayar la circunstancia continental, esa que posibilitó que una revolución claramente nacionalista se transformara con relativa rapidez en paradigma de un reclamo en el cual se identificaron una buena parte de los sectores pobres de Latinoamérica, así como la izquierda europea.
El triunfo de una revolución que logró derrotar a un ejército regular, junto a las carencias reales de ese sector social que un estudioso como el brasileño Josué de Castro ya había logrado describir en su libro “Geografía del hambre”, permitió que las teorías del Che acerca de la lucha guerrillera ganaran una espectacular popularidad. Cuba se convirtió en un símbolo de dimensiones internacionales: gracias a ello, para muchos militantes de izquierda “el imperialismo” todavía hoy sigue siendo el único enemigo digno de enfrentar, y símbolo al fin, no interesa demasiado explorar los matices.
En este sentido, difiero de la Dra. Pogolotti cuando afirma que con la Revolución “cristalizaba la posibilidad real de construir un país”, pues en apenas un par de años esa ansiedad nacionalista fue reemplazada con la ansiedad de construir “un continente”. Justo ese repentino cambio de metas terminaría sembrando el desconcierto ya no entre aquellos que desde el principio rechazaban al comunismo, sino entre los propios representantes del marxismo, atrapados en las contradicciones que nacían entre la teoría de la “coexistencia pacífica” defendida por la Unión Soviética, y la teoría de la insurrección armada del Che. Detrás de los diversos incidentes que provocan que comunistas históricos del PSP pierdan en algunos momentos sus puestos y crédito público, es de sospechar que subyacen precisamente las cosmovisiones diversas alrededor del proyecto socialista que se quería construir.
En cuanto al cine cubano, un libro como el que ha preparado Graziella Pogolotti nos confirma que es imposible contar la historia del cine revolucionario sin tener en cuenta todo lo que sucedía en el contexto nacional e internacional. Ello es imprescindible porque aunque detrás de cada una de las polémicas en las cuales se vio envuelto el ICAIC había un trasfondo humano (luchas de poderes, egos mal remunerados), sabemos que esas reacciones estaban condicionadas por un horizonte de expectativas que a su vez no perdía de vista el convulso escenario político.
Cuando se leen los documentos relacionados con el cine, da la impresión de que los enfrentamientos siempre ocurrían del ICAIC “hacia fuera”. Por suerte, hay ya al menos un libro publicado (“Tiempo de fundación”, de Alfredo Guevara, por cierto, con prólogo de G. Pogolotti), donde se nos avisa de los desencuentros internos vividos en la institución a propósito de “PM”. En ese libro pueden encontrarse páginas donde se acusa de una manera bastante ácida a Titón de ser (casi) un miembro de “Lunes de Revolución”, y donde se fustiga sin piedad un memorando dirigido por Gutiérrez Alea a Guevara.
Sin embargo, en “Tiempo de fundación” no se menciona por ningún lado que Titón renunciaría a su puesto de asesor en el ICAIC a raíz de “PM”, y mucho menos se publica ese documento donde Alea impugna lo que considera el ejercicio de una violencia a través de la cual se imponen ideas, en vez de propiciarse la libre discusión de estas. También opina Titón que ocultar obras por temor al efecto nocivo que las mismas pueden provocar denota una falta de confianza en las ideas que se dan como buenas, además de considerar que no puede existir variedad en las obras, si estas han de ajustarse al gusto de una sola persona. Asimismo menciona el caso del cine realizado en Polonia, el cual, según su juicio, es una experiencia que el naciente cine cubano revolucionario podría aprovechar.
Si traigo a colación esto es porque nos confirma lo mucho que siempre faltará para poder reconstruir con veracidad una polémica (sea cultural o política). A veces como historiadores nos da la impresión de que tenemos toda la información en la mano, y ella en realidad no basta, porque nos falta ese matiz emotivo que determinó la reacción temperamental de esta u otra manera. Para el historiador al uso lo temperamental todavía no parece importante, y sin embargo, llegará un momento en que el estado de ánimo, el humor (o mal humor) de los personajes públicos cuando toman decisiones, resulten tan o más importantes de estudiar que las actas que estos firman.
Un poco más conocida es la polémica protagonizada por Blas Roca y Alfredo Guevara, a propósito de un grupo de películas exhibidas por el ICAIC. No deja de ser divertido y al mismo tiempo grotesco, descubrir que el Severino Puente que hace poco reencontráramos en ese engendro anticastrista nombrado “I Love Miami” (2006), sea el mismo que en diciembre de 1963 escribiera a la sección “Aclaraciones” del periódico “Hoy”, para quejarse de “ese nuevo tipo de películas que se exhiben en nuestras salas cinematográficas, en las que se muestra la corrupción o la inmoralidad de algunos países o clases sociales, pero donde nunca se resuelve nada”.
Su pregunta, “¿es positivo ofrecerle a nuestro pueblo películas con ese tipo de argumentos derrotistas, confusos e inmorales sin que tenga antes, por lo menos, una explicación de lo que va a ver?”, estaba reciclando la misma actitud dogmática que en su momento padeció el documental “PM”. Pero los tiempos, obviamente, eran otros. No solo estaba el hecho ya apuntado de que Fidel hubiese declarado marxista a la Revolución, dándole a los viejos comunistas un poder impresionante. Estaba también la evidencia de que poco a poco el ICAIC había conseguido una relativa independencia, gracias a ese conjunto de nacionalizaciones de salas cinematográficas, y el traspaso de la Comisión de Estudio y Clasificación de Películas, que colocaba a la institución en una posición de ventaja cuando se compara con otras que desde un principio se mostraron como simples instrumentos del poder político.
Esa relativa independencia (encarnada en la figura siempre polémica de Alfredo Guevara) molestaba a los sectores ideológicos más ortodoxos del momento. Tal incomodidad se percibe no tanto en las impugnaciones de Blas Roca, como en la nota suscrita por Vicentina Antuña, presidenta del Consejo Nacional de Cultura, quien llega a afirmar que “resulta bien insólito que un funcionario del Gobierno Revolucionario exprese en la forma en que lo ha hecho el Presidente del ICAIC, su absoluto desconocimiento de las orientaciones y decisiones de un Organismo del Estado…”, emplazándolo hacia los finales a explicar “en virtud de qué principios se arroga el derecho de ignorar las funciones otorgadas por el Gobierno Revolucionario a uno de sus organismos”.
No menos corrosivo es el texto escrito por Sergio Benvenuto contra Gutiérrez Alea, donde de paso ataca de manera bastante ríspida a Guevara y un conocido ensayo suyo al afirmar: “Herejía no es Revolución. No es la fuerza que transforma, sino la impotencia protestando. Es inconformismo, no destrucción y creación revolucionarias. Es el fruto necesario, por otra parte, de toda filosofía ecléctica y confusa, vacilante y equívoca. Lo que hace falta es desarrollar la ideología revolucionaria, y no sustituirla por herejías de salón”.
La polémica con Blas Roca afianzó la autoridad de Alfredo Guevara frente a los “dogmáticos” del momento. Cuando se revisan las discusiones no solo sale a relucir el insalvable gusto cinematográfico de Blas Roca, sino su incapacidad para llevar el debate a la zona de las argumentaciones racionales, un terreno donde evidentemente Guevara se muestra superior. Pero creo que tales discusiones públicas sobre todo permitieron que el cine cubano encontrara una manera de expresarse que no tenía nada que ver con el acartonamiento ideológico que los “dogmáticos” estaban sugiriendo.
Las irreverencias de Nicolás Guillén Landrián, el desenfado estilístico de Santiago Álvarez, la osadía de Sara Gómez para asomarse a la vida de los que no pertenecían al paradigma de “Hombre Nuevo”, las atrevidas divagaciones en torno al desarraigo de Fausto Canel, para no mencionar los constantes apuntes críticos de Gutiérrez Alea, nos dan la medida de esa voluntad de hacer un cine que respondiera al ideal de modernidad fílmica antes que al dogma ideológico. El propio Guevara dejaría en claro esa proyección al escribir que “el arte no es propaganda, y ni en nombre de la Revolución resulta lícito el escamoteo de sus significaciones”.
Podrían hacerse otras observaciones, pues un libro como “Polémicas culturales de los 60” tiene el indiscutible mérito de poner a disposición de los lectores algunas de las ideas más renovadoras que circularon en la sociedad cubana en ese período. La propia compiladora destaca la singularidad de la etapa, cuando hace notar cómo hacia finales de esa década, tras la muerte del Che, cambian las circunstancias y las estrategias colectivas en una coyuntura, según sus propias palabras, “conducente a privilegiar, por encima de las diferencias de enfoque que nunca desaparecieron, la unidad del campo socialista”.
Creo haber anotado alguna vez que proponernos una “Historia” que indague en las diferencias profundas (no las epidérmicas, esas que apenas reparan en revolucionarios y contrarrevolucionarios), en la Cuba actual corre el riesgo de ser una “Historia” póstuma. Para el historiador, el desafío es impresionante, pero la “Historia” solo cobrará sentido cuando deje a un lado el mero servicio ideológico, y se proponga como meta primordial el afán ético.
Juan Antonio García Borrero.