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Categoría: REFLEXIONES

LO “OBSCENO” EN EL CINE CUBANO.

jagb 19/07/2008 @ 14:19

Abelardo MENA, uno de los lectores habituales de este blog, me hace llegar el siguiente comentario:

“Recuerdo que vi “Habana Blues” por primera vez en España, y a mi lado -al finalizar la proyección- más de uno se enjugaba las lágrimas, y hasta me hubieran dado una palmada afectuosa en la espalda de saber que yo era "un cubano". A decir verdad, no comprendo la relación entre HB y lo marginal. Si coger un bote rumbo a EEUU o pronunciar 400 "tacos" por minuto es propio de marginales, entonces nuestro sistema de Educación debe rendirse ante la evidencia simple de que marginales, somos casi todos: loas entonces al sistema de educación de la marginalidad.

Recuerdo me molestó de HB su visión histérica, balbuceante, gritona de los cubanos, como si tomar la decisión de irse no fuera sobre todo, asunto de la cabeza (salario es igual a nada) y no solo del corazón. Esa imagen instintiva, emotiva de nosotros, puede ser muy folklórica para los espectadores "extranjeros", sumando miraditas de mulatos y la sensual desnudez de los cuerpos, pero hubiese preferido nos retrataran como seres auto conscientes, sin ser kantianos, pero capaces de analizar el entorno y buscar entonces las soluciones evidentes. Creo HB se suma a una aún por analizar “imagen cubana", hecha por realizadores extranjeros, desde los newsreel de la batalla naval de Santiago de Cuba en 1898”.

Abelardo Mena tiene razón. Ese post no debió titularse “Marginales en el cine cubano”, porque en realidad lo que me interesaba era llamar la atención sobre el manejo del lenguaje “obsceno” en la producción audiovisual de la isla. Alguna relación hay entre lo “marginal” y “el lenguaje obsceno”, pero es evidente que esa relación no es milimétrica. Ni en buena ley, dice nada. En lo personal, he conocido “marginales” que tienen todo un código de caballerosidad a la hora de cumplir acuerdos y compromisos, mientras que me he tropezado con honorables señores de cuello y corbata que podrían impartir doctorados a los descendientes de Don Corleone. Lo “marginal”, en los casos que menciono, tendría que ver con la pésima calidad de vida que ostentan esas personas (podrían ser los habitantes de “El Fanguito” o “Buscándote Habana”), o con un nivel de instrucción que les impide insertarse en ciertas convenciones sociales de razonamientos.

Mis inquietudes de entonces más bien podrían resumirse en estas preguntas: ¿cómo ha representado el cine cubano este asunto del lenguaje “obsceno”?, ¿cómo ha resuelto ese posible conflicto que implica representar con fidelidad a los marginales sin herir la susceptibilidad de un auditorio que se ve a si mismo como culto, y repudia ese contexto por inferior y vulgar?, ¿existe en nuestro cine algún equivalente a lo que ha logrado Pedro Juan Gutiérrez en su narrativa? No lo creo.

En mi criterio, no es la abundancia de “malas palabras” lo que determina el mal gusto de una película o una novela, sino la poca justificación o gratuidad de su uso. Ya se sabe que las palabras por sí solas no son ni buenas ni malas, sino que dependen del contexto para alcanzar una determinada connotación. Nuestro sabio Fernando Ortiz fustigó esa suerte de cursilería lingüística a través de la cual algunas personas intentan representar ante los demás un decoro que es simulado. Según Ortiz,

“Cuba tiene el lenguaje sucio de su “mala vida”, como todos los pueblos. Ignorarlo no es obra de civismo, sino sencillamente una ignorancia, y esa sí es una claudicación pueril de elementales deberes públicos, propia para mover la piadosa sonrisa de aquellos, todo el mundo culto, que sólo en la verdad ven la única base de la civilización humana y del progreso de los pueblos. No seamos como los avestruces que esconden la cabeza, creyéndose así en salvo, mientras dejan en descubierto el resto de su cuerpo, y arrojan piedras hacia atrás. Es también ignorancia suponer que cuando un pueblo no pronuncia sus vocablos como ordena el diccionario de la Academia, merece la burla y el escarnio de los cultos” (1)

No estoy proponiendo pasar al otro extremo (es decir, que todo nuestro cine sea “malas palabras” y reclamaciones solariegas). Solo digo que a través del lenguaje “obsceno” (como el que se utiliza en “Habana Blues”) también es posible obtener una idea de lo que es la realidad cubana. Lo que me importa es el equilibrio. La autenticidad de los personajes.

Los detractores dirán que detrás de un lenguaje sicalíptico todo lo que hay es una falta de instrucción. O una instrucción deficiente. Mentiras: con el lenguaje obsceno también se puede paliar la desesperación, la rabia de no tener lo que se merece, la soledad, la falta de fe en los demás, y sobre todo, en uno mismo. Y es la realidad que nos aplasta (esa “mala vida” a la que aludiera Ortiz), la que se vuelva obscena.

Juan Antonio García Borrero

Nota:
1) Fernando Ortiz. Nuevo Catauro de cubanismos. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, página 153.

MÁS SOBRE EL ESPECTADOR

jagb 17/07/2008 @ 15:24

Querido J. A.:

Vale por la multiplicidad del espectador. Y por ver el cine en compañia. En fin de cuentas, ese fue el gran invento de los Lumiere, ya las imágenes en movimiento (a la manera de un "peep-show") las había inventado Edison, anglosajón él.

Toma nota que tus recuerdos de las tandas cinematográficas de los cinéfilos camagüeyanos (muy parecidos a los de Fernando Fernán Gómez, por poner un ejemplo) siempre comportan el concepto de "grupo", de cine compartido.

La soledad acompañada del espectador es muy importante. Durante años, teníamos una sala muy selecta en el ICAIC para ver estrenos: sólo críticos y "especialistas" (cualquier cosa que esto signifique). Pero para "ver" la película, casi todos íbamos al Yara u otro cine, dizque para llevar la esposa, pero realmente para disfrutar auténticamente de la película.

El video, la TV y otros artilugios son la revancha de Edison. Pero aún así, hace falta una compañia, la mínima compañia de tu esposa o tus hijos, para realmente compartir, disfrutar del filme. No lo digo yo, lo dice Groucho.

De "Havana blues", ese gran esfuerzo de mercado de Zambrano, hablaremos en otro momento.

Un abrazo.

Nota: El autor de este comentario prefiere el anonimato, algo que respetamos.

ALGO MÁS SOBRE LA RECEPCIÓN…

jagb 17/07/2008 @ 13:36

Dos comentarios recibidos a propósito del post sobre “Marginales en el cine cubano” me animan a pensar un poco más este asunto de nuestra condición de espectadores. Desde Tulane (Nueva Orleáns), la estudiosa Ana López ha colgado esta reflexión que vale la pena reproducir:

“Querido Juan Antonio:

Tu comentario acerca de la recepción de “Habana Blues” por los no cubanos (y la experiencia de asistir a una película como “otro”) me recuerda al famoso artículo de Stuart Hall “Encoding/Decoding” en el cual teoriza sobre las varias maneras de leer textos y postula tres vertientes principales: la dominante-hegemónica, la negociada, y la oposicional. Y también me recuerda algo que traté de articular hace algunos años acerca de la recepción de “I Love Lucy” por los latinos en USA (especialmente en los años 50 y 60, cuando Desi era el único cubano en la televisión). Cuando los gringos oían a Desi Arnaz hablando español era un chiste incomprensible, pero para los latinos era una comunicación directa e íntima. Como siempre, tus “posts” me hacen pensar.

Saludos,

Ana

Casi al mismo tiempo, desde España, el madrileño Paco Jiménez (que trabaja entre alemanes, de allí quizás su ¿distancia? de Nietzsche) me hace llegar este otro:

“Querido J.A.:

No sé por donde empezar acerca de tu comentario sobre ese film (Nota: se refiere a “Habana Blues”). Si no mal recuerdo, por la península pasó sin pena ni gloria. Si estuviste viéndola con españoles, mal hecho. Uno tiene que ver una película solo, por muy rodeado de gente que esté, y ya no digo gente de otras nacionalidades. No se puede enjuiciar... Un guión, 5 directores, igual a 5 películas diferentes. Por lo que ya no te hablo del espectador (es un mundo de prejuicios, yo incluido). De Nietzsche, no te hablo. Y para terminar: "A quién a buena oreja se arrima, buena sombra le cobija". No he dicho ningún taco.... ¡hostias!

Saludos,

Paco”.

En principio, no creo que “Habana Blues” haya pasado tan sin pena ni gloria en España, pues creo que obtuvo algunas nominaciones al premio Goya. Y hoy en día son las Academias (sea la que concede el Oscar, o su opuesto) las que administran las penas y las glorias de los humanos. Las memorias y los olvidos. Las soledades y las compañías. Todos los premios no son más que artificios de los distintos poderes que buscan legitimar (naturalizar) la existencia de esos productos culturales que no le contradicen en su esencia. Ningún premio es objetivo. Al contrario: tienen el nada velado propósito de inspirar la imitación de aquellos modelos que se reconocen como “correctos”.

Lo ideal sería ver una película solo, pero esa es otra utopía de camino. El problema es que el espectador no es un monolito. Se puede estar físicamente solo en un lugar, y sentirnos invadido interiormente por miles de intrusos. Algunos estudiosos dicen que tenemos más de diez o doce maneras de comportarnos en el día. Todo depende del lugar, del horario, de la persona que está frente a nosotros. Son los llamados “roles” del día.

Asumimos “roles” porque esa es la única forma de sobrevivir en sociedad. Una cosa es el comportamiento acabado de levantar. Otra dando los “buenos días” en el trabajo. Otra defendiendo alguna idea frente a alguien que no se entera. Y otra quedando para una cita por la noche. ¿Cuál de esos personajes es el que ve finalmente la película? Yo creo que todos, lo cual al final, nos arruina otra vez la anhelada soledad.

Juan Antonio García Borrero

MARGINALES EN EL CINE CUBANO

jagb 15/07/2008 @ 12:17

El mensaje de mi amiga sobre lo cursi me dejó pensando. Algo no queda muy claro en mí todavía. Y es que me gusta “El lobo estepario” no porque los críticos aseguren que sea exquisito, sino porque me engancha esa poderosa descripción de nuestras oscuras maneras de (in)comunicarnos. Me gusta Borges no por su invicta sintaxis, sino porque en lo que ha escrito percibo la humana sorpresa de quien que ha sabido reconocer el fracaso como algo distintivo del ser humano más común. Me gusta Nietzsche no porque sea un gran filósofo, sino porque supo poner en su lugar la adicción a lamentarse, esa retórica de la queja que impide que el individuo tome conciencia de sus posibilidades de incorporarse, no obstante la golpiza cotidiana.

Disfruto con cada uno de estos maestros, pero nada de esto impide que “El rey de La Habana”, la novela “sucia” de Pedro Juan Gutiérrez, me parezca genial. Pedro Juan Gutiérrez tiene todo lo que un autor debería ostentar: imaginación para crear un mundo propio, irreverencia para no dejarse avasallar por las influencias o los preceptos morales, y ganas de decir cosas donde uno pueda reconocer sus propias miserias y reírse de ellas.

Hay muchos a los que les choca este modo de representar la realidad. Probablemente sepan que la realidad es peor de lo que describe este autor, pero prefieren que le cuenten solo la parte “poética” de nuestras vidas. La parte fotogénica. Con la coartada de la excelencia cultural, repugnan todo lo que huela a terminología vulgar. Pero, ¿no es por allí que empieza el peligro de lo cursi, que no es otra cosa que falsearnos el mundo de los sentimientos, de las emociones, de la existencia misma?

Estoy tratando de recordar las veces que ha figurado en el cine cubano un “marginal”. No son muchas, porque a nuestro cine por lo general le ha interesado la vida de quienes han “triunfado”, o por lo menos, de quienes ocupan lugares privilegiados o intermedios en el contexto social. Por eso películas como las de Sara Gómez (“Una isla para Miguel”; “De cierta manera”), documentales como “Un pedazo de mí” o “El Fanguito”, ambos de Jorge Luis Sánchez, o adaptaciones de obras teatrales de Eugenio Hernández (“La inútil muerte de mi socio Manolo”; “María Antonia”), siguen siendo cosas muy raras, pero muy raras, dentro de la filmografía insular.

Ahora recuerdo el sonado éxito de “Habana Blues”, el filme del español Benito Zambrano. Es una película que me gusta muchísimo, pero a pesar de las abundantes palabras soeces, no pienso que sea esta una historia de “marginales”. En “Habana Blues” puede reconocerse la historia de millones de cubanos que esperan ver cumplido un sueño. Repito: millones. Si eso es ser “marginal”, entonces la periferia es centro, y el centro, patético decorado.

Sin embargo, de lo que quiero hablar es del lenguaje que allí se utiliza. No creo que exista otra película donde se diga una mayor cantidad de palabras cubanas “obscenas” que esta, lo cual la hace “intelevisable” en nuestros medios. ¿Es el lenguaje “obsceno” lo que determina la condición “marginal” de un ser humano o de un producto cultural? Desde luego que no. El lenguaje será siempre algo secundario, algo que solo alcanza a expresar la parte más superficial de nuestra alegría o frustración. Cuando es un lenguaje “obsceno”, por lo general nos avisa de las ganas del autor de no dejarse doblegar por la vida, si bien los más académicos mirarán hacia otro lado. El lenguaje “cursi”, todo lo contrario, lo que disimula es una claudicación.

Tuve la oportunidad de ver por primera vez “Habana Blues” en España, rodeado de españoles que disfrutaban de la historia, pero sin enterarse jamás de la connotación que podía tener para nosotros esas “malas palabras” que una y otra vez repiten con rabia los personajes principales. Yo los veía menearse al ritmo de Kelvis Ochoa en la azotea. Y emocionarse con varias escenas. Y aplaudir con ese final que a otros hace llorar. Pero definitivamente ellos vieron otra película que no es la que vimos los cubanos.

No hay que culpar a nadie. ¿Cuántas palabras no significan para los cubanos nada, y sin embargo, para los españoles es algo que no se puede mencionar? Pongamos un ejemplo casi inocente: la palabra “coño”. Todos los cubanos, sin importar la instrucción, el rango social, la ideología, o el respeto a Dios, alguna que otra vez ha proferido un “coño”. Entre nosotros “coño” es casi siempre una expresión inocente, una forma pueril de mostrar admiración por algo. Creo que los españoles, sin embargo, tienen una idea más lúbrica del asunto, a juzgar por esta envidiable frase de Gómez de Parada para su novela “La Universidad me mata”: “A coño regalado, no le mires los pelos”.

Juan Antonio García Borrero

ESTE DÍA

jagb 11/07/2008 @ 12:41

En la televisión cubana, todas las noches, hay una breve sección donde se recuerdan las efemérides más “importantes” del día. Siempre ha despertado curiosidad en mí saber cuáles son exactamente los parámetros que se toman en cuenta para determinar la importancia de esos acontecimientos. ¿Quién decide qué es lo que merece figurar en los grandes libros de historia?, ¿sobre qué elementos se establece esa tasación?

Desde luego, esta manía no es exclusiva de los cubanos. Según Wikipedia, por ejemplo, lo más relevante que ocurrió un día como hoy, pero de 1561, es que nació Luis de Góngora y Argote; también un 11 de julio, pero de 1920, fallece Eugenia de Montijo, emperatriz consorte de Francia; y un poco más acá, el 11 de julio de 1987, se alcanza según la ONU, una población mundial de cinco mil millones de personas.

En mi caso, ninguna de esas noticias tiene el más mínimo impacto si lo comparo con un hecho que fue una auténtica revolución copernicana en mi vida: un 11 de julio, pero de 1987, me casé con Mara Elena Rodríguez Consuegra, la que desde entonces ha sido mi compañera, en las buenas, y en las malas (sobre todo en las malas). Ningún diario hablará de eso. Ningún historiador lo contemplará como un hecho “importante”, pero esa es mi mejor prueba de que la Historia con mayúscula es útil solo si aprendemos a tomarla en cuenta como lo que es: como un compendio bastante imperfecto de noticias que casi nunca han tenido ni tendrán que ver con uno.

En el caso de la Historia del cine cubano, esto se hace más evidente aún. Hasta ahora solo nos ha parecido “importante” el aporte de diez, quince, treinta personas. No me atrevería a mencionar un porcentaje exacto, pero a veces me da la impresión de que todavía no llegamos al diez por ciento del conocimiento. Tal vez tengamos que inventar nuestra propia Wikipedia del cine cubano, y que cada cual aporte lo suyo. Solo así salvaremos de los efectos devastadores del olvido lo que ha sido, en cada caso, una vida puntual.

Pondré el ejemplo del propio ICAIC: ¿Qué sabemos hoy de Raúl Molina, Ramón Piqué, Iberé Cavalcanti, Fidelis Sarno, Mario Trejo, Amaro Gómez, Octavio Basilio, Pedro Jorge Ortega, o Fermín Borges, por mencionar unos pocos de aquellos que estaban al principio de todo? Supongo que cada una de estas personas (que no simples nombres) haya tenido su propia versión de lo que fue ese ICAIC primigenio, pero esas versiones jamás llegarán a ser de nuestro conocimiento. Un historiador (ese pequeño dios que administra de manera generosa memorias y olvidos) ha decidido que no son importantes, por lo que estas personas habitan hoy el cuarto oscuro de esa mansión radiante llamada “Historia”.

Juan Antonio García Borrero

SOBRE LO CURSI Y LO DIVINO

jagb 09/07/2008 @ 17:57

Una amiga camagüeyana que suele asomarse con frecuencia a esta cueva, me ha enviado un mensaje que autoriza a publicar. Si omito el nombre y su lugar de residencia, es porque al final las ideas que ella propone para la reflexión atañen más a nuestra condición cultural (no estoy seguro que este sea el término correcto), que a una existencia puntual. Da lo mismo que se viva en Camagüey, Miami, México, Londres, o Madrid: se trata de una visión ante la vida que merece discutirse una y otra vez, pues aunque trágica (muy trágica), la vida no es una telenovela. El mensaje dice así:

“Hace unos días (quizás hace unos años) vengo pensando en una palabra que, desde que estudiaba en la universidad, ha estado rondando mi curiosidad. Me refiero a la palabra CURSI y a todo lo que encierra, desde el orden social e intelectual.

¿Qué es lo cursi? ¿Quién lo define y sobre la base de qué?, etc, etc, etc. Buscando en Google, encontré que hay una ciudad en Italia que se llama Cursi; también encontré algunas definiciones etimológicas de la palabra que se remontan al árabe, para luego latinizarse. Y encontré un artículo de los años 60 acerca de "lo cursi en la literatura", el cual arrojó luz sobre una idea que ya pensaba cierta, y es que lo cursi va más allá de la configuración artística que se le de a un texto, canción, film, etc, sino que se encuentra imbricado en herencias culturales o sociales y que facilitan una aceptación de ciertos “productos artísticos” por parte de la gente.

En literatura, por ejemplo, se piensa en “la novela rosa” como el epítome de lo cursi. Pero mi curiosidad me lleva a cuestionarme hasta qué punto la cultura cubana del siglo XX (segunda mitad) y todos los partos artísticos desde entonces se han separado de “la gente y su sed cultural” en aras de “elevar el gusto” por el arte y la cultura. ¿Acaso nuestra cultura no tiene un rico componente de lo cursi que puede ser tan válido como el más elevado de los productos intelectuales o artísticos? ¿No habremos intentado matar una savia simple y genuina (pienso en la del campesino, la ama de casa, el hombre que frecuenta los bares) con tal de que todos puedan pensar la vida al estilo del "Lobo Estepario"?

Tu referencia al libro me hizo pensar en esta obra que me remueve la conciencia y que no me es muy bueno leer en momentos en que me cuestiono la dirección del siglo XXI, y me pregunto: ¿acaso el personaje de Hesse no se cuestiona el siglo XX en función de un pasado cultural que añora en comparación de una realidad que él considera (y esta es mi interpretación) como liviana o hasta cursi?

Si yo, parte del siglo XX, pensara como él, pues pensaría en el jazz o el blues como ejemplos de cursilería musical. Me pregunto y te pregunto, ¿cómo se piensa lo cursi en el cine cubano? ¿Es válido? ¿Hasta qué punto calma la sed de la gente, de la gran masa, o solo de los intelectuales? A veces pienso que por querer matar lo cursi, hemos dejado de regalar rosas, o armar serenatas, o sentarnos con una botella de vino a la luz de la luna llena y cantar junto a los lobos, o con los perros, en caso de no tener lobos.

Un saludos afectuoso…”

El mensaje, al menos para mí, es toda una provocación intelectual. Su interrogante (“¿cómo se piensa lo cursi en el cine cubano?”) es una invitación a repasar ya no la filmografía insular, sino en el por qué de esas prevenciones que el cubano más o menos ilustrado le antepone al uso de las emociones (al menos, en público). Cuando Guillén escribe aquello de “A veces tengo ganas de ser cursi, para decir: “La amo a usted con locura”, ¿no está asegurando primero que diría eso solo de modo excepcional?, ¿no hay en el fondo un temor a ser malinterpretado?

Si lo cursi se asocia a lo “melodramático”, entonces el cine cubano revolucionario nació con la clara idea de abolir la cursilería fílmica (lo “imperfecto” pasó a ser virtud: era nuestra forma de hacerle la guerrilla al gran “Arte”). Solo que lo cursi, como bien sugiere mi amiga, no es algo que se practique por decreto, sino que tiene que ver con la cultura que uno hereda. Y la cultura moderna (ya no la cubana, sino la del siglo XX) parece atravesada por el afán de lo efímero. Pretender ir contra eso a veces nos dejó filmes que lograron combinar con soltura lo peor de Tarkovski con lo mejor de Juan Orol.

De hecho, no solo el jazz y el blues fue objeto de las diatribas de “El lobo estepario”. También el cine recibió sus reflexiones críticas, y eso formaba parte de una actitud intelectual que miraba con desconfianza la consolidación de un arte que “descendía” a las masas. Siempre que pienso en esto último me viene a la mente aquel artículo demoledor de Thomas Mann, donde aseguraba que “el cine tiene poco que ver con el arte, por lo que no lo abordaría con criterios derivados del terreno artístico como hacen ciertos espíritus humanistas y conservadores para después, apenados y desdeñosos, apartar sus ojos del ofensivo espectáculo, tachándolo de diversión para el vulgo, excesivamente democrática y de poca clase. En cuanto a mí, lo desprecio, pero me gusta también. No es arte, es vida, es actualidad”.

Lo que convierte al cine (aún en esta etapa en que ya no es líder del ocio colectivo), en algo más parecido al circo que al arte para las “grandes minorías”, es su evidente ausencia de aristocracia espiritual. Y, en mi modesta opinión, cursi es todo aquello donde falta ese tipo de aristocracia. El primer Hollywood impuso un modelo de representación de la realidad donde hay un manejo genial de lo sensiblero. Después, todo casi todo se ha vuelto copia, pero quienes lo combaten no han ofrecido un modelo alternativo que escape de manera convincente de esa cursilería extrema que implica moralizar desde el otro bando.

¿Se puede asociar lo cursi a lo mediocre? No estoy seguro. No tengo un concepto transparente de lo cursi. La verdad es que tampoco me inquieta mucho. Soy demasiado común (o eso creo) como para no saber que algunos de mis gustos jamás serían aprobados por “el lobo estepario”. Todo el mundo es mediocre en alguna zona de la vida. Y hay cierto “arte” que a mí no me conmueve en lo más mínimo. En cambio, algunos filmes de Hollywood (como “El Padrino”, de Coppola), me apasionan casi hasta el fanatismo.

Creo que el pregón militar lanzado contra Hollywood en su momento, perjudicó la idea que hasta hace poco teníamos de lo que tiene que ser el “cine nacional”. Sin percatarnos, nos metimos en vena la convicción de que nuestro cine estaba obligado a ser “profundo”. “Cursi” se transformó en una palabra obscena, cuando en verdad nada hay más cursi que insistir en público de que no lo somos. Esa mentalidad está cambiando. Uno lo nota cuando ve las películas de Juan Carlos Cremata, Arturo Sotto, o Pavel Giroud, por mencionar algunos de los que no le asusta asomarse a los géneros, es decir, a esa zona del cine que en muchas ocasiones ha sido tildada de “cursi”, casi frívola.

Ya en lo personal, admito que nada tengo contra Corín Tellado y sucedáneos. Ella existe sin enterarse de mi existencia, y no es la culpable de mis males, carencias, y suerte. Nos ignoramos mutuamente. Sobrevivo a su influencia. Por otro lado, me encantaría que el cine cubano tuviese su propia “Imitación de la vida”, ese melodrama genial de Douglas Sirk que inspiró en más de una ocasión a Fassbinder. Con ambos cineastas aprendimos que el término “cursi” es engañoso, pues hay una zona del arte donde el asco es poético, y otra zona donde la presunta poesía es un asco.

Si el hombre es por naturaleza un animal lleno de miedos y fantasmas, lo cursi no es otra cosa que el intento de sublimar esas debilidades. No con las herramientas de un arte que, al decir de “El lobo estepario” nos haría consciente de nuestra triste y paradójica condición, sino con la búsqueda de un culpable único (esto es importante en todo melodrama: siempre un solo culpable).

¿Qué tiene que ver lo anterior con esa rosa que algunos temen regalar en público por temor a que lo tilden de cursi? Nada y mucho. Para los apocalípticos, apenas un síntoma de un ocaso terrible: el ocaso de la espontaneidad. Para los optimistas, la buena nueva de que tiempos mejores vendrán, porque peores no quedan. Y en medio de todo, la convicción de Chagall: “El arte es el incesante esfuerzo por competir con la belleza de las flores… y nunca se tiene éxito”.

Juan Antonio García Borrero.

DOMINGOS II

jagb 08/07/2008 @ 15:20

A propósito del post sobre los domingos, acabo de encontrar esta frase francamente genial de Robert Benchley: "Millones de seres suspiran por la inmortalidad... y no saben qué hacer una tarde de domingo lluvioso".

CUBA EN BUÑUEL, BUÑUEL EN CUBA.

jagb 07/07/2008 @ 12:29

Por estos días intento darle forma a un ensayito sobre la recepción de Luis Buñuel en Cuba. Los vínculos de Buñuel a esta isla donde su padre vivió a lo largo de treinta años, llegando a crear una próspera fortuna que le permitió regresar a Calanda en 1898, ha sido estudiado de forma exhaustiva por el investigador Luciano Castillo, tanto en su artículo “La Habana de Buñuel”, como en su libro “Carpentier en el reino de la imagen” (1). Sin embargo, más que el rastreo de lo que sería un “buñuelismo” tangible (que estaría asociado a los intentos de filmar “El acoso”, de Carpentier, por ejemplo), lo que me interesa explorar es la impronta del cineasta en una Habana que jamás visitó. La química más que la física; el eco del nombre, más que el nombre en sí.

Entre los textos que más gusto me está dando releer, hay un libro que se titula “Las huellas de Buñuel (Influencias en el cine latinoamericano)”, del investigador aragonés Francisco Javier Millán Agudo. Los libros son como alfombras mágicas, que nos permiten desplazarnos en el tiempo y en el espacio, con una facilidad asombrosa. Si el libro es de los buenos (de esos que crean sus propios mundos, y nos hacen descubrir esa parte de nosotros que jamás hemos podido ver en un espejo) ese viaje será más que perdurable.

El libro que menciono me ha retornado al lugar donde a diario crece la leyenda de los “amantes de Teruel”. Hace dos años Francisco Javier Millán me invitó a impartir un par de conferencias en ese sitio. La experiencia fue inolvidable, porque además de gozar de su hospitalidad, pude visitar Albarracín, considerado por muchos el pueblo más hermoso de España (razones sobran en ese perímetro amurallado para pensar así), y también el singular “Museo Centro Buñuel” de Calanda, al frente del cual está otro enamorado de todo lo que se vincule al tema: Javier Espada.

Lo que uno cuente de este singular museo está condenado a describir solo una mínima parte de lo que allí acontece. Basta decir que no es un museo al uso, sino un sitio donde tal parece que es Buñuel el que se encarga de guiarnos de sorpresa en sorpresa. La proyección artística del realizador de “Las Hurdes” y “Los olvidados”, entre otras cintas, ha sido universal, pero su presencia durante un buen tiempo en México, permitió que esa influencia se incrementara en la región latinoamericana. Hay una amplia bibliografía al respecto, como uno puede comprobar en la propia biblioteca del Museo, pero el libro de Millán tiene la virtud de mostrarnos cómo,

“(d)esde México hasta la otra punta del subcontinente americano, en Chile y Argentina, pasando por Cuba, Brasil, Venezuela y Colombia, la huella de Buñuel se adivina en tantos y tan dispares cineastas como Luis Alcoriza, Alberto Isaac, Arturo Ripstein, Felipe Cazals, Jaime Humberto Hermosillo, Paul Leduc, Glauber Rocha, Nelson Pereira dos Santos, Tomás Gutiérrez Alea, Fernando Birri, Miguel Littin, Silvio Caiozzi, Román Chalbaud, Eliseo Subiela, Juan Carlos Tabío, Carlos Carrera, Beto Gómez, Dana Rotberg, Nicolás Acuña, Victor Gaviria y Arturo Sotto, entre otros. No son imitadores de Buñuel, ni discípulos, e incluso algunos confiesan desconocer la mayor parte de su filmografía. En cambio, todos ellos han hecho del cine, como lo hiciera Buñuel, un instrumento de poesía en permanente búsqueda de libertad. El influjo del cineasta de Calanda en estos autores es más conceptual que formal, si bien nunca faltan las citaciones intencionadas, ni las coincidencias temáticas, las atmósferas y las obsesiones comunes. Buñuel ha conseguido sin pretenderlo lo que pocos autores han logrado en el primer siglo de historia del cine, dejar una impronta perenne que reaviva la llama subversiva de sus filmes generación tras generación”. (2)

Para los cubanos, Buñuel, en efecto, fue desde antes que triunfara la Revolución de 1959, una de las referencias insoslayables de los futuros cineastas del ICAIC. El azar concurrente quiso que Alfredo Guevara (durante su exilio en México a finales de los años cincuenta) estuviese presente en la filmación de “Nazarín”. Tras el triunfo revolucionario, Buñuel sería uno de los primeros cineastas extranjeros en ser invitados a contribuir con su experiencia a la consolidación del ICAIC, y el calandino no dudó en mostrar su respaldo rápidamente en la siguiente misiva:

“México 27 de diciembre de 1959

Sr. Alfredo Guevara
Director del I.C. del A.I.C.
HABANA

Mi querido amigo:

Gracias por su carta tan llena de entusiasmo y tan prometedora para el cine de la nueva Cuba. No puede imaginarse como les deseo un triunfo total pues se encuentran en magníficas condiciones para hacer un buen cine. Aprovechen bien el momento ya que tienen las riendas en sus manos porque del futuro nadie puede responder. Ganen todo el camino que puedan antes de que comience a levantar el vuelo el “siniestro buitre” comercial. Contémplense en el espejo de México y vean a lo que esa “siniestrísima ave” ha reducido su cine. Lo que hagan hoy podrá servir de guía para el mañana. ¿En qué puedo servirles? Lo ignoro. Pero cuenten conmigo para lo que deseen.

Un abrazo muy fuerte,

Luis Buñuel” (3)

Si revisamos el primer Boletín (Servicio de Información y Traducciones) publicado por el ICAIC en agosto de 1962 podemos encontrar un artículo firmado por Michel Capdenac (“El secreto de Buñuel”), así como un compendio bastante amplio de opiniones alrededor de “Viridiana”, el filme que por entonces acababa de estrenar. Es por esa fecha que Buñuel debe haber propuesto al ICAIC el surrealista argumento de “Ilegible, hijo de flauta”, un proyecto concebido inicialmente junto al escritor Juan Larrea, y que como es conocido, nunca llegó a ser filmado. ¿Por qué el surrealismo de Buñuel resultó menos atractivo al ICAIC que el surrealismo que Armand Gatti propuso en “El otro Cristóbal”? Es un enigma que tal vez no consigamos poner en claro jamás.

Buñuel, a diferencia de Cesare Zavattini, Joris Ivens, Agnes Varda, o Theodor Christensen, nunca llegó a filmar en la isla, pero siguió siendo uno de los realizadores extranjeros que más atención recibiría en la revista “Cine Cubano”. Los cineastas del ICAIC lo seguían admirando como el gran humanista que fue, a pesar de que en los círculos más dogmáticos de la élite revolucionaria, la recepción de su cine no siempre resultó la más complaciente, como se puso de manifiesto en aquellas polémicas protagonizadas por Blas Roca y Alfredo Guevara a finales de 1963, y donde el primero denunciaba como “inconvenientes para el pueblo” un grupo de cintas (entre ellas “El ángel exterminador”/ 1961) que ofrecían una imagen pesimista de la realidad. En un contexto como aquel, un contexto donde la euforia colectiva solo tenía en mente la construcción de un orden social cualitativamente superior, ese escepticismo sistemático que está en la raíz misma del cine de Buñuel, contrariaba por completo la visión utópica que la izquierda del instante tenía del recién iniciado proceso revolucionario.

No cuento con elemento alguno que me permita tener una idea de cuál fue la posición de Buñuel ante “el caso Padilla”, que tanto dividió a la izquierda del momento en cuanto a Cuba. La verdad es que me resulta difícil pensar que alguien como Buñuel, tan hostil a todo lo que oliese a sectarismo, a monopolio intelectual por parte de un grupo (ya fuese religioso o político), no se hubiese sumado a las críticas realizadas entonces a la Revolución cubana, dada la negativa publicidad que esos incidentes alcanzaron en el mundo.

Buñuel, que en su momento llegó a comentar sobre el partido comunista español que “no podía soportar el orden del día, las interminables consideraciones, ni el espíritu celular”, y que veía en la libertad del individuo la única razón de ser de nuestra dignidad, encajaría más bien en el grupo de los alarmados. Pero, si las tenía, no quiso hacer públicas sus reservas. O las hizo y yo no me he enterado. O tal vez asumió la misma posición que Julio Cortázar, quien después de firmar la primera misiva que enviaron los intelectuales desde Europa a Fidel, decidió no figurar en la segunda por entender que eso se prestaba a una manipulación mayor por parte del “imperialismo”, a su juicio, el verdadero culpable de las penurias de una mayoría de desposeídos en el continente.

Lo cierto es que en 1972 (año en que su película “El discreto encanto de la burguesía” gana el Oscar al mejor filme de habla no inglesa), la revista “Cine Cubano” Nro. 76/77 le dedica a Buñuel un enjundioso dossier donde incluso aparece un fragmento del guión nunca realizado de “Ilegible, hijo de flauta”. Por otro lado, casi un año antes de morir (29 de julio de 1983) le escribe la siguiente carta a Alfredo Guevara:

“México 20 septiembre 1982

Alfredo Guevara

Ministerio de Cultura
La Habana

Mi querido amigo Alfredo Guevara.

¡Cómo no voy a recordarle cuando estuvimos más de un mes viéndonos diariamente durante la realización de NAZARÍN! Después he tenido a menudo noticias suyas y de su trabajo para organizar el cine cubano pues no llega ningún amigo mío de esa ciudad que no me de noticias suyas y de su actividad.

Mucho le agradezco el tono tan cordial de la carta que me hizo llegar con García Márquez y del honor que me hace al proponerme una entrevista filmada para su cineteca. Por desgracia y sobre todo por razones de salud estoy TOTALMENTE al margen del “Mundanal Ruido”. Hace ya tres años que apenas salgo de casa y más de cinco que no pongo los pies en un cine. Jamás veo T.V. Mis 82 años se dejan sentir y cada día siento algún fallo físico. Mi vista es pésima tanto que casi no puedo leer. Mis piernas flaquean y… basta de confesiones clínico-médicas. Amigo Guevara ya no estoy apto para interviews de ninguna clase. Todo eso no obsta para que si algún día viene V. a México tenga un gran gusto en verle y cambiar impresiones sobre sus actividades.

Un abrazo muy amistoso de

Buñuel”

¿Estuvo al tanto Buñuel de lo ocurrido en la isla a lo largo de esa década tan funesta? ¿Le llegaron los ecos del “quinquenio gris” o “decenio negro”? Es algo difícil de precisar. Tal vez Buñuel entendía que lo más importante era mantener a raya “el siniestro buitre comercial”, si bien eso entraba en contradicción con algo que afirmara en algún momento: “Si me propusieran quemar todas mis películas, lo haría sin pensarlo un momento. A mí no me interesa el arte, sino la gente”.

En lo personal, esta última observación siempre me ha parecido genial. O ¿acaso no es genial ese artista que admite que su ego no es el centro del mundo, sin que ello implique un trauma? Mi criterio es que Buñuel fue, hasta el final de sus días, uno de los espíritus más libres que se asomó al siglo XX. Aprendió a no esperar tanto de las revoluciones colectivas, como de él mismo. Detestó a partes iguales los totalitarismos ideológicos, y la moral burguesa que convierte en mediocre casi todo lo que toca, como alcanzó a denunciar Nietzsche.

Aspiró a una aristocracia espiritual, disimulando esa pretensión con lo que él llamaba un “anarquismo moderado”. Puso su personalidad (humana, demasiada humana) al servicio de un proyecto de vida que tenía una finalidad claramente libertaria, y donde lo importante no era traficar con la retórica del dolor, sino saber lidiar con el dolor mismo.

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:

1) Luciano Castillo. “Carpentier en el reino de la imagen”. Ediciones UNION, La Habana, 2006.
2) Francisco J. Millán Agudo. “Las huellas de Buñuel (Influencias en el cine latinoamericano). Instituto de Estudios Turolenses. Teruel, 2004.
3) Revista “Nuevo Cine Latinoamericano” Nro. 5, Invierno 2003, pp 68-69.
4) Revista “Nuevo Cine Latinoamericano” Nro. 5, Invierno 2003, pp 68-69.

DOMINGOS

jagb 06/07/2008 @ 14:54

Odio los domingos, quizás por lo mismo que solía provocar las quejas de Gómez de la Serna: “Envejecemos sobre todo los domingos”. La gente lo asocia al descanso, a la cerveza que festeja la victoria de España en la Eurocopa, cuando en realidad los domingos se parecen demasiado a esos días insensatos que Harry Haller, el célebre “Lobo estepario”, describe como “días sin dolores especiales, sin preocupaciones especiales, sin verdadero desaliento y sin desesperanza; días en los cuales puede meditarse tranquila y objetivamente, sin agitaciones ni miedos, hasta la cuestión de si no habrá llegado el instante de seguir el ejemplo del célebre autor de los Estudios y sufrir un accidente al afeitarse”.

Durante un tiempo pensé que mi rencor hacia ese día se debía al lugar donde nací y vivo: en Camagüey pareciera que el domingo comienza todos las tardes después que la gente termina su trabajo. Pero he tenido la posibilidad de vivir domingos en otros lugares del mundo, y siempre experimento la misma sensación viscosa de estar contemplando los escombros de la semana. Lugares distintos, y al final, similar corazonada de que hemos llegado a un sitio donde nos toca palear, como si fuera nieve, las cenizas que va dejando el Tiempo.

Desde Denver alguna vez le escribí a alguien que aquella ciudad era como Camagüey, solo que con rascacielos: hoy sé que esa desmesura no la provocó ningún alucinógeno. Fue que llegué a esa ciudad un domingo. Suerte que quedan un par de fotos, pues lo único memorable que retengo de aquella anodina jornada es que probé por primera y única vez el helado de aguacate.

Quizás si lo hubiese saboreado un sábado, un lunes, o un miércoles, hoy no recordaría el sabor, y mucho menos a esa ciudad. Domingo: el peor de los días para hablar de cine cubano, o de lo que sea, en un blog.

Juan Antonio García Borrero

CAMAGUEY: CINE, MEMORIA, Y CIUDAD (II)

jagb 04/07/2008 @ 16:22

Lo mejor que tiene un blog, a mi juicio, es que se puede hacer (apelando al término acuñado por Jean Lacouture) “historia inmediata”. Eso es lo que más me seduce de estos sitios: su dinamismo (que los pone en ventaja en cuanto a las páginas web y periódicos oficiales), su espontaneidad (que permite saltarse ciertos protocolos académicos, y corregir sobre la marcha eso que el conocimiento va buscando, y que en un doctorado resulta imperdonable), y su naturaleza rizomática (que evita la excesiva centralización de aquello que llamamos “autoridad epistemológica”). El que publica en un blog, sabe que tiene muchas más posibilidades de ser criticado que el que escribe un libro. Uno termina entendiendo lo que siempre ha sido evidente: que nadie tiene el monopolio de la verdad; que la Verdad (con mayúsculas) se construye entre todos.

Escribí un post sobre la ciudad de Camagüey y su “mala memoria” cinematográfica, que tenía toda la intención del mundo de provocar alguna reacción. De aquellos que habitan la ciudad no me ha llegado ningún comentario (ni a favor, ni en contra). Desde La Habana, en cambio, mi querido Pineda Barnet me recuerda uno de esos nombres que no deberían dejar de mencionarse en Camagüey cada vez que se hable de dramaturgia (Gloria Parrado). Desde Madrid, Lino Luis García Espinosa (muy ligado a Canaldocumental) recuerda a Armando Lazcano y su filmación del Camagüey de su época, mientras que Luciano Castillo (culpable de todo lo que ahora escribo, pues fue él quien me inició en el vicio) me da la buena noticia de que es posible que el próximo año la editorial “Ácana” imprima su libro “Apostillas para una cronología del cine en Camagüey”.

Esta última confidencia me devolvió a mis ya lejanos tiempos de estudiante en la Universidad de Camagüey (1982-1987). Sobre todo a aquella etapa en la que un grupo de muchachos, sin tener idea de lo que podía ser una “ciudad letrada”, intentamos crear nuestra propia fortaleza literaria, esta vez con el nombre de “Resonancias”. ¿Qué será de Raúl Marrero, su primer director, y con quien tanto me gustaba platicar en nuestra común Cátedra de Derecho?, ¿Y de Rodolfo Caballero Vila, segundo director? (estuve a punto de verlo en Miami, pero el encuentro se frustró); ¿O de Daniel Morales Crespo, que en aquel cuento publicado con el título “La salida”, ya anunciaba en sus primeras líneas lo que al final ha pasado: “Un día cualquiera se irá y no le verán más nunca el pelo”? .

Si saco a relucir “Resonancias”, además de la cosa pornonostálgica, es porque una muchacha muy joven (tiene casi la edad de mi hijo) me acaba de prestar un ejemplar del número 10, justo donde aparece un artículo de Luciano Castillo que ostenta el mismo título de su futuro libro. Reencontrarme con la revista fue como viajar en el tiempo. Como director de ese número ya estaba Benito Estrada Fernández, y como editor, Jorge Santos Caballero. En el Consejo Editorial, Rafael Almanza Alonso, José Antonio García Gradaille (mi otro yo –él dirá lo mismo- , es decir, la otra mitad del J. A. GARCIA del periódico “Adelante”), Joel Jover Llenderosa, Rhaimalú Llanes Pérez, Roberto Méndez Martínez, y Jorge Luis Varona López. Ese número empieza, además, con dos poemas inéditos de Virgilio Piñera, dedicados al músico camagüeyano Louis Aguirre D’Orio (Managua, Nicaragua, 1904- Camagüey, 1984), lo cual puede convertirlo de inmediato en un rotundo objeto del deseo de aquellos que persigan la obra de Piñera.

Pero quiero concentrarme en lo que ha originado que escribiera el primer post, y ahora esta suerte de secuela: la actividad cinematográfica en la ciudad, y su registro historiográfico. En aquel breve artículo preparado por Luciano Castillo, “ante la solicitud efectuada por la Especialista de Cine Cubano de la Cinemateca de Cuba”, el propio autor se encargaba de advertirnos de la dimensión del desafío con esta introducción:

“Precisar la fecha exacta en que se exhibió por primera vez el cine en Camagüey, el nombre del local, su ubicación y propietario, así como la persona que introdujo el invento y su nacionalidad, resulta casi imposible ante la carencia de fuentes documentales y lo incompleto de los fondos existentes de la prensa de la época. Determinar cuál fue el primer cine construido como tal en la localidad, la fecha de su inauguración y el nombre del propietario, además del título de la primera película, su procedencia, o los cortometrajes que integraron el primer programa exhibido en estos teatros de variedades conocidos como “Salones”, en los cuales se combinaban las películas con espectáculos musicales de todo género, también resulta algo difícil de delimitar por razones análogas.

Las páginas de los escasos ejemplares de los periódicos de entonces que sobrevivieron al decursar del tiempo, atiborradas de disímiles anuncios publicitarios, reseñas de sociedad y sensacionales reportes policiales de la crónica roja, no reflejaron los esfuerzos y tentativas cinematográficas emprendidas en nuestra provincia en los primeros años del siglo”.

Como dije en el anterior post, esa “desmemoria” llega hasta nuestros días. No es que no existan investigadores interesados en el tema. Está el esfuerzo descomunal de Luciano Castillo, que afortunadamente veremos publicado pronto. Sé que Jorge Luis Acosta lleva años recopilando información sobre la historia de los cines en la ciudad (en un número monotemático de la revista “Antenas (Segunda Época)” fue publicado un fragmento de la investigación), y lo que es una noticia todavía más alentadora, por lo menos tres jóvenes están aproximándose a este asunto como parte de sus estudios de maestría. El problema está en la carencia de un respaldo verdaderamente institucional.

Estas investigaciones verán en algún momento la luz, pero seguirán sin obtener un verdadero sentido, una utilidad, debido a la ausencia de un foro que permita conectarlas y proyectarlas a la comunidad. Con la creación de la Cátedra de Pensamiento Audiovisual “Tomás Gutiérrez Alea” ese sentido por fin habría comenzado a configurarse, pero la Cátedra ahora mismo sigue siendo un simple “closet”, como Omar González la describió con impecable precisión en algún momento.

Lo que decíamos de la urgencia de un equipo multidisciplinario se pone en evidencia con las investigaciones que hasta ahora ha realizado Luciano Castillo. Esa valiosa información que nos da en su libro, lejos de agotar el asunto, lo que hace es multiplicar los enigmas. Pongo el ejemplo de esa noticia que nos dice apareció en un periódico camagüeyano de 1910: “Se vende barato o se cambia por un caballo bueno, calesa y arreos como parte de pago, una máquina cinematográfica completamente operada por eléctrica, como también está preparada para luz de otra clase”. A partir de esta información, es preciso comenzar a investigar el contexto económico de la época, pero también el imaginario de ese período, y de esa zona donde estaba ubicado el aparato.

Lo verdaderamente interesante, por lo menos para mí, no es la anécdota curiosa de la venta o canje de un cinematógrafo por un caballo, sino lo que eso podía representar en el Camagüey de esa etapa. ¿Qué tipo de persona podía interesarse en ese tipo de aparato y por qué?, ¿el mismo que hoy compra un DVD o alquila películas en los bancos clandestinos? Esto, como dije antes, tendría que ver más con los estudios de recepción que con la historiografía pura, pero ayudaría a entender mucho más la complejidad del fenómeno, pues cine no es solo la película que vimos, sino el modo en que nos vestimos para ir a ver esa cinta, el transporte que escogimos para llegar hasta el lugar, y hasta el malhumor que provocó en nosotros descubrir que los cineastas no representaron la realidad del modo que uno espera.

Sé que esto que escribo no cambiará nada. No es que sea pesimista. Es que un post no puede mudar de aires una mentalidad que Luciano Castillo nos describe a la perfección en su artículo, cuando detecta que los periódicos del momento “no reflejaron los esfuerzos y tentativas cinematográficas emprendidas en nuestra provincia en los primeros años del siglo”. Desde entonces han pasado cien años, y el cuartico está igualito.

Juan Antonio García Borrero