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Categoría: REFLEXIONES

REHENES DE LAS SOMBRAS, OTRA VEZ

jagb 02/10/2009 @ 13:11

Ayer nos sonaron en casa un apagón de catorce horas. Todo un recordatorio amenazante de lo peor del “período especial”. Como la batería de la laptop está jodida, ni siquiera pude salvar lo que había comenzado a escribir diez minutos después de las siete. Me dio (una vez más) por resoplar y soltar tres o cuatro palabrotas. En balde, pues mi perra creyó que la estaba piropeando. Y todo siguió oscuro. Muy oscuro.

En el fondo tenía la esperanza de que el apagón no durara tanto. A las dos horas supe que no tenía alternativas. Que aquello iba para largo, y que ni siquiera podía pensar en meterme en “el closet” (la oficina de la empresa), en tanto allá el aire acondicionado no puede encenderse hasta después de la una de la tarde, y como no hay ventanas, es imposible permanecer allí más de diez minutos.

Entonces decidí que no escribiría nada sobre cine en esas veinticuatro horas. Para escribir sobre cine (o sobre cualquier cosa) uno necesita concentración, y a mí lo único que me llegaba a la mente eran las luces públicas encendidas de manera impune a media mañana, contrastando con la oscuridad de mi casa (y cabeza).

Decidí refugiarme en la biblioteca de la ciudad, como en los viejos tiempos. Y tomar de los estantes libros al azar. Eso es algo que me gusta muchísimo: dialogar con autores lejanos que han vivido lo mismo que yo (ya saben, el eterno retorno de lo idéntico), y que hablan con total soltura de lo que ha sido padecer sus circunstancias. Y en eso estaba cuando tropecé con Luis Marimón (La Habana, 1951/ Las Vegas, 1995) y su estremecedora “Cronología del vértigo y del naufragio”. (1)

Ya había oído hablar de este escritor, de su prematura muerte en los Estados Unidos al año de haber llegado allá, luego de haber vivido en Matanzas, ese lugar del cual escribiera que “el nombre de esta ciudad es sangriento, que ninguna ha tenido un nombre más perverso”.

Lo que más me gusta de su poesía es que habla de la existencia sin falso dramatismo, a pesar de que en alguna parte el autor afirme que “nuestro deber es cumplir con nuestras diarias extinciones”. Nada de letanía quejumbrosa, o su reverso (pasarela de lugares comunes que nos hablan de amores eternos y otras insinceridades). Lo de Marimón no es el melodrama barato. Antes, lo que se percibe es un deseo de cantarle a la vida (y a quienes la habitan) sus cuatro verdades. Con rabia, pero también con mucho humor.

Para algunos, esa insistencia en hablar de lo que se extingue, lo convierte en paradigma del pesimismo poético, pero, ¿quién ha dicho que la lasitud es cosa sólo de débiles? Para mi hay mucha valentía en esa forma de mirar el modo en que transitamos por la vida. Y en ese escrutinio intenso nos deja versos (yo diría aforismos) sencillamente brillantes, como estos:

“Envejecer es la más absurda forma de suicidarse”;

“El tiempo también borrará todo esto/ A mí sólo me salvará del olvido lo que he escrito”;

“El sepulturero está sembrando hoy/ a quien lo enterrará mañana”;

“Algunos nacen póstumos”;

“Una puerta debe ser semejante a una tumba; no puede hacer distinciones para abrirse”;

“Quien piensa en el futuro/ no está muerto”;

“El único mensaje de mi poesía al hombre es éste: ¡Nunca mueras!”.

No sé a ciencia cierta qué diablos será la buena poesía. Para mí es una suerte de estremecimiento íntimo. Algo que nos alivia el malestar de tener que convivir entre seres que sólo han aprendido “el oficio de la indiferencia”. La buena poesía es esa que nos deja preguntas incómodas, y deseos de, al otro día, seguir viviendo para antes de hablar de cine cubano, comentar versos tan terribles y preclaros como estos de Luis Marimón:

“Dicen que Dios tiene 72 nombres.
¿A cuál de ellos invocar
para que esta pesadilla termine;
tendremos que clamar por todos ellos
y aún así, seguir recorriendo este
camino de la locura
como hasta ahora lo hemos hecho:
solos?”

Juan Antonio García Borrero

A MIS (CASI) CUARENTA Y CINCO AÑOS

jagb 07/09/2009 @ 13:48

Mañana, si Dios y la Virgen de la Caridad permiten, estaré cumpliendo cuarenta y cinco años de edad. Aunque anoche llovió bastante, esta vez no se anuncia ningún huracán que me obligue a utilizar velas en el momento en que los míos canten el “Happy Birthday”. Todo parece indicar que llegaré a la otra orilla de la madrugada sin sobresaltos, sin apagones.

Sin embargo, no todo está bien. Mi hijo (tiene ahora veinte años) anda desolado, y no tengo muy claro cómo ayudarlo a entender que la vida es un carrusel de incongruencias. Mañana estaré cumpliendo un nuevo año, y él acaba de perder a uno de sus mejores amigos (tenía casi su misma edad) en otro de esos momentos absurdos que vienen de golpe, para recordarnos que allí donde los seres humanos nos pregonamos invencibles, solo hay vanidad de vanidades. Que estamos vivos de milagro.

No soy muy dado a las expresiones de pésame. ¿Miedo a parecer melodramático? No lo sé, pero tengo sentimientos encontrados en cuanto a “la muerte”: hasta hace muy poco pensaba que cumplir cincuenta años y morirse ese día, en plena forma, era el mejor regalo de Dios, mientras que cada una de las veinticuatro horas que se vivieran después de los cincuenta serían propinas del Diablo, empeñado en hacer de nuestra inevitable decadencia un espectáculo público.

Esta idea, por radical, merece que se la explique un poco mejor a mi hijo, en tanto a él va dedicado este post. Según mi creencia de entonces, si supiésemos que Dios nos ha concedido apenas cincuenta años de vida, con seguridad buscaríamos vivirla con más intensidad, y no perderíamos tanto tiempo en querer llegar a viejos, algo que se parece más a un juego de azar que a una aspiración lógica, y que por lo general, de tanto cuidarnos, impide que nos arriesguemos y aportemos acciones útiles (he conocido tanta gente sana, pero inútil, que a veces he terminado por poner en duda eso que llamamos “salud”).

Creo que de saber que el plazo expira a los cincuenta, muchas personas se rebelarían contra todo lo que implique perder el tiempo. Los que nos mandan tendrían menos argumentos para diseñarnos desde lejos la convivencia. Nos parecerían absurdos todos esos planes a largo plazo que hablan de nuestras vidas sin conocerlas. En cambio, estaríamos viviendo el día a día igual que el Quijote: locos a rematar, pero con ganas de comernos el mundo, y sin importarnos las consecuencias.

No tengo nada contra los viejos, porque he conocido a varios (empezando por mis padres) que nunca parecen llegar a serlos. Pero la regla no es esa. La mayoría de la gente nos conformamos con ir amontonando años, como si se trataran de muebles antiguos que uno compra en tiendas de coleccionistas, y cada 365 días está en la obligación de mostrárselos a los amigos (fiestas y música muy alta por medio): mucho ruido, pero pocas nueces, pues cuando revisas lo que se ha vivido en todo ese tiempo, sobrarán los dedos de una mano para enumerar los momentos que han trascendido en la memoria personal. Al final, todos los cumpleaños terminan pareciéndose y confundiendo: da lo mismo festejar treinta que ochenta, cien que ninguno.

¿Tiene sentido vivir ciento cincuenta años tan solo para lucir el recuerdo vanidoso de apenas tres o cuatro días “trascendentes”? Si es solo para decir quejumbroso que hemos llegado a cierta edad, para mí no lo tiene: si al final el individuo va a conformarse con la memoria de esos tres o cuatro “grandes momentos” ya idos, sería más negocio vivir entonces tres o cuatro años nada más. Así nos evitaríamos el bochorno de la declinación física, por ejemplo. Pero otra cosa, y allí si estoy por la prórroga, sería cada día vivirlo como si fuera único.

Esto lo escribo en víspera de cumplir mis cuarenta y cinco, y faltándome otros cinco para los cincuenta. Si llego allá, ya el Diablo sabe que voy dispuesto a usar su propina en las cosas que hasta ahora más me interesan, pero como este post está encaminado a paliar un poco la actual confusión de mi hijo, quiero terminarlo de este modo: Leonardo, lo importante no son los años que se cumplen, sino los días que uno consigue vivir con tanta, pero tanta intensidad, que veinticuatro horas llegan a parecer la eternidad misma.

Juan Antonio García Borrero

CINE, SUJETO, PODER

jagb 04/09/2009 @ 21:47

He seguido con mucho interés todo lo que se ha estado debatiendo en el blog en torno a la mujer en el cine cubano. He querido escuchar más que participar, porque como dije en un post anterior, en estos predios tengo un mundo que aprender.

Para ser honesto, lo de la invisibilidad de la mujer ha sido el detonador que me ha puesto a pensar en la invisibilidad de otros sujetos dentro del cine cubano: ¿no son también invisibles los negros?, ¿los gays?, ¿los religiosos?, ¿los marginales?, ¿las prostitutas?, ¿los drogadictos?, ¿los presos?, es decir, ¿todos los que incumplen con las pautas dominantes de representatividad social, pero que “existen” con sus dramas personales?

Se me dirá que no, que ya hay películas donde se muestran a estos sujetos. Que Sara Gómez llegó a mostrarlos a lo largo y ancho de la pantalla en “La otra isla”. Es cierto que los documentales de Sarita se perciben como espacios donde hay una autoconciencia de mujer y negra. Y un cortometraje como “Ellas” (1964), de Theodor Christensen, nos avisaba muy temprano de ese interés de la Revolución por concederle a la mujer oportunidades que antes no conocía, concediéndole voz incluso a las antiguas prostitutas.

Pero yo me refiero a un corpus fílmico donde más importante que la descripción de esa “otra” realidad que trazamos (pero no analizamos), lo sea la postura que no teme en exponer los argumentos de quien está en desventaja, o debe subordinarse al criterio dominante (el de aquellos grupos que están en el poder y dictan las normas). Sabemos que las razones del subalterno jamás podrán coincidir con las del que somete, pero en nuestro cine rara vez escuchamos su versión de los hechos en su propia voz: casi siempre es un intermediario el que habla por él, que explica, que moraliza.

Cuando hablo del “Poder” no aludo solo al político. Este término lo asocio a algo mucho más complejo y demoledor. “Poder”, en mí caso, es aquello que provoca en mí, como individuo, que me sienta un intrascendente número entre el cero y el infinito. Poder lo asocio al acto impotente de gritarles a los políticos aún sabiendo que están muy lejos para que me escuchen. Pero también es percatarme de que si me escuchan eso tampoco resuelve demasiado, porque entonces llegarán los que sin ser políticos son racistas, u homofóbicos, o machistas, o tienen una cantidad inmensa de dinero que les permite pasar por encima de la solidaridad con el fin de acumular más dinero, o una “cultura” impresionante que anula mi autoestima de ciudadano común, o que se creen tan puros que hacen de su código moral un manual de obligatorio cumplimiento para todo el mundo.

Supongo que el tema de la presencia del negro en el cine cubano, para poner un ejemplo de otro sujeto “invisible”, suscite las mismas controversias que el de la mujer. Sin embargo, en lo personal no me interesaría tanto inventariar la cantidad de cineastas negros o negras que han filmado o dejado de filmar en Cuba, como explorar el modo en que se ha representado a ese “diferente”, el impacto real que ha tenido en el imaginario público esa manera distinta de caracterizar a los negros a partir de 1959, así como los mecanismos sutiles que todavía impiden que distingamos en la distancia a un cineasta negro.

¿Existirán en nuestra cinematografía filmes que discutan el criterio homogenizador a través del cual, para decirlo con palabras de Víctor Fowler, el negro cubano no aparezca como “un autor neutro”, sino que sea capaz de reflejar los problemas que le son propios a su condición étnica y cultural?, ¿esas películas serán capaces de mostrarnos el racismo que, “a pesar de todo”, perdura?, ¿un racismo que en muchas ocasiones amplifica el propio negro, incapaz de detectar los mecanismos denigratorios contra sí mismo que lleva en vena, sin siquiera sospecharlo?. Los negros que hoy vemos en pantalla, ¿encarnan los problemas más angustiosos que debe enfrentar un hombre de su piel en la vida diaria?, ¿o de una mujer negra y sin recursos económicos o de instrucción?

Lo que echo de menos en todo esto que hemos estado hablando es probablemente la falta de voluntad para ir más allá de lo que los espejos nos devuelven. No basta el pataleo frente a la realidad: es preciso desmontarla, y detectar las lógicas “interesadas” que se esconden detrás de las diversas producciones culturales que legitiman los grupos, para sobre esas bases, actuar como individuos a favor de un mejoramiento social. Quedarnos frente al espejo con el lamento puede contribuir a desahogarnos (no censuro a quien así lo haga, porque además, es su soberano derecho), pero no contribuye a cambiar el estado de las cosas. Más bien ayuda a dejarlas intactas, dada la persistente mala memoria de esos seres que hacen de los “Acuerdos” un “No me acuerdo: play it again”. Y mientras, la vida pasa. Y el Poder (los Poderes) nos siguen haciendo invisibles, cuando no nos anula.

Para empezar, se impone que analicemos a profundidad al individuo que somos, y preguntarnos: ¿qué estamos haciendo para librarnos de esa incómoda invisibilidad? ¿Estamos libres del cansancio que impera por esta época?, ¿libres de la indolencia?, ¿de la autocensura?, ¿de la fobia a sumergirnos en la complejidad?, ¿del acomodamiento intelectual que suele soslayar lo polémico en nombre de una falsa neutralidad académica?

Cuando hace un tiempo me referí a esa lamentable tradición en la cual nos sentimos cómodos delegando en terceros con “autoridad” que alguna vez nos representarán, me inspiraba en una reflexión de Bretch que a ratos he citado. Cierto que él la ubicaba en otro contexto, pero en esencia nos puede dar idea de lo nocivo que deviene postergar el análisis de nuestras fortalezas y debilidades, para en vez de actuar, “reaccionar”, que siempre será signo de que otros ya se han apoderado de las iniciativas. Decía Brecht:

“Muchos de los que son perseguidos pierden la capacidad de reconocer sus errores. La persecución les parece la mayor injusticia. Los perseguidores son, puesto que persiguen, los malos; ellos, los perseguidos, lo son a causa de su bondad. (…) Para decir que los buenos no fueron vencidos porque eran buenos, sino porque eran débiles, hace falta valor”.

Yo, que no soy ni bueno ni valiente ni fuerte, que soy una persona común (demasiado común), con aspiraciones de vivir en una sociedad que me garantice lo mínimo que necesita un hombre para sentirse digno (no riquezas materiales, sino posibilidades de expresarme, pues como advertía Pascal, “toda la dignidad del hombre está en su pensamiento”) un día decidí abrirme este blog. Lo abrí en medio de incontables temores, pues sabía que eso habría de sumarme detractores. Con el tiempo he ganado amigos que me ayudan a encontrar respuestas a preguntas ante las cuales me siento impotente. Otros no publican lo que piensan, pero apoyan leyendo, o sencillamente aceptando las descargas. Pero me he encontrado algunos que, con igual cariño y buena voluntad, me interrogan sobre el posible sentido que tiene para mí esta perdida de tiempo, si al final, nada va a cambiar. Y se supone que estemos por lo mismo: la cultura cubana.

A veces pienso (ahora hablo de lo referido al cine) que lo que está predominando es esa actitud de indiferencia hacia uno mismo. Mala noticia, porque si uno no se estima, ¿qué derecho hay a reclamarle esa estima a un tercero?, ¿y qué obligación de escuchar esas demandas ha de sentir ese tercero, si lo que se reclama llega sin la fuerza de los argumentos que van a las raíces?

Juan Antonio García Borrero

ESTRELLA PANTIN Y ALGO SOBRE EL CINE PEDAGÓGICO EN CUBA

jagb 02/09/2009 @ 15:21

Me entero, vía Luis Lacosta, que acaba de fallecer Estrella Pantín. No llegué a conocerla personalmente, pero sí he utilizado varias veces aquella interesante ponencia que escribió, junto a Julio García Espinosa y Jorge Fraga, para aquel fatídico “I Congreso Nacional de Educación y Cultura”, celebrado en La Habana en 1971. Su texto se titula “Para una definición del documental didáctico”, y es bastante discutible en algunas de las ideas que propone, pero por eso mismo valioso, en tanto contrasta con aquel estado de ánimo predominante en el evento, donde el grueso de los participantes (educadores fundamentalmente) le exigían al ICAIC “un cine pedagógico” y punto.

El tema de “lo didáctico” es algo que me inquieta mucho. Tengo preguntas al respecto que me obsesionan, como éstas: ¿no sería más útil esa educación que en vez de obligarnos a aprender de memoria cosas que ya han sucedido, nos enseñara a plantearnos interrogantes novedosas antes el devenir de la vida? ¿No será más valioso aquel maestro que consigue al final del aprendizaje un mayor número de discípulos que lo superan en cuanto a conocimientos, sobre todo porque los enseña a no conformarse con lo aprendido? ¿Educar es formar personas con un horizonte de expectativas ya predeterminado, o es liberarlos para que encuentren sus propias vías de superación, sin que pierdan de vista lo que la Historia ya atesora?

Algunas de estas inquietudes las puse por escrito en aquella conferencia sobre el cine cubano de los setenta que Desiderio Navarro me pidió para su ciclo sobre el Quinquenio Gris. Voy a aprovechar para colgar el fragmento que alude a la ponencia coescrita por Estrella Pantín. El texto íntegro (bastante extenso) que leí en “Criterios” puede consultarse aquí. Por cierto, que me acabo de enterar que a Desiderio Navarro le han concedido en Amsterdam uno de los diez premios que concede anualmente el “Fondo del Príncipe Claus de Holanda”. Desde aquí le envío mi felicitación por ese merecido reconocimiento.

JAGB

CINE CUBANO POST-68: LOS PRESAGIOS DEL GRIS (Fragmento)

De cualquier forma, en sus primeros diez años de trabajo, el ICAIC logró mostrar un saldo cultural positivo, con una producción que en esa década inicial arrojaría un resultado de: “206 documentales, 80 cortos didácticos, 94 notas de Enciclopedia Popular (de corte didáctico, ya descontinuada), 49 cortos de animación, 450 ediciones del Noticiero ICAIC Latinoamericano”. (1)

Desde 1964, bajo la dirección general de Santiago Álvarez, en el ICAIC funcionaban como unidades independientes cuatro departamentos productores de cortometrajes:

1) el Noticiero ICAIC Latinoamericano, dirigido por Santiago Álvarez
2) el de Dibujos Animados, bajo la dirección de Jesús de Armas
3) el de Documentales de 35 mm, dirigido por José Limeres
4) el de Documentales Científicos Populares, dirigidos por Estrella Pantín.

La creación de este último en noviembre de 1963 (con asesoramiento artístico de Gutiérrez Alea), respondía “a una serie de urgencias con las que se enfrentaba el ICAIC: muy a menudo, el Ministerio de Educación (MINED), el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), el Instituto Cubano de Recursos Minerales (ICRM), el Ministerio de Salud Pública (MINSAP), el Ministerio de la Industria Azucarera (MINIA) y otros organismos del país, pedían la realización de “cortos” que ayudaran al trabajo cotidiano de la producción, de la educación, de la higiene, etcétera”. (2)

El hecho de que Gutiérrez Alea figurara como asesor artístico del departamento de Documentales Científicos nos da la idea de que se pretendía ir más allá de la realización meramente “didáctica”. Hay varios ejemplos de materiales didácticos realizados en ese período donde, para decirlo como Umberto Eco, “las nupcias entre formas retóricas y motivaciones ideológicas” estaban lejos de ser algo transparente y armónico, y tal vez el paradigma de lo anterior lo siga siendo el “Coffea Arábiga”, de Nicolasito Guillén Landrián.

“Coffea Arábiga” se anunciaba como un didáctico sobre el cultivo del café en Cuba, pero bastaban apenas unos minutos para que el espectador sintiera como todo su sistema de expectativas (tanto retóricas como ideológicas) era trastornado por el uso imprevisto de un sinnúmero de códigos, en los cuales la ideología dejaba de ser una toma de posición explícita ante la realidad, para convertirse en un universo ambiguo, saturado de los más inesperados sentidos (piénsese en el recurso de apelar en la banda sonora a “Los Beatles”, una agrupación por entonces demonizada en la radio de la época).

Esta suerte de vanguardismo, que es el que en todos los tiempos ha contribuido a que el ser humano tome conciencia de que es posible mirar el mundo de maneras distintas a las pregonadas como definitivas por el sentido común, tropezaría muy pronto con la línea pedagógica propugnada en el “Primer Congreso de Educación y Cultura”. Sobre la presencia del ICAIC en el cónclave, tal vez lo más revelador que hasta el momento conocemos está en el testimonio ofrecido por el cineasta Manuel Pérez, uno de los participantes de aquel evento, y que, entre otras cosas, ha dicho:

“Recuerdo que cuando se anunció que se iba a celebrar el Congreso, la dirección del ICAIC me llamó para pedirme que trabajara una ponencia que sería la que el organismo presentaría en el Congreso. Yo hice la base, el borrador, y trabajé básicamente lo relativo a la política de exhibiciones, que era uno de los aspectos por los que el ICAIC estaba siendo atacado. Era como retomar la polémica del 63, lo que ahora en vez de “Accatone” o “La dulce vida” se trataba de películas como “Nuevo en esta plaza” o “Ichi, el esgrimista ciego”. Julio trabajó más en la parte referida a la producción del ICAIC, y al final, como era una ponencia del organismo, Alfredo le dio una última revisión. A partir de eso, el ICAIC me designó para trabajar en la organización del evento. Tienes que tener en cuenta que al mismo tiempo se estaban desatando en el país otros fenómenos, y recordarás que el Congreso iba a ser sólo de Educación, estaba pensado como un Congreso de maestros, de educadores, y sobre la marcha, unos días antes de que comience, se convierte también en un evento sobre la Cultura. (3)

El hecho de que lo que inicialmente se anunciara solo como un Congreso de “Educación” se convirtiera en un Congreso de “Educación y Cultura”, puede darnos una idea bastante exacta del modo en que la cultura, por aquellas fechas, volvía a subordinarse al ímpetu pedagógico; es decir, volvía a ese mismo status pre-revolucionario en el cual todavía no se había creado ni siquiera el Consejo Nacional de Cultura, y donde lo más que se detectaba “en la esfera estatal era una Dirección de Cultura, adscrita al Ministerio de Educación” (4). El propio Manuel Pérez nos esclarece algo de aquel clima cuando asegura que:

“Había diversos modos de encarar la situación que vivía la Revolución, y en las ponencias que nos llegaban, de maestros, de pedagogos, había muchas críticas a la programación de películas, trataban de ver en eso la causa de muchos problemas que tenían raíces más profundas: los jóvenes son así porque han visto tal película. La idea del cine pedagógico era muy fuerte. La composición mayoritaria del Congreso no favorecía que la cultura artística se discutiera de una manera profunda”.(5)

De las ponencias presentadas por el ICAIC al Congreso tal vez la que más trascendió fue la que firmaron Estrella Pantín, Julio García Espinosa y Jorge Fraga, bajo el título de “Para una definición del documental didáctico”. El texto prometía un acercamiento polémico al fenómeno desde el mismo momento en que enunciaba una interrogante que, a estas alturas, sigue resultando un desafío formidable: “¿Qué hacer para que cada documental didáctico multiplique su fuerza educativa?”.(6)

Me gustaría detenerme en la interrogante anterior porque, a mi juicio, la discusión tan superficial que por lo general se ha sostenido en el país (y en particular en ese Congreso) sobre la compleja relación que ha de establecerse entre educación y cultura, entre instrucción y conocimiento, entre sabiduría y calificación académica, entre Revolución y aprovechamiento de una tradición donde ya existían indiscutibles valores, nos ha llevado a naturalizar el equívoco de que el simple hecho de “saber leer” implica, de manera mecánica, un crecimiento cultural.

La dificultad para encaminar un análisis crítico de esa relación tiene su origen en que uno de los primeros logros que enarboló la Revolución en el contexto político/ social fue haber erradicado el analfabetismo en el país. En términos humanistas (en los mismos términos a los que aspiraba Martí con su llamado a ser cultos para ser libres), pocas personas (incluyo a los detractores más acérrimos del proceso revolucionario) estarían dispuestos a descalificar la “Campaña de Alfabetización”, toda vez que en la misma medida en que se garantice el acceso simétrico de los ciudadanos a la comprensión y debate de esos problemas que atañen a nuestro periplo vital, se estaría garantizando la configuración de esa ansiada democracia donde no hay monopolios de verdades, sino en todo caso, perfeccionamiento de una esfera pública en la que los sujetos de carne y hueso (imperfectos por naturaleza) exponen sus utopías, inquietudes, incertidumbres, y también sus decepciones más íntimas.

Alfabetizar está bien, pero lo que sí resulta cuestionable, y que no tiene nada que ver con el sesgo político de la sociedad donde se viva, es la pretensión de convertir a la “Educación” (entendida como esa institución de la modernidad a través de la cual se transmiten determinados conocimientos y valores ya asentados) en la encargada de normar el contenido y forma del accionar artístico y su recepción. Asumiendo este punto de vista se estaría condenando al arte a la condición de mero manual de “buenas costumbres”, cuando lo que realmente distingue a los artistas es su capacidad para hacer de la herejía un modo de crecer espiritualmente como individuos, un modo de sentirnos más libres de los atavismos paralizantes. Lo otro no sería más que fascinación veleidosa por una alfabetización meramente formal, vicio que fuera denunciado por Pedro Salinas alguna vez en aquel memorable ensayo escrito en 1948, donde nos hablaba del “neoanalfabeto”, es decir, de ese analfabeto que de repente sabe leer, pero que “no emplea esa aptitud para ensanchar las potencias del alma, para impulsar al individuo hacia la plenitud de su ser espiritual” (7).

Algo de ese temor se puede encontrar en la ponencia presentada por el ICAIC, sobre todo en aquella parte donde se dice que,

“Los procesos especiales de enseñanza están por lo general limitados a comunicar una información o habilidad determinada. Raras veces estos procesos sobrepasan los marcos de su fin inmediato. Dentro de los marcos habituales de la enseñanza queda poco o ningún margen para establecer relaciones entre el tema inmediato de estudio y otros temas que, sin estar directamente asociados al fin perseguido, pueden aumentar la eficacia educativa del proceso, desarrollando sus motivaciones, despertando nuevos intereses, aportando al contenido del programa ámbitos en el que adquiere nuevos sentidos y despertando así la conciencia de su significación”. (8)

Aprecio en esos razonamientos una exhortación a convertir la escuela en lo que sería ideal que siempre fuera: un espacio para que el individuo reafirme su subjetividad, desarrolle el pensamiento crítico ante todo aquello que le atañe, y encuentre en sí mismo habilidades que le permitan lidiar con las circunstancias que en cada caso les ha tocado. Es decir, un llamado a hacer de la educación un verdadero aprendizaje y no una acción enajenante, donde la producción de conocimiento es prácticamente unidireccional y excluyente, debido a la “autoridad” de aquel que por el mero hecho de estar frente al aula, ya se cree dueño de la mejor idea.

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:

1) Alfredo Guevara. El cine cubano: reseñador y protagonista. En “Tiempos de fundación”, p 192.
2) Documentales científicos populares. Revista Cine Cubano Nros. 23-24-25, p 47.
3) Arturo Arango. Manuel Pérez o el ejercicio de la memoria. La Gaceta de Cuba. Nro. 5, Septiembre/ Octubre, 1997, 11.
4) Armando Hart Dávalos. Cambiar las reglas del juego (Entrevista de Luis Báez). Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1983, p 6.
5) Arturo Arango. Manuel Pérez o el ejercicio de la memoria. La Gaceta de Cuba. Nro. 5, Septiembre/ Octubre, 1997, 11.
6) Estrella Pantín, Julio García Espinosa, Jorge Fraga. Para una definición del documental didáctico. En “Textos y Manifiestos del Cine” (Eds: Joaquim Romaguera I Ramio, Homero Alsina Thevenet). Ediciones Cátedra S. A., 1998, p 176.
7) Pedro Salinas. Defensa implícita, de los viejos analfabetos. En “El Defensor”, Editorial Alianza; Madrid, 1967, p 276. Coincidentemente, ese mismo año en que se efectuaba aquel Congreso de Educación y Cultura, el pedagogo austríaco Iván Illich daba a conocer las que hasta ahora pudieran ser las críticas más demoledoras que ha recibido esa manera simplista de entenderse la educación, a través de su polémico libro “La sociedad desescolarizada”. Las tesis de Illich han sido vapuleadas lo mismo por la izquierda que por la derecha, pero no deja de resultar inquietante su idea de que la escuela, más que un lugar sagrado donde se nos enseña a buscar por cabeza propia las verdades, con todo lo que de paradójico implica ese fenómeno, se haya convertido en un centro autoritario donde se forman individuos a los que solo les interesa adquirir un estatus social. .
8) Estrella Pantín, Julio García Espinosa, Jorge Fraga. Para una definición del documental didáctico. Revista Cine Cubano Nro. 69-70, La Habana, 1971.

SOBRE UNA CARTA DE TITÓN

jagb 01/09/2009 @ 14:06

El 18 de marzo de 1964 Tomás Gutiérrez Alea escribe una carta al escritor español Juan Goytisolo que es reveladora no solo de su estado de ánimo más puntual, sino también de esa conjura de circunstancias que puso al ICAIC en la picota pública, tras el ataque sufrido por alguien tan conocido como Blas Roca.

En las líneas iniciales de la carta uno puede detectar el tono eufórico típico de aquellos que en un inicio se entregaron a la construcción de la Revolución. Goytisolo ha enviado un “saludo a los intelectuales cubanos”, y Titón le comenta que hablará con Lisandro Otero con el fin de buscar un espacio para publicarlo. Menciona a la revista “Bohemia”, o como alternativa a “La Gaceta”. A esto le sigue el agradecimiento por un libro de Isaac Bábel que el escritor español ha adjuntado, así como la intervención del ruso en el Congreso de Escritores de 1934.

Después están los comentarios del cineasta sobre la polémica originada por la política de programación del Instituto. “Sabrás que todo terminó con una serie de artículos de Blas echándonos con el rayo a todos”, dice Titón en alguna parte, y añade, “Que Alfredo fue instado para que no respondiera pues se ponían en peligro intereses políticos, etc”. Titón comenta su inconformidad con el procedimiento, y habla de una reunión sostenida con el presidente Dorticós en la cual “(s)e nos garantizó el derecho a ser escuchados y se habló de la posibilidad de utilizar los medios de difusión más amplios”.

En la segunda mitad de la carta sale a relucir “Cumbite”, filme en el cual Alea todavía se encontraba enfrascado con el proceso de doblaje, pero del que ya tenía una pésima opinión. “Cumbite es para mí un serio fracaso”, suscribe en la misiva, lo que deviene el pórtico a una reflexión sumamente personal, que intenta hacer un balance de lo que ha sido su vida como intelectual en esos años de Revolución. Vale la pena reproducir ese fragmento:

“Esto me ha llevado a una especie de impasse. No he firmado contrato para este año. No quiero filmar nada por ahora. Me dedicaré a asentar mis experiencias últimas que han tenido un ritmo demasiado precipitado, que han sido envolventes, que no me han permitido un mínimo de distanciamiento para considerar mis posiciones sin olvidar la realidad que vivo. Todo tiene mucho que ver, naturalmente, con la Revolución. He llegado a un punto en que siento que miro las cosas con los mismos ojos que tenía hace unos años, antes de la Revolución. Y ni las cosas ni yo somos los mismos. Antes luchábamos por un sueño. Ahora ese sueño se hizo realidad y en él estamos atrapados. No quiero que ese sueño se convierta en una pesadilla y pienso que está en mí evitarlo. Aparte de la lucha que mantenemos por mejorar la realidad que vivimos, está la necesidad de mirar las cosas con la óptica mejor. No puedo seguir mirando las cosas ni expresándome como hace diez años. Y eso es lo que he venido haciendo hasta ahora. Siento que tengo que empezar nuevamente desde cero. No sé si esto que me sucede será bueno o malo”.

Está claro que una posición como esta, en un contexto donde “el optimismo” es un arma de combate que no se le puede ceder al enemigo, lo anterior estaba condenado a interpretarse como su contrario: una actitud pesimista. Hoy sabemos que no hay peor falacia que esa retórica que insiste en anunciarse con el monopolio moral de una convivencia humana. Esto sirve lo mismo para el socialismo que para el capitalismo, pues en ambos sistemas el problema de las servidumbres colectivas sigue siendo algo todavía sin solucionar.

Para Titón la opción socialista tenía la ventaja de corregir ese egoísmo social que desde el prisma capitalista es algo natural: en teoría, el socialismo debería redistribuir las riquezas, aliviando las penurias de esas inmensas masas de desposeídos que, como es de suponer, no son las que escriben las noticias que vende el capitalista; sin embargo, Titón no estaba al margen de las paradojas que implica el proceso. Intuye que “justicia social” y “libertad del individuo” son términos tras los cuales se esconden relaciones más complejas, a la par que concretas.

¿Cómo lidiar con esa dicotomía en la cual, para decirlo como aquel filósofo, el hombre parece condenado a ser yunque o martillo? El propio Titón parece sugerirnos una respuesta en esa carta: “(E)stoy estudiando mucho, buscando, analizando, y siento que algún resultado positivo ha de tener todo”, nos dice, y esto quiere decir que es preciso que el individuo no abandone la capacidad de pensar por cabeza propia. Lo anterior sirve también para una época como la nuestra, en la cual la combatividad intelectual suele confundirse con el reclamo de aquello que un sistema social como el capitalista (a falta de alternativas) está consiguiendo naturalizar: la servidumbre del individuo al Mercado (diseñado por grupos de poderosos).

Tras el fracaso del socialismo autoritario, y el reinado cada vez más asfixiante de un capitalismo que no concede tregua en esa carrera del “sálvese quien pueda”, es posible que resurjan aquellas posiciones que acusan de pesimistas a quienes muestran inconformidad con esos dos extremos. Como el mercado parece la medida de las cosas, pues todo aquel que le oponga reparos parecerá un resentido, alguien que odia la vida. Sin embargo, aquí cabría recordar una observación de Nietzsche: “El amor a la vida sigue siendo posible aunque se la ame de “otro” modo… Es el amor a una mujer que nos inspira dudas”.

Juan Antonio García Borrero

LOS DÍAS Y EL AGUA

jagb 29/08/2009 @ 18:16

Ayer mostraron en la televisión cubana imágenes de Camagüey después de las fuertes lluvia del jueves. Eso bastó para que terminara montado en una suerte de tren de alta velocidad, y llegara en segundos justo al ocho de septiembre del año pasado, cuando pasé mi cumpleaños en medio de un huracán: con velas y todo.

Esta vez cayó bastante agua, pero nada que ver con los estragos de “Ike”. Sin embargo, lo peor que pasa en estos casos es el modo en que te invaden las imágenes pretéritas: sin tú pedirlo, empiezan las remembranzas, los miedos resucitados, la conciencia de que todo sigue igual, suficiente para que termines hundido en la geografía siempre húmeda de una pesadilla.

No se trata de lo que pasó, sino de lo que puede pasar cuando despiertes, y en medio de la noche descubras que se han (sobre) cumplidos los presagios de la lluvia.

Juan Antonio García Borrero

AGENDAS

jagb 17/08/2009 @ 22:44

En el filme de Daniel Díaz Torres “Hacerse el sueco” (2000), el personaje que interpreta Enrique Molina colecciona agendas. Confieso tener el mismo vicio. Soy incapaz de desprenderme de esos cuadernos donde duermen, aprisionados, los nombres y teléfonos de las personas que más he querido en algún momento.

No quiero parecer un sentimental. En realidad, son pocos los que sobreviven en la misma condición afectiva de antes. Algunos se han distanciados. Otros murmuran que he cambiado, y debe ser verdad. Aunque detrás de eso uno sabe que hay otras cosas. Lo curioso es que hablan como si los cambios únicamente fueran ajenos. Y una vez más viene a mi mente ese aforismo que tanto le gusta a Enrique Pineda Barnet: “¿por qué cuando me apuntas con un dedo hay tres que quedan mirando hacia ti?”.

Creo que el sentimentalismo es una de las peores lacras que afecta al hombre. Nos hace débiles. Nos impide mirar a la realidad tal como es ella. Nos hace esclavo de una visión donde solo caben los estereotipos. Donde los malos siempre son “los otros”. Donde la autocrítica es un absurdo. A los amigos hay que quererlos con sus virtudes y defectos, incluyendo entre estos últimos, el legítimo derecho que tienen a, un día, desertar de aquello que se llamaba amistad.

Medito sobre esto mientras leo por enésima vez el epistolario de Titón. Este libro tiene la virtud de animarme cuando llegan esos momentos en que, para decirlo en términos sartreanos, me convierto en ese hombre que se capta “en su soledad”. Me ayuda a entender un poco mejor la diferencia entre un grupo de personas que se siente fuerte solo porque están juntos, y ese otro grupo que es fuerte porque cada cual respeta y estimula la personalidad propia de sus miembros. En este último grupo la mediocridad difícilmente florece.

¿Cuánto demora uno en aprender esa lección? Tal vez toda una vida. O quizás no lo aprende nunca, por aquello de que siempre estamos expulsando al sentimentalismo por la puerta, y un segundo después, éste entra por la ventana.

Juan Antonio García Borrero

MARINA OCHOA SOBRE LAS MUJERES Y EL CINE CUBANO

jagb 17/08/2009 @ 13:01

Querido Juany:

Lo que preguntas de Rosina Prado ha desatado en mí la necesidad de abordar el tema de la mujer realizadora, donde te confieso que tengo más preguntas que respuestas.

El tema es mirado de soslayo por sospechas de feminismo. No soy feminista, pero tengo y estoy trabajando en perfeccionar mi conciencia de género. Hay también comentarios - en el nivel coloquial porque nadie se atreve a escribirlo- de que abordar el tema de la mujer realizadora es malentender el concepto diversidad, es reducirlo y asociarlo a significantes anatómicos: negro, mujer, indio y/o a filiaciones sexuales, religiosas, ideológicas, políticas etc., y que potenciar el concepto mujer podría ser portador de un patrón fragmentador que puede conducir a la devaluación de la identidad colectiva. O sea identidades contra identidad

¿Y entonces…qué nos proponen hacer estos ideólogos, a veces ideólogas -¡cuidado, los de café con leche en franca minoría!- para rescatar a la mujer realizadora de una sofisticada, escurridiza y rara vez aceptada, manifestación de la discriminación: la invisibilidad.?

No podemos olvidar que en primera instancia estamos hablando de una manifestación artística que lleva nombre de varón: el cine. También su sobrenombre es masculino: el séptimo arte. Pero además, hasta donde sé, solo tiene padres, pues no hubo ninguna mujer que le sirviera siquiera de partera.

Antes de 1959 solo una mujer logró colocar en la pantalla (creo que de televisión) el crédito de directora: Evelia Joffre. Pero ella solamente se ocupó de dirigir el montaje de un desastroso material filmado por un hombre cuyo nombre ha permanecido en un anonimato protector: “La rumba en televisión”.

La Joffre, script hasta ese momento, creyó estar en posesión de una gran oportunidad y cargó con los créditos y con los descréditos, pues el material resultó insalvable y constituye una de las peores películas del cine anterior al 1959. No conozco que haya podido volver a realizar posteriormente.

No es hasta 1959, cuando se crea el ICAIC, que el cine entreabre las puertas a la mujer, y remarco entreabre porque no podemos desestimar el fuerte componente sexista de nuestra idiosincrasia activo y actuante a pesar de la voluntad de igualdad del proyecto social de la Revolución Cubana.

Propongo para medir cómo este componente sexista se materializa en actitudes discriminatorias, muchas veces no conscientes o no asumidas, tratar de contestarnos las siguientes preguntas:

En 47 años de existencia del Nuevo Cine Cubano ¿cuántas mujeres han logrado dirigir ficción? ¿cuántas han dirigido documentales? ¿camarógrafas ? ¿ ingenieras de sonido o sonidistas? ¿productoras? ¿editoras? ¿asistentes de dirección? ¿directoras artísticas? ¿musicalizadoras?, ¿cuántos afiches para filmes han sido realizados por mujeres? Y sobre todo ¿cuántas mujeres están ubicadas en las instancias que toman las decisiones sobre los proyectos que se aprueban o son vetados o cuáles se exhiben y cuáles no, o donde se decide la política de promoción?

En el caso de algunas de las profesiones donde se desempeñen mujeres de manera significativa, por ejemplo productoras, ¿cuál es la proporción con respecto al total, asumiendo que el resto son hombres y teniendo en cuenta que somos la mitad de la población de la isla, y cuál la jerarquía?

El caso de la edición es muy interesante porque con el surgimiento de las nuevas tecnologías se ha ido masculinizando, mientras que la fotografía y el sonido se resiste a las mujeres a pesar de que la digitalización ha disminuido el peso de los equipos, argumento utilizado con anterioridad a la existencia de las escuela de cine en nuestro país pues, por ejemplo, la carrera de fotógrafo arrancaba de manera general, en la posición de asistente lo cual implicaba cargar los equipos por entonces enormes y muy pesados.

¿Cuántos conocen que Teresa Ordoqui realizó, en la década del 80 “Te llamarás Inocencia”, primer largometraje realizado totalmente por una mujer , ya que el filme “De cierta Manera”, de su antecesora Sara Gómez, insuficientemente explorada a pesar de ser según refiere el mito, la primera mujer cineasta del Nuevo Cine Cubano y Latinoamericano, fue terminado por Tomás Gutiérrez Alea a causa de su prematuro fallecimiento?( tengo dudas con el caso de Rosina Prado, tan absolutamente desconocida que ni siquiera sé si era cubana, pero cubana o no hizo su obra con el ICAIC). Creo que está ahí , ahí, picando.¿Y cuántos otros están informados de que en los años 80 del pasado siglo Ana Rodríguez, Mayra Segura y Mayra Vilasis realizaron tres de los cortos de ficción que conformaron el largometraje “Mujer Transparente”.?

¿Quiénes se han enterado de que “Laura”, el corto que Anita aporta a este filme aborda por primera vez en el cine de ficción ( tengo también mis dudas con “Lejanía” donde fui asistente de dirección), pero en todo caso considero que con más riqueza, el reencuentro con los que se fueron, con todas las dudas, temores, prejuicios y satanizaciones de esos tiempos, iniciando una mirada humana hacia el problema, al mostrar el sentimiento de los seres individuales interactuando con el conflicto político en el que están irremediablemente atrapados?¿Y cuántos saben que el abrazo de Laura y su amiga es anterior al de Diego y su significado tiene más riqueza que el de este último, sin que por ello descalifique la importancia del último?

Ninguna de las realizadoras mencionadas tuvo una segunda oportunidad a pesar de sus logros. Tres de ellas no las tendrán porque están fallecidas De las otras dos diré que una está totalmente retirada de la realización audiovisual y habla de su filme como de un sueño-realidad remoto, quizás vivido en otro plano temporal paralelo, quizás más justo, donde a este le hubieran sucedido otros más y la otra realizadora ha permanecido en el mundo del cine pero como productora.

Tal parecería que la muerte prematura de Sara Gómez hubiera desatado una suerte de maldición sobre las mujeres cineastas cubanas que intentan abordar el cine de ficción.

Esta maldición solo la ha logrado romper Rebeca Chávez, con su filme “Ciudad en Rojo”, a pesar de los intentos infructuosos de realizadoras de la talla de Mayra Vilasis, Belkis Vega, Marilyn Solaya entre otras valiosas realizadoras. En el caso de Belkis Vega es inconcebible que no haya encontrado un espacio en el ICAIC luego de haber realizado casi como clímax de su inestimable obra “La casa de Bernarda Alba”, donde brilla su dominio del lenguaje del cine de ficción, y cuya calidad y densidad conceptual destacan por sobre la obra de algún que otro realizador masculino que si tuvo su oportunidad con nosotros.

Sin embargo, considero que “Ciudad en Rojo” no recibió ni remotamente el despliegue publicitario de “Kangamba”.

Marisol Trujillo la directora de “Mujer ante el espejo”, uno de los documentales del cine cubano más premiados internacionalmente por sus calidades cinematográficas y que generaciones de cinéfilos desconocen (y otros que “han olvidado”), comenzó la prefilmación de su primer largometraje de ficción, hace ya tanto, tantísimo tiempo, y no pudo continuar porque sobre ella se tejieron leyendas, o comentarios, o campañas, (da igual), sobre actitudes caprichosas “de mujer” que dañaron su reputación como realizadora y conllevó la frustración de un hermoso y original proyecto dedicado a los niños y jóvenes. Porque, cuando un hombre grita se dice que tiene carácter, pero cuando lo hace una mujer, por muy justificado que sea se dice que es una histérica. Y con esto no quiero decir que haya sido el caso de Marisol, solo es un apunte en cuanto a los raseros diferentes

Aunque todas cruzamos los dedos y rogamos porque Rebeca rompiera el nefasto sortilegio yo por mi parte, estoy tratando de convertir en novelas la ficción que he escrito. Ya convertí una en teatro y voy por la transformación de otra también en teatro.

¿Me he dado por vencida? Por supuesto que no. Sigo tratando de hacer en el único espacio que he conquistado: el cine documental donde me encuentro a gusto artísticamente hablando, hasta más ver.

Pido disculpa por mi pasión pero mi mirada es desde dentro del problema y no está exenta de subjetividad.

Un abrazo de,

Marina Ochoa

PD: PUCHEUX A PROPOSITO DEL POST DE MARINA OCHOA

Leyendo el trabajo que viene haciendo Marina sobre la mujer y el cine en nuestro país me llegan a la mente una serie de sucesos de los cuales, tanto Pepín Rodríguez como yo en Trucaje, fuimos testigos presenciales. Me refiero al trabajo que debíamos acometer para una película nunca producida, o mejor, nunca permitida.

Lo cierto es que jamás supimos qué fue lo que sucedió con este filme. Sí puedo comentar que el mismo fue uno de los pocos (y sobre este aspecto ya he escrito algo) que sí tuvo una preproducción muy bien pensada. Recuerdo que pudimos trabajar con guión técnico y hasta con Story Board, cosa poco común en esa época.

Estuvimos trabajando en todos los procesos que llevaba la película, hicimos gran cantidad de pruebas para lograr efectos visuales de primera, pasamos meses en esto, lo cuidamos todo, tanto técnico como creativamente, pues iba a ser un filme dedicado a los niños y los jovencitos. Era una magnífica fantasía que se iniciaba en la Isla de Pinos, en el interior de una cueva y que tenía una buena cantidad de acciones fantásticas muy bien pensadas. Sí estaba claro que no iba a ser una superproducción ni nada que se le pareciera, iba a ser una muy sencilla y necesaria película (qué hay en el ICAIC pensado y realizado para los niños y jóvenes, además de los dibujos animados y algún que otro filme por ahí?)

Escribo sobre este filme, porque fue preparado por Marisol Trujillo, una destacada realizadora de documentales, que un buen día dejó de trabajar. Nunca más se habló del filme, nunca más se aclaró nada sobre todos los recursos empleados por nosotros durante tantos meses, y sobre todo, de tanto trabajo desarrollado de la única y verdadera manera de realizar un buen trabajo en un filme.

¿Qué pasó con Marisol y su frustrada película? Aún hoy no lo sabemos, porque por organización y desvelos nada se hubiera podido plantear. Para nosotros, esta fue una historia triste, y hoy, leyendo el trabajo de Marina y todo lo referido a lo sucedido a Marisol, más dudas caen sobre este episodio.

Jorge Pucheux.

UN COMENTARIO A PROPOSITO DEL POST DE ABELARDO MENA

jagb 15/08/2009 @ 17:24

Formidable ese comentario de Abelardo Mena. Provocador. Pienso que por allí anda el desafío de los jóvenes investigadores del mañana, esos que dentro de par de décadas podrán tener un libre acceso a ese río de imágenes creado no solo por el ICAIC, sino por todos los cubanos que han filmado alguna vez…, si ese patrimonio no ha desaparecido para siempre.

Lo que Abelardo propone lo están haciendo en España muy bien. En Camaguey, hace unos ocho años, pretendimos impulsar un centro de estudio parecido al que gestiona María Luisa Ortega en Madrid, o Ana López en Tulane, por mencionar apenas dos de los que conozco. En un inicio iba a llamarse “Oficina del Taller Nacional de la Crítica Cinematográfica”, pero después le cambiamos el nombre por “Cátedra de Pensamiento Audiovisual Tomás Gutiérrez Alea”, debido a que eso de “Oficina” destilaba un perfume a burocracia intelectual realmente rechinante. La cosa no ha funcionado como esperábamos por razones que tampoco me interesan traer al blog, pero menciono lo de la Cátedra porque nos puede dar idea de las oportunidades que perdemos para “modernizar”, con recursos propios, el modo de pensar el audiovisual cubano.

Por otro lado, no dudo que existan “tesis universitarias” con puntos de vista novedosos, pero, ¿de qué vale si no se discuten públicamente? Creo que uno de los grandes problemas que tenemos es que, en sentido general, nos conformamos con actuar a nivel de laboratorio. Dos o tres entendidos investigan, discuten un día una opinión sorprendente que les permite insertarse en la sociedad como graduados de algo, pero una vez dentro del sistema, se acomodan al pensamiento hegemónico, a lo que la rutina ha transformado en intocable. Y seguimos mirando las cosas del mismo modo: no hay una influencia real en los demás.

Einstein alguna vez anotó lo siguiente: “Nunca puede resolverse un problema en el mismo nivel de conocimiento en el que ha sido creado”. Ya le sugerí a mi querido Mario Piedra que el blog pudiera funcionar como una suerte de banco de esas tesis de los jóvenes relacionadas con el cine cubano. Los jóvenes, por necesidad, tienen que tener otro punto de vista. Y tener en cuenta esa diversidad no nos debilitaría: todo lo contrario, haría más saludable el cuerpo intelectual. Ganaría el ICAIC, cuya obra, al margen de lo que puedan pensar apologistas o detractores, ya existe, pero también ganaría el resto del audiovisual. ¿Acaso no es igual de importante pensar en preservar “El super”?

Creo que hay que sacudirse la pereza en que a veces nos vemos involucrados por razones ajenas, e ir proponiendo por nuestra cuenta alternativas, y sobre todo, soluciones prácticas acordes al presente tecnológico que estamos viviendo. Ese cine cubano que se ha hecho se lo merece.

Juan Antonio García Borrero

LAS PELICULAS “BISAGRAS”

jagb 13/08/2009 @ 11:50

Llamo “películas bisagras” a aquellas cintas que abren y cierran puertas imaginarias en el devenir del cine nacional. Desde luego, esta denominación opera más con lo “simbólico” que con lo racional, o con lo verídico. Para ejemplificar: una de esas películas podría ser “La Virgen de la Caridad”, de la cual se ha dicho que cierra el período silente del cine cubano. Pero eso no es estrictamente cierto, pues después de la filmación de “Maracas y bongó” (película que abre el período sonoro pre-revolucionario), por razones económicas se siguieron haciendo cintas mudas.

Aún así, con estas cintas uno intuye que hay “un antes” y “un después”. Probablemente esa sensación no esté originada por la película misma, sino por el modo en que creemos ver reflejada la textura de la época en ellas. Acostumbrados como estamos a representarnos la vida como un relato con principio, medio y fin, no podemos evitar pensar en la existencia también en términos de drama fílmico, donde los puntos de giro devienen imprescindibles para entender ese movimiento del cual formamos parte. Aunque nos parezca que nada cambia; que todo sigue igual.

“Las películas bisagras” no necesariamente devienen un éxito de público. Yo diría que más bien suelen ser incomprendidas en el instante en que ven la luz. ¿Cuántas anécdotas no conocemos de ese momento en que surge el cine sonoro, y el público se horroriza de descubrir “la voz” de sus héroes y heroínas? A veces resultan hasta inadvertidas por la crítica del momento, toda vez que incumplen con ciertas normas previstas para el momento en que se estrenan.

La importancia de estas películas está en que, pasados los años, iluminan con una nitidez tremenda algunas de las pulsiones colectivas que movilizaban el accionar, o justificaban la inercia de la gente en cada momento.

Juan Antonio García Borrero