SOBRE LO CURSI Y LO DIVINO
Una amiga camagüeyana que suele asomarse con frecuencia a esta cueva, me ha enviado un mensaje que autoriza a publicar. Si omito el nombre y su lugar de residencia, es porque al final las ideas que ella propone para la reflexión atañen más a nuestra condición cultural (no estoy seguro que este sea el término correcto), que a una existencia puntual. Da lo mismo que se viva en Camagüey, Miami, México, Londres, o Madrid: se trata de una visión ante la vida que merece discutirse una y otra vez, pues aunque trágica (muy trágica), la vida no es una telenovela. El mensaje dice así:
“Hace unos días (quizás hace unos años) vengo pensando en una palabra que, desde que estudiaba en la universidad, ha estado rondando mi curiosidad. Me refiero a la palabra CURSI y a todo lo que encierra, desde el orden social e intelectual.
¿Qué es lo cursi? ¿Quién lo define y sobre la base de qué?, etc, etc, etc. Buscando en Google, encontré que hay una ciudad en Italia que se llama Cursi; también encontré algunas definiciones etimológicas de la palabra que se remontan al árabe, para luego latinizarse. Y encontré un artículo de los años 60 acerca de "lo cursi en la literatura", el cual arrojó luz sobre una idea que ya pensaba cierta, y es que lo cursi va más allá de la configuración artística que se le de a un texto, canción, film, etc, sino que se encuentra imbricado en herencias culturales o sociales y que facilitan una aceptación de ciertos “productos artísticos” por parte de la gente.
En literatura, por ejemplo, se piensa en “la novela rosa” como el epítome de lo cursi. Pero mi curiosidad me lleva a cuestionarme hasta qué punto la cultura cubana del siglo XX (segunda mitad) y todos los partos artísticos desde entonces se han separado de “la gente y su sed cultural” en aras de “elevar el gusto” por el arte y la cultura. ¿Acaso nuestra cultura no tiene un rico componente de lo cursi que puede ser tan válido como el más elevado de los productos intelectuales o artísticos? ¿No habremos intentado matar una savia simple y genuina (pienso en la del campesino, la ama de casa, el hombre que frecuenta los bares) con tal de que todos puedan pensar la vida al estilo del "Lobo Estepario"?
Tu referencia al libro me hizo pensar en esta obra que me remueve la conciencia y que no me es muy bueno leer en momentos en que me cuestiono la dirección del siglo XXI, y me pregunto: ¿acaso el personaje de Hesse no se cuestiona el siglo XX en función de un pasado cultural que añora en comparación de una realidad que él considera (y esta es mi interpretación) como liviana o hasta cursi?
Si yo, parte del siglo XX, pensara como él, pues pensaría en el jazz o el blues como ejemplos de cursilería musical. Me pregunto y te pregunto, ¿cómo se piensa lo cursi en el cine cubano? ¿Es válido? ¿Hasta qué punto calma la sed de la gente, de la gran masa, o solo de los intelectuales? A veces pienso que por querer matar lo cursi, hemos dejado de regalar rosas, o armar serenatas, o sentarnos con una botella de vino a la luz de la luna llena y cantar junto a los lobos, o con los perros, en caso de no tener lobos.
Un saludos afectuoso…”
El mensaje, al menos para mí, es toda una provocación intelectual. Su interrogante (“¿cómo se piensa lo cursi en el cine cubano?”) es una invitación a repasar ya no la filmografía insular, sino en el por qué de esas prevenciones que el cubano más o menos ilustrado le antepone al uso de las emociones (al menos, en público). Cuando Guillén escribe aquello de “A veces tengo ganas de ser cursi, para decir: “La amo a usted con locura”, ¿no está asegurando primero que diría eso solo de modo excepcional?, ¿no hay en el fondo un temor a ser malinterpretado?
Si lo cursi se asocia a lo “melodramático”, entonces el cine cubano revolucionario nació con la clara idea de abolir la cursilería fílmica (lo “imperfecto” pasó a ser virtud: era nuestra forma de hacerle la guerrilla al gran “Arte”). Solo que lo cursi, como bien sugiere mi amiga, no es algo que se practique por decreto, sino que tiene que ver con la cultura que uno hereda. Y la cultura moderna (ya no la cubana, sino la del siglo XX) parece atravesada por el afán de lo efímero. Pretender ir contra eso a veces nos dejó filmes que lograron combinar con soltura lo peor de Tarkovski con lo mejor de Juan Orol.
De hecho, no solo el jazz y el blues fue objeto de las diatribas de “El lobo estepario”. También el cine recibió sus reflexiones críticas, y eso formaba parte de una actitud intelectual que miraba con desconfianza la consolidación de un arte que “descendía” a las masas. Siempre que pienso en esto último me viene a la mente aquel artículo demoledor de Thomas Mann, donde aseguraba que “el cine tiene poco que ver con el arte, por lo que no lo abordaría con criterios derivados del terreno artístico como hacen ciertos espíritus humanistas y conservadores para después, apenados y desdeñosos, apartar sus ojos del ofensivo espectáculo, tachándolo de diversión para el vulgo, excesivamente democrática y de poca clase. En cuanto a mí, lo desprecio, pero me gusta también. No es arte, es vida, es actualidad”.
Lo que convierte al cine (aún en esta etapa en que ya no es líder del ocio colectivo), en algo más parecido al circo que al arte para las “grandes minorías”, es su evidente ausencia de aristocracia espiritual. Y, en mi modesta opinión, cursi es todo aquello donde falta ese tipo de aristocracia. El primer Hollywood impuso un modelo de representación de la realidad donde hay un manejo genial de lo sensiblero. Después, todo casi todo se ha vuelto copia, pero quienes lo combaten no han ofrecido un modelo alternativo que escape de manera convincente de esa cursilería extrema que implica moralizar desde el otro bando.
¿Se puede asociar lo cursi a lo mediocre? No estoy seguro. No tengo un concepto transparente de lo cursi. La verdad es que tampoco me inquieta mucho. Soy demasiado común (o eso creo) como para no saber que algunos de mis gustos jamás serían aprobados por “el lobo estepario”. Todo el mundo es mediocre en alguna zona de la vida. Y hay cierto “arte” que a mí no me conmueve en lo más mínimo. En cambio, algunos filmes de Hollywood (como “El Padrino”, de Coppola), me apasionan casi hasta el fanatismo.
Creo que el pregón militar lanzado contra Hollywood en su momento, perjudicó la idea que hasta hace poco teníamos de lo que tiene que ser el “cine nacional”. Sin percatarnos, nos metimos en vena la convicción de que nuestro cine estaba obligado a ser “profundo”. “Cursi” se transformó en una palabra obscena, cuando en verdad nada hay más cursi que insistir en público de que no lo somos. Esa mentalidad está cambiando. Uno lo nota cuando ve las películas de Juan Carlos Cremata, Arturo Sotto, o Pavel Giroud, por mencionar algunos de los que no le asusta asomarse a los géneros, es decir, a esa zona del cine que en muchas ocasiones ha sido tildada de “cursi”, casi frívola.
Ya en lo personal, admito que nada tengo contra Corín Tellado y sucedáneos. Ella existe sin enterarse de mi existencia, y no es la culpable de mis males, carencias, y suerte. Nos ignoramos mutuamente. Sobrevivo a su influencia. Por otro lado, me encantaría que el cine cubano tuviese su propia “Imitación de la vida”, ese melodrama genial de Douglas Sirk que inspiró en más de una ocasión a Fassbinder. Con ambos cineastas aprendimos que el término “cursi” es engañoso, pues hay una zona del arte donde el asco es poético, y otra zona donde la presunta poesía es un asco.
Si el hombre es por naturaleza un animal lleno de miedos y fantasmas, lo cursi no es otra cosa que el intento de sublimar esas debilidades. No con las herramientas de un arte que, al decir de “El lobo estepario” nos haría consciente de nuestra triste y paradójica condición, sino con la búsqueda de un culpable único (esto es importante en todo melodrama: siempre un solo culpable).
¿Qué tiene que ver lo anterior con esa rosa que algunos temen regalar en público por temor a que lo tilden de cursi? Nada y mucho. Para los apocalípticos, apenas un síntoma de un ocaso terrible: el ocaso de la espontaneidad. Para los optimistas, la buena nueva de que tiempos mejores vendrán, porque peores no quedan. Y en medio de todo, la convicción de Chagall: “El arte es el incesante esfuerzo por competir con la belleza de las flores… y nunca se tiene éxito”.
Juan Antonio García Borrero.

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