Alguna vez Litchtenberg nos regaló este hermoso aforismo: “En muchas obras de un hombre famoso preferiría leer lo que él ha tachado, a lo que ha dejado”. El libro de ensayos “Dialéctica del espectador” pudiera funcionar como una variante de esa suerte de marginalia a la que Litchtenberg aludía. Son notas escritas por Tomás Gutiérrez Alea en los márgenes de sus películas. Ideas que nos van revelando las interioridades de un proceso creativo que, sin dejar a un lado la búsqueda de la emoción (“Fresa y chocolate” es una buena prueba de ello), casi siempre quiso priorizar el encuentro con un espectador reflexivo.
Antes de releer este libro a la luz de las nuevas circunstancias históricas, me preguntaba qué vigencia podría tener hoy ese conjunto de reflexiones redactadas en un período de la humanidad, en el que el cine todavía ocupaba lugares estelares en el mapa del ocio. Aquel era un período en el que se pensaba en la “Historia” de una manera unidireccional, y donde, para decirlo como Titón, “(m)uchos intelectuales proclamaban solemnemente su decisión de suicidarse como clase. Muy pocos lo hicieron verdaderamente, pero en ese momento cualquiera hubiera podido creerles porque todo lo que estaba sucediendo era insólito y hermoso. Demasiado hermoso”(1)
Admito que inicié la relectura del libro sin poder reprimir mis aprensiones, toda vez que buena parte de aquel cine militante de antaño hoy ha envejecido para siempre. O ha desaparecido en medio de una circunstancia colectiva que ninguno de los iracundos jóvenes de entonces pensaron que alguna vez pudiera experimentarse. Para empezar, la “Historia”, tal como se anunciaba desde Moscú (Meca de ese marxismo que al final supimos era más decorado que pensamiento útil), resultó ser una pésima tragicomedia.
El llamado “socialismo real” peor epílogo no pudo experimentar. Un fin verdaderamente patético, donde la burocracia ideológica que terminó secuestrando el sentido inicial de la revolución propuesta por Marx, ni siquiera fue liquidada por sus adversarios externos de siempre, sino por sus propias inconsecuencias.
Si una dolorosa lección ha debido aprenderse en los últimos tiempos es esa que nos enseña que el capitalismo, no obstante su inviabilidad como sistema social, tiene una ventaja innegable sobre el socialismo que hasta ahora conocemos, en tanto se esfuerza en estimular “desde dentro” un pensamiento crítico. Cierto que tales invectivas las integra luego a sus propias estrategias de poder y explotación, pero gracias a ello, en los tiempos actuales podemos contar con las consideraciones de un Chomsky o un Vattimo, por mencionar apenas dos de sus críticos más agudos.
“Dialéctica del espectador” es un esfuerzo por naturalizar ese tipo de pensamiento dentro de un sistema socialista. Para Titón, se trata de un desafío realmente descomunal, “(s)obre todo si no queremos contentarnos con las fórmulas ya tradicionales que tienden a simplificar y esquematizar la realidad en aras de una pretendida exaltación de los valores revolucionarios. Sobre todo si no nos contentamos con la inútil retórica y pretendemos que el cine constituya un elemento activo y movilizador, que estimule la participación en el proceso revolucionario. No basta entonces un cine moralizante sobre la base de prédicas y exhortaciones. Es necesario un cine que eleve y estimule el sentido crítico” (2)
“Dialéctica del espectador” es, junto a “Por un cine imperfecto”, de Julio García-Espinosa, uno de los pocos momentos en que cineastas del patio han hecho todo lo posible por “impulsar el desarrollo teórico de su práctica artística”. Ambos documentos son los que mejor exponen la naturaleza de la revolución audiovisual perseguida por los cineastas que fundaron el ICAIC.
Nunca más los cineastas han podido articular teóricamente esos objetivos perseguidos en la práctica. Se siguió haciendo cine, desde luego, y también se han logrado buenas películas. Pero por el camino quedaron sin responderse la mayoría de las interrogantes que animaban a aquellos cineastas de entonces, y que podría resumirse en una pregunta tan sencilla como esta: ¿de qué forma el cine puede contribuir a trasformar un poco, (no al mundo, que sería una desmesura verdaderamente escandalosa), al espectador que lo mira?, ¿cómo lograr que ese espectador se sienta cómplice de ese cambio interior que le proponen?
“Dialéctica del espectador” se ha salvado de la indiferencia por las mismas razones que “Memorias del subdesarrollo” sigue trascendiendo: en ese libro las preguntas importan más que las respuestas. Titón no escribió sus provocaciones pensando en ese lector acostumbrado a escuchar las opiniones del crítico sin otro ánimo que aquel que preside la mera información, sino que quiso ir más allá, y así lo advertía desde el principio: “No centraremos nuestra atención en los aspectos puramente estéticos, sino que colocaremos todo el énfasis en tratar de descubrir, en la relación que se establece reiteradamente entre el espectáculo y el espectador, las leyes que rigen esa relación y las posibilidades que ofrecen esas leyes para desarrollar un espectáculo socialmente productivo” (3)
Tengo la impresión que lo mejor que puede pasar con un libro es que sea capaz de provocar en el lector las más encontradas ideas. Aquellos libros que se leen, y a uno le queda la sensación de que estamos de acuerdo con todo lo que su autor dice, en realidad son libros nacidos para el confinamiento. Un libro seguirá participando en la vida pública en la misma medida que irrite, que desconcierte, que nos haga repensar aquello que para nosotros ya era inmutable, que nos invite a, después de un tiempo, volver a sus páginas para oponerle al autor una nueva objeción. Tal vez un ajuste de cuentas con una idea que apenas tuvimos tiempo de dejar en claro. Si eso fuera cierto, “Dialéctica del espectador” será un libro que seguirá dando que hablar.
Ante todo porque varios de los problemas a los que Titón se aproximaría todavía están muy lejos de haber sido resueltos. Es cierto que actualmente vivimos “la era del audiovisual”, por lo que es posible que las disquisiciones que vierte en el ensayo “Cine “popular” y cine popular” merezcan una actualización radical. Pero en sentido general, el problema de la recepción no solo sigue en pie, sino que se ha hecho más complejo con la proliferación de nuevos soportes de emisión. ¿No es acaso un asunto cuyo estudio merece profundizarse hasta la saciedad ese proceso comunicativo que se establece desde el momento en que se crea el producto y se percibe por el espectador, ocurra ese proceso en un cine, en la sala de su casa, o en la pantalla de su ordenador?
Cierto que la propuesta de Titón en cuanto a dividir al espectador en “contemplativo” y “activo” no deja de ser cuando menos polémica. A estas alturas sabemos que hasta el más adormecido de los espectadores, en realidad es protagonista de una dinámica interior que pone el disfrute de aquello que ve en función de sus propias experiencias y horizonte de expectativas. Pero esa certidumbre no invalida la inquietud fundamental de Gutiérrez Alea, y buena parte de los “compañeros de viaje” de aquel cine de los sesenta: hoy más que nunca necesitamos un audiovisual que regrese al espectador a su realidad, con el fin de transformarla.
De lo contrario, nos encaminaremos a un punto donde lo real por fin obtendrá la connotación de un parque jurásico, en tanto lo virtual terminará por impregnar cada uno de los espacios en que nos movemos y comunicamos. Incluyendo nuestros espacios más íntimos. Llegado ese momento, todo nuestro dinamismo se asociará a la habilidad de pensar en la vida (nuestra vida) como si de un video-juego se tratara. Se habrá perdido para siempre la autenticidad, incluso hasta en los momentos en que nos miramos en el espejo.
Uno de los instantes más sugerentes del libro lo encontramos en el ensayo “Espectáculo y realidad. Lo extraordinario y lo cotidiano”, y donde aprecio no pocos ecos de aquellas polémicas que Titón protagonizara en el primer lustro de los sesenta, cuando los cineastas del ICAIC (y los que estaban fuera de la institución, como los que hicieron “PM”) se debatían en encontrar un lenguaje que estuviese a la altura del momento histórico que vivían.
Para entonces, cada uno de estos cineastas propugnaba un modo novedoso de aproximación a la realidad, ya fuera partiendo del Neorrealismo Italiano, del Cinema Verité, del Cine Directo, o del Free Cinema, y de esas discusiones salió fortalecida una cinematografía que, apenas sin tradición, hizo de su escuela documental un referente internacional todavía de gran importancia.
Esto fue posible porque el debate sistemático en la esfera pública, llevó a los cineastas a plantearse un modelo de representación que soslayaba lo epidérmico, y apostaba por la complejidad. Esas discusiones incluyeron varios desencuentros con representantes de la vanguardia política de entonces, quienes en sus sectores más dogmáticos se empeñaban en reclamar un cine pedagógico, asociado a ese “realismo socialista” que el ICAIC jamás quiso hacer suyo. No en balde Titón llegaría a conclusiones como esta: “El realismo del cine no está en su presunta capacidad para captar la realidad “tal como ella es” (que no es sino “tal como ella aparenta ser”), sino en su capacidad para revelar, a través de asociaciones y relaciones de diversos aspectos aislados de la realidad –es decir, a través de la creación de una “nueva realidad”- capas más profundas y esenciales de la realidad misma” (4)
En lo personal, dentro de este grupo de ensayos prefiero el que diserta sobre “Memorias del subdesarrollo”. Se trata de un documento primordial para entender, ya no la película (que es algo intencionalmente “abierto”), sino la época en que se genera la misma. Una época donde comenzaba a ponerse en evidencia la fragmentación ideológica que permanecía enmascarada debajo de ese gran constructo nombrado “izquierda”.
En el texto Titón evoca lo sucedido en el IV Festival Cinematográfico de Pesaro (1968), cuando su filme fue exhibido en la noche inaugural junto a un documental de Joris Ivens. Ese año fue fundamental para las definiciones de aquellos jóvenes que habían apostado por hacer realidad la utopía emancipatoria en sus respectivos países. La Revolución cubana seguía siendo un referente importante, pero tras la muerte del Che en Bolivia, y el respaldo a la invasión soviética a Checoslovaquia, las opiniones comenzaban a dividirse entre sus simpatizantes. Según Titón, en el propio festival de Pesaro “(…) se había desatado una carrera entre distintos grupos para ver quién se situaba más a la izquierda de los otros”.
“Dialéctica del espectador” fue concebido diez años después de aquel momento crucial. Por eso es que en sus páginas es posible encontrar, a partes iguales, un tono donde se adivina la adhesión al proceso revolucionario, y otro que, como el del Sergio de “Memorias del subdesarrollo”, no duda en fiscalizar críticamente lo logrado.
Esto último es lo que mejor puede conectarlo a los más jóvenes, quienes tendrán la posibilidad de recuperar a través de estos ensayos, un espacio de debate lamentablemente perdido. Con su libro, Titón dejaría intencionalmente abiertas las puertas, con la siguiente cita de Bretch en el pórtico: “el espectador no debe identificarse con los personajes, sino discutirlos”.
El magisterio (tal vez involuntario) de Gutiérrez Alea, descansa en esa permanente invitación a discutir también su obra, no a convertirla en un fetiche sagrado. Y quien toca este libro, en verdad está tocando el alma de sus películas, y quién sabe si también de la época que le correspondió vivir.
Gutiérrez Alea fue uno de esos raros ejemplos dentro del cine cubano que pasó por encima de esas estériles manías de marcar fronteras entre la creación y el pensamiento. Para Gutiérrez Alea, toda creación, si se quiere perdurable, implica el ejercicio permanente del pensamiento. Sobre este asunto, “Dialéctica del espectador” terminó siendo su argumento más irrebatible.
Juan Antonio García Borrero
Notas:
1) Tomás Gutiérrez Alea. Apéndice: Memorias de Memorias… Ediciones Unión, 1982, La Habana, p 59.
2) Ibidem, p 65.
3)Ibidem, p 9.
4) Ibídem, p 24.
Este artículo es el prólogo a una nueva edición del libro que hará la EICTV de San Antonio de los Baños.