SOBRE UNA CARTA DE TITÓN
El 18 de marzo de 1964 Tomás Gutiérrez Alea escribe una carta al escritor español Juan Goytisolo que es reveladora no solo de su estado de ánimo más puntual, sino también de esa conjura de circunstancias que puso al ICAIC en la picota pública, tras el ataque sufrido por alguien tan conocido como Blas Roca.
En las líneas iniciales de la carta uno puede detectar el tono eufórico típico de aquellos que en un inicio se entregaron a la construcción de la Revolución. Goytisolo ha enviado un “saludo a los intelectuales cubanos”, y Titón le comenta que hablará con Lisandro Otero con el fin de buscar un espacio para publicarlo. Menciona a la revista “Bohemia”, o como alternativa a “La Gaceta”. A esto le sigue el agradecimiento por un libro de Isaac Bábel que el escritor español ha adjuntado, así como la intervención del ruso en el Congreso de Escritores de 1934.
Después están los comentarios del cineasta sobre la polémica originada por la política de programación del Instituto. “Sabrás que todo terminó con una serie de artículos de Blas echándonos con el rayo a todos”, dice Titón en alguna parte, y añade, “Que Alfredo fue instado para que no respondiera pues se ponían en peligro intereses políticos, etc”. Titón comenta su inconformidad con el procedimiento, y habla de una reunión sostenida con el presidente Dorticós en la cual “(s)e nos garantizó el derecho a ser escuchados y se habló de la posibilidad de utilizar los medios de difusión más amplios”.
En la segunda mitad de la carta sale a relucir “Cumbite”, filme en el cual Alea todavía se encontraba enfrascado con el proceso de doblaje, pero del que ya tenía una pésima opinión. “Cumbite es para mí un serio fracaso”, suscribe en la misiva, lo que deviene el pórtico a una reflexión sumamente personal, que intenta hacer un balance de lo que ha sido su vida como intelectual en esos años de Revolución. Vale la pena reproducir ese fragmento:
“Esto me ha llevado a una especie de impasse. No he firmado contrato para este año. No quiero filmar nada por ahora. Me dedicaré a asentar mis experiencias últimas que han tenido un ritmo demasiado precipitado, que han sido envolventes, que no me han permitido un mínimo de distanciamiento para considerar mis posiciones sin olvidar la realidad que vivo. Todo tiene mucho que ver, naturalmente, con la Revolución. He llegado a un punto en que siento que miro las cosas con los mismos ojos que tenía hace unos años, antes de la Revolución. Y ni las cosas ni yo somos los mismos. Antes luchábamos por un sueño. Ahora ese sueño se hizo realidad y en él estamos atrapados. No quiero que ese sueño se convierta en una pesadilla y pienso que está en mí evitarlo. Aparte de la lucha que mantenemos por mejorar la realidad que vivimos, está la necesidad de mirar las cosas con la óptica mejor. No puedo seguir mirando las cosas ni expresándome como hace diez años. Y eso es lo que he venido haciendo hasta ahora. Siento que tengo que empezar nuevamente desde cero. No sé si esto que me sucede será bueno o malo”.
Está claro que una posición como esta, en un contexto donde “el optimismo” es un arma de combate que no se le puede ceder al enemigo, lo anterior estaba condenado a interpretarse como su contrario: una actitud pesimista. Hoy sabemos que no hay peor falacia que esa retórica que insiste en anunciarse con el monopolio moral de una convivencia humana. Esto sirve lo mismo para el socialismo que para el capitalismo, pues en ambos sistemas el problema de las servidumbres colectivas sigue siendo algo todavía sin solucionar.
Para Titón la opción socialista tenía la ventaja de corregir ese egoísmo social que desde el prisma capitalista es algo natural: en teoría, el socialismo debería redistribuir las riquezas, aliviando las penurias de esas inmensas masas de desposeídos que, como es de suponer, no son las que escriben las noticias que vende el capitalista; sin embargo, Titón no estaba al margen de las paradojas que implica el proceso. Intuye que “justicia social” y “libertad del individuo” son términos tras los cuales se esconden relaciones más complejas, a la par que concretas.
¿Cómo lidiar con esa dicotomía en la cual, para decirlo como aquel filósofo, el hombre parece condenado a ser yunque o martillo? El propio Titón parece sugerirnos una respuesta en esa carta: “(E)stoy estudiando mucho, buscando, analizando, y siento que algún resultado positivo ha de tener todo”, nos dice, y esto quiere decir que es preciso que el individuo no abandone la capacidad de pensar por cabeza propia. Lo anterior sirve también para una época como la nuestra, en la cual la combatividad intelectual suele confundirse con el reclamo de aquello que un sistema social como el capitalista (a falta de alternativas) está consiguiendo naturalizar: la servidumbre del individuo al Mercado (diseñado por grupos de poderosos).
Tras el fracaso del socialismo autoritario, y el reinado cada vez más asfixiante de un capitalismo que no concede tregua en esa carrera del “sálvese quien pueda”, es posible que resurjan aquellas posiciones que acusan de pesimistas a quienes muestran inconformidad con esos dos extremos. Como el mercado parece la medida de las cosas, pues todo aquel que le oponga reparos parecerá un resentido, alguien que odia la vida. Sin embargo, aquí cabría recordar una observación de Nietzsche: “El amor a la vida sigue siendo posible aunque se la ame de “otro” modo… Es el amor a una mujer que nos inspira dudas”.
Juan Antonio García Borrero

Meneame
del.icio.us

