REPLICA A CALANDRACAS PARA LOS CRÍTICOS
"La acción y la crítica son fáciles;
el pensamiento no".
Gilbert K. Chesterton
Conozco a varios críticos de cine que andan alborotados con cierto artículo del narrador y guionista Eduardo del Llano. Más por solidaridad que por vocación propia, he intentado sumarme a la piel de sus malestares, pero tal gesto ha concluido en fracaso. Será porque en el fondo admiro mucho más la irreverencia intelectual que los pálidos escritos cargados solo de alabanzas, o porque soy de los que disfrutó muchísimo con "Los enanos de Bergman", que comencé a leer el texto con una rara mezcla de placer masoquista y excitación intelectual. Ahora ya tengo mis propias impresiones, mas como no me gustaría que se crea es representativa de la opinión general, intentaré fundamentarlas a título bien personal.
Puedo asegurar que mientras a mis colegas el texto los ha irritado, a mí en cambio terminó por decepcionarme. Se trata de otro conato de polémica que se queda en eso: en conato que reitera el choteo criollo, sin proponerse un verdadero enfrentamiento intelectual. Y es una lástima, pues mucho que estamos necesitando los debates de rigor, las polémicas que se adentren en las esencias y pongan al desnudo las limitaciones más profundas que, tanto la creación como la crítica, ostentan en el país hoy en día. ¿Será que no tendremos nunca más entre los cineastas, provocadores de la talla de Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea o Humberto Solás?, ¿será que ya para siempre quedaron en el olvido las polémicas de alta densidad intelectual, convirtiéndonos a todos en rehenes del cotilleo de solar?. Es en estos casos que más extraño la presencia entre nosotros de un Varela que nos enseñe a pensar el cine. No a saber de cine, sino a pensarlo con rigor, que es igual a discutirlo sin arrogancias.
Me desconcierta que un autor que en Alicia en el pueblo de Maravillas o La vida es silbar había sido capaz de desdibujar con inteligencia los estereotipos con los que por lo común ha estado operando el grueso de nuestro cine, muestre a su vez ese enfoque pobremente binario, donde la vida parece dividida en buenos-buenos (cineastas) y villanos-villanos (críticos). Ya esta manera de representarnos el mundo apenas forma parte del imaginario hollywoodense, tan persistente a la hora de simplificar y hacer legible este caos terrible que nos sacude a diario; por lo demás, hemos terminado sabiendo que todo-todo-todo en esta existencia tiene su valor de uso, incluso hasta ese preservativo usado con que Eduardo del Llano metaforiza a la crítica, en tanto sirve para recordarnos con vehemencia a la última mujer que amamos.
Tampoco me parece convincente como estrategia legitimadora el largo recuento que hace de los abundantes premios alcanzados por Hacerse el sueco sobre todo en el extranjero (ya se sabe que en casa del herrero, cuchillo de shopping). En lo particular no creo en la dictadura de los críticos, pero mucho menos en la dictadura de los premios. Recuerdo que cuando elaboraba la primera versión de la Guía crítica del cine cubano de ficción me sorprendió la casi infinita cantidad de galardones recibidos por el cine cubano revolucionario en el extranjero, incluso por películas hoy olvidadas del todo; tardé algo en descubrir que este siglo que acabamos de dejar atrás muy bien pudiera nombrarse "El siglo de los premios". Sobre todo en los últimos tiempos el mundo parece más preocupado por los premios que por las películas: la Academia de Estados Unidos conceden sus famosos Oscares, pero también los cineclubistas de Tahití, los reclusos de Huelva, las abuelas de la Plaza de Mayo, la prensa extranjera acreditada en Remangalatuerca o la Asociación de Débiles Visuales de Pekín. Como he tenido la suerte (o desgracia) de actuar como Jurado en algunos eventos nacionales o internacionales, sé que la cosa funciona más o menos igual lo mismo en Cannes que en el encuentro municipal de cine-clubes de Guáimaro. Francamente, a estas alturas ya se sabe que la mayoría de las veces, los premios son más útiles para hablar mal de quienes los entregan que de las propias películas que los reciben.
De cualquier modo, ya dije que lo que verdaderamente me deja insatisfecho del trabajo es su nulo interés a la hora de promover un debate de resonancias más perdurables que la emotividad de pasillo. Yo creo que la crítica nacional ciertamente necesita sus violentas sacudidas, pero sugerir y casi proclamar lo innecesario de su existencia, sospecho que obedece más a un arranque de ira que a un ejercicio cuidadoso del intelecto. El hombre, en realidad, es un animal crítico. No hablo de ese sujeto social que ha heredado ciertas prácticas institucionales, y que en virtud de ello, ejerce sobre "la masa" una sospechosa autoridad o influencia, dictando cánones muchas veces veleidosos. Me estoy refiriendo a ese instinto básico que hay en todo persona (culta o no culta, vieja o joven, negra o blanca) a evaluar críticamente aquello que tiene al frente; mirándola a fondo, o con un microscopio, como le gusta a Eduardo, puede observarse que la humanidad está compuesta por dos tipos de seres: los críticos y los criticones. Los primeros piensan; los segundos opinan. Los que piensan (la minoría), aunque fracasen, pretenden ir más allá de la simple asociación de ideas; los que opinan (la mayoría) se dejan guiar por su humor, y como en la vida es verdad que predomina el obstáculo y la incomprensión, andan generalmente amargados, y casi muertos bajo el agobio de su propio resentimiento. En el caso de esta isla, donde el peso específico del ego insular todavía no sé como permite que aún flote, los críticos de cine suelen dividirse en dos grandes grupos: los que escriben o salen en televisión y los que hablan mal de las películas de sus colegas a la salida de la sala. Lo cual quiere decir que, al final, todo el mundo se siente en el derecho de ejercer su rol "crítico".
Al principio a mí también me interesaba practicar la prosa ingeniosa y hasta hiriente. Después me aburrí de esa pose, e intenté encontrar más que antagonistas heridos, interlocutores inquietos, lo cual en un contexto donde lo que sobresale no es precisamente la cultura de la polémica, ya ha dado sus resultados dispares. No sé si lo he logrado del todo, pero cuando he querido aproximarme al cine cubano, he intentado dejar a un lado todo ese tipo de encono personal. Si yo odiara el cine cubano o algo así, hace mucho rato que me estuviera dedicando a otra cosa. De modo tal que me he propuesto como meta sobrevolar esas ficciones más bien vulgares con las que algunos se empeñan en autocongelarse, llamándose a sí mismo "creadores" o "críticos", pues no me interesa que me etiqueten en uno u otro bando; debe ser también por ello que ya he recibido saludables vapuleos de ambas partes. Cuando escribí "Para una relectura crítica de la década prodigiosa" aparecieron los primeros detractores escandalizados por mi supuesta irreverencia ante una década en apariencia intocable; más tarde vio la luz "Las aporías del gris" y corrieron la voz de que yo estaba hablando de "quinquenio negro" en el ICAIC; con "La democracia del placer" me tildaron de populista, en tanto "La utopía confiscada" desató un verdadero vendaval de desencuentros y réplicas. Por su parte, algunos colegas se sintieron aludidos en "Por una crítica imperfecta" y "La dictadura de los críticos", y creo que no entendieron mucho "La edad de la herejía", un ensayo que propone el uso del "término medio aristotélico" como método para ejercer el pensamiento.
Lo cierto es que como me atrae provocar mucho más con las preguntas que con las respuestas, suelo sentirme muy cómodo con las reflexiones de Julio García Espinosa, Humberto Solás o Fernando Pérez. Y lo digo sin que me quede absolutamente nada por dentro: de mis edificantes, aunque a menudo ácidas controversias con Orlando Rojas, Jorge Luis Sánchez, Arturo Sotto, Pastor Vega, Daniel Díaz Torres, Manolo Pérez, Gerardo Chijona, Manuel Herrera o Jorge Molina, por citar apenas algunos, al final siento que ha quedado para mí un saldo más bien positivo. Y es que no veo la polémica como un duelo donde dos antagonistas se hieran hasta anularse, sino como una fiesta del pensamiento donde par de contrarios encuentran un punto de vista superior. He aprendido que las discrepancias intelectuales no necesariamente deben terminar transformándose en diferencias personales. Y como sugiere Nietzsche cuando habla de los aeronautas del espíritu, intento colocarme más allá del Bien y del Mal.
Esto último también quiere decir que ni yo mismo me reconozco como un "crítico de cine" al uso. A mí el cine, en realidad, me seduce ante todo como síntoma cultural, y es por ello que dejo a los que gustan de memorizar el nombre de tal o más cual plano el mencionado crédito. Lo mío es más ingrato y menos elevado: intento imaginar los nexos invisibles de esa película con la vida toda. Es mentira que una película responda por entero a la voluntad individual de un realizador, un guionista o un editor; una película es la suma caótica e imprevisible de voluntades que a veces ni siquiera se perciben u originan fuera del set (uno de nuestros mejores ejemplos tal vez lo sea Alicia en el pueblo de Maravillas), circunstancia esta que los creadores, desde luego, pocas veces captarán durante el proceso de creación. Por eso guardo mis reservas ante quienes se impongan saber tanto del cine que hacen o ven, que terminan por no tener tiempo de mirar la vida, pues entonces llegan esas poses alucinatorias de "grandes artistas" o "grandes críticos", en franco desconocimiento de la complejidad de la existencia. Y la vida y la gente que la habita siempre serán más atractivas y deslumbrantes que la más deslumbrante de las películas: la prueba está en que ahora mismo, y con apenas cien años de existencia, el cine parece la más senil de las expresiones artísticas, dada su actual incompetencia para plantear con premura nuevos modelos de representación que capten el devenir incesante de esta realidad que nos rebasa.
Dice Mayra Pastrana, una de las investigadoras cubanas que más respeto, que debo tener algo de budista, pues me ha visto saludar con absoluta naturalidad a algunos de mis más feroces detractores. Le he dicho que en esos casos ya me he apresurado a colocar el antídoto en el alma: no se trata de fingir una cortesía, sino en todo caso admitir que el hombre, incluso en las grandes ciudades, se mueve entre fieras. Encantar serpientes o domar leones quizás apenas sea un entrenamiento ligero, comparado con la verdadera hazaña que se ha de experimentar todos los días para sobrevivir ilesos entre humanos. También me ayuda ser de Camaguey, o como siempre digo, de Bembeta 723, esa suerte de cueva de Zaratustra de la que a ratos salgo para enterarme en qué andan los hombres, ponerme al día y regresar más rápido de lo que fui; además, como me he impuesto no esperar más del Poder que de mí mismo, puedo darme el lujo de prescindir de ciertas concesiones y sacrificios. Entre otros, no escribir aquello que no sienta. O escribir sobre lo que me inquieta, aún cuando las preguntas que haga incomoden a quienes ya se sentían seguros de sus verdades. Siento que mi compromiso ni siquiera es con el cine nacional, sino con toda la cultura cubana, que incluye al cine.
Más que budista, pues, creo poseer una visión trágica de la vida. Trágica, pero no apocalíptica. Sé que el mundo prospera sobre la base de las ganancias del hombre, pero igual sé que toda ganancia implica siempre una pérdida. Y dicha pérdida, si no se asume como parte natural del progreso, termina por colmar al espíritu de resentimientos estériles. En todas las épocas, sus grandes hombres han sabido hacer del pensamiento crítico (que no la simple opinión adversa) la única manera de no morir ahogados por la mediocridad de turno. Aún son grandes porque supieron insultar las insuficiencias del tiempo que les tocó vivir, o fustigar las limitaciones de sus contemporáneos, y aunque incomprendidos y castigados por estos (Sócrates o Cristo, por ejemplo) sus diatribas terminaron convirtiéndose en conquistas éticas para las generaciones venideras. Tal vez sin esos nombres, por paradójico que parezca, Corín Tellado hace mucho rato hubiera sido otra víctima "razonable" de la intolerancia humana. Propongámonos, pues, el insulto de corte universal, jamás el efímero, ese que solo termina por reducir a quien lo porta. Si es con esa intención más noble, más perdurable, soy el primero en dar el paso. El insulto riguroso jamás será un insulto, sino una invitación a la polémica constructiva.
Juan Antonio García Borrero

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