¡ABAJO LA CRITICA! ¡VIVA EL PENSAMIENTO! (1)
No es de los críticos de cine que me interesaría hablar bien o mal, sino de “la crítica”, sin nombres propios. Un nombre propio no es más que un agregado de sonidos efímeros que se desvanecen al instante en la boca de aquel que lo pronuncia. Lo que atañe es “la crítica”, esa voluntad de dialogar con los otros, aún cuando esos “otros” pertenezcan a épocas remotas, o aún cuando ese “otro” sea uno mismo, lo que más viejo o más cansado. Mirando con escrupulosidad el asunto, más que hablar de la crítica de cine en Cuba me interesa meditar sobre el vínculo de esta con esos “otros” sin los cuales ella no puede existir: por los “otros” entiendo a los espectadores, un “algo” que en nuestro contexto prosigue deviniendo un grave misterio.
Pudiera alegarse que toda crítica siempre se escribe o se hace pensando en el espectador. No es así: hoy los críticos cubanos parecen más obsesionados en lo que sus colegas piensan de sus discursos, que en establecer un debate efectivo con los espectadores, y hay en ello más una actitud exhibicionista que una operación reflexiva. La evidencia mayor de esa distancia con el público está en que, a estas alturas, apenas contamos con estudios serios sobre la recepción cinematográfica en el país, por lo que si se quisiera buscar algún tipo de cavilación sobre los espectadores, con seguridad tendríamos que remitirnos una vez más a las meditaciones de Tomás Gutiérrez Alea y Julio García Espinosa, dos realizadores que han intentado cubrir el vacío teórico que la crítica no ha podido rellenar en este campo.
Es francamente intrigante percibir cómo se insiste en posponer especulaciones en torno al receptor fílmico. ¿Recuerdan aquel famoso aforismo de Lichtenberg: “Es casi imposible llevar la antorcha de la verdad por entre un gentío sin chamuscar a alguien la barba”?. Pues pareciera que en Cuba un crítico de cine es lo más parecido a ese elegido que cree haber encontrado esa antorcha, solo que ya sabemos que la sugerida tea de la verdad colectiva no existe, y sí esos grupos de poder (cultural, religioso, político, etc) que dicen poseerla, y que en nombre de ese equívoco milenario, ejercen lo que otras veces he llamado “la dictadura de los críticos”.
Como toda dictadura, esta no se apoya tanto en las condiciones excepcionales del “experto” de turno, como en la combinación de un sinnúmero de circunstancias ajenas al receptor que impiden que este tome conciencia de su lugar dentro del fenómeno, y la posibilidad de transformar el orden de las cosas. Desde luego que la llamada cultura de la subordinación es algo más complejo que la entrega pasiva a esos dictados, pero es evidente que casi siempre desemboca en la auto-enajenación del espectador, un espectador que no es único o monolítico, como demuestra la multiplicidad de bienes consumidos, pero que al final responde según los instintos más elementales que nos movilizan a todos los hombres. Uno de esos instintos es el de la conservación, que traducido al contexto, sería algo así como el miedo a ser anulado culturalmente por la autoridad pública.
La autoridad de los críticos de cine, entendida como esa influencia invisible que les permite canonizar cierto segmento de la producción cultural, sin tomar en cuenta los criterios de los espectadores, parece vincularse a ese gesto fundacional que implicó el nacimiento del ICAIC, institución que siempre habrá que ver no sólo en términos de la producción cinematográfica, sino de épica cultural. Dentro de esa gran trama que implicó la llegada de una manera ilustrada de ver cine, el espectador cubano debe haber experimentado indudables cambios, y creo que para bien, como lo sigue demostrando el respaldo de público al festival de La Habana.
Sin embargo, todo esto es pura intuición, pues ¿dónde están ahora mismo nuestros estudios sobre la audiencia nacional y su consumo?, ¿tiene idea el crítico cubano de por qué una película como “Suite Habana” (2003), de Fernando Pérez, recibió tan cálida respuesta de un sector del público no precisamente especializado, no obstante el modo de representación que esta asume, tan ajena al modo de representación más común?, ¿a cuál de los espectadores posibles le está hablando ahora mismo la crítica cubana?; y ese discurso crítico, ¿se está preocupando por ser entendido y con ello discutido, o apenas está disfrutando del privilegio de enunciación que a su vez le ha concedido el discurso oficial de la nación?.
Las ideas que siguen intentan llamar la atención sobre la necesidad de reorientar la mirada crítica, a mi juicio ahora mismo más deslumbrada con lo que ella ha logrado edificar, que con la existencia de un diálogo puntual con sus oyentes. Este desempeño formalista cuando más hace alusión a los fenómenos colectivos que indican la asistencia de los espectadores a las salas en determinados momentos, pero rara vez se digna a observar las reacciones del espectador como individuo, y a partir de esa observación establecer un intercambio cognitivo que permita el crecimiento mutuo.
Juan Antonio García Borrero

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