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¡ABAJO LA CRITICA! ¡VIVA EL PENSAMIENTO! (2)

jagb @ 19:04

No son pocos lo que piensan que la crítica se inventó para que un reducido grupo de sujetos ilustrados se leyeran entre sí sus agudas reflexiones. El espectador no cuenta. Puede ser, solo que entre nosotros hubo un tiempo en que se superó ese brutal menosprecio al público. Después que Guillermo Cabrera Infante iniciara una tradición donde el ejercicio de la crítica fílmica era un verdadero acontecimiento literario, emergió un conjunto de críticos, digamos “carismáticos”, (muy a tono con el momento histórico que comenzó a vivirse después de 1959), que si bien no provenían de academia alguna, sí respondieron con vehemencia a un período que se adivinaba mesiánico.

Cierto que ya estaban José Manuel Valdés Rodríguez y Mirtha Aguirre, entre otros, pero las voces más relevantes a ese debate colectivo las aportó el grupo de cineastas y cinéfilos agrupados alrededor del ICAIC. Parecía que salvar al espectador de un enemigo poderoso (para el caso un cine colonizador) era otra acción importante, y las masas se entregaron embelesadas a lo que pudiéramos nombrar la alfabetización audiovisual. Gracias a ella, los cubanos aprendieron que el cine es algo que no solo se habla en inglés. El espectador de entonces se sentía parte de una épica, de una batalla tan importante como las que a diario se anunciaban en el país.

Como lo primordial consistía en el debate frontal, casi nadie se propuso seguir estilísticamente a Cabrera Infante. La calidad literaria de la crítica mermó, pero se logró algo maravilloso: el pensamiento en función de la creación. No en balde un cineasta como Tomás Gutiérrez Alea, terminó escribiendo un texto con un título emblemático: “Dialéctica del espectador”. Los críticos de entonces dejaron a un lado las preocupaciones intelectuales que por esa fecha prevalecían en las universidades europeas y norteamericanas (no olvidar que el estudio del cine recién comenzaba a formar parte de los planes académicos, con similar importancia a la de los literarios), para dedicarse por entero al proceso de crear a la par que se pensaba. Así que no le faltó razón a Lino Micciché al escribir que,

"(…) Los jóvenes críticos y “cinéfilos” cubanos que a mediados de los años cincuenta se agrupaban en la sociedad Nuestro Tiempo consideraron su deber lanzarse, en los años sesenta, a la actividad operativa…, y a ellos se debe el nacimiento del cine cubano actual; en cambio, los jóvenes críticos y cinéfilos italianos que a mediados de los años cincuenta operaban en los Centros Universitarios Cinematográficos creyeron su deber, en los años sesenta, volcarse sobre una actividad – crítica y teórica – destinada a poner en evidencia los lineamientos del “nuevo cine” que se enfrentaba al “viejo cine” de papá”.

No es mito: todavía nos llegan los ecos memorables de aquellas porfías donde Alfredo Guevara se opuso públicamente a Blas Roca, y defendió la posibilidad de que el espectador se enfrentara por sí mismo a la diversidad, ese término tan sospechoso a la izquierda más radical. Y Enrique Colina se ganó su bien merecida fama de comunicador insuperable, al hacer del apasionamiento un estilo: desde casa, la gente discutía cada semana con él. Y Julio García Espinosa demostraba con “Aventuras de Juan Quinquin” (1967) que es posible dialogar con los géneros y sus consumidores. Era una época en que convivían en un mismo plano diversas actitudes intelectuales, sin importar si eras creador o crítico. Con los setenta y esa tendencia general a la grisura intelectual, la crítica cubana fue reemplazando el antiguo carisma con la autoridad, por lo que se hizo cada vez más rutinaria, más institucionalizada.

Si en el campo cultural el término “quinquenio gris” acuñado por Ambrosio Fornet es discutible en cuanto al período que abarca, en el terreno de la crítica cinematográfica es francamente inoperante. El cine cubano de los setenta, no obstante el contexto, siguió mostrando una vocación provocadora que aprovechaba lo “histórico” para evaluar el presente, y logró filmes significativos, pero las discusiones en torno a ese cine apenas sí se hicieron escuchar. El marasmo de la crítica rebasó ampliamente el mencionado quinquenio, pues todo parecía reducido a la descripción impresionista de lo que un estreno provocaba, o cuando más, a la toma de partido, a favor o en contra, de aquello que los espectadores podían pensar de “Retrato de Teresa” (1979), de Pastor Vega, por citar un ejemplo donde lo polémico se entendía como recámara de los ecos de la opinión pública. En cambio, películas como “Un día de noviembre” (1973) pasaron por alto, si bien esto fue preferible a los superficiales embates que más tarde recibieran “Cecilia” (1981), también de Solás o “Alicia en el pueblo de Maravillas” (1990), de Daniel Díaz Torres. Desde entonces fue tan negativo el efecto de la crítica rutinaria, que hoy ya no parece quedar nada de aquel fervor inicial por la discusión, aún cuando sin dudas exista un mayor número de “expertos”.

¿En qué momento comenzó a perderse la fiebre de discutir los filmes tomando en cuenta al espectador? Quizás una vez que los críticos repararan en que al espectador no le gusta que le reformulen lo que ya cree que domina, pues este tiene un principio intocable: la fe ciega en las autoridades y lo que estas pregonan. De esa fe empecinada depende su propia seguridad. Un crítico consciente debería estudiar las maneras de reponer en su lugar la autoestima del espectador, contribuir a que este tome conciencia de que no habrá nada más relevante en esta vida que el pensamiento propio. Sin embargo, en sentido general ha prevalecido la práctica de considerar al espectador un bárbaro, un incorregible al que no le interesa tomarse en serio la cultura, y mucho menos discutirla. Gracias a esa “bajeza” ajena del linaje intelectual, el crítico ha podido brillar sin dificultad alguna en el paisaje. Su autoridad, legitimada por un falso prestigio mediático (no todo el mundo aparece todos los días en televisión) parece por siempre a salvo.

Algunos argumentarán que sobre todo a partir de los noventa, la crítica de cine en Cuba se impuso un punto de giro, e invocarán el saldo de los Talleres iniciados en 1993 en Camaguey. Es cierto, si bien no hay que olvidar los ochenta tardíos, y aquellos trabajos críticos de Eduardo López Morales, José Antonio Évora, Wilfredo Cancio Isla, Rolando Pérez Betancourt, o Alejandro Ríos, entre otros. Ellos notificaron la necesidad de reemplazar una mirada agotada por la reiteración cansina de un esquema interpretativo que no sabía indagar más allá del reclamo sociológico, para apostar por otro tipo de análisis.

El ensayo que Évora publicó en la revista “Proposiciones” con el título de “Evidencias del cine cubano” puede ser un ejemplo de esa nueva crítica que ya pugnaba por aparecer en nuestro contexto, y que a principios de los noventa, para decirlo como Cancio Isla, parecía condenada al reino de la oralidad. También está la inteligente entrevista de Antonio Mazón Robau a Orlando Rojas, a propósito del estreno de “Papeles secundarios”, una entrevista que con el tiempo se ha convertido en punto de referencia que permite entender buena parte de los cambios profundos que se operaban en el pensamiento fílmico de la época.

Hubiese sido interesante indagar qué pensaban lo espectadores cubanos de este cine que estaba conformándose. Pero la nueva crítica priorizó el examen de otros problemas, y se hizo más teórica, más de “evento académico”. Ensayistas como Rufo Caballero, Frank Padrón Nodarse, Joel del Río, Dean Luis Reyes, Luciano Castillo o Jorge Yglesias, por nombrar solo algunos, contribuyeron a renovar el horizonte. Lo que no se explica muy bien es que, a pesar de ese “crecimiento” cualitativo, en la actualidad las referencias más buscadas en torno al cine cubano sigan descansando en las contribuciones de Alfredo Guevara, Julio García Espinosa, Tomás Gutiérrez Alea, Ambrosio Fornet, para no mencionar a Michael Chanan, Paulo Antonio Paranagua o Jorge Ruffinelli, investigadores extranjeros que han sabido ver muchas veces lo que nosotros no.

Es como si en la isla no se hubiese escrito sobre cine cubano nada académicamente provocador desde los años sesenta. Insisto: ahora mismo hay críticos de cine en Cuba, y también fuera de esta, como pueden indicarnos cierta cifra de libros publicados. Lo que es más cuestionable es la existencia de una crítica entendida como voluntad de discutir el cine cubano y sus derredores, o lo que es lo mismo, capaz de interactuar con sus espectadores. Abundan los críticos, pero no los argumentos, y mucho menos las especulaciones enriquecedoras.

Juan Antonio García Borrero

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