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ESTHER MARÍA HERNÁNDEZ SOBRE EL AUDIOVISUAL JOVEN EN CUBA

jagb @ 08:28

Juani, Gustavo:

Estoy desvelada, y escribo a las cuatro de la mañana. Sospecho que, además del catarro que tengo, la inquietud vino de leer, antes de irme a dormir, el intercambio que últimamente han tenido ustedes sobre el panorama del “audiovisual joven”. A medida que leía, miles de memorias me sacudían y terminaron por despertarme en medio de la madrugada, entre un estornudo y otro.

Ustedes dos, tan cercanos, y los rostros de aquellos a quienes mencionan –mis alumnos, mis amigos, Léster, Leandro, Gustavo Pérez, Humberto, Esteban, Cremata, Molina, Pavel– y de los que han quedado fuera de esa lista –Arturo, Eduardo, José Víctor, Patricia, tantos, tantos– han desfilado ante mí en secuencias que le quitan el sueño a cualquiera y que han terminado por traerme a la computadora.

Qué maravilla es el correo electrónico, que les permite a ustedes comunicarse con esa inmediatez y a mí seguir desde aquí la estela de sus reflexiones. A mí, que escribo hoy desde Los Angeles, y que pienso en mis años de tanta cercanía a esos conflictos desde la distancia peculiar de estos últimos seis, vividos a la vista de las colinas de Hollywood.

Son varias las ideas que me han quitado, literalmente, el sueño. Hace años, cuando me debatía por ayudar y entender a aquellos muchachos que hoy ustedes mencionan, y de nuevo esta madrugada, en que la memoria y el retiro me hacen dar vueltas a algunas de las cuestiones que éste y otros intercambios electrónicos han puesto en circulación.

La primera es la que tiene que ver con las Muestras –de cine, de video, de audiovisual, de realizadores–jóvenes. No soy buena para las cronologías, pero debe haber sido alrededor de 1987 u 88 que se realizó la primera en la sala de cine de Bellas Artes, de la cual conservo con perfecta nitidez el recuerdo de la sacudida que representó para los asistentes el sentirse por primera vez mirados por jóvenes. En su
gran mayoría, para colmo, se trataba de jóvenes forasteros que, desde San Antonio de los Baños y libres de plataformas creativas o ideológicas –o más bien, desde plataformas múltiples– y ajenos a los antecedentes de muchas de las circunstancias que descubrían en su contacto con la vida en la isla, nos procuraban imágenes inéditas de nuestra realidad.

Dos nociones esenciales derivaron de aquellos días:

1. Empeñados en insistir en la patente de exclusividad de la cubanía para comprender a cabalidad su sociedad, los jóvenes creadores cubanos se inquietaron al descubrir cuántas aristas del paisaje nacional transcurrían para ellos inadvertidamente a causa de la percepción que les imponía la convivencia cotidiana.

2. A la sombra de las alas grandes de un señor muy viejo, en una finca de la periferia habanera, protegidos por pasaportes multicolores en los bolsillos y por la inefable condición de lo “no gubernamental” que el Gabo había impuesto como condición a la hora de aflojar la plata para el proyecto, estos muchachos podían expresar libremente
mucho de lo que para los nacionales estaba vedado.

Francamente, creo que esa muestra, y la claridad con que estas nociones se proyectaron en la mente y los afanes de los pocos que por entonces se dedicaban al audiovisual, se constituyeron en referents ineludibles para la incipiente producción joven. Por una parte, se hizo consciente la necesidad de buscar, indagar y observar, tomando al mismo tiempo cierta distancia del fenómeno a fin de considerarlo en plan más reflexivo y menos melodramático: la inmediatez de la barricada dando paso a la reflexión del distanciamiento. Por otra, se hicieron más coherentes y sistemáticos los desafíos a la censura, la normatividad, las carencias tecnológicas y las ideas repetidas.

Y por otra, no menos importante, se puso de manifiesto la importancia de la escuela, no tanto como institución cuanto como práctica sistematizada, como lugar de encuentro y confluencias, espacio favorecedor de la concentración y el estudio de una disciplina, puerta de acceso al contacto con los maestros, e incluso como eventual casa productora.

Creo que, de hecho, una consecuencia indirecta del estado de cosas generado por aquella Muestra fue la creación –¿en el 89, en el 90?- de la Facultad de Arte de los Medios Audiovisuales del ISA, la escuela para los cubanos, el San–Antonio–de–los–baños–de–Miramar, la casa de piedra de Quinta y Veinte. Todavía recuerdo la multitud que desbordó los pasillos del Instituto durante los varios días que duraron las primeras pruebas de ingreso –era necesario ser “trabajador de los medios”, la facultad fue abierta solamente bajo la modalidad de “curso por encuentros” y en la descripción de sus objetivos ocupaba un lugar primordial la posibilidad de otorgar nivel superior a
quienes, ejerciendo ya como profesionales, deseaban o necesitaban superarse.

Pensado con precipitación, el proyecto tropezaba, desde el inicio, con notorias contradicciones: tanto el proceso de selección –basado esencialmente en requerimientos de cultura y pensamiento cinematográficos–, como el perfil buscado por los potenciales estudiantes –desde el operador de video al productor de radio, pasando por la locutora que por entonces anunciaba el próximo programa en los segmentos de un minuto de la TV, la gran mayoría estaba allí porque quería aprender a hacer cine– indicaban erróneamente una línea que la organización curricular más tarde traicionaría.

En primer lugar, la casona de Miramar tenía a un señor muy viejo a quien, para comenzar, la sola mención de unas alas, enormes o diminutas, le habría provocado un
ataque. Este señor, una de cuyas preocupaciones esenciales era “el porte y aspecto” con que los estudiantes se presentaran a clases (“Fulano tiene un arete, que se lo quite o aquí no entra”; “¿Qué se ha creído Mengano, que puede venir a la escuela con la melena esa? ¡Yo aquí no voy a permitir pajarerías de ningún tipo!”), no tenía –ni lo consideraba necesario– la más remota intuición de cómo estructurar un entorno artístico pedagógico creativo; no percibía –ni tampoco lo consideraba necesario– la urgencia de sistematizar un cuerpo teórico–práctico de disciplinas dirigido a la diversidad del estudiantado y su futura inserción profesional; no poseía –¿cómo podía ser entonces necesario?– la más mínima cultura cinematográfica (quizás este último adjetivo sobre); ni profesaba –la necesidad ni siquiera le pasaba por la cabeza– el más elemental respeto por los estudiantes...para no hablar de los profesores.

Aquella casa era su feudo, quienes la poblaban sus súbditos y lo que había dentro de ella –desde el precario set de edición hasta los borradores– sus propiedades. “La finca de Chucho”, le llamaban.

En segundo lugar, y a pesar de lo que antes comenté con respecto a la tácita concepción de la Facultad como un sitio para aprender a hacer cine o video, con todo lo que ello implica de organización curricular, disponibilidad tecnológica y claustro adecuado, el plan de estudios, ya de por sí lastrado por una frecuencia quincenal de clases que atentaba contra la continuidad del proceso, sufría de desbalances, ausencias e incoherencias lamentables.

Juani habla de la necesidad de ver cine, discutir y pensar el cine, y estamos hablando de un plan de estudios que solo contaba con dos encuentros mensuales, de dos días cada uno, en el que todas las disciplinas generales debían ser cubiertas y el tiempo que quedaba apenas alcanzaba para las clases de especialización. Para no decir que estamos hablando de una Facultad sin sala de proyección, equipos adecuados o, siquiera, una videoteca.

Si a ello sumamos que esta generación no tuvo ya regularmente ciclos especializados en la Cinemateca; ni semanas de cine soviético, polaco, húngaro, alemán o checoslovaco; que en muchos casos padece un desconocimiento que tiene que ver mucho más con la falta de oportunidad que con desidia o petulancia, podremos ir encontrando respuestas a esa que Juani llama “cultura cinematográfica pre–Meliés”.

En tercer lugar, la Facultad –al menos durante los casi ocho años en que formé parte de su claustro, ojalá que el panorama haya cambiado– existía no solo ignorando al ICAIC –que, a su vez, también la ignoraba– en tanto institución, industria y cantera natural de docentes. Los contactos con gente tan sospechosa y problemática –no olvidar el escándalo de “Alicia” o la defensa depravada de la homosexualidad en “Fresa y Chocolate”– tampoco eran necesarios para el dueño de la finca. Ahí no se le había perdido nada.

Contadísimos profesionales del ICAIC –en estos momentos sólo puedo recordar a Lina Baniela y Pablo Fernández– impartieron allí clases o talleres alguna vez. Los cursos de Colina pronto no fueron más que nostálgicas memorias para mis estudiantes veteranos. Aquel era el reino paralelo del ICRT, el sitio donde todos querían hacer cine, estudiaban cómo hacer radio y televisión, y terminaban realizando video.

Lo cual me conduce a que, en cuarto lugar –last but not least–, las condiciones de producción de proyectos estudiantiles eran un mal chiste. Al finalizar el tercer y el quinto año de estudios, el alumno debía defender con una obra, respectivamente, su aptitud para una determinada especialidad y su derecho a graduarse. En cinco años, dos obras. Y para cada una, un máximo de cinco días de filmación –en los años dorados, en los grises eran tres días– y unas pocas sesiones de edición y postproducción robadas al azar y al caos.

La cámara debía “dormir” cada noche en la Facultad: si terminabas de filmar a las doce de la noche, a esa hora tenías que buscar la manera de que “el técnico de Chucho” llegase a Quinta y Veinte con la cámara sano y salvo, sin olvidar que al día siguiente habría que recogerla de nuevo, y así hasta el último día. ¿Luces para interiores? Tu problema ¿Transporte, comida? Ídem. ¿Pago a los actores? Ni se te ocurra usar actores profesionales: habla con tus amigos, usa a tu familia, métete a actor, resuelve.

No obstante, la circunstancia mínima de agrupar a jóvenes con intereses comunes, la suerte de contar, aunque fuese intermitentemente, con profesores entusiastas y de talento, y el hecho de que los estudiantes tuvieran alguna experiencia professional previa, fueron todas circunstancias que corroboraron aquella noción de la importancia de la escuela. De sus promociones –y claro, no pocas veces como resultado del ejercicio de paciencia, creatividad y astucia que eran los mencionados trabajos de curso y proyectos de tesis– salieron muchas de las obras y creadores que ustedes, Gustavo y Juani, mencionan en sus apuntes.

Incluso, los grupos de los primeros años pudieron realizar trabajos de clase que profetizaban las ventajas del intercambio docente creativo, como “Variaciones sobre un referente antiguo”, aquel corto con el que José Víctor Herrera se examinó para su clase de semiótica, y cuyos niveles de síntesis, elaboración paródica y recepción cómplice han sido alcanzados por muy pocos materiales posteriores. Por cierto, ¿dónde estará José Víctor?

Ya ven, si conseguí hasta aquí –espero– cierto nivel de coherencia, el insomnio y el jarabe para la tos ya empiezan a desviarme por los meandros de las preguntas incómodas. O de las geografías posibles (Aarón en España, como Humberto, ¿no? Y como Luis Orlando Deulofeu, que hizo para la Fílmica de las FAR aquel corto sobre huertos y vegetales con planos y colores de Almodóvar...Y Carlos Zequeira en Nueva York, como Frank Rodríguez y Coyula y Ramoncito Estevanell, Marcos Antonio Abad trabaja para Televisa, y también Alexei Oms. Marcel el loco está en París. En Miami está el otro Marcel, y Yovana y Gil y...jajaja, en Miami está también la pareja (a)dorada de Chucho, graduados y más tarde profesores de Quinta y Veinte: Anabel Leal, diputada a la Asamblea Nacional y su no menos ilustre esposo, Rini Cruz...) Lo siento, hasta aquí llego hoy.

Quería continuar mi análisis, llegar a la relación que toda esta perorata pueda tener con el modo en que Juani se hace preguntas y convoca el azar de las cronologías o la pertinencia de las generaciones, o la manera en que Gustavo describe a muchos de quienes fueron mis estudiantes y su inserción en el panorama del audiovisual, joven y menos joven. Quería por lo menos dejar claro que, aunque disparatado y tortuoso (algo de lo que culpo a Jesús Cabrera, claro está, pero también a quienes lo pusieron allí y, sobre todo, a quienes lo mantuvieron a pesar de conocer su rampante incapacidad) creo que el camino de la escuela, la existencia de la escuela, así como el estado de cosas generado por la primera muestra en Bellas Artes, son circunstancias que no pueden dejar de ser tomadas en cuenta a la hora de estudiar la producción y las características de esas generaciones y esperar por un audiovisual que, como dice Juani, “ya está”.

Espero que el puente entre una reflexión y la otra lo establezcan ustedes, que se dedican a ello con inteligencia y constancia. Aquí ya hace rato que amaneció y el catarro me tiene medio vampira. La luz de Hollywood en marzo es cosa seria.

Los quiero mucho,

Esther María

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