CINE CUBANO Y TELEVISIÓN NACIONAL
Desde hace algunos días circula en Internet una carta firmada por el crítico cubano Frank Padrón Nodarse, conductor habitual del programa televisivo “De Nuestra América”. Frank Padrón no solo es uno de los críticos de cine más conocidos del país, debido a la intensa actividad que desde hace más de un par de décadas desarrolla en la televisión, sino que también es un ensayista reputado, uno de los que más ha aportado allí al conocimiento del cine hecho en Latinoamérica.
La carta de Frank Padrón hace referencia a un mal que en más de una ocasión ha sido denunciado: la absurda ausencia del cine cubano de las pantallas televisivas. En este mismo blog puede encontrarse la provocadora misiva escrita por Enrique Colina, donde el crítico reflexiona de manera bien aguda sobre el fenómeno. Al parecer, tales argumentaciones comienzan a cobrar efecto, pues de repente se ha anunciado el estreno en ese medio de “Páginas del diario de Mauricio”, si bien lo que Frank Padrón discute en su carta es que ese estreno haya sucedido en un programa que no es el de “Nuestra América”, espacio que se supone especializado en la cinematografía del continente.
No quisiera detenerme ahora en la parte anecdótica del asunto. Otros ya han expresado su criterio, y creo que la carta de Frank Padrón es bastante ilustrativa de lo sucedido. Estamos en presencia de un dislate burocrático que tiene que ver más con la ética que con otra cosa, pues quienes conocemos la labor que viene desarrollando Magda Resik desde su programa “Espectador crítico”, no ponemos en duda la capacidad de ella para conducir un buen debate alrededor de estos filmes, que es al final lo que interesa. Con su programa, Magda ha sabido involucrarse en una de las operaciones culturales más inteligentes de la televisión actual, y es justo reconocerlo aún cuando los reparos para esa institución sean más abundantes que los elogios.
Lo que en verdad me ha dejado pensando de este incidente tiene que ver con algo más general: la responsabilidad cultural ante los productos fílmicos de la nación. Parece algo retórico, pero no lo es, al menos desde el punto de vista que lo miro. Como otras veces hemos dicho, la ansiedad por lograr una cinematografía nacional habría que asociarla a aquellos primeros esfuerzos de Enrique Díaz Quesada, cuando realizó un buen número de filmes sobre las gestas independentistas que hoy, sin embargo, no existen físicamente. Nadie tomó en cuenta que era imprescindible conservarlos.
Cuando el ICAIC se crea en 1959 hereda precisamente esa ansiedad nacionalista, lo cual se pone en evidencia en una Ley que aunque habla del cine como “un instrumento de la opinión y formación de la conciencia individual y colectiva”, en modo alguno privilegia una opción ideológica. Recuérdese que hablamos de un período donde las diversas fuerzas que contribuyeron al derrocamiento de Fulgencio Batista (Movimiento 26 de Julio, Partido Socialista Popular, Directorio Estudiantil) todavía convivían en una suerte de luna de miel que se rompería dos años después, cuando las medidas cada vez más radicales del gobierno obligaron a sentar reglas del juego, y dictaron distanciamientos y violentas rupturas. Pero entonces, comunistas, liberales, católicos, vivían pendientes de una misma ansiedad.
Hasta “PM” (1961) predominaba la sensación colectiva de que el cine era importante para desarrollar en el país un espíritu humanista más que ideológico. No en balde en otras de las zonas de la Ley, se advierte que “El cine debe conservar su condición de arte y, liberado de ataduras mezquinas e inútiles servidumbres, contribuir naturalmente y con todos sus recursos técnicos y prácticos al desarrollo y enriquecimiento del nuevo humanismo que inspira nuestra Revolución”.
Creo que los venideros desencuentros entre la televisión nacional (arma ideológica por excelencia del Estado socialista) y el cine promovido por el ICAIC (más atento a la ambivalencia de la realidad, a sus contradicciones), se origina en ese equívoco a través del cual aquellos que mandan en la televisión le asignan a su autoridad ideológica el monopolio de la verdad. Si para un artista (como para el sabio) dudar es un deber, para un ideólogo la duda es signo de debilidad. Algo que no tiene cabida allí donde ya se cree estar viviendo el fin de la Historia.
Ahora, la pregunta concreta es: ¿a quién le pasará factura el Tiempo, cuando de aquí a cien años los que vienen descubran que no hubo cine nacional en la televisión del país? ¿Cargaremos la misma responsabilidad que los historiadores actuales le adjudicamos a aquellos que nunca previeron que un filme de Díaz Quesada tenía importancia histórica?
Probablemente dentro de cien años se escriban historias sobre la cultura cubana de ahora que intente enmendar el disparate. Se mencionarán nombres propios, y se nombrarán responsabilidades puntuales, pero nada de ello servirá para reparar el peor de los males: la inexistencia de una cinematografía nacional en la televisión de su propio país.
Juan Antonio García Borrero.

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