MADRIGAL (Carta abierta a Fernando Pérez)
Fernando:
Más que una crítica puntual a “Madrigal”, me gustaría que esta fuera la prolongación de esas reflexiones que últimamente hemos sostenido acerca del cine, la vida, los sueños, la realidad, y en medio de todo, el individuo enfrentado a esa pregunta que tanto atormenta a tu protagonista: “¿Quién soy, Dios mío, quién soy?”.
De tu filme es de agradecer esa voluntad reflexiva que supone el sondeo en la naturaleza concreta de lo que somos. Como sé de la indiferencia con que por lo general asumes el elogio gratuito o merecido, podría ahorrarme las observaciones que ya muchos han señalado en torno a las virtudes formales de “Madrigal”. Pero no es justo dejar de reconocer que el filme contiene momentos que rozan la perfección escénica. Alabar la creatividad de Raúl Pérez Ureta y Erick Grass es algo que a estas alturas podría sonar redundante, al igual que la labor de Edesio Alejandro, cada vez más desenfadado en esto de construir imponentes arquitecturas sonoras. La segunda historia (en la cual creo reconocer muchos de esos mundos fascinantes recreados por Eduardo del Llano en su literatura), y ese cierre borgeano que habla del laberinto existencial que habitamos todos, es de una sutileza extraordinaria. En las actuaciones hay sorpresas agradables: desde una Yailene Sierra que el cine cubano tendrá que seguir tomando en cuenta, hasta esa Carla Sánchez que debuta entre nosotros con muy buen pie, casi sin enterarnos de que es española.
Sin embargo, ahora preferiría concentrarme en algunas de las ideas que propone el filme justo para inquietar y generar reflexiones. Ante todo debo advertirte que no me complace el desequilibrio que noto entre la complejidad de las interrogantes que sugiere “Madrigal”, y las soluciones visuales y discursivas a las que echa garra. Es una paradoja que trataré de argumentar: por un lado hablamos de una cinta con una autonomía formal impresionante; por el otro, esa misma estilización implica el riesgo de convertir a la historia en algo secundario. De hecho, uno llega a sentirse más seducido con la forma en que se dice lo que se dice, que con el contenido mismo de la historia. Y el cine, tú mejor que yo lo sabes, es historia, cosas que contar.
Me consta que tu cine ha intentado saltarse todos esos estereotipos que una parte de nuestras películas ambicionan vender como símbolo de “cubanía”. Tu cine ha dejado a un lado los lugares comunes a través de los cuales se pretende fijar la supuesta identidad de los cubanos, y ha buscado en los contrastes la esencia de lo que somos (si es que somos). Sin embargo, para expresar esa evidencia que aún permanece invisible a aquellos que solo ven bipolaridades en la vida, recurres a lo que a estas alturas considero otra suerte de lugar común: la retórica de un cine que, desde “Blade Runner” a la fecha, cree más en el efectismo de la imagen que en la coherencia de lo narrado. La lluvia, las palomas, el humo, han devenido simples recursos retóricos, después que lograran combatir con eficacia la aridez del llamado “cine moderno” apelando a lo que entonces los críticos nombraron “un lenguaje más poético”.
Del uso se pasó al abuso, por lo que “lo poético” en el cine contemporáneo hoy tal vez sea precisamente combatir ese sensualismo anodino que solo le concede protagonismo a los planos “bellos”, sin llegar a transmitir emociones profundas. ¿Será por eso que, a diferencia de las primeras ocasiones que vi “Madagascar”, “La vida es silbar” o “Suite Habana”, y salí del cine sintiendo que esas historias iluminaban mi época y dejaban al desnudo sus contradicciones más profundas, con “Madrigal” me acosa la impresión de que hablamos de una hermosa catedral de humo?.
Mis sospechas de que algo andaba mal en el filme se iniciaron a raíz de su estreno en Cuba. Había leído las crónicas suscitadas tras la exhibición en Berlín, y quise asociar el desconcierto de algunos críticos no cubanos con ese facilismo que insiste en reclamar al cine cubano historias transparentes, historias donde los conflictos estén polarizados, y puedan reconocerse con claridad los buenos y los villanos, las víctimas y los victimarios. En cambio, sentí un verdadero escalofrío cuando desde Camaguey una amiga me escribió un mensaje que te reproduzco: “Genial el “Madrigal” de Fernando, aunque tendré que verla diez veces para entenderla”.
Aquel mensaje me hizo pensar de inmediato en la célebre polémica en que Mañach le reprocha al grupo “Orígenes”, y en especial a Lezama, lo que considera una complejidad gratuita del lenguaje literario. “Respeto su estilo, pero no lo entiendo”, algo así decía el ensayista en uno de los párrafos que más irritó a los seguidores del poeta, y ello le serviría para someter a debate las funciones que ha de cumplir el arte ante su público y su época. También me hizo recordar la interrogante incómoda que Roque Dalton gustaba deslizar cuando menos lo esperaban: “¿Para qué debe servir la poesía revolucionaria? ¿Para hacer poetas o para hacer la revolución?”.
Creo haberte comentado alguna vez que tu cine me interesa porque en el mismo encuentro reflejados a los seres humanos, y no esos arquetipos que las circunstancias históricas condicionan (llámense cubanos o argentinos), y que forman parte más de una mitología que de la realidad. Agradezco sobre todo ese desafío que te has propuesto a la hora de describirnos no como revolucionarios y contrarrevolucionarios, sino como individuos de carne y hueso que aspiran a ser felices en medio de una circunstancia colectiva que nos supera y muchas veces arrasa.
Ahora con “Madrigal” lo primero que me pregunto es qué sentido puede tener este tipo de cine artificioso en un país que necesita mirarse a fondo y sin eufemismos, cada vez con más urgencia. Y no hablo de la política en su dimensión más obscena, más evidente. Hablo de la necesidad de reconocernos como seres tangibles. Hace un par de días comentabas en “Casa de América” de Madrid que como cineasta te sientes en el deber de proteger a tu cine de la política. Juntos, pero no revueltos. Y eso es tan escandalosamente recomendable, que no valdría la pena seguir pensando el tema. Solo que si queremos llegar a ser honestos hasta la última sílaba, tendríamos que comenzar admitiendo que desde hace casi cincuenta años en Cuba la política (una única política) está en todo, y que es ella la que condiciona nuestras maneras de expresarnos en público. O callarnos, que es también otra variante del habla local.
Aquellos cineastas franceses (Truffaut, Godard, Bazin) que iniciaron el camino de la modernidad fílmica, en un principio también detestaban la intromisión de la política en “sus políticas” autorales. Hablaron horrores del modo de representación anterior. Se enemistaron con cineastas de la generación precedente. Cuestionaron la manera en que el Estado amparaba la gestión cinematográfica. Pero pocas veces mencionaron la política oficial. No se sentían invadidos en sus prácticas.
Sugerir que como cineasta has decidido hacer un cine al margen de la política, como aquellos jóvenes franceses, es decir una verdad a medias, y que como tú mejor que yo sabes, es construir (aunque no sea de mala fe) una opinión postiza. Has realizado una película que se aproxima al tema de la búsqueda de la verdad individual, pero como cineasta sabes que haces tu cine en un contexto donde lo que predomina desde hace mucho es el pensamiento de la plaza sitiada. En ese contexto parece natural que no se diga todo para evitar darles “armas el enemigo”, lo cual como estrategia de supervivencia de un Estado puede entenderse, pero que al repercutir en el individuo concreto solo genera enajenación: ¿puede proponerse un individuo la búsqueda de su verdad cuando le está vedado el conocimiento de aquella zona que le puede ser útil al enemigo?, ¿no es la verdad la suma que propicia el conocimiento de todos los hechos?.
Todo el mundo sabe que la realidad cubana no es esa que nos muestran en los noticieros de la isla. Tampoco esa otra que nos venden desde el extremo opuesto. En ambos polos sigue predominando ese pensamiento de “todo o nada”, donde las cosas son buenas o malas, y no hay matices ni términos medios. No puede hablarse de “búsqueda de la verdad individual”, pues, en un contexto donde el pensamiento de plaza sitiada se empeña en decir verdades a medias para no ofrecerles armas al contrario. Imposible reconocerse uno como individuo en esos programas televisivos (háganse dentro o fuera) donde solo hay alegría o dolor, jubileo o pesadilla, y que, como en una reacción en cadena, convierte la generalización de un estado de ánimo particular (negativo o positivo) en el paradigma de la “realidad” que se dice comentar. La realidad, otra vez, se hace sueño o pesadilla (depende cómo y desde dónde se mire), y el individuo se enajena cada vez más de sí mismo.
Como consecuencia de esas destrezas, entre los cubanos ya forma parte de nuestra tradición cultural más respetada la anulación violenta de esas otras verdades que no son las nuestras, algo que me recuerda aquella actitud temprana de un Cioran todavía no nihilista, explicando su apasionamiento de juventud a la hora de liquidar a sus adversarios: “Expresaba simplemente lo que todo hombre que ama a su país desea en el fondo de su corazón: la supresión de la mitad de sus compatriotas”.
Ya sé que como cineasta no eres responsable de las insuficiencias que el espacio público insiste en mantener inalterables. Se supone que tú hagas cine, y no periodismo, o política. Tienes el deber de elaborar textos que perduren en la memoria por el alcance de sus ideas, la belleza de la expresión, y no por la visibilidad del mensaje. Y sin embargo, justo en ese punto sobreviene mi gran interrogante: ¿puede el intelectual darse el lujo de enmascarar las contradicciones más evidentes de su época cuando estas resultan el surtidor de angustias de un sinnúmero de cubanos?. No hablo del pueblo en abstracto, sino de cada una de esas personas que al llegar la noche, vuelven a ser lo que todos somos: seres humanos comunes con más sueños incumplidos que victorias.
La tesis de tu filme es ciertamente seductora: “nada es lo que parece”, dicen los personajes. Me afilio a esa suerte de escepticismo radical que nos salva de pensar que en este mundo alguna persona pueda poseer en sus manos la verdad absoluta. Nada es lo que parece, es cierto, pero hay cosas que sí son evidentes, como es la tozudez de aquellos que creen haber encontrado la Verdad, con mayúsculas, y amargan la vida de los otros con las descalificaciones de los puntos de vista que no coinciden con los suyos.
“Madrigal” retoma aquella tendencia del cine cubano de los noventa donde “la realidad” hay que adivinarla entre líneas. Un cine metafórico iniciado tal vez por “Madagascar”. Claro, sabemos que la realidad no es tampoco eso que una cámara retrata con obscena frialdad escudándose en la coartada de lo documental. Sobre todo este tema de “la realidad” es para los cubanos, ahora mismo, algo que demanda un tratamiento apremiante. Son pocos los que han decidido pensar a fondo esta “realidad” cubana que disfrutan (unos) y padecen (otros). Ya sea dentro o fuera de la isla seguimos evaluando las circunstancias de acuerdo a las simpatías o fobias que genera en nosotros un proyecto político como el que desde hace casi cinco décadas se ha instaurado en la isla.
Tu película quiere pasar por encima de esas observaciones palaciegas, pero pretender que el espectador borrará de su horizonte de expectativas ese tipo de lectura, es condenarse de antemano al fracaso. Tampoco es justo exigirle una lectura así de inocente. El espectador cubano espera reconocer “su realidad”, y es lógico que llene de “sentidos” aquello que ve correr ante sus ojos, sintiéndose como mi amiga de Camaguey, desconcertado cuando sospecha que le están diciendo mucho sin decirle claramente nada.
Otras veces te he comentado que no me satisface del todo el mesianismo onírico que percibo en tus películas, ese concederle un valor casi absoluto al poder de las utopías (sean estas individuales o colectivas). Algunos podrán llamar a esto desencanto. En verdad, creo que es una postura que intenta asumir una visión más realista del mundo. Me consta que a los individuos nos mueve una fuerza interior que nunca sabemos explicar de dónde llega, y que nos hace suponer que por mal que esté el presente, el futuro siempre será mejor. Prescindir de las ilusiones de mejoría desde luego que sería otra suerte de suicidio, pero ya es hora de que sometamos a crítica también la calidad de esas ensoñaciones, por nobles que parezcan. Como decía Ambrose Bierce: “Si quieres hacer realidad tus sueños, ¡despierta!”.
Intento describirte las impresiones que han dejado en mí “Madrigal”, sabiendo que lo hago desde mi perspectiva más personal. Tu aproximación a un asunto que en el plano filosófico está bien lejos de haber sido resuelto, ha de garantizar que la película se siga discutiendo más allá de las circunstancias puntuales en que hoy nos movemos. Aún así, sabes que ningún artista está obligado a, después de conseguir una obra significativa (en tu caso “Suite Habana”), alcanzar algo todavía superior. Se puede lograr (Woody Allen lo ha conseguido un par de veces, al igual que Fellini), pero lo natural es que el artista de en la diana, y en su próxima acción tantee nuevos caminos, los cuales supondrán un resultado menor, o al menos, diferente. Esto es lo humano, pero a los artistas excepcionales se le exige que cada nuevo paso sea un nuevo récord. Y ello genera un sinfín de equívocos, porque entonces se empieza a medir la obra por las expectativas que dejó sembradas la que le antecedió, y se habla solo en términos de triunfos y fracasos.
Creo que “Madrigal” será útil en la misma medida que logre sacudir en nuestras conciencias todos esos falsos ídolos que insisten en mantenernos en la irrealidad, ya sea por una sobredosis de utopías, u otra de nihilismo, que no es menos dañina. Entre los cubanos, el sueño perseguido de la nación ha terminado por poner en un segundo plano la existencia puntual de esos miembros que conforman a la misma (vivan o no en la isla). Otra vez se ha olvidado el ser. Tu película es un llamado de atención para quienes embriagados con la razón utópica, pierden de vista a los seres concretos, en la creencia de que más importante que las personas de carne y hueso, son las ideas que se pregonan.
Ninguna película le arregla la vida a nadie, pero es bueno que por lo menos contribuya a no enajenarnos más. Desde ese punto de vista, “Madrigal” será una película que no dudaré en recomendar, a pesar de mis insatisfacciones puntuales.
Un abrazo grande,
Juan Antonio García Borrero

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Comentarios(2) »
muchas gracias, Juan Antonio, por este texto tan profundo, y como siempre, lleno de una visión tan matizada de la realidad cubana. Y gracias también a Fernando Pérez por haber, al fin y al cabo, con Madrigal, permitido esta reflexion. Soy muy impaciente de ver la pelicula
Primero, gracias por la reflexión. Da gusto leerla. A mí me ha provocado algo que me satisface: quiero ver la película de Fernando Pérez cuando había decidido que no. Y lo había decidido porque después de "Suite Habana" y habiendo leído una crítica de "Madrigal" en la prensa de acá pensé que mejor me quedaba con la emoción -tremenda emoción-que significó para mí "Suite", que, dejen que lo diga, me pareció la mejor de sus películas y una de las mejores del cine cubano.
Eso es lo que me gusta de reflexiones como ésta. Que son capaces de provocar un cambio de actitud. Y de veras, se agradece.