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POLVO DE ALAS… (Prólogo), de Oneyda González.

jagb @ 00:02

Los que han seguido de un modo u otro la historia del cine cubano revolucionario, seguramente recordarán aquella polémica sustentada hacia finales de los ochenta por críticos y cineastas en los medios de comunicación, y que obligó a que la UNEAC convocara a un encuentro con la presencia del entonces Ministro de Cultura Armando Hart, el jefe del departamento de Cultura del Comité Central Sergio Corrieri, y el presidente del ICAIC Julio García Espinosa.

Entonces se emitieron opiniones bastante severas sobre el desarrollo del cine cubano en esa década, considerado de manera general por los críticos como una etapa “populista” y complaciente. Creo que todavía falta una mirada rigurosa que sea capaz de percibir los matices de un período en donde por primera vez se pensó el cine cubano como parte de una industria, y no solo como “arte”.

Al margen de los diversos argumentos manejados, casi todos los estudiosos coincidieron en señalar que una de las más graves carencias del cine cubano estaba en el guión. Podrá decirse que esa carencia se advierte en cualquier parte del planeta, pero es cierto que en el cine cubano no abundan las películas donde el guión quede como una especie de paradigma a imitarse. Hay entre los cineastas cubanos una suerte de adicción al tratamiento trascendental de la historia que cuenta, lo que trae como consecuencia que el guión muchas veces se pone en función de las ideas a desarrollar por el cineasta (que se ve a sí mismo como un Autor), cuando debería ser a la inversa: el guionista entregarse a la autonomía de una “historia” que ha de existir y crecer por sí sola.

Hasta ahora ni críticos ni cineastas se han puesto de acuerdo sobre el tema. Yo diría que jamás se ha discutido con seriedad este asunto. Cada cual va meditando por su cuenta, pero sin preocuparse por atender los argumentos que los otros esgrimen. Resultado: que hay un número bastante elevado de filmes cubanos que han hecho de la descripción provinciana de la “realidad nacional” el dudoso sentido de su existencia. Son esas películas que nacen viejas, y que apenas se conforman con la algarabía local, pero que más allá de la aldea, apenas sí existen.

Precisamente para estimular las discusiones alrededor del guión en el cine cubano, es que la camagüeyana Oneyda González ha preparado su libro “Polvo de alas…”, un volumen que una vez publicado, estoy seguro alcanzará rasgo de imprescindible para los estudiosos del tema.

El libro está organizado en tres secciones. Una primera parte (“Escribir para el cine es…”) está dedicada justo a los guionistas. Una segunda (“En el reino de los autores”) contiene textos de los directores, y una tercera (“Donde la crítica se revela”) cede la palabra a los críticos. La primera sección abre con Senel Paz ("El encanto del oficio"), sigue con Aida Bahr (“El guionista sabe que escribe para todos”), Manuel Rodríguez ("Saber elegir") y cierra con Julio Carrillo ("El guión es la película virtual”).

La sección dedicada a los realizadores se inicia con Humberto Solás (“El guión es la espiritualidad del cine”), prosigue con Pastor Vega (“Cine de autor: la contribución más importante”), Orlando Rojas ("Yo quiero el guión perfecto"), Tomás Piard ("Yo me apropio de los guiones"), Arturo Sotto (“El cine se concreta en las imágenes”), Pavel Giroud ("Nos urgen buenos guiones"), Fernando Pérez ("La magia inexplicable"), Juan Carlos Cremata ("Hacerlo todo desde mí”), Jorge Luis Sánchez ("Renovar el lenguaje"), Belkis Vega ("Una mirada femenina") y Miguel Coyula ("Soy y seré siempre una isla").
La última sección incluye entrevistas a Luis Álvarez Álvarez (“El guión como sustancia”), Luciano Castillo (“Siempre existe la posibilidad de sorprender”), Mayra Pastrana ("La crisis de la crítica de cine"), Juan Antonio García Borrero ("!Viva el pensamiento!") y Dean Luis Reyes ("Hace falta una crítica que dude de sí misma”).

Como puede apreciarse, todo un banquete para aquellos que gustan de la polémica y el pensamiento reflexivo. Pero ahora dejemos que sea la propia Oneyda González la que nos introduzca en ese mundo fascinante que, sin dudas, su libro se compromete en aprehender, a través del prólogo que cortésmente ha accedido a que publiquemos.

POLVO DE ALAS…

“Según se posa sobre el arbusto cada variedad tiene el suyo, la mariposa indonesia emprende su conversión: brotan apéndices, que un saber genético destina a ese espejismo, y se inmovilizan como pecíolos; las alas superiores, ya lanceoladas, son hojas que atraviesa un nervio medio; placas oscuras o transparentes, brillantes o mates, granulosas o lisas, se van distribuyendo a ambos lados de ese eje. Fijeza. O más bien, balanceo ligero, oscilación, vaivén casi imperceptible: el del viento”.

“El simulacro se ha realizado. Esa conversión sería suficiente: ningún pájaro, ni siquiera el más perspicaz, descubriría la ilusión, ninguna serpiente. Sobre el tallo, simétrica de la hoja verdadera ⎯tentación de escribir ese « verdadera » entre comillas⎯, la mariposa travestida ha logrado su teatro: representación de la invisibilidad”.

SEVERO SARDUY, “Los travestís”, en La simulación, Monte Ávila Editores, 1982. p. 61.

Este es un libro de la inocencia. De la primera, y de la segunda inocencia. Pero sobre todo de la primera, porque ella fue la que impulsó los pasos del principio. Solo cuando hizo falta la duda, o cuando vino a estar cerca, tanto que se instaló dentro de mí, apareció la otra; esa segunda inocencia que da el no creer en nada. Entonces vinieron años de “olvido”, que prefiero llamar de olvido latente, porque ningún proyecto tironeó tanto de mi conciencia.

Ocurre que encontró muchas voces dubitativas, otras francamente desdeñosas, algunas tímidamente amigas, y, las menos, sólo que bien fuertes, decididamente cómplices. Dentro de los cómplices un nombre inaplazable, por eso lo señalo de inmediato: Luciano Castillo, quien me acogió en la Mediateca de la Escuela Internacional de Cine de San Antonio de los Baños, y puso, como suele hacer habitualmente, todo su saber y todo su entusiasmo, al alcance de la mano.

Eso ocurrió hace ya casi una década, cuando la idea era escribir una monografía, o un ensayo que reflejara el resultado de mis indagaciones en torno al guión cinematográfico en Cuba. Pero si bien son escasas las probabilidades de llegar a conclusiones uniformes en este sentido, ¡menos mal!, tampoco es en el presente, ni creo que será en el futuro inmediato, lo que espera y necesita el lector más o menos espectador, crítico, o creador de ese cine.

Prefiero, entonces, dejar a los protagonistas hablando por mí. Yo, simplemente he curioseado, examinado, averiguado y facilitado la divulgación de sus ideas. Ningún juicio de valor ha puesto dentro, o dejado fuera, alguno de sus nombres. En honor a la verdad, aquí funcionó el azar: la mayoría de los que pueden hallarse en estas páginas son, o fueron, visita frecuente del Taller de Crítica Cinematográfica que se celebra cada año en Camaguey. Otros, incorporados más recientemente, llegaron, en principio, por haber aceptado sin demora, y sin lugar a duda, la propuesta.

A muchos de los que no están, los extraño, y diseñé preguntas para ellos, o dialogué en silencio con sus obras, pero en algunos casos no respondieron, y en otros, no encontré el modo de hacerles llegar mi invitación. Ojalá en otro momento se pueda ampliar este trabajo, para que sus voces encuentren un lugar. De tal modo la muestra no es lo que se dice científica, pero por eso mismo, por haber funcionado el azar, no es en absoluto tendenciosa, y sí, de algún modo, representativa de la totalidad de los creadores.

Por supuesto que hay una serie de zonas a iluminar. Mínimas. Acaso innecesarias para algunos; pero, como la vida ya me enseñó que a veces es bueno atender a las obviedades, porque tal y como son de comunes le pasamos por encima con frecuencia sin fijarnos en ellas, o peor, sin hacer lo posible por tomarlas en consideración, empiezo a enumerarlas.

Que es frágil el guión cinematográfico en Cuba: Por supuesto, se dirá. Cualquiera sabe que el guión es el “talón de Aquiles del cine cubano”.

Que es naturalmente conflictiva la relación entre el guionista y el realizador: Ah, claro, el guionista sabe que debe subordinarse, dirá nuevamente alguien.

Que el guionista se siente frecuentemente “traicionado”: Ah, sí, pero es que él sabe que ésta no es su obra, sino la del director.

Que en Cuba, puede que tomando del modelo europeo, donde la influencia del director es preponderante, no es el productor quien decide la tarea de creación, pero sí muchas veces parte de la industria la sugerencia de un tema o de una historia a filmar, y, sin embargo, a esa misma industria le falta la sistematicidad que en aquellas cinematografías garantiza el desarrollo evolutivo de un autor, o de un guionista: Problema práctico, y por tanto no viable desde unas cuantas palabras, volverá a escucharse.

Que entre los temas abordados, son demasiado frecuentes aquellos donde se intenta la trascendencia a nivel ético, o histórico, o de “indudable” importancia para la nación, y se descuidan las historias menores, o su abordaje a través de géneros, que pudieran contar simplemente una historia: Eso es probable, pero muy diversos eventos marcan, como se sabe, semejante elección, puede escucharse también.

Que ante circunstancias económicas tan agudas como las presentes, se haya debido pasar a la aceptación de coproducciones y con ello a compartir no solo el capital que financia el filme, sino todo lo que la ley, con mayor o menor justicia refrenda, incluyendo miradas superficiales y lamentables de zonas muy dolorosas de nuestra realidad…

Que no están muy representadas las minorías…porque hay pocas mujeres dirigiendo, y a penas se han visto en largos años algunos negros o mulatos… No, no… Eso parece una broma...

Parece una broma, pero no lo es. Indudablemente se han hecho muchas películas en Cuba, donde se ha representado al sujeto femenino y al sujeto de la raza negra. Sería imposible que faltaran; pero han sido mínimos los casos en que esas miradas se han producido desde sujetos idénticos, y eso, indudablemente, es una carencia. No se trata de que haya error en las que tenemos, es que son necesarias las que faltan.

De todo eso y más hablará este libro, a través de algunos de los directores, guionistas y críticos del cine nacional, que con inusual desenfado convinieron en prestarse a la charla, y con disposición inusitada para ser un tema “innecesario”. A mi me queda una inmensa gratitud por su atención y hasta por su dulzura; por su paciencia y su delicadeza al confiar en este trabajo. Todo ello sin que se viera limitada su energía para decir lo que piensan sin reservas.

Pero también me queda una imagen con la que entender a estas alturas lo que es el guión cinematográfico. No sé si en Cuba, no sé si en todo el mundo: Polvo de alas… El guión es Polvo de alas… La imagen es buena, pero no es mía. Es el título de un libro inconcluso de José Martí. Este libro de versos cuyo título completo es “Polvo de alas de mariposa”, nos enfrenta a la transitoriedad del guión, a su calidad, si se quiere, transformista: a su ser, ya no solo evanescente, sino hasta inconstante.

No por cándida afición al escritor Severo Sarduy, o por amor ridículo a la tierra (pequeña del Camagüey donde nació), escribí al inicio de estas notas introductorias un fragmento del ensayo “La simulación”, tan poco y tan mal leído en este, su país. En esos dos breves párrafos está contenida la más pura simbología de la diversidad, de la infinitud de formas y posibilidades que caben en el universo; lo que nos dice, no tan simplemente, que, rehacer ese mundo desde el arte, solo sería inteligente si seguimos la misma perspectiva de infinito. Con la libertad, y a veces con la aparente quietud, que tiene el viento.

En los días actuales, el guión es un lapso del proceso, que se halla sumergido en variantes tan disímiles cada una de las cuales se encuentra en franca transformación también, y que van desde el guión literario más tradicional, al guión de montaje, pasando por el de creación colectiva, donde se intercambian los roles de los artistas que conducen la idea; hasta llegar incluso a un cine sin guión, igualmente en debate entre el director, el fotógrafo y los actores, por poner algunos ejemplos; sin contar con aquellos que empiezan a desear y a practicar un cine que gravita casi únicamente sobre sus hombros y los de sus actores.

Pero al mismo tiempo la metáfora martiana nos conduce a otra idea no menos eficiente. Si pensamos en el guión más tradicional, “Polvo de alas…” es lo que queda en la película, de lo que antes fue: (el susodicho guión). Atendiendo a esto, ella viene a ser la zona conceptual de la película, “su espiritualidad”, su antecedente, las partículas que se adhieren o se desprenden del cuerpo sólido en el momento de levantar el vuelo, en el instante de concretarse la película. Mas, nunca es, ni llegará a ser, ella misma.

Claro, como todo esto ocurre tras un proceso de interminables transformaciones y hasta de incontables personajes actantes, es fácil olvidar alguna referencia, algún elemento significativo, alguna huella imprescindible para continuar: Qué vino primero. Qué quedó. A quién se le debe un acierto. Y eso es lo que me permitiría decirles, muy respetuosamente, a los que tienen que ver con el trabajo del cine. Es oportuno tomar notas para no olvidar. Ya son suficientes los conflictos de la empresa (productiva), para añadir a ello el olvido, o la falta de una muy despierta conciencia.

“Polvo de alas…” aspira a dar cierta visibilidad a algunos de esos vestigios. Por eso está consciente de su paradoja entre el ser y el estar; porque el coro de voces que vive en él, tiene la evanescencia de la vida que fluye y la certeza de la muerte, que nos fija. Como el guión cinematográfico, ellas serán transitorias, intercambiables, más o menos certeras, pero, como el guión, serán aspiración de la fijeza, imprescindibles: muerte que se regenera y crece, porque serán memoria.

Efectivamente, creo que hay muchas razones que discutir, muchos puntos de vista que confrontar y muchas valoraciones más o menos regulares que admitir. Se observa más que todo una infinidad de asuntos por sacar a la luz. Una inquietud desmesurada, pero noble, en tanto ambiciosa de perfeccionamiento. Y eso es lo más importante.

Traer el tema a debate, y hacerlo con claridad y buen ánimo, ha sido la mediación que me he permitido. Con tal idea me sumo a la lidia, estimulada por otro amante del cine, por otro ser laborioso: Juan Antonio García Borrero, a quien debo el impulso final, cuando leía las palabras que escribió para presentar en la revista Antenas hace unos años las respuestas concedidas por Senel Paz para este libro. Ahora puedo presentarme ante ellos, y decirle, ya sin deudas: he cumplido.

Oneyda González. Escritora camagueyana.

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