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TITON, ONCE AÑOS DESPUÉS

jagb @ 13:54

Fue hace once años, justo el 16 de abril de 1996. Desde hacía un buen tiempo se conocía su padecimiento. Una operación lo obligó a compartir la dirección de “Fresa y chocolate” (1993) con su discípulo y amigo Juan Carlos Tabío. Después, quienes los vimos dirigir en Camaguey algunas secuencias de “Guantanamera” (1995) llegamos a alimentar la ilusión de que superaría el mal momento. Espejismos que prodiga el corazón, con esas razones que la razón ignora. Los padecimientos crecieron. Los dolores se hicieron insoportables. Aquel día de abril, Tomás Gutiérrez Alea al fin llegó al umbral de eso que tanto se empeñó en mencionar en sus películas: su propia muerte, o lo que es lo mismo, la evidencia de su finitud física.

Me cuesta esfuerzo pensar en un Tomás Gutiérrez Alea común. Aunque intento apartarlo de ese altar donde muchos de sus incondicionales prefieren mantenerlo, siempre seguirá predominando en mí la gratitud hacia un cineasta que decidió anteponer la honestidad de sus angustias, a la falsa edulcoración del proyecto social al que aspiraba. En Titón sigue valiendo mucho más ese empeño por adentrarse en el laberinto que supone para el individuo relacionarse con una revolución, que cualquier mirada complaciente o maniquea al entorno que mostraba.

Desde luego que fue, como ser humano, alguien imperfecto. Se entregó con verdadera pasión a lo que entonces consideraba parte de un deber colectivo. Y en nombre de ese deber no dudó en sostener polémicas que anularon amistades (Néstor Almendros), pero ello también lo llevó a plantearse la dignidad individual como algo insobornable. Allí están sus abundantes desencuentros con Alfredo Guevara, pero también sus películas, esas que lucharon por desmitificar todo aquello que amenazaba en convertir en pura retórica el sueño humanista que inspiró el proceso revolucionario.

Por estos días he releído algunas de sus ideas, y no dejan de sorprenderme la vigencia de muchas de sus impugnaciones. Me llama la atención esa controversia que en 1964 sostuviera con una periodista que objetó la forma en que manejara a la figura de Martí en su filme “La muerte de un burócrata” (1966). La reproduzco ahora para que se tenga una idea de esa coherencia que nunca perdió el artista, no obstante los cambios ocurridos a su alrededor. Fue como sigue:

“PERIODISTA: No me gustó que usted usara a Martí para los bustos que sacaban en serie. Como es una figura tan venerada y tan pura, me pareció un poco de osadía por su parte. Estos bustos en los rincones martianos que aparecen en la película, efectivamente son una cosa ridícula, pero no me gustó que la figura de Martí fuera cogida para ese tipo de cosa. Además esta película va al extranjero y parece como si nosotros nos riéramos de Martí, o sea, que nos reímos de todo.

GUTIÉRREZ ALEA: ¡No! Bueno, no sé si alguien quiere opinar sobre eso. (…) Lo que yo creo que sí realmente es ofensivo y realmente una falta de respeto, que me ofende y me hace sentirme muy mal, es el abuso que se ha hecho de Martí desde hace unos cuantos “cientos” de año, como dice el personaje. A Martí se le ha usado para todo y Martí –lo que para nosotros es efectivamente una de las realidades o de los hombres más grandes con los que nos podemos enfrentar- se ha convertido así en un instrumento para las peores causas. Entonces la repetición de ese símbolo de Martí lo ha despojado de todo su contenido, ya la imagen de Martí puede ser cualquier cosa menos lo que era Martí realmente.

(…)

Un peligro que hay en la Revolución es el de convertir los símbolos en cosas huecas. Entonces yo estoy contra eso. Estoy contra los brazos levantados, contra los rincones martianos, contra las banderas, contra los “affiches” esos, contra las consignas, contra todo eso que llega un momento en que se convierte en papel mojado. Entonces eso es una manera de romper ese tabú.”

El hecho de que Gutiérrez Alea haya permanecido hasta el fin de sus días en la isla, desde luego que le concede a su obra un carácter connotativo, debido a la omnipresencia de la política en todas las esferas del quehacer insular. A Titón le quedaba claro esa ambigüedad en que quedaba su figura cuando se le examinaba desde esa perspectiva. En tal sentido, no obstante su postura “hipercrítica” llegaría a afirmar que no era un “disidente” al uso.

Sin embargo, nunca ocultó su interés de someter a crítica todo aquello que, a su juicio, desviaba al proyecto revolucionario de sus intenciones originales, que él siempre quiso asociar al humanismo, más que a lo ideológico. Incluso esas películas “historicistas” que realiza en pleno “pavonato”, en el fondo están haciendo referencia al contexto gris que entonces se vivía. Véase “Una pelea cubana contra los demonios” (1973), y se encontrarán los ecos de esa intransigencia ideológica que tanta mediocridad impuso a la vida espiritual y material del momento, o búsquese “La última cena” (1976), y podrán detectarse las referencias a esa doble moral que en aquel instante casi era la regla, al extremo de que comentando poco antes de su muerte esta película llegaría a admitir que “La Iglesia y el Partido tienen tantas cosas en común, que cuando hice “La última cena” pues me dí cuenta que podías extrapolar la historia”.

Como todo cineasta, Titón hizo películas mejores y peores. Era, según puede leerse en sus propios escritos, un crítico feroz hacia aquello que no le parecía bien aunque fuera de su creación. Las interpretaciones en torno a su posición final frente al proceso revolucionario siguen resultando múltiples. Hay quien lo ve como un propagandista de falsas virtudes del sistema. En el otro extremo están quienes enarbolan su decisión de no marchar al exilio, a pesar de que le hubiese podido reportar un buen provecho. Yo prefiero verlo como un individuo enfrascado en encontrarle algún sentido a esa circunstancia colectiva que le tocó vivir.

El hecho de que hacia los finales de su vida su mirada se tornara escéptica y hasta desencantada, puede ayudarnos a descubrir esos destellos de humanidad que seguramente la fama nunca permitió que perdiera. Su escepticismo hay que verlo como un tozudo empeño en no dejar a un lado el humanismo, tal como sugiere en esa declaración que hiciera al crítico español Francisco Javier Millán, en una de sus últimas entrevistas: “Yo hasta hace poco tenía mucha más confianza en que podíamos transformar esa situación ejerciendo la crítica. Hoy veo que sigue siendo difícil criticar dentro de nuestra sociedad, y que cada vez se hace mucho más difícil lograrlo, o generar el desarrollo necesario para que la vida de esa sociedad fluya”.

Juan Antonio García Borrero.

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