MANUEL SOSA SOBRE "SUITE HABANA"
Suite Habana: una nota discrepante
Por Manuel Sosa
Tuve que ver “Suite Habana” al fin, obligado por la curiosidad y el murmullo inacabable de sus espectadores. Lo que más me extrañaba de ese murmullo era que nadie se atrevía a calificar y definir más allá de un muro de contención más o menos riesgoso: muchos elogios, algún reproche, comentarios que glosaban las bondades de la película. Su concepto ulterior ¿cuál era? He buscado respuestas entre las disímiles (ma non tanto) reseñas publicadas en papel y en la red. Y no las he encontrado.
En primer lugar, ¿qué andaba buscando el director Fernando Pérez? ¿Para qué sirve “Suite Habana”, a la hora de enjuiciarse como obra de arte? No puede ser una aproximación personal a la ciudad, aunque lo anuncie su nombre. La ciudad es un pretexto, pero no protagonista. Nadie lo hubiera querido así: otro documental sobre lo mismo de siempre, calles y edificios, nostalgia y edificios. Partes de ella, como lógico escenario, pudieran darnos la apariencia de que es el foco de atención. En todo caso, los ruidos de la ciudad, pero al realizador le importaba seguir el curso de ciertas vidas. Y el ruido es, al cabo, un efecto entre tantos, para contar un día de esas vidas.
Pudiera decirse que es el silencio, o lo que no se dice, la razón primordial para echar a rodar las cámaras. Un breve muestrario de lo que puede el silencio como testimonio. Pero no, se notan otras intenciones autorales por encima de ruidos o mutismos.
¿La miseria de los protagonistas? ¿El sinsentido de sus vidas? ¿Qué quiere expresar Fernando Pérez en esta pormenorización del fracaso? ¿O es la resistencia de la masa lo que pretende destacar? ¿Es un juego con el espectador, para provocar disímiles reacciones y no partir de ellas?
¿Tiene la película un eje político? Los críticos oficiales quedaron encantados ante esta fábula de obstinación ciudadana, ante la belleza humana que puja por salir adelante ante las situaciones límites. Eso es lo que ven, servido en bandeja polisémica por el diestro Fernando P. Una certificación del estoicismo cotidiano.
Por supuesto, hay que ser lo suficientemente desvergonzados como para sacarle lascas “revolucionarias” a esas ruinas. Los amanuenses (voy a nombrar a uno: Ernesto Pérez Castillo) llegaron a decir: “En “Suite Habana” los protagónicos son los nadies, pero no los ninguneados”. La ruina moral y física que a diario atestiguan los lentes curiosos de directores, turistas y meros visitantes es sólo eso: Ruina Moral y Física. Y tiene una Explicación, que no es la tuya, Ernesto Pérez Castillo.
Pero sabemos que tampoco se pretende hacer una crítica subrepticia al sistema de cosas. Sería demasiado pedirle al director, a quien le gustan las simbologías declaradas. Sería burdo atacar la llaga concentrándonos sólo en el pus, ¿eh Fernando P.?
¿Por dónde vamos? ¿Por los defectos de la película? Yo pienso en unos cuantos: el chantaje emocional a que se nos somete con los viejos que han perdido sus sueños, con el niño Síndrome de Down, con la estatua llorosa de un Lennon transplantado. La infeliz y gastada simbología: palomas, letreros que se encienden por la noche; los enfoques de cámara que nos pretenden meter cosas “por los ojos”: aspas de un ventilador que van cesando de girar ante la inminencia de la partida, la desfachatez de unas nalgas callejeras. El desbalance de las historias. La mudez a la fuerza, en ciertos momentos en que una palabra no hubiera sonado mal.
“Suite Habana” tiene un gran inconveniente: su concepto es el no concepto, el juego de interpretaciones que son muchas y ninguna. De tantas lecturas posibles, la que convenga a quien le interese. Sólo vale durante los minutos de proyección, en que cada espectador se añade al trasiego de esos seres condenados a ser piezas en un juego funesto. Fernando Pérez logró hacer llorar a la claque de críticos y al vulgo por igual. “Un texto melodramático inusual”, pudiera ser otro de los calificativos de la película.
Mi juicio es que la película pudo haberse convertido en verdadero testimonio del desconsuelo y el absurdo cubano, de no habérsenos forzado a asumirlos de un modo burdo y elementaloide.
“Suite Habana” tiene un gran protagonista: el aprovechamiento polisémico que hace un cineasta de esos extremos de enajenación a que puede llegar la raza humana, por no dejarse borrar. En otras palabras: tensar una cuerda floja sobre la miseria y desde allí, aparentar el equilibrio.
Tomado del blog "La finca de Sosa"

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