ARTE NUEVO DE HACER RUINAS (2006), de Florian Borchmeyer y Matthias Henschler
Me gustaría comenzar esta nota admitiendo algo: no me fascina La Habana. A diferencia de aquellos que viven alucinados con los encantos de esa ciudad, al extremo de convertirla en el sostén básico de toda su existencia, no veo en ese conjunto de edificios y calles dispares nada extraordinario. Reconozco que cuando uno se asoma al Prado, y se fija en la fachada de algunas de esas residencias monumentales, nos queda la impresión de estar en presencia de una mujer que, aunque muy entrada en la tercera edad, todavía nos sugiere lo que fue el poder letal de su capacidad juvenil de seducción. Pero al final, eso no me cura la habanafobia que padezco.
En realidad, más que las ciudades me interesan los ciudadanos. Más que los inmuebles los seres de carne y hueso. Más que el genio de los arquitectos, el ingenio de quienes a diario deben sobrevivir en esos contextos urbanos. Más que lo simbólico el conocimiento de la vida real y sus dolores, pues la conservación de una ciudad nunca será más importante que la búsqueda de la felicidad de quienes la habitan.
Quizás sea por ello que una película como “Suite Habana” (2003), de Fernando Pérez, me siga pareciendo conmovedora e imprescindible. Lo otro, es decir, esas ensoñaciones supuestamente poéticas donde se combina de manera espectacular el orgullo provinciano por lo edificado con la añoranza obscena de un pasado ya extraviado, me parece más un tópico que un deslumbramiento. O lo que es lo mismo: un poco más de ese relato idealista que ha ayudado a mitificar a tantas y tantas urbes acotadas.
Los que la vivieron aseguran que hacia los cincuenta La Habana era una maravilla. Un prodigio de arquitectura que cortaba a todos la respiración. Hablan, desde luego, de la Habana más visible, esa que puede otearse desde la bahía, pero no de La Habana profunda, aquella que algunos fotogramas de “De cierta manera”, de Sara Gómez, o algún que otro documental de Nicolás Guillén Landrián alcanza a mostrar sin eufemismo alguno. Ni siquiera pienso en La Habana bohemia de “PM”, sino en La Habana de “Los albergados” que también mostró José Padrón en un polémico noticiero ICAIC de los ochenta.
Lo cierto es que a pesar de no ser una ciudad tan espectacular como París, Nueva York, Barcelona o Rio de Janeiro, La Habana se las ha arreglado para seducir a más de un cineasta famoso. La sola mención de su nombre parece haber inspirado una tradición que podría remontarse a mucho antes de los tiempos en que Carol Reed decidió llevar a la pantalla aquella intriga creada por Graham Greene con el título de “Nuestro hombre en La Habana”.
Desde entonces, literatura y cine han contribuido a fomentar ese imaginario en el cual la urbe habanera se percibe más mítica que real, más simbólica que habitable: da lo mismo que hablen de ella Guillermo Cabrera Infante (“La Habana para un infante difunto”) que Vladimir Cech (“Para quién baila La Habana), Pedro Juan Gutiérrez (“Trilogía sucia de La Habana”) que Benito Zambrano (“Habana Blues”). La sola inclusión del nombre de la ciudad en el título de la obra ya parece acusar algo así como un fetichismo nominal que, de manera alevosa, nos hace olvidar que La Habana es apenas la capital de un municipio del mundo nombrado Cuba.
El inconveniente que han tenido esas aproximaciones, sobre todo si provienen de cineastas foráneos, es que la representación de la ciudad casi siempre ha quedado en la caricatura. Incapaces de captar la interacción de los humanos con el espacio físico, por lo general muchas de esas películas terminan convirtiendo en protagonista único al paisaje deslumbrante, mientras que los pobres habaneros han de resignarse al cameo efímero que les propicia figurar de manera fugaz en el coro. Algunas de estas cintas llegan al extremo de construir una Habana que no existe, que nunca ha existido, a no ser en la mente alucinada de ese turista que confunde su placentero paseo por la Habana Vieja restaurada, con la geografía misma.
Por suerte, las visiones estereotipadas de la ciudad (y sus habitantes) han ganado en profundidad. Ya no se trata solo de esas miradas vanidosas que intentan pregonar a toda costa las bondades imposibles de un entorno que, a duras penas, se reconocen en la existencia más común. “Arte nuevo de hacer ruinas”, de Florian Borchmeyer y Matthias Henschler, es uno de esos filmes que intenta apartarse de la mirada al uso, para proponernos otra Habana, esa que habitan aquellos que se saben inquilinos de una ciudad distinta a la que normalmente se muestra en los noticieros de la isla, y al igual que “Suite Habana”, opta por la expresión documental, con el fin de aprehender el espíritu más sumergido de la metrópoli.
La película de Fernando Pérez generó casi de inmediato un sinfín de artículos elogiosos, mientras que “Un arte nuevo de hacer ruinas” protagonizaría en el Festival de La Habana del 2006 un episodio que algunos asociaron a la censura gubernamental, si bien un par de meses más tarde fue rechazado en el Festival de Miami. Las dos cintas hablan de la ciudad desde la mirada de sus habitantes más comunes, en lo que parece un retorno al mismo lugar en que había quedado truncada la disección habanera enunciada en “PM”: ¿cuánto ha cambiado desde entonces la ciudad?, podrían preguntarse sus directores, pero sobre todo, ¿cuánto ha cambiado su gente?.
En el fondo, tanto “Suite Habana” como “Arte nuevo de hacer ruinas” se vislumbran como incómodas interrogantes a lo que ha sido el devenir revolucionario. Después de todo, el tema urbano fue anunciado por el propio cine del ICAIC desde bien temprano como uno de los problemas a resolver de inmediato (recuérdese el documental “La vivienda”, de Julio García Espinosa, filmado justo en el “Año de la Liberación”). Luego el propio cine se encargó de matizar aquellas promesas, y convirtió a la ciudad (a su parte moderna y su zona profunda) en representaciones de los conflictos sociales que sacudían a la nación: el Vedado era el refugio lógico de un pequeño burgués como el Sergio de “Memorias del subdesarrollo”, mientras que se priorizaba el entorno rural, muy acorde con la percepción que de ese espacio (fundamental en la lucha insurreccional) se podía tener desde la mirada oficial.
Mientras que en “Suite Habana”, Fernando Pérez apela al inventario emotivo, y el saldo final es más bien edificante, aún cuando en el último de sus planos se nos advierta que Amanda ya no tiene sueños, en “Arte nuevo de hacer ruinas” el tono parece apocalíptico. Para Fernando Pérez, La Habana parece en sí mismo una Utopía que aún merece ser soñada. “Arte nuevo de hacer ruinas”, en cambio, ofrece conclusiones que rozan con lo catastrofista, y hay quien dice que ello se debe a las polémicas argumentaciones de Antonio José Ponte, olvidando que más allá de las opiniones del notable ensayista, están los hechos, es decir, está esa misma Habana deteriorada (aunque diez años más envejecida) que el Diego de “Fresa y chocolate” contempla impotente un poco antes de partir al exilio.
Lo mejor de “Arte nuevo de hacer ruinas”, además de esas reflexiones de Ponte, está en la selección de sus personajes. La ciudad en ruinas se anuncia como un escenario importante, más lo que se ha priorizado es el retrato de estos seres que viven en una situación límite para la cual “La Historia” no ha conseguido una respuesta que solucione sus problemas puntuales. Ofrecerle voz a esos que habitan en los márgenes de la sociedad, y que han sido excluidos del espacio público, resulta un gesto ético de incuestionable valor.
De cualquier forma, el documental hubiese ganado mucho más intensidad de haberse propuesto una buena poda de los parlamentos, que en ocasiones, lejos de contribuir al logro de una mayor complicidad con el drama de sus protagonistas, se vuelven cansinos, y hasta redundantes, en virtud de la elocuencia de los encuadres, y el escenario mismo. Tampoco resulta muy orgánica la historia rural en una película donde la ciudad o lo urbano, es el centro de todo.
“Arte nuevo de hacer ruinas” está a medio camino entre el cine antropológico y las sinfonías ciudadanas. No es ni una cosa ni la otra, aunque a lo largo del metraje uno llega a percibir el desvelo de sus realizadores por lograr un documental donde, además del testimonio de algunos de sus ciudadanos, la ciudad hable con naturalidad de sus zonas menos luminosas (aunque no menos humanas).
No es una película que consiga cambiar en mí esa percepción que ya en un principio comenté tengo de La Habana (claro, tampoco es un filme publicitario), pero al ser tan honesta con sus personajes, por lo menos me deja menos indiferente ante la suerte de quienes la habitan, día a día, más allá del Vedado.
Juan Antonio García Borrero

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Comentarios(2) »
En el reportaje (cuando vemos a Reinaldo en las ruinas del teatro) se puede oir una cancion de Caruso : como se llama esta cancion ?
Muchas gracias...
Me gusto mucho el articulo.
Me gustaria un dia poder escribir de tal manera tan impresionante.
Felicidades,
Blanca