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A MODO DE POSTDATA Y FINAL: CARTA ABIERTA A DUANEL DÍAZ

jagb @ 17:37

Duanel:

Recuerdo que el primero en hablarme con entusiasmo de las posibilidades de expresión que concede un blog fuiste tú. Por tanto, le debo a “La memoria inconsolable” el nacimiento de “Cine cubano, la pupila insomne”, y parece ser que también (aunque sin sospecharlo ninguno de los dos), la despedida. Es obvio que se trata de una casualidad eso de que tomáramos la decisión del cierre casi el mismo día. En casos así, es cuando más evoco la reflexión de Kant, especulando que detrás de cada casualidad hay veinte necesidades escondidas.

Tu blog me ha servido para confirmar algo que ya sospechaba: son más útiles al pensamiento las personas con las cuales generalmente uno no está de acuerdo, que aquellas que se empeñan en inculcarnos “verdades” ya encontradas. En nuestro caso, probablemente en el noventa por ciento de las oportunidades no coincidimos en la forma de mirar e interpretar los hechos. Es como si uno estuviera en la popa, y otro en la proa. Aparentemente el paisaje es igual, pero ya sabemos por Borges que “la realidad es invisible”. Es el observador quien termina configurándola. Sin embargo, no por ello es necesario que terminemos anulándonos.

Nuestras diferencias no responden a una cuestión de ideología, pues hace rato intento aproximarme a la vida (ya no al cine) desde otros ángulos. Se trata, creo yo, de la mirada primigenia que ambos tenemos del mundo revolucionario. Esa visión condiciona nuestros discursos. No digo que la visión tuya o la mía sea superior a la otra, solo digo que son distintas, y que por ende están condenadas a apreciar el contexto de maneras diferentes.

Tengo el ejemplo concreto del año 1959. Para ti, ese año marca el inicio de lo que llamas “la hecatombe”; para mí, en cambio, es el año que convierte en tangible una esperanza colectiva desde hacía mucho tiempo acariciada. Mi criterio es que si fuéramos hablar de “desastre” o “hecatombe”, tendríamos que ubicar su origen mucho más atrás, y si fuéramos a ponerle el apellido de “cubana” a la destrucción, habría que rastrear el origen de ese fenómeno allí donde se empezó a pensar en “cubano” la posibilidad de remediar el caos histórico.

Tanto la revolución de 1933 como la de 1959 albergaban la esperanza de corregir un destino de decadencia que parecía ya fijado, de allí que la segunda involucrara a una buena parte de la sociedad de entonces, incluyendo a los intelectuales que antes se esforzaron por habitar cotos de mayor realeza. Pero no es de la esperanza que entonces animó a los intelectuales (demasiado pegados a su espejo, a pesar de la buena fe) de lo que me gustaría hablar, sino de la esperanza de aquellos que vivían mucho más allá de esa sociedad que “Bohemia” o “Carteles” insistían ubicar en el Vedado,

Trataré de imaginar qué podía significar para mi abuelo blanco (el negro era tabaquero), llegado de España en 1917, una noticia como aquella que recibió el 1 de enero de 1959. Mi abuelo había salido de Lugo soñando con dejar atrás una miseria que lo acosaba por todas partes. No sé si escogió Punta Alegre para vivir por el nombre (si fue así, imagino su decepción: ese pueblo de alegre solo tiene sus parrandas). Creo que se hizo más cubano en la medida que mejor aprendió el oficio más antiguo del mundo, y que era el que más se practicaba en el sitio: el oficio de sobrevivir. Llegado a esta punto, trato de imaginar qué pensaría en el momento que se anuncia la huida de Batista: ¿sería para él la confirmación de la vida como una hecatombe, o el atisbo de una esperanza de mejorar su vida de carbonero?.

Se trata, como ves, de una cuestión de miradas o perspectivas: allí, donde unos aprecian esperanza, otros sentirán que han llegado al infierno. Y viceversa, porque toda ganancia en el fondo implica pérdidas. Todo depende del lugar donde nos pille el tren de la Historia : no se sentirá lo mismo si viajamos al lado del conductor de la locomotora, que sentados cómodamente en uno de los vagones. Cuba mirada desde “El Balcón de Europa” puede adquirir ribetes de una fantasía erótica, con el sacrificio diario de su gente como souvenir digno de coleccionar, pero examinada desde Punta Alegre, el Tiempo, y no el Espacio, puede cobrar la dimensión de una cárcel.

Quizás sea por eso que cada vez me interese más una visión humanista del cine cubano, que la simple celebración o descalificación de las películas que se han hecho. Me interesa explorar esos mecanismos a través de los cuales un individuo (para el caso, un cineasta) entrega su “yo” a un deber colectivo, a un ideal compartido. Casi todos los cineastas de ese primer momento (incluyendo a los creadores de “PM”, según se deduce de los editoriales de “Lunes de Revolución”) renunciaron eufóricos a la individualidad. No construyeron “la esperanza” porque esta ya existía de antes, sino que utilizaron todas sus fuerzas para mantener en el poder a aquellos que harían posible el cumplimiento de esa esperanza.

Después vino lo que vino. Considero que lo peor que ha podido pasar ha sido la paulatina clausura del espíritu crítico en la esfera pública, por miedo a entregarles “armas al enemigo”. Hay un verso de César López, escrito a finales de los sesenta o principios de los setenta, que a mi juicio resume de manera contundente la desazón que paralizaría por esa fecha a una buena parte de los intelectuales más valiosos. “¿Quién embarró de mierda la esperanza?”, se preguntaría desolado el poeta.

El inconveniente que le veo a esa visión apocalíptica que aplicas al período post-59, es que da por sentado que todo lo que había antes estaba bien, y todo lo que ha llegado después, ha estado mal. La ausencia de matices propicia el riesgo de pensar a Cuba como un engendro que hay que resetear de manera drástica para comenzar de cero. Simplifico, porque sé que no eres un pensador que guste dividir en buenos y malos el drama cubano, no obstante tus viscerales rechazos ideológicos, pero creo que cuando insistes en nombrar al período revolucionario como la “hecatombe” dejas mínimas posibilidades de imaginar algo distinto al infierno en su peor versión.

Y puede que lo sea (yo, al menos, nunca he conocido el paraíso en ninguno de los lugares donde he estado), pero en todo caso lo veo como un municipio de ese infierno mayor que es el mundo en su totalidad. ¿No sería más saludable entonces resetear al planeta entero?. Ciorán llegó a proponerlo en su momento, pero aunque adoro su manera de escribir, sospecho que aquel consejo nunca pasó del alarde literario. Con todo y sus sistemáticas diatribas, prefirió morir de muerte natural, y en el Primer Mundo. Nada de inmolarse como el suicida moralista que sugería ser. Al final, también él conservaba la esperanza íntima de que todo mejorara.

El cierre de mi blog tiene que ver un poco con esa incapacidad personal para lograr un equilibrio que concilie en mí la certidumbre de que Cuba es muy mejorable (sobre todo en términos de libertad de expresión del ciudadano), y la aplastante convicción de que esta no existe en ningún lugar del mundo. Ahora recuerdo otro de los motivos que me llevó a abrirlo, esta vez inspirado en un formidable aforismo de Elias Canetti: “Di tus cosas más personales, dilas, es lo único que importa, no te avergüences, las generales están en el periódico”.

Creo que un blog es hasta el momento el único modo de discutir en público esas angustias personales que forman parte de la existencia común, y que todos los periódicos (todos los Poderes) olvidan tratar, o simplemente, no están interesados en debatir. Esto no es privativo de “Granma”, sino que lo puedes encontrar aún con más fuerza en “El Nuevo Herald” (quizás por eso circulaba en Miami un chiste que hablaba de este último como “El Nuevo Granma”). Los periódicos, aquí o allá, insisten en diseñar la discusión de asuntos que ellos consideran “importantes”, cuando debería ser a la inversa: que los editoriales estuviesen todo el tiempo atentos a lo que va pasando en la vida de los ciudadanos de a pie, esos que nacen y mueren con la mayoría de sus sueños incumplidos.

He conocido personas en Miami que creen gozar de libertad de expresión solo porque leen “El Nuevo Herald”. Es decir, asocian su libertad personal a la oportunidad de leer lo que editores que nunca te conocen, consideran que es lo más importante de tratar en sus páginas. A mi juicio esas personas han llegado a Estados Unidos, o a Madrid, o a París físicamente, pero de mente siguen viviendo en Punta Alegre, cautivos de un subdesarrollo que no es físico, pero sí mental. Es obvio que no todo el mundo tiene que hacerse de un blog para ser más libre, pero de lo que hablo es de una actitud ante la vida donde el blog deviene paradigma insuperable de liberación real, si bien, como advirtiera Fromm, esa libertad sigue siendo motivo de pánicos para muchos, aún cuando vivan en el llamado “mundo libre”.

Hablamos de que en Cuba falta libertad para acceder a Internet (yo eso no lo voy a negar, aún cuando sé que técnicamente es imposible ahora mismo establecer ese servicio en todo el país), pero ¿alguien hace referencia a esa comunidad de cubanos en el exterior que teniendo la oportunidad de producir o consumir críticamente en Internet, prefiere seguir levitando como la plumita de “Forrest Gump”, quiero decir, donde le lleve el viento? La mayoría de estas personas confunden la opinión con el pensamiento, el comentario soez con el coraje intelectual: sabemos que lo primero es cosa efímera y muy mutable (adivino la queja que algunos de ellos esgrimirán dentro de cincuenta años: “Contra Castro estábamos mejor”), lo segundo exige un esfuerzo que, francamente, no creo que el cubano de aquí o de allá sea capaz de asumir alguna vez. Para negar de manera radical y coherente también se necesita un talento inmenso.

Por eso no creo en una hecatombe “post- 59” , lo cual no quiere decir que se esté viviendo en el mejor de los mundos posibles. Creo que los sueños de justicia social engendran pesadillas individuales que es preciso corregir. Hay que darle voz a quienes sufren el peso de las utopías. Pero ya de antes estaba entre nosotros esa incapacidad para hacer más llevadera la convivencia social. Eso lo captó con verdadera fineza tu estudiado Mañach al escribir sobre el choteo, y también Lezama, en víspera de su decisión de habitar los mencionados cotos de mayor realeza.

Ambos se enfrascaron en aquella famosa polémica que ahora mismo cobra para mí una vigencia tremenda. Lezama acusó a Mañach de cambiar la fede por la sede, la cueva de Zaratustra por el escenario público. Mañach defendió el argumento de que el intelectual no puede vivir de espaldas a la Historia , y debe denunciar todo tipo de atropello o injusticia. Ambos siguen teniendo su cuota de razón, y sin embargo, ninguno de los dos consigue convencerme del todo. Lo peor: admitir que no veo una tercera alternativa.

Luego está también eso que dices: el temor a repetirme. La blogosfera cubana, como todo lo joven, ahora mismo es dinámica e incisiva, y es una lástima que por el momento predomine solo la mirada de los que están definitivamente “en contra”, porque eso empobrece lo que por naturaleza es plural. Tal asimetría puede reciclar lo que ya ocurre en la otra prensa, y de tanto reiterar las mismas anécdotas de siempre, corre el riesgo de transformar la blogosfera en simple “egosfera”.

Por lo menos es el peligro que siento en cuanto a estas cosas que escribo sobre el cine cubano, que al ser puntos de vistas independientes, han merecido el saludable vapuleo de aquí y de allá, pero casi siempre a modo privado. Las estadísticas de visitas están visibles, y el promedio (para ser un tema tan específico) no está nada mal. Pero oirse uno mismo todo el tiempo llega a ser una pesadilla, y francamente, no es eso lo que me interesa, aún cuando pudiera decir petulante que es un blog dirigido a “las grandes minorías”. Con el cierre solo intento poner en práctica el arte recomendado alguna vez por Nietzsche: “el arte de saber retirarse a tiempo”. Así de simple.

Un abrazo y suerte,

Juan Antonio García Borrero

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