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POSTDATA FINAL: CARTA ABIERTA A DUANEL DÍAZ (2)

jagb @ 13:05

Duanel:

Cuando me inserto en este tipo de polémica no es para convencer a nadie, sino que lo hago con la predisposición de adquirir un punto de vista superior, o por lo menos, adquirir una nueva noción de ese poliedro que todos habitamos. Cada persona tiene ya su propia visión de Cuba, a partir de lo que ha experimentado en carne propia, y lo menos que puedo hacer es respetar la visión de aquellos a los cuales les ha ido peor.

Yo no quiero pecar de lo mismo que te estoy criticando: esa desmesurada generalización que te hace ver solo negro, allí donde es posible encontrar matices. No puedo ni quiero ir contra las evidencias. En Cuba hay un partido único, un Líder Máximo cuya opinión es incontestable, una esfera pública donde no hay posibilidad de disenso, una minoría que políticamente piensa distinto y es por ello silenciada o encarcelada. Llámalo dictadura, pero es evidente que todo eso no lo puede lograr un solo hombre. De allí que me interese el estudio del proceso que hasta ahora se ha vivido como conjunto de muchas voluntades, y no como el capricho individual de una sola persona.

Mirado desde esta perspectiva, es claro que no puedo compartir ese optimismo que muestras con la variable biológica a la hora de solucionarse los problemas de Cuba. Aquí sí hay una discrepancia de fondo entre ambos, ya que en este punto te revelas como un “apocalíptico optimista” (Castro muere y todo se resuelve), mientras que a mí me sigue acosando lo que llamo el “optimismo trágico” (se seguirá sobreviviendo, sí, pero de manera agónica). Para mí, tal vez pensando demasiado en Ciorán, los problemas entre cubanos seguirán existiendo porque esa manera de discutir las discrepancias (lo nuestro ahora no es la regla, es una excepción) ha llegado a formar parte de la cultura cotidiana, lo cual alcanza hasta a los adversarios de Fidel Castro.

¿Esa intolerancia que a veces se nota en el exilio entre cubanos que piensan distinto, aunque tengan una fobia común a la Revolución, es culpa del gobierno de la isla o del compatriota que, a la hora de debatir, se siente a gusto con la ley del menor esfuerzo mental? Descalificar mediante el choteo o el insulto al otro, como te dije en mi carta anterior, es más popular porque evidentemente es más fácil; “pensar” lo que ese otro te dice, y admitir que puede tener cuotas de razón, eso sí ya resulta una proeza. Creo que en casos así se ha descuidado la moraleja de Borges: “Hay que saber elegir los enemigos, porque al final terminamos pareciéndonos a ellos”.

“No se puede estar al mismo tiempo con los indios y con los cowboys”, dices en algún momento. Eso, en efecto, es lo que siempre nos han recomendado, y lo que indica el sentido común, si quieres quedar bien con uno de los dos bandos. Solo que eso es precisamente lo que no me interesa hacer. Trato, a conciencia, de desmarcarme de todo tipo de tópico fidelista o anticastrista. Dicho de otro modo: que me interesaría contar alguna vez una “Historia” del cine cubano donde indios y cowboys se comporten como personas de carne y hueso, y no como ángeles y villanos.. Es decir, no contar la historia de los indios narrada por los cowboys o viceversa, sino la historia de ambos, enmarañados en una lucha que sabemos a muerte. Ya de paso quisiera comprobar por cabeza propia que “esperanza de justicia social” no necesariamente es sinónimo de “hecatombe”.

Ya sé que es difícil de lograr, porque a estas alturas creo que la Historia no es más que otro género literario. El narrador, es decir, el historiador, difícilmente podrá llegar a anular del todo esa simpatía o fobia que le provocan aquellos personajes y situaciones que evoca. De allí mi sugerencia de abandonar la pose del Dios-Historiador, para contar la historia del cine cubano según el paradigma de “Rashomón”: la historia según el Autor, la historia según los cineastas, la historia según las películas, y así, hasta donde se pueda llegar.

En este sentido, admito contigo que la memoria histórica tiene que registrar el testimonio de los vencidos, de los que han sido machacados, porque ninguna “Revolución”, aunque se haga llamar de “Los claveles”, es pacífica. Románticas lo son todas, pero pacífica ninguna. Para mí, el dolor o la rabia que expresan en sus libros Reinaldo Arenas, Heberto Padilla, Guillermo Cabrera Infante, Néstor Díaz de Villegas, Juan Abreu o Antonio José Ponte, por mencionar unos pocos, es tan respetable como el jubileo de Alejo Carpentier o Nicolás Guillén, porque en el fondo hay un denominador común, más allá de toda diferencia ideológica: el tremendo drama de la convivencia humana. Y en ese dolor o rabia también hay lucidez. Y para volver al cine, que es el terreno donde me muevo, creo que en películas como “Guaguasí”, “Los gusanos”, “El super” o “Amigos”, al margen del saldo artístico que nos hayan dejado estas cintas, están “las verdades” de esos que fueron expulsados del proyecto revolucionario. No lo digo ahora, sino que está escrito, lo mismo en el libro sobre el cine de la diáspora, como en otros textos que circulan en Internet.

Hablemos ahora de los hechos. No comparto eso que dices de que “hay que hacer balance, y en ese balance hay que tomar o rechazar a la Revolución entera”. ¿Quién nos otorga ese derecho de decidir lo que es prescindible o no en esta vida? Esa fórmula del “todo o nada” enfatiza las dudas que ya yo tenía con anterioridad cuando te hice llegar mis objeciones a tu noción de “hecatombe post 59”: ¿significa eso que hay que negar todo-todo-todo?, y en el caso del cine cubano, ¿significa que hay que renegar de la creación del ICAIC y de cuanta película se haya producido allí? En esa mirada tuya, ¿qué lugar ocupa el cine cubano?, ¿fue la creación del ICAIC también para ti un gesto regresivo dentro de la cultura nacional?, ¿no se han hecho allí películas que, después de todo, vale la pena haber realizado?, ¿no se codeó el cine cubano de esa época con la modernidad fílmica de entonces?, y cuando me hablas de Alfredo Guevara como el gran represor, ¿significa eso que los de “Lunes de Revolución” eran, por contraste, liberales, cuando el propio Cabrera Infante reconoció en vida su intolerancia de esos años?

Quizás tú lo tengas más claro, pero para mí los hechos, por sí solos, siempre serán engañosos. Un hecho, aislado de su contexto, es solo eso: un hecho. Y resulta insuficiente para entender el por qué de las cosas, porque como comentaba Voltaire del tipo de “Historia” que se escribía en su época: “En el fondo me quedaba igual que antes… solo me enteraba de acontecimientos”.

La censura de “PM”, por ejemplo, es un hecho, pero la simple mención de esa censura no alcanza a explicar que se trataba de una lucha por el poder cultural que, a su vez, estaba contribuyendo a la construcción simbólica de un adversario externo, que a su vez encajaba perfectamente con lo que estaba sucediendo en el mundo entonces (pueblos descolonizados en África, ansiedad de liberación en Latinoamérica, Guerra Fría, etc). Es decir, si mencionamos apenas ese hecho (que además, fue real) para de inmediato privilegiar el archicitado “Dentro de la Revolución todo, contra la Revolución nada” y la supresión de la libertad de expresión, se corre el riesgo de olvidar que tanto “Lunes de Revolución” como el ICAIC, a pesar de sus discrepancias irreconciliables, estaban legitimando el mismo proyecto social. Supongamos que los de “Lunes” sean los indios (por aquello de que fueron aniquilados) y los del ICAIC los cowboys, ¿si narro la historia desde la perspectiva única de “Lunes” no estoy perdiendo la oportunidad de estudiar cómo ambos grupos contribuyeron a legitimar un consenso por esas mismas fechas?

Luego, están las películas del ICAIC, que son también hechos. Están allí, y hoy se pueden explorar desde otra perspectiva. Se les podrá poner todas las objeciones estéticas o ideológicas que quieran, pero hay en ellas un testimonio invaluable de lo que estaba pasando en la época, y sobre todo, qué estaba pasando con la gente, qué esperaban, en qué creían, con qué soñaban.

Creo que si seguimos con el método de “La Historia de los indios por los cowboys” o viceversa, se perderá de vista la complejidad de las dos dinámicas presentes en ambas tramas: la externa y la interna. Porque dentro del ICAIC se vivieron tensiones que dieron origen a diversas líneas estéticas, y del ICAIC hacia fuera también se protagonizaron polémicas que contribuyeron a enriquecer el contexto cultural de esa década. Por eso me parece sumamente simplificador sugerir que desde 1959 hasta la fecha ha existido en Cuba una manera idéntica de gobernar, y por ende, una misma política cultural. Es decir, sugerir que de principio a fin todo ha sido una hecatombe.

Si afirmamos eso estaríamos escamoteándole el cuerpo a algo mucho más complejo de explicar, y que implica la responsabilidad de muchos, incluyendo a los que un año después de 1959 ya eran “enemigos”: los mecanismos a través de los cuáles se logró la construcción de ese adversario simbólico que partir de 1961 garantizó el máximo de unidad en nombre de un peligro externo. Nadie puede llegar e imponer por que sí a diez millones de cubanos una ideología que hasta entonces circulaba de manera irregular en el país. Eso solo se ve en las películas de Hollywood, donde un villano consigue con una facilidad increíble dominar a toda una nación. Ese proceso que desde 1959 se ha vivido es demasiado complejo como para etiquetarlo en un término, y descalificarlo de un plumazo. Su consolidación obedece a un conjunto de circunstancias locales e internacionales que difícilmente se repetirá, y la prueba está en el ejemplo de la Revolución cubana, que a pesar de gozar del respaldo de una buena parte de la izquierda latinoamericana y hasta europea de esa fecha, apenas consiguió ir más allá de lo simbólico.

En los últimos tiempos y cada vez con más intensidad, suelo preguntarme desde dónde y para qué escribo. No me refiero al lugar físico, pues como ya te dije, se puede estar comiendo en Miami sin haber salido de Punta Alegre. Y por otro lado, es muy fácil reclinar los codos en las barandas del Balcón de Europa para celebrar o fustigar lo que está pasando en Cuba. Esto está relacionado, desde luego, con la polémica que te mencionaba de Mañach-Lezama, y que conoces mejor que yo: ¿vale la pena cambiar la sede por la fede?.

Estamos hablando de algo que es realmente peligroso, por lo menos en el plano ético. No sé si era Cartier Bresson quien llamaba la atención sobre el riesgo que se corre cuando abordas el sufrimiento humano y juegas con la estética, con la retórica, porque, al final, ¿quién es más importante: el sujeto que sufre o el fotógrafo y su retórica? Es lo que termina pasándome con todas estas teorías brillantes que hablan de hecatombes y olvidan el origen del sufrimiento, o pasan por alto que allí donde en apariencia está el kilómetro cero del desastre, ya había un montón de gente sufriendo. Otra cosa, desde luego, es someter a crítica profunda el resultado que ha tenido el experimento. En esa crítica, si es humanista, si intenta fijar los pros y los contras, si advierte logros y retrocesos, desde luego que sí creo.

Por eso mi decisión de cerrar definitivamente el blog, y volver a la sede, porque no consigo encontrar el equilibrio justo que me permita “entender” los acontecimientos, y hablar de indios y cowboys con cierta objetividad. Al no lograrlo, corro el riesgo de que el blog, como sitio para hacer lucir mi retórica personal, pase a ser más seductor que las ideas concretas que me interesa discutir. De modo que solo regresaré el día que me sienta en condiciones de contar la historia de los indios y los cowboys sin que ninguno de los dos me ponga como condición “un sí o un no”. Tal vez ese día anuncie el retorno con el clásico “Había una vez, hace algunos años, unos indios y unos cowboys…”.

Un abrazo,

Juan Antonio

Un Comentario »

M. E. Diaz — 24-02-2008 - 18:40:05 GMT 1

De acuerdo contigo, no todo es en blanco y negro, lo cual es cierto solamente para los ciegos a los colores.

Pero si me quitan la luz y solo me dejan ver sombras prefiero la version cubana despues de 1959, por lo menos en teoria es una obra de altruismo, solidaridad y cooperacion, mientras que la version contraria, en teoria y en practica trae sin remedios el egoismo, individualismo, privilegios y el uso y abuso de unos por otros.

La libertad de expresion puede existir o no en ambas versiones, en muchos colores y con matices por supuesto. Macartism is not a monopoly of the Indians or Cowboys.

Desde Miami con amor :-)

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