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JOSÉ MARÍA ESCRICHE: LO QUE EL CINE NOS DEJÓ.

jagb @ 18:37

Hay un lugar común que asegura que los verdaderos amigos se conocen en los momentos más difíciles. Si eso fuera cierto (y creo que lo es) tendríamos que admitir que los festivales de cine no son recomendables para encontrarlos. Conjura donde el placer y la sensualidad adquiere rango de sobredosis, en los mismos termina abundando lo efímero. En los festivales de cine, dado que la gente va y viene cada año, los encuentros entre las personas de carne y hueso pasan a ser algo así como virtuales, al extremo de que con el tiempo, las fotos se hacen más auténticas que los mismos seres que posaron para ellas.

Tuve el privilegio de conocer a alguien que quiso desafiar esa regla. Dirigió durante no sé cuántos años el festival de cine de Huesca. Llegó a codearse con personalidades que uno piensa que solo podrá conocer por las enciclopedias. Viajó por el mundo convencido de aquello que asegura que “el racismo es una enfermedad que se cura… viajando”. Y además de eso, tuvo tiempo de ser buena persona. Lo llamaban Pepe Escriche.

Todavía recuerdo nuestro primer encuentro en aquel lujoso hotel de Santa Cruz de la Sierra, en Bolivia. Él formaba parte del jurado que en aquella edición iba a evaluar las películas en competencia. En cuanto a mí, era mi primer viaje al extranjero, y me sentía como los viejitos de Buena Vista Social Club en Nueva York, aunque allí no hubiese rascacielos. Soy más bien un tipo tímido, por lo que no sé cómo encontré el coraje para llegar ante él, y proponerle la “Guía crítica del cine cubano de ficción” (todavía no publicada) como parte de los libros que editaba su festival.

¿Qué pudo ver Pepe Escriche en ese perfecto autor inédito que era yo? ¿Por qué debía interesarle un libro con una temática tan puntual como era la cinematografía cubana? ¿Por qué arriesgarse a perder el tiempo con alguien que, siguiendo con lo que dije al inicio de estas líneas sobre los festivales, lo más probable es que nunca más volviese a ver? Como en una película, recuerdo trozos de aquella primera conversación. Él me pregunta a que me dedico Yo, citando a Reinaldo Arenas, le digo que soy un escritor del tercer mundo porque no han inventado el cuarto. Todavía me parece oír su risa, tan parecida al tamaño de su cuerpo, y luego la interrogación cuya respuesta me abriría las puertas su amistad. “¿De dónde eres?”, preguntó. “De Camagüey”, le dije.

Hoy sé que si hubiese dicho La Habana o Santiago de Cuba, nada de esto que estoy contando existiera. Pero Camagüey era en su imaginario una palabra mágica, en tanto, me dijo, en Huesca acostumbraban a clausurar el festival en una casa de campo bautizada por un cubano que vive allá como “Camagüey”. Esa noche nos dieron las tres de la madrugada hablando de mil cosas, como si nos conociéramos de toda una vida.

Tres meses después me llamó a Camagüey para encargarme la escritura de un libro sobre cine cubano. Pero no sobre esas películas cubanas que una y otra vez se mencionan en los mismos ciclos de siempre. Gracias a Pepe Escriche fue que escribí “Rehenes de las sombras”, un libro hermoso (no hablo del contenido, sino de su diseño) que me permitió viajar por primera vez a Huesca. Recuerdo aquel diciembre en que Lázaro Venereo (el cubano culpable de llamar Camagüey a su finca) llegó a La Habana para explicarme en persona lo que querían. También recuerdo la insistencia de ambos para que yo firmara el contrato, pues por medio estaba eso que, como en “Casablanca”, podía ser el principio de una gran amistad, pero ante todo, estaba la cuestión legal.

No quiero hacer demasiada larga esta evocación. Basta con decir que Pepe Escriche me convirtió en un adicto de Huesca. Esa adicción divina me permitió consolidar mi amistad con Lázaro Venereo, el “camagüeyano” falso. Y también me permitió sentirme parte de esa comunidad oscense de cubanos que habitan aquella zona (Misael, Aimeé, Tania, Yeimi, entre otros).

Nadie se salva de tener defectos, y doy por descontado que Pepe Escriche los tenía. Sin embargo, para mí seguirá siendo un paradigma de eso que dije al principio: una buena persona. Creo que nada es tan importante en este mundo como intentar no ser mala persona. Y eso solo se consigue tomando conciencia de la suerte de quienes no están en tu misma situación.

Entre los cubanos que hemos nacido después de 1959, hay una cierta tendencia a pensar que en el capitalismo solo hay posibilidades de encontrar seres egoístas. Individuos que solo piensan en su bienestar individual. Desde luego que los hay, pero ello no es monopolio de ningún sistema social. En definitiva, hay gente que se llama de izquierda que no tienen escrúpulos a la hora de asegurar, al precio que sea, su comodidad. Y a la inversa, me he encontrado ultra conservadores que han ofrecido su ayuda al prójimo de una manera desinteresada. De hecho, en mi larga estancia en España el año pasado, conocí más personas generosas que egoístas. Personas con las que no me alcanzará la vida para liquidar las deudas. Pepe Escriche fue uno de esos que acudió en mi ayuda sin yo pedírselo.

De su muerte me enteré por Lázaro Venereo. No estuve en el sepelio, pero gracias a Montserrat Guiu, a Ángel Garcés, y a Paco Jiménez, he tenido la sensación de haber estado allí. Dicen que llovía, y que había mucha gente. Trato de imaginarme qué hubiese dicho José María Escriche de haber visto a todas esas personas que fueron a decirle adiós. Seguro se habría esforzado por quitarle importancia al asunto, pues nadie como él tenía tan claro que, después de todo, la muerte no es otra cosa que una deuda sentimental con la vida.

Juan Antonio García Borrero

Un Comentario »

Pepe Quintanilla — 28-04-2008 - 00:43:52 GMT 1

Mi querido Juan Antonio:
Con sorpresa encuentro tu blog, que poco a poco recorro, empezando los las lindas líneas que pones a la memoria del "mutuo de todos", Pepe Escriche. Un abrazo y te dejo mi email para estar en contacto, porque tengo traspapelado el tuyo...

pepe quintanilla
pepe.quintanilla@gmail.com

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