TODAS ÍBAMOS A SER REINAS, de Gustavo Pérez
Frente al objetivo de la cámara pasan siete mujeres que, a la primera palabra, se revelan como extranjeras. Algunas de ellas son todavía hermosas, muy hermosas. Proceden de diversos puntos de la geografía del antiguo país soviético (Letonia, Khazajastán, Moldavia, Siberia, Ucrania). La cámara abandona poco los interiores, buscando intimidad con sus sujetos, y va hacia los detalles sólo cuando es necesario remarcar uno u otro sentido; mientras tanto, descontando los enlaces, se detiene encima de los rostros, sonrisas, seriedad, miradas.
¿Qué significaban aquellas mujeres para los de mi edad? Las veíamos arribar, pálidas y rubias como princesas de cuento, de la mano de cubanos que las paseaban luego cual si fueran joyas; cubanos que nos llenaban los ojos con historias de aquel país lejano donde todo era abundancia y geografía desmesurada, mujeres que se arrebataban con mulatos o negros y futuro realizado. Claro, entre los muchos cuentos –que solían ir acompañados de generosas cantidades de bebida- se colaban fragmentos de un mundo otro dentro de aquel mundo que era nuestra aspiración, pequeñas piezas que desencajaban, pero aún así éramos felices porque la coherencia sobresalía. Más tarde, cuando cesaba el encanto inicial, las veíamos en las colas, metidas ya en el corazón de la vida cubana, y nos divertía su manera de hablar una lengua que nunca terminaban de manejar por entero, sin artículos o con demasiados verbos en infinitivo.
Las comunidades nacionales se pueden dar el lujo de esta asimilación benévola mientras menos fracturas internas presentan y más baja es la cantidad del cuerpo extraño que reciben; en el caso de Cuba, país donde la diferencia racial existe sobre un fondo de mezclas y esencial unidad nacional (que se manifiesta en la existencia de una sola identidad), la presencia de estas “princesas rusas” fue fácilmente manejable. Vale la pena recordar que hablamos de un país con larga tradición como receptor de migraciones y, sobre todo, que sólo las ciudadanas provenientes del nuevo espacio orbital inaugurado luego del triunfo de la Revolución cubana eran autorizadas a integrarse a la vida nacional; sólo las mujeres extranjeras podían venir con sus compañeros cubanos y viceversa, sólo mujeres cubanas iban a residir en los países de las parejas con las que se casaban.
Esa regla, violada sólo de modo ocasional, fue un buen motivo para que el contacto con los miles de técnicos de países socialistas que venían a realizar trabajo de colaboración en Cuba o de los miles de estudiantes que hacia tales países viajaban, tuviese escasa significación en términos migratorios. Cuando más tarde, ya a fines de los 80, entró en colapso el sistema socialista de la Europa del Este, se completó el último paso para la desaparición de estas mujeres; a la nueva realidad de países de orígenes transformados se agregaba la erosión del tiempo vivido en Cuba. Sin soporte económico para la colaboración regresaron los técnicos (al menos en las ciudades mayores de la Isla había barrios enteros para los “colaboradores”), se deshizo la presencia extranjera en el país (los estudios de idioma ruso desaparecieron del sistema de educación superior, las revistas que llenaban los estanquillos de venta, los productos en las tiendas, las películas en los cines, los calendarios de celebraciones e incluso la mera mención a tales geografías).
En este punto, la transformación económica implicó una consecuencia trágica para esas mujeres que –a estas alturas- no sólo eran parte de la vida cubana como “trabajadoras”, sino también como esposas y madres; al desaparecer el sostén de la comunicación con sus países de origen, quedaron varadas en un espacio por nadie reclamado (nunca enteramente nacionales, sin oportunidad de volver a la tierra de origen y, es adecuado suponer incluso, que habitando un espacio fracturado incluso con los hijos). Gente sin lazos.
Lo particular de esta situación, clásica del inmigrante dentro de otra lengua y cultura distante, está en que ocurrió dentro de una súbita inversión de signos, ya que años antes Cuba y los antiguos países socialistas (en particular la URSS) habían sostenido un tipo de relación enteramente inédito entre cualquier país europeo y otro perteneciente al antiguo entorno colonial; de ahí las referencias que en el documental son hechas acerca de cómo éstas mujeres entrevistadas conocieron a los que más tarde serían sus esposos y a lo que ellas conocían sobre Cuba.
En este sentido, “Todas íbamos a ser reinas” es la crónica de un sueño que desapareció (amistad entre países o relación paritaria entre desarrollo y subdesarrollo); un juego de guiños a la vida cubana actual (pues los sujetos entrevistados comparan el país al que llegaron con este de hoy); una pequeña exploración de nuestra identidad (ya que el choque cultural es ilustrado mediante la diferencia de costumbres) y un acercamiento a la descolocación de la identidad, mediante el trabajo con estas personas que –ya sin el carácter central que antes tenían en la vida nacional o para el interés de sus gobiernos- parecen haber quedado varadas en un espacio vacío.
Todo esto lo consiguen Gustavo Pérez y Oneyda González en apenas 54 minutos de delicadeza, nostalgia y humor de este material (realizado en el Telecentro de la ciudad de Camagüey, donde trabaja Gustavo, con sólo una cámara y en los ratos libres durante filmaciones) que el documental cubano debe agradecer. Según confesión de los autores, el trabajo de preproducción demoró seis meses (durante los cuales localizaron los sujetos, efectuaron las entrevistas preliminares e hicieron la selección de quienes, finalmente, quedarían en el documental) y las condiciones de grabación obligaron a filmar por separado y en sesiones breves a cada una de las entrevistadas, para luego descartar y montar el material que quedó decidido. En este caso, la profundidad del trabajo de mesa, así como la inteligencia del realizador, hizo que lo precario de las condiciones y la discontinuidad de la filmación operen a favor del documental, pues no otro es el motivo de esa cámara fija que parece buscar el alma de las entrevistadas. Al inicio del documental, una mujer letona canta una canción en ruso y, en el cierre, esa misma mujer trata de cantar una canción en letón, su idioma, pero ya no la recuerda, y llora. Cuando niños, y como parte de los desastres del estalinismo, se les prohibió a los letones el uso de su lengua materna (sustituida por el ruso). Uno puede elucubrar que si hubiera permanecido allá, entre su gente, habría tenido mucho más asidero para recordar o explorar su identidad hasta poder reconstruirla, pero al elegir el amor y venir hacia Cuba, enterraba de paso toda esa posibilidad.
Mediante la puesta en pantalla de este caso, los autores nos enfrentan al extremo más doloroso del drama de la identidad, nos enfrentan a estos sujetos ocultos que viven entre nosotros y hacen que nos preguntemos sobre las múltiples derivaciones de la pérdida de un sueño.
Víctor Fowler (Tomado de la revista MIRADAS).

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