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HASTA CIERTO TITÓN (Fragmento)

jagb @ 17:38

Como todas las mentalidades colectivas, la cubana no ha estado ajena a los embates del estereotipo. Mucho más que otros países, porque desde hace cuatro décadas y media la nación experimenta la sensación de ser una plaza sitiada, lo cual no puede menos que reproducir un lenguaje extraño al sentido conciliador. En el plano simbólico, Cuba todavía representa la alternativa a un modelo capitalista que en sus dos siglos de existencia, no ha sido convincente en sus promesas de libertad, igualdad y fraternidad para todos. Al contrario: la pobreza extrema sigue resultando una de las constantes en las agendas de esas cumbres que, cada cierto tiempo, se encarga de aglutinar a los mandatarios más poderosos del mundo.

Tomás Gutiérrez Alea fue uno de los intelectuales que más embriaguez mostró con la llegada del gobierno revolucionario. No solo está “Historias de la revolución” (1960), considerado el primer filme producido por el ICAIC, sino también esas cartas remitidas a diversas personalidades del mundo cinematográfico, las cuales tuvieron un marcado tono proselitista, siempre a favor del nuevo orden.

La relación de personalidades a las que Titón dirigió sus cartas resulta sencillamente impresionante. Esas misivas permitirán reconstruir zonas del acontecer cultural de la isla hasta ahora olvidadas, y no en balde el epistolario se inicia con una de las cartas que dirigiera Gutiérrez Alea en 1951 a Germán Puig, uno de esos sujetos desaparecidos del mapa cultural de la nación, no obstante la labor que desplegara durante la década de los cincuenta junto a Ricardo Vigón y Guillermo Cabrera Infante, en la conformación de una Cinemateca para la isla. Luego, nombres como los de Manuel Barbachano Ponce, Cesare Zavattini, Carlos Saura, Carlos Fuentes, Juan Goytisolo, Tony Richardson, Alfredo Bryce Echenique, Gabriel García Márquez, Costa Gavras o Robert Redford, por mencionar apenas algunos, resultarán más que atractivos para el investigador de cualquier latitud.

Pero tal vez el mayor valor de esta correspondencia esté en la posibilidad que brinda de descubrir al artista compenetrado con la circunstancia que lo rodea. En una hermosa misiva dirigida a Carlos Saura por la temprana fecha de 1963, Alea mostraba ese estremecimiento que provoca descubrirse parte de un momento histórico inédito. Se dirá que toda la historia está llena de momentos inéditos, dada la singularidad del individuo, pero el intelectual está llamado a percibir con más intensidad el dolor que provoca saber que solo hay un tiempo. De allí que escribiera,

“(…) A cada uno le toca vivir su vida en su momento y en su circunstancia particular, y esta que nos ha tocado a nosotros aquí en Cuba es particularmente interesante. La tensión con que se vive, la claridad, la mezcla de optimismo y presencia de muerte que nos envuelve, todo es revelador y excepcional, y no lo cambio ya por ninguna experiencia. Siento solamente no ser un poco más joven hoy en Cuba. Me angustia el tiempo que he perdido en cosas dispersas. Y hago todo lo posible por recuperarlo viviendo, leyendo, estudiando, trabajando… y no lo logro.” (1)

Mas esa adhesión primigenia a la revolución, lejos de resultar acrítica, se convierte al mismo tiempo en un surtidor de nuevas angustias e inquietudes, como bien reflejarán sus próximas películas. Titón no ignora la importancia que para entonces va adquiriendo el país en el entorno de esas luchas que intentan cumplir con las viejas aspiraciones humanistas, pero le parece primordial no perder de vista la jerarquía que ha de tener el individuo en esa dinámica social, donde la soberanía de la nación parece antepuesta a la libertad del sujeto.

Así, entre el descreimiento de Camus y el compromiso de Sartre, dos posiciones filosóficas que en aquel entonces provocaban furor, parece evidente que Alea se inclina por lo segundo. Nos lo sugiere su renuncia a formar parte de la directiva del ICAIC para dedicarse por entero a hacer “sus películas”, en una época donde el “nosotros” era el pronombre con que se designaban los sueños más importantes.

Pero en Alea esta decisión de vivir según sus necesidades más íntimas, lejos de resultar un aminoramiento de responsabilidad colectiva, implicó una multiplicación de sus desgarramientos más personales. Como intelectual, el cineasta estaba consciente de que, aún en aquellas épocas en las que los grandes movimientos de masas se encargan de rediseñar los decorados de “La Historia”, el individuo está condenado a pasar por el filtro de su subjetividad crítica esos instantes que vive. Esa tensión que se establece entre el intelectual y su época, esa angustia que tal vez no se muestra en la plaza pública a la que hizo referencia Nietzsche, pero que se lleva a casa una vez que terminan los actos donde nos exigen el sí o el no, pasaría a formar parte esencial de sus películas.

La honestidad de Titón lo hace meditar críticamente sobre su propio proyecto de vida, y la relación establecida con el nuevo orden. Particularmente desgarradora es aquella misiva enviada a Juan Goytisolo en 1964, donde dice,

“(…) He llegado a un punto en que siento que miro las cosas con los mismos ojos que tenía hace unos años, antes de la revolución. Y ni las cosas ni yo somos los mismos. Antes luchábamos por un sueño. Ahora ese sueño se hizo realidad y en él estamos atrapados. No quiero que ese sueño se convierta en pesadilla, y pienso que está en mí el evitarlo. Aparte de la lucha que mantenemos por mejorar la realidad que vivimos, está la necesidad de mirar las cosas con la óptica mejor. No puedo seguir mirando las cosas ni expresándome como hace diez años. Y eso es lo que he venido haciendo hasta ahora. Siento que tengo que empezar nuevamente desde cero” (2)

Titón estaba consciente de la distancia física que, de hecho, generaba su postura nada complaciente. “La condición natural del intelectual es la soledad”, dijo alguna vez Edward Said, y en efecto, en muchas de sus misivas Alea alude a ese inevitable aislamiento que sobreviene en aquellas personas que deciden labrar un pensamiento independiente, aún cuando esas reflexiones coincidan con la esencia de lo que promueve la ideología dominante. Pudo vivir de una manera más cómoda (¿o más acomodada?), pero detestaba la simulación, el rol de intelectual de cosmético, y no en balde fijaría su posición de artista incisivo ante el propio Alfredo Guevara cuando afirma:

“(…) En la cultura es donde se evidencia el proceso de transformación del hombre, y el intelectual (y el artista) no puede ser un payaso ni un adorno en esta sociedad. En medio de la lucha ideológica debe jugar un papel importante en eso de detectar dónde se esconde el espíritu pequeño burgués. Su misión desde la revolución es proveer armas para combatir el espíritu pequeño burgués donde quiera que este se esconda o se manifieste. El intelectual es el especialista que está más dotado para poner en claro las incoherencias semánticas que pueden tener lugar dentro de la revolución”. (3)

Consecuente con lo anterior, no temió abordar en sus películas zonas tabúes o relegadas al margen. Fue el primero en plantear en pantalla el asunto del exilio como componente importante del llamado “problema cubano” (“Memorias del subdesarrollo”), y también el primero en concederle el protagónico a un personaje que, además de homosexual, hablaba mal del gobierno (“Fresa y chocolate”). En ambas cintas, “el otro”, o lo que es lo mismo, el diferente a ese sujeto colectivo que dice portar la certeza, se encarga de insertar perplejidades, dilemas éticos que contribuyen a enriquecer esa razón que, en principio, se adivinaba única y excluyente.

Juan Antonio García Borrero

Notas:

(1) Carta escrita a Carlos Saura, con fecha 24 de febrero de 1963. Se puede leer en el epistolario preparado por Mirtha Ibarra “Volver sobre mis pasos”.
(2) Carta dirigida a Juan Goytisolo, con fecha 18 de marzo de 1964. En “Volver sobre mis pasos”.
(3) Informe a Alfredo Guevara (1971), incluido en el mencionado epistolario.

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