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JUAN DAVID GARCÍA BACCA EN LA REVISTA “ORÍGENES”

jagb @ 13:51

De la caverna platónica al cine moderno (Dos metáforas y una sola verdad)
Juan David García Bacca

Allá en ciertos tiempos, – fecha definible, como los de Maricastaña, y como los de ella simbólicos – vivían los hombres, nos dice Platón, en célebre mito, aherrojados en oscura caverna, cara a su fondo, inmóviles, con la única distracción y ocupación de descifrar las sombras que los objetos, al desfilar por la puerta de la caverna, proyectaban en su fondo. A espaldas de tales simbólicos cautivos, – desconcertantes, los llama Platón –, pasaba la Verdad y la Realidad: a su vista, las sombras, las siluetas, la inconsistencia y enigmática apariencia.

En total, un cine, peor que el peor de nuestros más modestos barrios. Pero cine, desde nuestro punto de vista.

Más cómodamente arreglado, al parecer más libres para entrar y salir, limpios, y aún con aire acondicionado suelen estar nuestras cavernas platónicas modernas. Alias, nuestros cines. Pero cavernas son, pues sombras nos dan; y sesión de sombras y peleas, y asuntos entre sombras, son los que por la pantalla desfilan. Por el espectáculo visto, por el tipo de realidad con el que vivimos largas horas – y lo que es peor, porque lo vivimos libremente, y con tanto gusto, que encima pagamos – nuestros cines no distan mucho de las troglodíticas cavernas, mitológicamente recordadas por Platón. Mito. ¿de qué y para qué?

Si queremos, por unos momentos, hablar mal de nosotros mismos, – cosa que cae muy bien a la modestia y aun a la ironía –, preciso nos será reconocer que el número de cines y el buen negocito que resultan, la “invasión de las masas” que en ellos sutilmente descubría Ortega, deponen muy desfavorablemente acerca de nuestro amor a la Verdad, a la Realidad, a la Luz, y muy sospechosamente delatan nuestras preferencias por las sombras, por los fantasmas, por la pura apariencia. Y esto, aunque se trate de naciones “realistas” y de realistas en teoría del conocimiento.

La huída de la realidad, y de la realidad de verdad, le ha salido a la cara de nuestra civilización – sin darse cuenta, sin ruborizarse a tiempo – en su preferencia y cultivo del cine. Huida de la realidad, y potpourrì o mezcolanza de todo lo humano y lo divino. Y si Cervantes protestaba en El Quijote de ciertas mezclas y revoltijos que hacían los escritores: “guardando en esta un decoro tan ingenioso que en un renglón han pintado un enamorado distraído y en otro hacen un sermoncito cristiano que es un contento y regalo oírle o leerle”, no sé, y no quiero saber, lo que dijera de las mezclas que en una misma pantalla y en una misma sesión presenciamos, sin muchos escrúpulos y según normas de “ingeniosísimos decoro”.

La heterodoxia contra el buen beber y saber hecha de revoltijo real en un cocktail – ¿quién, maldito, los inventó?; no por cierto ningún buen catador, ni español ni francés – nos va a traer otra heterodoxia en las ideas: todo revuelto con todo, reducido o macerado en sombras, para que se arrejunte todo mejor: lo humano y lo divino. Y esta lección de las sombras en cine, ¿no se va imponiendo también en el orden real?.

Huída de lo real; revoltijo de los tipos de realidad. ¡Oh caverna platónica, troglodítica, simplista e inofensiva, inocentada, frente a la sutil, perversa, ofensiva pedagogía de nuestras comodísimas cavernas!. Mal negocio para las grandes realidades como religión, arte, filosofía, política … que cuando nos tropecemos con ellas, como a la salida de los cinemas, no podremos ni verlas ni reconocerlas, y andaremos a trastazos y golpes con ellas. Y el número de palos de ciego con que los modernos tratamos la religión real y sincera, la política real, el arte verdadero, las personas… son palos de ciego, encegados por sesiones de sombras, educados por sombras.

Dicen que es falta de urbanidad dar la mano enguantada. En religión, en moral, en política, en trato, todos vamos enguantados y reenguantados. Y creemos que dar la mano en estos casos, ser sinceros, y darnos la oportunidad de que lo seamos – aunque se hundan ciertas estadísticas que benévolamente cuentan los adeptos por centenares de millones, por millones… con menos no nos contentamos – es desacato, descortesía, herejía, insubordinación, descomedimiento.

En filosofía moderna, y bajo un término solemne y despistador, la rebelión contra los intermediarios y mediadores, contra toda suerte de guantes – dogmas, teorías, hipótesis, programas, convenciones… – se llama fenomenología. O con la transcripción heideggeriana: ¡A las cosas, a las cosas!

Casi en todos los órdenes vivimos los modernos en continua sesión de cine. Por eso la Realidad nos suele parecer brutal, desconsiderada, gobierno de hecho. Y nos sorprenden y desconciertan muchas cosas, muchas realidades, que pasan y nos pasan, precisamente porque en todo orden nos ha invadido el cine: trato con sombras, entre sombras, normas de sombras, buenos y malos ejemplos de sombras.

La realidad no es brutal. Sin llegar al optimismo de Hegel de que todo lo real es racional, convengamos en que la dosis de brutalidad de lo real nos da la medida de nuestra pertinaz y organizada huída de él. Y hay frecuentemente, que imponernos la realidad a golpes, volvernos a golpes a las cosas, porque estamos cómodamente instalados en una religión, política, economía, verdad moral, relaciones humanas… estilo cine.

La realidad no es brutal; los brutos somos nosotros; y mejor, para no pluralizar, el bruto soy yo.

La realidad, lo dijo ya hace 25 siglos Parménides, es simplemente.

(Publicado en la Revista Orígenes. Año II. Nro. 35, 1954, pp 40 – 42)

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