LEZAMA, ORÍGENES Y EL CINE
El reciente estreno de “El viajero inmóvil” (2008), de Tomás Piard, me ha animado a colgar debajo la única colaboración relacionada con el cine que creo publicó la revista “Orígenes”. Se trata de un artículo firmado por el filósofo español Juan David García Bacca, todavía rico en ideas dignas de discutirse en esta época donde el hombre insiste en seguir pactando más con lo virtual que con lo real.
Las objeciones del autor parecieran encaminarse, más que contra el cine en sí mismo, contra ese ser humano de siempre, que habite lo mismo la referida caverna de Platón o la más sofisticada de las salas cinematográficas, estará asumiendo ante la realidad una actitud de evasión. Desde luego, eso trae como consecuencia un tono donde predomina el ímpetu moralizante, como cuando afirma que “(l)a huida de la realidad, y de la realidad de verdad, le ha salido a la cara de nuestra civilización (…) en su preferencia y cultivo del cine”.
Las suspicacias de García Bacca ante el cine contrastan con el abierto optimismo que Lezama, casi una década después, mostrara al opinar que “(p)ara mí, como para cualquier escritor, el cine constituye la posibilidad de ampliar el horizonte de la obra creadora. No sólo desde el punto de vista estrictamente literario, pues en toda fuente literaria existen elementos extraliterarios –elementos de época, históricos, por ejemplo- que pueden contribuir a la creación de verdaderos aciertos cinematográficos. En este momento yo estoy componiendo una antología poética y me sirvo de elementos extraliterarios que enriquecen el interés de ese trabajo. El nacimiento del cine marcó una nueva posibilidad a la expresión del hombre. Es en sí mismo un camino y recibe todos los aluviones que puedan enriquecerle sin quedar supeditado a ninguno. El cine ejemplifica la búsqueda eterna de la unidad por parte del hombre. Y todo lo que contribuye a la unidad del hombre son fuerzas nobles, que nacen ya destinadas a lograr esa unidad. Y todas las fuerzas que tienden a la dispersión y a la fugacidad son fuerzas dañinas. Y así desde Pitágoras hasta nuestros días” (1).
Como se sabe, en 1962 Lezama colaboró con Humberto Solás y Oscar Valdés en “Minerva traduce el mar”, un corto protagonizado por Irma Obermayer y Lorenzo Monreal. Según recordó el propio escritor, “(v)inieron a verme unos jóvenes del ICAIC –Oscar Valdés, Humberto Solás y un joven de apellido Canosa- para pedirme que escribiera un texto para ese trabajo. El film estaba hecho ya. Asistí a una proyección y me pareció interesante como película experimental. Naturalmente, creo que si yo hubiera trabajado en contacto con Valdés y Solás desde antes, durante algunas fases de la realización, hubiera podido lograr una mejor adecuación temporal del poema y no me hubiera visto obligado a reducirlo después en función de la estructura de la película. Más tarde tuve ocasión de verla en el cine Rex y pude comprobar que el público asimiló muy bien tanto las imágenes como el poema. En fin, que el público tiene un poder de captación muy grande, pues esta es una película nada convencional”.
Desde luego, este entusiasmo de Lezama habría que asociarlo a esas pretensiones vanguardistas que en un inicio están presentes en las producciones del ICAIC, y que se ponían de manifiesto no tanto en las realizaciones en sí, como en los debates que protagonizaban los cineastas. La revista Cine Cubano acogió buena parte de esas discusiones, pero también se publicaron varios Boletines de Traducciones donde se enfatizaba en la necesidad de naturalizar ese modelo de representación no convencional, e incluso, del cine no narrativo.
Es entendible entonces la complicidad de Lezama con los jóvenes creadores del ICAIC, así como su alborozo al afirmar que: “Yo creo que el arte de experimentación, entendido en una dimensión profunda, es siempre contemporáneo del momento en que se produce y necesariamente consecuente con el pensamiento revolucionario. El cine surrealista es un ejemplo de cómo los artistas de cierta época lucharon con la imagen y lograron plasmar muchos contenidos de esa época.”
Para un intelectual como Lezama Lima, obsesionado con la idea de “crear la tradición por futuridad”, la existencia de un espacio como el ICAIC (un espacio cultural inédito hasta ese momento del devenir histórico de la isla) podía asociarse a esos “cotos de mayor realeza” en los que alguna vez cifró sus esperanzas de encontrar “el mito” que nos faltaba. La nación comenzaba a conocer cambios radicales, cambios tan insospechados, que solo un modo de representación alejado de la rutina podía captar la esencia de los mismos, de allí que no vacilara en asegurar que “(e)n un país donde se producen profundas transformaciones, yo creo que el cine experimental puede contribuir a captar mucho de lo nuevo que surge en la sociedad.”
Juan Antonio García Borrero
(1) Todas las citas en “José Lezama Lima. Entrevistas con directores de largometraje. Revista Cine Cubano Nro. 23-24-25, pp 97-98”.

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