LO EFÍMERO Y LO TRASCENDENTE: UNA EXPERIENCIA EN BARCELONA
Para Montse
Me sucedió en Barcelona, el año pasado. Una amiga catalana me había invitado a comer en uno de esos restaurantes que hay en las famosas Ramblas. A mi amiga le interesaba hablar de cine cubano, en especial de la obra de Fernando Pérez, un cineasta a quien considera que ya habita la trascendencia.
En algún momento le hice notar que una película como “Suite Habana” necesita que transcurran unos veinte minutos, para que el espectador comprenda que está pasando “algo”. Hasta ese momento, agregué, tanto Fernando Pérez, como el fotógrafo Raúl Pérez Ureta, han dejado que la cinta fluya como fluye la vida misma: como un compendio de momentos anodinos, o por lo menos, de momentos que no se distinguen de ese conjunto de rutinas grises en que los seres humanos nos vemos sumergidos a diario. ¿Cine directo? No exactamente, porque el montaje de Julia Yip muy pronto pone en evidencia que hay una construcción de sentidos detrás de esa trama coral que se va tejiendo. “Lo interesante”, concluí, “es que la trama se vuelve trascendente a partir del uso de lo efímero”.
¿Cómo es posible, preguntó mi amiga, que una película que evade voluntariamente la exposición de hechos “importantes”, termine conformando uno de los relatos más perecederos de la historia el cine cubano?, ¿por qué ese inventario moroso de acontecimientos fugaces puede llegar a conmovernos, y persistir en nuestras retinas más de veinticuatro veces por segundo?
Le recordé que tal vez la clave la ofreció hace mucho tiempo Graham Greene: “Nadie sabe exactamente lo que dura un minuto de sufrimiento”, escribió. A lo que yo añadiría: o un minuto de placer. Creo que el verdadero artista es aquel que sabe captar la eternidad de esos sesenta segundos en que la emoción nos convierte a todos en “seres humanos”. Quiero decir, en seres vulnerables y frágiles. ¿No fue ese el minuto que captó Bergman en la mirada de terror de la doncella antes de ser mancillada en “La fuente de la virgen”?, ¿o Kurosawa en “Rashomon”?, ¿O Buñuel en “Viridiana”?, ¿o Fellini en “La dulce vida”?, ¿O Truffaut en “Los cuatrocientos golpes”? Esas películas no son recordadas en su totalidad, sino en virtud de ciertos fotogramas, ciertos momentos que muestran a sus protagonistas arrasados por lo exiguo.
Nos habían servido los primeros platos, cuando de repente detrás de mi amiga una muchedumbre comenzó a agolparse. Me bastaron tres segundos para saber de qué se trataba. La dejé con la palabra en la boca, y cámara digital en mano, corrí a luchar lo mío. Al regreso no hubo reproche alguno en su mirada, pero sí un ligero desconcierto que intentó neutralizar ofreciéndome otra copa de vino.
Brindamos, y por un rato olvidamos la posible trascendencia del cine cubano, para comentar las tres o cuatro fotos que conseguí tomar de Woody Allen y Scarlett Johansson (sobre todo de ella), mientras filmaban en “Las Ramblas”. Le dije: ¿si Rohmer hizo todo un largometraje para filmar la rodilla de Clara, por qué yo no podía obsesionarme con las piernas de Scarlett? Ahora mi amiga sabe por qué me gustan esas películas donde aparentemente no pasa nada: en mí también la vida ha creado adicción a la eternidad de lo efímero.
Juan Antonio García Borrero

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