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CORTOMETRAJES: LA ETERNA TIRANÍA DE LO BREVE

jagb @ 14:30

En un principio fue el corto. Luego llegaron las historias contadas en más o menos noventa minutos, y algún tiempo después esos mega-mega- metrajes donde el director, en complicidad con un editor francamente sádico, se complace en sumar planos y más planos que desde el punto de vista narrativo tal vez nada impliquen, aunque sí hablan muy bien del ego del cineasta. Ahora ya es casi normal que una película rebase las tres horas si pretende premios serios y reconocimientos académicos de gran rimbombancia, mas en un principio no: en un principio estaba el corto, esa suerte de relato breve que hacía de la intensidad y el ingenio, no solo los dos soportes básicos de su existencia, sino también un verdadero arte.

Habría que estudiar cuándo y porqué, las estrategias de recepción del público comenzaron a transformarse de tal manera, que ya nunca más el cortometraje sería visto como un modelo normal del quehacer fílmico, sino en todo caso, como un pretexto para que estudiantes y cineastas en trance de lograr su primer filme (largo), se ejercitaran o divirtieran. La renuncia paulatina al realismo de la expresión cinematográfica breve no deja de resultar paradójico, pues si se fuera a comparar la vida con lo que sucede en el cine, tendríamos que admitir que esta se parece mucho más a un cortometraje que a un largo (la brevedad de la vida a la que se refería Protágoras), pero quizás sea por eso mismo que el hombre (animal incurablemente efímero, criatura conformada por el bamboleo de los instantes y las transiciones) terminaría rebelándose contra esa condición fatal de finitud, a través del fomento de los relatos de grandes proporciones. Así pasaríamos de la certidumbre dolorosa de lo breve, a la búsqueda de una poética que nos simulara el acceso a lo infinito, a lo que nunca se extingue: de la fábula a la novela, de la anécdota a la historia, a la gran Historia.

Pudiera alegarse que en el caso de Latinoamérica, el cultivo del cortometraje sigue obedeciendo aún hoy, más que a imperativos o indagaciones estéticas y/o filosóficas, a poderosísimas razones de producción. Pasa en todas partes, pero en Latinoamérica, muchas veces filmar un corto es la compensación de no poder rodar un largo. Por otro lado, intentar un esquema que permita obtener una idea de cuáles son los rasgos dominantes en la realización de cortometrajes de la zona, sería cuando menos impensable, ya no solo porque desde el punto de vista cuantitativo hay un buen número de materiales que jamás serán del conocimiento público, sino porque cada país en sí mismo, suele percibirse como un calidoscopio, un surtidor interminable de imágenes e historias que se entrecruzan o permanecen todo el tiempo paralelas. En estos casos, la pregunta pudiera ser esta: más allá del gran espacio físico que los genera, ¿pueden encontrarse rasgos comunes entre “El héroe” (1995) de Carlos Carrera y “La piel de la gallina” (1995) de Nicolás Saad? ¿o entre el “BMW rojo” (2000) de los brasileños Reinaldo Pinheiro y Edú Ramos y “De tripas corazón” (1998) de Antonio Urrutia?, ¿o entre “En el espejo del cielo” (1998) de Carlos Salces y “Lápide” (1997) de Paulo Morelli?, ¿o entre “El susurro del viento” (1996) de Franco Peña y “La balada de Donna Helena” (1994) de Fito Páez?, ¿o entre “Talco para lo negro” (1992) del cubano Arturo Sotto y “Video de familia” (2001) de Humberto Padrón?

Luego, tampoco creo que exista a estas alturas la conciencia colectiva de que el corto es un género en sí mismo. El éxito de filmes como “El callejón de los milagros” (1995) de Jorge Fons o “Amores perros” (2000) de Alejandro González Iñárritu, dos largos de un mismo país que hacen de lo episódico el aliento dramático, pudo hacernos pensar en un renacimiento del interés por las historias cortas, aunque enlazadas dentro de un macro-relato, como macro-relato es también la vida misma. Pero desde luego, tampoco puede decirse que los noventa inaugura en el continente este tipo de exposición fílmica: solo en el caso cubano, que es el que en lo personal más he intentado estudiar, pueden recordarse cintas como “Historias de la Revolución” (1960), “Cuba’58” (1962), “Lucía” (1968) o “Mujer transparente” (1990).

No sería muy prudente intentar extraer generalizaciones sobre lo que ocurre en Latinoamérica, a partir de lo que pueda apreciarse en un punto específico. En la Cuba de los noventa, concretamente, el grueso de la memoria audiovisual del país descansa en el soporte electrónico, y casi siempre a través de documentales y ficciones que no exceden los treinta minutos de duración. Esto es relativamente novedoso, pues de los directores cubanos consagrados, solo Juan Carlos Tabío parecía interesado en cultivar el género no como un medio sino como un fin, tal como pudieran sugerir sus cortos “La cadena” (1978), “Dolly Back” (1986) o “La entrevista” (1987), aunque es cierto que realizadores como Gerardo Chijona (“El desayuno más caro del mundo”/ 1988), Rigoberto López (“La soledad de la jefa de despacho”/ 1990), Fernando Pérez (“Madagascar”/ 1993) y Rolando Díaz (“Melodrama”/ 1993) también consiguieron buenos momentos. La nueva generación de cineastas cubanos se han visto obligados, por razones económicas, a optar por relato de corto y medio metraje, y los resultados han sido en ocasiones extraordinarios, como pueden ser los casos de “Oscuros rinocerontes enjaulados” (1990) de Juan Carlos Cremata, “Talco para lo negro” (1992) de Arturo Sotto o “Video de familia” (2001) de Humberto Padrón.

Ahora, lo que es el “corto en sí” (como seguro hubiera dicho el escéptico Kant) permanece en las penumbras, pues si el cortometrajista sabe que su material no reembolsará el dinero invertido en la producción, y que la crítica a duras penas reparará en el mismo, ¿para qué lo filma entonces?. Ciertamente en Latinoamérica, la distribución comercial del corto todavía está lejos de resultar estimulante: hablamos de canales de exhibición que apenas sobrepasan los marcos de los festivales y las muestras algo exóticas de las escuelas. Por otro lado, tampoco la crítica especializada hace lo más mínimo por difundir y estudiar de manera sistemática esta otra zona del quehacer fílmico, y si a ello se suma el profundo desconocimiento que entre sí tienen los propios realizadores (festivales como los de Huesca resultan más bien la excepción), puede entenderse el por qué del desasosiego que, entre líneas, es posible percibir en no pocas de las valiosas ponencias que reúne el volumen “El cortometraje en primera persona”, presentado en el XXX Festival de Cine de Huesca (España), celebrado en junio del presente año.

No está de más recordar que la ciudad aragonesa de Huesca se ha convertido en uno de los refugios por excelencia de todos los cortometrajistas del mundo. Su prestigio, cimentado a lo largo de treinta intensas ediciones, se ha nutrido de la presencia de los más reconocidos realizadores de cortos de todo el planeta, al convocar par de certámenes (uno Iberoamericano y otro Internacional). En esta edición, España por primera vez alcanzó el Danzante de Oro (máximo galardón) con un material titulado precisamente “La primera vez” (2002) de Borja Cobeaga, en una sección donde en los últimos años Latinoamérica, y sobre todo México, había llevado la voz protagónica. Sin embargo, a pesar de que otras dos películas españolas lograrían integrar el Palmarés principal (“Bamboleho” de Luis Prieto y “Upside Down” de Guillem Morales, el Jurado reconoció en acta la presencia de varios trabajos latinoamericanos muy significativos, entre los que caben mencionar “La milpa” (2001) de Patricia Rigen, y “Las insoladas” (2001).

El corto, desde luego, va a seguir existiendo, de la misma manera que el cuento no ha podido sucumbir ante el empuje de la novela, o el epigrama ante el poema. En realidad, estos tiempos que vivimos, que casi nos hacen creer que somos jueces y partes de un video clip existencial interminable y caótico, más bien se presta para la emisión y recepción de discursos que se pronuncien contra la retórica desmedida. El ser humano una vez más ha recordado que su vida no es otra cosa que la suma total de circunstancias efímeras, y que lo perdurable descansa en el sentido y la intensidad que le otorgue a sus acciones. En lo intenso antes que lo extenso. El innegable progreso alcanzado por la humanidad no ha podido librarnos de la tiranía de lo breve, y el corto tal vez sea la expresión cinematográfica que mejor refleja eso.

Juan Antonio García Borrero

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