CAMAGÜEY: CINE, MEMORIA Y CIUDAD.
En la ciudad de Camagüey, gracias a Etna Segura, desde hace más o menos un año, existe un espacio en la Asociación de Comunicadores que se nombra “Coffea Arábiga”. Funciona una vez al mes, y la idea es proyectar y debatir materiales audiovisuales, casi siempre con la presencia de sus creadores.
En enero hubo una excepción a la regla cuando fue presentado el documental cuyo nombre identifica al espacio, y un grupo numeroso de jóvenes formó parte de una tertulia donde se abordó la obra y personalidad de Nicolasito Guillén Landrián, cineasta que ha sido mejor reconocido fuera de la isla, que dentro de su ciudad natal. La idea me sedujo. No por un chauvinismo que en estos tiempos de tangible globalización corre el riesgo de parecerse cada vez más al gesto del aldeano petulante que criticaba Martí, sino porque, siguiendo el razonamiento martiano, “honrar honra”.
Muchos de los jóvenes presentes en la tertulia se deslumbraron con la todavía moderna irreverencia de “Coffea Arábiga” (1968), y confesaron su absoluto desconocimiento de la obra de Guillén Landrián. Lo más excéntrico: no sabían que era camagüeyano. Nada de eso me sorprendió, pues es ahora que la figura de este cineasta fallecido en Miami, comienza a recuperarse para la historia del cine cubano (por allí puede leerse un excelente texto de Dean Luis Reyes, y está también el documental de Manuel Zayas “Café con leche”). En realidad, lo que ha despertado en mí el deseo de escribir estas reflexiones personales, tiene que ver con algo más complejo que pudiéramos asociar a la nada sutil dialéctica que se establece entre “la Historia de la nación” y la “historia de la ciudad”, pero explorando ese vínculo en el contexto cinematográfico cubano.
Para los historiadores del cine cubano esta suerte de antítesis no resulta tan fácil de resolver. El cine, tal como lo entendemos, parece una “cuestión nacional”, la cual absorbe todo aquello que se asocie a lo provinciano. La inexistencia de una voluntad colectiva relacionada con esta expresión antes de 1959 ha sumido en la nada un sinnúmero de eventos no capitalinos que, sin embargo, existieron y conformaron un clima, un espíritu a lo largo del país (¿no será necesario fomentar entre nosotros una microquímica de la Historia, quiero decir, una arqueología de los humores que dinamizan o ralentizan la iniciativa de la gente en sus respectivos contextos?).
Quienes caminen por estos días Camagüey sabrán de inmediato de la intensa actividad de la Oficina del Historiador de la ciudad. Eso se nota lo mismo en una plaza remozada que en un viejo edificio recuperado. Sé que en cualquier momento Camagüey podría figurar en las listas de Patrimonio Mundial. Sin embargo, si ello ocurriese, su intensa actividad relacionada con el cine a lo largo del siglo que ya dejamos atrás, apenas habrá influido en ese hecho, sencillamente porque no existe en la ciudad memoria histórica alguna de lo que ha acontecido en esta zona cultural del territorio. Ni siquiera existe un sitio con fotos de las personalidades que en los tiempos más recientes lo han visitado, muchas de ellas (como los célebres intérpretes Jorge Perugorría, Mirtha Ibarra, Luis Alberto García, Enrique Molina, o el talentoso músico José María Vitier), que serían “explotados” visualmente en cualquiera de los países que acostumbran a visitar.
Debido a esa apatía, las nuevas generaciones de camagüeyanos correrán el riesgo de seguir ignorando quién fue Nicolasito Guillén Landrián. Tampoco sabrán quién fue Raúl Molina, otro de los fundadores del ICAIC (realizador de los documentales “La ciudad dormida”/ 1962, “Sigma 33”/ 1962, “La danza de los dioses”/ 1964, “La estructura”/ 1965, y “La fiesta”/ 1966), que antes de ingresar a esa institución en 1962 había tomado cursos en el Instituto de Altos Estudios Cinematográficos (IDHEC) de París. Mucho menos sabrán que esa céntrica sala de video “Nuevo Mundo” que hoy no puede lucir un aspecto más ruinoso, fue la primera institución de su tipo en el país. No la segunda ni la tercera: la primera.
Advierto que no me interesa la “Historia” como un modo de fetichizar un pasado que, a fuerza de adorarlo sin ningún interés crítico, llega a pesar más que una losa de mármol en la tumba de un difunto. La Historia ha de ser un recurso que nos ayude a lidiar con la condición humana en su integridad, y no a disfrazar la realidad con arquetipos platónicos que nada tienen que ver con el diario y siempre cambiante existir. Necesitamos la Historia como espacio de emancipación y debate, no como grillete. Esto me hace compartir la idea de que una nación que renuncia a conocer su Historia corre el riesgo de repetir buena parte de los errores de antaño. A lo que añado: una ciudad que se da el lujo de ignorar lo que ha experimentado culturalmente tiene muchas posibilidades de no percibir jamás sus potencialidades reales.
En Camagüey el cine ha sido importante a lo largo de todo el siglo, pero no hay rastro alguno de esa evidencia. Como el cine es una expresión tan joven, tal vez lo que llamo “Historia” merece ser nombrada “pre-Historia”. Pero lo cierto es que “historia” o “pre-historia”, en Camagüey falta ese interés básico por transmitir a quienes vendrán la tradición de pensar el audiovisual. Intentemos ubicar, por ejemplo, el lugar donde radicaba el Club Cinergético que la investigadora María Eulalia Douglas nos dice que fundó en 1906 el Dr. Omelio Freyre, y veremos que será un esfuerzo sin recompensa. O busquemos vestigios del teatro de variedades Palatino. O del cinematógrafo Agramonte (situado frente al famoso parque de esta localidad). O de algo que aluda a la filmación de “Los festejos de la Caridad en la ciudad de Camagüey” (1908), realizada por ese pionero infatigable del cine cubano que fue Enrique Díaz Quesada, y el saldo será igual de infecundo.
Pienso que la investigación de este tipo de actividad es imposible de realizar por un solo hombre, aún cuando ese hombre tenga la tenacidad de Arturo Agramonte o Luciano Castillo (casualmente, ambos camagüeyanos), por mencionar dos de los investigadores que más han estudiado el cine de la nación. En realidad, hablamos de un empeño que demandaría la conformación de un equipo multidisciplinario, el afianzamiento de una proyección metodológica que conceda rigor científico a las investigaciones, la concesión de recursos materiales, así como la existencia de un espacio físico que permita que el resultado de esas indagaciones sean aprovechadas por la comunidad.
La necesidad de un equipo multidisciplinario deviene lo más apremiante, pues se trata de estudiar el fenómeno “cine” en Camagüey desde todos los ángulos posibles, y no solo en su dimensión artística. Es decir, sería primordial hablar de “la historia de las películas” realizadas por cineastas camagüeyanos”, pero también indagar en “la historia de los cines de la localidad” (el cine como espacio social aglutinante), o en “la historia de los públicos” que asistían a esos cines, lo cual tendría una relación más estrecha con los estudios de recepción que con la estética misma.
Lo curioso es que, desde hace mucho tiempo (digamos que más o menos quince años), Camagüey viene demostrando que puede ser una plaza fuerte para ese tipo de actividad académica. A estas alturas me cuesta trabajo hablar de los Talleres de la Crítica Cinematográfica celebrados en la ciudad, no tanto por el hecho de haber estado involucrado en ellos, como porque, de modo voluntario, he decidido pasar a ser un simple espectador. Pero lo que es real es real, y hasta donde sabemos, ningún otro evento en el país (a no ser el Festival de La Habana) consiguió convocar de manera tan sistemática a tantas personalidades relacionadas con el cine. Menos mal que nos queda el libro de Armando Pérez Padrón “Diez años que estremecieron la crítica”, para argumentar mejor en un futuro esta afirmación.
Pues, bien, no tengo idea de a quién le toca sensibilizarse con ese asunto. Pero sé que si alguien (aunque no le guste el cine) no acaba de ponerse en la piel de esos espectadores que han encontrado en este mundo de imágenes en movimiento no solo una vía para divertirse, sino también para crecer, dentro de muy poco las nuevas generaciones de camagüeyanos experimentarán el mismo desconcierto que estas de ahora han sentido con el descubrimiento tardío de Guillén Landrián.
¿De verdad que en Camagüey estuvo alguna vez Julio García Espinosa?, preguntarán incrédulos. ¿Y Humberto Solás? ¿Y Enrique Pineda Barnet? ¿Y Fernando Pérez?, ¿Y Nelson Rodríguez? (todos los mencionados han sido reconocidos con el Premio Nacional de Cine). O en lo que sería el colmo del despiste, tal vez pregunten: ¿de verdad que en Camagüey se hicieron alguna vez Talleres de Crítica para hablar sobre cine?
Juan Antonio García Borrero

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