CINE “AMÉRICA”
Hablar del cine “América” me hace sentir un anciano con apenas cuarenta y tres años. Ese fue el cine de mi infancia. Y la infancia es algo que en el fondo uno describe como si concerniera a otra persona. O como si uno hubiera reencarnado, y de pronto se acordara que en la anterior vida nuestros padres nos llevaban a ciertos sitios donde todo era armonía.
Es difícil hablar del cine “América” por aquello que advertía con rudeza el viejo Marx: “Un hombre no puede volver a ser niño sin ser pueril”. También me viene a la cabeza unos formidables versos de Fina García Marruz, que pueden explicar mucho mejor que yo, el sopor que se experimenta cuando uno evoca episodios de la infancia: “Hay cosas que uno no vuelve a oír, que pertenecen sólo a las orejas del niño y a la sensación de su edad y de su tamaño”.
En mi caso, el “América” es una de esas cosas. Decir cine “América” es percibir toda la muchachada del barrio que cada domingo se aglomeraba para ver las matinés infantiles. Las colas a veces llegaban a la iglesia de Santa Ana. Eran los años en que los “muñequitos rusos” terminaron por usurpar las simpatías del Pato Donald. El cine “América” proyectó tantos dibujos animados y películas soviéticas, que en algún momento su nombre correcto debió ser cine “Moscú”.
No sé si el programador de entonces tenía preferencia por los filmes de esa nacionalidad. Sospecho que era lo único que tenía a mano. Pero lo cierto es que aquellas películas marcaron a buena parte de mi generación, aún cuando el grueso de ellas fuera intrascendente. En lo personal, todavía evoco tres filmes: “Tigres en altamar”, la saga de “Los vengadores incapturables”, y “El hombre anfibio”. Esta última la vi tantas veces que un día decidí no acordarme nunca más de qué trataba.
El último buen recuerdo que tengo del “América” no está relacionado con las películas, sino con la pintura. Resulta que en los noventa, antes de que dejase de ser cine, la artista plástica Ileana Sánchez se insertó en el sitio con un proyecto que involucraba a los niños. Fue hermoso descubrir que la inocencia no tiene edad: volví a ser cómplice de la siempre engañosa candidez. El sueño duró poco, confirmando la profecía marxista sobre la puerilidad. Cuando desperté, ya era el anciano que comenté al principio. Tan anciano como ese cine “América” que un día hizo a un lado la vana esperanza de que reviviera Colón.
Juan Antonio García Borrero

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