SALA VIDEO “NUEVO MUNDO”
Hoy recuerda el delirante decorado de algún filme de Juan Orol, con esos carteles amarillentos en la fachada que invitan a pasar de largo. De techo: un viejo cascarón colonial. La pared: ropa reciclada de la más rancia España. Ahora es la viva estampa de la decadencia, pero en su momento fue el kilómetro cero de una forma nueva de ver películas en Cuba. El nombre escogido no fue un simple nombre. Simbolizaba el advenimiento de una sensibilidad inédita ante el audiovisual: era la época en que comenzaban a popularizarse en el país las videocasseteras, y el imperio de la pantalla grande empezaba a declinar.
Dicen que al entonces presidente de la Asamblea Provincial del Gobierno en Camagüey le donaron una casetera, y este propuso a la todavía Empresa de Exhibición de Películas la creación de un espacio colectivo para su explotación. Así surgió la sala de video “Nuevo Mundo”, la primera creada en Cuba. El dato histórico puede ser importante, sobre todo para una ciudad que acaba de ser reconocida como parte del Patrimonio Histórico Mundial: habla de las diversas iniciativas culturales que en el contexto cinematográfico se han vivido en el territorio, y que aunque apenas han dejado huellas físicas, también ha contribuido a colocar el ego de Camagüey en el más exigente mapa cultural de la nación.
A pesar de su pequeñísima capacidad (apenas cuarenta y una lunetas), “Nuevo Mundo” siempre tuvo a su favor su céntrica ubicación. Es incontable el número de personas que ha pasado por allí desde su creación el 30 de octubre del año 1986. En todo este tiempo (y sobre todo en el llamado “período especial”), ninguna otra institución camagüeyana logró mantener una afluencia de público tan sistemática. Por otro lado, las sesiones del cine club “Francois Truffaut” (que todavía existe) todos los domingos, consiguió conformar una verdadera tribu de cinéfilos.
Desde hace seis o siete años hay por allí rodando una idea de convertir a “Nuevo Mundo” en un Complejo cultural. Un sitio donde sea posible apreciar cine en todos los soportes: 35 mm, 16 mm, video, DVD. Además de ver películas, la gente tendría una sala de referencia con bibliografía actualizada. Habría paredes para exponer cuadros y fotografías. Se darían charlas todas las semanas. Se podría tomar café o té mientras alguien comenta la película de Kiarostami que se acaba de ver. Público no debe faltar, porque en la ciudad se estudia la carrera de Medios Audiovisuales. Y marzo por marzo se celebraban los Talleres de la Crítica Cinematográfica.
La idea es tan buena que no se explica que en Camagüey nadie se haya entusiasmado con ella. En cambio, en Madrid un conocido me comentó con mucho arrebato que ese tipo de proyecto cultural era de los que apenas cuesta en el aspecto económico (comparado con las inversiones de los grandes cines, desde luego), y que sin embargo, la gente agradece de una manera más perdurable. Supe enseguida de qué me hablaba. En Madrid abundan los (multi)cines, pero si no vas a las salas “Princesa” o “Renoir”, estás condenado a ver lo de siempre: mucho filme norteamericano.
Tanto entusiasmo ajeno me mató. Le agradecí su apoyo moral, pero algún gesto de disgusto no pude evitar, porque de inmediato cambió de tema. Debe ser que vino a mi mente “el descubrimiento del Nuevo Mundo por los españoles”. Nada más nos faltaría que pasado mañana llegara a Camagüey otro peninsular avispado, y descubriera que este otro “Nuevo Mundo” sigue siendo un proyecto atractivo. Tiempos crueles de globalización: en casa del herrero, cuchillo made in Hong Kong…
Juan Antonio García Borrero

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