LO “OBSCENO” EN EL CINE CUBANO.
Abelardo MENA, uno de los lectores habituales de este blog, me hace llegar el siguiente comentario:
“Recuerdo que vi “Habana Blues” por primera vez en España, y a mi lado -al finalizar la proyección- más de uno se enjugaba las lágrimas, y hasta me hubieran dado una palmada afectuosa en la espalda de saber que yo era "un cubano". A decir verdad, no comprendo la relación entre HB y lo marginal. Si coger un bote rumbo a EEUU o pronunciar 400 "tacos" por minuto es propio de marginales, entonces nuestro sistema de Educación debe rendirse ante la evidencia simple de que marginales, somos casi todos: loas entonces al sistema de educación de la marginalidad.
Recuerdo me molestó de HB su visión histérica, balbuceante, gritona de los cubanos, como si tomar la decisión de irse no fuera sobre todo, asunto de la cabeza (salario es igual a nada) y no solo del corazón. Esa imagen instintiva, emotiva de nosotros, puede ser muy folklórica para los espectadores "extranjeros", sumando miraditas de mulatos y la sensual desnudez de los cuerpos, pero hubiese preferido nos retrataran como seres auto conscientes, sin ser kantianos, pero capaces de analizar el entorno y buscar entonces las soluciones evidentes. Creo HB se suma a una aún por analizar “imagen cubana", hecha por realizadores extranjeros, desde los newsreel de la batalla naval de Santiago de Cuba en 1898”.
Abelardo Mena tiene razón. Ese post no debió titularse “Marginales en el cine cubano”, porque en realidad lo que me interesaba era llamar la atención sobre el manejo del lenguaje “obsceno” en la producción audiovisual de la isla. Alguna relación hay entre lo “marginal” y “el lenguaje obsceno”, pero es evidente que esa relación no es milimétrica. Ni en buena ley, dice nada. En lo personal, he conocido “marginales” que tienen todo un código de caballerosidad a la hora de cumplir acuerdos y compromisos, mientras que me he tropezado con honorables señores de cuello y corbata que podrían impartir doctorados a los descendientes de Don Corleone. Lo “marginal”, en los casos que menciono, tendría que ver con la pésima calidad de vida que ostentan esas personas (podrían ser los habitantes de “El Fanguito” o “Buscándote Habana”), o con un nivel de instrucción que les impide insertarse en ciertas convenciones sociales de razonamientos.
Mis inquietudes de entonces más bien podrían resumirse en estas preguntas: ¿cómo ha representado el cine cubano este asunto del lenguaje “obsceno”?, ¿cómo ha resuelto ese posible conflicto que implica representar con fidelidad a los marginales sin herir la susceptibilidad de un auditorio que se ve a si mismo como culto, y repudia ese contexto por inferior y vulgar?, ¿existe en nuestro cine algún equivalente a lo que ha logrado Pedro Juan Gutiérrez en su narrativa? No lo creo.
En mi criterio, no es la abundancia de “malas palabras” lo que determina el mal gusto de una película o una novela, sino la poca justificación o gratuidad de su uso. Ya se sabe que las palabras por sí solas no son ni buenas ni malas, sino que dependen del contexto para alcanzar una determinada connotación. Nuestro sabio Fernando Ortiz fustigó esa suerte de cursilería lingüística a través de la cual algunas personas intentan representar ante los demás un decoro que es simulado. Según Ortiz,
“Cuba tiene el lenguaje sucio de su “mala vida”, como todos los pueblos. Ignorarlo no es obra de civismo, sino sencillamente una ignorancia, y esa sí es una claudicación pueril de elementales deberes públicos, propia para mover la piadosa sonrisa de aquellos, todo el mundo culto, que sólo en la verdad ven la única base de la civilización humana y del progreso de los pueblos. No seamos como los avestruces que esconden la cabeza, creyéndose así en salvo, mientras dejan en descubierto el resto de su cuerpo, y arrojan piedras hacia atrás. Es también ignorancia suponer que cuando un pueblo no pronuncia sus vocablos como ordena el diccionario de la Academia, merece la burla y el escarnio de los cultos” (1)
No estoy proponiendo pasar al otro extremo (es decir, que todo nuestro cine sea “malas palabras” y reclamaciones solariegas). Solo digo que a través del lenguaje “obsceno” (como el que se utiliza en “Habana Blues”) también es posible obtener una idea de lo que es la realidad cubana. Lo que me importa es el equilibrio. La autenticidad de los personajes.
Los detractores dirán que detrás de un lenguaje sicalíptico todo lo que hay es una falta de instrucción. O una instrucción deficiente. Mentiras: con el lenguaje obsceno también se puede paliar la desesperación, la rabia de no tener lo que se merece, la soledad, la falta de fe en los demás, y sobre todo, en uno mismo. Y es la realidad que nos aplasta (esa “mala vida” a la que aludiera Ortiz), la que se vuelva obscena.
Juan Antonio García Borrero
Nota:
1) Fernando Ortiz. Nuevo Catauro de cubanismos. Editorial Ciencias Sociales, La Habana, página 153.

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