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CELIA CRUZ Y EL CINE

jagb @ 18:22

Tardé bastante en convertirme en un adicto de la música de Celia Cruz. Para los de mi edad (nací en 1964), su nombre no implicaba nada. El hecho de que ella hubiese abandonado Cuba, y mantuviera un explícito rechazo a todo lo que oliera a la Revolución cubana, la había convertido dentro de la isla en una suerte de paria. En fantasma que levita en un más allá que nadie ha visto, pero que la gente sospecha que existe.

Hoy siento no poca vergüenza al comprobar que en los años setenta yo sabía más del grupo “Locomotiv”, que de Celia Cruz. En mi horizonte musical ella no existía, pues aunque un programa como “Para bailar” había contribuido a rescatar la música bailable cubana en el gusto de los jóvenes de entonces, las razones políticas ya mencionadas determinaban la exclusión. Ni siquiera la fulgurante presencia de Oscar de León en Varadero, cantando “Siguaraya” (uno de los éxitos más recordados de “la Guarachera de Cuba”), podía ayudar a ese reintegro.

Trato de precisar en mi mente cuándo fue que la descubrí. O, al menos, cuando por primera vez me dispuse a “escuchar” a Celia Cruz. No a oírla, sino a escucharla. No a curarme de ella, sino a contagiarme para siempre de su ritmo. Ese punto de giro lo asocio al documental de Rigoberto López “Yo soy, del son a la salsa” (1996). Y también al hermoso video clip que le hiciera Ernesto Fundora, a propósito del tema “La negra tiene tumbao”.

Esos dos momentos me iniciaron en el culto tardío de quien sigue siendo una de las embajadoras naturales de la cultura cubana, en cualquier parte del planeta que uno se encuentre. A Celia le ha bastado acuñar un solo grito (uno solo), para conseguir que la gente sepa que está hablando un cubano. Basta decir: “¡Azúcar!” para de inmediato pensar en esta mujer cuya inmensa fama jamás le hizo perder de vista los anhelos del cubano de a pie, estuviese en una orilla u otra. “No hay que llorar, que la vida es un carnaval”, cantaba en una de las piezas que más contribuyó a popularizar.

Como era de sospechar, el cine no podía sustraerse a la tentación de explotar un fenómeno así, si bien los papeles que le ofrecieron por lo general no iban más allá de la fascinación ante su indiscutible talento musical. Así es como la descubrimos en “Rincón criollo” (1950), de Raúl Medina, cuando todavía formaba parte de la Sonora Matancera. Luego llegarían “Piel canela” (1953), de Juan J. Ortega, con Sarita Montiel, “Una gallega en La Habana” (1955), de René Cardona, “Olé Cuba” (1957), de Manuel de la Pedrosa, con los populares Anibal del Mar, Leopoldo Fernández y Mimi Cal en los protagónicos, así como “An affair in Havana” (1957), de Laszlo Benedek.

Ya una vez fuera de Cuba se puede ver brevemente en las españolas “La venganza de la momia” (1973), de Carlos Aured, y “Juegos de Sociedad” (1973), de José Luis Merino, aunque no es hasta los noventa que participa en dos producciones de mayor presupuesto dentro de Hollywood: “Los reyes del mambo” (The Mambo Kings/ 1992), de Arne Glimcher, y “La familia Pérez” (The Perez Family, 1995), de Mira Nair.

Hay en los seres humanos una suerte de sesgo que nos inclina a pensar que aquellos que han triunfado encontraron ese éxito ya hecho. Como si fuera un regalo hallado en medio de un camino. Es una manera bastante anticuada de quitarle responsabilidades al individuo que somos. De no querer ver que el llamado “éxito” se construye a diario con mil sacrificios.

Cuando el 15 de julio de 1960 Celia Cruz viajó con la Sonora Matancera a México con el fin de trabajar allí durante un año, tal vez no sospechaba que nunca más vería a Cuba. A partir de entonces Celia Cruz se convertiría en paradigma de ese fenómeno que en algunas de las ediciones del festival habanero de cine, se ha estudiado con el nombre de “Latinos en USA”. El cine no le ofreció papeles que hoy resulten memorables, pero ella misma sí está llamada a convertirse en personaje de altura dramática. Ya tenemos al Benny habitando la pantalla grande. Ojalá pronto podamos encontrar también a Celia Cruz, la Guarachera de Cuba.

Juan Antonio García Borrero

Un Comentario »

violeta nunez — 10-02-2009 - 14:28:31 GMT 1

querido juani
tuve la oportunidad de leer al autobiografia de Celia hace un par de anos. La parte que mas me gusto fue cuando cuenta su nacimiento.
Naif, eso es la palabra que utilizaria para calificar a Celia. Pertenecio a una generacion distinta con un marco conceptual en donde la "diversion" era el paradigma que debia identificar a los cubanos. La revolucion para ella significo la coaccion del sentido de esa diversion. En fin, nunca resisti escuchar a Celia cuando habalba de politica, simplemente cambiaba a otra emisora pero, cuando la escucho cantar........
un abrazo
violenta

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