ROBERTO FANDIÑO
Acaban de avisarme de que Roberto Fandiño falleció anoche en Miami. Aunque ya me habían comentado del frágil estado de su salud, la noticia de su muerte no me conmueve menos. Conocí tarde a Roberto Fandiño, y muy poco tiempo. Pero, paradojas de la vida, bastó ese escaso tiempo para que lo recuerde como una de las personas más generosas con las que me he cruzado en mi existencia.
Roberto Fandiño formó parte del primer ICAIC. Como director debutó con el documental “Carta del presidente Dorticós a los estudiantes chilenos” (1960). Con “Gente de Moscú” (1963) obtuvo buenas críticas, mientras que “El bautizo” (1967), su único largometraje de ficción, fue una de las películas más populares de su época. Un año antes le había cedido a Gutiérrez Alea la idea de la no menos popular “La muerte de un burócrata”. En 1967 decidió marcharse de Cuba, decepcionado con el sistema de gobierno impuesto. En España conseguiría dirigir tres películas: “La mentira” (1975), “La espuela” (1976), y “María la Santa” (1977).
La primera vez que contacté con él fue cuando preparaba el libro “Cine cubano: nación, diáspora, e identidad”. Quise pasarle un cuestionario con el fin de incluir sus respuestas en el volumen. Para mi sorpresa, dijo haber leído varias de las cosas que he escrito sobre el cine cubano, y por supuesto, como se encargó de aclararme de inmediato, “no estaba de acuerdo con casi nada”. En esos momentos viajaba por Asia y no podía responder a mis preguntas. Pero lo haría al regreso, siempre que yo respetase, me dijo, su punto de vista, que era vehementemente anticastrista.
En verdad, jamás respondió el cuestionario, y ahora no recuerdo cómo fue que volvimos a entrar en contacto. Supongo que haya sido a raíz de la reseña que escribió sobre el libro de cineastas cubanos en el exilio. Le sorprendió muchísimo saber que a mí no me molestaban sus reparos críticos. Llegó a confesarme que eso rompía un poco el esquema que él tenía concebido en su lucha contra el castrismo. Entonces iniciamos una amistad en la que lo que más placer me reporta evocar es precisamente la ausencia de concesiones. Ni trató de imponerme sus ideas, ni yo las mías a él. Pero tampoco dejamos de decirlas, siempre con mutuo respeto.
¿Cómo fue que con tantas diferencias llegué a gozar del privilegio de su amistad? Pues porque un día decidimos dejar de mirarnos como anticomunistas y socialistas, para empezar a hablar en términos humanos. Por eso lo que dije al principio de que Roberto Fandiño fue una de las personas más generosas que he conocido en mi vida. No estoy hablando del hecho de que me permitiera vivir una semana en su casa madrileña, o que durante mi larga estancia en España me llamara a cada rato para preguntarme cómo me iba, y hasta ofrecer ayudas concretas sin pedir nada a cambio. Estoy hablando de otro asunto.
Recuerdo que una noche me invitó a ir al cine Renoir para ver “El jefe de todo esto”, de Lars Von Triers. La película no le gustó demasiado (a mí sí), pero de vuelta a casa fuimos conversando sobre lo que en verdad es la vida: una interminable escenificación de grupos humanos dominando a otros. Hablábamos en una dimensión que nos permitía percibir esos puntos comunes que las ideologías disimulan, y que los diversos poderes se empeñan en suprimir.
Fue una noche inolvidable, al menos para mí, que descubrí en la Gran Vía que el diálogo sin prejuicios lo hace todo posible.
Juan Antonio García Borrero

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