RESPUESTA A VICTOR FOWLER SOBRE EL PENSAMIENTO JOVEN
Víctor:
Resulta difícil responder con precisión a qué se refiere “nuestro hombre en La Habana” cuando habla de la ausencia de “un pensamiento”.
Ante todo: este es un sitio que intenta promover el debate público en torno al audiovisual cubano. Hasta ahora ha estado funcionando más o menos bien, pues los comentarios o textos que se envían sobre todo aluden a las ideas, y muy pocas veces van dirigidas contra las personas que las exponen. Es decir, no se descalifica a quienes hablan, sino en todo caso, se combate lo que estas personas argumentan, que es otro asunto.
Veo en el debate sistemático una posibilidad extraordinaria para superarnos, pero eso es tan solo una impresión muy personal. Así que respeto a aquellos que prefieren mantenerse en silencio, o me envían sus criterios sin ánimo de que se publiquen o mencionen su nombre (como es el caso de esta persona). Respeto esa voluntad, si bien no la entiendo, pues no me puede parecer normal que aquellas opiniones que tengamos no se expresen con absoluta libertad. Eso es síntoma de otra cosa que no viene al caso comentar en este instante.
Probablemente si nuestro interlocutor hubiese accedido a mantener en público una discusión sobre esto del pensamiento entre los jóvenes realizadores, con seguridad habrían salido a relucir aspectos interesantes. Y yo habría concedido incluso que no existe ahora mismo entre los jóvenes, digamos, “una teoría” que nos oriente a entender mejor eso de la proclamada “novedad”.
Mas lo único que tenemos por el momento es una opinión privada, que sospecho solo toma en cuenta (de modo muy interesado) la ausencia de reflexiones al estilo de las de García Espinosa, Gutiérrez Alea, Alfredo Guevara, o Humberto Solás, esas que acompañaron de manera teórica al conjunto de las prácticas fílmicas que ellos mismos fomentaban. Por otro lado, hubiese sido interesante precisar desde dónde habla esa persona: ¿desde la institución? (no lo creo, ya que allí están las Muestras auspiciadas por el ICAIC); ¿o desde ese sitio invisible que se llama “rutina”, y que suele ser el lugar donde se cobijan los que temen convivir con los nuevos talentos?, ¿los que temen ser superados?, ¿los que no esconden el miedo a soñar?
De cualquier manera, en tu texto hay ideas suficientes como para dejar a un lado la identidad de aquel que niega el pensamiento de los jóvenes (o que lo mira con la arrogancia típica de esos que se piensan dueños de la Verdad), para adentrarnos en otras zonas no menos inquietantes. Por ejemplo, esa pregunta que me haces: “¿Contra qué se compara una obra artística cuando se quiere justificar su valía: contra las carencias del presente nacional, contra el legado cultural que un creador recibe de quienes le anteceden o contra el archivo universal de lo realizado en su manifestación artística concreta?”.
En varias entradas de este blog he expresado mis reservas sobre el carácter “artístico” del cine, pero en realidad, lo que me resulta cuestionable es ese hábito crítico de fomentar en los cinéfilos un horizonte de expectativas estéticas a todas luces desmesuradas. El problema es que por lo general seguimos pensando en el cine como si fuera una variante más de la literatura o la pintura. Y al aplicar esos parámetros de manera mecánica, lo único que se hace es postergar hasta el infinito las discusiones en torno a la naturaleza estética de esta nueva expresión. Por otro lado, el hecho de que hayan sido los políticos los que con más énfasis han defendido el carácter artístico del cine, añade motivos (tal vez injustificados) para la sospecha. Pero tienes razón: el análisis de “los problemas de artisticidad de la obra cinematográfica en cuanto tal” ha de formar parte de nuestros debates más urgentes.
Ahora, si bien resulta inobjetable esta demanda que haces, tampoco puede minimizarse esa circunstancia local a la que aludes en alguna parte de tu texto, y que tiene que ver con la carencia de un periodismo que explore en profundidad la realidad nacional. ¿Es arte un documental como “De tanqueros, buzos, y leones”?. Salvando las distancias, y sin ánimo de establecer fáciles comparaciones, para mí un documental como este cumple las mismas funciones que “Las Hurdes”, por ejemplo.
Es decir, no se trata ni siquiera de ponerle una etiqueta ideológica al material, sino de percibir y agradecer una mirada que está hablando de seres humanos ninguneados dentro del relato audiovisual de la isla. Pasaría lo mismo con esos personajes retratados por Sara Gómez en “Una isla para Miguel”. ¿Es artística esa actitud inquisidora con la realidad? Para mí si lo es.
Es más, prefiero al cineasta que prioriza las preguntas incómodas a esa realidad paradójica en que vive, al otro que apuesta por imitar en tono grandilocuente los paradigmas heredados de épocas espléndidas, armónicas, pero ajenas. A ver si lo digo bien: que hacer una película a lo Visconti me parece preferible a hacerla a lo Juan Orol, pero al final, lo único que estaré agradeciendo es el interés que el realizador ha mostrado por el ser común que somos. Y sabemos que tanto Visconti como Buñuel lo que tenían realmente en la mirilla era la realidad. Y no exactamente para embellecerla con la coartada del arte.
Sé que estoy mezclando la ética con la estética. Las pretensiones con el saldo. Pero en nuestra circunstancia insular es inevitable. ¿Tiene sentido ahora mismo un “arte” que no hable de los problemas más profundos que nos acosan?, ¿qué no muestre en su complejidad la convivencia social más allá de esos estereotipos que acuñan los políticos?
El gran desafío que veo para el audiovisual cubano (hágase donde se haga), es la superación de ese síndrome que nos hace sentir “ombligos del mundo”. Por eso es que insisto en la necesidad de percibirnos como parte de una gestión planetaria: solo de ese modo lograremos insertar otra vez nuestras historias locales en el río de la vida.
Te abraza,
Juan Antonio García Borrero

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