DE VICTOR FOWLER A GARCIA BORRERO
Estimado:
Gracias a esa pupila insomne se respira aire adentro de la abulia. Tienes la pasión de las preguntas, buscas ángulos nuevos, entrevistas, cuestionas, recuperas pasado, rastreas las señales del presente. Haz conseguido hacer, impulsar y mantener un magnífico archivo sobre cine cubano sin distinciones, acaso el más interesante que podamos encontrar hoy; además de que eres, en el medio, aquel que más se ha ocupado de la crítica misma. En este sentido, me interesaba fijar una distinción necesaria: la diferencia en una misma disciplina (en este caso, el cine) entre críticos, historiadores y un tercer grupo difuso al que prefiero nombrar ‘investigadores’. Se refieren todos al mismo objeto, más con intensidades, obligaciones e intereses distintos; en el caso del crítico, si queremos salvar la existencia de esa figura laboral, no queda otro remedio que cometer el pecado de tautología e insistir en que su tarea es hacer crítica; dicho de otro modo, emitir un juicio personal sobre la obra que comenta, analiza y, sobre todo, juzga. Es desde este ángulo que haré algunos comentarios a tu respuesta, pues incitas a seguir conversando.
Lo primero se refiere al binarismo que estableces entre las posibles posiciones para “hablar”: la rutina y la institución (figura que se hace enteramente transparente si la denominamos como “el poder” estatal y político). Analizar estas posiciones es tentador, más resulta aquí más útil establecer la existencia de otras oportunidades de intervención; en particular, la del juicio crítico en cuanto tal. En realidad, tus palabras parecen más referidas a cineastas que se sienten amenazados antes que a críticos como tal; de ahí que menciones a los que temen “convivir con los nuevos talentos” y también “ser superados”.
En cuanto a la artisticidad del cine, son muchas las maneras de abordarla y la más rotunda duda quizás sea la que surge ante un producto cultural que precisa de un agregado de oficios para ser realizado; comparar con la literatura y la labor del escritor (“el más solitario de los oficios”, según García Márquez) resulta interesante, pues es claro que la del cine es una soledad acompañada. Sin embargo, también es claro que mientras más controlada se encuentre la multiplicidad mayor será la posibilidad de que surja una expresión personal; dicho de otro modo, mientras más elevado sea el pacto de capacidad rectora dentro del cual trabaje el director, más oportunidades habrá que exprese su visión personal sobre cada uno de los hilos (luces, fotografía, sonido, actuación, movimiento, diálogos, puesta en escena, dramaturgia, etc.) que confluyen para dar vida al cine y sobre el arte de hacer películas como tal. De cualquier modo, algún postulado teórico y de la crítica debe servir para distinguir del resto a Eisentein, Ozu, Kurosawa, Buñuel, Welles, Kubrick, Chaplin. Godard y el muy pequeñísimo grupo de lo que parece irrepetible.
Irrepetible es una buena palabra. ¿Hay forma de hacer películas “a lo Eisenstein”, “a lo Chaplin” o “a lo Welles”? ¿Qué diferencia al genio de otros que son buenos directores o, en escala más baja, simples artesanos? ¿Podemos seleccionar lo único sin recurrir a la artisticidad; la cual, por cierto, parece no poder existir sin un muy poderoso pensamiento sobre cómo tejer oficios e interactuar con ellos al servicio de una idea central para entonces conseguir la obra? Desde este punto de vista, cuando el político, el artista y el crítico hablan de la cualidad artística de una película es posible que se refieran a cosas distintas; en especial, las dos últimos.
La relevancia de una obra en el interior de una circunstancia local es cierto que no puede ser minimizada, pero tampoco debe conducir a mistificaciones o a santificar obras cuyo valor termina cuando termina la denuncia que comunican. En arte y literatura no es el contenido de denuncia el problema, sino eso particular que justifica la longevidad de una obra por encima de las generaciones y la hace siempre actual; dudo que, si mañana mejorara la situación económica cubana de hoy, valga la pena volver a ver “De tanqueros, buzos, y leones” (por mucho que agradezcamos su oportunidad y honestidad) más que por intereses de archivero, historiador o arqueólogo. Nos queda la epidermis de una crisis, la hecatombe de vidas que terminan así, apenas apuntada en el documental. ¿Valdría establecer comparaciones, en tanto hechos cinematográficos, con “Los cosechadores y yo” de Agnes Varda? No es actitud lo que se juzga al analizar una obra, sino a la obra como tal (aunque la actitud del creador sea parte del análisis); esto, por ejemplo, es lo que nos detiene ante la obra de alguien como Leni Riefenstahl, para quien ningún análisis ha podido negar la trascendencia estética de su aporte, pese al alineamiento fascista en términos de actitud de la autora.
Tampoco estimo exacta la oposición entre cineastas que priorizan “las preguntas incómodas, a esa realidad paradójica en que vive” y otros que apuestan por “imitar en tono grandilocuente los paradigmas heredados de épocas espléndidas, armónicas, pero ajenas”. Tanto la imitación como las preguntas incómodas pueden ser bien o muy malamente hechas y es eso, únicamente eso, lo que al juicio crítico interesa, incluso por encima de “nuestra circunstancia insular”. De otro modo, urgencias de toma de partido contextuales acabarían por destruir la más mínima autonomía en el trabajo de la crítica; una consecuencia que, por cierto, termina por conseguir algo de lo cual cualquiera de tus propios escritos rechaza: la subordinación del juicio crítico a las contextualidades políticas e ideológicas, sólo que al revés.
Por tal motivo, no interesa si (es un ejemplo), “El viajero inmóvil” de Piard, habla de “problemas que nos acosan”, sino más bien cómo –en un medio obsedido por lo político- intenta convertirse en aventura cinematográfica; lo mismo que, la insólita “Madrigal” de Fernando Pérez vale tanto por lo que trasluce de nuestro presente como por los espacios de artisticidad (procedentes de los archivos de literatura y cine universal) con los cuales dialoga y que, desde nuestra tradición, abre hacia el futuro. El ejemplo de sistemas sociales como el nuestro ayuda a resolver el acertijo, pues muchos hablaron, en el extinto país soviético, sobre problemas que los acosaban por entonces, pero sólo hubo un Mijail Bulgákov y sólo una novela como “El Maestro y Margarita”; además de la denuncia, la grandeza de dicha novela remite a algo más allá: a la artisticidad. Por eso, en mi caso, y a pesar de “nuestra circunstancia insular”, prefiero aquellas obras en las cuales, -junto con la denuncia, el reflejo de problemas profundos o de la complejidad de la convivencia social- puedo acceder a las complejidades de una mentalidad creativa (la del director) en el proceso de crear una obra artística. Y para eso, ningún papel juega lo que piensen los políticos.
En fin, amigo, que el audiovisual cubano nos sorprenda.
Víctor Fowler.

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