DE GARCIA BORRERO A VICTOR FOWLER
Querido Víctor:
Gracias por esos elogios que haces al blog. Creo que a estas alturas ya no tengo derecho a considerarlo como un sitio personal, debido al número cada vez más creciente de contribuciones de otros. Así que el elogio en realidad sería para ellos.
Pienso que es legítimo que tengamos miradas encontradas sobre este asunto del “arte cinematográfico”. Pero mejor aún que ventilemos esas diferencias en el espacio público, que es donde, entre todos, se perfeccionan las ideas.
Yo quisiera tener la seguridad de aquellos críticos que exaltan o descalifican de un plumazo las obras de los otros. En mi caso hay demasiadas incertidumbres, lo confieso. Además de que, como he dicho en otras ocasiones, me interesa estudiar el cine como “síntoma cultural”. Pero ello no me quita la convicción de que “Memorias del subdesarrollo” es un momento irrepetible (para utilizar el término a que apelas) dentro de la historia del cine nacional. Como lo es también “Suite Habana”. No son los únicos momentos en que a mi juicio hemos logrado acercarnos a eso “misterioso” que rodea a las grandes películas de todos los tiempos. Y coincido contigo en que el crítico debe centrar su atención en develar la estructura de ese misterio, en proponerles al espectador claves que lo ayuden a adentrarse en la aventura de descubrir mundos inéditos procesados por el artista.
Quizás uno de los aspectos que más consigue desilusionarme a la hora de ver una película es la actitud que esta toma ante una realidad que sabemos compleja, y que reclama ser discutida en profundidad. No hablo de si el realizador muestra ideas que puedan ser contrarias a las mías, sino de lo esquemática de la mirada, o la indiferencia ante aquello que sabemos afecta a los otros. Hay quien ha interpretado que le estoy reclamando al cine las funciones críticas que debería cumplir con creces el periodismo. Pero no es ese tipo de crítica a la que me refiero.
Hablo de ser capaces de concebir un cine que esté a la altura de un Wajda, un Tarkovski, un Jiri Menzel, un Fellini, o un Billy Wilder. Ya sé que la altura es impresionante, pero ¿tendría sentido una aspiración que no sea la de elevarnos? ¿la aspiración de lograr un cine que nos mejores como individuos y donde la existencia (que es en sí mismo un misterio, en cualquier parte de este planeta) se adivine sin maniqueísmos?
No sé si dentro de cincuenta años “De buzos, leones, y tanqueros” dejará de ser interesante, pero si sé que seguirán existiendo gente muy fastidiada a las que normalmente no vemos en las pantallas de ninguna parte, porque no les importa a casi nadie. Que estos jóvenes se preocupen de registrar la existencia de esos seres condenados a la invisibilidad social me parece estimulante: es la primicia de una nueva sensibilidad donde se rescata al individuo de carne y hueso. Por eso, entre otras razones, “Los olvidados” nos sigue pareciendo una película imprescindible, y Buñuel, un humanista.
Estoy de acuerdo en que lo de la “artisticidad” no hay que perderlo de vista. Mientras más artística la propuesta audiovisual, muchas más posibilidades tiene de trascender la circunstancia local. Pero es importante seguir “sospechando” de todo aquello que se nos vende como arte, porque detrás del asunto podrían esconderse otras tensiones, y otras maneras bastante sutiles de dominación. Por eso es bueno aproximarse a los grandes. No solo a sus películas, sino a sus pensamientos, y a sus dudas más radicales. En tal sentido, aquellas interrogantes que suscribía Tolstoi en “¿Qué es el arte?” siguen resultándome muy provocadoras:
“Es necesario, pues, en una sociedad civilizada en que se cultiva el arte, preguntarse si todo lo que pretende ser un arte lo es verdaderamente, y si (como se presupone en nuestra sociedad) todo la que es arte resulta bueno por serlo y digno de los sacrificios que entraña. El problema es tan interesante para los artistas como para el público, pues se trata de saber si lo que aquellos hacen tiene la importancia que se cree, o si simplemente los prejuicios del medio en que viven, les hacen creer que su labor es meritoria. También debe averiguarse si lo que toman a los otros hombres, así para las necesidades de su arte, como para las de su vida personal, se halla compensado por el valor de lo que producen. ¿Qué es ese arte considerado como cosa tan preciosa e indispensable para la humanidad?”
No menos reveladoras se me antojan las reflexiones expuestas por Tarkovski en “Esculpir en el tiempo”, las cuales aprovecho para colgar un fragmento, porque quién sabe si nos ayuden a seguir pensando con más ahínco los problemas de nuestro audiovisual. De eso se trata, de seguir sembrando inquietudes.
Un abrazo grande,
Juan Antonio García Borrero
TARKOVSKI SOBRE EL AUTOR EN BUSCA DE SU PÚBLICO
“El arte es por su naturaleza misma aristocrático y, naturalmente, selectivo en cuanto al efecto que busca crear en su público, ya que, aun en sus manifestaciones más “colectivas” (como el teatro y el cine), su efecto se encuentra delimitado por las emociones íntimas de cada persona que entra en contacto con la obra. En la medida en que esa persona es afectada y perturbada por esas emociones, en esa misma medida será significativa la obra en la propia experiencia del espectador.
La naturaleza aristocrática del arte no absuelve al artista, sin embargo, de su propia responsabilidad frente al público o, si se quiere, frente a la gente en general. Todo lo contrario, ya que a causa de la especial conciencia que el artista tiene de su tiempo y del mundo en que vive, se convierte en la voz de todos aquellos que no pueden formular o expresar sus puntos de vista sobre la realidad: en este sentido, el artista es de hecho la vox populi, y es por lo que su vocación lo lleva a servir a su propio talento, lo cual significa servir a su pueblo.
Por lo mismo no puedo entender que se hable, con respecto a un artista, del problema de su “libertad” o “falta de libertad”. Un artista nunca es libre. No hay personas que sean menos libres que los artistas, ya que se encuentran coercionados por su propio don y por su vocación.
Por otro lado, el artista se encuentra en plena libertad de decidir si desarrolla su talento hasta donde le sea posible, o si vende su alma por 30 monedas. ¿Acaso no fueron las frenéticas búsquedas de Tolstoi, Dostoievski y Gogol, espoleadas por el hecho de que estaban conscientes de su vocación y del papel social que se les había asignado?
Estoy convencido también de que ningún artista cumpliría con su misión espiritual si supiese que nadie vería su obra. Al mismo tiempo, empero, mientras una trabaja su obra, debe poner una barrera entre uno mismo y el resto de la gente para protegerse de la trivial y hueca cotidianidad, ya que solo una sinceridad y honestidad totales, aunadas a un conocimiento claro de la responsabilidad del artista para con los demás, puede asegurar que el artista analice su propio destino creador”
Andrei Tarkovski

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Un Comentario »
Definitivamente , tanto el señor Victor como tu, nos están dando al oportunidad de seguir aprendiendo en esta vida loca. Mil gracias por este debate en linea.¡¡¡