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VICTOR FOWLER SOBRE LOS COMENTARIOS DE MARIO CRESPO Y GARCIA BORRERO

jagb @ 12:21

Juany y Crespo, estimados ambos:

¿Es bizantina la conversación (que no discusión) o hay tiempo para un poco de estética? El comentario de Mario hace una proposición importante: “… la política, inevitablemente, es la que marca el ritmo para el desarrollo de la ciencia, la tecnología la economía y el arte...” Sin embargo, queriendo huir del realismo socialista tal parece que habláramos desde él, pues justamente lo que otorga al arte su valor de ser algo más que un mero objeto -bajo el manto de la política en una época determinada- es su posibilidad de autonomía relativa; dentro de semejante estrecho margen la gran obra de arte es, al mismo tiempo, reflejo de su circunstancia y fuga hacia la futuridad, resulta espejo a la vez que exploración y descubrimiento: abre los caminos nuevos. Por tales motivos, en mi caso, el tema de la relación entre artistas y ejecutivos o funcionarios es, exactamente, el que me resulta de menor interés; digo esto, por ser el más episódico, que cambiarían tan rápido como lo político sea diferente. En lugar de ello, las problemáticas de composición y maestría de una obra son mucho más complejas y, como antes dije, abarcan el pasado (las conexiones con la tradición), el presente (relaciones con ejecutivos, funcionarios, colegas de oficio y otros sectores) y el futuro. Esto último, nos remite a aquel punto donde la obra explora caminos, estructuras o posicionamientos inéditos dentro de aquello que practique el artista; sólo que aquí no alcanza con decir aquello que ocultan o atenúan los políticos, sino que son del mismo primer orden los problemas de composición, pues la obra es una realidad total.

Por otra parte, si bien es acientífico imaginar siquiera la posibilidad de que exista alguna generación sin pensamiento, el que tal pensamiento exista no garantiza su profundidad o valor. Para el pensamiento, las condiciones para su existencia son sólo el ladrillo mínimo encima del cual el pensamiento tiene la obligación de elevarse; dicho de otro modo, la obligación de pensar. En tal modo que aquello que debe ser pensado encuentre, mediante el activismo social, los caminos para poder ser identificado como “voz”; según esto, cuando las voces no son audibles, igual responsabilidad tienen las instituciones que no lo propician como, muy en especial, aquellas figuras del campo que no imponen las posturas nuevas. Y esto último incluye, dado que hablamos del cine cubano de hoy, una amplia gama de actores que pueden ser desgranados en directores de publicaciones periódicas, animadores culturales, críticos, cineastas, etc.

La verdad, si uno lo piensa bien, ¿qué explicación convincente hay para la ausencia de debates u ocasiones de encuentro sostenidas con regularidad, para eso que Mario denomina “inopia terrible” sino la misma inopia”? ¿De qué modo conectar, en el análisis, a los nuevos realizadores con el mundo, sino introduciendo un mar de mundo en nuestras pantallas y goces de espectadores cinematográficos? Más allá del beneficio de amistad con algún poseedor de buena videoteca privada, ¿cómo puede un cineasta cubano saber que existieron Andy Warhol, Stan Brahkage, Derek Jarman? ¿cómo sabría que existen Chris Marker, Bill Viola, Craig Baldwin, Pen-ek Ratanaruang, Bela Tarr, Guy Maddin, Pedro Costa, Apichatpong Weerasetakul, Yuri Norstein o Priit Parn? Hace treinta años un joven, como el que entonces fui, veía sin entender su primera película de Godard en la Cinemateca y también los clásicos de la comedia silente norteamericana y mucho más; hoy día, pese a los beneficios de la cultura digital, la profundidad de las ofertas parece haberse contraído. ¿Dónde es posible hoy revisar la historia y conocer lo imprescindible, para el arte cinematográfico, del presente? ¿Dónde es posible descubrir?

La lista, de lo valioso que desconocemos, es tan desmesuradamente larga que mueve el comentario hacia otras direcciones; piénsese que no se trata ya de lo que pudiese ser parte del universo de referencia cultural de, por ejemplo, los críticos, sino que en realidad hablamos de todo lo que no se enseña en las escuelas y no se muestra a los públicos. Préstese, además, atención al hecho de que los autores mencionados no sólo refieren a lagunas de información en cuanto a cineastas que trabajan dentro de la industria, sino que propone incluir, en nuestras reflexiones sobre producción audiovisual, esos grandes olvidados que son entre nosotros el videoarte y el cine experimental. La incapacidad de hallar caminos creativos que reviertan lagunas como las mencionadas, es una vergüenza para las instituciones, la academia y ese estamento amplio al que denominamos “la crítica”; no obedeciendo a dictados del azar, sino mediante proyectos organizados de modo coherente y para ser sostenidos en el tiempo. Veáse que no me refiero a las actitudes individuales, de una u otra ocasión -pues, en verdad, no es absoluta la desidia-, sino a la necesidad acuciante de un activismo que mejore no ya el cine cubano de hoy, sino el "ambiente" en el cual es éste realizado. No las condiciones de realización de las obras, sino la cultura cinematográfica, la amplitud de su enseñanza, la estimulación al diálogo y el debate, la búsqueda de profundidad, la sintonización con los problemas de la creación audiovisual en el mundo, etc. Las variables, en fin, que definan la salud y la respirabilidad de un ambiente.

Después de lo anterior, no creo tener que explicar por qué (a diferencia y hasta en oposición a lo que Juany prefiere) el cine no me interesa como “síntoma cultural”, sino como problema en sí mismo; un síntoma es un conjunto de huellas que remiten a una enfermedad, situada incluso en un lugar distinto a aquel en el cual el síntoma se encuentra localizado. Aún así, como expresa la frase popular “salir por la puerta para regresar por la ventana”, es divertido leer como toda duda -en cuanto a la posible artisticidad de la obra cinematográfica-, desaparece cuando se pide concebir un cine que “esté a la altura de un Wajda, un Tarkovski, un Jiri Menzel, un Fellini, o un Billy Wilder.” Es decir, un cine que esté a la altura de artistas. Por tal motivo, cuando Juany alaba “De buzos, leones y banqueros” -mediante una comparación implícita con “Los olvidados” de Buñuel-, la operación se sostiene sólo encima de una maniobra retórica; alaba a Buñuel por “… registrar la existencia de esos seres condenados a la invisibilidad social”, porque allí descolla “… la primicia de una nueva sensibilidad donde se rescata al individuo de carne y hueso” y afirmando que “Por eso, entre otras razones, “Los olvidados” nos sigue pareciendo una película imprescindible, y Buñuel, un humanista.” Pero son justo las tales “otras razones” las que distinguen y justifican al artista.

Según la línea en que avanza mi comentario, cómo aceptar o entender una proposición como la siguiente de Juany, entregada casi como un favor: “Estoy de acuerdo en que lo de la “artisticidad” no hay que perderlo de vista.” Según ello, el análisis de la maestría artística resulta asunto derivado, aceptado casi a regañadientes y que incluso demanda que sospechemos. Vale la pena citarlo:

“Estoy de acuerdo en que lo de la “artisticidad” no hay que perderlo de vista. Mientras más artística la propuesta audiovisual, muchas más posibilidades tiene de trascender la circunstancia local. Pero es importante seguir “sospechando” de todo aquello que se nos vende como arte, porque detrás del asunto podrían esconderse otras tensiones, y otras maneras bastante sutiles de dominación. Por eso es bueno aproximarse a los grandes. No solo a sus películas, sino a sus pensamientos, y a sus dudas más radicales.”

Lo curioso es como Juany no ve que es igual de importante seguir “sospechando” de aquello que nos vende como denuncia, que también suele esconder otras tensiones y maneras más o menos sutiles de manipulación del espectador; donde debiera haber aprehensiones paralelas, es el crítico quien obstruye uno de los caminos y, de paso, impide una comprensión más profunda de lo político. No ya desde la óptica del reflejo, sino desde el análisis de la manipulación. Cierto que se me puede responder que el artista es, siempre, un manipulador; pero, también hay que sospechar del momento cuando el arte del ilusionista consigue ser perfecto y deshonesto a la vez. Corresponde, a quienes ejercitan la crítica, trabajar con todo ese material espinoso que tal vez lo enfrente a las instituciones, a sus colegas de oficio, al público y a los artistas mismos. Ya sea cuando descubre obras infladas de un esteticismo vacío, como cuando señala otras cuyo presunto valor como documento político resulta rayano con el oportunismo.

Y que la alegría del diálogo nos convoque y proteja.

Victor Fowler.

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