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ESTRELLA PANTIN Y ALGO SOBRE EL CINE PEDAGÓGICO EN CUBA

jagb @ 15:21

Me entero, vía Luis Lacosta, que acaba de fallecer Estrella Pantín. No llegué a conocerla personalmente, pero sí he utilizado varias veces aquella interesante ponencia que escribió, junto a Julio García Espinosa y Jorge Fraga, para aquel fatídico “I Congreso Nacional de Educación y Cultura”, celebrado en La Habana en 1971. Su texto se titula “Para una definición del documental didáctico”, y es bastante discutible en algunas de las ideas que propone, pero por eso mismo valioso, en tanto contrasta con aquel estado de ánimo predominante en el evento, donde el grueso de los participantes (educadores fundamentalmente) le exigían al ICAIC “un cine pedagógico” y punto.

El tema de “lo didáctico” es algo que me inquieta mucho. Tengo preguntas al respecto que me obsesionan, como éstas: ¿no sería más útil esa educación que en vez de obligarnos a aprender de memoria cosas que ya han sucedido, nos enseñara a plantearnos interrogantes novedosas antes el devenir de la vida? ¿No será más valioso aquel maestro que consigue al final del aprendizaje un mayor número de discípulos que lo superan en cuanto a conocimientos, sobre todo porque los enseña a no conformarse con lo aprendido? ¿Educar es formar personas con un horizonte de expectativas ya predeterminado, o es liberarlos para que encuentren sus propias vías de superación, sin que pierdan de vista lo que la Historia ya atesora?

Algunas de estas inquietudes las puse por escrito en aquella conferencia sobre el cine cubano de los setenta que Desiderio Navarro me pidió para su ciclo sobre el Quinquenio Gris. Voy a aprovechar para colgar el fragmento que alude a la ponencia coescrita por Estrella Pantín. El texto íntegro (bastante extenso) que leí en “Criterios” puede consultarse aquí. Por cierto, que me acabo de enterar que a Desiderio Navarro le han concedido en Amsterdam uno de los diez premios que concede anualmente el “Fondo del Príncipe Claus de Holanda”. Desde aquí le envío mi felicitación por ese merecido reconocimiento.

JAGB

CINE CUBANO POST-68: LOS PRESAGIOS DEL GRIS (Fragmento)

De cualquier forma, en sus primeros diez años de trabajo, el ICAIC logró mostrar un saldo cultural positivo, con una producción que en esa década inicial arrojaría un resultado de: “206 documentales, 80 cortos didácticos, 94 notas de Enciclopedia Popular (de corte didáctico, ya descontinuada), 49 cortos de animación, 450 ediciones del Noticiero ICAIC Latinoamericano”. (1)

Desde 1964, bajo la dirección general de Santiago Álvarez, en el ICAIC funcionaban como unidades independientes cuatro departamentos productores de cortometrajes:

1) el Noticiero ICAIC Latinoamericano, dirigido por Santiago Álvarez
2) el de Dibujos Animados, bajo la dirección de Jesús de Armas
3) el de Documentales de 35 mm, dirigido por José Limeres
4) el de Documentales Científicos Populares, dirigidos por Estrella Pantín.

La creación de este último en noviembre de 1963 (con asesoramiento artístico de Gutiérrez Alea), respondía “a una serie de urgencias con las que se enfrentaba el ICAIC: muy a menudo, el Ministerio de Educación (MINED), el Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), el Instituto Cubano de Recursos Minerales (ICRM), el Ministerio de Salud Pública (MINSAP), el Ministerio de la Industria Azucarera (MINIA) y otros organismos del país, pedían la realización de “cortos” que ayudaran al trabajo cotidiano de la producción, de la educación, de la higiene, etcétera”. (2)

El hecho de que Gutiérrez Alea figurara como asesor artístico del departamento de Documentales Científicos nos da la idea de que se pretendía ir más allá de la realización meramente “didáctica”. Hay varios ejemplos de materiales didácticos realizados en ese período donde, para decirlo como Umberto Eco, “las nupcias entre formas retóricas y motivaciones ideológicas” estaban lejos de ser algo transparente y armónico, y tal vez el paradigma de lo anterior lo siga siendo el “Coffea Arábiga”, de Nicolasito Guillén Landrián.

“Coffea Arábiga” se anunciaba como un didáctico sobre el cultivo del café en Cuba, pero bastaban apenas unos minutos para que el espectador sintiera como todo su sistema de expectativas (tanto retóricas como ideológicas) era trastornado por el uso imprevisto de un sinnúmero de códigos, en los cuales la ideología dejaba de ser una toma de posición explícita ante la realidad, para convertirse en un universo ambiguo, saturado de los más inesperados sentidos (piénsese en el recurso de apelar en la banda sonora a “Los Beatles”, una agrupación por entonces demonizada en la radio de la época).

Esta suerte de vanguardismo, que es el que en todos los tiempos ha contribuido a que el ser humano tome conciencia de que es posible mirar el mundo de maneras distintas a las pregonadas como definitivas por el sentido común, tropezaría muy pronto con la línea pedagógica propugnada en el “Primer Congreso de Educación y Cultura”. Sobre la presencia del ICAIC en el cónclave, tal vez lo más revelador que hasta el momento conocemos está en el testimonio ofrecido por el cineasta Manuel Pérez, uno de los participantes de aquel evento, y que, entre otras cosas, ha dicho:

“Recuerdo que cuando se anunció que se iba a celebrar el Congreso, la dirección del ICAIC me llamó para pedirme que trabajara una ponencia que sería la que el organismo presentaría en el Congreso. Yo hice la base, el borrador, y trabajé básicamente lo relativo a la política de exhibiciones, que era uno de los aspectos por los que el ICAIC estaba siendo atacado. Era como retomar la polémica del 63, lo que ahora en vez de “Accatone” o “La dulce vida” se trataba de películas como “Nuevo en esta plaza” o “Ichi, el esgrimista ciego”. Julio trabajó más en la parte referida a la producción del ICAIC, y al final, como era una ponencia del organismo, Alfredo le dio una última revisión. A partir de eso, el ICAIC me designó para trabajar en la organización del evento. Tienes que tener en cuenta que al mismo tiempo se estaban desatando en el país otros fenómenos, y recordarás que el Congreso iba a ser sólo de Educación, estaba pensado como un Congreso de maestros, de educadores, y sobre la marcha, unos días antes de que comience, se convierte también en un evento sobre la Cultura. (3)

El hecho de que lo que inicialmente se anunciara solo como un Congreso de “Educación” se convirtiera en un Congreso de “Educación y Cultura”, puede darnos una idea bastante exacta del modo en que la cultura, por aquellas fechas, volvía a subordinarse al ímpetu pedagógico; es decir, volvía a ese mismo status pre-revolucionario en el cual todavía no se había creado ni siquiera el Consejo Nacional de Cultura, y donde lo más que se detectaba “en la esfera estatal era una Dirección de Cultura, adscrita al Ministerio de Educación” (4). El propio Manuel Pérez nos esclarece algo de aquel clima cuando asegura que:

“Había diversos modos de encarar la situación que vivía la Revolución, y en las ponencias que nos llegaban, de maestros, de pedagogos, había muchas críticas a la programación de películas, trataban de ver en eso la causa de muchos problemas que tenían raíces más profundas: los jóvenes son así porque han visto tal película. La idea del cine pedagógico era muy fuerte. La composición mayoritaria del Congreso no favorecía que la cultura artística se discutiera de una manera profunda”.(5)

De las ponencias presentadas por el ICAIC al Congreso tal vez la que más trascendió fue la que firmaron Estrella Pantín, Julio García Espinosa y Jorge Fraga, bajo el título de “Para una definición del documental didáctico”. El texto prometía un acercamiento polémico al fenómeno desde el mismo momento en que enunciaba una interrogante que, a estas alturas, sigue resultando un desafío formidable: “¿Qué hacer para que cada documental didáctico multiplique su fuerza educativa?”.(6)

Me gustaría detenerme en la interrogante anterior porque, a mi juicio, la discusión tan superficial que por lo general se ha sostenido en el país (y en particular en ese Congreso) sobre la compleja relación que ha de establecerse entre educación y cultura, entre instrucción y conocimiento, entre sabiduría y calificación académica, entre Revolución y aprovechamiento de una tradición donde ya existían indiscutibles valores, nos ha llevado a naturalizar el equívoco de que el simple hecho de “saber leer” implica, de manera mecánica, un crecimiento cultural.

La dificultad para encaminar un análisis crítico de esa relación tiene su origen en que uno de los primeros logros que enarboló la Revolución en el contexto político/ social fue haber erradicado el analfabetismo en el país. En términos humanistas (en los mismos términos a los que aspiraba Martí con su llamado a ser cultos para ser libres), pocas personas (incluyo a los detractores más acérrimos del proceso revolucionario) estarían dispuestos a descalificar la “Campaña de Alfabetización”, toda vez que en la misma medida en que se garantice el acceso simétrico de los ciudadanos a la comprensión y debate de esos problemas que atañen a nuestro periplo vital, se estaría garantizando la configuración de esa ansiada democracia donde no hay monopolios de verdades, sino en todo caso, perfeccionamiento de una esfera pública en la que los sujetos de carne y hueso (imperfectos por naturaleza) exponen sus utopías, inquietudes, incertidumbres, y también sus decepciones más íntimas.

Alfabetizar está bien, pero lo que sí resulta cuestionable, y que no tiene nada que ver con el sesgo político de la sociedad donde se viva, es la pretensión de convertir a la “Educación” (entendida como esa institución de la modernidad a través de la cual se transmiten determinados conocimientos y valores ya asentados) en la encargada de normar el contenido y forma del accionar artístico y su recepción. Asumiendo este punto de vista se estaría condenando al arte a la condición de mero manual de “buenas costumbres”, cuando lo que realmente distingue a los artistas es su capacidad para hacer de la herejía un modo de crecer espiritualmente como individuos, un modo de sentirnos más libres de los atavismos paralizantes. Lo otro no sería más que fascinación veleidosa por una alfabetización meramente formal, vicio que fuera denunciado por Pedro Salinas alguna vez en aquel memorable ensayo escrito en 1948, donde nos hablaba del “neoanalfabeto”, es decir, de ese analfabeto que de repente sabe leer, pero que “no emplea esa aptitud para ensanchar las potencias del alma, para impulsar al individuo hacia la plenitud de su ser espiritual” (7).

Algo de ese temor se puede encontrar en la ponencia presentada por el ICAIC, sobre todo en aquella parte donde se dice que,

“Los procesos especiales de enseñanza están por lo general limitados a comunicar una información o habilidad determinada. Raras veces estos procesos sobrepasan los marcos de su fin inmediato. Dentro de los marcos habituales de la enseñanza queda poco o ningún margen para establecer relaciones entre el tema inmediato de estudio y otros temas que, sin estar directamente asociados al fin perseguido, pueden aumentar la eficacia educativa del proceso, desarrollando sus motivaciones, despertando nuevos intereses, aportando al contenido del programa ámbitos en el que adquiere nuevos sentidos y despertando así la conciencia de su significación”. (8)

Aprecio en esos razonamientos una exhortación a convertir la escuela en lo que sería ideal que siempre fuera: un espacio para que el individuo reafirme su subjetividad, desarrolle el pensamiento crítico ante todo aquello que le atañe, y encuentre en sí mismo habilidades que le permitan lidiar con las circunstancias que en cada caso les ha tocado. Es decir, un llamado a hacer de la educación un verdadero aprendizaje y no una acción enajenante, donde la producción de conocimiento es prácticamente unidireccional y excluyente, debido a la “autoridad” de aquel que por el mero hecho de estar frente al aula, ya se cree dueño de la mejor idea.

Juan Antonio García Borrero

NOTAS:

1) Alfredo Guevara. El cine cubano: reseñador y protagonista. En “Tiempos de fundación”, p 192.
2) Documentales científicos populares. Revista Cine Cubano Nros. 23-24-25, p 47.
3) Arturo Arango. Manuel Pérez o el ejercicio de la memoria. La Gaceta de Cuba. Nro. 5, Septiembre/ Octubre, 1997, 11.
4) Armando Hart Dávalos. Cambiar las reglas del juego (Entrevista de Luis Báez). Editorial Letras Cubanas, Ciudad de La Habana, 1983, p 6.
5) Arturo Arango. Manuel Pérez o el ejercicio de la memoria. La Gaceta de Cuba. Nro. 5, Septiembre/ Octubre, 1997, 11.
6) Estrella Pantín, Julio García Espinosa, Jorge Fraga. Para una definición del documental didáctico. En “Textos y Manifiestos del Cine” (Eds: Joaquim Romaguera I Ramio, Homero Alsina Thevenet). Ediciones Cátedra S. A., 1998, p 176.
7) Pedro Salinas. Defensa implícita, de los viejos analfabetos. En “El Defensor”, Editorial Alianza; Madrid, 1967, p 276. Coincidentemente, ese mismo año en que se efectuaba aquel Congreso de Educación y Cultura, el pedagogo austríaco Iván Illich daba a conocer las que hasta ahora pudieran ser las críticas más demoledoras que ha recibido esa manera simplista de entenderse la educación, a través de su polémico libro “La sociedad desescolarizada”. Las tesis de Illich han sido vapuleadas lo mismo por la izquierda que por la derecha, pero no deja de resultar inquietante su idea de que la escuela, más que un lugar sagrado donde se nos enseña a buscar por cabeza propia las verdades, con todo lo que de paradójico implica ese fenómeno, se haya convertido en un centro autoritario donde se forman individuos a los que solo les interesa adquirir un estatus social. .
8) Estrella Pantín, Julio García Espinosa, Jorge Fraga. Para una definición del documental didáctico. Revista Cine Cubano Nro. 69-70, La Habana, 1971.

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